Part 20
Con los que se teñian las barbas tenia particular enemistad; y riñendo una vez delante dél dos hombres, que el uno era portugues, este dijo al castellano, asiéndose de las barbas, que tenia muy teñidas:
--Por istas barbas que teño no rostro.
Á lo cual acudió Vidriera, y dijo:
--Olhay, homen, naon digais teño, sino tiño.
Otro traia las barbas jaspeadas y de muchas colores, culpa de la mala tinta, á quien dijo Vidriera, que tenia las barbas de muladar overo. Á otro que traia las barbas por mitad blancas y negras por haberse descuidado, y los cañones crecidos, le dijo que procurase de no porfiar ni reñir con nadie, porque estaba aparejado á que le dijesen que mentia por la mitad de la barba.
Una vez contó que una doncella discreta y bien entendida, por acudir á la voluntad de sus padres, dió el sí de casarse con un viejo todo cano, el cual la noche ántes del dia del desposorio se fué, no al rio Jordan como dicen las viejas, sino á la redomilla del agua fuerte y plata, con que renovó de manera su barba, que la acostó de nieve y la levantó de pez. Llegóse la hora de darse las manos, y la doncella conoció por la pinta y por la tinta la figura, y dijo á sus padres que le diesen el mismo esposo que ellos le habian mostrado, que no queria otro. Ellos le dijeron que aquel que tenia delante era el mismo que le habian mostrado y dado por esposo. Ella replicó que no era, y trujo testigos como el que sus padres le dieron era un hombre grave y lleno de canas, y que pues el presente no las tenia, no era él, y se llamaba á engaño: atúvose á esto, corrióse el teñido, y deshízose el casamiento.
Con las dueñas tenia la misma ojeriza que con los escabechados: decia maravillas de su permafoy, de las mortajas de sus tocas, de sus muchos melindres, de sus escrúpulos y de su estraordinaria miseria: amohinábanle sus flaquezas de estómago, sus vaguidos de cabeza, su modo de hablar con mas repulgos que sus tocas, y finalmente su inutilidad y sus vainillas.
Uno le dijo:
--¿Qué es esto, señor Licenciado, que os he oido decir mal de muchos oficios, y jamas lo habeis dicho de los escribanos, habiendo tanto que decir?
Á lo cual respondió:
--Aunque de vidrio, no soy tan frágil que me dejo ir con la corriente del vulgo, las mas veces engañado. Paréceme á mí que la gramática de los murmuradores, y el la, la, la, de los que cantan, son los escribanos; porque así como no se puede pasar á otras ciencias, si no es por la puerta de la gramática, y como el músico, primero murmura que canta, así los maldicientes por donde comienzan á mostrar la malignidad de sus lenguas, es por decir mal de los escribanos y alguaciles, y de los otros ministros de la justicia, siendo un oficio el del escribano, sin el cual andaria la verdad por el mundo á sombra de tejados, corrida y maltratada; y así dice el Eclesiástico: _In manum Dei potestas hominis est, et super faciem scribæ imponet honorem_. Es el escribano persona pública, y el oficio del juez no se puede ejercitar cómodamente sin el suyo. Los escribanos han de ser libres, y no esclavos, ni hijos de esclavos; legítimos, no bastardos, ni de ninguna mala raza nacidos: juran secreto, fidelidad, y que no harán escritura usuraria: que ni amistad ni enemistad, provecho ó daño les moverá á no hacer su oficio con buena y cristiana conciencia. Pues si este oficio tantas buenas partes requiere, ¿por qué se ha de pensar que de mas de veinte mil escribanos que hay en España, se lleve el diablo la cosecha, como si fuesen cepas de su majuelo? No lo quiero creer, ni es bien que ninguno lo crea; porque finalmente digo que es la gente mas necesaria que habia en las repúblicas bien ordenadas; y que si llevaban demasiados derechos, tambien hacian demasiados tuertos, y que destos dos estremos podia resultar un medio que les hiciese mirar por el virote.
De los alguaciles dijo que no era mucho que tuviesen algunos enemigos, siendo su oficio ó prenderte, ó sacarte la hacienda de casa, ó tenerte en la suya en guarda, y comer á tu costa. Tachaba la negligencia é ignorancia de los procuradores y solicitadores, comparándolos á los médicos, los cuales, que sane ó no sane el enfermo, ellos llevan su propina: y los procuradores y solicitadores lo mismo, salgan ó no salgan con el pleito que ayudan.
Preguntóle uno cuál era la mejor tierra. Respondió que la temprana y agradecida. Replicó el otro:
--No pregunto eso, sino que ¿cuál es mejor lugar, Valladolid ó Madrid?
Y respondió:
--De Madrid los estremos, de Valladolid los medios.
--No lo entiendo, repitió el que se lo preguntaba.
Y dijo:
--De Madrid cielo y suelo; de Valladolid los entresuelos.
Oyó Vidriera que dijo un hombre á otro, que así como habia entrado en Valladolid habia caido su mujer muy enferma, porque la habia probado la tierra. Á lo cual dijo Vidriera:
--Mejor fuera que se la hubiera comido, si acaso es celosa.
De los músicos y de los correos de á pié, decia que tenian las esperanzas y las suertes limitadas; porque los unos la acaban con llegar á serlo de á caballo, y los otros con alcanzar á ser músicos del rey.
De las damas que llaman cortesanas, decia que todas ó las mas tenian mas de corteses que de sanas.
Estando un dia en una iglesia vió que traian á enterrar á un viejo, á bautizar á un niño, y á velar á una mujer, todo á un mismo tiempo, y dijo, que los templos eran campos de batalla, donde los viejos acaban, los niños vencen, y las mujeres triunfan.
Picábale una vez una avispa en el cuello, y no se la osaba sacudir por no quebrarse: pero con todo eso se quejaba. Preguntóle uno que cómo sentia aquella avispa si era su cuerpo de vidrio. Y respondió que aquella avispa debia de ser murmuradora, y que las lenguas y picos de los murmuradores eran bastantes á desmoronar cuerpos de bronce, no que de vidrio.
Pasando acaso un religioso muy gordo por donde él estaba dijo uno de sus oyentes:
--De ético no se puede mover el padre.
Enojóse Vidriera, y dijo:
--Nadie se olvide de lo que dice el Espíritu Santo: _Nolite tangere christos meos_.
Y subiéndose mas en cólera, dijo: que mirasen en ello, y verian que de muchos santos, que de pocos años á esta parte habia canonizado la Iglesia y puesto en el número de los bienaventurados, ninguno se llamaba el capitan don fulano, ni el secretario don tal de don tales, ni el conde, marqués ó duque de tal parte; sino fray Diego, fray Jacinto, fray Raimundo, todos frailes y religiosos; porque las religiones son los Aranjueces del cielo, cuyos frutos de ordinario se ponen en la mesa de Dios.
Decia que las lenguas de los murmuradores eran como las plumas del águila, que roen y menoscaban todas las de las otras aves que á ellas se juntan. De los gariteros y tahures decia milagros: decia que los gariteros eran públicos prevaricadores, porque en sacando el barato del que iba haciendo suertes, deseaban que perdiese, y pasase el naipe adelante, porque el contrario las hiciese, y él cobrase sus derechos. Alababa mucho la paciencia de un tahur, que estaba toda una noche jugando y perdiendo; y con ser de condicion colérico y endemoniado, á trueco de que su contrario no se alzase, no descosia la boca, y sufria lo que un mártir de Barrabas. Alababa tambien las conciencias de algunos honrados gariteros, que ni por imaginacion consentian que en su casa se jugase otros juegos, que polla y cientos; y con esto á fuego lento, sin temor y nota de malsines sacaban al cabo del mes mas barato que los que consentian los juegos de estocada, del reparólo, siete y llevar, y pinta en la del punto.
En resolucion, él decia tales cosas, que si no fuera por los grandes gritos que daba cuando le tocaban ó á él se arrimaban, por el hábito que traia, por la estrecheza de su comida, por el modo con que bebia, por el no querer dormir sino al cielo abierto en el verano, y el invierno en los pajares, como queda dicho, con que daba tan claras señales de su locura, ninguno pudiera creer sino que era uno de los mas cuerdos del mundo. Dos años ó poco mas duró en esta enfermedad, porque un religioso de la órden de San Jerónimo, que tenia gracia y ciencia particular en hacer que los mudos entendiesen y en cierta manera hablasen, y en curar locos, tomó á su cargo de curar á Vidriera, movido de caridad, y le curó y sanó, y volvió á su primer juicio, entendimiento y discurso; y así como le vió sano, le vistió como á letrado, y le hizo volver á la corte, adonde con dar tantas muestras de cuerdo, como las habia dado de loco, podia usar su oficio, y hacerse famoso por él.
Hízolo así, y llamándose el licenciado Rueda, no Rodaja, volvió á la corte, donde apénas hubo entrado, cuando fué conocido de los muchachos; mas cuando le vieron en tan diferente hábito del que solia, no le osaron dar grita ni hacer preguntas; pero seguíanle, y decian unos á otros: ¿Este no es el loco Vidriera? á fe que es él: ya viene cuerdo, pero tambien puede ser loco bien vestido como mal vestido: preguntémosle algo, y salgamos desta confusion. Todo esto oia el Licenciado, y callaba, y iba mas confuso y mas corrido que cuando estaba sin juicio.
Pasó el conocimiento de los muchachos á los hombres, y ántes que el Licenciado llegase al patio de los Consejos, llevaba tras de sí mas de doscientas personas de todas suertes. Con este acompañamiento, que era mas que el de un catedrático, llegó al patio donde le acabaron de circundar cuantos en él estaban. Él, viéndose con tanta turba á la redonda, alzó la voz, y dijo:
--Señores, yo soy el licenciado Vidriera, pero no el que solia: soy ahora el licenciado Rueda: sucesos y desgracias que acontecen en el mundo por permision del cielo me quitaron el juicio, y las misericordias de Dios me le han vuelto: por las cosas que dicen que dije cuando loco, podeis considerar las que diré cuando cuerdo: yo soy graduado en leyes por Salamanca, adonde estudié con pobreza, y adonde llevé segundo en licencias, de do se puede inferir que mas la virtud que el favor me dió el grado que tengo: aquí he venido á este gran mar de la corte para abogar y ganar la vida, pero si no me dejais, habré venido á bogar y granjear la muerte: por amor de Dios, que no hagais que el seguirme sea perseguirme, y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo: lo que solíades preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os respondia bien de improviso, os responderá mejor de pensado.
Escucháronle todos, y dejáronle algunos. Volvióse á su posada con poco ménos acompañamiento que habia llevado. Salió otro dia, y fué lo mismo: hizo otro sermon, y no sirvió de nada. Perdia mucho, y no ganaba cosa, y viéndose morir de hambre, determinó de dejar la corte y volverse á Flándes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se podia valer de las de su ingenio; y poniéndolo en efecto, dijo al salir de la corte:
--¡Oh corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes, y acortas las de los virtuosos encogidos; sustentas abundantemente á los truhanes desvergonzados, y matas de hambre á los discretos vergonzosos!
Esto dijo, y se fué á Flándes, donde la vida que habia comenzado á eternizar por las letras, la acabó de eternizar por las armas en compañía de su buen amigo el capitan Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado.
LA FUERZA DE LA SANGRE.
Una noche de las calorosas del verano volvian de recrearse del rio, en Toledo, un anciano hidalgo, con su mujer, un niño pequeño, una hija de edad de diez y seis años, y una criada. La noche era clara, la hora las once, el camino solo, y el paso tardo, por no pagar con cansancio la pension que traen consigo las holguras que en el rio ó en la vega se toman en Toledo. Con la seguridad que promete la mucha justicia y bien inclinada gente de aquella ciudad, venia el buen hidalgo con su honrada familia léjos de pensar en desastre que sucederles pudiese; pero como las mas de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo su pensamiento les sucedió una que les turbó la holgura, y les dió que llorar muchos años.
Hasta veinte y dos tendria un caballero de aquella ciudad, á quien la riqueza, la sangre ilustre, la inclinacion torcida, la libertad demasiada, y las compañías libres le hacian hacer cosas y tener atrevimientos que desdecian de su calidad, y le daban renombre de atrevido. Este caballero pues (que por ahora por buenos respetos encubriendo su nombre le llamaremos con el de Rodolfo), con otros cuatro amigos suyos, todos mozos, todos alegres y todos insolentes, bajaba por la misma cuesta que el hidalgo subia.
Encontráronse los dos escuadrones, el de las ovejas con el de los lobos; y con deshonesta desenvoltura Rodolfo y sus camaradas, cubiertos los rostros, miraron los de la madre, y de la hija, y de la criada. Alborotóse el viejo, y reprochóles y afeóles su atrevimiento: ellos le respondieron con muecas y burla, y sin desmandarse á mas pasaron adelante. Pero la mucha hermosura del rostro que habia visto Rodolfo, que era de Leocadia, que así quieren que se llamase la hija del hidalgo, comenzó de tal manera á imprimírsele en la memoria, que le llevó tras sí la voluntad, y despertó en él un deseo de gozarla á pesar de todos los inconvenientes que sucederle pudiesen: y en un instante comunicó su pensamiento con sus camaradas, y en otro instante se resolvieron de volver y robarla, por dar gusto á Rodolfo; que siempre los ricos que dan en liberales, hallan quien canonice sus desafueros, y califique por buenos sus malos gustos; y así el nacer el mal propósito, el comunicarle, y el aprobarle, y el determinarse de robar á Leocadia, y el robarla, casi todo fué en un punto.
Pusiéronse los pañizuelos en los rostros, y desenvainadas las espadas, volvieron, y á pocos pasos alcanzaron á los que no habian acabado de dar gracias á Dios, que de las manos de aquellos atrevidos les habia librado.
Arremetió Rodolfo con Leocadia, y cogiéndola en brazos, dió á huir con ella, la cual no tuvo fuerzas para defenderse, y el sobresalto le quitó la voz para quejarse, y aun la luz de los ojos, pues desmayada y sin sentido ni vió quién la llevaba, ni adónde la llevaban. Dió voces su padre, gritó su madre, lloró su hermanico, arañóse la criada; pero ni las voces fueron oidas, ni los gritos escuchados, ni movió á compasion el llanto, ni los araños fueron de provecho alguno; porque todo lo cubria la soledad del lugar, y el callado silencio de la noche, y las crueles entrañas de los malhechores. Finalmente, alegres se fueron los unos, y tristes se quedaron los otros.
Rodolfo llegó á su casa sin impedimento alguno, y los padres de Leocadia llegaron á la suya lastimados, afligidos y desesperados: ciegos, sin los ojos de su hija, que eran la lumbre de los suyos: solos, porque Leocadia era su dulce y agradable compañía: confusos, sin saber si seria bien dar noticia de su desgracia á la justicia, temerosos no fuesen ellos el principal instrumento de publicar su deshonra.
Veíanse necesitados de favor, como hidalgos pobres: no sabian de quién quejarse, sino de su corta ventura. Rodolfo en tanto, sagaz y astuto, tenia ya en su casa y en su aposento á Leocadia, á la cual, puesto que sintió que iba desmayada cuando la llevaba, la habia cubierto los ojos con un pañuelo, porque no viese las calles por donde la llevaba, ni la casa, ni el aposento donde estaba, en el cual sin ser visto de nadie, á causa que él tenia un cuarto aparte en la casa de su padre, que aun vivia, y tenia de su estancia la llave y las de todo el cuarto (inadvertencia de padres que quieren tener sus hijos recogidos), ántes que de su desmayo volviese Leocadia, habia cumplido su deseo Rodolfo; que los ímpetus no castos de la mocedad, pocas veces ó ninguna reparan en comodidades y requisitos que mas los inciten y levanten. Ciego de la luz del entendimiento, á escuras robó la mejor prenda de Leocadia; y como los pecados de la sensualidad por la mayor parte no tiran mas allá la barra del término del cumplimiento dellos, quisiera luego Rodolfo que de allí se desapareciera Leocadia, y le vino á la imaginacion de ponella en la calle así desmayada como estaba; y yéndolo á poner en obra, sintió que volvia en sí, diciendo:
--¿Adónde estoy, desdichada? ¿Qué escuridad es esta, qué tinieblas me rodean? ¿Estoy en el limbo de mi inocencia, ó en el infierno de mis culpas? ¡Jesus! ¿quién me toca? ¿Yo en cama, yo lastimada? ¿Escúchasme, madre y señora mia? ¿Óyesme, querido padre? ¡Ay sin ventura de mí! que bien advierto que mis padres no me escuchan, y que mis enemigos me tocan: venturosa seria yo, si esta escuridad durase para siempre, sin que mis ojos volviesen á ver la luz del mundo, y que este lugar donde ahora estoy, cualquiera que él se fuese, sirviese de sepultura á mi honra, pues es mejor la deshonra que se ignora, que la honra que está puesta en opinion de las gentes: ya me acuerdo (¡que yo nunca me acordara!) que ha poco que venia en la compañía de mis padres: ya me acuerdo que me saltearon: ya me imagino y veo que no es bien que me vean las gentes: ó tú, cualquiera que seas, que aquí estás conmigo (y en esto tenia asido de las manos á Rodolfo), si es que tu alma admite género de ruego alguno, te ruego que ya que has triunfado de mi fama, triunfes tambien de mi vida: quítamela al momento, que no es bien que la tenga la que no tiene honra: mira que el rigor de la crueldad que has usado conmigo en ofenderme, se templará con la piedad que usarás en matarme; y así en un mismo punto vendrás á ser cruel y piadoso.
Confuso dejaron las razones de Leocadia á Rodolfo, y como mozo poco esperimentado, ni sabia qué decir, ni qué hacer, cuyo silencio admiraba mas á Leocadia, la cual con las manos procuraba desengañarse si era fantasma ó sombra el que con ella estaba; pero como tocaba cuerpo y se le acordaba de la fuerza que se le habia hecho viniendo con sus padres, caia en la verdad del cuento de su desgracia; y con este pensamiento tornó á añudar las razones que los muchos sollozos y suspiros habian interrumpido, diciendo:
--Atrevido mancebo, que de poca edad hacen tus hechos que te juzgue, yo te perdono la ofensa que me has hecho, con solo que me prometas y jures que como la has cubierto con esta escuridad, la cubrirás con perpetuo silencio sin decirla á nadie: poca recompensa te pido de tan grande agravio; pero para mí será la mayor que yo sabré pedirte, ni tú querrás darme: advierte en que yo nunca he visto tu rostro, ni quiero verle, porque ya que se me acuerde de mi ofensa, no quiero acordarme de mi ofensor, ni guardar en la memoria la imágen del autor de mi daño: entre mí y el cielo pasarán mis quejas, sin querer que las oiga el mundo, el cual no juzga por los sucesos las cosas, sino conforme á él se asienta en la estimacion: no sé cómo te digo estas verdades, que se suelen fundar en la esperiencia de muchos casos y en el discurso de muchos años, no llegando los mios á diez y siete; por do me doy á entender que el dolor de una misma manera ata y desata la lengua del afligido, unas veces exagerando su mal para que se le crean, otras veces no diciéndole porque no se le remedien: de cualquier manera, que yo calle ó hable, creo que he de moverte á que me creas, ó que me remedies, pues el no creerme será ignorancia, y el remediarme imposible de tener algun alivio: no quiero desesperarme, porque te costará poco el dármele, y es este: mira, no aguardes ni confíes que el discurso del tiempo temple la justa saña que contra tí tengo, ni quieras amontonar los agravios: miéntras ménos me gozares, y habiéndome ya gozado, ménos se encenderán tus malos deseos: haz cuenta que me ofendiste por accidente, sin dar lugar á ningun buen discurso; yo la haré de que no nací en el mundo, ó que si nací fué para ser desdichada: ponme luego en la calle, ó á lo ménos junto á la iglesia mayor, porque desde allí bien sabré volverme á mi casa; pero tambien has de jurar de no seguirme, ni saberla, ni preguntarme el nombre de mis padres, ni el mio, ni el de mis parientes; que á ser tan ricos como nobles, no fueran en mí tan desdichados: respóndeme á esto, y si temes que te pueda conocer con la habla, hágote saber, que fuera de mi padre y de mi confesor, no he hablado con hombre alguno en mi vida, y á pocos he oido hablar en tanta comunicacion, que pueda distinguirles por el sonido de la habla.
La respuesta que dió Rodolfo á las discretas razones de la lastimada Leocadia, no fué otra que abrazarla, dando muestras que queria volver á confirmar en él su gusto, y en ella su deshonra. Lo cual visto por Leocadia, con mas fuerzas de las que su tierna edad prometia, se defendió con los piés, con las manos, con los dientes y con la lengua, diciéndole:
--Haz cuenta, traidor y desalmado hombre, quien quiera que seas, que los despojos que de mí has llevado, son los que pudiste tomar de un tronco ó de una coluna sin sentido, cuyo vencimiento y triunfo ha de redundar en tu infamia y menosprecio; pero el que ahora pretendes no le has de alcanzar sino con mi muerte: desmayada me pisaste y aniquilaste, mas ahora que tengo brios, ántes podrás matarme: que si ahora despierta sin resistencia concediese con tan abominable gusto, podrias imaginar que mi desmayo fué fingido, cuando te atreviste á destruirme.
Finalmente, tan gallarda y porfiadamente se resistió Leocadia, que las fuerzas y los deseos de Rodolfo se enflaquecieron; y como la insolencia que con Leocadia habia usado no tuvo otro principio que de un ímpetu lascivo, del cual nunca nace el verdadero amor que permanece, en lugar del ímpetu que se pasa, queda, si no el arrepentimiento, á lo ménos una tibia voluntad de segundalle. Frio pues y cansado Rodolfo, sin hablar palabra alguna, dejó á Leocadia en su cama, en su casa, y cerrando el aposento, se fué á buscar á sus camaradas para aconsejarse con ellos de lo que hacer debia.
Sintió Leocadia que quedaba sola y encerrada, y levantándose del lecho, anduvo todo el aposento, tentando las paredes con las manos, por ver si hallaba puerta por do irse, ó ventana por do arrojarse: halló la puerta, pero bien cerrada, y topó una ventana que pudo abrir, por donde entró el resplandor de la luna, tan clara, que pudo distinguir Leocadia las colores de unos damascos que el aposento adornaban: vió que era dorada la cama, y tan ricamente compuesta, que mas parecia lecho de príncipe, que de algun particular caballero: contó las sillas y los escritorios: notó la parte donde la puerta estaba, y aunque vió pendientes de las paredes algunas tablas, no pudo alcanzar á ver las pinturas que contenian: la ventana era grande, guarnecida y guardada de una gruesa reja; la vista caia á un jardin que tambien se cerraba con paredes altas: dificultades que se opusieron á la intencion que de arrojarse á la calle tenia: todo lo que vió y notó de la capacidad y ricos adornos de aquella estancia, le dió á entender que el dueño della debia de ser hombre principal y rico, y no como quiera, sino aventajadamente: en un escritorio que estaba junto á la ventana, vió un crucifijo pequeño todo de plata, el cual tomó, y se le puso en la manga de la ropa, no por devocion ni por hurto, sino llevada de un discreto designio suyo: hecho esto, cerró la ventana como ántes estaba, y volvióse al lecho, esperando qué fin tendria el mal principio de su suceso.