Novelas ejemplares

Part 19

Chapter 194,126 wordsPublic domain

Quisieron algunos esperimentar si era verdad lo que decia, y así le preguntaron muchas y difíciles cosas, á las cuales respondió espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio, cosa que causó admiracion á los mas letrados de la universidad y á los profesores de la medicina y filosofía, viendo que en un sugeto donde se contenia tan estraordinaria locura como el pensar que fuese de vidrio, se encerrase tan grande entendimiento, que respondiese á toda pregunta con propiedad y agudeza.

Pidió Tomas le diesen alguna funda donde pusiese aquel vaso quebradizo de su cuerpo, porque al vestirse algun vestido estrecho no se quebrase; y así le dieron una ropa parda y una camisa muy ancha, que él se vistió con mucho tiento y se ciñó con una cuerda de algodon: no quiso zapatos en ninguna manera, y el órden que tuvo para que le diesen de comer sin que á él llegasen, fué poner en la punta de una vara una vasera de orinal, en la cual le ponian alguna cosa de fruta de las que la sazon del tiempo les ofrecia: carne ni pescado no lo queria; no bebia sino en fuente ó en rio, y esto con las manos: cuando andaba por las calles, iba por la mitad dellas, mirando á los tejados, temeroso no le cayese alguna teja encima y le quebrase: los veranos dormia en el campo á cielo abierto, y los inviernos se metia en algun meson, y en el pajar se enterraba hasta la garganta, diciendo que aquella era la mas propia y mas segura cama que podian tener los hombres de vidrio: cuando tronaba, temblaba como un azogado, y se salia al campo y no entraba en poblado hasta haber pasado la tempestad; tuviéronle encerrado sus amigos mucho tiempo, pero viendo que su desgracia pasaba adelante, determinaron de condescender con lo que él les pedia, que era le dejasen andar libre, y así le dejaron, y él salió por la ciudad causando admiracion y lástima á todos los que le conocian. Cercáronle luego los muchachos; pero él con la vara los detenia y les rogaba le hablasen apartados, porque no se quebrase, que por ser hombre de vidrio era muy tierno y quebradizo. Los muchachos, que son la mas traviesa generacion del mundo, á despecho de sus ruegos y voces le comenzaron á tirar trapos y aun piedras, por ver si era de vidrio como él decia; pero él daba tantas voces y hacia tales estremos, que movia á los hombres á que riñesen y castigasen á los muchachos porque no le tirasen. Mas un dia, que le fatigaron mucho, se volvió á ellos diciendo:

--¿Qué me quereis, muchachos, porfiados como moscas, sucios como chinches, atrevidos como pulgas? ¿Soy yo por ventura el monte Testacho de Roma para que me tireis tantos tiestos y tejas?

Por oirle reñir y responder á todos, le seguian siempre muchos, y los muchachos tomaron y tuvieron por mejor partido ántes oille que tiralle.

Pasando pues una vez por la ropería de Salamanca, le dijo una ropera:

--En mi ánima, señor Licenciado, que me pesa de su desgracia; pero ¿qué haré que no puedo llorar?

Él se volvió á ella, y muy mesurado le dijo:

--_Filiæ Hierusalem, plorate super vos, et super filios vestros_.

Entendió el marido de la ropera la malicia del dicho, y díjole:

--Hermano licenciado Vidriera (que así decia él que se llamaba), mas teneis de bellaco que de loco.

--No se me da un ardite, respondió él, como no tenga nada de necio.

Pasando un dia por la casa llana y venta comun[1], vió que estaban á la puerta della muchas de sus moradoras, y dijo que eran bagajes del ejército de Satanas, que estaban alojados en el meson del infierno.

Preguntóle uno, que qué consejo ó consuelo daria á un amigo suyo que estaba muy triste porque su mujer se le habia ido con otro.

Á lo cual respondió:

--Díle que dé gracias á Dios por haber permitido le llevasen de casa á su enemigo.

--Luego ¿no irá á buscarla? dijo el otro.

--Ni por pienso, replicó Vidriera, porque seria el hallarla hallar un perpetuo y verdadero testigo de su deshonra.

--Ya que eso sea así, dijo el mismo, ¿qué haré yo para tener paz con mi mujer?

Respondióle:

--Dále lo que hubiere menester; déjala que mande á todos los de tu casa, pero no sufras que ella te mande á tí.

Díjole un muchacho:

--Señor licenciado Vidriera, yo me quiero desgarrar de mi padre, porque me azota muchas veces.

Y respondióle:

--Advierte, niño, que los azotes que los padres dan á los hijos honran, y los del verdugo afrentan.

Estando á la puerta de una iglesia, vió que entraba un labrador de los que siempre blasonan de cristianos viejos, y detras venia uno que no estaba en tan buena opinion como el primero, y el Licenciado dió grandes voces al labrador, diciendo:

--Esperad, Domingo, á que pase el sábado.

De los maestros de escuela decia que eran dichosos, pues trataban siempre con ángeles dichosísimos, si los angelitos no fueran mocosos.

Otro le preguntó, que qué le parecia de las alcahuetas. Respondió que no lo eran las apartadas, sino las vecinas.

Las nuevas de su locura y de sus respuestas y dichos, se estendieron por toda Castilla, y llegando á noticia de un príncipe ó señor que estaba en la corte, quiso enviar por él, y encargóselo á un caballero amigo suyo que estaba en Salamanca, que se lo enviase, y topándole el caballero un dia, le dijo:

--Sepa el señor licenciado Vidriera, que un gran personaje de la corte le quiere ver y envía por él.

Á lo cual respondió:

--Vuesa mercé me escuse con ese señor, que yo no soy bueno para palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear.

Con todo esto, el caballero le envió á la corte, y para traerle usaron con él desta invencion: pusiéronle en unas argueñas de paja, como aquellas donde llevan el vidrio, igualando los tercios con piedras, y entre paja puestos algunos vidrios, porque se diese á entender que como vaso de vidrio le llevaban.

Llegó á Valladolid, donde en aquel tiempo estaba la corte; entró de noche y desembanastáronle en la casa del señor que habia enviado por él, de quien fué muy bien recebido, diciéndole:

--Sea muy bien venido el señor licenciado Vidriera: ¿cómo ha ido en el camino? ¿Cómo va de salud?

Á lo cual respondió:

--Ningun camino hay malo como se acabe, sino es el que va á la horca: de salud estoy neutral, porque están encontrados mis pulsos con mi celebro.

Otro dia, habiendo visto en muchas alcándaras muchos neblíes y otros pájaros de volatería, dijo que la caza de altanería era digna de príncipes y de grandes señores; pero que advirtiesen, que con ella echaba el gusto censo sobre el provecho á mas de dos mil por uno. La caza de liebres dijo que era muy gustosa, y mas cuando se cazaba con galgos prestados.

El caballero gustó de su locura, y dejóle salir por la ciudad debajo del amparo y guarda de un hombre que tuviese cuenta que los muchachos no le hiciesen mal, de los cuales y de toda la corte fué conocido en seis dias, y á cada paso, en cada calle y en cualquiera esquina, respondia á todas las preguntas que le hacian, entre las cuales le preguntó un estudiante si era poeta, porque le parecia que tenia ingenio para todo. Á lo cual respondió:

--Hasta ahora no he sido tan necio ni tan venturoso.

--No entiendo eso de necio y venturoso, dijo el estudiante.

Y respondió Vidriera:

--No he sido tan necio que diese en poeta malo, ni tan venturoso que haya merecido serlo bueno.

Preguntóle otro estudiante que en qué estimacion tenia á los poetas. Respondió que á la ciencia en mucha, pero que á los poetas en ninguna. Replicáronle que por qué decia aquello. Respondió que del infinito número de poetas que habia, eran tan pocos los buenos, que casi no hacian número; y así como si no hubiese poetas, no los estimaba; pero que admiraba y reverenciaba la ciencia de la poesía, porque encerraba en sí todas las ciencias; porque de todas se sirve, de todas se adorna y pule, y saca á luz sus maravillosas obras, con que llena el mundo de provecho, de deleite y de maravilla.

Añadió mas:

--Yo bien sé en lo que se debe estimar un buen poeta, porque se me acuerda de aquellos versos de Ovidio, que dicen:

_Cura ducum fuerunt olim Regumque poetæ:_ _Præmiaque antiqui magna tulere chori._ _Santaque majestas, et erat venerabile nomen_ _Vatibus: et largæ sæpe dabantur opes._

Y ménos se me olvida la alta calidad de los poetas, pues los llama Platon intérpretes de los dioses, y de ellos dice Ovidio:

_Est Deus in nobis, agitante calescimus illo._

Y tambien dice:

_At sacri vates, et Divum cura vocamur._

Esto se dice de los buenos poetas; que de los malos, de los churrulleros, ¿qué se ha de decir sino que son la idiotez y la ignorancia del mundo?

Y añadió mas:

--¿Qué es ver á un poeta destos de la primera impresion, cuando quiere decir un soneto á otros que le rodean, las salvas que les hace, diciendo: vuesas mercedes escuchen un sonetillo que anoche á cierta ocasion hice, que á mi parecer, aunque no vale nada, tiene un no sé qué de bonito? Y en esto tuerce los labios, pone en arco las cejas, se rasca la faldriquera, y de entre otros mil papeles mugrientos y medio rotos, donde queda otro millar de sonetos, saca el que quiere relatar, y al fin le dice con tono melífluo y alfeñicado: si acaso los que le escuchan, de socarrones ó de ignorantes no se le alaban, dice: ó vuesas mercedes no han entendido el soneto, ó yo no le he sabido decir, y así será bien recitarle otra vez, y que vuesas mercedes le presten mas atencion, porque en verdad en verdad que el soneto lo merece; y vuelve como primero á recitarle con nuevos ademanes y nuevas pausas. Pues ¿qué es verlos censurar los unos á los otros? ¿qué diré del ladrar que hacen los cachorros y modernos á los mastinazos antiguos y graves? y ¿qué de los que murmuran de algunos ilustres y escelentes sujetos, donde resplandece la verdadera luz de la poesía, que tomándola por alivio y entretenimiento de sus muchas y graves ocupaciones, muestran la divinidad de sus ingenios y la alteza de sus conceptos, á despecho y pesar del circunspecto ignorante, que juzga de lo que no sabe y aborrece lo que no entiende? ¿y del que quiere que se estime y tenga en precio la necedad que se sienta debajo de doseles, y la ignorancia que se arrima á los sitiales?

Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas por la mayor parte eran pobres. Respondió que porque ellos querian, pues estaba en su mano ser ricos, si se sabian aprovechar de la ocasion que por momentos traian entre las manos, que eran las de sus damas, que todas eran riquísimas en estremo, pues tenian los cabellos de oro, la frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral, y la garganta de cristal trasparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas, y mas que lo que sus plantas pisaban, por dura y estéril tierra que fuese, al momento producia jazmines y rosas, que su aliento era de puro ámbar, almizcle y algalia; y que todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha riqueza. Estas y otras cosas decia de los malos poetas; que de los buenos siempre dijo bien, y los levantó sobre el cuerno de la luna.

Vió un dia en la acera de San Francisco unas figuras pintadas de mala mano, y dijo que los buenos pintores imitaban la naturaleza, pero que los malos la vomitaban.

Arrimóse un dia, con grandísimo tiento porque no se quebrase, á la tienda de un librero, y díjole:

--Este oficio me contentara mucho, si no fuera por una falta que tiene.

Preguntóle el librero se la dijese. Respondióle:

--Los melindres que hacen, cuando compran el privilegio de un libro, y la burla que hacen á su autor si acaso le imprime á su costa, pues en lugar de mil quinientos imprimen tres mil libros, y cuando el autor piensa que se venden los suyos se despachan los ajenos.

Acaeció este mismo dia que pasaron por la plaza seis azotados, y diciendo el pregon: Al primero por ladron; dió grandes voces á los que estaban delante dél, diciéndoles:

--Apartáos, hermanos, no comience aquella cuenta por alguno de vosotros.

Y cuando el pregonero llegó á decir: al trasero, dijo:

--Aquel por ventura debe ser el fiador de los muchachos.

Un muchacho le dijo:

--Hermano Vidriera, mañana sacan á azotar á una alcahueta.

Respondióle:

--Si dijeras que sacaban á azotar á un alcahuete, entendiera que sacaban á azotar un coche.

Hallóse allí uno destos que llevan sillas de manos, y díjole:

--De nosotros, Licenciado, ¿no teneis qué decir?

--No, respondió Vidriera, sino que sabe cada uno de vosotros mas pecados que un confesor; mas es con esta diferencia, que el confesor los sabe para tenerlos secretos, y vosotros para publicarlos por las tabernas.

Oyó esto un mozo de mulas, porque de todo género de gente le estaba escuchando contino, y díjole:

--De nosotros, señor Redoma, poco ó nada hay que decir, porque somos gente de bien y necesaria en la república.

Á lo cual respondió Vidriera:

--La honra del amo descubre la del criado; segun esto: mira á quién sirves, y verás cuán honrado eres: mozos sois vosotros de la mas ruin canalla que sustenta la tierra: una vez, cuando no era de vidrio, caminé una jornada en una mula de alquiler, tal que le conté ciento y veinte y una tachas, todas capitales y enemigas del género humano: todos los mozos de mulas tienen su punta de rufianes, su punta de cacos, y su es no es de truhanes: si sus amos (que así llaman ellos á los que llevan en sus mulas) son boquimuelles, hacen mas suertes en ellos que las que echaron en esta ciudad los años pasados: si son estranjeros, los roban; si estudiantes, los maldicen; si religiosos, los reniegan; y si soldados, los tiemblan: estos, y los marineros, y carreteros, y arrieros, tienen un modo de vivir estraordinario, y solo para ellos: el carretero pasa lo mas de la vida en espacio de vara y media de lugar, que poco mas debe de haber del yugo de las mulas á la boca del carro; canta la mitad del tiempo, y la otra mitad reniega; y en decir, háganse á zaga, se les pasa otra muy gran parte; y si acaso les queda por sacar alguna rueda de algun atolladero, mas se ayudan de dos pésetes que de tres mulas. Los marineros son gente gentil é inurbana, que no sabe otro lenguaje que el que se usa en los navíos: en la bonanza son diligentes, y en la borrasca perezosos; en la tormenta mandan muchos y obedecen pocos; su Dios es su arca y su rancho, y su pasatiempo ver mareados á los pasajeros. Los arrieros son gente que ha hecho divorcio con las sábanas y se ha casado con las enjalmas; son tan diligentes y presurosos, que á trueco de no perder la jornada, perderán el alma; su música es la del mortero; su salsa la hambre; sus maitines levantarse á dar sus piensos, y sus misas no oir ninguna.

Cuando esto decia estaba á la puerta de un boticario, y volviéndose al dueño, le dijo:

--Vuesa merced tiene un saludable oficio, si no fuese tan enemigo de sus candiles.

--¿En qué modo soy enemigo de mis candiles? preguntó el boticario.

Y respondió Vidriera:

--Esto digo, porque en faltando cualquiera aceite, lo suple el del candil que está mas á mano; y aun tiene otra cosa este oficio, bastante á quitar el crédito al mas acertado médico del mundo.

Preguntándole por qué, respondió que habia boticario que por no atreverse ni osar decir que faltaba en su botica lo que recetaba el médico, por las cosas que le faltaban ponia otras, que á su parecer tenian la misma virtud y calidad, no siendo así; y con esto la medicina mal compuesta obraba al reves de lo que habia de obrar la bien ordenada. Preguntóle entónces que qué sentia de los médicos, y respondió esto:

--_Honora medicum propter necessitatem, etenim creavit eum Altissimus: a Deo enim est omnis medela, et a Rege accipiet donationem: disciplina medici exaltavit caput illius, et in conspectu magnatum collaudabitur: Altissimus de terra creavit medicinam, et vir prudens non abhorrebit illam_. Esto dice, dijo, el Eclesiástico, de la medicina y de los buenos médicos, y de los malos se podria decir todo al reves, porque no hay gente mas dañosa á la república que ellos. El juez nos puede torcer ó dilatar la justicia; el letrado sustentar por su interes nuestra injusta demanda; el mercader chuparnos la hacienda; finalmente, todas las personas con quien de necesidad tratamos, nos pueden hacer algun daño; pero quitarnos la vida sin quedar sujetos al temor del castigo, ninguno: solo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y á pié quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe; y no hay descubrirse sus delitos, porque al momento los meten debajo de la tierra: acuérdaseme que cuando yo era hombre de carne, y no de vidrio como agora soy, que á un médico destos de segunda clase le despidió un enfermo por curarse con otro, y el primero de allí á cuatro dias acertó á pasar por la botica donde recetaba el segundo, y preguntó al boticario que cómo le iba al enfermo que él habia dejado, y que si le habia recetado alguna purga el otro médico. El boticario le respondió que allí tenia una receta de purga que el dia siguiente habia de tomar el enfermo; dijo que se la mostrase, y vió que al fin della estaba escrito: _sumat diluculo_, y dijo: Todo lo que lleva esta purga me contenta, sino es este _diluculo_, porque es húmido demasiadamente.

Por estas y otras cosas que decia de todos los oficios se andaban tras él sin hacerle mal y sin dejarle sosegar; pero con todo esto no se pudiera defender de los muchachos, si su guardian no le defendiera. Preguntóle uno qué haria para no tener envidia á nadie.

Respondióle:

--Duerme; que todo el tiempo que durmieres, serás igual al que envidias.

Otro le preguntó qué remedio tendria para salir con una comision que habia dos años que la pretendia. Y díjole:

--Parte á caballo y á la mira de quien la lleva, y acompáñale hasta salir de la ciudad, y así saldrás con ella.

Pasó acaso una vez por delante donde él estaba un juez de comision, que iba de camino á una causa criminal, y llevaba mucha gente consigo y dos alguaciles; preguntó quién era, y como se lo dijeron, dijo:

--Yo apostaré que lleva aquel juez víboras en el seno, pistoletes en la tinta y rayos en las manos, para destruir todo lo que alcanzare su comision. Yo me acuerdo haber tenido un amigo que en una comision criminal que tuvo dió una sentencia tan exorbitante, que escedia en muchos quilates á la culpa de los delincuentes: preguntéle que por qué habia dado aquella tan cruel sentencia y hecho tan manifiesta injusticia. Respondióme que pensaba otorgar la apelacion, y que con esto dejaba campo abierto á los señores del consejo para mostrar su misericordia, moderando y poniendo aquella su rigurosa sentencia en su punto y debida proporcion. Yo le respondí que mejor fuera haberla dado de manera que les quitara de aquel trabajo, pues con esto le tuvieran á él por juez recto y acertado.

En la rueda de la mucha gente, que como se ha dicho siempre le estaba oyendo, estaba un conocido suyo en hábito de letrado, al cual otro le llamó señor licenciado, y sabiendo Vidriera que el tal á quien llamaron licenciado no tenia ni aun título de bachiller, le dijo:

--Guardáos, compadre, no encuentren con vuestro título los frailes de la redencion de cautivos, que os le llevarán por mostrenco.

Á lo cual dijo el amigo:

--Tratémonos bien, señor Vidriera, pues ya sabeis vos que soy hombre de altas y de profundas letras.

Respondióle Vidriera:

--Ya yo sé que sois un Tántalo en ellas, porque se os van por altas, y no las alcanzais de profundas.

Estando una vez arrimado á la tienda de un sastre, vióle que estaba mano sobre mano, y díjole:

--Sin duda, señor maese, que estais en camino de salvacion.

--¿En qué lo veis? preguntó el sastre.

--¿En qué lo veo? respondió Vidriera: véolo en que pues no teneis qué hacer, no tendréis ocasion de mentir.

Y añadió:

--Desdichado del sastre que no miente, y cose las fiestas: cosa maravillosa es, que casi en todos los deste oficio apénas se hallará uno que haga un vestido justo, habiendo tantos que los hagan pecadores.

De los zapateros decia que jamas hacian conforme á su parecer zapato malo; porque si al que se le calzaba venia estrecho y apretado, le decian que así habia de ser por ser de galanes calzar justo, y que en trayéndolos dos horas, vendrian mas anchos que alpargates; y si le venian anchos, decian que así habian de venir por amor de la gota.

Un muchacho agudo, que escribia en un oficio de provincia, le apretaba mucho con preguntas y demandas, y le traia nuevas de lo que en la ciudad pasaba, porque sobre todo discantaba, y á todo respondia. Este le dijo una vez:

--Vidriera, esta noche se murió en la cárcel un banco que estaba condenado á ahorcar.

Á lo cual respondió:

--Él hizo bien á darse priesa á morir ántes que el verdugo se sentara sobre él.

En la acera de San Francisco estaba un corro de genoveses, y pasando por allí, uno dellos le llamó, diciéndole:

--Lléguese acá el señor Vidriera, y cuéntenos un cuento.

Él respondió:

--No quiero, porque no me le paseis á Génova[2].

Topó una vez á una tendera que llevaba delante de sí una hija suya muy fea, pero muy llena de dijes, de galas y de perlas, y díjole á la madre:

--Muy bien habeis hecho en empedralla, porque se pueda pasear.

De los pasteleros dijo que habia muchos años que jugaban á la dobladilla, sin que les llevasen la pena porque habian hecho el pastel de á dos (_maravedises_) de á cuatro, el de á cuatro de á ocho, y el de á ocho de á medio real, por solo su albedrío y beneplácito.

De los titereros decia mil males: decia que era gente vagamunda y que trataba con indecencia de las cosas divinas, porque con las figuras que mostraban en sus retratos, volvian la devocion en risa, y que les acontecia envasar en un costal todas ó las mas figuras del Testamento viejo y nuevo, y sentarse sobre él á comer y beber en los bodegones y tabernas: en resolucion, decia que se maravillaba de cómo quien podia no les ponia perpetuo silencio en sus retablos, ó los desterraba del reino.

Acertó á pasar una vez por donde él estaba un comediante vestido como un príncipe; y en viéndole dijo:

--Yo me acuerdo haber visto á este salir al teatro enharinado el rostro y vestido un zamarro del reves, y con todo esto á cada paso fuera del tablado jura á fe de hijodalgo.

--Débelo de ser, respondió uno, porque hay muchos comediantes que son muy bien nacidos y hijosdalgo.

--Así será verdad, replicó Vidriera; pero lo que ménos ha menester la farsa es personas bien nacidas; galanes sí, gentiles hombres y de espeditas lenguas: tambien sé decir dellos que en el sudor de su cara ganan su pan con inllevable trabajo, tomando continuo de memoria, hechos perpetuos jitanos de lugar en lugar, y de meson en venta, desvelándose en contentar á otros, porque en el gusto ajeno consiste su bien propio: tienen mas, que con su oficio no engañan á nadie, pues por momentos sacan su mercaduría á pública plaza, al juicio y á la vista de todos: el trabajo de los autores es increible, y su cuidado estraordinario, y han de ganar mucho para que al cabo del año no salgan tan empeñados, que les sea forzoso hacer pleito de acreedores; y con todo esto son necesarios en la república, como lo son las florestas, las alamedas y las vistas de recreacion, y como lo son las cosas que honestamente recrean.

Decia que habia sido opinion de un amigo suyo, que el que servia á una comedianta, en solo una servia á muchas damas juntas, como era á una reina, á una ninfa, á una diosa, á una fregona, á una pastora, y muchas veces caia la suerte en que sirviese en ella á un paje y á un lacayo, que todas estas y mas figuras suele hacer una farsanta.

Preguntóle uno que cuál habia sido el mas dichoso del mundo. Respondió que _nemo_; porque _nemo novit patrem: nemo sine crimine vivit: nemo sua sorte contentus: nemo ascendit in cœlum_.

De los diestros dijo una vez que eran maestros de una ciencia ó arte, que cuando la habian menester no la sabian, y que tocaban algo en presuntuosos, pues querian reducir á demostraciones matemáticas, que son infalibles, los movimientos y pensamientos coléricos de sus contrarios.