Part 23
Con este talle se ponia cada noche á la oracion á la puerta de la casa de Carrizales, que ya estaba cerrada, quedando el negro, que Luis se llamaba, cerrado entre las dos puertas. Puesto allí Loaysa, sacaba una guitarrilla algo grasienta y falta de algunas cuerdas, y como él era algo músico, comenzaba á tañer algunos sones alegres y regocijados, mudando la voz por no ser conocido. Con esto se daba priesa á cantar romances de moros y moras á la loquesca, con tanta gracia, que cuantos pasaban por la calle se ponian á escucharle, y siempre en tanto que cantaba, estaba rodeado de muchachos, y Luis, el negro, poniendo los oidos por entre las puertas, estaba colgado de la música del virote, y diera un brazo por poder abrir la puerta y escucharle mas á su placer: tal es la inclinacion que los negros tienen á ser músicos. Y cuando Loaysa queria que los que le escuchaban le dejasen, dejaba de cantar, y recogia su guitarra, y acogiéndose á sus muletas, se iba.
Cuatro ó cinco veces habia dado música al negro (que por solo él la daba), pareciéndole que por donde se habia de comenzar á desmoronar aquel edificio, habia y debia ser por el negro, y no le salió vano su pensamiento; porque llegándose una noche como solia á la puerta, comenzó á templar su guitarra, y sintió que el negro estaba ya atento, y llegándose al quicio de la puerta, con voz baja dijo:
--¿Será posible, Luis, darme un poco de agua, que perezco de sed, y no puedo cantar?
--No, dijo el negro, porque no tengo la llave desta puerta, ni hay agujero por donde pueda dárosla.
--Pues ¿quién tiene la llave? preguntó Loaysa.
--Mi amo, respondió el negro, que es el mas celoso hombre del mundo, y si él supiese que yo estoy ahora aquí hablando con nadie, no seria mas mi vida; pero ¿quién sois vos, que me pedís el agua?
--Yo, respondió Loaysa, soy un pobre estropeado de una pierna, que gano mi vida pidiendo por Dios á la buena gente, y juntamente con esto enseño á tañer á algunos morenos, y á otra gente pobre, y ya tengo tres negros esclavos de tres veinticuatros, á quien he enseñado de modo, que pueden cantar y tañer en cualquier baile y en cualquier taberna, y me lo han pagado muy rebien.
--Harto mejor os lo pagara yo, dijo Luis, á tener lugar de tomar licion; pero no es posible, á causa que mi amo en saliendo por la mañana cierra la puerta de la calle, y cuando vuelve hace lo mismo, dejándome emparedado entre dos puertas.
--Por Dios, Luis, replicó Loaysa (que ya sabia el nombre del negro), que si vos diésedes traza á que yo entrase algunas noches á daros licion, en ménos de quince dias os sacaria tan diestro en la guitarra, que pudiésedes tañer sin vergüenza alguna en cualquiera esquina; porque os hago saber que tengo grandísima gracia en el enseñar, y mas que he oido decir que vos teneis muy buena habilidad, y á lo que siento y puedo juzgar por el órgano de la voz, que es atiplada, debeis de cantar muy bien.
--No canto mal, respondió el negro; pero ¿qué aprovecha? pues no sé tonada alguna, sino es la de la estrella de Vénus, y la de
_Por un verde prado,_
y aquella que ahora se usa, que dice:
_Á los hierros de una reja_ _La turbada mano asida._
--Todas esas son aire, dijo Loaysa, para las que yo os podria enseñar; porque sé todas las del moro Abindarraez, con las de su dama Jarifa, y todas las que se cantan de la historia del gran Sofí Tomunibeyo, con las de la zarabanda á lo divino, que son tales, que hacen pasmar á los mismos portugueses; y esto enseño con tales modos y con tanta facilidad, que aunque no os deis priesa á aprender, apénas habréis comido tres ó cuatro moyos de sal, cuando ya os veais músico corriente y moliente en todo género de guitarra.
Á esto suspiró el negro, y dijo:
--¿Qué aprovecha todo eso, si no sé cómo meteros en casa?
