Part 24
Vino pues la noche, y la hora acostumbrada de acudir al torno, donde vinieron todas las criadas de casa, grandes y chicas, negras y blancas, porque todas estaban deseosas de ver dentro de su serrallo al señor músico; pero no vino Leonora, y preguntando Loaysa por ella, le respondieron que estaba acostada con su velado, el cual tenia cerrada la puerta del aposento donde dormia con llave, y despues de haber cerrado, se la ponia debajo de la almohada, y que su señora les habia dicho que en durmiéndose el viejo, haria por tomarle la llave maestra, y sacarla en cera, que ya llevaba preparada y blanda, y que de allí á un poco habian de ir á requerirla por una gatera.
Maravillado quedó Loaysa del recato del viejo; pero no por esto se le desmayó el deseo, y estando en esto oyó la trompa de Paris: acudió al puesto, halló á sus amigos que le dieron un botecico de ungüento de la propiedad que le habian significado: tomólo Loaysa y díjoles que esperasen un poco, que les daria la muestra de la llave: volvióse al torno, y dijo á la dueña, que era la que con mas ahinco mostraba desear su entrada, que se lo llevase á la señora Leonora, diciéndole la propiedad que tenia, y que procurase untar á su marido con tal tiento que no lo sintiese, y que veria maravillas. Hízolo así la dueña, y llegándose á la gatera, halló que estaba Leonora esperando tendida en el suelo de largo á largo, puesto el rostro en la gatera. Llegó la dueña, y tendiéndose de la misma manera, puso la boca en el oido de su señora, y con voz baja le dijo que traia el ungüento, y de la manera que habia de probar su virtud. Ella tomó el ungüento, y respondió á la dueña como en ninguna manera podia tomar la llave á su marido, porque no la tenia debajo de la almohada como solia, sino entre los dos colchones y casi debajo de la mitad de su cuerpo; pero que dijese al maese que si el ungüento obraba como él decia, con facilidad sacarian la llave todas las veces que quisiesen, y ansí no seria necesario sacarla en cera: dijo que fuese á decirlo luego, y volviese á ver lo que el ungüento obraba, porque luego le pensaba untar á su velado.
Bajó la dueña á decirlo al maese Loaysa, y él despidió á sus amigos que esperando la llave estaban. Temblando y pasito, y casi sin osar despedir el aliento de la boca, llegó Leonora á untar los pulsos del celoso marido, y asimismo le untó las ventanas de las narices, y cuando á ellas le llegó, le parecia que se estremecia, y ella quedó mortal, pareciéndole que la habia cogido en el hurto. En efeto, como mejor pudo le acabó de untar todos los lugares que le dijeron ser necesarios, que fué lo mismo que haberle embalsamado para la sepultura.
Poco espacio tardó el alopiado ungüento en dar manifiestas señales de su virtud, porque luego comenzó á dar el viejo tan grandes ronquidos, que se pudieran oir en la calle: música á los oidos de su esposa mas acordada que la del maese de su negro; y aun mal segura de lo que veia, se llegó á él, y le estremeció un poco, y luego mas, y luego otro poquito mas por ver si despertaba; y á tanto se atrevió que le volvió de una parte á otra sin que despertase: como vió esto, se fué á la gatera de la puerta, y con voz tan baja como la primera llamó á la dueña que allí la estaba esperando, y le dijo:
--Dáme albricias, hermana, que Carrizales duerme mas que un muerto.
--Pues ¿á qué aguardas á tomar la llave, señora? dijo la dueña; mira que está el músico aguardándola mas ha de una hora.
--Espera, hermana, que ya voy por ella, respondió Leonora.
Y volviendo á la cama, metió la mano por entre los colchones, y sacó la llave de en medio dellos, sin que el viejo lo sintiese; y tomándola en sus manos, comenzó á dar brincos de contento, y sin mas esperar abrió la puerta, y la presentó á la dueña, que la recebió con la mayor alegría del mundo.
Mandó Leonora que fuese á abrir al músico, y que le trujese á los corredores, porque ella no osaba quitarse de allí por lo que podia suceder; pero que ante todas cosas hiciese que de nuevo ratificase el juramento que habia hecho de no hacer mas de lo que ellas le ordenasen, y que si no le quisiese confirmar y hacer de nuevo, en ninguna manera le abriesen.
--Así será, dijo la dueña, y á fe que no ha de entrar si primero no jura y rejura, y besa la cruz seis veces.
--No le pongas tasa, dijo Leonora, bésela él, y sean las veces que quisiere; pero mira que jure por la vida de sus padres, y por todo aquello que bien quiere, porque con esto estaremos seguras, y nos hartaremos de oir cantar y tañer, que en mi ánima que lo hace delicadamente; y anda, no te detengas mas, porque no se nos pase la noche en pláticas.
Alzóse las faldas la buena dueña, y con no vista lijereza se puso en el torno, donde estaba toda la gente de la casa esperando, y habiéndoles mostrado la llave que traia, fué tanto el contento de todas, que la alzaron en peso como á catedrático, diciendo: viva, viva; y mas cuando les dijo que no habia necesidad de contrahacer la llave, porque segun el untado viejo dormia, bien se podian aprovechar de la de casa todas las veces que la quisiesen.
--Ea pues, amiga, dijo una de las doncellas, ábrase esa puerta, y entre este señor, que ha mucho que aguarda, y démonos un verde de música, que no haya mas que ver.
--Mas ha de haber que ver, replicó la dueña, que le hemos de tomar juramento como la otra noche.
--Él es tan bueno, dijo una de las esclavas, que no reparará en juramentos.
Abrió en esto la dueña la puerta, y teniéndola entreabierta, llamó á Loaysa que todo lo habia estado escuchando por el agujero del torno, el cual llegándose á la puerta, quiso entrarse de golpe; mas poniéndole la dueña la mano en el pecho, le dijo:
--Sabrá vuesa merced, señor mio, que en Dios y en mi conciencia todas las que estamos dentro de las puertas desta casa somos doncellas como las madres que nos parieron, escepto mi señora, y aunque yo debo de parecer de cuarenta años, no teniendo treinta cumplidos, porque les faltan dos meses y medio, tambien lo soy, mal pecado; y si acaso parezco vieja, corrimientos, trabajos y desabrimientos echan un cero á los años, y á veces dos, segun se les antoja: y siendo esto ansí, como lo es, no seria razon que á trueco de oir dos, ó tres, ó cuatro cantares, nos pusiésemos á perder tanta virginidad como aquí se encierra; porque hasta esta negra, que se llama Guiomar, es doncella. Así que, señor de mi corazon, vuesa merced nos ha de hacer, primero que entre en nuestro reino, un muy solene juramento de que no ha de hacer mas de lo que nosotras le ordenáremos, y si le parece que es mucho lo que se le pide, considere que es mucho mas lo que se aventura: y si es que vuesa merced viene con buena intencion, poco le ha de doler el jurar, que al buen pagador no le duelen prendas.
--Bien y rebien ha dicho la señora Marialonso, dijo una de las doncellas, en fin como persona discreta y que está en las cosas como se debe, y si es que el señor no quiere jurar, no entre acá dentro.
Á esto dijo Guiomar la negra, que no era muy ladina:
--Por mí, mas que nunca jura, entre con todo diablo, que aunque mas jura, si acá estás todo olvida.
Oyó con gran sosiego Loaysa la arenga de la señora Marialonso, y con grave reposo y autoridad respondió:
--Por cierto, señoras hermanas y compañeras mias, que nunca mi intento fué, es, ni será otro que daros gusto y contento en cuanto mis fuerzas alcanzaren; y así no se me hará cuesta arriba este juramento que me piden; pero quisiera yo que se fiara algo de mi palabra, porque dada de tal persona como yo soy, era lo mismo que hacer una obligacion guarentigia; y quiero hacer saber á vuesa merced que debajo del sayal hay al, y que debajo de mala capa suele estar un buen bebedor; mas para que todas estén seguras de mi buen deseo, determino de jurar como católico y buen varon: y así juro por la intemerata eficacia donde mas santa y largamente se contiene, y por las entradas y salidas del santo Líbano monte, y por todo aquello que en su proemio encierra la verdadera historia de Carlomagno, con la muerte del gigante Fierabras, de no salir ni pasar del juramento hecho, y del mandamiento de la mas mínima y desechada destas señoras, so pena que si otra cosa hiciere ó quisiere hacer, desde ahora para entónces, y desde entónces para ahora lo doy por nulo, y no hecho ni valedero.
