Part 22
Y en esto se le iba entrando por los ojos á tomar posesion de su alma la hermosa imágen de Leocadia, la cual, en tanto que la cena venia, viendo tambien tan cerca de sí al que ya queria mas que á la luz de los ojos con que alguna vez á hurto le miraba, comenzó á revolver en su imaginacion lo que con Rodolfo habia pasado: comenzaron á enflaquecerse en su alma las esperanzas que de ser su esposo su madre le habia dado, temiendo que á la cortedad de su ventura habian de corresponder las promesas de su madre; consideraba cuán cerca estaba de ser dichosa ó sin dicha para siempre; y fué la consideracion tan intensa y los pensamientos tan revueltos, que le apretaron el corazon de manera, que comenzó á sudar y á perderse de color en un punto, sobreviniéndole un desmayo, que le forzó á reclinar la cabeza en los brazos de Doña Estefanía, que como ansí la vió, con turbacion la recebió en ellos.
Sobresaltáronse todos, y dejando la mesa, acudieron á remediarla. Pero el que dió mas muestras de sentirlo, fué Rodolfo, pues por llegar presto á ella tropezó y cayó dos veces. Ni por desabrocharla ni echarla agua en el rostro volvia en sí, ántes el levantado pecho y el pulso, que no se le hallaban, iban dando precisas señales de su muerte; y las criadas y criados de casa, como ménos considerados, dieron voces y la publicaron por muerta. Estas amargas nuevas llegaron á los oidos de los padres de Leocadia, que para mas gustosa ocasion los tenia Doña Estefanía escondidos. Los cuales con el cura de la parroquia, que ansimismo con ellos estaba, rompiendo el órden de Estefanía, salieron á la sala.
Llegó el cura presto, por ver si por algunas señales daba indicios de arrepentirse de sus pecados para absolverla dellos; y donde pensó hallar un desmayado, halló dos, porque ya estaba Rodolfo puesto el rostro sobre el pecho de Leocadia. Dióle su madre lugar que á ella llegase como á cosa que habia de ser suya; pero cuando vió que tambien estaba sin sentido, estuvo á pique de perder el suyo, y le perdiera, si no viera que Rodolfo tornaba en sí, como volvió, corrido de que le hubiesen visto hacer tan estremados estremos; pero su madre, casi como adivina de lo que su hijo sentia, le dijo:
--No te corras, hijo, de los estremos que has hecho, sino córrete de los que no hicieres, cuando sepas lo que no quiero tenerte mas encubierto, puesto que pensaba dejarlo hasta mas alegre coyuntura: has de saber, hijo de mi alma, que esta desmayada que en los brazos tengo, es tu verdadera esposa; llamo verdadera, porque yo y tu padre te la teníamos escogida, que la del retrato es falsa.
Cuando esto oyó Rodolfo, llevado de su amoroso y encendido deseo, y quitándole el nombre de esposo todos los estorbos que la honestidad y decencia del lugar le podian poner, se abalanzó al rostro de Leocadia, y juntando su boca con la della, estaba como esperando que se le saliese el alma para darle acogida en la suya. Pero cuando mas las lágrimas de todos por lástima crecian, y por dolor las voces se aumentaban, y los cabellos y barbas de la madre y padre de Leocadia arrancados venian á ménos, y los gritos de su hijo penetraban los cielos, volvió en sí Leocadia, y con su vuelta volvió la alegría y el contento que de los pechos de los circunstantes se habia ausentado.
Hallóse Leocadia entre los brazos de Rodolfo, y quisiera con honesta fuerza desasirse dellos; pero él le dijo:
--No, señora, no ha de ser ansí, no es bien que pugneis por apartaros de los brazos de aquel que os tiene en el alma.
Á esta razon acabó de todo en todo de cobrar Leocadia sus sentidos, y acabó Doña Estefanía de no llevar mas adelante su determinacion primera, diciendo al cura que luego desposase á su hijo con Leocadia; él lo hizo ansí, que por haber sucedido este caso en tiempo cuando con sola la voluntad de los contrayentes, sin las diligencias y prevenciones justas y santas que ahora se usan, quedaba hecho el matrimonio, no hubo dificultad que impidiese el desposorio.
El cual hecho, déjese á otra pluma y á otro ingenio mas delicado que el mio el contar la alegría universal de todos los que en él se hallaron; los abrazos que los padres de Leocadia dieron á Rodolfo; las gracias que dieron al cielo y á sus padres; los ofrecimientos de las partes; la admiracion de los camaradas de Rodolfo, que tan impensadamente vieron la misma noche de su llegada tan hermoso desposorio, y mas cuando supieron, por contarlo delante de todos Doña Estefanía, que Leocadia era la doncella que en su compañía su hijo habia robado, de que no ménos suspenso quedó Rodolfo; y por certificarse mas de aquella verdad, preguntó á Leocadia le dijese alguna señal por donde viniese en conocimiento entero de lo que no dudaba, por parecerle que sus padres lo tendrian bien averiguado.
Ella respondió:
--Cuando yo recordé y volví en mí de otro desmayo, me hallé, señor, en vuestros brazos sin honra; pero yo lo doy por bien empleado, pues al volver del que ahora he tenido, ansimismo me hallé en los brazos del de entónces, pero honrada; y si esta señal no basta, baste la de una imágen de un crucifijo, que nadie os la pudo hurtar sino yo: si es que por la mañana le echastes ménos, y si es el mismo que tiene mi señora...
--Vos lo sois de mi alma, y lo seréis los años que Dios ordenare, bien mio.
Y abrazándola de nuevo volvieron las bendiciones y parabienes que les dieron.
Vino la cena, y vinieron músicos que para esto estaban prevenidos. Vióse Rodolfo á sí mismo en el espejo del rostro de su hijo; lloraron sus cuatro abuelos de gusto; no quedó rincon en toda la casa que no fuese visitado del júbilo, del contento y de la alegría; y aunque la noche volaba con sus lijeras y negras alas, le parecia á Rodolfo que iba y caminaba no con alas, sino con muletas: tan grande era el deseo de verse á solas con su querida esposa.
Llegóse en fin la hora deseada, porque no hay fin que no le tenga. Fuéronse á acostar todos, quedó toda la casa sepultada en silencio, en el cual no quedará la verdad deste cuento, pues no lo consentirán los muchos hijos y la ilustre descendencia que en Toledo dejaron, y agora viven, estos dos venturosos desposados, que muchos y felices años gozaron de sí mismos, de sus hijos y de sus nietos, permitido todo por el cielo y por _La Fuerza de la Sangre_, que vió derramada en el suelo el valeroso, ilustre y cristiano abuelo de Luisico.
EL CELOSO ESTREMEÑO.
No ha muchos años que de un lugar de Estremadura salió un hidalgo, nacido de padres nobles, el cual como un otro pródigo, por diversas partes de España, Italia y Flándes anduvo gastando así los años como la hacienda; y al fin de muchas peregrinaciones (muertos ya sus padres y gastado su patrimonio) vino á parar á la gran ciudad de Sevilla, donde halló ocasion muy bastante para acabar de consumir lo poco que le quedaba. Viéndose pues tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio á que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse á las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (á quien llaman ciertos los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño comun de muchos y remedio particular de pocos.
En fin, llegado el tiempo en que una flota partia para Tierrafirme, acomodándose con el almirante della, aderezó su matalotaje y su mortaja de esparto, y embarcándose en Cádiz, echando la bendicion á España, zarpó la flota, y con general alegría dieron las velas al viento, que blando y próspero soplaba; el cual en pocas horas les encubrió la tierra, y les descubrió las anchas y espaciosas llanuras del gran padre de las aguas, el mar Océano.