--Buen remedio, dijo Loaysa; procurad vos tomar las llaves á vuestro amo, y yo os daré un pedazo de cera, donde las imprimiréis de manera que queden señaladas las guardas en la cera, que por la aficion que os he tomado, yo haré que un cerrajero, amigo mio, haga las llaves, y así podré entrar dentro de noche y enseñaros mejor que al Preste Juan de las Indias; porque veo ser gran lástima que se pierda una tal voz como la vuestra, faltándole el arrimo de la guitarra: que quiero que sepais, hermano Luis, que la mejor voz del mundo pierde de sus quilates, cuando no se acompaña con el instrumento, ahora sea de guitarra, ó clavicímbano, de órganos ó de arpa; pero el que mas á vuestra voz le conviene, es el instrumento de la guitarra, por ser el mas mañero y ménos costoso de los instrumentos.
--Bien me parece eso, replicó el negro; pero no puede ser, pues jamas entran las llaves en mi poder, ni mi amo las suelta de la mano: de dia y de noche duermen debajo de su almohada.
--Pues haced otra cosa, Luis, dijo Loaysa, si es que teneis gana de ser músico consumado; que si no la teneis, no hay para qué cansarme en aconsejaros.
--Y ¿cómo si tengo gana? replicó Luis, y tanta que ninguna cosa dejaré de hacer, como sea posible salir con ella, á trueco de salir con ser músico.
--Pues si ansí es, dijo el virote, yo os daré por entre estas puertas, haciendo vos lugar, quitando alguna tierra del quicio, digo que os daré unas tenazas y un martillo, con que podais de noche quitar los clavos de la cerradura de loba con mucha facilidad, y con la misma volveremos á poner la chapa, de modo que no se eche de ver que ha sido desclavada; y estando yo dentro encerrado con vos en vuestro pajar, ó donde dormís, me daré tal priesa á lo que tengo de hacer, que vos veais aun mas de lo que os he dicho, con aprovechamiento de mi persona y aumento de vuestra suficencia; y de lo que hubiéremos de comer no tengais cuidado, que yo llevaré matalotaje para entrambos y para mas de ocho dias, que discípulos tengo yo y amigos que no me dejarán mal pasar.
--De la comida, replicó el negro, no habrá que temer, que con la racion que me da mi amo, y con los relieves que me dan las esclavas, sobrará comida para otros dos: venga ese martillo que decís y tenazas, que yo haré por junto á este quicio lugar por donde quepa, y le volveré á cubrir y tapar con barro, que puesto que dé algunos golpes en quitar la chapa, mi amo duerme tan léjos desta puerta, que será milagro ó gran desgracia nuestra si los oye.
--Pues á la mano de Dios, dijo Loaysa, que de aquí á dos dias tendréis, Luis, todo lo necesario para poner en ejecucion vuestro virtuoso propósito: y advertid en no comer cosas flemosas, porque no hacen ningun provecho, sino mucho daño á la voz.
--Ninguna cosa me enronquece tanto, respondió el negro, como el vino; pero no me lo quitaré yo por cuantas voces tiene el suelo.
--No digo tal, dijo Loaysa, ni Dios tal permita: bebed, hijo Luis, bebed, y buen provecho os haga, que el vino que se bebe con medida jamas fué causa de daño alguno.
--Con medida lo bebo, replicó el negro; aquí tengo un jarro que cabe una azumbre justa y cabal, este me llenan las esclavas sin que mi amo lo sepa, y el despensero á solapo me trae una botilla, que tambien cabe dos azumbres, con que se suplen las faltas del jarro.
--Digo, dijo Loaysa, que tal sea mi vida como eso me parece, porque la seca garganta ni gruñe ni canta.
--Andad con Dios, dijo el negro; pero mirad que no dejeis de venir á cantar aquí las noches que tardáredes en traer lo que habeis de hacer para entrar acá dentro, que ya me como los dedos por verlos puestos en la guitarra.
--Y cómo si vendré, replicó Loaysa, y aun con tonadicas nuevas.
--Eso pido, dijo Luis, y ahora no me dejeis de cantar algo, porque me vaya á acostar con gusto, y en lo de la paga entienda el señor pobre que le he de pagar mejor que un rico.
--No reparo en eso, dijo Loaysa, que segun yo os enseñare, así me pagaréis; y por ahora escuchad esta tonadilla, que cuando esté dentro veréis milagros.
--Sea en buen hora, respondió el negro.
Y acabado este largo coloquio, cantó Loaysa un romancito agudo, con que dejó al negro tan contento y satisfecho, que ya no veia la hora de abrir la puerta.
Apénas se quitó Loaysa de la puerta, cuando con mas lijereza que el traer de sus muletas prometia, se fué á dar cuenta á sus consejeros de su buen comienzo, adivino del buen fin que por él esperaba: hallólos, y contó lo que con el negro dejaba concertado, y otro dia hallaron los instrumentos, tales que rompian cualquier clavo como si fuera de palo.
No se descuidó el virote de volver á dar música al negro, ni ménos tuvo descuido el negro en hacer el agujero por donde cupiese lo que su maestro le diese, cubriéndolo de manera, que á no ser mirado con malicia y sospechosamente, no se podia caer en el agujero.
La segunda noche le dió los instrumentos Loaysa, y Luis probó sus fuerzas, y casi sin poner alguna se halló rompidos los clavos y con la chapa de la cerradura en las manos: abrió la puerta, y recogió dentro á su Orfeo y maestro; y cuando le vió con sus dos muletas y tan andrajoso, y tan fajada su pierna quedó admirado. No llevaba Loaysa el parche en el ojo, por no ser necesario, y así como entró, abrazó á su buen discípulo, y le besó en el rostro, y luego le puso una gran bota de vino en las manos, y una caja de conserva y otras cosas dulces, de que llevaba unas alforjas bien proveidas: y dejando las muletas, como si no tuviera mal alguno, comenzó á hacer cabriolas; de lo cual se admiró mas el negro, á quien Loaysa dijo:
--Sabed, hermano Luis, que mi cojera y estropeamiento no nace de enfermedad, sino de industria, con la cual gano de comer pidiendo por amor de Dios, y ayudándome della y de mi música paso la mejor vida del mundo, en el cual todos aquellos que no fuesen industriosos y tracistas morirán de hambre, y esto lo veréis en el discurso de nuestra amistad.
--Ello dirá, respondió el negro; pero demos órden de volver esta chapa á su lugar, de modo que no se eche de ver su mudanza.
--En buen hora, dijo Loaysa.
Y sacando clavos de sus alforjas asentaron la cerradura de suerte, que estaba tan bien como de ántes: de lo cual quedó contentísimo el negro, y subiéndose Loaysa al aposento que en el pajar tenia el negro, se acomodó lo mejor que pudo.
Encendió luego Luis un torzal de cera, y sin mas aguardar sacó su guitarra Loaysa, y tocándola baja y suavemente, suspendió al pobre negro de manera, que estaba fuera de sí escuchándole. Habiendo tañido un poco, sacó de nuevo colacion, y dióla á su discípulo, y aunque con dulce, bebió con tan buen talante de la bota, que le dejó mas fuera de sentido que la música. Pasado esto, ordenó que luego tomase licion Luis, y como el pobre negro tenia cuatro dedos de vino sobre los sesos, no acertaba traste, y con todo eso le hizo creer Loaysa que ya sabia por lo ménos dos tonadas; y era lo bueno que el negro se lo creia, y en toda la noche no hizo otra cosa que tañer con la guitarra destemplada y sin las cuerdas necesarias.
Durmieron lo poco que de la noche les quedaba; y á obra de las seis de la mañana bajó Carrizales, y abrió la puerta de en medio, y tambien la de la calle, y estuvo esperando al despensero, el cual vino de allí á un poco, y dando por el torno la comida, se volvió á ir, y llamó al negro que bajase á tomar cebada para la mula y su racion; y en tomándola se fué el viejo Carrizales, dejando cerradas ambas puertas, sin echar de ver lo que en la de la calle se habia hecho, de que no poco se alegraron maestro y discípulo.
Apénas salió el amo de casa, cuando el negro arrebató la guitarra, y comenzó á tocar de tal manera, que todas las criadas le oyeron, y por el torno le preguntaron:
--¿Qué es esto, Luis, de cuándo acá tienes tú guitarra, ó quién te la ha dado?
--¿Quién me la ha dado? respondió Luis, el mejor músico que hay en el mundo, y el que me ha de enseñar en ménos de seis dias mas de seis mil sones.
--Y ¿dónde está ese músico? preguntó la dueña.
--No está muy léjos de aquí, respondió el negro, y si no fuera por vergüenza y por el temor que tengo á mi señor, quizá os le enseñara luego, y á fe que os holgásedes de verle.
--Y ¿adónde puede él estar que nosotras no le podamos ver, replicó la dueña, si en esta casa jamas entró otro hombre que nuestro dueño?
--Ahora bien, dijo el negro, no os quiero decir nada hasta que veais lo que yo sé y él me ha enseñado en el breve tiempo que he dicho.
--Por cierto, dijo la dueña, que si no es algun demonio el que te ha de enseñar, que yo no sé quién te pueda sacar músico con tanta brevedad.
--Andad, dijo el negro, que lo oiréis y lo veréis algun dia.
--No puede ser eso, dijo otra doncella, porque no tenemos ventanas á la calle para poder ver ni oir á nadie.
--Bien está, dijo el negro, que para todo hay remedio, si no es para escusar la muerte; y mas si vosotras sabeis ó quereis callar.
--Y ¿cómo que callaremos? hermano Luis, dijo una de las esclavas: callaremos mas que si fuésemos mudas, porque te prometo, amigo, que me muero por oir una buena voz, que despues que aquí nos emparedaron, ni aun el canto de los pájaros habemos oido.
Todas estas pláticas estaba escuchando Loaysa con grandísimo contento, pareciéndole que todas se encaminaban á la consecucion de su gusto, y que la buena suerte habia tomado la mano en guiarlas á la medida de su voluntad.
Despidiéronse las criadas con prometerles el negro que cuando ménos se pensasen las llamaria á oir una muy buena voz; y con temor que su amo volviese y le hallase hablando con ellas, las dejó y se recogió á su estancia y clausura. Quisiera tomar licion, pero no se atrevió á tocar de dia, porque su amo no le oyese; el cual vino de allí á poco espacio, y cerrando las puertas, segun su costumbre, se encerró en casa. Y al dar aquel dia de comer por el torno al negro, dijo Luis á una negra que se lo daba, que aquella noche despues de dormido su amo bajasen todas al torno á oir la voz que les habia prometido, sin falta alguna: verdad es que ántes que dijese esto habia pedido con muchos ruegos á su maestro fuese contento de cantar y tañer aquella noche al torno, porque él pudiese cumplir la palabra que habia dado de hacer oir á las criadas una voz estremada, asegurándole que seria en estremo regalado de todas ellas. Algo se hizo de rogar el maestro de hacer lo que él mas deseaba; pero al fin dijo que haria lo que su buen discípulo pedia, solo por darle gusto, sin otro interes alguno.
Abrazóle el negro, y dióle un beso en el carrillo en señal del contento que le habia causado la merced prometida, y aquel dia dió de comer á Loaysa tan bien como si comiera en su casa, y aun quizá mejor, pues pudiera ser que en su casa le faltara.
Llegóse la noche, y en la mitad della ó poco ménos comenzaron á cecear en el torno, y luego entendió Luis que era la cáfila que habia llegado; y llamando á su maestro, bajaron del pajar con la guitarra bien encordada y mejor templada. Preguntó Luis quién y cuántas eran las que escuchaban. Respondiéronle que todas, si no su señora, que quedaba durmiendo con su marido, de que le pesó á Loaysa; pero con todo eso quiso dar principio á su designio y contentar á su discípulo, y tocando mansamente la guitarra, tales sones hizo que dejó admirado al negro, y suspenso el rebaño de las mujeres que le escuchaba.
Pues ¿qué diré de lo que ellas sintieron, cuando le oyeron tocar el _Pésame de ello_, y acabar con el endemoniado son de la zarabanda, nuevo entónces en España? No quedó vieja por bailar, ni moza que no se hiciese pedazos, todo con silencio estraño, poniendo centinelas y espías que avisasen si el viejo despertaba.
Cantó asimismo Loaysa coplillas de la _Seguida_, con que acabó de echar el sello al gusto de los escuchantes, que ahincadamente pidieron al negro les dijese quién era tan milagroso músico. El negro les dijo que era un pobre mendigante, el mas galan y gentil hombre que habia en toda la pobrería de Sevilla.
Rogáronle que hiciese de suerte que ellas le viesen, y que no le dejase ir en quince dias de casa, que ellas le regalarian muy bien, y darian cuanto hubiese menester. Preguntáronle qué modo habia tenido para meterle en casa. Á esto no les respondió palabra: á lo demas dijo que para poderle ver hiciesen un agujero pequeño en el torno, que despues lo taparian con cera, y que á lo de tenerle en casa, que él lo procuraria.
Hablólas tambien Loaysa, ofreciéndoseles á su servicio con tan buenas razones, que ellas echaron de ver que no salian de ingenio de pobre mendigante: rogáronle que otra noche viniese al mismo puesto, que ellas harian con su señora que bajase á escucharle á pesar del lijero sueño de su señor, cuya lijereza no nacia de sus años, sino de sus muchos celos. Á lo cual dijo Loaysa, que si ellas gustaban de oirle sin sobresalto del viejo, que él les daria unos polvos que le echasen en el vino, que le harian dormir con pesado sueño mas tiempo del ordinario.
--¡Jesus, valme, dijo una de las doncellas; y si eso fuese verdad, qué buenaventura se nos habia entrado por las puertas sin sentillo y sin merecello! No serian ellos polvos de sueño para él, sino polvos de vida para todas nosotras y para la pobre de mi señora Leonora, su mujer, que no la deja á sol ni á sombra, ni la pierde de vista un solo momento: ¡ay, señor mio de mi alma! traiga esos polvos, así Dios le dé todo el bien que desea: vaya, y no tarde, tráigalos, señor mio, que yo me ofrezco á mezclarlos en el vino y á ser la escanciadora; y pluguiese á Dios que durmiese el viejo tres dias con sus noches, que otros tantos tendríamos nosotras de gloria.
--Pues yo les traeré, dijo Loaysa, y son tales que no hacen otro mal ni daño á quien los toma, sino es provocarle á sueño pesadísimo.
Todas le rogaron que los trujese con brevedad, y quedando de hacer otra noche con una barrena el agujero en el torno, y de traer á su señora para que le viese y oyese, se despidieron; y el negro, aunque era casi el alba, quiso tomar licion, la cual le dió Loaysa, y lo hizo entender que no habia mejor oido que el suyo en cuantos discípulos tenia, y no sabia el pobre negro ni lo supo jamas hacer un cruzado.
Tenian los amigos de Loaysa cuidado de venir de noche á escuchar por entre las puertas de la calle, y ver si su amigo les decia algo ó si habia menester alguna cosa, y haciendo una señal que dejaron concertada, conoció Loaysa que estaban á la puerta, y por el agujero del quicio les dió breve cuenta del buen término en que estaba su negocio, pidiéndoles encarecidamente buscasen alguna cosa que provocase á sueño para dárselo á Carrizales, que él habia oido decir que habia unos polvos para este efeto: dijéronle que tenian un médico amigo que les daria el mejor remedio que supiese, si es que le habia, y animándole á proseguir la empresa, y prometiéndole de volver la noche siguiente con todo recaudo, apriesa se despidieron.
Vino la noche, y la banda de las palomas acudió al reclamo de la guitarra: con ellas vino la simple Leonora, temerosa y temblando de que no despertase su marido, que aunque ella vencida deste temor no habia querido venir, tantas cosas le dijeron sus criadas, especialmente la dueña, de la suavidad de la música y de la gallarda disposicion del músico pobre, que sin haberle visto le alababa y le subia sobre Absalon y sobre Orfeo, que la pobre señora convencida y persuadida dellas, hubo de hacer lo que no tenia ni tuviera jamas en voluntad. Lo primero que hicieron fué barrenar el torno para ver al músico, el cual no estaba ya en hábitos de pobre, sino con unos calzones grandes de tafetan leonado, anchos á la marineresca, un jubon de lo mismo con trencillas de oro, y una montera de raso de la misma color, con cuello almidonado con grandes puntas y encaje, que de todo vino proveido en las alforjas, imaginando que se habia de ver en ocasion que le conviniese mudar de traje.
Era mozo y de gentil disposicion y buen parecer, y como habia tanto tiempo que todas tenian hecha la vista á mirar al viejo de su amo, parecióles que miraban á un ángel. Poníase una al agujero para verle, y luego otra; y porque le pudiesen ver mejor, andaba el negro paseándole el cuerpo de arriba abajo con el torzal de cera encendido: y despues que todas le hubieron visto, hasta las negras bozales, tomó Loaysa la guitarra, y cantó aquella noche tan estremadamente, que las acabó de dejar suspensas y atónitas á todas, así á la vieja como á las mozas, y todas rogaron á Luis diese órden y traza como el señor su maestro entrase allá dentro, para oirle y verle de mas cerca, y no tan por brújula como por el agujero, y sin el sobresalto de estar tan apartadas de su señor, que podia cogerlas de sobresalto y con el hurto en las manos, lo cual no sucederia ansí, si le tuviesen escondido dentro.
Á esto contradijo su señora con muchas veras, diciendo que no se hiciese la tal cosa ni la tal entrada, porque le pesaria en el alma, pues desde allí le podian ver y oir á su salvo, y sin peligro de su honra.
--¿Qué honra? dijo la dueña: el rey tiene harta: estése vuesa merced encerrada con su Matusalen, y déjenos á nosotras holgar como pudiéremos: cuanto mas, que parece este señor tan honrado, que no querrá otra cosa de nosotras mas de lo que nosotras quisiéremos.
--Yo, señoras mias, dijo á esto Loaysa, no vine aquí sino con intencion de servir á todas vuesas mercedes con el alma y con la vida, condolido de su no vista clausura, y de los ratos que en este estrecho género de vida se pierden: hombre soy yo, por vida de mi padre, tan manso y de tan buena condicion y tan obediente, que no haré mas de aquello que se me mandare; y si cualquiera de vuesas mercedes dijere: maestro, siéntese aquí, maestro, pásese allí, echáos acá, pasáos acullá, así lo haré, como el mas doméstico y enseñado perro que salta por el rey de Francia.
--Si eso ha de ser así, dijo la ignorante Leonora, ¿qué medio se dará para que entre acá dentro el señor maese?
--Bueno, dijo Loaysa: vuesas mercedes pugnen por sacar en cera la llave de esta puerta de en medio, que yo haré que mañana en la noche venga hecha otra, tal que nos pueda servir.
--En sacar esa llave, dijo una doncella, se sacan las de toda la casa, porque es llave maestra.
--No por eso será peor, replicó Loaysa.
--Así es verdad, dijo Leonora; pero ha de jurar este señor primero, que no ha de hacer otra cosa cuando esté acá dentro, sino cantar y tañer cuando se lo mandaren, y que ha de estar encerrado y quedito donde le pusiéremos.
--Sí juro, dijo Loaysa.
--No vale nada ese juramento, respondió Leonora; que ha de jurar por vida de su padre, y ha de jurar la cruz, y besalla, que lo veamos todas.
--Por vida de mi padre juro, dijo Loaysa, y por esta señal de cruz que la beso con mi boca sucia.
Y haciendo la cruz con dos dedos, la besó tres veces.
Esto hecho, dijo otra de las doncellas:
--Mire, señor, que no se le olvide aquello de los polvos, que es el tuautem de todo.
Con esto cesó la plática de aquella noche, quedando todos muy contentos del concierto. Y la suerte, que de bien en mejor encaminaba los negocios de Loaysa, trujo á aquellas horas, que eran dos despues de la media noche, por la calle á sus amigos, los cuales haciendo la señal acostumbrada, que era tocar una trompa de Paris, Loaysa les habló, y les dió cuenta del término en que estaba su pretension, y les pidió si traian los polvos, ó otra cosa como se la habia pedido, para que Carrizales durmiese; díjoles asimismo lo de la llave maestra. Ellos le dijeron que los polvos, ó un ungüento, vendria la siguiente noche, de tal virtud, que untados los pulsos y las sienes con él, causaba un sueño profundo, sin que dél se pudiese despertar en dos dias, si no era lavándose con vinagre todas las partes que se habian untado; y que se les diese la llave en cera, que asimismo la harian hacer con facilidad.
Con esto se despidieron, y Loaysa y su discípulo durmieron lo poco que de la noche les quedaba, esperando Loaysa con gran deseo la venidera, por ver si se le cumplia la palabra prometida de la llave. Y puesto que el tiempo parece tardío y perezoso á los que en él esperan, en fin corre á las parejas con el mismo pensamiento, y llega el término que quieren, porque nunca para ni sosiega.