Aquí llegaba con su juramento el buen Loaysa, cuando una de las doncellas que con atencion le habia estado escuchando, dió una gran voz, diciendo:
--Este sí que es juramento para enternecer las piedras; mal haya yo, si mas quiero que jures, pues con solo lo jurado podias entrar en la misma sima de Cabra.
Y asiéndole de los gregüescos le metió dentro, y luego todas las demas se le pusieron á la redonda. Luego fué una á dar las nuevas á su señora, la cual estaba haciendo centinela al sueño de su esposo, y cuando la mensajera le dijo que ya subia el músico, se alegró y se turbó en un punto, y preguntó si habia jurado. Respondióle que sí, y con la mas nueva forma de juramento que en su vida habia visto.
--Pues si ha jurado, dijo Leonora, asido le tenemos: ¡oh qué avisada que anduve en hacelle que jurase!
En esto llegó toda la caterva junta, y el músico en medio, alumbrándolos el negro y Guiomar la negra. Y viendo Loaysa á Leonora, hizo muestras de arrojársele á los piés para besarle las manos. Ella, callando y por señas, le hizo levantar, y todas estaban como mudas sin osar hablar, temerosas que su señor las oyese: lo cual considerado por Loaysa, les dijo que bien podian hablar alto, porque el ungüento con que estaba untado su señor tenia tal virtud, que fuera de quitar la vida, ponia á un hombre como muerto.
--Así lo creo yo, dijo Leonora; que si así no fuera, ya él hubiera despertado veinte veces, segun le hacen de sueño lijero sus muchas indisposiciones; pero despues que le unté, ronca como un animal.
--Pues eso es así, dijo la dueña, vámonos á aquella sala frontera, donde podremos oir cantar aquí al señor, y regocijarnos un poco.
--Vamos, dijo Leonora; pero quédese aquí Guiomar por guarda, que nos avise si Carrizales despierta.
Á lo cual respondió Guiomar:
--Yo, negra, quedo, blancas van, Dios perdone á todas.
Quedóse la negra, fuéronse á la sala, donde habia un rico estrado, y cogiendo al señor en medio, se sentaron todas. Y tomando la buena Marialonso una vela, comenzó á mirar de arriba abajo al bueno del músico, y una decia: ¡Ay qué copete que tiene tan lindo y tan rizado! otra: ¡Ay qué blancura de dientes! ¡mal año para piñones mondados, que mas blancos ni mas lindos sean! otra: ¡Ay qué ojos tan grandes y tan rasgados; y por el siglo de mi madre, que son verdes, que no parecen sino que son de esmeraldas! Esta alababa la boca, aquella los piés, y todas juntas hicieron del una menuda anatomía y pepitoria. Sola Leonora callaba, y le miraba, y le iba pareciendo de mejor talle que su velado. En esto la dueña tomó la guitarra que tenia el negro, y se la puso en las manos de Loaysa, rogándole que la tocase, y que cantase unas coplillas que entónces andaban muy validas en Sevilla, que decian:
_Madre, la mi madre,_ _Guardas me poneis._
Cumplióle Loaysa su deseo. Levantáronse todas, y se comenzaron á hacer pedazos bailando. Sabia la dueña las coplas, y cantólas con mas gusto que buena voz, y fueron estas:
_Madre, la mi madre,_ _Guardas me poneis;_ _Que si yo no me guardo,_ _No me guardaréis._
Dicen que está escrito, Y con gran razon, Ser la privacion Causa de apetito: Crece en infinito Encerrado amor, Por eso es mejor Que no me encerreis: _Que si yo_, etc.
Si la voluntad Por sí no se guarda, No la harán la guarda Miedo ó calidad: Romperá en verdad Por la misma muerte, Hasta hallar la suerte Que vos no entendeis. _Que si yo_, etc.
Quien tiene costumbre De ser amorosa, Como mariposa Se irá tras su lumbre, Aunque muchedumbre De guardas le pongan, Y aunque mas propongan De hacer lo que haceis: _Que si yo_, etc.
Es de tal manera La fuerza amorosa, Que á la mas hermosa La vuelve en quimera: El pecho de cera, De fuego la gana, Las manos de lana, De fieltro los piés. _Que si yo no me guardo,_ _Mal me guardaréis._
Al fin llegaban de su canto y baile el corro de las mozas, guiado por la buena dueña, cuando llegó Guiomar la centinela, toda turbada, hiriendo de pié y de mano como si tuviera alferecía, y con voz entre ronca y bajo, dijo:
--Despierto señor, señora; y señora, despierto señor, y levantas y viene.
Quien ha visto banda de palomas estar comiendo en el campo sin miedo lo que ajenas manos sembraron, que al furioso estrépito de disparada escopeta se azora y levanta, y olvidada del pasto, confusa y atónita cruza por los aires: tal se imagine que quedó la banda y corro de las bailadoras pasmadas y temerosas, oyendo la no esperada nueva que Guiomar habia traido; y procurando cada una su disculpa y todas juntas su remedio, cuál por una, y cuál por otra parte, se fueron á esconder por los desvanes y rincones de la casa, dejando solo al músico, el cual dejando la guitarra y el canto, lleno de turbacion no sabia qué hacerse.
Torcia Leonora sus hermosas manos: abofeteábase el rostro, aunque blandamente, la señora Marialonso. En fin, todo era confusion, sobresalto y miedo. Pero la dueña, como mas astuta y reportada, dió órden que Loaysa se entrase en un aposento suyo, y que ella y su señora se quedarian en la sala, que no faltaria escusa que dar á su señor, si allí las hallase.
Escondióse luego Loaysa, y la dueña se puso atenta á escuchar si su amo venia, y no sintiendo rumor alguno, cobró ánimo, y poco á poco, paso ante paso se fué llegando al aposento donde su señor dormia, y oyó que roncaba como primero, y asegurada de que dormia, alzó las faldas y volvió corriendo á pedir albricias á su señora del sueño de su amo, la cual se las mandó de muy entera voluntad.
No quiso la buena dueña perder la coyuntura que la suerte le ofrecia de gozar primero que todas las gracias que ella se imaginaba que debia tener el músico; y así, diciéndole á Leonora que esperase en la sala en tanto que iba á llamarlo, la dejó y se entró donde él estaba no ménos confuso que pensativo, esperando las nuevas de lo que hacia el viejo untado: maldecia la falsedad del ungüento, y quejábase de la credulidad de sus amigos y del poco advertimiento que habia tenido en no hacer primero la esperiencia en otro, ántes de hacerla en Carrizales.
En esto llegó la dueña, y le aseguró que el viejo dormia á mas y mejor: sosegó el pecho, y estuvo atento á muchas palabras amorosas que Marialonso le dijo, de las cuales coligió la mala intencion suya, y propuso en sí de ponerla por anzuelo para pescar á su señora. Y estando los dos en sus pláticas, las demas criadas que estaban escondidas por diversas partes de la casa, una de aquí otra de allí, volvieron á ver si era verdad que su amo habia despertado, y viendo que todo estaba sepultado en silencio, llegaron á la sala donde habian dejado á su señora, de la cual supieron el sueño de su amo, y preguntándole por el músico y por la dueña, les dijo dónde estaban, y todas con el mismo silencio que habian traido, se llegaron á escuchar por entre las puertas lo que entrambos trataban.
No faltó de la junta Guiomar la negra; el negro sí, porque así como oyó que su amo habia despertado, se abrazó con su guitarra, y se fué á esconder en su pajar, y cubierto con la manta de su pobre cama sudaba y trasudaba de miedo; y con todo eso no dejaba de tentar las cuerdas de la guitarra: tanta era (encomendado él sea á Satanas) la aficion que tenia á la música.
Entreoyeron las mozas los requiebros de la vieja, y cada una le dijo el nombre de las pascuas: ninguna la llamó vieja, que no fuese con su epíteto y adjetivo de hechicera y de barbuda, de antojadiza, y de otros que por buen respeto se callan; pero lo que mas risa causara á quien entónces las oyera, eran las razones de Guiomar la negra, que por ser portuguesa, y no muy ladina, era estraña la gracia con que la vituperaba. En efeto, la conclusion de la plática de los dos fué que él condescenderia con la voluntad della, cuando ella primero le entregase á toda su voluntad á su señora.
Cuesta arriba se le hizo á la dueña ofrecer lo que el músico pedia; pero á trueco de cumplir el deseo que ya se le habia apoderado del alma, y de los huesos y médulas del cuerpo, le prometiera los imposibles que pudieran imaginarse: dejóle, y salió á hablar á su señora; y como vió su puerta rodeada de todas las criadas, les dijo que se recogiesen á sus aposentos, que otra noche habria lugar para gozar con ménos ó con ningun sobresalto del músico, que ya aquella noche el alboroto les habia aguado el gusto.
Bien entendieron todas que la vieja se queria quedar sola; pero no pudieron dejar de obedecerla, porque las mandaba á todas. Fuéronse las criadas, y ella acudió á la sala á persuadir á Leonora acudiese á la voluntad de Loaysa, con una larga y tan concertada arenga, que pareció que de muchos dias la tenia estudiada: encarecióle su gentileza, su valor, su donaire y sus muchas gracias: pintóle de cuánto mas gusto le serian los abrazos del amante mozo, que los del marido viejo, asegurándole el secreto y la duracion del deleite, con otras cosas semejantes á estas, que el demonio le puso en la lengua, llenas de colores retóricos, tan demostrativos y eficaces, que movieran, no solo el corazon tierno y poco advertido de la simple é incauta Leonora, sino el de un endurecido mármol. ¡Oh dueñas, nacidas y usadas en el mundo para perdicion de mil recatadas y buenas intenciones! ¡Oh luengas y repulgadas tocas, escogidas para autorizar las salas y los estrados de señoras principales, y cuán al reves de lo que debíades usais de vuestro casi ya forzoso oficio! En fin, tanto dijo la dueña, tanto persuadió la dueña, que Leonora se rindió, Leonora se engañó, y Leonora se perdió, dando en tierra con todas las prevenciones del discreto Carrizales, que dormia el sueño de la muerte de su honra.
Tomó Marialonso por la mano á su señora, y casi por fuerza, preñados de lágrimas los ojos, la llevó donde Loaysa estaba, y echándoles la bendicion con una risa falsa de demonio, cerrando tras sí la puerta, los dejó encerrados, y ella se puso á dormir en el estrado, ó por mejor decir á esperar su contento de recudida. Pero como el desvelo de las pasadas noches la venciese, se quedó dormida en el estrado.
Bueno fuera en esta sazon preguntar á Carrizales, á no saber que dormia, que ¿adónde estaban sus advertidos recatos, sus recelos, sus advertimientos, sus persuasiones, los altos muros de su casa, el no haber entrado en ella ni aun en sombra álguien que tuviese nombre de varon, el torno estrecho, las gruesas paredes, las ventanas sin luz, el encerramiento notable, la gran dote en que á Leonora habia dotado, los regalos continuos que la hacia, el buen tratamiento de sus criadas y esclavas, el no faltar un punto á todo aquello que él imaginaba que habian menester y que podian desear? Pero ya queda dicho que no habia para qué preguntárselo, porque dormia mas de aquello que fuera menester: y si él lo oyera, y acaso respondiera, no podia dar mejor respuesta que encoger los hombros, enarcar las cejas y decir: todo aqueso derribó por los fundamentos la astucia, á lo que yo creo, de un mozo holgazan y vicioso, y la malicia de una falsa dueña, con la inadvertencia de una muchacha rogada y persuadida: libre Dios á cada uno de tales enemigos, contra los cuales no hay escudo de prudencia que defienda, ni espada de recato que corte.
Pero con todo esto, el valor de Leonora fué tal, que en el tiempo que mas le convenia, le mostró contra las fuerzas villanas de su astuto engañador, pues no fueron bastantes á vencerla, y él se cansó en balde, y ella quedó vencedora, y entrambos dormidos. Y en esto ordenó el cielo que á pesar del ungüento Carrizales despertase, y como tenia de costumbre, tentó la cama por todas partes, y no hallando en ella á su querida esposa, saltó de la cama despavorido y atónito, con mas lijereza y denuedo que sus muchos años prometian; y cuando en el aposento no halló á su esposa, y le vió abierto, y que le faltaba la llave de entre los colchones, pensó perder el juicio; pero reportándose un poco salió al corredor, y de allí andando pié ante pié por no ser sentido, llegó á la sala donde la dueña dormia, y viéndola sola sin Leonora, fué al aposento de la dueña, y abriendo la puerta muy quedo, vió lo que nunca quisiera haber visto: vió lo que diera por bien empleado no tener ojos para verlo: vió á Leonora en brazos de Loaysa, durmiendo tan á sueño suelto, como si en ellos obrara la virtud del ungüento y no en el celoso anciano.
Sin pulsos quedó Carrizales con la amarga vista de lo que miraba, la voz se le pegó á la garganta, los brazos se le cayeron de desmayo, y quedó hecho una estatua de mármol frio; y aunque la cólera hizo su natural oficio, avivándole los casi muertos espíritus, pudo tanto el dolor, que no le dejó tomar aliento; y con todo eso tomara la venganza que aquella grande maldad requeria, si se hallara con armas para poder tomarla: y así determinó volverse á su aposento á tomar una daga, y volver á sacar las manchas de su honra con sangre de sus dos enemigos, y aun con toda aquella de toda la gente de su casa. Con esta determinacion honrosa y necesaria volvió, con el mismo silencio y recato que habia venido, á su estancia, donde le apretó el corazon tanto el dolor y la angustia, que sin ser poderoso á otra cosa, se dejó caer desmayado sobre el lecho.
Llegóse en esto el dia, y cogió á los nuevos adúlteros enlazados en la red de sus brazos. Despertó Marialonso, y quiso acudir por lo que á su parecer le tocaba, pero viendo que era tarde, quiso dejarlo para la venidera noche. Alborotóse Leonora viendo tan entrado el dia, y maldijo su descuido y el de la maldita dueña, y las dos con sobresaltados pasos fueron donde estaba su esposo, rogando entre dientes al cielo que le hallasen todavía roncando; y cuando le vieron encima de la cama callando, creyeron que todavía obraba la untura, pues dormia, y con gran regocijo abrazaron la una á la otra. Llegóse Leonora á su marido, y asiéndole de un brazo, le volvió de un lado á otro por ver si despertaba sin ponerles en necesidad de lavarle con vinagre, como decian era menester para que en sí volviese. Pero volvió Carrizales de su desmayo, y dando un profundo suspiro, con una voz lamentable y desmayada dijo:
--¡Desdichado de mí, y á que tristes términos me ha traido mi fortuna!
No entendió bien Leonora lo que dijo su esposo, mas como le vió despierto y que hablaba, admirada de ver que la virtud del ungüento no duraba tanto como habian significado, se llegó á él, y poniendo su rostro con el suyo, teniéndole estrechamente abrazado, le dijo:
--¿Qué teneis, señor mio, que me parece que os estais quejando?
Oyó la voz de la dulce enemiga suya el desdichado viejo, y abriendo los ojos desencajadamente, como atónito y embelesado, los puso en ella, y con grande ahinco, sin mover pestaña la estuvo mirando una gran pieza, al cabo de la cual le dijo:
--Hacedme placer, señora, que luego luego envieis á llamar á vuestros padres de mi parte, porque siento no sé qué en el corazon, que me da grandísima fatiga, y temo que brevemente me ha de quitar la vida, y querríalos ver ántes que me muriese.
Sin duda creyó Leonora ser verdad lo que su marido le decia, pensando ántes que la fortaleza del ungüento, y no lo que habia visto, le tenia en aquel trance; y respondiéndole que haria lo que la mandaba, mandó al negro que luego al punto fuese á llamar á sus padres; y abrazándose con su esposo, le hacia las mayores caricias que jamas le habia hecho, preguntándole qué era lo que sentia, con tan tiernas y amorosas palabras, como si fuera la cosa del mundo que mas amaba. Él la miraba con el embelesamiento que se ha dicho, siéndole cada palabra ó caricia que le hacia, una lanzada que le atravesaba el alma.