Novelas ejemplares

Part 28

Chapter 284,202 wordsPublic domain

¿Descubriré mi pasion? En ocasion. ¿Y si jamas me la da? Sí, hará. Llegará la muerte en tanto. Llegue á tanto Tu limpia fe y esperanza, Que en sabiéndolo Costanza Convierta en risa tu llanto.

--¿Hay mas? dijo la huéspeda.

--No, respondió el marido; pero ¿qué os parece destos versos?

--Lo primero, dijo ella, es menester averiguar si son de Tomas.

--En eso no hay que poner duda, replicó el marido, porque la letra de la cuenta de la cebada y la de las coplas, toda es una, sin que se pueda negar.

--Mirad, marido, dijo la huéspeda, á lo que yo veo, puesto que las coplas nombran á Costancica, por donde se puede pensar que se hicieron para ella, no por eso lo habemos de afirmar nosotros por verdad como si se los viéramos escribir: cuanto mas, que otras Costanzas que la nuestra hay en el mundo; pero ya que sea por esta, ahí no le dice nada que la deshonre, ni la pide cosa que le importe. Estemos á la mira, y avisemos á la muchacha, que si él está enamorado della, á buen seguro que él haga mas coplas y que procure dárselas.

--¿No seria mejor, dijo el marido, quitarnos desos cuidados, y echarle de casa?

--Eso, respondió la huéspeda, en vuestra mano está; pero en verdad que segun vos decís, el mozo sirve de manera, que seria conciencia el despedille por tan liviana ocasion.

--Ahora bien, dijo el marido, estaremos alerta, como vos decís, y el tiempo nos dirá lo que habemos de hacer.

Quedaron en eso, y tornó á poner el huésped el libro donde lo habia hallado. Volvió Tomas ansioso á buscar su libro, hallóle, y porque no le diese otro sobresalto, trasladó las coplas, rasgó aquellas hojas, y propuso de aventurarse á descubrir su deseo á Costanza en la primera ocasion que se le ofreciese. Pero como ella andaba siempre sobre los estribos de su honestidad y recato, á ninguno daba lugar de miralla, cuanto mas de ponerse á pláticas con ella; y como habia tanta gente y tantos ojos de ordinario en la posada, se aumentaba mas la dificultad de hablalla, de que se desesperaba el pobre enamorado. Mas habiendo salido aquel dia Costanza con una toca ceñida por las mejillas, y dicho á quien se lo preguntó que por qué se la habia puesto, que tenia un gran dolor de muelas, Tomas, á quien sus deseos avivaban el entendimiento, en un instante discurrió lo que seria bueno que hiciese, y dijo:

--Señora Costanza, yo le daré una oracion en escrito que á dos veces que la rece, se le quitará como con la mano su dolor.

--Norabuena, respondió Costanza, que yo la rezaré, porque sé leer.

--Ha de ser con condicion, dijo Tomas, que no la ha de mostrar á nadie, porque la estimo en mucho, y no será bien que por saberla muchos se menosprecie.

--Yo le prometo, dijo Costanza, Tomas, que no la dé á nadie, y démela luego, porque me fatiga mucho el dolor.

--Yo la trasladaré de la memoria, respondió Tomas, y luego se la daré.

Estas fueron las primeras razones que Tomas dijo á Costanza, y Costanza á Tomas en todo el tiempo que habia que estaba en casa, que ya pasaban de veinte y cuatro dias.

Retiróse Tomas, y escribió la oracion, y tuvo lugar de dársela á Costanza sin que nadie lo viese, y ella con mucho gusto y mas devocion se entró en un aposento á solas, y abriendo el papel, vió que decia desta manera.

«Señora de mi alma: Yo soy un caballero natural de Búrgos: si alcanzo de dias á mi padre, heredo un mayorazgo de seis mil ducados de renta: á la fama de vuestra hermosura, que por muchas leguas se estiende, dejé mi patria, mudé vestido, y en el traje que me veis, vine á servir á vuestro dueño: si vos lo quisiéredes ser mio, por los medios que mas á vuestra honestidad convengan, mirad qué pruebas quereis que haga para enteraros desta verdad; y enterada en ella, siendo gusto vuestro, seré vuestro esposo, y me tendré por el mas bien afortunado del mundo: solo por ahora os pido que no echeis tan enamorados y limpios pensamientos como los mios en la calle; que si vuestro dueño lo sabe, y no los cree, me condenará á destierro de vuestra presencia, que seria lo mismo que condenarme á muerte: dejadme, señora, que os vea, hasta que me creais, considerando que no merece el riguroso castigo de no veros el que no ha cometido otra culpa que adoraros: con los ojos podréis responderme á hurto de los muchos que siempre os están mirando; que ellos son tales que airados matan, y piadosos resucitan.»

En tanto que Tomas entendió que Costanza se habia ido á leer su papel, le estuvo palpitando el corazon, temiendo y esperando ó ya la sentencia de su muerte, ó la restauracion de su vida. Salió en esto Costanza tan hermosa, aunque rebozada, que si pudiera recebir aumento su hermosura con algun accidente, se pudiera juzgar que el sobresalto de haber visto en el papel de Tomas otra cosa tan léjos de la que pensaba, habia acrecentado su belleza. Salió con el papel entre las manos hecho menudas piezas, y dijo á Tomas, que apénas se podia tener en pié:

--Hermano Tomas, esta tu oracion mas parece hechicería y embuste, que oracion santa, y así yo no la quiero creer ni usar, y por eso la he rasgado, porque no la vea nadie que sea mas crédula que yo: aprende otras oraciones mas fáciles, porque esta será imposible que te sea de provecho.

En diciendo esto se entró con su ama, y Tomas quedó suspenso; pero algo consolado, viendo que en solo el pecho de Costanza quedaba el secreto de su deseo, pareciéndole que pues no habia dado cuenta dél á su amo, por lo ménos no estaba en peligro de que le echasen de casa. Parecióle que en el primero paso que habia dado en su pretension, habia atropellado por mil montes de inconvenientes, y que en las cosas grandes y dudosas la mayor dificultad está en los principios.

En tanto que esto sucedió en la posada, andaba el asturiano comprando el asno donde los vendian: y aunque halló muchos, ninguno le satisfizo, puesto que un jitano anduvo muy solícito por encajalle uno que mas caminaba por el azogue que le habia echado en los oidos, que por lijereza suya; pero lo que contentaba con el paso, desagradaba con el cuerpo, que era muy pequeño, y no del grandor y talle que Lope queria, que le buscaba suficiente para llevarle á él por añadidura, ora fuesen vacíos ó llenos los cántaros.

Llegóse á él en esto un mozo, y díjole al oido:

--Galan, si busca bestia cómoda para el oficio de aguador, yo tengo un asno aquí cerca en un prado, que no le hay mejor ni mayor en la ciudad, y aconséjole que no compre bestia de jitanos, porque aunque parezcan sanas y buenas, todas son falsas y llenas de dolamas; si quiere comprar la que le conviene, véngase conmigo y calle la boca.

Creyóle el asturiano, y díjole que guiase adonde estaba el asno que tanto encarecia. Fuéronse los dos mano á mano, como dicen, hasta que llegaron á la huerta del Rey, donde á la sombra de una azuda hallaron muchos aguadores, cuyos asnos pacian en un prado que allí cerca estaba. Mostró el vendedor su asno, tal, que le hinchó el ojo al asturiano, y de todos los que allí estaban fué alabado el asno de fuerte, de caminador y comedor sobremanera. Hicieron su concierto, y sin otra seguridad ni informacion, siendo corredores y medianeros los demas aguadores, dió diez y seis ducados por el asno, con todos los adherentes del oficio.

Hizo la paga real en escudos de oro. Diéronle el parabien de la compra y de la entrada en el oficio, y certificáronle que habia comprado un asno dichosísimo, porque el dueño que le dejaba, sin que se le mancase ni matase, habia ganado con él en ménos tiempo de un año, despues de haberse sustentado á él y al asno honradamente, dos pares de vestidos, y mas aquellos diez y seis ducados con que pensaba volver á su tierra, donde le tenian concertado un casamiento con una media parienta suya.

