Novelas ejemplares

Part 16

Chapter 164,054 wordsPublic domain

--Levantáos, Ricaredo, respondió la reina, y creedme que si por precio os hubiera de dar á Isabela, segun yo la estimo, no la pudiérades pagar ni con lo que trae esa nave, ni con lo que queda en las Indias: dóyosla porque os la prometí, y porque ella es digna de vos, y vos lo sois della: vuestro valor solo la merece; si vos habeis guardado las joyas de la nave para mí, yo os he guardado la joya vuestra para vos; y aunque os parezca que no hago mucho en volveros lo que es vuestro, yo sé que os hago mucha merced en ello; que las prendas que se compran á deseos y tienen su estimacion en el alma del comprador, aquello valen que vale una alma, que no hay precio en la tierra con que aprecialla: Isabela es vuestra, veisla allí; cuando quisiéredes podeis tomar su entera posesion, y creo será con su gusto, porque es discreta, y sabrá ponderar la amistad que le haceis, que no la quiero llamar merced, sino amistad; porque me quiero alzar con el nombre de que yo sola puedo hacerle mercedes: idos á descansar, y venidme á ver mañana, que quiero mas particularmente oir vuestras hazañas; y traedme esos dos que decís que de su voluntad han querido venir á verme, que se lo quiero agradecer.

Besóle las manos Ricaredo por las muchas mercedes que le hacia. Entróse la reina en una sala, y las damas rodearon á Ricaredo, y una dellas que habia tomado grande amistad con Isabela, llamada la señora Tansi, tenida por la mas discreta, desenvuelta y graciosa de todas, dijo á Ricaredo:

--¿Qué es esto, señor Ricaredo, qué armas son estas? ¿Pensábades por ventura que veníades á pelear con vuestros enemigos? Pues en verdad que aquí todas somos vuestras amigas, si no es la señora Isabela, que como española está obligada á no teneros buena voluntad.

--Acuérdese ella, señora Tansi, de tenerme alguna, que como yo esté en su memoria, dijo Ricaredo, yo sé que la voluntad será buena, pues no puede caber en su mucho valor y entendimiento y rara hermosura la fealdad de ser desagradecida.

Á lo cual respondió Isabela:

--Señor Ricaredo, pues he de ser vuestra, á vos está tomar de mí toda la satisfaccion que quisiéredes para recompensaros de las alabanzas que me habeis dado, y de las mercedes que pensais hacerme.

Estas y otras honestas razones pasó Ricaredo con Isabela y con las damas, entre las cuales habia una doncella de pequeña edad, la cual no hizo sino mirar á Ricaredo miéntras allí estuvo; alzábale las escarcelas, por ver qué traia debajo dellas, tentábale la espada, y con simplicidad de niña queria que las armas le sirviesen de espejo, llegándose á mirar de muy cerca en ellas; y cuando se hubo ido, volviéndose á las damas, dijo:

--Ahora, señoras, yo imagino que debe de ser cosa hermosísima la guerra, pues aun entre mujeres parecen bien los hombres armados.

--Y ¿cómo si parecen? respondió la señora Tansi; si no, mirad á Ricaredo, que no parece sino que el sol se ha bajado á la tierra, y en aquel hábito va caminando por la calle.

Rieron todas del dicho de la doncella y de la disparatada semejanza de Tansi; y no faltaron murmuradores que tuvieron por impertinencia el haber venido armado Ricaredo á palacio, puesto que halló disculpa en otros, que dijeron que como soldado lo pudo hacer para mostrar su gallarda bizarría.

Fué Ricaredo de sus padres, amigos, parientes y conocidos con muestras de entrañable amor recebido. Aquella noche se hicieron generales alegrías en Lóndres por su buen suceso.

Ya los padres de Isabela estaban en casa de Clotaldo, á quien Ricaredo habia dicho quién eran; pero que no les diesen nueva ninguna de Isabela hasta que él mismo se la diese. Este aviso tuvo la señora Catalina, su madre, y todos los criados y criadas de su casa. Aquella misma noche, con muchos bajeles, lanchas y barcos, y con no ménos ojos que lo miraban, se comenzó á descargar la gran nave, que en ocho dias no acabó de dar la mucha pimienta y otras riquísimas mercaderías que en su vientre encerradas tenia.

El dia que siguió á esta noche fué Ricaredo á palacio, llevando consigo al padre y madre de Isabela, vestidos de nuevo á la inglesa, diciéndoles que la reina queria verlos. Llegando todos donde la reina estaba en medio de sus damas, esperando á Ricaredo, á quien quiso lisonjear y favorecer con tener junto á sí á Isabela, vestida con aquel mismo vestido que llevó la vez primera, mostrándose no ménos hermosa ahora que entónces. Los padres de Isabela quedaron admirados y suspensos de ver tanta grandeza y bizarría junta. Pusieron los ojos en Isabela, y no la conocieron, aunque el corazon, presagio del bien que tan cerca tenian, les comenzó á saltar en el pecho, no con sobresalto que les entristeciese, sino con un no sé qué de gusto, que ellos no acertaban á entendelle. No consintió la reina que Ricaredo estuviese de rodillas ante ella: ántes le hizo levantar y sentar en una silla rasa, que para solo esto allí puesta tenian, inusitada merced para la altiva condicion de la reina, y alguno dijo á otro:

--Ricaredo no se sienta hoy sobre la silla que le han dado, sino sobre la pimienta que él trujo.

Otro acudió, y dijo:

--Ahora se verifica lo que comunmente se dice, que dádivas quebrantan peñas; pues las que ha traido Ricaredo han ablandado el duro corazon de nuestra reina.

Otro acudió, y dijo:

--Ahora que está tan bien ensillado, mas de dos se atreverán á correrle.

En efecto, de aquella nueva honra que la reina hizo á Ricaredo, tomó ocasion la envidia para nacer en muchos pechos de aquellos que mirándole estaban; porque no hay merced que el príncipe haga á su privado, que no sea una lanza que atraviese el corazon del envidioso. Quiso la reina saber de Ricaredo menudamente cómo habia pasado la batalla con los bajeles de los cosarios: él la contó de nuevo, atribuyendo la victoria á Dios y á los brazos valerosos de sus soldados, encareciéndoles á todos juntos, y particularizando algunos hechos de algunos que mas que los otros se habian señalado, con que obligó á la reina á hacer á todos merced, y en particular á los particulares; y cuando llegó á decir la libertad que en nombre de su Majestad habia dado á los turcos y cristianos, dijo:

--Aquella mujer y aquel hombre que allí están (señalando á los padres de Isabela) son los que dije ayer á vuestra Majestad, que con deseo de ver vuestra grandeza, encarecidamente me pidieron los trujese conmigo: ellos son de Cádiz, y de lo que ellos me han contado, y de lo que en ellos he visto y notado, sé que son gente principal y de valor.

Mandóles la reina que se llegasen cerca: alzó los ojos Isabela á mirar los que decian ser españoles, y mas de Cádiz, con deseo de saber si por ventura conocian á sus padres. Ansí como Isabela alzó los ojos, los puso en ella su madre y detuvo el paso para mirarla mas atentamente, y en la memoria de Isabela se comenzaron á despertar unas confusas noticias, que le querian dar á entender que en otro tiempo ella habia visto aquella mujer que delante tenia. Su padre estaba en la misma confusion, sin osar determinarse á dar crédito á la verdad que sus ojos le mostraban. Ricaredo estaba atentísimo á ver los afectos y movimientos que hacian las tres dudosas y perplejas almas, que tan confusas estaban entre el sí y el no de conocerse. Conoció la reina la suspension de entrambos, y aun el desasosiego de Isabela, porque la vió trasudar, y levantar la mano muchas veces á componerse el cabello.

En esto deseaba Isabela que hablase la que pensaba ser su madre: quizá los oidos la sacarian de la duda en que sus ojos la habian puesto. La reina dijo á Isabela que en lengua española dijese á aquella mujer y á aquel hombre le dijesen qué causa les habia movido á no querer gozar de la libertad que Ricaredo les habia dado, siendo la libertad la cosa mas amada, no solo de la gente de razon, mas aun de los animales que carecen della.

