Part 32
Pasósele en esto la mayor parte de la noche sin dormir sueño. Y no la pasó con mas descanso D. Rafael su hermano; porque así como oyó decir quién era Leocadia, así se le abrasó el corazon en sus amores, como si de mucho ántes para el mismo efeto la hubiera comunicado; que esta fuerza tiene la hermosura, que en un punto, en un momento lleva tras sí el deseo de quien la mira y la conoce: y cuando descubre ó promete alguna via de alcanzarse y gozarse, enciende con poderosa vehemencia el alma de quien la contempla, bien así del modo y facilidad con que se enciende la seca y dispuesta pólvora con cualquiera centella que la toca.
No la imaginaba atada al árbol, ni vestida en el roto traje de varon, sino en el suyo de mujer, y en casa de sus padres, ricos y de tan principal y rico linaje como ellos eran: no detenia ni queria detener el pensamiento en la causa que la habia traido á que la conociese: deseaba que el dia llegase para proseguir su jornada, y buscar á Marco Antonio, no tanto para hacerle su cuñado, como para estorbar que no fuese marido de Leocadia; y ya le tenian el amor y el celo de manera, que tomara por buen partido ver á su hermana sin el remedio que le procuraba, y á Marco Antonio sin vida á trueco de no verse sin esperanza de alcanzar á Leocadia: la cual esperanza ya le iba prometiendo felice suceso en su deseo, ó ya por el camino de la fuerza, ó por el de los regalos y buenas obras, pues para todo le daba lugar el tiempo y la ocasion.
Con esto que él á sí mismo se prometia, se sosegó algun tanto, y de allí á poco se dejó venir el dia, y ellos dejaron las camas, y llamando D. Rafael al huésped le preguntó si habia comodidad en aquel pueblo para vestir á un paje á quien los bandoleros habian desnudado. El huésped dijo que él tenia un vestido razonable que vender: trújole, y vínole bien á Leocadia. Pagóle D. Rafael, y ella se le vistió, y se ciñó una espada y una daga con tanto donaire y brio, que en aquel mismo traje suspendió los sentidos de D. Rafael, y dobló los celos en Teodosia. Ensilló Calvete, y á las ocho del dia partieron para Barcelona, sin querer subir por entónces al famoso monasterio de Monserrate, dejándolo para cuando Dios fuese servido de volverlos con mas sosiego á su patria.
No se podrá contar buenamente los pensamientos que los dos hermanos llevaban, ni con cuán diferentes ánimos los dos iban mirando á Leocadia, deseándola Teodosia la muerte, D. Rafael la vida, entrambos celosos y apasionados: Teodosia buscando tachas que ponerla, por no desmayar en su esperanza; D. Rafael hallándole perfecciones, que de punto en punto le obligaban mas á amarla. Con todo esto no se descuidaron de darse priesa, de modo que llegaron á Barcelona poco ántes que el sol se pusiese.
Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los estranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad, y satisfacion de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo.
En entrando en ella, oyeron grandísimo ruido, y vieron correr gran tropel de gente con grande alboroto, y preguntando la causa de aquel ruido y movimiento, les respondieron que la gente de las galeras que estaba en la playa, se habia revuelto y trabado con la de la ciudad. Oyendo lo cual D. Rafael, quiso ir á ver lo que pasaba, aunque Calvete le dijo que no lo hiciese, por no ser cordura irse á meter en un manifiesto peligro, que él sabia bien cuán mal libraban los que en tales pendencias se metian, que eran ordinarias en aquella ciudad, cuando á ella llegaban galeras. No fué bastante el buen consejo de Calvete para estorbar á D. Rafael la ida, y así le siguieron todos: y en llegando á la marina, vieron muchas espadas fuera de las vainas, y mucha gente acuchillándose sin piedad alguna: con todo esto, sin apearse llegaron tan cerca, que distintamente veian los rostros de los que peleaban, porque aun no era puesto el sol.
Era infinita la gente que de la ciudad acudia, y mucha la que de las galeras se desembarcaba, puesto que el que las traia á cargo, que era un caballero valenciano, llamado D. Pedro Vique, desde la popa de la galera capitana amenazaba á los que se habian embarcado en los esquifes para ir á socorrer á los suyos; mas viendo que no aprovechaban sus voces ni sus amenazas, hizo volver las proas de las galeras á la ciudad, y disparar una pieza sin bala, señal de que si no se apartasen, otra no iria sin ella.
En esto estaba D. Rafael atentamente mirando la cruel y bien trabada riña, y vió y notó que de parte de los que mas se señalaban de las galeras, lo hacia gallardamente un mancebo de hasta veintidos ó poco mas años, vestido de verde, con un sombrero de la misma color adornado con un rico trencillo al parecer de diamantes: la destreza con que el mozo se combatia, y la bizarría del vestido, hacian que volviesen á mirarle todos cuantos la pendencia miraban; y de tal manera le miraron los ojos de Teodosia y de Leocadia, que ambas á un mismo punto y tiempo dijeron:
--¡Válame Dios! Ó yo no tengo ojos, ó aquel de lo verde es Marco Antonio.
Y en diciendo esto, con gran lijereza saltaron de las mulas, y poniendo mano á sus dagas y espadas, sin temor alguno se entraron por mitad de la turba, y se pusieron la una á un lado, y la otra al otro de Marco Antonio (que él era el mancebo de lo verde que se ha dicho).
--No temais, dijo así como llegó Leocadia, señor Marco Antonio, que á vuestro lado teneis quien os hará escudo con su propia vida, por defender la vuestra.
--¿Quién lo duda, replicó Teodosia, estando yo aquí?
D. Rafael que vió y oyó lo que pasaba, las siguió asimismo, y se puso de su parte. Marco Antonio ocupado en ofender y defenderse, no advirtió en las razones que las dos le dijeron: ántes cebado en la pelea, hacia cosas al parecer increibles. Pero como la gente de la ciudad por momentos crecia, fuéles forzoso á los de las galeras retirarse hasta meterse en el agua. Retirábase Marco Antonio de mala gana, y á su mismo compas se iban retirando á sus lados las dos valientes y nuevas Bradamante y Marfisa, ó Hipólita y Pantasilea.
En esto vino un caballero catalan de la famosa familia de los Cardonas, sobre un poderoso caballo, y poniéndose en medio de las dos partes, hacia retirar los de la ciudad, los cuales le tuvieron respeto en conociéndole. Pero algunos desde léjos tiraban piedras á los que ya se iban acogiendo al agua; y quiso la mala suerte que una acertase en la sien á Marco Antonio con tanta furia, que dió con él en el agua, que ya le daba á la rodilla; y apénas Leocadia le vió caido, cuando se abrazó con él y le sostuvo en sus brazos, y lo mismo hizo Teodosia. Estaba D. Rafael un poco desviado, defendiéndose de las infinitas piedras que sobre él llovian; y queriendo acudir al remedio de su dama, y al de su hermana y cuñado, el caballero catalan se le puso delante, diciéndole:
--Sosegáos, señor, por lo que debeis á un buen soldado, y hacedme merced de poneros á mi lado, que yo os libraré de la insolencia y demasía deste desmandado vulgo.
--¡Ah señor! respondió D. Rafael, dejadme pasar, que veo en gran peligro puestas las cosas que en esta vida mas quiero.