Iba nuestro pasajero pensativo, revolviendo en su memoria los muchos y diversos peligros que en los años de su peregrinacion habia pasado, y el mal gobierno que en todo el discurso de su vida habia tenido: y sacaba de la cuenta que á sí mismo se iba tomando, una firme resolucion de mudar manera de vida, y de tener otro estilo en guardar la hacienda que Dios fuese servido de darle, y de proceder con mas recato que hasta allí con las mujeres.
La flota estaba como en calma, cuando pasaba consigo esta tormenta Felipe de Carrizales, que este es el nombre del que ha dado materia á nuestra novela. Tornó á soplar el viento, impeliendo con tanta fuerza los navíos, que no dejó nadie en sus asientos, y así le fué forzoso á Carrizales dejar sus imaginaciones, y dejarse llevar de solos los cuidados que el viaje le ofrecia, el cual viaje fué tan próspero, que sin recebir algun reves ni contraste, llegaron al puerto de Cartagena; y por concluir con todo lo que no hace á nuestro propósito, digo que la edad que tenia Felipe, cuando pasó á las Indias, seria de cuarenta y ocho años, y en veinte que en ellas estuvo, ayudado de su industria y diligencia, alcanzó á tener mas de ciento y cincuenta mil pesos ensayados.
Viéndose pues rico y próspero, tocado del natural deseo que todos tienen de volver á su patria, pospuestos grandes intereses que se le ofrecian, dejando el Perú, donde habia granjeado tanta hacienda, trayéndola toda en barras de oro y plata, y registrada, por quitar inconvenientes, se volvió á España: desembarcó en Sanlúcar; llegó á Sevilla tan lleno de años como de riquezas; sacó sus partidas sin zozobras; buscó sus amigos, hallólos todos muertos; quiso partirse á su tierra, aunque ya habia tenido nuevas que ningun pariente le habia dejado la muerte: y si cuando iba á Indias pobre y menesteroso le iban combatiendo muchos pensamientos sin dejarle sosegar un punto en mitad de las ondas del mar, no ménos ahora en el sosiego de la tierra le combatian, aunque por diferente causa; que si entónces no dormia por pobre, ahora no podia sosegar de rico: que tan pesada carga es la riqueza al que no está usado á tenerla ni saber usar della, como lo es la pobreza al que continuo la tiene. Cuidados acarrea el oro, y cuidados la falta dél; pero los unos se remedian con alcanzar alguna mediana cantidad, y los otros se aumentan miéntras mas parte se alcanza.
Contemplaba Carrizales en sus barras, no por miserable, porque en algunos años que fué soldado aprendió á ser liberal, sino en lo que habia de hacer dellas, á causa que tenerlas en sér, era cosa infructuosa; y tenerlas en casa, cebo para los codiciosos y despertador para los ladrones.
Habíase muerto en él la gana de volver al inquieto trato de las mercancías, y parecíale que conforme á los años que tenia, le sobraban dineros para pasar la vida, y quisiera pasarla en su tierra, y dar en ella su hacienda á tributo, pasando en ella los años de su vejez en quietud y sosiego, dando á Dios lo que podia, pues habia dado al mundo mas de lo que debia: por otra parte consideraba que la estrecheza de su patria era mucha, y la gente muy pobre, y que el irse á vivir á ella, era ponerse por blanco de todas las importunidades que los pobres suelen dar al rico que tienen por vecino, y mas cuando no hay otro en el lugar á quien acudir con sus miserias: quisiera tener á quien dejar sus bienes despues de sus dias, y con este deseo tomaba el pulso á su fortaleza, y parecíale que aun podia llevar la carga del matrimonio; y en viniéndole este pensamiento, le sobresaltaba un tan gran miedo, que así se le desbarataba y deshacia, como hace á la niebla el viento, porque de su natural condicion era el mas celoso hombre del mundo, aun sin estar casado, pues con solo la imaginacion de serlo, le comenzaban á ofender los celos, á fatigar las sospechas y á sobresaltar las imaginaciones, y esto con tanta eficacia y vehemencia, que de todo en todo propuso de no casarse.
Y estando resuelto en esto, y no lo estando en lo que habia de hacer de su vida, quiso su suerte que pasando un dia por una calle, alzase los ojos y viese á una ventana puesta una doncella al parecer de edad de trece á catorce años, de tan agradable rostro y tan hermosa, que sin ser poderoso para defenderse el buen viejo Carrizales, rindió la flaqueza de sus muchos años á los pocos de Leonora, que así era el nombre de la hermosa doncella; y luego sin mas detenerse, comenzó á hacer un gran monton de discursos, y hablando consigo mismo decia:
«Esta muchacha es hermosa, y á lo que muestra la presencia desta casa, no debe de ser rica, y ella es niña; sus pocos años pueden asegurar mis sospechas: casarme he con ella, encerraréla, haréla á mis mañas, y con esto no tendrá otra condicion que aquella que yo le enseñare: yo no soy tan viejo que pueda perder la esperanza de tener hijos que me hereden: de que tenga dote ó no, no hay para qué hacer caso, pues el cielo me dió para todo, y los ricos no han de buscar en sus matrimonios hacienda, sino gusto, que el gusto alarga la vida, y los disgustos entre los casados la acortan: alto pues; echada está la suerte, y esta es la que el cielo quiere que yo tenga.»
Y así hecho este soliloquio, no una vez sino ciento, al cabo de algunos dias habló con los padres de Leonora, y supo cómo, aunque pobres, eran nobles, y dándoles cuenta de su intencion y de la calidad de su persona y hacienda, les rogó muy encarecidamente le diesen por mujer á su hija. Ellos le pidieron tiempo para informarse de lo que decia, y que él tambien le tendria para enterarse ser verdad lo que de su nobleza le habian dicho.
Despidiéronse, informáronse las partes, y hallaron ser ansí lo que entrambos dijeron; y finalmente, Leonora quedó por esposa de Carrizales, habiéndola dotado primero en veinte mil ducados: tal estaba de abrasado el pecho del celoso viejo. El cual apénas dió el sí de esposo, cuando de golpe le embistió un tropel de rabiosos celos, y comenzó sin causa alguna á temblar, y á tener mayores cuidados que jamas habia tenido: y la primera muestra que dió de su condicion celosa, fué no querer que sastre alguno tomase la medida á su esposa de los muchos vestidos que pensaba hacerle; y así anduvo mirando cuál otra mujer tendria poco mas ó ménos el talle y cuerpo de Leonora, y halló una pobre á cuya medida hizo hacer una ropa, y probándosela su esposa, halló que le venia bien, y por aquella medida hizo los demas vestidos, que fueron tantos y tan ricos, que los padres de la desposada se tuvieron por mas que dichosos en haber acertado con tan buen yerno para remedio suyo y de su hija. La niña estaba asombrada de ver tantas galas, á causa que las que ella en su vida se habia puesto, no pasaban de una saya de raja y una ropilla de tafetan.
La segunda señal que dió Felipe, fué no querer juntarse con su esposa hasta tenerla puesta casa aparte, la cual aderezó en esta forma. Compró una en doce mil ducados en un barrio principal de la ciudad, que tenia agua de pié y jardin con muchos naranjos: cerró todas las ventanas que miraban á la calle, y dióles vista al cielo, y lo mismo hizo de todas las otras de casa: en el portal de la calle, que en Sevilla llaman casapuerta, hizo una caballeriza para una mula, y encima della un pajar y apartamiento, donde estuviese el que habia de curar della, que fué un negro viejo y eunuco: levantó las paredes de las azoteas de tal manera que el que entraba en la casa habia de mirar al cielo por línea recta, sin que pudiese ver otra cosa: hizo torno que de la casapuerta respondia al patio.
Compró un rico menaje para adornar la casa, de modo que por tapicerías, estrados y doseles ricos, mostraba ser de un gran señor: compró asimismo cuatro esclavas blancas, y herrólas en el rostro, y otras dos negras bozales.
Concertóse con un despensero que le trujese y comprase de comer, con condicion que no durmiese en casa, ni entrase en ella, sino hasta el torno, por el cual habia de dar lo que trujese: hecho esto, dió parte de su hacienda á censo, situada en diversas y buenas partes: otra puso en el Banco, y quedóse con alguna para lo que se le ofreciese: hizo asimismo llave maestra para toda la casa, y encerró en ella todo lo que suele comprarse en junto y en sus sazones para la provision de todo el año; y teniéndolo todo así aderezado y compuesto, se fué á casa de sus suegros, y pidió á su mujer, que se la entregaron no con pocas lágrimas, porque les pareció que la llevaban á la sepultura.
La tierna Leonora aun no sabia lo que la habia acontecido, y así llorando con sus padres, les pidió su bendicion, y despidiéndose dellos, rodeada de sus esclavas y criadas, asida de la mano de su marido, se vino á su casa, y entrando en ella les hizo Carrizales un sermon á todas, encargándoles la guarda de Leonora, y que por ninguna via ni en ningun modo dejasen entrar á nadie de la segunda puerta adentro, aunque fuese el negro eunuco: y á quien mas encargó la guarda y regalo de Leonora, fué á una dueña de mucha prudencia y gravedad, que recebió como para aya de Leonora, y para que fuese superintendente de todo lo que en la casa se hiciese, y para que mandase á las esclavas y á otras dos doncellas de la misma edad de Leonora, que para que se entretuviese con las de sus mismos años asimismo habia recebido.
Prometióles que las trataria y regalaria á todas de manera que no sintiesen su encerramiento, y que los dias de fiesta todos, sin faltar ninguno, irian á oir misa, pero tan de mañana, que apénas tuviese la luz lugar de verlas. Prometiéronle las criadas y esclavas de hacer todo aquello que les mandaba, sin pesadumbre, con pronta voluntad y buen ánimo: y la nueva esposa, encogiendo los hombros, bajó la cabeza, y dijo que ella no tenia otra voluntad que la de su esposo y señor, á quien estaba siempre obediente.
Hecha esta prevencion, y recogido el buen estremeño en su casa, comenzó á gozar como pudo los frutos del matrimonio, los cuales á Leonora, como no tenia esperiencia de otros, ni eran gustosos ni desabridos, y así pasaba el tiempo con su dueña, doncellas y esclavas; y ellas por pasarle mejor dieron en ser golosas, y pocos dias se pasaban sin hacer mil cosas, á quien la miel y el azúcar hacen sabrosas. Sobrábales para esto en grande abundancia lo que habian menester, y no ménos sobraba en su amo la voluntad de dárselo, pareciéndole que con ello las tenia entretenidas y ocupadas, sin tener lugar donde ponerse á pensar en su encerramiento.
Leonora andaba á lo igual con sus criadas, y se entretenia en lo mismo que ellas, y aun dió con su simplicidad en hacer muñecas, y en otras niñerías que mostraban la llaneza de su condicion y la terneza de sus años: todo lo cual era de grandísima satisfaccion para el celoso marido, pareciéndole que habia acertado á escoger la vida mejor que se la supo imaginar, y que por ninguna via la industria ni la malicia humana podia perturbar su sosiego; y así solo se desvelaba en traer regalos á su esposa, y en acordarle le pidiese todos cuantos le viniesen al pensamiento, que de todos seria servida.
Los dias que iba á misa, que como está dicho era entre dos luces, venian sus padres, y en la iglesia hablaban á su hija delante de su marido, el cual les daba tantas dádivas, que aunque tenian lástima de su hija por la estrecheza en que vivia, la templaban con las muchas dádivas que Carrizales, su liberal yerno, les daba.
Levantábase de mañana, y aguardaba á que el despensero viniese, á quien de la noche ántes por una cédula que ponian en el torno, le avisaban lo que habia de traer otro dia, y en viniendo el despensero, salia de casa Carrizales las mas veces á pié, dejando cerradas las dos puertas, la de la calle y la de en medio, y entre las dos quedaba el negro.
Íbase á sus negocios, que eran pocos, y con brevedad daba la vuelta, y encerrándose, se entretenia en regalar á su esposa y acariciar á sus criadas, que todas le querian bien por ser de condicion llana y agradable; y sobre todo, por mostrarse tan liberal con todas.
Desta manera pasaron un año de noviciado, y hicieron profesion en aquella vida, determinándose de llevarla hasta el fin de las suyas; y así fuera, si el sagaz perturbador del género humano no lo estorbara, como ahora oiréis.
Dígame ahora el que se tuviere por mas discreto y recatado: ¿qué mas prevenciones para su seguridad podia haber hecho el anciano Felipe, pues aun no consintió que dentro de su casa hubiese algun animal que fuese varon? Á los ratones della jamas los persiguió gato, ni en ella se oyó ladrido de perro, todos eran del género femenino: de dia pensaba, y de noche no dormia: él era la ronda y centinela de su casa, y el Argos de lo que bien queria: jamas entró hombre de la puerta adentro del patio: con sus amigos negociaba en la calle: las figuras de los paños que sus salas y cuadros adornaban, todas eran hembras, flores y boscajes: toda su casa olia á honestidad, recogimiento y recato, aun hasta en las consejas, que en las largas noches del invierno en la chimenea sus criadas contaban; por estar él presente en ninguna ningun género de lascivia se descubria: la plata de las canas del viejo á los ojos de Leonora parecian cabellos de oro puro, porque el amor primero que las doncellas tienen se les imprime en el alma, como el sello en la cera: su demasiada guarda le parecia advertido recato: pensaba y creia que lo que ella pasaba, pasaban todas las recien casadas: no se desmandaban sus pensamientos á salir de las paredes de su casa, ni su voluntad deseaba otra cosa mas de aquella que la de su marido queria: solo los dias que iba á misa veia las calles, y esto era tan de mañana, que si no era al volver de la iglesia, no habia luz para mirallas.
No se vió monasterio tan cerrado, ni monjas mas recogidas, ni manzanas de oro tan guardadas; y con todo esto, no pudo en ninguna manera prevenir ni escusar de caer en lo que recelaba: á lo ménos en pensar que habia caido.
Hay en Sevilla un género de gente ociosa y holgazana, á quien comunmente suelen llamar gente de barrio: estos son los hijos de vecino de cada colacion y de los mas ricos della, gente baldía, atildada y melíflua; de la cual, y de su traje y manera de vivir, de su condicion y de las leyes que guardan entre sí, habia mucho que decir; pero por buenos respetos se deja.
Uno destos galanes pues, que entre ellos es llamado virote, mozo soltero (que á los recien casados llaman matones), acertó á mirar la casa del recatado Carrizales; y viéndola siempre cerrada, le tomó gana de saber quién vivia dentro; y con tanto ahinco y curiosidad hizo la diligencia, que de todo en todo vino á saber lo que deseaba.
Supo la condicion del viejo, la hermosura de su esposa, y el modo que tenia en guardarla: todo lo cual le encendió el deseo de ver si seria posible espugnar por fuerza ó por industria fortaleza tan guardada: y comunicándolo con dos virotes y un maton, sus amigos, acordaron que se pusiese por obra; que nunca para tales obras faltan consejeros y ayudadores.
Dificultaban el modo que se tendria para intentar tan dificultosa hazaña; y habiendo entrado en bureo muchas veces, convinieron en esto: que fingiendo Loaysa, que así se llamaba el virote, que iba fuera de la ciudad por algunos dias, se quitase de los ojos de sus amigos, como lo hizo; y hecho esto, se puso unos calzones de lienzo limpio, y camisa limpia, pero encima se puso unos vestidos tan rotos y remendados, que ningun pobre en toda la ciudad los traia tan astrosos: quitóse un poco de barba que tenia, cubrióse un ojo con un parche, vendóse una pierna estrechamente, y arrimándose á dos muletas, se convirtió en un pobre tullido, tal que el mas verdadero estropeado no se le igualaba.