Novelas ejemplares

Part 14

Chapter 144,145 wordsPublic domain

--Eso juro yo bien, añadió Monipodio, y de la boca me quitaste, Chiquiznaque amigo, todo cuanto aquí has dicho: y así voacé, señor galan, no se meta en puntillos con sus servidores y amigos, sino tome mi consejo y pague luego lo trabajado, y si fuere servido que se le dé otra al amo, de la cantidad que pueda llevar su rostro, haga cuenta que ya se la está curando.

--Como eso sea, respondió el galan, de muy entera voluntad y gana pagaré la una y la otra por entero.

--No dude en esto, dijo Monipodio, mas que en ser cristiano, que Chiquiznaque se la dará pintiparada, de manera que parezca que allí se le nació.

--Pues con esa seguridad y promesa, respondió el caballero, recíbase esta cadena en prendas de los veinte ducados atrasados y de cuarenta que ofrezco por la venidera cuchillada: pesa mil reales, y podria ser que se quedase rematada, porque traigo entre ojos que serán menester otros catorce puntos ántes de mucho.

Quitóse en esto una cadena de vueltas menudas del cuello, y diósela á Monipodio, que al tocar y al peso bien vió que no era de alquimia. Monipodio la recebió con mucho contento y cortesía, porque era en estremo bien criado: la ejecucion quedó á cargo de Chiquiznaque, que solo tomó término de aquella noche. Fuése muy satisfecho el caballero, y luego Monipodio llamó á todos los ausentes y azorados: bajaron todos, y poniéndose Monipodio en medio dellos, sacó un libro de memoria que traia en la capilla de la capa, y diósele á Rinconete que leyese, porque él no sabia leer. Abriólo Rinconete, y en la primera hoja vió que decia:

MEMORIA DE LAS CUCHILLADAS QUE SE HAN DE DAR ESTA SEMANA.

_La primera al mercader de la encrucijada: vale cincuenta escudos: están recebidos treinta á buena cuenta. Secutor, Chiquiznaque._

--No creo que haya otra, hijo, dijo Monipodio: pasa adelante, y mira donde dice: _Memoria de palos_.

Volvió la hoja Rinconete, y vió que en otra estaba escrito: _Memoria de palos_.

Y mas abajo decia:

_Al bodegonero de la Alfalfa doce palos de mayor cuantía, á escudo cada uno: están dados á buena cuenta ocho: el término seis dias. Secutor, Maniferro._

--Bien podia borrarse esa partida, dijo Maniferro, porque esta noche traeré finiquito della.

--¿Hay mas, hijo? dijo Monipodio.

--Sí, otra, respondió Rinconete, que dice así:

_Al sastre corcobado, que por mal nombre se llama el Silguero, seis palos de mayor cuantía á pedimento de la dama que dejó la gargantilla. Secutor, el Desmochado._

--Maravillado estoy, dijo Monipodio, cómo todavía está esa partida en ser; sin duda alguna debe de estar mal dispuesto el Desmochado, pues son dos dias pasados del término, y no ha dado puntada en esta obra.

--Yo le topé ayer, dijo Maniferro, y me dijo que por haber estado retirado por enfermo el corcobado, no habia cumplido con su débito.

--Eso creo yo bien, dijo Monipodio, porque tengo por tan buen oficial al Desmochado, que si no fuera por tan justo impedimento, ya él hubiera dado al cabo con mayores empresas. ¿Hay mas, mocito?

--No, señor, respondió Rinconete.

--Pues pasad adelante, dijo Monipodio, y mirad donde dice: _Memorial de agravios comunes_.

Pasó adelante Rinconete, y en otra hoja halló escrito:

_Memorial de agravios comunes, conviene á saber: redomazos, untos de miera, clavazon de sambenitos y cuernos, matracas, espantos, alborotos y cuchilladas fingidas, publicacion de nibelos_, etc.

--¿Qué dice mas abajo? dijo Monipodio.

--Dice, dijo Rinconete, _unto de miera en la casa_...

--No se lea la casa, que ya yo sé dónde es, respondió Monipodio, y yo soy el tuautem y esecutor de esa niñería, y están dados á buena cuenta cuatro escudos, y el principal es ocho.

--Así es la verdad, dijo Rinconete, que todo eso está aquí escrito; y aun mas abajo dice: _clavazon de cuernos_.

--Tampoco se lea, dijo Monipodio, la casa, ni adónde, que basta que se les haga el agravio, sin que se diga en público, que es gran cargo de conciencia: á lo ménos mas querria yo clavar cien cuernos y otros tantos sambenitos, como se me pagase mi trabajo, que decillo sola una vez, aunque fuese á la madre que me parió.

--El esecutor desto es, dijo Rinconete, el Narigueta.

--Ya está eso hecho y pagado, dijo Monipodio; mirad si hay mas, que si mal no me acuerdo, ha de haber ahí un espanto de veinte escudos: está dada la mitad, y el esecutor es la comunidad toda, y el término es todo el mes en que estamos, y cumpliráse al pié de la letra, sin que falte un tilde, y será una de las mejores cosas que hayan sucedido en esta ciudad de muchos tiempos á esta parte: dadme el libro, mancebo, que yo sé que no hay mas, y sé tambien que anda muy flaco el oficio; pero tras este tiempo vendrá otro, y habrá que hacer mas de lo que quisiéremos; que no se mueve la hoja sin la voluntad de Dios, y no hemos de hacer nosotros que se vengue nadie por fuerza; cuanto mas, que cada uno en su causa suele ser valiente, y no quiere pagar las hechuras de la obra que él se puede hacer por sus manos.

--Así es, dijo á esto el Repolido. Pero mire vuesa merced, señor Monipodio, lo que nos ordena y manda, que se va haciendo tarde, y va entrando el calor mas que de paso.

--Lo que se ha de hacer, respondió Monipodio, es que todos se vayan á sus puestos, y nadie se mude hasta el domingo, que nos juntaremos en este mismo lugar, y se repartirá todo lo que hubiere caido, sin agraviar á nadie. Á Rinconete el bueno y á Cortadillo se les da por distrito hasta el domingo, desde la torre del Oro por defuera de la ciudad, hasta el postigo del Alcázar, donde se puede trabajar á sentadillas con sus flores: que yo he visto á otros de ménos habilidad que ellos salir cada dia con mas de veinte reales en menudos, amen de la plata, con una baraja sola, y esa con cuatro naipes ménos: este distrito os enseñará Ganchoso; y aunque os estendais hasta San Sebastian y Santelmo, importa poco, puesto que es justicia mera mista, que nadie se entre en pertenencia de nadie.

Besáronle la mano los dos por la merced que se les hacia, y ofreciéronse á hacer su oficio bien y fielmente, con toda diligencia y recato.

Sacó en esto Monipodio un papel doblado de la capilla de la capa, donde estaba la lista de los cofrades, y dijo á Rinconete que pusiese allí su nombre y el de Cortadillo; mas porque no habia tintero le dió el papel para que lo llevase, y en el primer boticario los escribiese, poniendo: Rinconete y Cortadillo cofrades: noviciado ninguno: Rinconete floreo, Cortadillo bajon, y el dia, mes y año, callando padres y patria.

Estando en esto entró uno de los viejos abispones, y dijo:

--Vengo á decir á vuesas mercedes como agora topé en Gradas á Lobillo el de Málaga, y díceme que viene mejorado en su arte de tal manera, que con naipe limpio quitará el dinero al mismo Satanas, y que por venir maltratado no viene luego á registrarse, y á dar la sólita obediencia; pero que el domingo será aquí sin falta.

--Siempre se me asentó á mí, dijo Monipodio, que este Lobillo habia de ser único en su arte, porque tiene las mejores y mas acomodadas manos para ello, que se pueden desear; que para ser uno buen oficial en su oficio, tanto ha menester los buenos instrumentos con que le ejercita, como el ingenio con que le aprende.

--Tambien topé, dijo el viejo, en una casa de posadas en la calle de Tintores, al judío en hábito de clérigo, que se ha ido á posar allí, por tener noticia que dos peruleros viven en la misma casa, y querria ver si pudiese trabar juego con ellos, aunque fuese de poca cantidad, que de allí podria venir á mucha: dice tambien que el domingo no faltará de la junta y dará cuenta de su persona.

--Ese judío tambien, dijo Monipodio, es gran sacre, y tiene gran conocimiento; dias ha que no le he visto, y no lo hace bien; pues á fe que si no se enmienda, que yo le deshaga la corona, que no tiene mas órdenes el ladron, que las que tiene el turco, ni sabe mas latin que mi madre: ¿hay mas de nuevo?

--No, dijo el viejo, á lo ménos que yo sepa.

--Pues sea en buen hora, dijo Monipodio; voacedes tomen esta miseria, y repartió entre todos hasta cuarenta reales, y el domingo no falte nadie, que no faltará nada de lo corrido.

Todos le volvieron las gracias: tornáronse á abrazar Repolido y la Cariharta: la Escalanta con Maniferro, y la Gananciosa con Chiquiznaque, concertando que aquella noche despues de haber alzado de obra en la casa, se viesen en la de la Pipota, donde tambien dijo que iria Monipodio al registro de la canasta de colar, y que luego habia de ir á cumplir y borrar la partida de la miera: abrazó á Rinconete y á Cortadillo, y echándoles su bendicion los despidió, encargándoles que no tuviesen jamas posada cierta, ni de asiento, porque así convenia á la salud de todos. Acompañólos Ganchoso hasta enseñarles sus puestos, acordándoles que no faltasen el domingo, porque á lo que creia y pensaba, Monipodio habia de leer una licion de oposicion acerca de las cosas concernientes á su arte. Con esto se fué, dejando á los dos compañeros admirados de lo que habian visto.

Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenia un buen natural, y como habia andado con su padre en el ejercicio de las bulas, sabia algo de buen lenguaje, y dábale gran risa pensar en los vocablos que habia oido á Monipodio y á los demas de su compañía y bendita comunidad; y mas cuando por decir _per modum suffragii_, habia dicho por modo de naufragio; y que sacaban el estupendo, por decir estipendio, de lo que se garbeaba; y cuando la Cariharta dijo que era Repolido como un marinero de Tarpeya y un tigre de Ocaña, por decir Hircania, con otras mil impertinencias: especialmente le cayó en gracia cuando dijo que el trabajo que habia pasado en ganar los veinte y cuatro reales, lo recebiese el cielo en descuento de sus pecados; y sobre todo le admiraba la seguridad que tenian y la confianza de irse al cielo con no faltar á sus devociones, estando tan llenos de hurtos, y de homicidios y ofensas de Dios: y reíase de la otra buena vieja de la Pipota, que dejaba la canasta de colar hurtada, guardada en su casa, y se iba á poner las candelillas de cera á las imágenes, y con ello pensaba irse al cielo calzada y vestida: no ménos le suspendia la obediencia y respeto que todos tenian á Monipodio, siendo un hombre bárbaro, rústico y desalmado: consideraba lo que habia leido en su libro de memoria, y los ejercicios en que todos se ocupaban: finalmente, exageraba cuán descuidada justicia habia en aquella tan famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivia en ella gente tan perniciosa y tan contraria á la misma naturaleza; y propuso en sí de aconsejar á su compañero no durase mucho en aquella vida tan perdida y tan mala, tan inquieta y tan libre y disoluta; pero con todo esto, llevado de sus pocos años y de su poca esperiencia, pasó con ella adelante algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden mas larga escritura, y así se deja para otra ocasion contar su vida y milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquellos de la infame academia, que todos serán de grande consideracion, y que podrán servir de ejemplo y aviso á los que los leyeren.

LA ESPAÑOLA INGLESA.

Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz, Clotaldo, un caballero inglés, capitan de una escuadra de navíos, llevó á Lóndres una niña de edad de siete años, poco mas ó ménos, y esto contra la voluntad y sabiduría del conde de Essex, que con gran diligencia hizo buscar la niña para volvérsela á sus padres, que ante él se quejaron de la falta de su hija, pidiéndole que pues se contentaba con las haciendas y dejaba libres las personas, no fuesen ellos tan desdichados, que ya que quedaban pobres quedasen sin su hija, que era la lumbre de sus ojos, y la mas hermosa criatura que habia en toda la ciudad.

Mandó el conde echar bando por toda su armada, que so pena de la vida volviese la niña, cualquiera que la tuviese; mas ningunas penas ni temores fueron bastantes á que Clotaldo la obedeciese, que la tenia escondida en su nave, aficionado, aunque cristianamente, á la incomparable hermosura de Isabela, que así se llamaba la niña. Finalmente, sus padres se quedaron sin ella, tristes y desconsolados, y Clotaldo alegre sobre modo llegó á Lóndres, y entregó por riquísimo despojo á su mujer á la hermosa niña.

Quiso la buena suerte que todos los de la casa de Clotaldo eran católicos secretos, aunque en lo público mostraban seguir la opinion de su reina. Tenia Clotaldo un hijo llamado Ricaredo, de edad de doce años, enseñado de sus padres á amar y temer á Dios, y á estar muy entero en las verdades de la fe católica. Catalina, la mujer de Clotaldo, noble, cristiana y prudente señora, tomó tanto amor á Isabela, que como si fuera su hija la criaba, regalaba é industriaba; y la niña era de tan buen natural, que con facilidad aprendia todo cuanto le enseñaban: con el tiempo y con los regalos fué olvidando los que sus padres verdaderos le habian hecho; pero no tanto que dejase de acordarse y de suspirar por ellos muchas veces; y aunque iba aprendiendo la lengua inglesa, no perdia la española, porque Clotaldo tenia cuidado de traerle á casa secretamente españoles que hablasen con ella; desta manera, sin olvidar la suya, como está dicho, hablaba la lengua inglesa como si hubiera nacido en Lóndres.

Despues de haberle enseñado todas las cosas de labor, que puede y debe saber una doncella bien nacida, la enseñaron á leer y escribir mas que medianamente; pero en lo que tuvo estremo fué en tañer todos los instrumentos que á una mujer son lícitos, y esto con toda perfeccion de música, acompañándola con una voz que le dió el cielo tan estremada, que encantaba cuando cantaba.

Todas estas gracias, adquiridas y puestas sobre la natural suya, poco á poco fueron encendiendo el pecho de Ricaredo, á quien ella como á hijo de su señor queria y servia: al principio le salteó amor con un modo de agradarse y complacerse de ver la singular belleza de Isabela, y de considerar sus infinitas virtudes y gracias, amándola como si fuera su hermana, sin que sus deseos saliesen de los términos honrados y virtuosos. Pero como fué creciendo Isabela, que ya cuando Ricaredo ardia, tenia doce años, aquella benevolencia primera, y aquella complacencia y agrado de mirarla, se volvió en ardentísimos deseos de gozarla y de poseerla: no porque aspirase á esto por otros medios que por los de ser su esposo, pues de la incomparable honestidad de Isabela (que así la llamaban ellos) no se podia esperar otra cosa, ni aun él quisiera esperarla aunque pudiera; porque la noble condicion suya y la estimacion en que á Isabela tenia, no consentian que ningun mal pensamiento echase raíces en su alma.

Mil veces determinó manifestar su voluntad á sus padres, y otras tantas no aprobó su determinacion, porque él sabia que le tenian dedicado para ser esposo de una muy rica y principal doncella escocesa, asimismo secreta cristiana como ellos; y estaba claro, segun él decia, que no habian de querer dar á una esclava (si este nombre se podia dar á Isabela) lo que ya tenian concertado de dar á una señora: y así perplejo y pensativo, sin saber qué camino tomar para venir al fin de su buen deseo, pasaba una vida tal, que le puso á punto de perderla; pero pareciéndole ser gran cobardía dejarse morir sin intentar algun género de remedio á su dolencia, se animó y esforzó á declarar su intento á Isabela.

Andaban todos los de su casa tristes y alborotados por la enfermedad de Ricaredo, que de todos era querido, y de sus padres con el estremo posible, así por no tener otro, como porque lo merecia su mucha virtud y su gran valor y entendimiento: no le acertaban los médicos la enfermedad, ni él osaba ni queria descubrírsela. En fin, puesto en romper por las dificultades que él se imaginaba, un dia que entró Isabela á servirle, viéndola sola, con desmayada voz y lengua turbada le dijo:

--Hermosa Isabela, tu valor, tu mucha virtud y grande hermosura me tienen como me ves; si no quieres que deje la vida en manos de las mayores penas que pueden imaginarse, responda el tuyo á mi buen deseo, que no es otro que el de recebirte por mi esposa á hurto de mis padres, de los cuales temo que, por no conocer lo que yo conozco que mereces, me han de negar el bien que tanto me importa: si me das la palabra de ser mia, yo te la doy desde luego como verdadero y católico cristiano de ser tuyo; que puesto que no llegue á gozarte, como no llegaré hasta que con bendicion de la Iglesia y de mis padres sea, aquel imaginar que con seguridad eres mia, será bastante á darme salud y á mantenerme alegre y contento hasta que llegue el feliz punto que deseo.

En tanto que esto dijo Ricaredo, estuvo escuchándole Isabela los ojos bajos, mostrando en aquel punto que su honestidad se igualaba á su hermosura, y á su mucha discrecion su recato; y así viendo que Ricaredo callaba, honesta, hermosa y discreta le respondió desta suerte:

--Despues que quiso el rigor ó la clemencia del cielo (que no sé á cuál destos estremos lo atribuya) quitarme á mis padres, señor Ricaredo, y darme á los vuestros, agradecida á las infinitas mercedes que me han hecho, determiné que jamas mi voluntad saliese de la suya, y así sin ella tendria no por buena, sino por mala fortuna la inestimable merced que quereis hacerme; si con su sabiduría fuere yo tan venturosa que os merezca, desde aquí os ofrezco la voluntad que ellos me dieren, y en tanto que esto se dilate, ó no fuere, entretenga vuestros deseos saber que los mios serán eternos y limpios en desearos el bien que el cielo puede daros.

Aquí puso silencio Isabela á sus honestas y discretas razones, y allí comenzó la salud de Ricaredo, y comenzaron á revivir las esperanzas de sus padres, que en su enfermedad muertas estaban.

Despidiéronse los dos cortésmente: él con lágrimas en los ojos, ella con admiracion en el alma de ver tan rendida á su amor la de Ricaredo; el cual levantado del lecho, al parecer de sus padres por milagro, no quiso tenerles mas tiempo ocultos sus pensamientos; y así un dia se los manifestó á su madre, diciéndole en el fin de su plática, que fué larga, que si no le casaban con Isabela, que el negársela y darle la muerte era todo una misma cosa: con tales encarecimientos subió al cielo las virtudes de Isabela Ricaredo, que le pareció á su madre que Isabela era la engañada en llevar á su hijo por esposo. Dió buenas esperanzas á su hijo de disponer á su padre á que con gusto viniese en lo que ya ella tambien venia; y así fué, que diciendo á su marido las mismas razones que á ella habia dicho su hijo, con facilidad le movió á querer lo que tanto su hijo deseaba, fabricando escusas que impidiesen el casamiento que casi tenia concertado con la doncella de Escocia.

Á esta sazon tenia Isabela catorce, y Ricaredo veinte años, y en esta tan verde y tan florida edad su mucha discrecion y conocida prudencia los hacia ancianos.

Cuatro dias faltaban para llegarse aquel en el cual los padres de Ricaredo querian que su hijo inclinase el cuello al yugo santo del matrimonio, teniéndose por prudentes y dichosísimos de haber escogido á su prisionera por su hija, teniendo en mas la dote de sus virtudes que la mucha riqueza que con la escocesa se les ofrecia: las galas estaban ya á punto, los parientes y los amigos convidados, y no faltaba otra cosa sino hacer á la reina sabedora de aquel concierto, porque sin su voluntad y consentimiento entre los de ilustre sangre no se efectúa casamiento alguno; pero no dudaron de la licencia, y así se detuvieron en pedirla. Digo pues que estando todo en este estado, cuando faltaban los cuatro dias hasta el de la boda, una tarde turbó todo su regocijo un ministro de la reina, que dió un recaudo á Clotaldo, que su Majestad mandaba que otro dia por la mañana llevasen á su presencia á su prisionera la española de Cádiz. Respondióle Clotaldo que de muy buena gana haria lo que su Majestad le mandaba. Fuése el ministro, y dejó llenos los pechos de todos de turbacion, de sobresalto y miedo.

--¡Ay, decia la señora Catalina, si sabe la reina que yo he criado á esta niña á lo católico, de aquí viene á inferir que todos los desta casa somos cristianos! pues si la reina le pregunta qué es lo que ha aprendido en ocho años que ha que es prisionera, ¿qué ha de responder la cuitada que no nos condene, por mas discrecion que tenga?

Oyendo lo cual Isabela, le dijo:

--No le dé pena alguna, señora mia, ese temor, que yo confío en el cielo, que me ha de dar palabras en aquel instante por su divina misericordia, que no solo no os condenen, sino que redunden en provecho vuestro.

Temblaba Ricaredo, casi como adivino de algun mal suceso. Clotaldo buscaba modos que pudiesen dar ánimo á su mucho temor, y no los hallaba sino en la mucha confianza que en Dios tenia y en la prudencia de Isabela, á quien encomendó mucho que por todas las vias que pudiese escusase el condenallos por católicos; que puesto que estaban prontos con el espíritu á recebir martirio, todavía la carne enferma rehusaba su amarga carrera. Una y muchas veces les aseguró Isabela estuviesen seguros que por su causa no sucederia lo que temian y sospechaban; porque aunque ella entónces no sabia lo que habia de responder á las preguntas que en tal caso le hiciesen, tenia viva y cierta esperanza que habia de responder de modo que, como otra vez habia dicho, sus respuestas les sirviesen de abono.

Discurrieron aquella noche en muchas cosas, especialmente en que si la reina supiera que eran católicos, no les enviaria recaudo tan manso, por donde se podia inferir que solo queria ver á Isabela, cuya sin igual hermosura y habilidades habrian llegado á sus oidos como á todos los de la ciudad; pero ya en no habérsela presentado se hallaban culpados, de la cual culpa hallaron seria bien disculparse con decir, que desde el punto que entró en su poder la escogieron y señalaron para esposa de su hijo Ricaredo; pero tambien en esto se culpaban, por haber hecho el casamiento sin licencia de la reina, aunque esta culpa no les pareció digna de gran castigo.

Con esto se consolaron, y acordaron que Isabela no fuese vestida humildemente como prisionera, sino como esposa, pues ya lo era de tan principal esposo como su hijo.

Resueltos en esto, otro dia vistieron á Isabela á la española, con una saya entera de raso verde acuchillada, y forrada en rica tela de oro, tomadas las cuchilladas con unas eses de perlas, y toda ella bordada de riquísimas perlas: collar y cintura de diamantes, y con abanico á modo de las señoras damas españolas: sus mismos cabellos, que eran muchos, rubios y largos, entretejidos y sembrados de diamantes y perlas, le servian de tocado. Con este adorno riquísimo, y con su gallarda disposicion y milagrosa belleza, se mostró aquel dia á Lóndres sobre una hermosa carroza, llevando colgados de su vista las almas y los ojos de cuantos la miraban. Iban con ella Clotaldo y su mujer, y Ricaredo en la carroza, y á caballo muchos ilustres parientes suyos. Toda esta honra quiso hacer Clotaldo á su prisionera, por obligar á la reina la tratase como á esposa de su hijo.

Llegados pues á palacio, y á una gran sala donde la reina estaba, entró por ella Isabela, dando de sí la mas hermosa muestra que pudo caber en humana imaginacion. Era la sala grande y espaciosa, y á dos pasos se quedó el acompañamiento, y se adelantó Isabela, y como quedó sola, pareció lo mismo que parece la estrella ó exhalacion que por la region del fuego en serena y sosegada noche suele moverse, ó bien ansí como rayos del sol que al salir el dia, por entre dos montañas se descubre: todo esto pareció, y aun cometa que pronosticó el incendio de mas de una alma de los que allí estaban, á quien amor abrasó con los rayos de los hermosos soles de Isabela. La cual, llena de humildad y cortesía, se fué á poner de hinojos ante la reina, y en lengua inglesa le dijo:

--Dé vuestra Majestad las manos á esta su sierva, que desde hoy mas se tendrá por señora, pues ha sido tan venturosa que ha llegado á ver la grandeza vuestra.