Part 15
Estúvola la reina mirando por un buen espacio, sin hablarle palabra, pareciéndole, como despues dijo á su camarera, que tenia delante un cielo estrellado, cuyas estrellas eran las muchas perlas y diamantes que Isabela traia, su bello rostro y sus ojos el sol y la luna, y toda ella una nueva maravilla de hermosura. Las damas que estaban con la reina quisieran hacerse todas ojos, porque no les quedase cosa por mirar en Isabela: cuál alababa la viveza de sus ojos, cuál la color del rostro, cuál la gallardía del cuerpo y cuál la dulzura de la habla, y tal hubo que de pura invidia, dijo:
--Buena es la española, pero no me contenta el traje.
Despues que pasó algun tanto la suspension de la reina, haciendo levantar á Isabela, le dijo:
--Habladme en español, doncella, que yo le entiendo bien, y gustaré dello.
Y volviéndose á Clotaldo, dijo:
--Clotaldo, agravio me habeis hecho en tenerme este tesoro tantos años ha encubierto; mas él es tal que os habrá movido á codicia: obligado estais á restituírmele, porque de derecho es mio.
--Señora, respondió Clotaldo, mucha verdad es lo que vuestra Majestad dice: confieso mi culpa, si lo es haber guardado este tesoro á que estuviese en la perfeccion que convenia para parecer ante los ojos de vuestra Majestad; y ahora que lo está, pensaba traerle mejorado, pidiendo licencia á vuestra Majestad, para que Isabela fuese esposa de mi hijo Ricaredo, y daros, alta Majestad, en los dos todo cuanto puedo daros.
--Hasta el nombre me contenta, respondió la reina; no le faltaba mas sino llamarse Isabela la española, para que no me quedase nada de perfeccion que desear en ella; pero advertid, Clotaldo, que sé que sin mi licencia la teníades prometida á vuestro hijo.
--Así es verdad, señora, respondió Clotaldo; pero fué en confianza que los muchos y relevados servicios que yo y mis pasados tenemos hechos á esta corona, alcanzarian de vuestra Majestad otras mercedes mas dificultosas que las desta licencia: cuanto mas que aun no está desposado mi hijo.
--Ni lo estará, dijo la reina, con Isabela hasta que por sí mismo lo merezca; quiero decir, que no quiero que para esto le aprovechen vuestros servicios, ni de sus pasados: él por sí mismo se ha de disponer á servirme, y á merecer por sí esta prenda, que yo la estimo como si fuese mi hija.
Apénas oyó esta última palabra Isabela, cuando se volvió á hincar de rodillas ante la reina, diciéndole en lengua castellana:
--Las desgracias que tales descuentos traen, serenísima señora, ántes se han de tener por dichas que por desventuras: ya vuestra Majestad me ha dado nombre de hija: sobre tal prenda ¿qué males podré temer, ó qué bienes no podré esperar?
Con tanta gracia y donaire decia cuanto decia Isabela, que la reina se le aficionó en estremo, y mandó que se quedase en su servicio, y se la entregó á una gran señora, su camarera mayor, para que la enseñase el modo de vivir suyo.
Ricaredo que se vió quitar la vida en quitarle á Isabela, estuvo á pique de perder el juicio; y así temblando y con sobresalto se fué á poner de rodillas ante la reina, á quien dijo:
--Para servir yo á vuestra Majestad no es menester incitarme con otros premios que con aquellos que mis padres y mis pasados han alcanzado por haber servido á sus reyes; pero pues vuestra Majestad gusta que yo la sirva con nuevos deseos y pretensiones, querria saber en qué modo, en qué ejercicio podré mostrar que cumplo con la obligacion en que vuestra Majestad me pone.
--Dos navíos, respondió la Reina, están para partirse en corso, de los cuales he hecho general al baron de Lansac: del uno dellos os hago á vos capitan; porque la sangre de do venís me asegura que ha de suplir la falta de vuestros años; y advertid á la merced que os hago, pues os doy ocasion en ella á que correspondiendo á quien sois, sirviendo á vuestra reina, mostreis el valor de vuestro ingenio y de vuestra persona, y alcanceis el mejor premio que á mi parecer vos mismo podeis acertar á desearos: yo misma os seré guarda de Isabela, aunque ella da muestras que su honestidad será su mas verdadera guarda: id con Dios, que pues vais enamorado, como imagino, grandes cosas me prometo de vuestras hazañas: felice fuera el rey batallador que tuviera en su ejército diez mil soldados amantes, que esperaran que el premio de sus victorias habia de ser gozar de sus amadas. Levantáos, Ricaredo, y mirad si teneis ó quereis decir algo á Isabela, porque mañana ha de ser vuestra partida.
Besó las manos Ricaredo á la reina, estimando en mucho la merced que le hacia, y luego se fué á hincar de rodillas ante Isabela, y queriéndola hablar no pudo, porque se le puso un nudo en la garganta, que le ató la lengua, y las lágrimas acudieron á los ojos, y él acudió á disimularlas lo mas que le fué posible; pero con todo eso no se pudieron encubrir á los ojos de la reina, pues dijo:
--No os afrenteis, Ricaredo, de llorar, ni os tengais en ménos por haber dado en este trance tan tiernas muestras de vuestro corazon, que una cosa es pelear con los enemigos, y otra despedirse de quien bien se quiere: abrazad, Isabela, á Ricaredo, y dadle vuestra bendicion, que bien lo merece su sentimiento.
Isabela, que estaba suspensa y atónita de ver la humildad y dolor de Ricaredo, que como á su esposo le amaba, no entendió lo que la reina le mandaba, ántes comenzó á derramar lágrimas tan sin pensar lo que hacia, y tan ciega y tan sin movimiento alguno, que no parecia sino que lloraba una estatua de alabastro. Estos afectos de los dos amantes, tan tiernos y tan enamorados, hicieron verter lágrimas á muchos de los circunstantes, y sin hablar mas palabra Ricaredo y sin haberle hablado alguna á Isabela, haciendo Clotaldo y los que con él venian reverencia á la reina, se salieron de la sala, llenos de compasion, de despecho y de lágrimas.
Quedó Isabela como huérfana que acaba de enterrar sus padres, y con temor que la nueva señora quisiese que mudase las costumbres en que la primera la habia criado. En fin, se quedó, y de allí á dos dias Ricaredo se hizo á la vela, combatido entre otros muchos de dos pensamientos que le tenian fuera de sí: era el uno considerar que le convenia hacer hazañas que le hiciesen merecedor de Isabela, y el otro que no podia hacer ninguna, si habia de responder á su católico intento, que le impedia no desenvainar la espada contra católicos, y si no la desenvainaba, habia de ser notado de cristiano, ó de cobarde, y todo esto redundaba en perjuicio de su vida y en obstáculo de su pretension. Pero en fin, determinó de posponer al gusto de enamorado el que tenia de ser católico, y en su corazon pedia al cielo le deparase ocasiones, donde con ser valiente cumpliese con ser cristiano, dejando á su reina satisfecha y á Isabela merecida.
Seis dias navegaron los dos navíos con próspero viento, siguiendo la derrota de las islas Terceras, paraje donde nunca faltan ó naves portuguesas de las Indias orientales, ó algunas derrotadas de las occidentales. Y al cabo de los seis dias les dió de costado un recísimo viento que en el mar Océano tiene otro nombre que en el Mediterráneo, donde se llama mediodía, el cual viento fué tan durable y tan recio, que sin dejarles tomar las islas, les fué forzoso correr á España; y junto á su costa, á la boca del estrecho de Gibraltar, descubrieron tres navíos, uno poderoso y grande, y los dos pequeños: arribó la nave de Ricaredo á su capitana por saber de su general si queria embestir á los tres navíos que se descubrian; y ántes que á ella llegase, vió poner sobre la gavia mayor un estandarte negro, y llegándose mas cerca, oyó que tocaban en la nave clarines y trompetas roncas, señales claras ó que el general era muerto, ó alguna otra principal persona de la nave. Con este sobresalto llegaron á poderse hablar, que no lo habian hecho despues que salieron del puerto; dieron voces de la nave capitana diciendo que el capitan Ricaredo pasase á ella, porque el general la noche ántes habia muerto de una apoplejía. Todos se entristecieron, si no fué Ricaredo que se alegró, no por el daño de su general, sino por ver que quedaba él libre para mandar en los dos navíos; que así fué la órden de la reina, que faltando el general, lo fuese Ricaredo, el cual con presteza se pasó á la capitana, donde halló que unos lloraban por el general muerto, y otros se alegraban con el vivo: finalmente los unos y los otros le dieron luego la obediencia, y le aclamaron por su general con breves ceremonias, no dando lugar á otra cosa dos de los tres navíos que habian descubierto, los cuales desviándose del grande, á las dos naves se venian.
Luego conocieron ser galeras y turquescas, por las medias lunas que en las banderas traian, de que recebió gran gusto Ricaredo, pareciéndole que aquella presa, si el cielo se la concediese, seria de consideracion, sin haber ofendido á ningun católico. Las dos galeras turquescas llegaron á reconocer los navíos ingleses, los cuales no traian insignias de Ingalaterra, sino de España, por desmentir á quien llegase á reconocellos, y no los tuviesen por navíos de cosarios. Creyeron los turcos ser naves derrotadas de las Indias, y que con facilidad las rendirian. Fuéronse entrando poco á poco, y de industria los dejó llegar Ricaredo hasta tenerlos á gusto de su artillería, la cual mandó disparar á tan buen tiempo, que con cinco balas dió en la mitad de una de las galeras con tanta furia, que la abrió por medio toda; dió luego á la banda, y comenzó á irse á pique sin poderse remediar. La otra galera, viendo tan mal suceso, con mucha priesa le dió cabo, y le llevó á poner debajo del costado del gran navío; pero Ricaredo que tenia los suyos prestos y lijeros, que salian y entraban como si tuvieran remos, mandando cargar de nuevo la artillería, los fué siguiendo hasta la nave, lloviendo sobre ellos infinidad de balas.
Los de la galera abierta así como llegaron á la nave la desampararon, y con priesa y celeridad procuraban acogerse á la nave. Lo cual visto por Ricaredo, y que la galera sana se ocupaba con la rendida, cargó sobre ella con sus dos navíos, y sin dejarla rodear ni valerse de los remos, la puso en estrecho, que los turcos se aprovecharon ansimismo del refugio de acogerse á la nave, no para defenderse en ella, sino por escapar las vidas por entónces.
Los cristianos, de quien venian armadas las galeras, arrancando las branzas y rompiendo las cadenas, mezclados con los turcos, tambien se recogieron á la nave, y como iban subiendo por su costado, con la arcabucería de los navíos los iban tirando como al blanco; á los turcos no mas, que á los cristianos mandó Ricaredo que nadie los tirase. Desta manera casi todos los mas turcos fueron muertos, y los que en la nave entraron, por los cristianos que con ellos se mezclaron aprovechándose de sus mismas armas, fueron hechos pedazos; que la fuerza de los valientes cuando caen, se pasa á la flaqueza de los que se levantan: y así con el calor que les daba á los cristianos pensar que los navíos ingleses eran españoles, hicieron por su libertad maravillas. Finalmente, habiendo muerto casi todos los turcos, algunos españoles se pusieron á bordo del navío, y á grandes voces llamaron á los que pensaban ser españoles, entrasen á gozar el premio del vencimiento.
Preguntándoles Ricaredo en español que ¿qué navío era aquel? respondieron que era una nave que venia de la India de Portugal, cargada de especería, y con tantas perlas y diamantes, que valia mas de un millon de oro, y que con tormenta habia arribado á aquella parte, toda destruida y sin artillería, por haberla echado á la mar la gente enferma y casi muerta de sed y de hambre, y que aquellas dos galeras, que eran del cosario Arnaute Mamí, el dia ántes la habian rendido, sin haberse puesto en defensa, y que á lo que habian oido decir, por no poder pasar tanta riqueza á sus dos bajeles, la llevaban á jorro para meterla en el rio de Larache, que estaba allí cerca.
Ricaredo les respondió que si ellos pensaban que aquellos dos navíos eran españoles, se engañaban, que no eran sino de la señora reina de Ingalaterra, cuya nueva dió que pensar y que temer á los que la oyeron, pensando, como era razon que pensasen, que de un lazo habian caido en otro. Pero Ricaredo les dijo que no temiesen algun daño, y que estuviesen ciertos de su libertad, con tal que no se pusiesen en defensa.
--Ni es posible ponernos en ella, respondieron; porque, como se ha dicho, este navío no tiene artillería, ni nosotros armas: así que nos es forzoso acudir á la gentileza y liberalidad de vuestro general; pues será justo que quien nos ha librado del insufrible cautiverio de los turcos, lleve adelante tan gran merced y beneficio, pues le podrá hacer famoso en todas las partes, que serán infinitas, donde llegare la nueva desta memorable vitoria y de su liberalidad, mas de nosotros esperada que temida.
No le parecieron mal á Ricaredo las razones del español, y llamando á consejo los de su navío, les preguntó cómo haria para enviar todos los cristianos á España, sin ponerse á peligro de algun siniestro suceso, si el ser tantos les daba ánimo para levantarse. Pareceres hubo, que los hiciese pasar uno á uno á su navío, y así como fuesen entrando debajo de cubierta, matarles, y desta manera matarlos á todos, y llevar la gran nave á Lóndres sin temor ni cuidado alguno.
Á esto respondió Ricaredo:
--Pues que Dios nos ha hecho tan gran merced en darnos tanta riqueza, no quiero corresponderle con ánimo cruel y desagradecido, ni es bien que lo que puedo remediar con la industria, lo remedie con la espada; y así soy de parecer que ningun cristiano católico muera, no porque los quiero bien, sino porque me quiero á mí muy bien, y querria que esta hazaña de hoy ni á mí ni á vosotros, que en ella me habeis sido compañeros, nos diese, mezclado con el nombre de valientes, el renombre de crueles, porque nunca dijo bien la crueldad con la valentía: lo que se ha de hacer es que toda la artillería de un navío destos se ha de pasar á la gran nave portuguesa, sin dejar en el navío otras armas ni otra cosa mas del bastimento, y no alejando la nave de nuestra gente, la llevaremos á Ingalaterra, y los españoles se irán á España.
Nadie osó contradecir lo que Ricaredo habia propuesto, y algunos le tuvieron por valiente y magnánimo y de buen entendimiento; otros le juzgaron en sus corazones por mas católico que debia. Resuelto pues en esto Ricaredo, pasó con cincuenta arcabuceros á la nave portuguesa, todos alerta y con las cuerdas encendidas: halló en la nave casi trecientas personas, de las que habian escapado de las galeras: pidió luego el registro de la nave, y respondióle aquel mismo que desde el borde le habló la vez primera, que el registro le habia tomado el cosario de los bajeles, que con ellos se habia ahogado. Al instante puso el torno en órden, y acostando su segundo bajel á la gran nave, con maravillosa presteza y con fuerza de fortísimos cabestrantes, pasaron la artillería del pequeño bajel á la mayor nave: luego haciendo una breve plática á los cristianos, les mandó pasar al bajel desembarazado, donde hallaron bastimento en abundancia para mas de un mes y para mas gente; y así como se iban embarcando, dió á cada uno cuatro escudos de oro españoles, que hizo traer de su navío, para remediar en parte su necesidad cuando llegasen á tierra, que estaba tan cerca, que las altas montañas de Ávila y Calpe desde allí se parecian. Todos le dieron infinitas gracias por la merced que les hacia, y el último que se iba á embarcar fué aquel que por los demas habia hablado, el cual le dijo:
--Por mas ventura tuviera, valeroso caballero, que me llevaras contigo á Ingalaterra, que no que me enviaras á España, porque aunque es mi patria, y no habrá sino seis dias que della partí, no he de hallar en ella otra cosa que no sea de ocasiones de tristezas y soledades mias: sabrás, señor, que en la pérdida de Cádiz, que sucedió habrá quince años, perdí una hija que los ingleses debieron de llevar á Ingalaterra, y con ella perdí el descanso de mi vejez y la luz de mis ojos, que despues que no la vieron, nunca han visto cosa que de su gusto sea: el grave descontento en que me dejó su pérdida y la de la hacienda, que tambien me faltó, me pusieron de manera, que ni mas quise, ni mas pude ejercitar la mercancía, cuyo trato me habia puesto en opinion de ser el mas rico mercader de toda la ciudad: y así era la verdad, pues fuera del crédito, que pasaba de muchos centenares de millares de escudos, valia mi hacienda dentro de las puertas de mi casa mas de cincuenta mil ducados: todo lo perdí, y no hubiera perdido nada, como no hubiera perdido á mi hija: tras esta general desgracia, y tan particular mia, acudió la necesidad á fatigarme hasta tanto que no pudiéndola resistir, mi mujer y yo, que es aquella triste que allí está sentada, determinámos irnos á las Indias, comun refugio de los pobres generosos; y habiéndonos embarcado en un navío de aviso seis dias ha, á la salida de Cádiz dieron con el navío estos dos bajeles de cosarios, y nos cautivaron, donde se renovó nuestra desgracia y se confirmó nuestra desventura; y fuera mayor si los cosarios no hubieran tomado aquella nave portuguesa, que los entretuvo hasta haber sucedido lo que él habia visto.
Preguntóle Ricaredo cómo se llamaba su hija. Respondióle que Isabel. Con esto acabó de confirmarse Ricaredo en lo que ya habia sospechado, que era, que el que se lo contaba era el padre de su querida Isabela; y sin darle algunas nuevas della, le dijo que de muy buena gana llevaria á él y á su mujer á Lóndres, donde podria ser hallasen nuevas de la que deseaban: hízolos pasar luego á su capitana, poniendo marineros y guardas bastantes en la nao portuguesa. Aquella noche alzaron velas, y se dieron priesa á apartarse de las costas de España, porque el navío de los cautivos libres (entre los cuales tambien iban hasta veinte turcos, á quien tambien Ricaredo dió libertad, por mostrar que mas por su buena condicion y generoso ánimo se mostraba liberal, que por forzarle amor que á los católicos tuviese) rogó á los españoles que en la primera ocasion que se ofreciese, diesen entera libertad á los turcos, que ansimismo se le mostraron agradecidos.
El viento, que daba señales de ser próspero y largo, comenzó á calmar un tanto, cuya calma levantó gran tormenta de temor en los ingleses, que culpaban á Ricaredo y á su liberalidad, diciéndole que los libres podian dar aviso en España de aquel suceso, y que si acaso habia galeones de armada en el puerto, podian salir en su busca, y ponerlos en aprieto, y en término de perderse. Bien conocia Ricaredo que tenian razon; pero venciéndolos á todos con buenas razones, los sosegó; pero mas los quietó el viento que volvió á refrescar de modo, que dándole en todas las velas, sin tener necesidad de amainallas ni aun de templallas, dentro de nueve dias se hallaron á la vista de Lóndres, y cuando en él victoriosos volvieron, habria treinta que dél faltaban.
No quiso Ricaredo entrar en el puerto con muestras de alegría, por la muerte de su general, y así mezcló las señales alegres con las tristes: unas veces sonaban clarines regocijados, otras trompetas roncas: unas tocaban los atambores alegres y sobresaltadas armas, á quien con señas tristes y lamentables respondian los pífanos: de una gavia colgada puesta al reves una bandera de medias lunas sembrada: en otra se veia un luengo estandarte de tafetan negro, cuyas puntas besaban el agua. Finalmente, con estos tan contrarios estremos entró en el rio de Lóndres con su navío, porque la nave no tuvo fondo en él que la sufriese; y así se quedó en la mar á lo largo.
Estas tan contrarias muestras y señales tenian suspenso el infinito pueblo que desde la ribera les miraba: bien conocieron por algunas insignias que aquel navío menor era la capitana del baron de Lansac, mas no podian alcanzar cómo el otro navío se hubiese cambiado con aquella poderosa nave, que en la mar se quedaba; pero sacólos desta duda haber saltado en el esquife, armado de todas armas, ricas y resplandecientes, el valeroso Ricaredo, que á pié, sin esperar otro acompañamiento que aquel de un innumerable vulgo que le seguia, se fué á palacio, donde ya la reina puesta á unos corredores estaba esperando le trujesen la nueva de los navíos.
Estaba con la reina y con las otras damas Isabela vestida á la inglesa, y parecia tan bien como á la castellana: ántes que Ricaredo llegase, llegó otro que dió las nuevas á la reina de cómo Ricaredo venia. Alborotóse Isabela, oyendo el nombre de Ricaredo, y en aquel instante temió y esperó malos y buenos sucesos de su venida.
Era Ricaredo alto de cuerpo, gentil hombre y bien proporcionado: y como venia armado de peto, espaldar, gola y brazaletes, escarcelas, con unas armas milanesas de once vistas, grabadas y doradas, parecia en estremo bien á cuantos le miraban: no le cubria la cabeza morrion alguno, sino un sombrero de gran falda, de color leonado, con mucha diversidad de plumas terciadas á la valona: la espada ancha, los tiros ricos, las calzas á la esguízara. Con este adorno, y con el paso brioso que llevaba, algunos hubo que le compararon á Marte, dios de las batallas, y otros llevados de la hermosura de su rostro dicen que le compararon á Vénus, que para hacer alguna burla á Marte de aquel modo se habia disfrazado. En fin él llegó ante la reina. Puesto de rodillas le dijo:
--Alta Majestad, en fuerza de vuestra ventura y en consecucion de mi deseo, despues de haber muerto de una apoplejía el general de Lansac, quedando yo en su lugar, merced á la liberalidad vuestra, me deparó la suerte dos galeras turquescas que llevaban remolcando aquella gran nave que allí se parece: acometíla, pelearon vuestros soldados como siempre: echáronse á fondo los bajeles de los cosarios: en el uno de los nuestros en vuestro real nombre di libertad á los cristianos que del poder de los turcos escaparon: solo truje conmigo á un hombre y á una mujer, españoles, que por su gusto quisieron venir á ver la grandeza vuestra: aquella nave es de las que vienen de la India de Portugal, la cual por tormenta vino á dar en poder de los turcos, que con poco trabajo, por mejor decir sin ninguno, la rindieron, y segun dijeron algunos portugueses de los que en ella venian, pasa de un millon de oro el valor de la especería y otras mercancías de perlas y diamantes que en ella vienen: á ninguna cosa se ha tocado, ni los turcos habian llegado á ella; porque todo lo dedicó el cielo, y yo lo mandé guardar para vuestra Majestad, que con una joya sola que se me dé, quedaré en deuda de otras diez naves; la cual joya ya vuestra Majestad me la tiene prometida, que es á mi buena Isabela: con ella quedaré rico y premiado, no solo deste servicio, cual él sea, que á vuestra Majestad he hecho, sino de otros muchos que pienso hacer por pagar alguna parte del todo casi infinito que en esta joya vuestra Majestad me ofrece.