Amen de los corredores del asno, estaban otros cuatro aguadores jugando á la primera, tendidos en el suelo, sirviéndoles de bufete la tierra y de sobremesa sus capas. Púsose el asturiano á mirarlos, y vió que no jugaban como aguadores, sino como arcedianos, porque tenia de resto cada uno mas de cien reales en cuartos y en plata. Llegó una mano de echar todos el resto; y si uno no diera partido á otro, él hiciera mesa gallega. Finalmente, á los dos en aquel resto se les acabó el dinero y se levantaron. Viendo lo cual el vendedor del asno, dijo que si hubiera cuatro, que él jugara, porque era enemigo de jugar en tercio. El asturiano, que era de propiedad del azúcar, que jamas gastó menestra, como dice el italiano, dijo que él haria cuarto. Sentáronse luego, anduvo la cosa de buena manera, y queriendo jugar ántes el dinero que el tiempo, en poco rato perdió Lope seis escudos que tenia; y viéndose sin blanca, dijo que si le querian jugar el asno, que él le jugaria. Acetáronle el envite, y hizo de resto un cuarto del asno, diciendo que por cuartos queria jugarle. Dióle tan mal, que en cuatro restos consecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, y ganóselos el mismo que se le habia vendido; y levantándose para volverse á entregarse en él, dijo el asturiano que advirtiesen que él solamente habia jugado los cuatro cuartos del asno, pero la cola que se la diesen, y se le llevasen norabuena.

Causóles risa á todos la demanda de la cola; y hubo letrados que fueron de parecer que no tenia razon en lo que pedia, diciendo que cuando se vende un carnero ó otra res alguna, no se saca ni quita la cola, que con uno de los cuartos traseros ha de ir forzosamente. Á lo cual replicó Lope que los carneros de Berbería ordinariamente tienen cinco cuartos, y que el quinto es la cola; y cuando los tales carneros se cuartean, tanto vale la cola como cualquier cuarto; y que á lo de ir la cola junto con la res que se vende viva y no se cuartea, que lo concedia; pero que la suya no fué vendida, sino jugada, y que nunca su intencion fué jugar la cola, y que al punto se la volviesen luego con todo lo á ella anejo y concerniente, que era desde la punta del celebro, con toda la osamenta del espinazo, donde ella tomaba principio y descendia, hasta parar en los últimos pelos della.

--Dadme vos, dijo uno, que ello sea así como decís, y que os la den como la pedís, y sentáos junto á lo que del asno queda.

--Pues así es, replicó Lope, venga mi cola; si no, por Dios que no me lleven el asno, si bien viniesen por él cuantos aguadores hay en el mundo; y no piensen que por ser tantos los que aquí están, me han de hacer superchería, porque soy yo un hombre que me sabré llegar á otro hombre, y meterle dos palmos de daga por las tripas, sin que sepa de quién, por dónde ó cómo le vino; y mas, que no quiero que me paguen la cola rata por cantidad, sino que quiero que me la den en ser, y la corten del asno como tengo dicho.

Al ganancioso y á los demas les pareció no ser bien llevar aquel negocio por fuerza, porque juzgaron ser de tal brio el asturiano, que no consentiria que se la hiciesen; el cual, como estaba hecho al trato de las almadrabas, donde se ejercita todo género de rumbo y jácara, y de estraordinarios juramentos y votos, voleó allí el capelo y empuñó un puñal que debajo del capotillo traia, y púsose en tal postura, que infundió temor y respeto en toda aquella aguadora compañía. Finalmente, uno dellos, que parecia de mas razon y discurso, los concertó en que se echase la cola contra un cuarto del asno á una quínola, ó á dos y pasante. Fueron contentos, ganó la quínola Lope, picóse el otro, echó el otro cuarto, y á otras tres manos quedó sin asno. Quiso jugar el dinero, no queria Lope, pero tanto le porfiaron todos, que lo hubo de hacer, con que hizo el viaje del desposado, dejándole sin un solo maravedí; y fué tanta la pesadumbre que desto recebió el perdidoso, que se arrojó en el suelo, y comenzó á darse de calabazas por la tierra. Lope, como bien nacido, y como liberal y compasivo, le levantó, y le volvió todo el dinero que le habia ganado, y los diez y seis ducados del asno, y aun de los que él tenia repartió con los circunstantes, cuya estraña liberalidad pasmó á todos: y si fueran los tiempos y las ocasiones del Tamorlan, le alzaran por rey de los aguadores.

Con grande acompañamiento volvió Lope á la ciudad, donde contó á Tomas lo sucedido, y Tomas asimismo le dió cuenta de sus buenos sucesos. No quedó taberna, ni bodegon, ni junta de pícaros donde no se supiese el juego del asno, el desquite por la cola, y el brio y la liberalidad del asturiano; pero como la mala bestia del vulgo por la mayor parte es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la liberalidad, brio y buenas partes del gran Lope, sino solamente la cola; y así apénas hubo andado dos dias por la ciudad echando agua, cuando se vió señalar de muchos con el dedo que decian: Este es el aguador de la cola. Estuvieron los muchachos atentos, supieron el caso, y no habia asomado Lope por la entrada de cualquiera calle, cuando por toda ella le gritaban, quién de aquí, y quién de allí: Asturiano, daca la cola, daca la cola, asturiano.

Lope, que se vió asaetear de tantas lenguas y con tantas voces, dió en callar, creyendo que en su mucho silencio se anegara tanta insolencia; mas ni por esas, pues miéntras mas callaba, mas los muchachos gritaban; y así probó á mudar su paciencia en cólera, y apeándose del asno, dió á palos tras los muchachos, que fué afinar el polvorin y ponerle fuego, y fué otro cortar las cabezas de la serpiente, pues en lugar de una que quitaba, apaleando á algun muchacho, nacian en el mismo instante no otras siete sino setecientas, que con mayor ahinco y menudeo le pedian la cola. Finalmente, tuvo por bien de retirarse á una posada, que habia tomado fuera de la de su compañero, por huir de la Argüello, y de estarse en ella hasta que la influencia de aquel mal planeta pasase, y se borrase de la memoria de los muchachos aquella demanda mala de la cola, que le pedian.

Seis dias se pasaron sin que saliese de casa, sino era de noche, que iba á ver á Tomas, y á preguntarle del estado en que se hallaba, el cual le contó que despues que habia dado el papel á Costanza, nunca mas habia podido hablarla una sola palabra, y que le parecia que andaba mas recatada que solia, puesto que una vez tuvo lugar de llegar á hablarle, y viéndolo ella le habia dicho ántes que llegase:

--Tomas, no me duele nada, y así ni tengo necesidad de tus palabras, ni de tus oraciones: conténtate, que no te acuso á la Inquisicion, y no te canses.

Pero que estas razones las dijo sin mostrar ira en los ojos, ni otro desabrimiento que pudiera dar indicio de riguridad alguna. Lope le contó á él la priesa que le daban los muchachos pidiéndole la cola, porque él habia pedido la de su asno, con que hizo el famoso desquite. Aconsejóle Tomas que no saliese de casa, á lo ménos sobre el asno, y que si saliese, fuese por las calles solas y apartadas, y que cuando esto no bastase, bastaria dejar el oficio, último remedio de poner fin á tan poco honesta demanda. Preguntóle Lope si habia acudido mas la gallega. Tomas dijo que no; pero que no dejaba de sobornarle la voluntad con regalos y presentes de lo que hurtaba en la cocina á los huéspedes. Retiróse con esto á su posada Lope con determinacion de no salir della en otros seis dias, á lo ménos con el asno.

Las once serian de la noche, cuando de improviso y sin pensarlo vieron entrar en la posada muchas varas de justicia, y al cabo el corregidor. Alborotóse el huésped, y aun los huéspedes; porque así como los cometas cuando se muestran, siempre causan temores de desgracias é infortunios, ni mas ni ménos la justicia, cuando de repente y de tropel se entra en una casa, sobresalta y atemoriza hasta las conciencias no culpadas. Entróse el corregidor en una sala, llamó al huésped de casa, el cual vino temblando á ver lo que el señor corregidor queria. Y así como le vió el corregidor le preguntó con mucha gravedad:

--¿Sois vos el huésped?

--Sí, señor, respondió él, para lo que vuesa merced me quisiere mandar.

Mandó el corregidor que saliesen de la sala todos los que en ella estaban, y que le dejasen solo con el huésped. Hiciéronlo así, y quedándose solos, dijo el corregidor al huésped:

--Huésped, ¿qué gente de servicio teneis en esta vuestra posada?

--Señor, respondió él, tengo dos mozas gallegas, y una ama y un mozo que tiene cuenta con dar la cebada y paja.

--¿No mas? replicó el corregidor.

--No, señor, respondió el huésped.

--Pues decidme, huésped, dijo el corregidor, ¿dónde está una muchacha que dicen que sirve en esta casa, tan hermosa, que por toda la ciudad la llaman la Ilustre Fregona, y aun me han llegado á decir que mi hijo D. Periquito es su enamorado, y que no hay noche que no le dé músicas?

--Señor, respondió el huésped, esa Fregona ilustre que dicen, es verdad que está en esta casa; pero ni es mi criada, ni deja de serlo.

--No entiendo lo que decís, huésped, en eso de ser y no ser vuestra criada la Fregona.

--Yo he dicho bien, añadió el huésped, y si vuesa merced me da licencia, le diré lo que hay en esto, lo cual jamas he dicho á persona alguna.

--Primero quiero ver á la Fregona que saber otra cosa: llamadla acá, dijo el corregidor.

Asomóse el huésped á la puerta de la sala, y dijo:

--¿Oíslo, señora? haced que entre aquí Costancica.

Cuando la huéspeda oyó que el corregidor llamaba á Costanza, turbóse y comenzó á torcerse las manos, diciendo:

--¡Ay, desdichada de mí, el corregidor á Costanza y á solas! algun gran mal debe de haber sucedido, que la hermosura desta muchacha trae encantados los hombres.

Costanza, que lo oia, dijo:

--Señora, no se congoje, que yo iré á ver lo que el señor corregidor quiere, y si algun mal hubiere sucedido, esté segura vuesa merced que no tendré yo la culpa.

Y en esto sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó una vela encendida sobre un candelero de plata, y con mas vergüenza que temor, fué donde el corregidor estaba.

Así como el corregidor la vió, mandó al huésped que cerrase la puerta de la sala, lo cual hecho, el corregidor se levantó y tomando el candelero que Costanza traia, llegándole la luz al rostro, la anduvo mirando toda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto, habíasele encendido la color del rostro, y estaba tan hermosa y tan honesta, que al corregidor le pareció que estaba mirando la hermosura de un ángel en la tierra; y despues de haberla bien mirado, dijo:

--Huésped, esta no es joya para estar en el bajo engaste de un meson; desde aquí digo que mi hijo Periquito es discreto, pues tan bien ha sabido emplear sus pensamientos: digo, doncella, que no solamente os pueden y deben llamar ilustre, sino ilustrísima; pero estos títulos no habian de caer sobre el nombre de Fregona, sino sobre el de una duquesa.

--No es fregona, señor, dijo el huésped; que no sirve de otra cosa en casa que de traer las llaves de la plata, que por la bondad de Dios tengo alguna, con que se sirven los huéspedes honrados que á esta posada vienen.

--Con todo eso, dijo el corregidor, digo, huésped, que ni es decente ni conviene que esta doncella esté en un meson: ¿es parienta vuestra, por ventura?

--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustare de saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced cosas que juntamente con darle gusto le admiren.

--Sí gustaré, dijo el corregidor, y sálgase Costancica allá fuera, y prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera prometerse, que su mucha honestidad y hermosura obligan á que todos los que la vieren se ofrezcan á su servicio.

No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizo una profunda reverencia al corregidor, y salióse de la sala, y halló á su ama desalada esperándola para saber della qué era lo que el corregidor la queria. Ella le contó lo que habia pasado, y cómo su señor quedaba con él para contalle no sé qué cosas que no queria que ella las oyese. No acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo rezando hasta que se fué el corregidor, y vió salir libre á su marido, el cual en tanto que estuvo con el corregidor, le dijo:

--Hoy hacen, señor, segun mi cuenta quince años, un mes y cuatro dias que llegó á esta posada una señora en hábito de peregrina, en una litera, acompañada de cuatro criados de á caballo y de dos dueñas y una doncella, que en un coche venian: traia asimismo dos acémilas cubiertas con dos ricos reposteros, y cargadas con una rica cama y con aderezos de cocina: finalmente, el aparato era principal, y la peregrina representaba ser una gran señora; y aunque en la edad mostraba ser de cuarenta ó pocos mas años, no por eso dejaba de parecer hermosa en todo estremo: venia enferma y descolorida, y tan fatigada, que mandó que luego le hiciesen la cama, y en esta misma sala se la hicieron sus criados. Preguntáronme cuál era el médico de mas fama desta ciudad. Díjeles que el doctor de la Fuente. Fueron luego por él, y él vino luego: comunicó á solas con él su enfermedad; y lo que de su plática resultó fué que mandó el médico que se le hiciese la cama en otra parte, y en lugar donde no le diesen ningun ruido. Al momento la mudaron á otro aposento, que está aquí arriba apartado y con la comodidad que el doctor pedia. Ninguno de los criados entraba donde su señora, y solas las dos dueñas y la doncella la servian. Yo y mi mujer preguntamos á los criados quién era la tal señora y cómo se llamaba, y de dónde venia y dónde iba, si era casada, viuda ó doncella, y por qué causa se vestia aquel hábito de peregrina. Á todas estas preguntas que les hicimos una y muchas veces, no hubo alguno que nos respondiese otra cosa, sino que aquella peregrina era una señora principal y rica de Castilla la Vieja, y que no tenia hijos que la heredasen; y que porque habia algunos meses que estaba enferma de hidropesía, habia ofrecido de ir á Nuestra Señora de Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en aquel hábito. En cuanto á decir su nombre, traian órden de no llamarla sino la señora peregrina. Esto supimos por entónces; pero á cabo de tres dias que por enferma la señora peregrina se estaba en casa, una de las dueñas nos llamó á mí y á mi mujer de su parte: fuimos á ver lo que queria, y á puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con lágrimas en los ojos nos dijo creo que estas mismas razones:

--Señores mios, los cielos me son testigos que sin culpa mia me hallo en el riguroso trance que ahora os diré; yo estoy preñada, y tan cerca del parto, que ya los dolores me van apretando: ninguno de los criados que vienen conmigo saben mi necesidad y desgracia: á estas mis mujeres, ni he podido, ni he querido encubrírselo: por huir de los maliciosos ojos de mi tierra, y porque esta hora no me tomase en ella, hice voto de ir á Nuestra Señora de Guadalupe: ella debe de haber sido servida que en esta vuestra casa me tome el parto: á vosotros está ahora el remediarme y acudirme con el secreto que merece la que su honra pone en vuestras manos: la paga de la merced que me hiciéredes, que así quiero llamarla, si no respondiere al gran beneficio que espero, responderá á lo ménos á dar muestra de una voluntad muy agradecida, y quiero que comiencen á dar muestras de mi voluntad estos doscientos escudos de oro que van en este bolsillo.

Y sacando debajo de la almohada de la cama un bolsillo de aguja de oro y verde, se le puso en las manos de mi mujer, la cual como simple, y sin mirar lo que hacia, porque estaba suspensa y colgada de la peregrina, tomó el bolsillo sin responderle palabra de agradecimiento ni de comedimiento alguno: yo me acuerdo que le dije que no era menester nada de aquello, que no éramos personas que por interes mas que por caridad nos movíamos á hacer bien cuando se ofrecia. Ella prosiguió diciendo: