Part 18
Mi criado, segun dijo despues el huésped, despertó al ruido, y con el miedo se arrojó por una ventana que caia á un patio, y diciendo: ¡desventurado de mí, que han muerto á mi señor! se salió del meson; y debió de ser con tal miedo, que no debió de parar hasta Lóndres, pues él fué el que llevó las nuevas de mi muerte.
Subieron los de la hostería, y halláronme atravesado con cuatro balas, y con muchos perdigones; pero todos por partes, que de ninguna fué mortal la herida. Pedí confesion, y todos los sacramentos como católico cristiano; diéronmelos, curáronme, y no estuve para ponerme en camino en dos meses, al cabo de los cuales vine á Génova, donde no hallé otro pasaje, sino en dos falucas que fletamos yo y otros dos principales españoles, la una para que fuese delante descubriendo, y la otra donde nosotros fuésemos.
Con esta seguridad nos embarcamos, navegando tierra á tierra con intencion de no engolfarnos; pero llegando á un paraje que llaman las Tres Marías, que es en la costa de Francia, yendo nuestra primera faluca descubriendo, á deshora salieron de una cala dos galeotas turquescas, y tomándonos la una la mar y la otra la tierra, cuando íbamos á embestir en ella nos cortaron el camino, y nos cautivaron: en entrando en la galeota nos desnudaron hasta dejarnos en carnes: despojaron las falucas de cuanto llevaban, y dejáronlas embestir en tierra sin echarlas á fondo, diciendo que aquellas les servirian otra vez de traer otra galima, que con este nombre llaman ellos á los despojos que de los cristianos toman: bien se me podrá creer, si digo que sentí en el alma mi cautiverio, y sobre todo la pérdida de los recaudos de Roma, donde en una caja de lata los traia, con la cédula de los mil y seiscientos ducados; mas la buena suerte quiso que viniese á manos de un cristiano cautivo español, que los guardó; que si viniera á poder de los turcos, por lo ménos habia de dar por mi rescate lo que rezaba la cédula, que ellos averiguarian cuya era.
Trujéronnos á Argel, donde hallé que estaban rescatando los padres de la Santísima Trinidad: hablélos, díjeles quién era, y movidos de caridad, aunque yo era estranjero, me rescataron en esta forma: que dieron por mí trescientos ducados, los ciento luego, y los doscientos cuando volviese el bajel de la limosna á rescatar al padre de la redencion, que se quedaba en Argel empeñado en cuatro mil ducados, que habia gastado mas de los que traia; porque á toda esta misericordia y liberalidad se estiende la caridad destos padres, que dan su libertad por la ajena, y se quedan cautivos por rescatar los cautivos. Por añadidura del bien de mi libertad hallé la caja perdida, con los recaudos y la cédula: mostrésela al bendito padre que me habia rescatado, y ofrecíle quinientos ducados mas de los de mi rescate para ayuda de su empeño. Casi un año se tardó en volver la nave de la limosna; y lo que en este año me pasó, á poderlo contar ahora, fuera otra nueva historia: solo diré que fuí conocido de uno de los veinte turcos, que di libertad con los demas cristianos ya referidos, y fué tan agradecido y tan hombre de bien, que no quiso descubrirme; porque á conocerme los turcos por aquel que habia echado á fondo sus dos bajeles, y quitádoles de las manos la gran nave de India, ó me presentaran al Gran Turco, ó me quitaran la vida; y de presentarme al Gran Señor redundara no tener libertad en mi vida. Finalmente, el padre redentor vino á España conmigo, y con otros cincuenta cristianos rescatados. En Valencia hicimos la procesion general, y desde allí cada uno se partió donde mas le plugo, con las insignias de su libertad, que son estos hábitos: hoy llegué á esta ciudad con tanto deseo de ver á Isabela mi esposa, que sin detenerme á otra cosa, pregunté por este monasterio, donde me habian de dar nuevas de mi esposa: lo que en él me ha sucedido ya se ha visto: lo que queda por ver son estos recaudos, para que se pueda tener por verdadera mi historia, que tiene tanto de milagrosa como de verdadera.
Y luego en diciendo esto, sacó de una caja de lata los recaudos que decia, y se los puso en las manos del provisor, que los vió junto con el señor asistente, y no halló en ellos cosa que le hiciese dudar de la verdad que Ricaredo habia contado. Y para mas confirmacion della, ordenó el cielo que se hallase presente á todo esto el mercader florentin, sobre quien venia la cédula de los mil y seiscientos ducados, el cual pidió que le mostrasen la cédula, y mostrándosela la reconoció, y la aceptó para luego, porque él muchos meses habia que tenia aviso desta partida: todo esto fué añadir admiracion á admiracion y espanto á espanto. Ricaredo dijo que de nuevo ofrecia los quinientos ducados que habia prometido. Abrazó el asistente á Ricaredo y á los padres de Isabela, y á ella, ofreciéndoseles á todos con corteses razones. Lo mismo hicieron los dos señores eclesiásticos, y rogaron á Isabela que pusiese toda aquella historia por escrito, para que la leyese su señor al arzobispo, y ella lo prometió.
El grande silencio que todos los circunstantes habian tenido, escuchando el estraño caso, se rompió en dar alabanzas á Dios por sus grandes maravillas, y dando desde el mayor hasta el mas pequeño el parabien á Isabela, á Ricaredo y á sus padres, los dejaron: y ellos suplicaron al asistente honrase sus bodas, que de allí á ocho dias pensaban hacerlas. Holgó de hacerlo así el asistente, y de allí á ocho dias, acompañado de los mas principales de la ciudad, se halló en ellas.
Por estos rodeos y por estas circunstancias, los padres de Isabela cobraron su hija y restauraron su hacienda, y ella favorecida del cielo y ayudada de sus muchas virtudes, á despecho de tantos inconvenientes halló marido tan principal como Ricaredo, en cuya compañía se piensa que aun hoy vive en las casas que alquilaron frontero de Santa Paula, que despues las compraron de los herederos de un hidalgo burgales, que se llamaba Hernando de Cifuentes.
Esta novela nos podria enseñar cuánto puede la virtud y cuánto la hermosura, pues son bastante juntas y cada una de por sí á enamorar aun hasta los mismos enemigos, y de cómo sabe el cielo sacar de las mayores adversidades nuestras, nuestros mayores provechos.
EL LICENCIADO VIDRIERA.
Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas del Tórmes, hallaron en ellas debajo de un árbol durmiendo á un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador: mandaron á un criado que le despertase: despertó, y preguntáronle de adónde era y qué hacia durmiendo en aquella soledad; á lo cual el muchacho respondió, que el nombre de su tierra se le habia olvidado, y que iba á la ciudad de Salamanca á buscar un amo á quien servir, por solo que le diese estudio. Preguntáronle si sabia leer; respondió que sí, y escribir tambien.
--Desa manera, dijo uno de los caballeros, no es por falta de memoria habérsete olvidado el nombre de tu patria.
--Sea por lo que fuere, respondió el muchacho, que ni el della, ni el de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos á ellos y á ella.
--Pues ¿de qué suerte los piensas honrar? preguntó el caballero.
--Con mis estudios, respondió el muchacho, siendo famoso por ellos; porque yo he oido decir que de los hombres se hacen los obispos.
Esta respuesta movió á los dos caballeros á que le recebiesen y llevasen consigo, como lo hicieron; dándole estudio de la manera que se usa dar en aquella universidad á los criados que sirven. Dijo el muchacho que se llamaba Tomas Rodaja, de donde infirieron sus amos por el nombre y por el vestido, que debia de ser hijo de algun labrador pobre. Á pocos dias le vistieron de negro, y á pocas semanas dió Tomas muestras de tener raro ingenio, sirviendo á sus amos con tanta fidelidad, puntualidad y diligencia, que con no faltar un punto á sus estudios, parecia que solo se ocupaba en servirlos; y como el buen servir del siervo mueve la voluntad del señor á tratarle bien, ya Tomas no era criado de sus amos, sino su compañero. Finalmente, en ocho años que estuvo con ellos se hizo tan famoso en la universidad por su buen ingenio y notable habilidad, que de todo género de gentes era estimado y querido.
Su principal estudio fué de leyes; pero en lo que mas se mostraba era en letras humanas: y tenia tan felice memoria, que era cosa de espanto, é ilustrábala tanto con su buen entendimiento, que no era ménos famoso por él que por ella.
Sucedió que se llegó el tiempo que sus amos acabaron sus estudios, y se fueron á su lugar, que era una de las mejores ciudades de Andalucía: lleváronse consigo á Tomas, y estuvo con ellos algunos dias; pero como le fatigasen los deseos de volver á sus estudios y á Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver á ella á todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió á sus amos licencia para volverse. Ellos corteses y liberales se la dieron, acomodándole de suerte que con lo que le dieron se pudiera sustentar tres años.
Despidióse dellos, mostrando en sus palabras su agradecimiento, y salió de Málaga (que esta era la patria de sus señores), y al bajar de la cuesta de la Zambra, camino de Antequera, se topó con un gentil hombre, á caballo, vestido bizarramente de camino, con dos criados tambien á caballo. Juntóse con él, y supo como llevaba su mismo viaje: hicieron camarada, departieron de diversas cosas, y á pocos lances dió Tomas muestras de su raro ingenio, y el caballero las dió de su bizarría y cortesano trato; y dijo que era capitan de infantería por su Majestad, y que su alférez estaba haciendo la compañía en tierra de Salamanca: alabó la vida de la soldadesca, pintóle muy al vivo la belleza de la ciudad de Nápoles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milan, los festines de Lombardía, las espléndidas comidas de las hosterías: dibujóle dulce y puntualmente el aconcha patron, pasa acá manigoldo, venga la macarela, li polastri, é li macarroni: puso las alabanzas en el cielo de la vida libre del soldado, y de la libertad de Italia; pero no le dijo nada del frio de las centinelas, del peligro de los asaltos, del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos, de la ruina de las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos las toman y tienen por añadiduras del peso de la soldadesca, y son la carga principal della. En resolucion tantas cosas le dijo, y tan bien dichas, que la discrecion de nuestro Tomas Rodaja comenzó á titubear, y la voluntad á aficionarse á aquella vida que tan cerca tiene la muerte.
El capitan, que D. Diego de Valdivia se llamaba, contentísimo de la buena presencia, ingenio y desenvoltura de Tomas, le rogó que se fuese con él á Italia, siquiera por curiosidad de verla, que él le ofrecia su mesa, y aun si fuese necesario su bandera, porque su alférez la habia de dejar presto. Poco fué menester para que Tomas aceptase el envite, haciendo consigo en un instante un breve discurso, de que seria bueno ver á Italia y Flándes, y otras diversas tierras y países, pues las luengas peregrinaciones hacen á los hombres discretos, y que en esto á lo mas largo podia gastar tres ó cuatro años, que añadidos á los pocos que él tenia, no serian tantos que impidiesen volver á sus estudios: y como si todo hubiera de suceder á la medida de su gusto, dijo al capitan que era contento de irse con él á Italia; pero habia de ser con condicion que no se habia de sentar debajo de bandera, ni poner en lista de soldado, por no obligarse á seguir su bandera. Y aunque el capitan le dijo que no importaba ponerse en lista, que ansí gozaria de los socorros y pagas que á la compañía se diesen, porque él le daria licencia todas las veces que se la pidiese.
--Eso seria, dijo Tomas, ir contra mi conciencia y contra la del señor capitan, y así mas quiero ir suelto que obligado.
--Conciencia tan escrupulosa, dijo D. Diego, mas es de religioso que de soldado; pero como quiera que sea, ya somos camaradas.
Llegaron aquella noche á Antequera, y en pocos dias y grandes jornadas se pusieron donde estaba la compañía, ya acabada de hacer, y que comenzaba á marchar la vuelta de Cartagena, alojándose ella y otras cuatro por los lugares que les venian á mano. Allí notó Tomas la autoridad de los comisarios, la comodidad de algunos capitanes, la solicitud de los aposentadores, la industria y cuenta de los pagadores, las quejas de los pueblos, el rescatar de las boletas, las insolencias de los bisoños, las pendencias de los huéspedes, el pedir bagajes mas de los necesarios, y finalmente la necesidad casi precisa de hacer todo aquello que notaba y mal le parecia.
Habíase vestido Tomas de papagayo, renunciando los hábitos de estudiante, y púsose á lo de Dios es Cristo, como se suele decir. Los muchos libros que tenia los redujo á unas Horas de Nuestra Señora, y un Garcilaso sin comento, que en las dos faldriqueras llevaba.
Llegaron mas presto de lo que quisieran á Cartagena, porque la vida de los alojamientos es ancha y varia, y cada dia se topan cosas nuevas y gustosas. Allí se embarcaron en cuatro galeras de Nápoles, y allí notó tambien Tomas Rodaja la estraña vida de aquellas marítimas casas, adonde lo mas del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados, enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas. Pusiéronle temor las grandes borrascas y tormentas, especialmente en el golfo de Leon, que tuvieron dos: que la una los echó en Córcega, y la otra los volvió á Tolon, en Francia. En fin, trasnochados, mojados y con ojeras llegaron á la hermosa y bellísima ciudad de Génova, y desembarcándose en su recogido mandrache, despues de haber visitado una iglesia, dió el capitan con todos sus camaradas en una hostería, donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas, con el presente gaudeamus.
Allí conocieron la suavidad del treviano, el valor del monte frascon, la ninerca del Asperino, la generosidad de los dos griegos Candía y Soma, la grandeza del de las cinco viñas, la dulzura y apacibilidad de la señora Garnacha, la rusticidad de la chéntola, sin que entre todos estos señores osase parecer la bajeza del romanesco. Y habiendo hecho el huésped la reseña de tantos y tan diferentes vinos, se ofreció de hacer parecer allí, sin usar de tropelía ni como pintados en mapa, sino real y verdaderamente, á Madrigal, Coca, Alaejos, y á la imperial mas que real ciudad, recámara del dios de la risa: ofreció á Esquivias, á Alanis, á Cazalla, Guadalcanal y la Membrilla, sin que se olvidase de Ribadavia y de Descargamaria. Finalmente, mas vinos nombró el huésped, y mas les dió que pudo tener en sus bodegas el mismo Baco.
Admiráronle tambien al buen Tomas los rubios cabellos de las genovesas, y la gentileza y gallarda disposicion de los hombres, la admirable belleza de la ciudad, que en aquellas peñas parece que tiene las casas engastadas como diamantes en oro.
Otro dia se desembarcaron todas las compañías que habian de ir al Piamonte; pero no quiso Tomas hacer este viaje, sino irse desde allí por tierra á Roma y á Nápoles, como lo hizo, quedando de volver por la gran Venecia, y por Loreto á Milan y al Piamonte, donde dijo D. Diego de Valdivia que le hallaria, si ya no los hubiesen llevado á Flándes, segun se decia. Despidióse Tomas del capitan de allí á dos dias, y en cinco llegó á Florencia, habiendo visto primero á Luca, ciudad pequeña, pero muy bien hecha, y en la que mejor que en otras partes de Italia son bien vistos y agasajados los españoles.
Contentóle Florencia en estremo, así por su agradable asiento como por su limpieza, suntuosos edificios, fresco rio y apacibles calles: estuvo en ella cuatro dias, y luego se partió á Roma, reina de las ciudades y señora del mundo. Visitó sus templos, adoró sus reliquias y admiró su grandeza; y así como por las uñas del leon se viene en conocimiento de su grandeza y ferocidad, así él sacó la de Roma por sus despedazados mármoles, medias y enteras estatuas, por sus rotos arcos y derribadas termas, por sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes, por su famoso y santo rio, que siempre llena sus márgenes de agua, y las beatifica con las infinitas reliquias de cuerpos de mártires que en ellas tuvieron sepultura: por sus puentes, que parece que se están mirando unas á otras, y por sus calles que con solo el nombre cobran autoridad sobre todas las de las otras ciudades del mundo: la via Apia, la Flaminia, la Julia, con otras de este jaez. Pues no le admiraba ménos la division de sus montes dentro de sí misma: el Celio, el Quirinal y el Vaticano, con los otros cuatro, cuyos nombres manifiestan la grandeza y majestad romana. Notó tambien la autoridad del colegio de los cardenales, la majestad del Sumo Pontífice, el concurso y variedad de gentes y naciones. Todo lo miró, y notó, y puso en su punto. Y habiendo andado la estacion de las siete iglesias, y confesádose con un penitenciero y besado el pié á su Santidad, lleno de _agnusdei_ y cuentas determinó irse á Nápoles, y por ser tiempo de mutacion, malo y dañoso para todos los que en él entran ó salen de Roma como hayan caminado por tierra, se fué por mar á Nápoles, donde á la admiracion que traia de haber visto á Roma, añadió la que le causó ver á Nápoles, ciudad á su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de Europa, y aun de todo el mundo.
Desde allí se fué á Sicilia, y vió á Palermo, y despues á Mesina: de Palermo le pareció bien el asiento y belleza, y de Mesina el puerto, y de toda la isla la abundancia, por quien propiamente y con verdad es llamada granero de Italia. Volvióse á Nápoles y á Roma, y de allí fué á Nuestra Señora de Loreto, en cuyo santo templo no vió paredes ni murallas, porque todas estaban cubiertas de muletas, de mortajas, de cadenas, de grillos, de esposas, de cabelleras, de medios bultos de cera, y de pinturas y retratos que daban manifiesto indicio de las innumerables mercedes que muchos habian recebido de la mano de Dios por intercesion de su divina Madre, que aquella sacrosanta imágen suya quiso engrandecer y autorizar con muchedumbre de milagros, en recompensa de la devocion que le tienen aquellos que con semejantes doseles tienen adornados los muros de su casa. Vió el mismo aposento y estancia donde se relató la mas alta embajada y de mas importancia, que vieron y no entendieron todos los cielos, y todos los ángeles y todos los moradores de las moradas sempiternas.
Desde allí, embarcándose en Ancona, fué á Venecia, ciudad, que á no haber nacido Colon en el mundo, no tuviera en él semejante; merced al cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le opusiese. Estas dos famosas ciudades se parecen en las calles, que son todas de agua: la de Europa admiracion del mundo antiguo, la de América espanto del mundo nuevo. Parecióle que su riqueza era infinita, su gobierno prudente, su sitio inespugnable, su abundancia mucha, sus contornos alegres, y finalmente toda ella en sí y en sus partes digna de la fama que de su valor por todas las partes del orbe se estiende, dando causa de acreditar mas esta verdad la máquina de su famoso arsenal, que es el lugar donde se fabrican las galeras, con otros bajeles que no tienen número. Por poco fueran los de Calipso los regalos y pasatiempos que halló nuestro curioso viajero en Venecia, pues casi le hacian olvidar de su primer intento. Pero habiendo estado un mes en ella, por Ferrara, Parma y Plasencia volvió á Milan, oficina de Vulcano, ojeriza del reino de Francia, ciudad en fin de quien se dice, que puede decir y hacer, haciéndola magnífica la grandeza suya y de su templo, y su maravillosa abundancia de todas las cosas á la vida humana necesarias.
Desde allí se fué á Aste, y llegó á tiempo que otro dia marchaba el tercio á Flándes. Fué muy bien recebido de su amigo el capitan, y en su compañía y camarada pasó á Flándes, y llegó á Ambéres, ciudad no ménos para maravillar que las que habia visto en Italia. Vió á Gante y á Bruselas, y vió que todo el país se disponia á tomar las armas para salir en campaña el verano siguiente.
Y habiendo cumplido con el deseo que le movió á ver lo que habia visto, determinó volverse á España y á Salamanca á acabar sus estudios; y como lo pensó lo puso luego por obra, con pesar grandísimo de su camarada, que le rogó al tiempo de despedirse le avisase de su salud, llegada y suceso. Prometióselo ansí como lo pedia, y por Francia volvió á España sin haber visto á Paris, por estar puesta en armas. En fin llegó á Salamanca, donde fué bien recebido de sus amigos, y con la comodidad que ellos le hicieron, prosiguió sus estudios hasta graduarse de licenciado en leyes.
Sucedió que en este tiempo llegó á aquella ciudad una dama de todo rumbo y manejo. Acudieron luego á la añagaza y reclamo todos los pájaros del lugar, sin quedar _vademecum_ que no la visitase. Dijéronle á Tomas que aquella dama decia que habia estado en Italia y en Flándes, y por ver si la conocia fué á visitarla, de cuya visita y vista quedó ella enamorada de Tomas; y él sin echar de ver en ello, si no era por fuerza y llevado de otros no queria entrar en su casa. Finalmente, ella le descubrió su voluntad y le ofreció su hacienda. Pero como él atendia mas á sus libros que á otros pasatiempos, en ninguna manera respondia al gusto de la señora, la cual, viéndose desdeñada y á su parecer aborrecida, y que por medios ordinarios y comunes no podia conquistar la roca de la voluntad de Tomas, acordó de buscar otros modos á su parecer mas eficaces, y bastantes para salir con el cumplimiento de sus deseos.
Y así, aconsejada de una morisca, en un membrillo toledano dió á Tomas unos destos que llaman hechizos, creyendo que le daba cosa que le forzase la voluntad á quererla, como si hubiese en el mundo yerbas, encantos ni palabras suficientes á forzar el libre albedrío; y así, las que dan estas bebidas ó comidas amatorias se llaman benéficas, porque no es otra cosa lo que hacen sino dar veneno á quien las toma, como lo tiene mostrado la esperiencia en muchas y diversas ocasiones.
Comió en tan mal punto Tomas el membrillo, que al momento comenzó á herir de pié y de mano como si tuviera alferecía, y sin volver en sí estuvo muchas horas, al cabo de las cuales volvió como atontado, y dijo con lengua turbada y tartamuda, que un membrillo que habia comido le habia muerto, y declaró quién se lo habia dado. La justicia, que tuvo noticia del caso, fué á buscar la malhechora; pero ya ella, viendo el mal suceso, se habia puesto en cobro, y no pareció jamas.
Seis meses estuvo en la cama Tomas, en los cuales se secó y se puso, como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los sentidos; y aunque le hicieron los remedios posibles, solo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no la del entendimiento, porque quedó sano, y loco de la mas estraña locura que entre las locuras hasta entónces se habia visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginacion, cuando alguno se llegaba á él, daba terribles voces, pidiendo y suplicando con palabras y razones concertadas que no se le acercasen porque le quebrarian, que real y verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio de piés á cabeza.
Para sacarle desta estraña imaginacion, muchos, sin atender á sus voces y rogativas, arremetieron á él y le abrazaron, diciéndole que advirtiese y mirase cómo no se quebraba. Pero lo que se granjeaba en esto era que el pobre se echaba en el suelo, dando mil gritos y luego le tomaba un desmayo, del cual no volvia en sí en cuatro horas, y cuando volvia era renovando las plegarias y rogativas de que otra vez no llegasen. Decia que le hablasen desde léjos y le preguntasen lo que quisiesen, porque á todo les responderia con mas entendimiento, por ser hombre de vidrio y no de carne; que el vidrio por ser de materia sutil y delicada, obra por ella el alma con mas prontitud y eficacia, que no por la del cuerpo, pesada y terrestre.