Part 31
Entre tanto que el mozo de mulas ensillaba, y el almuerzo venia, entró en el meson un hidalgo que venia de camino, que de D. Rafael fué conocido luego. Conocíale tambien Teodoro, y no osó salir del aposento por no ser visto. Abrazáronse los dos, y preguntó D. Rafael al recien venido qué nuevas habia en su lugar. Á lo cual respondió, que él venia del Puerto de Santa María, adonde dejaba cuatro galeras de partida para Nápoles, y que en ellas habia visto embarcado á Marco Antonio Adorno, el hijo de D. Leonardo Adorno. Con las cuales nuevas se holgó D. Rafael, pareciéndole que pues tan sin pensar habia sabido nuevas de lo que tanto le importaba, era señal que tendria buen fin su suceso: rogóle á su amigo que trocase con el cuartago de su padre (que él muy bien conocia) la mula que él traia, no diciéndole que venia, sino que iba á Salamanca, y que no queria llevar tan buen cuartago en tan largo camino. El otro, que era comedido y amigo suyo, se contentó del trueco, y se encargó de dar el cuartago á su padre. Almorzaron juntos, y Teodoro solo, y llegado el punto de partirse el amigo, tomó el camino de Cazalla, donde tenia una rica heredad.
No partió D. Rafael con él, que por hurtarle el cuerpo le dijo que le convenia volver aquel dia á Sevilla; y así como le vió ido, estando en órden las cabalgaduras, hecha la cuenta y pagado el huésped, diciendo adios, se salieron de la posada, dejando admirados á cuantos en ella quedaban de su hermosura y gentil disposicion, que no tenia para hombre menor gracia, brio y compostura D. Rafael, que su hermana belleza y donaire.
Luego en saliendo contó don Rafael á su hermana las nuevas que de Marco Antonio le habian dado, y que le parecia que con la diligencia posible caminasen la vuelta de Barcelona, donde de ordinario suelen parar algun dia las galeras que pasan á Italia ó vienen á España, y que si no hubiesen llegado podian esperarlas, y allí sin duda hallarian á Marco Antonio. Su hermana le dijo que hiciese todo aquello que mejor le pareciese, porque ella no tenia mas voluntad que la suya.
Dijo D. Rafael al mozo de mulas que consigo llevaba, que tuviese paciencia, porque convenia pasar á Barcelona, asegurándole la paga á todo su contento del tiempo que con él anduviese. El mozo, que era de los alegres del oficio, y que conocia que D. Rafael era liberal, respondió que hasta el cabo del mundo le acompañaria y serviria. Preguntó D. Rafael á su hermana qué dineros llevaba. Respondió que no los tenia contados, y que no sabia mas de que en el escritorio de su padre habia metido la mano siete ó ocho veces, y sacádola llena de escudos de oro, y segun aquello imaginó D. Rafael que podia llevar hasta quinientos escudos, que con otros doscientos que él tenia, y una cadena de oro que llevaba, le pareció no ir muy desacomodado; y mas persuadiéndose que habia de hallar en Barcelona á Marco Antonio.
Con esto se dieron priesa á caminar sin perder jornada, y sin acaecerles desman ó impedimento alguno, llegaron á dos leguas de un lugar que está nueve de Barcelona, que se llama Igualada. Habia sabido en el camino como un caballero, que pasaba por embajador á Roma, estaba en Barcelona esperando las galeras, que aun no habian llegado; nueva que les dió mucho contento. Con este gusto caminaron hasta entrar en un bosquecillo que en el camino estaba, del cual vieron salir un hombre corriendo y mirando atras como espantado. Púsosele D. Rafael delante diciéndole:
--¿Por qué huís, buen hombre, ó que caso os ha acontecido, que con muestras de tanto miedo os hace parecer tan lijero?
--¿No quereis que corra apriesa y con miedo, respondió el hombre, si por milagro me he escapado de una compañía de bandoleros que queda en ese bosque?
--Malo, dijo el mozo de mulas, malo, vive Dios: ¿bandoleritos á estas horas? Para mi santiguada que ellos nos pongan como nuevos.
--No os congojeis, hermano, replicó el del bosque, que ya los bandoleros se han ido, y han dejado atados á los árboles deste bosque mas de treinta pasajeros, dejándolos en camisa: á solo un hombre dejaron libre para que desatase á los demas despues que ellos hubiesen traspuesto una montañuela que le dieron por señal.
--Si eso es, dijo Calvete (que así se llamaba el mozo de mulas), seguros podemos pasar, á causa que al lugar donde los bandoleros hacen el salto no vuelven por algunos dias, y puedo asegurar esto como aquel que ha dado dos veces en sus manos, y sabe de molde su usanza y costumbres.
--Así es, dijo el hombre.
Lo cual oido por D. Rafael, determinó pasar adelante; y no anduvieron mucho, cuando dieron en los atados, que pasaban de cuarenta, que los estaba desatando el que dejaron suelto. Era estraño espectáculo el verlos: unos desnudos del todo: otros vestidos con los vestidos astrosos de los bandoleros: unos llorando de verse robados, otros riendo de ver los estraños trajes de los otros: este contaba por menudo lo que le llevaban: aquel decia que le pesaba mas de una caja de _agnus_ que de Roma traia, que de otras infinitas cosas que llevaba. En fin, todo cuanto allí pasaban eran llantos y gemidos de los miserables despojados. Todo lo cual miraban, no sin mucho dolor, los dos hermanos, dando gracias al cielo que de tan grande y tan cercano peligro los habia librado. Pero lo que mas compasion les puso, especialmente á Teodoro, fué ver al tronco de una encina atado un muchacho de edad, al parecer, de diez y seis años, con sola la camisa y unos calzones de lienzo; pero tan hermoso de rostro, que forzaba y movia á todos que le mirasen.
Apeóse Teodoro á desatarle, y él le agradeció con muy corteses razones el beneficio; y por hacérsele mayor, pidió á Calvete, el mozo de mulas, le prestase su capa hasta que en el primer lugar comprasen otra para aquel gentil mancebo. Dióla Calvete, y Teodoro cubrió con ella al mozo, preguntándole de dónde era, de dónde venia y adónde caminaba.
Á todo esto estaba presente D. Rafael, y el mozo respondió que era de Andalucía, y de un lugar, que en nombrándole, vieron que no distaba del suyo sino dos leguas: dijo que venia de Sevilla, y que su designio era pasar á Italia á probar ventura en el ejercicio de las armas, como otros muchos españoles acostumbraban; pero que la suerte suya habia salido azar con el mal encuentro de los bandoleros, que le llevaban una buena cantidad de dineros, y tales vestidos, que no se compraran tan buenos con trecientos escudos; pero que con todo eso pensaba proseguir su camino, porque no venia de casta que se le habia de helar al primer mal suceso el calor de su fervoroso deseo.
Las buenas razones del mozo (junto con haber oido que era tan cerca de su lugar, y mas con la carta de recomendacion que en su hermosura traia) pusieron voluntad en los dos hermanos de favorecerle en cuanto pudiesen, y repartiendo entre los que mas necesidad á su parecer tenian, algunos dineros, especialmente entre frailes y clérigos, que habia mas de ocho, hicieron que subiese el mancebo en la mula de Calvete, y sin detenerse mas, en poco espacio se pusieron en Igualada, donde supieron que las galeras, el dia ántes, habian llegado á Barcelona, y que de allí á dos dias se partirian, si ántes no les forzaba la poca seguridad de la playa.
Estas nuevas hicieron que la mañana siguiente madrugasen ántes que el sol, puesto que aquella noche no la durmieron toda, sino con mas sobresalto de los hermanos que ellos se pensaron, causado de que estando á la mesa, y con ellos el mancebo que habian desatado, Teodoro puso ahincadamente los ojos en su rostro, y mirándole algo curiosamente, le pareció que tenia las orejas horadadas, y en esto y en un mirar vergonzoso que tenia, sospechó que debia de ser mujer, y deseaba acabar de cenar para certificarse á solas de su sospecha; y entre la cena le preguntó D. Rafael que cúyo hijo era, porque él conocia toda la gente principal de su lugar, si era aquel que habia dicho. Á lo cual respondió el mancebo que era hijo de D. Enrique de Cárdenas, caballero bien conocido. Á esto dijo D. Rafael que él conocia bien á D. Enrique de Cárdenas; pero que sabia y tenia por cierto que no tenia hijo alguno; mas que si lo habia dicho por no descubrir sus padres, que no importaba, y que nunca mas se lo preguntaria.
--Verdad es, replicó el mozo, que D. Enrique no tiene hijos; pero tiénelos un hermano suyo, que se llama don Sancho.
--Ese tampoco, respondió D. Rafael, tiene hijos, sino una hija sola, y aun dicen que es de las mas hermosas doncellas que hay en la Andalucía, y esto no lo sé mas de por fama; que aunque muchas veces he estado en su lugar, jamas la he visto.
--Todo lo que, señor, decís es verdad, respondió el mancebo, que D. Sancho no tiene mas de una hija, pero no tan hermosa como su fama dice; y si yo dije que era hijo de D. Enrique, fué porque me tuviésedes, señores, en algo, pues no lo soy sino de un mayordomo de D. Sancho, que ha muchos años que le sirve, y yo nací en su casa, y por cierto enojo que di á mi padre, habiéndole tomado buena cantidad de dineros, quise venirme á Italia, como os he dicho, y seguir el camino de la guerra, por quien vienen, segun he visto, á hacerse ilustres aun los de oscuro linaje.
Todas estas razones y el modo con que las decia, notaba atentamente Teodoro, y siempre se iba confirmando en su sospecha.
Acabóse la cena, alzáronse los manteles, y en tanto que D. Rafael se desnudaba, habiéndole dicho lo que del mancebo sospechaba, con su parecer y licencia se apartó con el mancebo á un balcon de una ancha ventana que á la calle salia, y en él puestos los dos de pechos, Teodoro así comenzó á hablar con el mozo.
--Quisiera, señor Francisco (que así habia dicho él que se llamaba), haberos hecho tantas buenas obras, que os obligara á no negarme cualquiera cosa que pudiera ó quisiera pediros; pero el poco tiempo que há que os conozco, no ha dado lugar á ello: podria ser que en el que está por venir conociésedes lo que merece mi deseo; y si al que ahora tengo no gustáredes de satisfacer, no por eso dejaré de ser vuestro servidor, como lo soy tambien ántes que os le descubra. Quiero tambien que sepais que aunque tengo tan pocos años como los vuestros, tengo mas esperiencia de las cosas de mundo que ellos prometen, pues con ella he venido á sospechar que vos no sois varon como vuestro traje lo muestra, sino mujer, y tan bien nacida como vuestra hermosura publica, y quizá tan desdichada como lo da á entender la mudanza del traje; pues jamas tales mudanzas son por bien de quien las hace: si es verdad lo que sospecho, decídmelo, que os juro por la fe de caballero que profeso, de ayudaros y serviros en todo aquello que pudiere. De que seais mujer, no me lo podeis negar, pues por las ventanas de vuestras orejas se ve esta verdad bien clara, y habeis andado descuidada en no cerrar y disimular esos agujeros con alguna cera encarnada, que pudiera ser que otro tan curioso como yo y no tan honrado, sacara á luz lo que vos tan mal habeis sabido encubrir: digo que no dudeis de decirme quién sois, con presupuesto que os ofrezco mi ayuda, y os aseguro el secreto que quisiéredes que tenga.
Con grande atencion estaba el mancebo escuchando lo que Teodoro le decia, y viendo que ya callaba, ántes que le respondiese palabra, le tomó las manos, y llegándoselas á la boca, se las besó por fuerza, y aun se las bañó con gran cantidad de lágrimas que de sus hermosos ojos derramaba, cuyo estraño sentimiento le causó en Teodoro de manera, que no pudo dejar de acompañarle en ellas (propia y natural condicion de mujeres principales enternecerse de los sentimientos y trabajos ajenos); pero despues que con dificultad retiró sus manos de la boca del mancebo, estuvo atenta á ver lo que le respondia, el cual dando un profundo gemido, acompañado de muchos suspiros, dijo:
--No quiero ni puedo negaros, señor, que vuestra sospecha no haya sido verdadera: mujer soy, y la mas desdichada que echaron al mundo las mujeres; y pues las obras que me habeis hecho y los ofrecimientos que me haceis, me obligan á obedeceros en cuanto me mandáredes, escuchad, que yo os diré quién soy (si ya no os cansa oir ajenas desventuras).
--En ellas viva yo siempre, replicó Teodoro, si no llegue el gusto de saberlas á la pena que me darán el ser vuestras, que ya las voy sintiendo como propias mias.
Y tornándole á abrazar, y á hacer nuevos y verdaderos ofrecimientos, el mancebo algo mas sosegado comenzó á decir estas razones.
--En lo que toca á mi patria, la verdad he dicho: en lo que toca á mis padres, no la dije; porque D. Enrique no lo es, sino mi tio, y su hermano D. Sancho mi padre, que yo soy la hija desventurada que vuestro hermano dice que D. Sancho tiene tan celebrada de hermosa, cuyo engaño y desengaño se echa de ver en la ninguna hermosura que tengo: mi nombre es Leocadia: la ocasion de la mudanza de mi traje oiréis ahora. Dos leguas de mi lugar está otro de los mas ricos y nobles de la Andalucía, en el cual vive un principal caballero que trae su origen de los nobles y antiguos Adornos de Génova: este tiene un hijo, que si no es que la fama se adelanta en sus alabanzas, como en las mias, es de los gentiles-hombres que desearse puede. Este pues, así por la vecindad de los lugares, como por ser aficionado al ejercicio de la caza cómo mi padre, algunas veces venia á mi casa, y en ella se estaba cinco ó seis dias, que todos y aun parte de las noches él y mi padre las pasaban en el campo: desta ocasion tomó la fortuna, ó el amor, ó mi poca advertencia la que fué bastante para derribarme de la alteza de mis buenos pensamientos, á la bajeza del estado en que me veo; pues habiendo mirado, mas de aquello que fuera lícito á una recatada doncella, la gentileza y discrecion de Marco Antonio, y considerado la calidad de su linaje y la mucha cantidad de los bienes que llaman de fortuna, que su padre tenia, me pareció que si le alcanzaba por esposo, era toda la felicidad que podia caber en mi deseo: con este pensamiento le comencé á mirar con mas cuidado, y debió de ser sin duda con mas descuido, pues él vino á caer en que yo le miraba; y no quiso ni le fué menester al traidor otra entrada para entrarse en el secreto de mi pecho, y robarme las mejores prendas de mi alma. Mas no sé para qué me pongo á contaros, señor, punto por punto las menudencias de mis amores, pues hacen tan poco al caso, sino deciros de una vez lo que él con muchas de solicitud granjeó conmigo, que fué que habiéndome dado su fe y palabra, debajo de grandes, á mi parecer, firmes y cristianos juramentos de ser mi esposo, me ofrecí á que hiciese de mí todo lo que quisiese; pero aun no bien satisfecha de sus juramentos y palabras, porque no se las llevase el viento, hice que las escribiese en una cédula que él me dió firmada de su nombre, con tantas circunstancias y fuerzas escrita, que me satisfizo. Recebida la cédula, di traza como una noche viniese de su lugar al mio, y entrase por las paredes de un jardin á mi aposento, donde sin sobresalto alguno podia coger el fruto que para él solo estaba destinado. Llegóse en fin la noche por mí tan deseada.
Hasta este punto habia estado callando Teodoro, teniendo pendiente el alma de las palabras de Leocadia, que con cada una dellas le traspasaba el alma, especialmente cuando oyó el nombre de Marco Antonio, y vió la peregrina hermosura de Leocadia, y consideró la grandeza de su valor con la de su rara discrecion, que bien lo mostraba en el modo de contar su historia. Mas cuando llegó á decir: llegó la noche por mí tan deseada, estuvo por perder la paciencia, y sin poder hacer otra cosa le salteó la razon, diciendo:
--¿Y bien? así como llegó esa felicísima noche, ¿que hizo? ¿entró por dicha? ¿gozásteisle? ¿confirmó de nuevo la cédula? ¿quedó contento en haber alcanzado de vos lo que decís que era suyo? ¿súpolo vuestro padre, ó en que pararon tan honestos y sabios principios?
--Pararon, dijo Leocadia, en ponerme de la manera que veis, porque no le gocé, ni me gozó, ni vino al concierto señalado.
Respiró con estas razones Teodosia, detuvo los espíritus que poco á poco la iban dejando, estimulados y apretados de la rabiosa pestilencia de los celos, que á mas andar se le iban entrando por los huesos y médulas, para tomar entera posesion de su paciencia; mas no la dejó tan libre, que no volviese á escuchar con sobresalto lo que Leocadia prosiguió, diciendo:
--No solamente no vino, pero de allí á ocho dias supe por nueva cierta que se habia ausentado de su pueblo y llevado de casa de sus padres á una doncella de su lugar, hija de un principal caballero, llamada Teodosia, doncella de estremada hermosura y de rara discrecion; y por ser de tan nobles padres, se supo en mi pueblo el robo, y luego llegó á mis oidos, y con él la fria y temida lanza de los celos que me pasó el corazon, y me abrasó el alma en fuego tal, que en él se hizo ceniza mi honra y se consumió mi crédito, se secó mi paciencia y se acabó mi cordura: ¡Ay de mí, desdichada! que luego se me figuró en la imaginacion Teodosia mas hermosa que el sol, y mas discreta que la discrecion misma, y sobre todo mas venturosa que yo sin ventura. Leí luego las razones de la cédula, vilas firmes y valederas, y que no podian faltar en la fe que publicaban; y aunque á ellas como á cosa sagrada se acogiera mi esperanza, en cayendo en la cuenta de la sospechosa compañía que Marco Antonio llevaba consigo, daba con todas ellas en el suelo: maltraté mi rostro, arranqué mis cabellos, maldije mi suerte, y lo que mas sentia era no poder hacer estos sacrificios á todas horas, por la forzosa presencia de mi padre: en fin, por acabar de quejarme sin impedimento ó por acabar la vida, que es lo mas cierto, determiné dejar la casa de mi padre; y como para poner por obra un mal pensamiento parece que la ocasion facilita y allana todos los inconvenientes, sin temor alguno hurté á un paje de mi padre sus vestidos, y á mi padre mucha cantidad de dineros, y una noche, cubierta con su negra capa, salí de casa, y á pié caminé algunas leguas, y llegué á un lugar que se llama Osuna, y acomodándome en un carro, de allí á dos dias entré en Sevilla, que fué haber entrado en la seguridad posible para no ser hallada, aunque me buscasen: allí compré otros vestidos y una mula, y con unos caballeros que venian á Barcelona con priesa por no perder la comodidad de unas galeras que pasaban á Italia, caminé hasta ayer, que me sucedió lo que ya habréis sabido de los bandoleros que me quitaron cuanto traia, y entre otras cosas la joya que sustentaba mi salud y aliviaba la carga de mis trabajos, que fué la cédula de Marco Antonio, que pensaba con ella pasar á Italia, y hallando Marco Antonio presentársela por testigo de su poca fe, y á mí por abono de mi mucha firmeza, y hacer de suerte que me cumpliese la promesa; pero juntamente con esto he considerado que con facilidad negará las palabras que en un papel están escritas, el que niega las obligaciones que debian estar grabadas en el alma: que claro está, que si él tiene en su compañía á la sin par Teodosia, no ha de querer mirar á la desdichada Leocadia: aunque con todo esto pienso morir, ó ponerme en la presencia de los dos, para que mi vista los turbe su sosiego: no piense aquella enemiga de mi descanso gozar tan á poca costa lo que es mio: yo la buscaré, yo la hallaré y yo la quitaré la vida, si puedo.
--¿Pues qué culpa tiene Teodosia, dijo Teodoro, si ella quizá tambien fué engañada de Marco Antonio, como vos, señora Leocadia, lo habeis sido?
--¿Puede ser eso así, dijo Leocadia, si se la llevó consigo? Y estando juntos los que bien se quieren, ¿qué engaño puede haber? Ninguno por cierto: ellos están contentos, pues están juntos, ora estén como suele decirse en los remotos y abrasados desiertos de Libia, ó en los solos y apartados de la helada Escitia: ella le goza sin duda, sea donde fuere, y ella sola ha de pagar lo que he sentido hasta que le halle.
--Podia ser que os engañásedes, replicó Teodosia, que yo conozco muy bien á esa enemiga vuestra que decís, y sé de su condicion y recogimiento que nunca ella se aventuraria á dejar la casa de sus padres ni acudir á la voluntad de Marco Antonio: y cuando lo hubiese hecho, no conociéndoos, ni sabiendo cosa alguna de lo que con él teníades, no os agravió en nada, y donde no hay agravio, no viene bien la venganza.
--Del recogimiento, dijo Leocadia, no hay que tratarme, que tan recosida y tan honesta era yo como cuantas doncellas hallarse pudieran, y con todo eso hice lo que habeis oido: de que él la llevase, no hay duda; y de que ella no me haya agraviado, mirándolo sin pasion, yo lo confieso; mas el dolor que siento de los celos, me la representa en la memoria, bien así como espada que atravesada tengo por mitad de las entrañas, y no es mucho que como á instrumento que tanto me lastima, le procure arrancar dellas y hacerle pedazos: cuanto mas, que prudencia es apartar de nosotros las cosas que nos dañan, y es natural cosa aborrecer las que nos hacen mal y aquellas que nos estorban el bien.
--Sea como vos decís, señora Leocadia, respondió Teodosia, que así como veo que la pasion que sentís no os deja hacer mas acertados discursos, veo que no estais en tiempo de admitir consejos saludables: de mí os sé decir lo que ya os he dicho, que os he de ayudar y favorecer en todo aquello que fuere justo y yo pudiere; y lo mismo os prometo de mi hermano, que su natural condicion y nobleza no le dejarán hacer otra cosa: nuestro camino es á Italia; si gustáredes venir con nosotros, ya poco mas ó ménos sabeis el trato de nuestra compañía: lo que os ruego es, me deis licencia que diga á mi hermano lo que sé de vuestra hacienda, para que os trate con el comedimiento y respeto que se os debe, y para que se obligue á mirar por vos como es razon: junto con esto me parece no ser bien que mudeis de traje; y si en este pueblo hay comodidad de vestiros, por la mañana os compraré los vestidos mejores que hubiere, y que mas os convengan, y en lo demas de vuestras pretensiones, dejad el cuidado al tiempo, que es gran maestro de dar y hallar remedio á los casos mas desesperados.
Agradeció Leocadia á Teodosia, que ella pensaba ser Teodoro, sus muchos ofrecimientos, y dióle licencia de decir á su hermano todo lo que quisiese, suplicándole que no la desamparase, pues veia á cuántos peligros estaba puesta, si por mujer fuese conocida.
Con esto se despidieron y se fueron á acostar, Teodosia al aposento de su hermano, y Leocadia á otro que junto dél estaba.
No se habia aun dormido D. Rafael, esperando á su hermana por saber lo que le habia pasado con el que pensaba ser mujer; y en entrando, ántes que se acostase, se lo preguntó: la cual punto por punto le contó todo cuanto Leocadia le habia dicho, cúya hija era, sus amores, la cédula de Marco Antonio, y la intencion que llevaba. Admiróse D. Rafael, y dijo á su hermana:
--Si ella es la que dice, séos decir, hermana, que es de las mas principales de su lugar, y una de las mas nobles señoras de toda la Andalucía: su padre es bien conocido del nuestro, y la fama que ella tenia de hermosa corresponde muy bien á lo que ahora vemos en su rostro; y lo que desto me parece es que debemos andar con recato, de manera, que ella no hable primero con Marco Antonio que nosotros, que me da algun cuidado la cédula que dice que le hizo, puesto que la haya perdido; pero sosegáos y acostáos, hermana, que para todo se buscará remedio.
Hizo Teodosia lo que su hermano la mandaba, en cuanto al acostarse, mas en lo de sosegarse no fué en su mano, que ya tenia tomada posesion de su alma la rabiosa enfermedad de los celos. ¡Oh cuánto mas de lo que ella era se le representaba en la imaginacion la hermosura de Leocadia, y la deslealtad de Marco Antonio! ¡Oh cuántas veces leia ó fingia leer la cédula que la habia dado! ¡Qué de palabras y razones la añadia, que la hacian cierta y de mucho efecto! ¡Cuántas veces no creyó que se le habia perdido, y cuántas imaginó que sin ella Marco Antonio no dejara de cumplir su promesa, sin acordarse de lo que á ella estaba obligado!