Todo esto preguntó Isabela á su madre, la cual sin responderle palabra, desatentadamente y medio tropezando se llegó á Isabela, y sin mirar á respeto, temores ni miramientos cortesanos, alzó la mano á la oreja derecha de Isabela, y descubrió un lunar negro que allí tenia, la cual señal acabó de certificar su sospecha; y viendo claramente ser Isabela su hija, abrazándose con ella dió una gran voz, diciendo:

--¡Oh hija de mi corazon! ¡Oh prenda cara del alma mia!

Y sin poder pasar adelante, se cayó desmayada en los brazos de Isabela.

Su padre, no ménos tierno que prudente, dió muestras de su sentimiento, no con otras palabras que con derramar lágrimas, que sesgamente su venerable rostro y barbas le bañaron. Juntó Isabela su rostro con el de su madre, y volviendo los ojos á su padre, de tal manera le miró, que le dió á entender el gusto y el descontento que de verlos allí su alma tenia. La reina, admirada de tal suceso, dijo á Ricaredo:

--Yo pienso, Ricaredo, que con vuestra discrecion se han ordenado estas vistas, y no sé si os diga que han sido acertadas, pues sabemos que así suele matar una súbita alegría como mata una tristeza.

Y diciendo esto, se volvió á Isabela, y la apartó de su madre, la cual, habiéndole echado agua en el rostro, volvió en sí, y estando un poco mas en su acuerdo, puesta de rodillas delante de la reina, le dijo:

--Perdone vuestra Majestad mi atrevimiento, que no es mucho perder los sentidos con la alegría del hallazgo desta amada prenda.

Respondióle la reina que tenia razon, sirviéndole de intérprete, para que lo entendiese, Isabela, la cual de la manera que se ha contado conoció á sus padres, y sus padres á ella, á los cuales mandó la reina quedar en palacio, para que despacio pudiesen ver y hablar á su hija, y regocijarse con ella; de lo cual Ricaredo se holgó mucho, y de nuevo pidió á la reina le cumpliese la palabra que le habia dado de dársela, si es que acaso la merecia; y de no merecerla, le suplicaba desde luego le mandase ocupar en cosas que le hiciesen digno de alcanzar lo que deseaba. Bien entendió la reina que estaba Ricaredo satisfecho de sí mismo y de su mucho valor, que no habia necesidad de nuevas pruebas para calificarle; y así le dijo que de allí á cuatro dias le entregaria á Isabela, haciendo á los dos la honra que á ella fuese posible.

Con esto se despidió Ricaredo contentísimo con la esperanza propincua que llevaba de tener en su poder á Isabela, sin sobresalto de perderla, que es el último deseo de los amantes.

Corrió el tiempo, y no con la lijereza que él quisiera; que los que viven con esperanzas de promesas venideras, siempre imaginan que no vuela el tiempo, sino que anda sobre los piés de la pereza misma. Pero en fin llegó el dia, no donde pensó Ricaredo poner fin á sus deseos, sino de hallar en Isabela gracias nuevas que le moviesen á quererla mas, si mas pudiese. Mas en aquel breve tiempo, donde él pensaba que la nave de su buena fortuna corria con próspero viento hácia el deseado puerto, la contraria suerte levantó en su mar tal tormenta, que mil veces temió anegarse.

