Part 30
Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron á Búrgos D. Diego de Carriazo y su mujer, su padre y Costanza con su marido D. Tomas, y el hijo del corregidor, que quiso ir á ver á su parienta y esposa. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchas joyas que Costanza dió á su señora, que siempre con este nombre llamaba á la que la habia criado. Dió ocasion la historia de la Fregona ilustre, á que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus plumas en solenizar y en alabar la sin par hermosura de Costanza, la cual aun vive en compañía de su buen mozo de meson; y Carriazo ni mas ni ménos, con tres hijos, que sin tomar el estilo del padre, ni acordarse si hay almadrabas en el mundo, hoy están todos estudiando en Salamanca y su padre apénas ve algun asno de aguador, cuando se le representa y viene á la memoria el que tuvo en Toledo, y teme que cuando ménos se cate ha de remanecer en alguna sátira el daca la cola, asturiano; asturiano, daca la cola.
LAS DOS DONCELLAS.
Cinco leguas de la ciudad de Sevilla está un lugar que se llama Castilblanco, y en uno de muchos mesones que tiene, á la hora que anochecia entró un caminante sobre un hermoso cuartago estranjero: no traia criado alguno, y sin esperar que le tuviesen el estribo, se arrojó de la silla con gran lijereza.
Acudió luego el huésped (que era hombre diligente y de recato), mas no fué tan presto que no estuviese ya el caminante sentado en un poyo que en el portal habia, desabrochándose muy apriesa los botones del pecho, y luego dejó caer los brazos á una y á otra parte, dando manifiesto indicio de desmayarse. La huéspeda, que era caritativa, se llegó á él, y rociándole con agua el rostro, le hizo volver en su acuerdo; y él dando muestras que le habia pesado de que así le hubiesen visto, se volvió á abrochar, pidiendo que le diesen luego un aposento donde se recogiese, y que si fuese posible, fuese solo.
Díjole la huéspeda que no habia mas de una en toda la casa, y que tenia dos camas, y que era forzoso si algun huésped acudiese, acomodarle en la una. Á lo cual respondió el caminante que él pagaria los dos lechos, viniese ó no huésped alguno; y sacando un escudo de oro, se le dió á la huéspeda con condicion que á nadie diese el lecho vacío.
No se descontentó la huéspeda de la paga, ántes se ofreció de hacer lo que le pedia, aunque el mismo dean de Sevilla llegase aquella noche á su casa. Preguntóle si queria cenar, y respondió que no; mas que solo queria que se tuviese gran cuidado con su cuartago: pidió la llave del aposento, y llevando consigo unas bolsas grandes de cuero, se entró en él y cerró tras sí la puerta con llave, y aun á lo que despues pareció arrimó á ella dos sillas.
Apénas se hubo encerrado, cuando se juntaron á consejo el huésped, y el mozo que daba la cebada, y otros dos vecinos que acaso allí se hallaron, y todos trataron de la grande hermosura y gallarda disposicion del nuevo huésped, concluyendo que jamas tal belleza habian visto: tanteáronle la edad, y se resolvieron que tendria de diez y seis á diez y siete años; fueron y vinieron, y dieron y tomaron, como suele decirse, sobre qué podia haber sido la causa del desmayo que le dió; pero como no la alcanzaron, quedáronse con la admiracion de su gentileza. Fuéronse los vecinos á sus casas, y el huésped á pensar el cuartago, y la huéspeda á aderezar algo de cenar por si otros huéspedes viniesen. Y no tardó mucho cuando entró otro de poca mas edad que el primero, y no de ménos gallardía; y apénas le hubo oido la huéspeda, cuando dijo:
--¡Válame Dios, y qué es esto! ¿vienen por ventura esta noche á posar ángeles á mi casa?
--¿Por qué dice eso la señora huéspeda? dijo el caballero.
--No lo digo por nada, señor, respondió la mesonera, solo digo que vuesa merced no se apee, porque no tengo cama que darle, que dos que tenia las ha tomado un caballero que está en aquel aposento, y me las ha pagado entrambas, aunque no habia menester mas de la una sola, porque nadie le entre en el aposento, y es que debe de gustar de la soledad; y en Dios y en mi ánima que no sé yo por qué, que no tiene él cara ni disposicion para esconderse, sino para que todo el mundo le vea y le bendiga.
--¿Tan lindo es, señora huéspeda? replicó el caballero.
--Y ¡cómo si es lindo! dijo ella, y aun mas que relindo.
--Ten aquí, mozo, dijo á esta razon el caballero, que aunque duerma en el suelo, tengo de ver hombre tan alabado.
Y dando el estribo á un mozo de mulas que con él venia, se apeó, y hizo que le diesen luego de cenar, y así fué hecho. Y estando cenando, entró un alguacil del pueblo (como de ordinario en los lugares pequeños se usa), y sentóse á conversacion con el caballero en tanto que cenaba, y no dejó entre razon y razon de echar abajo tres cubiletes de vino, y de roer una pechuga y una cadera de perdiz que le dió el caballero, y todo se lo pagó el alguacil con preguntarle nuevas de la corte, y de las guerras de Flándes y bajada del turco, no olvidándose de los sucesos del transilvano, que nuestro Señor guarde.
El caballero cenaba y callaba, porque no venia de parte que le pudiese satisfacer á sus preguntas. Ya en esto habia acabado el mesonero de dar recado al cuartago, y sentóse á hacer tercio en la conversacion, y á probar de su mismo vino no ménos tragos que el alguacil; y á cada trago que envasaba, volvia y derribaba la cabeza sobre el hombro izquierdo, y alababa el vino, que le ponia en las nubes, aunque no se atrevia á dejarle mucho en ellas, porque no se aguase. De lance en lance volvieron á las alabanzas del huésped encerrado, y contaron de su desmayo y encerramiento, y de que no habia querido cenar cosa alguna: ponderaron el aparato de las bolsas, y la bondad del cuartago y del vestido vistoso que de camino traia: todo lo cual requeria no venir sin mozo que le sirviese. Todas estas exageraciones pusieron nuevo deseo de verle, y rogó al mesonero hiciese de modo como él entrase á dormir en la otra cama, y le daria un escudo de oro; y puesto que la codicia del dinero acabó con la voluntad del mesonero de dársela, halló ser imposible á causa que estaba cerrado por de dentro, y no se atrevia á despertar al que dentro dormia, y que tan bien tenia pagados los dos lechos. Todo lo cual facilitó el alguacil, diciendo:
--Lo que se podrá hacer, es que yo llamaré á la puerta, diciendo que soy la justicia, que por mandado del señor alcalde traigo á aposentar á este caballero á este meson, y que no habiendo otra cama, se le manda dar aquella: á lo cual ha de replicar el huésped que se le hace agravio, porque ya está alquilada, y no es razon quitarla al que la tiene: con esto quedará el mesonero disculpado, y vuesa merced conseguirá su intento.
Á todos les pareció bien la traza del alguacil, y por ella le dió el deseoso cuatro reales.
Púsose luego por obra: y en resolucion, mostrando gran sentimiento el primer huésped abrió á la justicia, y el segundo pidiéndole perdon del agravio que al parecer se le habia hecho, se fué á acostar en el lecho desocupado; pero ni el otro le respondió palabra, ni ménos se dejó ver el rostro, porque apénas hubo abierto, cuando se fué á su cama, y vuelta la cara á la pared, por no responder hizo que dormia. El otro se acostó, esperando cumplir por la mañana su deseo, cuando se levantasen.
Eran las noches de las perezosas y largas de diciembre, y el frio y el cansancio del camino forzaban á procurar pasarlas con reposo: pero como no le tenia el huésped primero, á poco mas de la media noche comenzó á suspirar tan amargamente, que con cada suspiro parecia despedírsele el alma; y fué de tal manera, que aunque el segundo dormia, hubo de despertar al lastimero son del que se quejaba, y admirado de los sollozos, con que acompañaba los suspiros, atentamente se puso á escuchar lo que al parecer entre sí murmuraba. Estaba la sala escura, y las camas bien desviadas; pero no por esto dejó de oir entre otras razones, estas, que con voz debilitada y flaca, el lastimado huésped primero decia:
--¡Ay sin ventura! ¿adónde me lleva la fuerza incontrastable de mis hados? ¿Qué camino es el mio, ó qué salida espero tener del intricado laberinto donde me hallo? ¡Ay pocos y mal esperimentados años, incapaces de toda buena consideracion y consejo! ¿Qué fin ha de tener esta no sabida peregrinacion mia? ¡Ay honra menospreciada, ay amor mal agradecido, ay respetos de honrados padres y parientes atropellados, y ay de mí una y mil veces, que tan á rienda suelta me dejé llevar de mis deseos! ¡Ó palabras fingidas, que tan de veras me obligastes á que con obras os respondiese! Pero ¿de quién me quejo, cuitada? ¿Yo no soy la que quise engañarme? ¿No soy yo la que tomó el cuchillo en sus mismas manos, con que corté y eché por tierra mi crédito, con el que de mi valor tenian mis ancianos padres? ¡Oh fementido Marco Antonio! ¿Cómo es posible que en las dulces palabras que me decias, viniese mezclada la hiel de tus descortesías y desdenes? ¿Adónde estás, ingrato, adónde te fuiste, desconocido? Respóndeme, que te hablo: espérame, que te sigo: susténtame, que descaezco: págame lo que me debes: socórreme, pues por tantas vias te tengo obligado.
Calló en diciendo esto, dando muestra en los ayes y suspiros que no dejaban los ojos de derramar tiernas lágrimas. Todo lo cual con sosegado silencio estuvo escuchando el segundo huésped, coligiendo por las razones que habia oido, que sin duda alguna era mujer la que se quejaba, cosa que le avivó mas el deseo de conocella, y estuvo muchas veces determinado de irse á la cama de la que creia ser mujer; y hubiéralo hecho, si en aquella sazon no le sintiera levantar, y abriendo la puerta de la sala dió voces al huésped de casa que le ensillase el cuartago, porque queria partirse. Á lo cual, al cabo de un buen rato que el mesonero se dejó llamar, le respondió que se sosegase, porque aun no era pasada la media noche, y que la escuridad era tanta, que seria temeridad ponerse en camino. Quietóse con esto, y volviendo á cerrar la puerta se arrojó en la cama de golpe, dando un recio suspiro.
Parecióle al que escuchaba que seria bien hablarle, y ofrecerle para su remedio lo que de su parte podia, por obligarle con esto á que se descubriese, y su lastimera historia le contase, y así le dijo: Por cierto, señor gentilhombre, que si los suspiros que habeis dado y las palabras que habeis dicho no me hubieran movido á condolerme del mal de que os quejais, entendiera que carecia de natural sentimiento, ó que mi alma era piedra, y mi pecho de bronce duro; y si esta compasion que os tengo, y el presupuesto que en mí ha nacido de poner mi vida por vuestro remedio (si es que vuestro mal le tiene) merece alguna cortesía, en recompensa ruégoos que la useis conmigo, declarándome, sin encubrirme cosa, la causa de vuestro dolor.
--Si él no me hubiera sacado de sentido, respondió el que se quejaba, bien debiera yo de acordarme que no estaba solo en este aposento, y así hubiera puesto mas freno á mi lengua y mas tregua á mis suspiros; pero en pago de haberme faltado la memoria en parte donde tanto me importaba tenerla, quiero hacer lo que me pedís, porque renovando la amarga historia de mis desgracias, podria ser que el nuevo sentimiento me acabase; mas si quereis que haga lo que me pedís, habeisme de prometer por la fe que me habeis mostrado en el ofrecimiento que me habeis hecho, y por quien vos sois (que á lo que en vuestras palabras mostrais, prometeis mucho) que por cosas que de mí oigais en lo que os dijere, no os habeis de mover de vuestro lecho, ni venir al mio, ni preguntarme mas de aquello que yo quisiere deciros; porque si al contrario desto hiciéredes, en el punto que os sienta mover, con una espada que á la cabecera tengo, me pasaré el pecho.
Esotro (que mil imposibles prometiera por saber lo que tanto deseaba) le respondió que no saldria un punto de lo que le habia pedido, afirmándoselo con mil juramentos.
--Con ese seguro pues, dijo el primero, yo haré lo que hasta agora no he hecho, que es dar cuenta de mi vida á nadie, y así escuchad. Habeis de saber, señor, que yo que en esta posada entré, como sin duda os habrán dicho, en traje de varon, soy una desdichada doncella, á lo ménos una que lo fué no ha ocho dias, y lo dejó de ser por inadvertida y loca, y por creerse de palabras compuestas y afeitadas de fementidos hombres: mi nombre es Teodosia, mi patria un principal lugar desta Andalucía, cuyo nombre callo (porque no os importa á vos tanto el saberlo, como á mí el encubrirlo): mis padres son nobles y mas que medianamente ricos, los cuales tuvieron un hijo y una hija, él para descanso y honra suya, y ella para todo lo contrario: á él enviaron á estudiar á Salamanca: á mí me tenian en su casa, adonde me criaban con el recogimiento y recato que su virtud y nobleza pedian, y yo sin pesadumbre alguna siempre les fuí obediente, ajustando mi voluntad á la suya sin discrepar un solo punto, hasta que mi suerte menguada ó mi mucha demasía me ofreció á los ojos un hijo de un vecino nuestro mas rico que mis padres, y tan noble como ellos: la primera vez que le miré no sentí otra cosa que fuese mas de una complacencia de haberle visto; y no fué mucho, porque su gala, gentileza, rostro y costumbres eran de los alabados y estimados del pueblo, con su rara discrecion y cortesía; pero ¿de qué me sirve alabar á mi enemigo ni ir alargando con razones el suceso tan desgraciado mio, ó por mejor decir, el principio de mi locura? Digo en fin, que él me vió una y muchas veces desde una ventana que frontero de otra mia estaba; desde allí, á lo que me pareció, me envió el alma por los ojos, y los mios con otra manera de contento que el primero gustaron de miralle, y aun me forzaron á que creyese que eran puras verdades cuanto en sus ademanes y en su rostro leia: fué la vista la intercesora y medianera de la habla, la habla de declarar su deseo, su deseo de encender el mio y de dar fe al suyo: llegóse á todo esto las promesas, los juramentos, las lágrimas, los suspiros, y todo aquello que á mi parecer puede hacer un firme amador, para dar á entender la entereza de su voluntad y la firmeza de su pecho, y en mí, desdichada (que jamas en semejantes ocasiones y trances me habia visto) cada palabra era un tiro de artillería que derribaba parte de la fortaleza de mi honra; cada lágrima era un fuego en que se abrasaba mi honestidad: cada suspiro un furioso viento que el incendio aumentaba de tal suerte, que acabó de consumir la virtud que hasta entónces aun no habia sido tocada; y finalmente, con la promesa de ser mi esposo á pesar de sus padres (que para otra le guardaban), di con todo mi recogimiento en tierra, y sin saber cómo me entregué en su poder á hurto de mis padres, sin tener otro testigo de mi desatino, que un paje de Marco Antonio (que este es el nombre del inquietador de mi sosiego); y apénas hubo tomado de mí la posesion que quiso, cuando de allí á dos dias desapareció del pueblo, sin que sus padres ni otra persona alguna supiesen decir ni imaginar dónde habia ido. Cual yo quedé, dígalo quien tuviere poder para decirlo, que yo no sé ni supe mas de sentillo: castigué mis cabellos, como si ellos tuvieran la culpa de mi yerro; martiricé mi rostro, por parecerme que él habia dado toda la ocasion á mi desventura; maldije mi suerte, acusé mi presta determinacion, derramé muchas é infinitas lágrimas, víme casi ahogada entre ellas y entre los suspiros que de mi lastimado pecho salian, quejéme en silencio al cielo, discurrí con la imaginacion, por ver si descubria algun camino ó senda á mi remedio, y la que hallé fué vestirme en hábito de hombre, y ausentarme de la casa de mis padres, y irme á buscar á este segundo engañador Enéas, á este cruel y fementido Vireno, á este defraudador de mis buenos pensamientos y legítimas y bien fundadas esperanzas; y así sin ahondar mucho en mis discursos, ofreciéndome la ocasion un vestido de camino de mi hermano, y un cuartago de mi padre que yo ensillé, una noche escurísima salí de casa con intencion de ir á Salamanca, donde, segun despues se dijo, creian que Marco Antonio podia haber venido; porque tambien es estudiante, y camarada del hermano mio que os he dicho: no dejé asimismo de sacar cantidad de dineros en oro, para todo aquello que en mi impensado viaje pueda sucederme; lo que mas me fatiga es que mis padres me han de seguir y hallar por las señas del vestido y del cuartago que traigo, y cuando esto no tema, temo á mi hermano que está en Salamanca, del cual si soy conocida, ya se puede entender el peligro en que está puesta mi vida; porque aunque él escuche mis disculpas, el menor punto de su honor pasa á cuantas yo pudiere darle: con todo esto, mi principal determinacion es, aunque pierda la vida, buscar al desalmado de mi esposo, que no puede negar el serlo sin que le desmientan las prendas que dejó en mi poder, que son una sortija de diamantes, con unas cifras que dicen: Es Marco Antonio esposo de Teodosia. Si le hallo, sabré dél qué halló en mí que tan presto le movió á dejarme; y en resolucion haré que me cumpla la palabra y fe prometida, ó le quitaré la vida, mostrándome tan presta á la venganza, como fuí fácil al dejar agraviarme; porque la nobleza de la sangre que mis padres me han dado, va despertando en mí brios que me prometen ó ya remedio, ó ya venganza de mi agravio. Esta es, señor caballero, la verdadera y desdichada historia que deseábades saber, la cual será bastante disculpa de los suspiros y palabras que os despertaron: lo que os ruego y suplico es, que ya que no podais darme remedio, á lo ménos me deis consejo con que pueda huir los peligros que me contrastan, y templar el temor que tengo de ser hallada, y facilitar los modos que he de usar para conseguir lo que tanto deseo y he menester.
Un gran espacio de tiempo estuvo sin responder palabra el que habia estado escuchando la historia de la enamorada Teodosia, y tanto, que ella pensó que estaba dormido y que ninguna cosa le habia oido; y para certificarse de lo que sospechaba, le dijo:
--¿Dormís, señor? y no seria malo que durmiésedes, porque el apasionado que cuenta sus desdichas á quien no las siente, bien es que causen en quien las escucha mas sueño que lástima.
--No duermo, respondió el caballero, ántes estoy tan despierto, y siento tanto vuestra desventura, que no sé si diga que en el mismo grado me aprieta y duele que á vos misma, y por esta causa el consejo que me pedís, no solo ha de parar en aconsejaros, sino en ayudaros con todo aquello que mis fuerzas alcanzaren; que puesto que en el modo que habeis tenido en contarme vuestro suceso, se ha mostrado el raro entendimiento de que sois dotada, y que conforme á esto os debió de engañar mas vuestra voluntad rendida que las persuasiones de Marco Antonio, todavía quiero tomar por disculpa de vuestro yerro vuestros pocos años, en los cuales no cabe tener esperiencia de los muchos engaños de los hombres: sosegad, señora, y dormid, si podeis, lo poco que debe de quedar de la noche; que en viniendo el dia nos aconsejaremos los dos y veremos qué salida se podrá dar á vuestro remedio.
Agradecióselo Teodosia lo mejor que supo, y procuró reposar un rato por dar lugar á que el caballero durmiese, el cual no fué posible sosegar un punto, ántes comenzó á volcarse por la cama y á suspirar de manera que le fué forzoso á Teodosia preguntarle qué era lo que sentia, que si era alguna pasion á quien ella pudiese remediar, lo haria con la voluntad misma que él á ella se le habia ofrecido. Á esto respondió el caballero:
--Puesto que sois vos, señora, la que causa el desasosiego que en mí habeis sentido, no sois vos la que podais remedialle, que á serlo, no tuviera yo pena alguna.
No pudo entender Teodosia adónde se encaminaban aquellas confusas razones; pero todavía sospechó que alguna pasion amorosa le fatigaba, y aun pensó ser ella la causa, y era de sospechar y de pensar, pues la comodidad del aposento, la soledad y la escuridad, y el saber que era mujer, no fuera mucho haber despertado en él algun mal pensamiento, y temerosa desto se vistió con grande priesa y con mucho silencio, y se ciñó su espada y daga, y de aquella manera, sentada sobre la cama estuvo esperando el dia, que de allí á poco espacio dió señal de su venida con la luz que entraba por los muchos lugares y entradas que tienen los aposentos de los mesones y ventas: y lo mismo que Teodosia habia hecho el caballero, y apénas vió estrellado el aposento con la luz del dia, cuando se levantó de la cama, diciendo:
--Levantáos, señora Teodosia, que yo quiero acompañaros en esta jornada, y no dejaros de mi lado hasta que como legítimo esposo tengais en el vuestro á Marco Antonio, ó que él ó yo perdamos las vidas; y aquí veréis la obligacion y voluntad en que me ha puesto vuestra desgracia.
Y diciendo esto, abrió las ventanas y puertas del aposento.
Estaba Teodosia deseando ver la claridad, para ver con la luz qué talle y parecer tenia aquel con quien habia estado hablando toda la noche; mas cuando le miró y le conoció, quisiera que jamas hubiera amanecido, sino que allí en perpetua noche se le hubieran cerrado los ojos; porque apénas hubo el caballero vuelto los ojos á mirarla (que tambien deseaba verla), cuando ella conoció que era su hermano, de quien tanto se temia, á cuya vista casi perdió la de sus ojos, y quedó suspensa, y muda, sin color en el rostro; pero sacando del temor esfuerzos, y del peligro discrecion, echando mano á la daga, la tomó por la punta, y se fué á hincar de rodillas delante de su hermano, diciendo con voz turbada y temerosa:
--Toma, señor y querido hermano mio, y haz con este hierro el castigo del que he cometido, satisfaciendo tu enojo, que para tan grande culpa como la mia no es bien que ninguna misericordia me valga: yo confieso mi pecado, y no quiero que me sirva de disculpa mi arrepentimiento: solo te suplico que la pena sea de suerte, que se estienda á quitarme la vida, y no la honra, que puesto que yo la he puesto en manifiesto peligro, ausentándome de casa de mis padres, todavía quedará en opinion, si el castigo que me dieres fuere secreto.
Mirábala su hermano, y aunque la soltura de su atrevimiento le incitaba á la venganza, las palabras tan tiernas y tan eficaces con que manifestaba su culpa le ablandaron de tal suerte las entrañas, que con rostro agradable y semblante pacífico la levantó del suelo, y la consoló lo mejor que pudo y supo, diciéndole entre otras razones, que por no hallar castigo igual á su locura, le suspendia por entónces; y así por esto, como por parecerle que aun no habia cerrado la fortuna de todo en todo las puertas á su remedio, queria ántes procurársele por todas las vias posibles, que no tomar venganza del agravio que de su mucha liviandad en él redundaba.
Con estas razones volvió Teodosia á cobrar los perdidos espíritus, tornó la color á su rostro, y revivieron sus casi muertas esperanzas. No quiso mas D. Rafael (que así se llamaba su hermano) tratarle de su suceso: solo le dijo que mudase el nombre de Teodosia en Teodoro, que diesen luego la vuelta á Salamanca los dos juntos á buscar á Marco Antonio, puesto que él imaginaba que no estaba en ella, porque siendo su camarada, le hubiera hablado, aunque podia ser que el agravio que le habia hecho le enmudeciese y le quitase la gana de verle. Remitióse el nuevo Teodoro á lo que su hermano quiso. Entró en esto el huésped, al cual ordenaron que les diese algo de almorzar, porque querian partirse luego.