Part 29
--Es menester, amigos, que busqueis donde llevar lo que pariere luego luego, buscando tambien mentiras que decir á quien lo entregáredes, que por ahora será en la ciudad, y despues quiero que se lleve á una aldea: de lo que despues se hubiere de hacer, siendo Dios servido de alumbrarme y de llevarme á cumplir mi voto, cuando de Guadalupe vuelva, lo sabréis, porque el tiempo me habrá dado lugar de que piense y escoja lo mejor que me convenga: partera no la he menester ni la quiero, que otros partos mas honrados que he tenido, me aseguran que con sola la ayuda destas mis criadas facilitaré sus dificultades, y ahorraré un testigo mas de mis sucesos.
Aquí dió fin á su razonamiento la lastimada peregrina, y principio á un copioso llanto, que en parte fué consolado por las muchas y buenas razones que mi mujer, ya vuelta en mas acuerdo, le dijo: finalmente, yo salí luego á buscar donde llevar lo que pariese á cualquier hora que fuese; y entre las doce y la una de aquella misma noche, cuando toda la gente de casa estaba entregada al sueño, la buena señora parió una niña, la mas hermosa que mis ojos hasta entónces habian visto, que es esta misma que vuesa merced acaba de ver ahora: ni la madre se quejó en el parto, ni la hija nació llorando: en todos habia sosiego y silencio maravilloso, y tal, cual convenia para el secreto de aquel estraño caso. Otros seis dias estuvo en la cama, y en todos ellos venia el médico á visitarla; pero no porque ella le hubiese declarado de qué procedia su mal; y las medicinas que le ordenaba, nunca las puso en ejecucion, porque solo pretendió engañar á sus criados con la visita del médico. Todo esto me dijo ella misma despues que se vió fuera de peligro, y á los ocho dias se levantó con el mismo bulto, ó con otro que se parecia á aquel con que se habia echado.
Fué á su romería, y volvió de allí á veinte dias ya casi sana, porque poco á poco se iba quitando del artificio, con que despues de parida se mostraba hidrópica. Cuando volvió estaba ya la niña dada á criar por mi órden con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas de aquí: en el bautismo se le puso por nombre Costanza, que así lo dejó ordenado su madre, la cual contenta de lo que yo habia hecho, al tiempo de despedirse me dió una cadena de oro que hasta ahora tengo, de la cual quitó seis trozos, los cuales dijo que traeria la persona que por la niña viniese: tambien cortó un blanco pergamino á vueltas y á ondas, á la traza y manera como cuando se enclavijan las manos, y en los dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos se puede leer, y despues de apartadas las manos queda dividida la razon, porque se dividen las letras, que en volviendo á enclavijar los dedos se juntan y corresponden de manera que se pueden leer continuadamente: digo que el un pergamino sirve de alma del otro, y encajados se leerán, y divididos no es posible, si no es adivinando la mitad del pergamino; y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todo lo tengo, esperando el contraseño hasta ahora; puesto que ella me dijo que dentro de dos años enviaria por su hija, encargándome que la criase no como quien ella era, sino del modo que se suele criar una labradora. Encargóme tambien que si por algun suceso no le fuese posible enviar tan presto por su hija, que aunque creciese y llegase á tener entendimiento, no la dijese del modo que habia nacido; y que la perdonase el no decirme su nombre, ni quién era; que lo guardaba para otra ocasion mas importante. En resolucion, dándome otros cuatrocientos escudos de oro, y abrazando á mi mujer con tiernas lágrimas, se partió, dejándonos admirados de su discrecion, valor, hermosura y recato. Costanza se crió en el aldea dos años, y luego la truje conmigo, y siempre la he traido en hábito de labradora, como su madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y cuatro dias ha que aguardo á quien ha de venir por ella, y la mucha tardanza me ha consumido la esperanza de ver esta venida, y si en este año en que estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla, y darle toda mi hacienda, que vale mas de seis mil ducados, Dios sea bendito.
Resta ahora, señor corregidor, decir á vuesa merced, si es posible que yo sepa decir las bondades y las virtudes de Costancica. Ella, lo primero y principal es devotísima de Nuestra Señora: confiesa y comulga cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en Toledo; canta á la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no hay quien la iguale, pues en lo que toca á ser hermosa, ya vuesa merced lo ha visto. El señor D. Pedro, hijo de vuesa merced, en su vida la ha hablado; bien es verdad que de cuando en cuando le da alguna música, que ella jamas escucha. Muchos señores, y de título, han posado en esta posada, y aposta por hartarse de verla han detenido su camino muchos dias; pero yo sé bien que no habrá ninguno que con verdad se pueda alabar que ella le haya dado lugar de decirle una palabra sola, ni acompañada. Esta es, señor, la verdadera historia de la ilustre Fregona, que no friega, en la cual no he salido de la verdad un punto.
Calló el huésped, y tardó un gran rato el corregidor en hablarle: tan suspenso le tenia el suceso que el huésped le habia contado; en fin, le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino, que queria verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como le habia dicho: la cadena era de trozos, curiosamente labrada: en el pergamino estaban escritas, una debajo de otra, en el espacio que habia de henchir el vacío de la otra mitad, estas letras: E. T. E. L. S. N. V. D. D. R. Por las cuales letras vió ser forzoso que se juntasen con las de la mitad del otro pergamino, para poder ser entendidas. Tuvo por discreta la señal del conocimiento, y juzgó por muy rica á la señora peregrina, que tal cadena habia dejado al huésped; y teniendo en pensamiento de sacar de aquella posada á la hermosa muchacha, cuando hubiese concertado un monasterio donde llevarla, por entónces se contentó de llevar solo el pergamino, encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, le avisase y diese noticia de quién era el que por ella venia, ántes que le mostrase la cadena, que dejaba en su poder. Con esto, se fué, tan admirado del cuento y suceso de la Ilustre Fregona, como de su incomparable hermosura.
Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el corregidor, y el que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomas fuera de sí, combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamas con ninguno de su gusto; pero cuando vió que el corregidor se iba y que Costanza se quedaba, respiró su espíritu, volviéronle los pulsos, que ya casi desamparado le tenian: no osó preguntar al huésped lo que el corregidor queria, ni el huésped lo dijo á nadie, sino á su mujer, con que ella tambien volvió en sí, dando gracias á Dios, que de tan grande sobresalto la habia librado.
El dia siguiente, cerca de la una, entraron en la posada, con cuatro hombres de á caballo, dos caballeros ancianos de venerables presencias, habiendo primero preguntado uno de los mozos que á pié con ellos venian si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido que sí, se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro, y fueron á apear los dos ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos eran señores de los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza á ver los nuevos huéspedes; y apénas la hubo visto uno de los dos ancianos, cuando dijo al otro:
--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos á buscar.
Tomas, que acudió á dar recado á las cabalgaduras, conoció luego á dos criados de su padre, y luego conoció á su padre y al padre de Carriazo, que eran los dos ancianos á quien los demas respetaban; y aunque se admiró de su venida, consideró que debian de ir á buscar á él y á Carriazo á las almadrabas, que no habria faltado quien les hubiese dicho que en ellas, y no en Flándes, los hallarian; pero no se atrevió á dejarse conocer en aquel traje, ántes, aventurándolo todo, puesta la mano en el rostro pasó por delante dellos, y fué á buscar á Costanza, y quiso la buena suerte que la hallase sola, y apriesa y con lengua turbada, temeroso que ella no le daria lugar para decirle nada, le dijo:
--Costanza, uno destos dos caballeros ancianos que aquí han llegado ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar D. Juan de Avendaño; infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama D. Tomas de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y averiguando que te he dicho verdad en cuanto á la calidad de mi persona, y que te la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido; y quédate adios, que hasta que ellos se vayan no pienso volver á esta casa.
No le respondió nada Costanza, ni él aguardó á que le respondiese, sino volviéndose á salir cubierto como habia entrado, se fué á dar cuenta á Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el huésped á Tomas que viniese á dar cebada; pero como no pareció, dióla él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte á una de las dos mozas gallegas, y preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que habian visto, y que si era hija ó parienta del huésped ó huéspeda de casa. La gallega le respondió:
--La moza se llama Costanza, ni es parienta del huésped ni de la huéspeda, ni sé lo que es: solo digo que la doy á la mala landre, que no sé qué tiene, que no deja hacer baza á ninguna de las mozas que estamos en esta casa, pues en verdad que tenemos nuestras faciones como Dios nos las puso: no entra huésped que no pregunte luego quién es la hermosa, y que no diga: bonita es, bien parece, á fe que no es mala, mal año para las mas pintadas, nunca peor me la depare la fortuna; y á nosotras no hay quien nos diga: ¿qué teneis ahí, diablos, ó mujeres, ó lo que sois?
--Luego esta niña á esa cuenta, replicó el caballero, debe de dejarse manosear y requebrar de los huéspedes.
Sí, respondió la gallega, tenedle el pié al herrar, bonita es la niña para eso: par Dios, señor, si ella se dejara mirar siquiera, manara en oro: es mas áspera que un erizo: es una traga avemarías, labrando está todo el dia y rezando: para el dia que ha de hacer milagros, quisiera yo tener un cuento de renta: mi ama dice que trae un silicio pegado á las carnes, y que es una santa.
Contentísimo el caballero de lo que habia oido á la gallega, sin esperar á que le quitasen las espuelas, llamó al huésped, y retirándose con él aparte en una sala le dijo:
--Yo, señor huésped, vengo á quitaros una prenda mia, que ha algunos años que teneis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil escudos de oro y estos trozos de cadena, y este pergamino.
Diciendo esto, sacó los seis de la señal de la cadena que él tenia: asimismo conoció el pergamino, y alegre sobremanera con el ofrecimiento de los mil escudos, respondió:
--Señor, la prenda que quereis quitar está en casa; pero no están en ella la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba de la verdad, que yo creo que vuesa merced trata; y así le suplico tenga paciencia, que yo vuelvo luego.
Y al momento fué á avisar al corregidor de lo que pasaba, y de cómo estaban dos caballeros en su posada, que venian por Costanza.
Acababa de comer el corregidor, y con el deseo que tenia de ver el fin de aquella historia, subió luego á caballo, y vino á la posada del Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra; y apénas hubo visto á los dos caballeros, cuando abiertos los brazos fué á abrazar al uno, diciendo:
--¡Válame Dios! ¡qué buena venida es esta, señor D. Juan de Avendaño, primo y señor mio!
El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:
--Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y con la salud que siempre os deseo: abrazad, primo, á este caballero, que es el señor D. Diego de Carriazo, gran señor, y amigo mio.
--Ya conozco al señor D. Diego, respondió el corregidor, y le soy muy servidor.
Y abrazándose los dos, despues de haberse recebido con grande amor y grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos con el huésped, el cual ya tenia consigo la cadena, y dijo:
--Ya el señor corregidor sabe á lo que vuesa merced viene, señor D. Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan á esta cadena, y el señor corregidor sacará el pergamino que está en su poder, y hagamos la prueba que ha tantos años que espero á que se haga.
--Desa manera, respondió D. Diego, no habrá necesidad de dar cuenta de nuevo al señor corregidor de nuestra venida, pues bien se verá que ha sido á lo que vos, señor huésped, habréis dicho.
--Algo me ha dicho, pero mucho me quedó por saber: el pergamino héle aquí.
Sacó D. Diego el otro, y juntando las dos partes, se hicieron una, y á las letras del que tenia el huésped, que como se ha dicho eran E. T. E. L. S. N. V. D. D. R. respondian en el otro pergamino estas: S. A. S. A. E. A. L. E. R. A. E. A., que todas juntas decian: _Esta es la señal verdadera_. Cotejáronse luego los trozos de la cadena, y hallaron ser las señas verdaderas.
--Esto está hecho, dijo el corregidor: resta ahora saber, si es posible, quiénes son los padres desta hermosísima prenda.
--El padre, respondió D. Diego, yo lo soy, la madre ya no vive; basta saber que fué tan principal, que pudiera yo ser su criado; y porque como se encubre su nombre, no se encubra su fama, ni se culpe lo que en ella parece manifiesto error y culpa conocida, se ha de saber que la madre desta prenda, siendo viuda de un gran caballero, se retiró á una aldea suya, y allí con recato y con honestidad grandísima pasaba con sus criados y vasallos una vida sosegada y quieta: ordenó la suerte que un dia, yendo yo á caza por el término de su lugar, quise visitarla, y era la hora de siesta: cuando llegué á su alcázar, que así se puede llamar su gran casa, dejé el caballo á un criado mio; subí sin topar á nadie hasta el mismo aposento donde ella estaba durmiendo la siesta sobre un estrado negro: era por estremo hermosa, y el silencio, la soledad, la ocasion, despertaron en mí un deseo mas atrevido que honesto, y sin ponerme á hacer discretos discursos, cerré tras mí la puerta, y llegándome á ella, la desperté, y teniéndola asida fuertemente, le dije: vuesa merced, señora mia, no grite, que las voces que diere serán pregoneras de su deshonra: nadie me ha visto entrar en este aposento, que mi suerte, porque la tengo bonísima en gozaros, ha llovido sueño en todos vuestros criados, y cuando ellos acudan á vuestras voces, no podrán mas que quitarme la vida: y esto ha de ser en vuestros mismos brazos, y no por mi muerte dejará de quedar en opinion vuestra fama. Finalmente yo la gocé contra su voluntad y á pura fuerza mia: ella cansada, rendida y turbada, ó no pudo ó no quiso hablarme palabra, y yo dejándola como atontada y suspensa, me volví á salir por los mismos pasos donde habia entrado, y me vine á la aldea de otro amigo mio, que estaba dos leguas de la suya. Esta señora se mudó de aquel lugar á otro, y sin que yo jamas la viese, ni lo procurase, se pasaron dos años, al cabo de los cuales supe que era muerta; y podrá haber veinte dias, que con grandes encarecimientos, escribiéndome que era cosa que me importaba en ella el contento y la honra, me envió á llamar un mayordomo desta señora; fuí á ver lo que me queria, bien léjos de pensar en lo que me dijo: halléle á punto de muerte, y por abreviar razones, en muy breves me dijo cómo al tiempo que murió su señora le dijo todo lo que conmigo le habia sucedido, y cómo habia quedado preñada de aquella fuerza, y que por encubrir el bulto habia venido en romería á Nuestra Señora de Guadalupe, y cómo habia parido en esta casa una niña que se habia de llamar Costanza: dióme las señas con que la hallaria, que fueron las que habeis visto de la cadena y pergamino; y dióme ansimismo treinta mil escudos de oro, que su señora dejó para casar á su hija: díjome ansimismo que el no habérmelos dado luego como su señora habia muerto, ni declarádome lo que ella encomendó á su confianza y secreto, habia sido por pura codicia y por poderse aprovechar de aquel dinero; pero que ya que estaba á punto de ir á dar cuenta á Dios, por descargo de su conciencia me daba el dinero, y me avisaba adónde y cómo habia de hallar mi hija. Recebí el dinero y las señales, y dando cuenta desto al señor D. Juan de Avendaño, nos pusimos en camino desta ciudad.
Á estas razones llegaba D. Diego, cuando oyeron que en la puerta de la calle decian á grandes voces:
--Díganle á Tomas Pedro, el mozo de la cebada, cómo llevan á su amigo el asturiano preso; que acuda á la cárcel, que allí le espera.
Á la voz de cárcel y de preso, dijo el corregidor que entrase el preso y el alguacil que le llevaba. Dijeron al alguacil que el corregidor, que estaba allí, le mandaba entrar con el preso, y así lo hubo de hacer.
Venia el asturiano todos los dientes bañados en sangre, y muy mal parado, y muy bien asido del alguacil: y así como entró en la sala, conoció á su padre y al de Avendaño: turbóse, y por no ser conocido, con un paño como que se limpiaba la sangre se cubrió el rostro. Preguntó el corregidor que qué habia hecho aquel mozo, que tan mal parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozo era un aguador, que le llamaban el asturiano, á quien los muchachos por las calles decian: daca la cola, asturiano, daca la cola; y luego en breves palabras contó la causa por qué le pedian la tal cola, de que no riyeron poco todos. Dijo mas: que saliendo por la puerta de Alcántara, dándole los muchachos priesa con la demanda de la cola, se habia apeado del asno, y dando tras todos, alcanzó á uno, á quien dejaba medio muerto á palos, y que queriéndole prender, se habia resistido, y que por eso iba tan mal parado.
Mandó el corregidor que se descubriese el rostro, y porfiando á no querer descubrirse, llegó el alguacil, y quitóle el pañuelo, y al punto le conoció su padre, y dijo todo alterado: Hijo D. Diego, ¿cómo estás desta manera? ¿qué traje es este? ¿aun no se te han olvidado tus picardías?
Hincó las rodillas Carriazo, y fuese á poner á los piés de su padre, que con lágrimas en los ojos le tuvo abrazado un buen espacio. Don Juan de Avendaño, como sabia que D. Diego habia venido con D. Tomas su hijo, preguntóle por él: á lo cual respondió que D. Tomas de Avendaño era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con esto que el asturiano dijo, se acabó de apoderar la admiracion en todos los presentes, y mandó el corregidor al huésped que trujese allí al mozo de la cebada.
--Yo creo que no está en casa, respondió el huésped, pero yo le buscaré.
Y así fué á buscalle.
Preguntó D. Diego á Carriazo que qué transformaciones eran aquellas, y qué les habia movido á ser él aguador, y D. Tomas mozo de meson. Á lo cual respondió Carriazo que no podia satisfacer á aquellas preguntas tan en público, que él responderia á solas.
Estaba Tomas Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí sin ser visto lo que hacian su padre y el de Carriazo: teníale suspenso la venida del corregidor, y el alboroto que en toda la casa andaba. No faltó quien le dijese al huésped cómo estaba allí escondido: subió por él, y mas por fuerza que por grado le hizo bajar; y aun no bajara, si el mismo corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre, diciendo:
--Baje vuesa merced, señor pariente, que aquí no le aguardan osos ni leones.
Bajó Tomas, y con los ojos bajos y sumision grande se hincó de rodillas ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento, á fuer del que tuvo el padre del hijo pródigo cuando le cobró de perdido.
Ya en esto habia venido un coche del corregidor para volver en él, pues la gran fiesta no permitia volver á caballo. Hizo llamar á Costanza, y tomándola de la mano, se la presentó á su padre, diciendo:
Recebid, señor don Diego, esta prenda, y estimadla por la mas rica que acertárades á desear; y vos, hermosa doncella, besad la mano á vuestro padre, y dad gracias á Dios, que con tan honrado suceso ha enmendado, subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.
Costanza, que no sabia ni imaginaba lo que le habia acontecido, toda turbada y temblando no supo hacer otra cosa que hincarse de rodillas ante su padre, y tomándole las manos, se las comenzó á besar tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas, que por sus hermosísimos ojos derramaba.
En tanto que esto pasaba, habia persuadido el corregidor á su primo D. Juan que se viniesen todos con él á su casa; y aunque D. Juan lo rehusaba, fueron tantas las persuasiones del corregidor, que lo hubo de conceder; y así entraron en el coche todos; pero cuando dijo el corregidor á Costanza que entrase tambien en el coche, se le anubló el corazon, y ella y la huéspeda se asieron una á otra, y comenzaron á hacer tan amargo llanto, que quebraba los corazones de cuantos le escuchaban. Decia la huéspeda:
--¿Cómo es esto, hija de mi corazon, que te vas y me dejas? ¿Cómo tienes ánimo de dejar á esta madre, que con tanto amor te ha criado?
Costanza lloraba, y la respondia con no ménos tiernas palabras. Pero el corregidor enternecido, mandó que asimismo la huéspeda entrase en el coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la tenia, hasta que saliese de Toledo. Así la huéspeda y todos entraron en el coche, y fueron á casa del corregidor, donde fueron bien recebidos de su mujer, que era una principal señora. Comieron regalada y suntuosamente, y despues de comer contó Carriazo á su padre cómo por amores de Costanza D. Tomas se habia puesto á servir en el meson, y que estaba enamorado de tal manera della, que sin que le hubiera descubierto ser tan principal como era, siendo su hija, la tomara por mujer en el estado de fregona. Vistió luego la mujer del corregidor á Costanza con unos vestidos de una hija que tenia en la misma edad y cuerpo de Costanza; y si parecia hermosa con los de labradora, con los cortesanos parecia cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba á entender que desde que nació habia sido señora, y usado los mejores trajes que el uso trae consigo.
Pero entre tantos alegres, no pudo faltar un triste, que fué D. Pedro, el hijo del corregidor, que luego se imaginó que Costanza no habia de ser suya, y así fué la verdad; porque entre el corregidor, y D. Diego de Carriazo, y D. Juan de Avendaño se concertaron en que D. Tomas se casase con Costanza, dándole su padre los treinta mil escudos que su madre le habia dejado; y el aguador D. Diego de Carriazo casase con la hija del corregidor, y D. Pedro, el hijo del corregidor, con una hija de D. Juan de Avendaño, que su padre se ofrecia á traer dispensacion del parentesco.
Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos; y la nueva de los casamientos y de la ventura de la Fregona ilustre se estendió por la ciudad, y acudia infinita gente á ver á Costanza en el nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha dicho. Vieron al mozo de la cebada Tomas Pedro vuelto en D. Tomas de Avendaño, y vestido como señor: notaron que Lope asturiano era muy gentilhombre despues que habia mudado vestido, y dejado el asno y las aguaderas: pero con todo eso no faltaba quien en el medio de su pompa, cuando iba por la calle no le pidiese la cola.