Dejóle pasar el caballero, mas no llegó tan á tiempo, que ya no hubiesen recogido en el esquife de la galera capitana á Marco Antonio y á Leocadia, que jamas le dejó de los brazos, y queriéndose embarcar con ellos Teodosia, ó ya fuese por estar cansada, ó por la pena de haber visto herido á Marco Antonio, ó por ver que se iba con él su mayor enemiga, no tuvo fuerza para subir en el esquife, y sin duda cayera desmayada en el agua, si su hermano no llegara á tiempo de socorrerla, el cual no sintió menor pena de ver que con Marco Antonio se iba Leocadia, que su hermana habia sentido (que ya tambien él habia conocido á Marco Antonio). El caballero catalan, aficionado de la gentil presencia de D. Rafael y de su hermana (que por hombre tenia), los llamó desde la orilla, y les rogó que con él se viniesen; y ellos forzados de la necesidad, y temerosos de que la gente, que aun no estaba pacífica, les hiciese algun agravio, hubieron de aceptar la oferta que se les hacia.
El caballero se apeó, y tomándolos á su lado, con la espada desnuda pasó por medio de la turba alborotada, rogándoles que se retirasen, y así lo hicieron. Miró D. Rafael á todas partes por ver si veria á Calvete con las mulas, y no le vió á causa que él así como ellos se apearon, las antecogió y se fué á un meson donde solia posar otras veces.
Llegó el caballero á su casa, que era una de las principales de la ciudad, y preguntando á D. Rafael en cuál galera venia, le respondió que en ninguna, pues habia llegado á la ciudad al mismo punto que se comenzaba la pendencia, y que por haber conocido en ella al caballero que llevaron herido de la pedrada en el esquife, se habia puesto en aquel peligro, y que le suplicaba diese órden como sacasen á tierra al herido, que en ello le importaba el contento y la vida.
--Eso haré yo de buena gana, dijo el caballero, y sé que me le dará seguramente el general, que es principal caballero y pariente mio.
Y sin detenerse mas, volvió á la galera, y halló que estaban curando á Marco Antonio, y la herida que tenia era peligrosa, por ser en la sien izquierda y decir el cirujano ser de peligro: alcanzó con el general se le diese para curarle en tierra, y puesto con gran tiento en el esquife, le sacaron, sin quererle dejar Leocadia, que se embarcó con él como en seguimiento del norte de su esperanza. En llegando á tierra, hizo el caballero traer de su casa una silla de manos, donde le llevasen. En tanto que esto pasaba, habia enviado D. Rafael á buscar á Calvete, que en el meson estaba con cuidado de saber lo que la suerte habia hecho de sus amos, y cuando supo que estaban buenos, se alegró en estremo, y vino adonde D. Rafael estaba.
En esto llegaron el señor de la casa, Marco Antonio y Leocadia, y á todos alojó en ella con mucho amor y magnificencia: ordenó luego como se llamase un cirujano famoso de la ciudad para que de nuevo curase á Marco Antonio: vino, pero no quiso curarle hasta otro dia, diciendo que siempre los cirujanos de los ejércitos y armadas eran muy esperimentados, por los muchos heridos que á cada paso tenian entre las manos, y así no convenia curarle hasta otro dia: lo que ordenó fué le pusiesen en un aposento abrigado, donde le dejasen sosegar.
Llegó en aquel instante el cirujano de las galeras, y dió cuenta al de la ciudad de la herida, y de cómo le habia curado, y del peligro que de la vida á su parecer tenia el herido; con lo cual se acabó de enterar el de la ciudad, que estaba bien curado; y ansimismo (segun la relacion que se le habia hecho) exageró el peligro de Marco Antonio.
Oyeron esto Leocadia y Teodosia con aquel sentimiento que si oyeran la sentencia de su muerte; mas por no dar muestras de su dolor, le reprimieron y callaron, y Leocadia determinó de hacer lo que le pareció convenir para satisfacion de su honra: y fué que así como se fueron los cirujanos, se entró en el aposento de Marco Antonio, y delante del señor de la casa, de D. Rafael, Teodosia y de otras personas, se llegó á la cabecera del herido, y asiéndole de la mano, le dijo estas razones:
--No estais en tiempo, señor Marco Antonio Adorno, en que se puedan ni deban gastar con vos muchas palabras; y así solo querria que me oyésedes algunas que convienen, si no para la salud de vuestro cuerpo, convendrán para la de vuestra alma, y para decíroslas es menester que me deis licencia, y me advirtais si estais con sujeto de escucharme: que no seria razon, que habiendo yo procurado desde el punto que os conocí, no salir de vuestro gusto, en este instante que le tengo por el postrero, seros causa de pesadumbre.
Á estas razones abrió Marco Antonio los ojos, y los puso atentamente en Leocadia, y habiéndola casi conocido, mas por el órgano de la voz, que por la vista, con voz debilitada y doliente le dijo:
--Decid, señor, lo que quisiéredes, que no estoy tan al cabo que no pueda escucharos, ni esa voz me es tan desagradable, que me cause fastidio el oirla.
Atentísima estaba á todo este coloquio Teodosia, y cada palabra que Leocadia decia, era una aguda saeta que le atravesaba el corazon, y aun el alma de D. Rafael, que asimismo la escuchaba. Y prosiguiendo Leocadia, dijo:
--Si el golpe de la cabeza, ó por mejor decir, el que á mí me han dado en el alma, no os ha llevado, señor Marco Antonio, de la memoria la imágen de aquella, que poco tiempo ha que vos decíades ser vuestra gloria y vuestro cielo, bien os debeis acordar quién fué Leocadia, y cuál fué la palabra que le distes firmada en una cédula de vuestra mano y letra, ni se os habrá olvidado el valor de sus padres, la entereza de su recato y honestidad, y la obligacion en que le estais, por haber acudido á vuestro gusto en todo lo que quisistes: si esto no se os ha olvidado, aunque me veais en este traje tan diferente, conoceréis con facilidad que yo soy Leocadia, que temerosa que nuevos accidentes y nuevas ocasiones no me quitasen lo que tan justamente es mio, así como supe que de vuestro lugar os habíades partido, atropellando por infinitos inconvenientes, determiné seguiros en este hábito, con intencion de buscaros por todas las partes de la tierra hasta hallaros: de lo cual no os debeis maravillar, si es que alguna vez habeis sentido hasta dónde llegan las fuerzas de un amor verdadero, y la rabia de una mujer engañada. Algunos trabajos he pasado en esta mi demanda, todos los cuales los juzgo y tengo por descanso, con el descuento que han traido de veros; que puesto que esteis de la manera que estais, si fuere Dios servido de llevaros desta á mejor vida, con hacer lo que debeis á quien sois ántes de la partida, me juzgaré por mas que dichosa, prometiéndoos, como os prometo, de darme tal vida despues de vuestra muerte, que bien poco tiempo se pase sin que os siga en esta última y forzosa jornada: y así os ruego primeramente por Dios, á quien mis deseos y intentos van encaminados, y luego por vos, que debeis mucho á ser quien sois, últimamente por mí, á quien debeis mas que á otra persona del mundo, que aquí luego me recibais por vuestra legítima esposa, no permitiendo haga la justicia lo que con tantas veras y obligaciones la razon os persuade.
No dijo mas Leocadia, y todos los que en la sala estaban guardaron un maravilloso silencio en tanto que estuvo hablando, y con el mismo silencio esperaban la respuesta de Marco Antonio, que fué esta:
--No puedo negar, señora, el conoceros, y que vuestra voz y vuestro rostro no consentirán que lo niegue: tampoco puedo negar lo mucho que os debo, ni el gran valor de vuestros padres junto con vuestra incomparable honestidad y recogimiento; ni os tengo ni os tendré en ménos por lo que habeis hecho en venirme á buscar en traje tan diferente del vuestro; ántes por esto os estimo y estimaré en el mayor grado que ser pueda; pero pues mi corta suerte me ha traido á término, como vos decís, que creo que será el postrero de mi vida, y son los semejantes trances los apuraderos de las verdades, quiero deciros una verdad, que si no os fuere ahora de gusto, podria ser que despues os fuese de provecho. Confieso, hermosa Leocadia, que os quise bien y que me quisistes, y juntamente con esto confieso que la cédula que os hice, fué mas por cumplir con vuestro deseo que con el mio; porque ántes que la firmase, con muchos dias, tenia entregada mi voluntad y mi alma á otra doncella de mi mismo lugar, que vos bien conoceis, llamada Teodosia, hija de tan nobles padres como los vuestros; y si á vos os di cédula firmada de mi mano, á ella le di la mano firmada y acreditada con tales obras y testigos, que quedé imposibilitado de dar mi libertad á otra persona en el mundo. Los amores que con vos tuve fueron de pasatiempo, sin que dellos alcanzase otra cosa sino las flores que vos sabeis, las cuales no os ofendieron, ni pueden ofender en cosa alguna: lo que con Teodosia me pasó, fué alcanzar el fruto que ella pudo darme, y yo quise que me diese, con fe y seguro de ser su esposo, como lo soy; y si á ella y á vos os dejé en un mismo tiempo, á vos suspensa y engañada, y á ella temerosa y á su parecer sin honra, hícelo con poco discurso y con juicio de mozo, como lo soy, creyendo que todas aquellas cosas eran de poca importancia, y que las podia hacer sin escrúpulo alguno, con otros pensamientos que entónces me vinieron y solicitaron lo que queria hacer, que fué venirme á Italia, y emplear en ella algunos de los años de mi juventud, y despues volver á ver lo que Dios habia hecho de vos y de mi verdadera esposa; mas doliéndose de mí el cielo, sin duda creo que ha permitido ponerme de la manera que me veis, para que confesando estas verdades, nacidas de mis muchas culpas, pague en esta vida lo que debo, y vos quedeis desengañada y libre para hacer lo que mejor os pareciere; y si en algun tiempo Teodosia supiere mi muerte, sabrá de vos y de los que están presentes, como en la muerte le cumplí la palabra que le di en la vida; y si en el poco tiempo que della me queda, señora Leocadia, os puedo servir en algo, decídmelo, que como no sea recebiros por esposa, pues no puedo, ninguna otra cosa dejaré de hacer que á mí sea posible, por daros gusto.
En tanto que Marco Antonio decia estas razones, tenia la cabeza sobre el codo, y en acabándolas dejó caer el brazo, dando muestras que se desmayaba. Acudió luego D. Rafael, y abrazándole estrechamente, le dijo:
--Volved en vos, señor mio, y abrazad á vuestro amigo y á vuestro hermano, pues vos quereis que lo sea: conoced á D. Rafael, vuestro camarada, que será el verdadero testigo de vuestra voluntad, y de la merced que á su hermana quereis hacer con admitirla por vuestra.
Volvió en sí Marco Antonio, y al momento conoció á D. Rafael, y abrazándole estrechamente y besándole en el rostro, le dijo:
--Ahora digo, hermano y señor mio, que la suma alegría que he recebido en veros, no puede traer ménos descuento que un pesar grandísimo, pues se dice que tras el gusto se sigue la tristeza; pero yo daré por bien empleada cualquiera que me viniere, á trueco de haber gustado del contento de veros.
--Pues yo os le quiero hacer mas cumplido, replicó D. Rafael, con presentaros esta joya, que es vuestra amada esposa.
Y buscando á Teodosia la halló llorando detras de toda la gente, suspensa y atónita entre el pesar y la alegría por lo que veia, y por lo que habia oido decir. Asióla su hermano de la mano, y ella sin hacer resistencia se dejó llevar donde él quiso, que fué ante Marco Antonio, que la conoció y se abrazó con ella, llorando los dos tiernas y amorosas lágrimas.
Admirados quedaron cuantos en la sala estaban, viendo tan estraño acontecimiento: mirábanse unos á otros, sin hablar palabra, esperando en qué habian de parar aquellas cosas. Mas la desengañada y sin ventura Leocadia, que vió por sus ojos lo que Marco Antonio hacia, y vió al que pensaba ser hermano de D. Rafael en brazos del que tenia por su esposo, viendo junto con esto burlados sus deseos y perdidas sus esperanzas, se hurtó de los ojos de todos (que atentos estaban mirando lo que el enfermo hacia con el paje que abrazado tenia), y se salió de la sala ó aposento, y en un instante se puso en la calle con intencion de irse desesperada por el mundo, ó adonde gentes no la viesen; mas apénas habia llegado á la calle, cuando D. Rafael la echó ménos, y como si le faltara el alma, preguntó por ella, y nadie le supo dar razon dónde se habia ido; y así sin esperar mas, desesperado salió á buscarla, y acudió adonde le dijeron que posaba Calvete, por si habia ido allá á procurar alguna cabalgadura en que irse; y no hallándola allí, andaba como loco por las calles, buscándola de unas partes á otras; y pensando si por ventura se habia vuelto á las galeras, llegó á la marina, y un poco ántes que llegase, oyó que á grandes voces llamaban desde tierra el esquife de la capitana, y conoció que quien las daba era la hermosa Leocadia, la cual recelosa de algun desman, sintiendo pasos á sus espaldas, empuñó la espada, y esperó apercebida que llegase D. Rafael, á quien ella luego conoció, y le pesó de que la hubiese hallado, y mas en parte tan sola, que ya ella habia entendido, por mas de una muestra que D. Rafael le habia dado, que no la queria mal, sino tan bien que tomara por buen partido que Marco Antonio la quisiera otro tanto.
¿Con qué razones podré yo decir ahora las que D. Rafael dijo á Leocadia, declarándole su alma, que fueron tantas y tales, que no me atrevo á escribirlas? Mas pues es forzoso decir algunas, las que entre otras le dijo, fueron estas:
--Si con la ventura que me falta, me faltase ahora ¡oh hermosa Leocadia! el atrevimiento de descubriros los secretos de mi alma, quedaria enterrada en los senos del perpetuo olvido la mas enamorada y honesta voluntad, que ha nacido ni puede nacer en un enamorado pecho. Pero por no hacer este agravio á mi justo deseo, véngame lo que viniere, quiero, señora, que advirtais, si es que os da lugar vuestro arrebatado pensamiento, que en ninguna cosa se me aventaja Marco Antonio, sino es en el bien de ser de vos querido: mi linaje es tan bueno como el suyo, y en los bienes que llaman de fortuna, no me hace mucha ventaja; en los de naturaleza no conviene que me alabe, y mas si á los ojos vuestros no son de estima: todo esto digo, apasionada señora, porque tomeis el remedio y el medio que la suerte os ofrece en el estremo de vuestra desgracia: ya veis que Marco Antonio no puede ser vuestro, porque el cielo le hizo de mi hermana, y el mismo cielo, que hoy os ha quitado á Marco Antonio, os quiere hacer recompensa conmigo, que no deseo otro bien en esta vida que entregarme por esposo vuestro: mirad que el buen suceso está llamando á las puertas que hasta ahora habeis tenido del malo, y no penseis que el atrevimiento que habeis mostrado en buscar á Marco Antonio, ha de ser parte para que no os estime y tenga en lo que mereciérades, si nunca le hubiérades tenido, que en la hora que quiero y determino igualarme con vos, eligiéndoos por perpetua señora mia, en aquella misma se me ha de olvidar, y ya se me ha olvidado todo cuanto en esto he sabido y visto; que bien sé que las fuerzas que á mí me han forzado á que tan de rondon y á rienda suelta me disponga á adoraros y á entregarme por vuestro, estas mismas os han traido á vos al estado en que estais, y así no habrá necesidad de buscar disculpa, donde no ha habido yerro alguno.
Callando estuvo Leocadia á todo cuanto D. Rafael le dijo, sino que de cuando en cuando daba unos profundos suspiros, salidos de lo íntimo de sus entrañas: tuvo atrevimiento D. Rafael de tomarle una mano, y ella no tuvo esfuerzo para estorbárselo, y allí besándosela muchas veces, le decia: