Novelas ejemplares

Part 34

Chapter 343,945 wordsPublic domain

--Habeis de saber, que poco mas de una hora despues que salisteis de casa, salí á buscaros, y no treinta pasos de aquí vi venir casi á encontrarme un bulto negro de persona, que venia muy aguijando, y llegándose cerca, conocí ser mujer en el hábito largo, la cual con voz interrumpida de sollozos y de suspiros me dijo: Por ventura, señor, ¿sois estranjero, ó de la ciudad? Estranjero soy, y español, respondí yo. Y ella: Gracias al cielo, que no quiere que muera sin sacramentos. ¿Venís herida, señora, repliqué yo, ó traeis algun mal de muerte? Podria ser que el que traigo lo fuese, si presto no se me da remedio: por la cortesía que siempre suele reinar en los de vuestra nacion, os suplico, señor español, que me saqueis destas calles, y me lleveis á vuestra posada con la mayor priesa que pudiéredes, que allá si gustáredes dello, sabréis el mal que llevo, y quién soy, aunque sea á costa de mi crédito. Oyendo lo cual, pareciéndome que tenia necesidad de lo que pedia, sin replicarla mas, la así de la mano, y por calles desusadas la llevé á la posada. Abrióme Santisteban el paje, hícele que se retirase, y sin que él la viese, la llevé á mi estancia, y ella en entrando, se arrojó encima de mi lecho desmayada. Lleguéme á ella, y descubríla el rostro, que con el manto traia cubierto, y descubrí en él la mayor belleza que humanos ojos han visto: será á mi parecer de edad de diez y ocho años, ántes ménos que mas: quedé suspenso de ver tal estremo de belleza: acudí á echarle un poco de agua en el rostro, con que volvió en sí, suspirando tiernamente; y lo primero que me dijo, fué: ¿Conoceisme, señor? No, respondí yo, ni es bien que yo haya tenido ventura de haber conocido tanta hermosura. Desdichada de aquella, respondió ella, á quien se la da el cielo para mayor desgracia suya; pero, señor, no es tiempo este de alabar hermosuras, sino de remediar desdichas: por quien sois que me dejeis aquí encerrada y no permitais que ninguno me vea, y volved luego al mismo lugar que me topastes, y mirad si riñe alguna gente, y no favorezcais á ninguno de los que riñeren, sino poned paz, que cualquier daño de las partes ha de resultar en acrecentar el mio. Déjola encerrada, y vengo á poner en paz esta pendencia.

--¿Teneis mas que decir, D. Antonio? preguntó D. Juan.

--Pues ¿no os parece que he dicho harto, respondió D. Antonio, pues he dicho que tengo debajo de llave y en mi aposento la mayor belleza que humanos ojos han visto?

--El caso es estraño sin duda, dijo D. Juan; pero oid el mio: y luego le contó todo lo que le habia sucedido, y cómo la criatura que le habian dado estaba en casa en poder de su ama, y la órden que le habia dejado de mudarle las ricas mantillas en pobres, y de llevarla adonde la criasen, ó á lo ménos socorriesen la presente necesidad; y dijo mas, que la pendencia que él venia á buscar ya era acabada y puesta en paz, que él se habia hallado en ella, y que á lo que él imaginaba, todos los de la riña debian de ser gentes de prendas y de gran valor.

Quedaron entrambos admirados del suceso de cada uno, y con priesa se volvieron á la posada, por ver lo que habia menester la encerrada. En el camino dijo D. Antonio á D. Juan que él habia prometido á aquella señora que no la dejaria ver de nadie, ni entraria en aquel aposento sino él solo, en tanto que ella no gustase de otra cosa.

--No importa nada, respondió D. Juan, que no faltará órden para verla, que ya lo deseo en estremo, segun me la habeis alabado de hermosa.

Llegaron en esto, y á la luz que sacó uno de tres pajes que tenian, alzó los ojos D. Antonio al sombrero que D. Juan traia, y vióle resplandeciente de diamantes; quitósele, y vió que las luces salian de muchos que en un cintillo riquísimo traia. Miráronle entrambos; y concluyeron que si todos eran finos como parecian, valia mas de doce mil ducados. Aquí acabaron ser gente principal la de la pendencia, especialmente el socorrido de D. Juan, de quien se acordó haberle dicho que trujese el sombrero y le guardase, porque era conocido. Mandaron retirar los pajes, y D. Antonio abrió su aposento, y halló á la señora sentada en la cama, con la mano en la mejilla, derramando tiernas lágrimas. D. Juan, con el deseo que tenia de verla, se asomó á la puerta tanto, cuanto pudo entrar la cabeza, y al punto la lumbre de los diamantes dió en los ojos de la que lloraba, y alzándolos, dijo:

--Entrad, señor duque, entrad; ¿para qué me quereis dar con tanta escaseza el bien de vuestra visita?

Á esto dijo D. Antonio:

--Aquí, señora, no hay ningun duque que se escuse de veros.

--¿Cómo no? replicó ella; el que allí se asomó ahora es el duque de Ferrara, que mal le puede encubrir la riqueza de su sombrero.

--En verdad, señora, que el sombrero que vistes no le trae ningun duque; y si quereis desengañaros con ver quién le trae, dadle licencia que entre.

--Entre enhorabuena, dijo ella, aunque si no fuese el duque, mis desdichas serian mayores.

Todas estas razones habia oido D. Juan, y viendo que tenia licencia para entrar, con el sombrero en la mano entró en el aposento, y así como se le puso delante, y ella conoció no ser quien decia el del rico sombrero, con voz turbada y lengua presurosa dijo:

--¡Ay desdichada de mí! Señor mio, decidme luego, sin tenerme mas suspensa: ¿conoceis el dueño dese sombrero? ¿Dónde le dejastes, ó cómo vino á vuestro poder? ¿Es vivo por ventura, ó son esas las nuevas que me envía de su muerte? ¡Ay bien mio, qué sucesos son estos! ¡Aquí veo tus prendas, aquí me veo sin tí encerrada, y en poder que, á no saber que es de gentiles hombres españoles, el temor de perder mi honestidad me hubiera quitado la vida!

--Sosegáos, señora, dijo D. Juan, que ni el dueño deste sombrero es muerto, ni estais en parte donde se os ha de hacer agravio alguno, sino serviros con cuanto las fuerzas nuestras alcanzaren, hasta poner las vidas por defenderos y ampararos; que no es bien que os salga vana la fe que teneis de la bondad de los españoles; y pues nosotros lo somos, y principales (que aquí viene bien esta que parece arrogancia), estad segura que se os guardará el decoro que vuestra presencia merece.

--Así lo creo yo, respondió ella; pero con todo eso, decidme, señor, ¿cómo vino á vuestro poder ese rico sombrero, ó adónde está su dueño, que por lo ménos es Alfonso de Este, duque de Ferrara?

Entónces D. Juan, por no tenerla mas suspensa, le contó cómo le habia hallado en una pendencia, y en ella habia favorecido y ayudado á un caballero, que por lo que ella decia, sin duda debia de ser el duque de Ferrara, y que en la pendencia habia perdido el sombrero y hallado aquel, y que aquel caballero le habia dicho que le guardase, que era conocido, y que la refriega se habia concluido sin quedar herido el caballero, ni él tampoco, y que despues de acabada habia llegado gente, que al parecer debian de ser criados ó amigos del que él pensaba ser el duque, el cual le habia pedido le dejase y se viniese, mostrándose muy agradecido al favor que yo le habia dado.

--De manera, señora mia, que este rico sombrero vino á mi poder por la manera que os he dicho, y su dueño, si es el duque, como vos decís, no ha una hora que le dejé bueno, sano y salvo: sea esta verdad parte para vuestro consuelo, si es que le tendréis con saber del buen estado del duque.

--Para que sepais, señores, si tengo razon y causa para preguntar por él, estadme atentos, y escuchad no sé si diga mi desdichada historia.

Todo el tiempo en que esto pasó le entretuvo el ama en paladear al niño con miel, y en mudarle las mantillas de ricas en pobres; y ya que lo tuvo todo aderezado, quiso llevarle en casa de una partera, como D. Juan se lo dejó ordenado, y al pasar con él por junto á la estancia donde estaba la que queria comenzar su historia, lloró la criatura de modo que lo sintió la señora, y levantándose en pié, púsose atentamente á escuchar, y oyó mas distintamente el llanto de la criatura, y dijo:

--Señores mios, ¿qué criatura es aquella que parece recien nacida?

D. Juan respondió:

--Es un niño que esta noche nos han echado á la puerta de casa, y va el ama á buscar quien le dé de mamar.

--Tráiganmele aquí, por amor de Dios, dijo la señora, que yo haré esa caridad á los hijos ajenos, pues no quiere el cielo que la haga con los propios.

Llamó D. Juan al ama, y tomóle el niño, y entrósele á la que le pedia, y púsosele en los brazos, diciendo:

--Veis aquí, señora, el presente que nos han hecho esta noche, y no ha sido este el primero, que pocos meses se pasan que no hallemos á los quicios de nuestras puertas semejantes hallazgos.

Tomóle ella en los brazos, y miróle atentamente así el rostro como los pobres aunque limpios paños en que venia envuelto, y luego sin poder tener las lágrimas, se echó la toca de la cabeza encima de los pechos, para poder dar con honestidad de mamar á la criatura, y aplicándosela á ellos, juntó su rostro con el suyo, y con la leche le sustentaba, y con las lágrimas le bañaba el rostro; y desta manera estuvo sin levantar el suyo tanto espacio, cuanto el niño no quiso dejar el pecho. En este espacio guardaban todos cuatro silencio: el niño mamaba; pero no era ansí, porque las recien paridas no pueden dar el pecho, y así cayendo en la cuenta la que se lo daba, se volvió á D. Juan, diciendo:

--En balde me he mostrado caritativa; bien parezco nueva en estos casos: haced, señor, que á este niño le paladeen con un poco de miel, y no consintais que á estas horas le lleven por las calles: dejad llegar el dia, y ántes que le lleven, vuélvanmele á traer, que me consuelo en verle.

Volvió el niño Don Juan á la ama, y ordenóle le entretuviese hasta el dia, y que le pusiese las ricas mantillas con que le habia traido, y que no le llevase sin primero decírselo. Y volviendo á entrar, y estando los tres solos, la hermosa Cornelia dijo:

--Si quereis que hable, dadme primero algo que coma, que me desmayo, y tengo bastante ocasion para ello.

Acudió prestamente D. Antonio á un escritorio, y sacó dél muchas conservas, y de algunas comió la desmayada, y bebió un vidrio de agua fria, con que volvió en sí, y algo sosegada, dijo:

--Sentáos, señores, y escuchadme.

Hiciéronlo ansí, y ella recogiéndose encima del lecho, y abrigándose bien con las faldas del vestido, dejó descolgar por las espaldas un velo que en la cabeza traia, dejando el rostro exento y descubierto, mostrando en él el mismo de la luna, ó por mejor decir, del mismo sol, cuando mas hermoso y mas claro se muestra: llovíanle líquidas perlas de los ojos, y limpiábaselas con un lienzo blanquísimo, y con unas manos tales, que entre ellas y el lienzo fuera de buen juicio el que supiera diferenciar la blancura. Finalmente, despues de haber dado muchos suspiros, y despues de haber procurado sosegar algun tanto el pecho, con voz algo doliente y turbada dijo:

--Yo, señores, soy aquella que muchas veces habréis sin duda alguna oido nombrar por ahí, porque la fama de mi belleza, tal cual ella es, pocas lenguas hay que no la publiquen: soy en efeto Cornelia Bentibolli, hermana de Lorenzo Bentibolli, que con deciros esto, quizá habré dicho dos verdades: la una de mi nobleza, la otra de mi hermosura. De pequeña edad quedé huérfana de padre y madre, en poder de mi hermano, el cual desde niña puso en mi guarda el recato mismo, puesto que mas confiaba de mi honrada condicion, que de la solicitud que ponia en guardarme. Finalmente, entre paredes y entre soledades, acompañada no mas que de mis criadas, fuí creciendo, y juntamente conmigo crecia la fama de mi gentileza, sacada en público de los criados y de aquellos que en secreto me trataban, y de un retrato que mi hermano mandó hacer á un famoso pintor, para que, como él decia, no quedase sin mí el mundo, ya que el cielo á mejor vida me llevase; pero todo esto fuera poca parte para apresurar mi perdicion, si no sucediera venir el duque de Ferrara á ser padrino de unas bodas de una prima mia, donde me llevó mi hermano con sana intencion y por honra de mi parienta: allí miré y fuí vista; allí, segun creo, rendí corazones, avasallé voluntades; allí sentí que daban gusto las alabanzas, aunque fuesen dadas por lisonjeras lenguas; allí, finalmente, vi al duque y él me vió á mí, de cuya vista ha resultado verme ahora como me veo. No os quiero decir, señores, porque seria proceder en infinito, los términos, las trazas y los modos por donde el duque y yo vinimos á conseguir al cabo de dos años los deseos que en aquellas bodas nacieron; porque ni guardas, ni recatos, ni honrosas amonestaciones, ni otra humana diligencia fué bastante para estorbar el juntarnos, que en fin hubo de ser debajo de la palabra, que él me dió, de ser mi esposo, porque sin ella fuera imposible rendir la roca de la valerosa presuncion mia: mil veces le dije que públicamente me pidiese á mi hermano, pues no era posible que me negase, y que no habia que dar disculpas al vulgo de la culpa que le pondrian de la desigualdad de nuestro casamiento, pues no desmentia en nada la nobleza del linaje Bentibolli á la suya Estense. Á esto me respondió con escusas que yo las tuve por bastantes y necesarias, y confiada como rendida, creí como enamorada, y entreguéme de toda mi voluntad á la suya por intercesion de una criada mia, mas blanda á las dádivas y promesas del duque, que lo que debia á la confianza que de su fidelidad mi hermano hacia. En resolucion, al cabo de pocos dias me sentí preñada, y ántes que mis vestidos manifestasen mis libertades (por no darles otro nombre), me fingí enferma y melancólica, y hice que mi hermano me trujese en casa de aquella mi prima, de quien habia sido padrino el duque: allí le hice saber en el término en que estaba y el peligro que me amenazaba, y la poca seguridad que tenia de mi vida, por tener barruntos de que mi hermano sospechaba mi desenvoltura: quedó de acuerdo entre los dos que entrando en el mes mayor se lo avisase, que él vendria por mí con otros amigos suyos, y me llevaria á Ferrara, donde en la sazon que esperaba se casaria públicamente conmigo: esta noche en que estamos fué la del concierto de su venida, y esta misma noche, estándole esperando, sentí pasar á mi hermano con otros muchos hombres al parecer armados, segun les crujian las armas, de cuyo sobresalto de improviso me sobrevino el parto, y en un instante parí un hermoso niño. Aquella criada mia, sabidora y medianera de mis hechos, que estaba ya prevenida para el caso, envolvió la criatura en otros paños, que no los que tiene la que á vuestra puerta echaron; y saliendo á la puerta de la calle, la dió, á lo que ella dijo, á un criado del duque. Yo desde allí á un poco, acomodándome lo mejor que pude (segun la presente necesidad), salí de la casa, creyendo que estaba en la calle el duque, y no lo debiera hacer hasta que él llegara á la puerta; mas el miedo que me habia puesto la cuadrilla armada de mi hermano, creyendo que ya esgrimia su espada sobre mi cuello, no me dejó hacer otro mejor discurso; y así desatentada y loca salí donde me sucedió lo que habeis visto: y aunque me veo sin hijo y sin esposo, y con temor de peores sucesos, doy gracias al cielo, que me ha traido á vuestro poder, de quien me prometo todo aquello que de la cortesía española puedo prometerme, y mas de la vuestra, que la sabréis realzar por ser tan nobles como pareceis.

Diciendo esto, se dejó caer del todo encima del lecho, y acudiendo los dos á ver si se desmayaba, vieron que no, sino que amargamente lloraba, y díjole D. Juan:

--Si hasta aquí, hermosa señora, yo y D. Antonio, mi camarada, os teníamos compasion y lástima por ser mujer, ahora que sabemos vuestra calidad, la lástima y compasion pasa á ser obligacion precisa de serviros: cobrad ánimo y no desmayeis, y aunque no acostumbrada á semejantes casos, tanto mas mostraréis quién sois, cuanto mas con paciencia supiéredes llevarlos: creed, señora, que imagino que estos tan estraños sucesos han de tener un feliz fin, que no han de permitir los cielos que tanta belleza se goce mal, y tan honestos pensamientos se malogren: acostáos, señora, y curad de vuestra persona, que lo habeis menester, que aquí entrará una criada nuestra que os sirva, de quien podeis hacer la misma confianza que de nuestras personas: tan bien sabrá tener en silencio vuestras desgracias, como acudir á vuestras necesidades.

--Tal es la que tengo, que á cosas mas dificultosas me obliga, respondió ella; entre, señor, quien vos quisiéredes, que encaminada por vuestra parte, no puedo dejar de tenerla muy buena en la que menester hubiere; pero con todo eso os suplico que no me vean mas que vuestra criada.

--Así será, respondió D. Antonio.

Y dejándola sola se salieron, y D. Juan dijo al ama que entrase dentro, y llevase la criatura con los ricos paños, si se los habia puesto. El ama dijo que sí, y que ya estaba de la misma manera que él la habia traido. Entró el ama advertida de lo que habia de responder á lo que acerca de aquella criatura la señora que hallaria allí dentro le preguntase.

En viéndola Cornelia, le dijo:

--Vengais en buen hora, amiga mia, dadme esa criatura, y llegadme aquí esa vela.

Hízolo así el ama, y tomando el niño Cornelia en sus brazos, se turbó toda, y le miró ahincadamente, y dijo al ama:

--Decidme, señora, ¿este niño y el que me trujisteis, ó me trujeron poco há, es todo uno?

--Sí, señora, respondió el ama.

--Pues ¿cómo trae tan trocadas las mantillas? replicó Cornelia: en verdad, amiga, que me parece ó que estas son otras mantillas, ó que esta no es la misma criatura.

--Todo podia ser, respondió el ama.

--Pecadora de mí, dijo Cornelia, ¿cómo todo podia ser? ¿cómo es esto, ama mia? que el corazon me revienta en el pecho hasta saber este trueco: decídmelo, amiga, por todo aquello que bien quereis: digo que me digais ¿de dónde habeis habido estas tan ricas mantillas? porque os hago saber que son mias, si la vista no me miente ó la memoria no se acuerda: con estas mismas ó otras semejantes entregué yo á mi doncella la prenda querida de mi alma: ¿quién se las quitó? ¡ay desdichada! y ¿quién las trujo aquí? ¡ay sin ventura!

D. Juan y D. Antonio, que todas estas quejas escuchaban, no quisieron que mas adelante pasase en ellas, ni permitieron que el engaño de las trocadas mantillas mas la tuviese en pena, y así entraron, y D. Juan le dijo:

--Esas mantillas y ese niño son cosa vuestra, señora Cornelia.

Y luego le contó punto por punto cómo él habia sido la persona á quien su doncella habia dado el niño, y de cómo le habia traido á casa, con el órden que habia dado al ama del trueco de las mantillas, y la ocasion por que lo habia hecho; aunque despues que le contó su parto, siempre tuvo por cierto que aquel era su hijo, y que si no se lo habia dicho, habia sido porque tras el sobresalto del estar en duda de conocerle, sobreviniese la alegría de haberle conocido.

Allí fueron infinitas las lágrimas de alegría de Cornelia, infinitos los besos que dió á su hijo, infinitas las gracias que rindió á sus favorecedores, llamándolos ángeles humanos de su guarda, y otros títulos que de su agradecimiento daban notoria muestra. Dejáronla con el ama, encomendándole mirase por ella, y la sirviese cuanto fuese posible, advirtiéndola en el término en que estaba, para que acudiese á su remedio, pues ella por ser mujer sabia mas de aquel menester que no ellos.

Con esto se fueron á reposar lo que faltaba de la noche con intencion de no entrar en el aposento de Cornelia, si no fuese ó que ella los llamase, ó la necesidad precisa. Vino el dia, y el ama trujo á quien secretamente y á escuras diese de mamar al niño, y ellos preguntaron por Cornelia. Dijo el ama que reposaba un poco. Fuéronse á las escuelas, y pasaron por la calle de la pendencia y por la casa de donde habia salido Cornelia, por ver si era ya pública su falta, ó si hacian corrillos della; pero en ningun modo sintieron ni oyeron cosa ni de la riña, ni de la ausencia de Cornelia. Con esto, oidas sus lecciones, se volvieron á su posada.

Llamólos Cornelia con el ama, á quien respondieron que tenian determinado de no poner los piés en su aposento, para que con mas decoro se guardase el que á su honestidad se debia; pero ella replicó con lágrimas y con ruegos que entrasen á verla, que aquel era el decoro mas conveniente, si no para su remedio, á lo ménos para su consuelo. Hiciéronlo así, y ella los recebió con rostro alegre, y con mucha cortesía: pidióles le hiciesen merced de salir por la ciudad, y ver si oian algunas nuevas de su atrevimiento: respondiéronle que ya estaba hecha aquella diligencia con toda curiosidad, pero que no se decia nada.

En esto llegó un paje, de tres que tenian, á la puerta del aposento, y desde fuera dijo:

--Á la puerta está un caballero con dos criados, que dice se llama Lorenzo Bentibolli, y busca á mi señor D. Juan de Gamboa.

Á este recado cerró Cornelia ambos puños, y se los puso en la boca, y por entre ellos salió la voz baja y temerosa, y dijo:

--Mi hermano, señores, mi hermano es ese: sin duda debe haber sabido que estoy aquí, y viene á quitarme la vida: socorro, señores, y amparo.

--Sosegáos, señora, le dijo D. Antonio, que en parte estais y en poder de quien no os dejará hacer el menor agravio del mundo. Acudid vos, señor D. Juan, y mirad lo que quiere ese caballero, y yo me quedaré aquí á defender, si menester fuere, á Cornelia.

D. Juan sin mudar semblante bajó abajo, y luego D. Antonio hizo traer dos pistoletes armados, y mandó á los pajes que tomasen sus espadas, y estuviesen apercebidos. El ama viendo aquellas prevenciones, temblaba: Cornelia temerosa de algun mal suceso, temia: solos D. Antonio y D. Juan estaban en sí, y muy bien puestos en lo que habian de hacer. En la puerta de la calle halló D. Juan á D. Lorenzo, el cual en viendo á D. Juan, le dijo:

--Suplico á V. S. (que esta es la manera de Italia) me haga merced de venirse conmigo á aquella iglesia que está allí frontero, que tengo un negocio que comunicar con V. S. en que me va la vida y la honra.

--De muy buena gana, respondió D. Juan; vamos, señor, donde quisiéredes.

Dicho esto, mano á mano se fueron á la iglesia, sentándose en un escaño, y en parte donde no pudiesen ser oidos. Lorenzo habló primero, y dijo: