Part 17
--Isabela de mi alma, mis padres con el grande amor que me tienen, aun no bien enterados del mucho que yo te tengo, han traido á casa una doncella escocesa, con quien ellos tenian concertado de casarme ántes que yo conociese lo que vales; y esto á lo que creo con intencion que la mucha belleza desta doncella borre de mi alma la tuya, que en ella estampada tengo: yo, Isabela, desde el punto que te quise, fué con otro amor de aquel que tiene su fin y paradero en el cumplimiento del sensual apetito; que puesto que tu corporal hermosura me cautivó los sentidos, tus infinitas virtudes me aprisionaron el alma, de manera que si hermosa te quise, fea te adoro, y para confirmar esta verdad, dame esa mano.
Y dándole ella la derecha y asiéndola él con la suya, prosiguió diciendo:
--Por la fe católica que mis cristianos padres me enseñaron, la cual si no está en la entereza que se requiere, por aquella juro que guarda el Pontífice romano, que es la que yo en mi corazon confieso, creo y tengo; y por el verdadero Dios que nos está oyendo, te prometo (¡oh Isabela, mitad de mi alma!) de ser tu esposo, y lo soy desde luego, si tú quieres levantarme á la alteza de ser tuyo.
Quedó suspensa Isabela con las razones de Ricaredo, y sus padres atónitos y pasmados. Ella no supo qué decir ni hacer otra cosa que besar muchas veces la mano de Ricaredo, y decirle con voz mezclada con lágrimas, que ella le aceptaba por suyo y se entregaba por su esclava. Besóla Ricaredo en el rostro feo, no habiendo tenido jamas atrevimiento de llegarse á él cuando hermoso.
Los padres de Isabela solemnizaron con tiernas y muchas lágrimas las fiestas del desposorio: Ricaredo les dijo que él dilataria el casamiento de la escocesa que ya estaba en casa, del modo que despues verian, y cuando su padre los quisiese enviar á España á todos tres, no lo rehusasen, sino que se fuesen y le aguardasen en Cádiz ó en Sevilla dos años, dentro de los cuales les daba su palabra de ser con ellos, si el cielo tanto tiempo le concedia de vida, y que si deste término pasase, tuviesen por cosa certísima que algun grande impedimento, ó la muerte, que era lo mas cierto, se habia opuesto á su camino.
Isabela le respondió que no solos dos años le aguardaria, sino todos aquellos de su vida hasta estar enterada que él no la tenia; porque en el punto que esto supiese, seria el mismo de su muerte. Con estas tiernas palabras se renovaron las lágrimas en todos, y Ricaredo salió á decir á sus padres como en ninguna manera se casaria, ni daria la mano á su esposa la escocesa, sin haber primero ido á Roma á asegurar su conciencia. Tales razones supo decir á ellos, y á los parientes que habian venido con Clisterna, que así se llamaba la escocesa, que como todos eran católicos fácilmente las creyeron; y Clisterna se contentó de quedar en casa de su suegro hasta que Ricaredo volviese, el cual pidió de término un año.
Esto ansí puesto y concertado, Clotaldo dijo á Ricaredo como determinaba enviar á España á Isabela y á sus padres, si la reina les daba licencia: quizá los aires de la patria apresurarian y facilitarian la salud que ya comenzaba á tener. Ricaredo, por no dar indicio de sus designios, respondió tibiamente á su padre que hiciese lo que mejor le pareciese; solo le suplicó que no quitase á Isabela ninguna cosa de las riquezas que la reina le habia dado. Prometióselo Clotaldo, y aquel mismo dia fué á pedir licencia á la reina, así para casar á su hijo con Clisterna, como para enviar á Isabela y á sus padres á España. De todo se contentó la reina, y tuvo por acertada la determinacion de Clotaldo: y aquel mismo dia sin acuerdo de letrados y sin poner á su camarera en tela de juicio, la condenó en que no sirviese mas su oficio, y en diez mil escudos de oro para Isabela; y al conde Arnesto por el desafío le desterró por seis años de Ingalaterra.
No pasaron cuatro dias, cuando ya Arnesto se puso á punto de salir á cumplir su destierro, y los dineros estuvieron juntos. La reina llamó á un mercader rico que habitaba en Lóndres, y era frances, el cual tenia correspondencia en Francia, Italia y España, al cual entregó los diez mil escudos y le pidió cédula para que se los entregasen al padre de Isabela en Sevilla ó en otra plaza de España. El mercader, descontados sus intereses y ganancias, dijo á la reina que las daria ciertas y seguras para Sevilla sobre otro mercader frances, su correspondiente, en esta forma: que él escribiria á Paris, para que allí se hiciesen las cédulas por otro correspondiente suyo, á causa que rezasen las fechas de Francia, y no de Ingalaterra, por el contrabando de la comunicacion de los dos reinos, y que bastaba llevar una letra de aviso suya sin fecha con sus contraseñas, para que luego diese el dinero el mercader de Sevilla, que ya estaria avisado del de Paris. En resolucion la reina tomó tales seguridades del mercader, que no dudó de ser cierta la paga; y no contenta con esto, mandó llamar á un patron de una nave flamenca, que estaba para partirse otro dia á Francia á solo tomar en algun puerto della testimonio para poder entrar en España á título de partir de Francia, y no de Ingalaterra, al cual pidió encarecidamente llevase en su nave á Isabela y á sus padres, y con toda seguridad y buen tratamiento los pusiese en un puerto de España, el primero á do llegase. El patron, que deseaba contentar á la reina, dijo que sí haria, y que los pondria en Lisboa, Cádiz ó Sevilla. Tomados pues los recaudos del mercader, envió la reina á decir á Clotaldo no quitase á Isabela todo lo que ella le habia dado, así de joyas como de vestidos.
Otro dia vinieron Isabela y sus padres á despedirse de la reina, que los recebió con mucho amor. Dióles la reina la carta del mercader, y otras muchas dádivas, así de dineros como de otras cosas de regalo para el viaje. Con tales razones se lo agradeció Isabela, que de nuevo dejó obligada á la reina para hacerle siempre mercedes: despidióse de las damas, las cuales como ya estaba fea, no quisieran que se partiese, viéndose libres de la envidia que á su hermosura tenian, y contentas de gozar de sus gracias y discreciones. Abrazó la reina á los tres, y encomendándolos á la buena ventura y al patron de la nave, y pidiendo á Isabela la avisase de su buena llegada á España, y siempre de su salud por la via del mercader frances, se despidió de Isabela y de sus padres, los cuales aquella misma tarde se embarcaron, no sin lágrimas de Clotaldo y de su mujer, y de todos los de su casa, de quien era en todo estremo bien querida. No se halló á esta despedida presente Ricaredo, que por no dar muestras de tiernos sentimientos aquel dia hizo que unos amigos suyos le llevasen á caza. Los regalos que la señora Catalina dió á Isabela para el viaje fueron muchos, los abrazos infinitos, las lágrimas en abundancia, las encomiendas de que la escribiese sin número, y los agradecimientos de Isabela y de sus padres correspondieron á todo; de suerte que aunque llorando, los dejaron satisfechos.
Aquella noche se hizo el bajel á la vela, y habiendo con próspero viento tocado en Francia, y tomado en ella los recaudos necesarios para poder entrar en España, de allí á treinta dias entró por la barra de Cádiz, donde desembarcaron Isabela y sus padres, y siendo conocidos de todos los de la ciudad, los recebieron con muestras de mucho contento. Recebieron mil parabienes del hallazgo de Isabela, y de la libertad que habian alcanzado ansí de los moros que los habian cautivado (habiendo sabido todo su suceso de los cautivos á que dió libertad la liberalidad de Ricaredo), como de la que habian alcanzado de los ingleses.
Ya Isabela en este tiempo comenzaba á dar grandes esperanzas de volver á cobrar su primera hermosura. Poco mas de un mes estuvieron en Cádiz, restaurando los trabajos de la navegacion, y luego se fueron á Sevilla por ver si salia cierta la paga de los diez mil escudos, que librados sobre el mercader frances traian. Dos dias despues de llegar á Sevilla le buscaron, y le hallaron, y le dieron la carta del mercader frances de la ciudad de Lóndres: él la reconoció, y dijo que hasta que de Paris le viniesen las letras y carta de aviso, no podia dar el dinero; pero que por momentos aguardaba el aviso. Los padres de Isabela alquilaron una casa principal frontero de Santa Paula, por ocasion que estaba monja en aquel santo monasterio una sobrina suya, única y estremada en la voz; y así por tenerla cerca, como por haber dicho Isabela á Ricaredo que si viniese á buscarla la hallaria en Sevilla, y le diria su casa su prima la monja de Santa Paula, y que para conocella no habia menester mas de preguntar por la monja que tenia la mejor voz en el monasterio, porque estas señas no se le podian olvidar.
Otros cuarenta dias tardaron de venir los avisos de Paris; y á dos que llegaron el mercader frances entregó los diez mil escudos á Isabela, y ella á sus padres, y con ellos, y con algunos mas que hicieron vendiendo algunas de las muchas joyas de Isabela, volvió su padre á ejercitar su oficio de mercader, no sin admiracion de los que sabian sus grandes pérdidas. En fin, en pocos meses fué restaurando su perdido crédito, y la belleza de Isabela volvió á su ser primero, de tal manera que en hablando de hermosas, todos daban el lauro á la Española inglesa, que tanto por este nombre, como por su hermosura, era de toda la ciudad conocida. Por la órden del mercader frances de Sevilla escribieron Isabela y sus padres á la reina de Ingalaterra su llegada, con los agradecimientos y sumisiones que requerian las muchas mercedes della recebidas: asimismo escribieron á Clotaldo y á su señora Catalina, llamándolos Isabela padres, y sus padres señores. De la reina no tuvieron respuesta; pero de Clotaldo y de su mujer sí, donde les daban el parabien de la llegada á salvo, y los avisaban como su hijo Ricaredo otro dia despues que ellos se hicieron á la vela se habia partido á Francia, y de allí á otras partes, donde le convenia ir para seguridad de su conciencia, añadiendo á estas otras razones y cosas de mucho amor y de muchos ofrecimientos. Á la cual carta respondieron con otra no ménos cortés y amorosa que agradecida.
Luego imaginó Isabela que el haber dejado Ricaredo á Ingalaterra, seria para venirla á buscar á España; y alentada con esta esperanza vivia la mas contenta del mundo, y procuraba vivir de manera que cuando Ricaredo llegase á Sevilla, ántes le diese en los oidos la fama de sus virtudes, que el conocimiento de su casa. Pocas ó ninguna vez salia de su casa sino para el monasterio: no ganaba otros jubileos que aquellos que en el monasterio se ganaban. Desde su casa y desde su oratorio andaba con el pensamiento los viérnes de cuaresma la santísima estacion de la cruz, y los siete venideros del Espíritu Santo: jamas visitó el rio, ni pasó á Triana, ni vió el comun regocijo en el campo de Tablada y puerta de Jerez el dia, si le hace claro, de San Sebastian, celebrado de tanta gente que apénas se puede reducir á número: finalmente, no vió regocijo público, ni otra fiesta en Sevilla: todo lo libraba en su recogimiento, y en sus oraciones y buenos deseos, esperando á Ricaredo. Este su grande retraimiento tenia abrasados y encendidos los deseos, no solo de los pisaverdes del barrio, sino de todos aquellos que una vez la hubiesen visto: de aquí nacieron músicas de noche en su calle, y carreras de dia. Deste no dejar verse y desearlo muchos, crecieron las alhajas de las terceras, que prometieron mostrarse primas y únicas en solicitar á Isabela, y no faltó quien se quiso aprovechar de lo que llaman hechizos, que no son sino embustes y disparates; pero á todo esto estaba Isabela como roca en mitad de la mar, que la tocan, pero no la mueven las olas ni los vientos.
Año y medio era ya pasado, cuando la esperanza propincua de los dos años por Ricaredo prometidos, comenzó con mas ahinco que hasta allí á fatigar el corazon de Isabela; y cuando ya le parecia que su esposo llegaba, y que le tenia ante los ojos, y le preguntaba qué impedimentos le habian detenido tanto; cuando ya llegaban á sus oidos las disculpas de su esposo, y cuando ya ella le perdonaba y le abrazaba, y como á mitad de su alma le recebia, llegó á sus manos una carta de la señora Catalina, fecha en Lóndres cincuenta dias habia: venia en lengua inglesa; pero leyéndola en español, vió que así decia:
«Hija de mi alma: Bien conociste á Guillarte el paje de Ricaredo: este se fué con él al viaje, que por otra te avisé que Ricaredo á Francia y á otras partes habia hecho el segundo dia de tu partida; pues este mismo Guillarte, á cabo de diez y seis meses que no habíamos sabido de mi hijo, entró ayer por nuestra puerta con nuevas que el conde Arnesto habia muerto á traicion en Francia á Ricaredo. Considera, hija, cuál quedaríamos su padre y yo, y su esposa con tales nuevas: tales digo, que aun no nos dejaron poner en duda nuestra desventura. Lo que Clotaldo y yo te rogamos otra vez, hija de mi alma, es que encomiendes muy de veras á Dios la de Ricaredo, que bien merece este beneficio el que tanto te quiso como tú sabes: tambien pedirás á nuestro Señor nos dé á nosotros paciencia y buena muerte, á quien nosotros tambien pediremos y suplicaremos te dé á tí y á tus padres largos años de vida.»
Por la letra y por la firma no le quedó que dudar á Isabela para no creer la muerte de su esposo: conocia muy bien al paje Guillarte, y sabia que era verdadero, y que de suyo no habria querido ni tenia para qué fingir aquella muerte, ni ménos su madre la señora Catalina la habria fingido, por no importarle nada enviarle nuevas de tanta tristeza: finalmente, ningun discurso que hizo, ninguna cosa que imaginó le pudo quitar del pensamiento no ser verdadera la nueva de su desventura.
Acabada de leer la carta, sin derramar lágrimas, ni dar señales de doloroso sentimiento, con sesgo rostro y al parecer con sosegado pecho se levantó de un estrado donde estaba sentada, y se entró en un oratorio, y hincándose de rodillas ante la imágen de un devoto crucifijo, hizo voto de ser monja, pues lo podia ser teniéndose por viuda. Sus padres disimularon y encubrieron con discrecion la pena que les habia dado la triste nueva, por poder consolar á Isabela en la amarga que sentia; la cual, casi como satisfecha de su dolor, templándole con la santa y cristiana resolucion que habia tomado, ella consolaba á sus padres, á los cuales descubrió su intento, y ellos le aconsejaron que no le pusiese en ejecucion hasta que pasasen los dos años que Ricaredo habia puesto por término á su venida, que con esto se confirmaria la verdad de la muerte de Ricaredo, y ella con mas seguridad podia mudar de estado. Ansí lo hizo Isabela, y los seis meses y medio que quedaban para cumplirse los dos años, los pasó en ejercicios de religiosa, y en concertar la entrada del monasterio, habiendo elegido el de Santa Paula, donde estaba su prima.
Pasóse el término de los dos años, y llegóse el dia de tomar el hábito, cuya nueva se estendió por la ciudad, y de los que conocian de vista á Isabela, y de aquellos que por sola su fama, se llenó el monasterio y la poca distancia que dél á la casa de Isabela habia; y convidando su padre á sus amigos, y aquellos á otros, hicieron á Isabela uno de los mas honrados acompañamientos que en semejantes actos se habian visto en Sevilla. Hallóse en él el asistente, y el provisor de la Iglesia, y vicario del arzobispo, con todas las señoras y señores de título que habia en la ciudad: tal era el deseo que en todos habia de ver el sol de la hermosura de Isabela, que tantos meses se les habia eclipsado: y como es costumbre de las doncellas que van á tomar el hábito ir lo posible galanas y bien compuestas, como quien en aquel punto echa el resto de la bizarría y se descarta della, quiso Isabela ponerse lo mas bizarra que fué posible; y así se vistió con aquel vestido mismo que llevó cuando fué á ver á la reina de Ingalaterra, que ya se ha dicho cuán rico y cuán vistoso era: salieron á luz las perlas y el famoso diamante, con el collar y cintura, que asimismo era de mucho valor. Con este adorno y con su gallardía, dando ocasion para que todos alabasen á Dios en ella, salió Isabela de su casa á pié, que el estar tan cerca el monasterio escusó los coches y carrozas: el concurso de la gente fué tanto, que les pesó de no haber entrado en los coches, porque no les daban lugar de llegar al monasterio: unos bendecian á sus padres, otros al cielo que de tanta hermosura la habia dotado: unos se empinaban por verla; otros, habiéndola visto una vez, corrian adelante por verla otra: y el que mas solícito se mostró en esto, y tanto que muchos echaron de ver en ello, fué un hombre vestido en hábito de los que vienen rescatados de cautivos, con una insignia de la Trinidad en el pecho en señal que han sido rescatados por la limosna de sus redentores. Este cautivo pues, al tiempo que ya Isabela tenia un pié dentro de la portería del convento, donde habian salido á recebirla, como es uso, la priora y las monjas con la cruz, á grandes voces dijo:
--Detente, Isabela, detente, que miéntras yo fuere vivo no puedes tu ser religiosa.
Á estas voces Isabela y sus padres volvieron los ojos, y vieron que hendiendo por toda la gente hácia ellos venia aquel cautivo, que habiéndosele caido un bonete azul redondo que en la cabeza traia, descubrió una confusa madeja de cabellos de oro ensortijados, y un rostro como el carmin y como la nieve, colorado y blanco, señales que luego le hicieron conocer y juzgar por estranjero de todos. En efecto, cayendo y levantando llegó donde Isabela estaba, y asiéndola de la mano, le dijo:
--¿Conócesme, Isabela? mira que yo soy Ricaredo, tu esposo.
--Sí conozco, dijo Isabela, si ya no eres fantasma que viene á turbar mi reposo.
Sus padres le asieron y atentamente le miraron, y en resolucion conocieron ser Ricaredo el cautivo: el cual con lágrimas en los ojos, hincando las rodillas delante de Isabela, le suplicó que no impidiese la estrañeza del traje en que estaba su buen conocimiento, ni estorbase su baja fortuna, que ella no correspondiese á la palabra que entre los dos se habian dado. Isabela, á pesar de la impresion que en su memoria habia hecho la carta de la madre de Ricaredo, dándole nuevas de su muerte, quiso dar mas crédito á sus ojos y á la verdad que presente tenia; y así abrazándose con el cautivo, le dijo:
--Vos sin duda, señor mio, sois aquel que solo podrá impedir mi cristiana determinacion: vos, señor, sois sin duda la mitad de mi alma, pues sois mi verdadero esposo: estampado os tengo en mi memoria, y guardado en mi alma: las nuevas que de vuestra muerte me escribió mi señora y vuestra madre, ya que no me quitaron la vida, me hicieron escoger la de la religion, que en este punto queria entrar á vivir en ella; mas pues Dios con tan justo impedimento muestra querer otra cosa, ni podemos ni conviene que por mi parte se impida: venid, señor, á la casa de mis padres, que es vuestra, y allí os entregaré mi posesion por los términos que pido nuestra santa fe católica.
Todas estas razones oyeron los circunstantes, y el asistente, y vicario, y provisor del arzobispo, y de oirlas se admiraron y suspendieron, y quisieron que luego se les dijese qué historia era aquella, qué estranjero aquel, y de qué casamiento trataban. Á todo lo cual respondió el padre de Isabela, diciendo que aquella historia pedia otro lugar y algun término para decirse; y así suplicaba á todos aquellos que quisiesen saberla, diesen la vuelta á su casa, pues estaba tan cerca, que allí se la contarian de modo que con la verdad quedasen satisfechos, y con la grandeza y estrañeza de aquel suceso admirados. En esto, uno de los presentes alzó la voz, diciendo:
--Señores, este mancebo es un gran cosario inglés, que yo le conozco, y es aquel que habrá poco mas de dos años tomó á los cosarios de Argel la nave de Portugal que venia de las Indias: no hay duda sino que es él, que yo le conozco; porque él me dió libertad y dineros para venir á España, y no solo á mí, sino á otros trescientos cautivos.
Con estas razones se alborotó la gente, y se avivó el deseo que todos tenian de saber y ver la claridad de tan intricadas cosas. Finalmente, la gente mas principal con el asistente y aquellos dos señores eclesiásticos volvieron á acompañar á Isabela á su casa, dejando á las monjas tristes, confusas y llorando por lo que perdian en no tener en su compañía á la hermosa Isabela, la cual estando en su casa, en una gran sala della hizo que aquellos señores se sentasen; y aunque Ricaredo quiso tomar la mano en contar su historia, todavía le pareció que era mejor fiarlo de la lengua y discrecion de Isabela, y no de la suya, que no muy espertamente hablaba la lengua castellana.
Callaron todos los presentes, y teniendo las almas pendientes de las razones de Isabela, ella así comenzó su cuento: el cual le reduzco yo á que dijo todo aquello que, desde el dia que Clotaldo la robó de Cádiz hasta que entró y volvió á él, le habia sucedido, contando asimismo la batalla que Ricaredo habia tenido con los turcos: la liberalidad que habia usado con los cristianos: la palabra que entrambos á dos se habian dado de ser marido y mujer: la promesa de los dos años: las nuevas que habia tenido de su muerte, tan ciertas á su parecer, que la pusieron en el término que habian visto de ser religiosa: engrandeció la liberalidad de la reina: la cristiandad de Ricaredo y de sus padres; y acabó con decir que dijese Ricaredo lo que le habia sucedido despues que salió de Lóndres hasta el punto presente, donde le veian con hábito de cautivo, y con una señal de haber sido rescatado por limosna.
--Así es, dijo Ricaredo, y en breves razones sumaré los inmensos trabajos mios.
Despues que me partí de Lóndres por escusar el casamiento que no podia hacer con Clisterna, aquella doncella escocesa católica con quien ha dicho Isabela que mis padres me querian casar, llevando en mi compañía á Guillarte, aquel paje que mi madre escribe que llevó á Lóndres las nuevas de mi muerte, atravesando por Francia llegué á Roma, donde se alegró mi alma y se fortaleció mi fe: besé los piés al Sumo Pontífice, confesé mis pecados con el mayor penitenciero, absolvióme dellos, y dióme los recaudos necesarios que diesen fe de mi confesion y penitencia, y de la reduccion que habia hecho á nuestra universal madre la Iglesia. Hecho esto, visité los lugares tan santos como innumerables que hay en aquella ciudad santa, y de dos mil escudos que tenia en oro, di los mil y seiscientos á un cambio, que me los libró en esta ciudad sobre un tal Roqui, florentin: con los cuatrocientos que me quedaron, con intencion de venir á España me partí para Génova, donde habia tenido nuevas que estaban dos galeras de aquella señoría, de partida para España. Llegué con Guillarte mi criado á un lugar que se llama Aquapendente, que viniendo de Roma á Florencia es el último que tiene el Papa, y en una hostería ó posada donde me apeé, hallé al conde Arnesto, mi mortal enemigo, que con cuatro criados disfrazados, y encubierto, mas por ser curioso que por ser católico, entendí que iba á Roma; creí sin duda que no me habia conocido; encerréme en un aposento con mi criado, y estuve con cuidado y con determinacion de mudarme á otra posada en cerrando la noche: no lo hice ansí, porque el descuido grande que noté que tenian el conde y sus criados, me aseguró que no me habian conocido; cené en mi aposento, cerré la puerta, apercebí mi espada, encomendéme á Dios y no quise acostarme; durmióse mi criado, y yo sobre una silla me quedé medio dormido; mas poco despues de la media noche me despertaron para hacerme dormir el eterno sueño cuatro pistoletes que, como despues supe, dispararon contra mí el conde y sus criados, y dejándome por muerto, teniendo ya á punto los caballos se fueron, diciendo al huésped de la posada que me enterrase, porque era hombre principal.