Es pues el caso que la camarera mayor de la reina, á cuyo cargo estaba Isabela, tenia un hijo de edad de veinte y dos años, llamado el conde Arnesto. Hacíanle la grandeza de su estado, la alteza de su sangre, el mucho favor que su madre con la reina tenia; hacíanle, digo, estas cosas mas de lo justo arrogante, altivo y confiado. Este Arnesto pues se enamoró de Isabela tan encendidamente, que en la luz de los ojos de Isabela tenia abrasada el alma; y aunque en el tiempo que Ricaredo habia estado ausente, con algunas señales le habia descubierto su deseo, nunca de Isabela fué admitido; y puesto que la repugnancia y los desdenes en los principios de los amores suelen hacer desistir de la empresa á los enamorados, en Arnesto obraron lo contrario los muchos y conocidos desdenes que le dió Isabela, porque con sus celos ardia y con su honestidad se abrasaba: y como vió que Ricaredo, segun el parecer de la reina, tenia merecida á Isabela, y que en tan poco tiempo se le habia de entregar por mujer, quiso desesperarse; pero ántes que llegase á tan infame y tan cobarde remedio, habló á su madre, diciéndole pidiese á la reina le diese á Isabela por esposa, donde no, que pensase que la muerte estaba llamando á las puertas de su vida. Quedó la camarera admirada de las razones de su hijo, y como conocia la aspereza de su arrojada condicion, y la tenacidad con que se le pegaban los deseos en el alma, temió que sus amores habian de parar en algun infelice suceso. Con todo eso, como madre á quien es natural desear y procurar el bien de sus hijos, prometió al suyo de hablar á la reina, no con esperanza de alcanzar della el imposible de romper su palabra, sino por no dejar de intentar cómo no salir desahuciada de los últimos remedios.

Y estando aquella mañana Isabela vestida por órden de la reina tan ricamente, que no se atreve la pluma á contarlo, y habiéndole echado la misma reina al cuello una sarta de perlas de las mejores que traia la nave, que las apreciaron en veinte mil ducados, y puéstole un anillo de un diamante, que se apreció en seis mil escudos, y estando alborozadas las damas por la fiesta que esperaban del cercano desposorio, entró la camarera mayor á la reina, y de rodillas le suplicó suspendiese el desposorio de Isabela por otros dos dias, que con esta merced sola que su Majestad le hiciese, se tendria por satisfecha y pagada de todas las mercedes que por sus servicios merecia y esperaba.

Quiso saber la reina primero por qué le pedia con tanto ahinco aquella suspension, que tan derechamente iba contra la palabra que tenia dada á Ricaredo; pero no se la quiso dar la camarera hasta que le hubo otorgado que haria lo que le pedia: tanto deseo tenia la reina de saber la causa de aquella demanda. Y así despues que la camarera alcanzó lo que por entónces deseaba, contó á la reina los amores de su hijo, y cómo temia que si no le daban por mujer á Isabela, ó se habia de desesperar, ó hacer algun hecho escandaloso; y que si habia pedido aquellos dos dias, era por dar lugar á que su Majestad pensase qué medio seria á propósito y conveniente para dar á su hijo remedio.

La reina respondió que si su real palabra no estuviera de por medio, que ella hallara salida á tan cerrado laberinto, pero que no la quebrantaria ni defraudaria las esperanzas de Ricaredo por todo el interes del mundo. Esta respuesta dió la camarera á su hijo, el cual sin detenerse un punto, ardiendo en amor y en celos, se armó de todas armas, y sobre un fuerte y hermoso caballo se presentó ante la casa de Clotaldo, y á grandes voces pidió que se asomase Ricaredo á la ventana, el cual á aquella sazon estaba vestido de galas de desposado, y á punto para ir á palacio con el acompañamiento que tal acto requeria; mas habiendo oido las voces, y siéndole dicho quién las daba, y del modo que venia, con algun sobresalto se asomó á una ventana, y como le vió Arnesto, dijo:

--Ricaredo, estáme atento á lo que decirte quiero: la reina mi señora te mandó fueses á servirla, y á hacer hazañas que te hiciesen merecedor de la sin par Isabela: tú fuiste, y volviste cargadas las naves de oro, con el cual piensas haber comprado y merecido á Isabela; y aunque la reina mi señora te la ha prometido, ha sido creyendo que no hay ninguno en su corte que mejor que tú la sirva, ni quien con mejor título merezca á Isabela, y en esto bien podrá ser se haya engañado: y así llegándome á esta opinion que yo tengo por verdad averiguada, digo que ni tú has hecho cosas tales que te hagan merecer á Isabela, ni ninguna podrás hacer que á tanto bien te levante; y en razon de que no la mereces, si quisieres contradecirme, te desafío á todo trance de muerte.

Calló el conde, y desta manera le respondió Ricaredo:

--En ninguna manera me toca salir á vuestro desafío, señor conde, porque yo confieso, no solo que no merezco á Isabela, sino que no la merece ninguno de los que hoy viven en el mundo; así que contestando yo lo que vos decís, otra vez digo que no me toca vuestro desafío; pero yo le acepto por el atrevimiento que habeis tenido en desafiarme.

Con esto se quitó de la ventana, y pidió apriesa sus armas. Alborotáronse sus parientes, y todos aquellos que para ir á palacio habian venido á acompañarle. De la mucha gente que habia visto al conde Arnesto armado, y le habia oido las voces del desafío, no faltó quien lo fué á contar á la reina, la cual mandó al capitan de su guarda que fuese á prender al conde. El capitan se dió tanta priesa, que llegó á tiempo que ya Ricaredo salia de su casa, armado con las armas con que se habia desembarcado, puesto sobre un hermoso caballo.

Cuando el conde vió al capitan, luego imaginó á lo que venia, y determinó de no dejar prenderse, y alzando la voz contra Ricaredo, dijo:

--Ya ves, Ricaredo, el impedimento que nos viene; si tuvieres ganas de castigarme, tú me buscarás; y por la que yo tengo de castigarte, tambien te buscaré; y pues dos que se buscan fácilmente se hallan, dejemos para entónces la ejecucion de nuestros deseos.

--Soy contento, respondió Ricaredo.

En esto llegó el capitan con toda su guarda, y dijo al conde que fuese preso en nombre de su Majestad. Respondió el conde que sí quedaba; pero no para que lo llevasen á otra parte que á la presencia de la reina. Contentóse con esto el capitan, y cogiéndole en medio de la guarda le llevó á palacio ante la reina, la cual ya de su camarera estaba informada del amor grande que su hijo tenia á Isabela, y con lágrimas habia suplicado á la reina perdonase al conde, que como mozo y enamorado á mayores yerros estaba sujeto.

Llegó Arnesto ante la reina, la cual sin entrar con él en razones, le mandó quitar la espada, y llevar preso á una torre.

Todas estas cosas atormentaban el corazon de Isabela y de sus padres, que tan presto veian turbado el mar de su sosiego. Aconsejó la camarera á la reina que para sosegar el mal que podia suceder entre su parentela y la de Ricaredo, que se quitase la causa de por medio, que era Isabela, enviándola á España, y así cesarian los efectos que debian de temerse: añadiendo á estas razones decir que Isabela era católica, y tan cristiana que ninguna de sus persuasiones, que habian sido muchas, la habian podido torcer en nada de su católico intento. Á lo cual respondió la reina que por eso la estimaba en mas, pues tan bien sabia guardar la ley que sus padres la habian enseñado, y que en lo de enviarla á España no tratase, porque su hermosa presencia y sus muchas gracias y virtudes le daban mucho gusto, y que sin duda, si no aquel dia, otro se la habia de dar por esposa á Ricaredo, como se lo tenia prometido.

Con esta resolucion de la reina quedó la camarera tan desconsolada, que no le replicó palabra, y pareciéndole lo que ya le habia parecido, que si no era quitando á Isabela de por medio, no habia de haber medio alguno que la rigurosa condicion de su hijo ablandase ni redujese á tener paz con Ricaredo, determinó de hacer una de las mayores crueldades que pudo caber jamas en pensamiento de mujer principal, y tanto como ella lo era; y fué su determinacion matar con tósigo á Isabela: y como por la mayor parte sea la condicion de las mujeres ser prestas y determinadas, aquella misma tarde atosigó á Isabela en una conserva que le dió, forzándola que la tomase por ser buena contra las ansias de corazon que sentia.

Poco espacio pasó despues de haberla tomado, cuando á Isabela se le comenzó á hinchar la lengua y la garganta, y á ponérsele denegridos los labios, y á enronquecérsele la voz, turbársele los ojos y apretársele el pecho: todas conocidas señales de haberle dado veneno. Acudieron las damas á la reina, contándole lo que pasaba, y certificando que la camarera habia hecho aquel mal recaudo. No fué menester mucho para que la reina lo creyese, y así fué á ver á Isabela, que ya casi estaba espirando.

Mandó llamar la reina con priesa á sus médicos, y en tanto que tardaban, la hizo dar cantidad de polvos de unicornio, con otros muchos antídotos que los grandes príncipes suelen tener prevenidos para semejantes necesidades. Vinieron los médicos, y esforzaron los remedios, y pidieron á la reina hiciese decir á la camarera qué género de veneno le habia dado; porque no se dudaba que otra persona alguna sino ella la hubiese envenenado. Ella lo descubrió, y con esta noticia los médicos aplicaron tantos remedios y tan eficaces, que con ellos y con el ayuda de Dios quedó Isabela con vida, ó á lo ménos con esperanza de tenerla.

Mandó la reina prender á su camarera, y encerrarla en un aposento estrecho de palacio, con intencion de castigarla como su delito merecia, puesto que ella se disculpaba diciendo que en matar á Isabela hacia sacrificio al cielo, quitando de la tierra á una católica, y con ella la ocasion de las pendencias de su hijo.

Estas tristes nuevas oidas de Ricaredo, le pusieron en términos de perder el juicio: tales eran las cosas que hacia y las lastimeras razones con que se quejaba. Finalmente, Isabela no perdió la vida, que el quedar con ella la naturaleza lo conmutó en dejarla sin cejas, pestañas y sin cabello, el rostro hinchado, la tez perdida, los cueros levantados y los ojos lagrimosos. Finalmente quedó tan fea, que como hasta allí habia parecido un milagro de hermosura, entónces parecia un monstruo de fealdad. Por mayor desgracia tenian los que la conocian haber quedado de aquella manera, que si la hubiera muerto el veneno. Con todo esto, Ricaredo se la pidió á la reina, y le suplicó se la dejase llevar á su casa, porque el amor que la tenia pasaba del cuerpo al alma, y que si Isabela habia perdido su belleza, no podia haber perdido sus infinitas virtudes.

--Así es, dijo la reina, lleváosla, Ricaredo, y haced cuenta que llevais una riquísima joya encerrada en una caja de madera tosca: Dios sabe si quisiera dárosla como me la entregastes, pero pues no es posible, perdonadme; quizá el castigo que diere á la cometedora de tal delito satisfará en algo el deseo de la venganza.

Muchas cosas dijo Ricaredo á la reina disculpando á la camarera, y suplicándola la perdonase, pues las disculpas que daba eran bastantes para perdonar mayores insultos. Finalmente, le entregaron á Isabela y á sus padres, y Ricaredo los llevó á su casa, digo, á la de sus padres: á las ricas perlas y al diamante añadió otras joyas la reina y otros vestidos tales, que descubrieron el mucho amor que á Isabela tenia, la cual duró dos meses en su fealdad, sin dar indicio alguno de poder reducirse á su primera hermosura; pero al cabo deste tiempo comenzó á caérsele el cuero, y á descubrírsele su hermosa tez.

En este tiempo los padres de Ricaredo, pareciéndoles no ser posible que Isabela en sí volviese, determinaron enviar por la doncella de Escocia, con quien primero que con Isabela tenian concertado de casar á Ricaredo, y esto sin que él lo supiese, no dudando que la hermosura presente de la nueva esposa hiciese olvidar á su hijo la ya pasada de Isabela: á la cual pensaban enviar á España con sus padres, dándoles tanto haber y riquezas que recompensasen sus pasadas pérdidas. No pasó mes y medio, cuando sin sabiduría de Ricaredo la nueva esposa se le entró por las puertas, acompañada como quien ella era, y tan hermosa que despues de la Isabela, que solia ser, no habia otra tan bella en todo Lóndres.

Sobresaltóse Ricaredo con la improvisa vista de la doncella, y temió que el sobresalto de su venida habia de acabar la vida á Isabela; y así para templar este temor se fué al lecho donde Isabela estaba, y hallóla en compañía de sus padres, delante de los cuales dijo: