Part 9
Sus compañeros de profesión no aceptaban esta juventud ilusoria. Sólo los antiguos, los que eran en la escena «padres nobles» y podían reclamar por sus años el papel de «barba», osaban tutear al célebre Fonseca. Los demás, a pesar de la familiaridad que rige la vida del teatro, le llamaban siempre don Mariano.
--Yo resulto poca cosa comparado con usted, doctor Olmedilla--me dijo una noche--. Antes de ser comediante estudié el bachillerato allá en Madrid, y me doy cuenta de que hablo con un médico de gran porvenir, llegado a estas tierras por curiosidad aventurera, pero que algún día obtendrá gran fama en nuestra patria. Por eso agradezco mucho que un hombre tan «científico» se digne venir a un establecimiento como éste para hablar con un pobre actor... Pero, aunque yo sea un ignorante comparado con usted, me considero por encima de mis camaradas.
Y Fonseca, acodándose sobre el mármol, en una actitud que él deseaba espontánea y hacía recordar la postura arrogante de un héroe de capa y espada sentado en una hostería, miró con bondad protectora a los otros hombres de teatro que ocupaban las mesas cercanas y parecían olvidados de él.
--Ahora, doctor--continuó--, estoy en la decadencia. Reconozco que han pasado mis tiempos. Además, este Buenos Aires, donde obtuve éxitos enormes, ya no es para mí. Ha crecido demasiado aprisa, y los gustos cambian. Ahora el público sólo quiere compañías lujosas, con muchas hembras ligeras de ropa y mucha música. Nadie gusta ya de las obras en verso y vamos siendo pocos los que sabemos declamar como en otra época.
Yo he sido célebre, doctor. Aún quedan criollos de mis buenos tiempos, que viven en las afueras de Buenos Aires rodeados de sus nietos, y si les habla usted de Mariano Fonseca le dirán quién fue. Por eso, sin duda, sólo encuentro trabajo actualmente los sábados y domingos, para representar obras antiguas, obras verdaderamente buenas, en algún pueblo inmediato a la capital. Estos públicos sencillos y honrados son los únicos capaces de apreciar ahora el verdadero arte. Pero no quiero insistir en esto; prefiero hablarle de mi vida, que le interesará más.
Sepa usted que soy un gran español, y eso que España no se portó bien conmigo. Por algo la abandoné cuando tenía poco más de veinte años, y no he vuelto a ella. Los públicos de allá se mostraron injustos, y tuve necesidad de venir a América para que alguien me aplaudiese. Pero no guardo rencor a mi patria ingrata. Sé bien que muchos grandes hombres conocieron la misma suerte. A pesar de esto, he servido a España aquí en América, durante treinta años, más que los diplomáticos y los hombres políticos.
Actualmente se oye hablar mucho de fraternidad hispanoamericana. Hay Sociedades que se cuidan de su fomento, y son frecuentes los banquetes y otras fiestas con discursos recordando a la madre patria. Pero cuando yo empecé mis correrías de actor, desde Texas y California hasta el cabo de Hornos, la situación era otra. España se acordaba poco de los pueblos americanos que hablan su lengua, y estas Repúblicas hispanoparlantes (como dicen algunos doctores) mantenían enteros y vivos los odios, las preocupaciones y cegueras de la guerra de la Independencia.
No venían de la Península otros enviados que nosotros. Éramos los comediantes los que evocábamos el recuerdo de España, representando las obras en verso del teatro romántico. Este apostolado no estaba libre de martirios. Los cómicos veíamos a veces con inquietud la llegada de la fiesta patriótica de cada República. Casi todos estos países tienen en su himno nacional una estrofita agresiva o vengadora dedicada a la antigua España. El tiempo, que todo lo calma, las buenas relaciones diplomáticas y los intereses de raza, han puesto en desuso estos versos, anticuados y mediocres. Pero en los tiempos de mi juventud traían con ellos tantos peligros y estrépitos como una tempestad, y muchas veces hicieron correr sangre.
Una parte del público, el día del aniversario patriótico, ordenaba que los actores españoles cantasen el himno ofensivo para su nación. Muchos se resistían a tal ultraje, apoyados por otra parte del mismo público, compuesta de españoles establecidos en el país. Escándalo general, insultos, palos, y muchas veces tiros. Además, usted conoce la gran variedad de apodos que existe para nosotros en estas Repúblicas pobladas por nietos de españoles. Los compatriotas de sus abuelos somos en un sitio «godos»; en otro, «gallegos»; en otro, «patones» o «gachupines», y así continúa la lista de motes...
Ésta era la parte mala del teatro en aquellos tiempos; pero sería injusto callar la parte agradable y gloriosa de nuestra vida errante. Como ya le he dicho, durante medio siglo fuimos la única representación española que conocieron los pueblos americanos de nuestra habla. En muchas ciudades del interior nos veíamos acogidos como si la vieja España viniese de actriz en nuestra compañía. Las señoras del público murmuraban en voz baja durante la representación los versos de las obras célebres, conocidos por ellas tan bien como por nosotros. Además, siempre encontrábamos algún respetable doctor, dedicado al estudio de las cosas antiguas de su tierra, que se emocionaba al vernos, como si presenciase una segunda llegada de los conquistadores.
A mí me conoce usted ahora en la desgracia; pero si visita mi casa alguna vez, le podré enseñar coronas a docenas, láminas de plata o de bronce con dedicatorias grabadas, de las que no he querido desprenderme ni aun en días de angustiosa pobreza, y versos, muchos versos, dedicados a mi humilde persona. Guardo también un discurso que un poeta joven (luego ha sido muchas veces ministro en su país) leyó el día de mi beneficio. «España--dice--es inmortal por sus hijos célebres. Jamás podrá desaparecer una nación que ha dado al mundo Cervantes, Castelar y Mariano Fonseca».
Sé bien que esto último es un poco exagerado. ¡Entusiasmos de muchacho!... Pero sería injusto no reconocer que nuestra vida errante sirvió durante medio siglo para que no se enfriasen totalmente las antiguas relaciones de familia y la gente recordase que aún existía España.
Yo debí quedarme en una de esas Repúblicas pequeñas, donde la vida es patriarcal, y para que no resulte enteramente aburrida, procuran los hijos del país amenizarla todos los años con alguna revolución. Pero mi hija gusta de volver a este Buenos Aires, donde nació. Yo también siento la atracción de la Avenida de Mayo; y aunque viva perfectamente en Méjico, junto a la frontera de Texas, y jure no volver más a la Argentina, siempre se arreglan las cosas de modo que, de aventura en aventura y de triunfo en fracaso, acabo por rodar de un extremo a otro del Nuevo Mundo, volviendo a esta ciudad, que es el refugio de todos nosotros.
Sin embargo, quedan esparcidos en las dos Américas muchos comediantes españoles, cuyo nombre ignora España y son personajes verdaderamente populares en las tierras donde se radicaron. Al gustar al público varias temporadas consecutivas, se quedan en el país para siempre, creyéndolo el mejor del mundo por haberles dado sus aplausos. Así envejecen sobre la escena, viendo pasar tres generaciones por los asientos del teatro. El presidente de la República se acuerda de que siendo niño le decía su mamá: «Si eres bueno, te llevaré al teatro a ver a Fulano». Los niños que ahora ríen las gracias de Fulano son nietos o bisnietos de los que presenciaron su llegada al país. Todos olvidan el lugar de su nacimiento, y acaban por considerarlo una gloria nacional. Cuando muere creen que el teatro ha sufrido una pérdida irreparable, y que ya no surgirán actores de su misma talla.
De haberme quedado en una República de éstas, mi existencia sería más tranquila y digna. No me vería obligado a hacer «bolos» los sábados y domingos en los pueblecitos, ni a sufrir las impertinencias de los muchachos que llegan ahora a las tablas, con tantos «modernismos» y sin saber decir bien un verso.
Pero siempre me sentí movido por un espíritu andariego y propenso a las aventuras, como el de los antiguos conquistadores. Ocho veces he ido del extremo Sur de Chile a la frontera de los Estados Unidos y viceversa, deteniéndome en cuantos teatros, buenos o malos, encontré al paso, o improvisando escenarios de ocasión en lugares que estaban esperando la llegada de un comediante desde el principio del planeta.
Esta facilidad ambulatoria la adquirí en mis primeros años de vida americana, cuando empecé la carrera como galán joven, al lado del gran Rengifo.
Con este actor glorioso no fue ingrata la madre patria. Recordará usted que gozó en España largos años de gloria. Pero al quedar poco menos que afónico y faltarle el dinero, tuvo que ser héroe y pasar el Atlántico, que siempre le había inspirado horror. Había que oír a este grande hombre cuando relataba sus viajes y las observaciones hechas por él en los teatros del Nuevo Mundo.
Usted sabe, doctor, que las numerosas Repúblicas de América que hablan español se diferencian mucho en fisonomía, desarrollo y carácter. Ocurre con ellas lo que con los hijos de una misma familia: tienen padres comunes y una sangre igual; pero los genios son distintos, y cada uno nace con diversas aficiones. Los mayores son serios y trabajan; los otros tienen el aturdimiento de la adolescencia; los pequeños hacen diabluras. Hay Repúblicas que yo llamo «serias», y otras que tienen la cabeza a pájaros y nadie sabe si llegarán a ser formales alguna vez o quedarán como esos calaveras que siguen loqueando hasta en su ancianidad.
Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun en aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba muchas veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no pasa año sin numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de menos valor en el país.
--Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras--decía mi maestro--, y cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último caimán de sus ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a la vida que despierta.
Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo. Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas, fue tanto el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso venir a cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes, cubiertos de cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver en cada bolsillo del pantalón.
--¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante glorioso de la vieja madre patria.
Y le estrechó la mano.
Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores. Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio entrar en su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos rutilantes edecanes.
--¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso enviado de la vieja España, nuestra madre.
--¿Con quién tengo el honor de hablar?
--Soy el presidente de la República.
--¡Ah, no!... Inútil la broma--protestó el maestro--. El presidente de la República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de frac, y usted lleva bigote y uniforme de general.
--Es que usted ignora que entre el segundo y el tercer acto ha habido una revolución.
II
Mi mejor época empezó cuando pude formar compañía, siendo a la vez empresario y actor.
La primera dama era mi mujer, la pobre Rosalba, de la que hablaré luego. Su padre, un español venido de allá treinta años antes que yo, había alcanzado en Buenos Aires los tiempos del tirano Rosas, y, por su edad y su voz, se encargaba en nuestras representaciones del papel de traidor. Los demás actores se quejaban a todas horas, provocando disputas con sus celos y exigencias; pero esto no impedía que marchásemos siempre juntos, queriéndonos como si fuésemos de la misma familia.
Rosalba era extremadamente morena, tenía hermosos ojos, y más de una vez sentí orgullo y tristeza a un tiempo viendo cómo la miraban muchos espectadores en las ciudades del interior. La pobre no conoció jamás la riqueza ni el verdadero lujo; pero representaba la poesía de la vida, la elegancia aristocrática, los grandes placeres de Europa, ante los públicos sencillos que venían a escucharnos, como si fuésemos los enviados de un mundo misterioso y lejano.
Su madre también era española; mas Rosalba, por haber nacido en Buenos Aires, se consideraba distinta a nosotros, interpretando esta diferencia como algo que la confería una superioridad indiscutible. En sus momentos de fervor artístico (que no fueron muchos) soñaba con ir a España para representar en uno de sus teatros. Ser actriz en Madrid le parecía el término glorioso de una existencia. Luego, en sus ratos de cólera (que eran los más), me echaba en cara mi origen:
--Tú eres un «gallego»; yo soy criolla y estoy en mi casa.
Mi suegro, hombre a la antigua, incapaz de abdicar la superioridad de su sexo, me daba consejos:
--¡Mucho ojo, Mariano! Mi niña es una mala bestia, y ya sabes cómo hay que tratarla: el pan en una mano y el palo en la otra.
Pero yo, doctor, preferí siempre tener la razón de mi parte, dejando que ella fuese injusta y agresiva. En realidad, ya no me acuerdo de los disgustos que pudo darme. Nuestra vida movediza y pródiga en molestias nos impulsaba a juntarnos otra vez, olvidando con facilidad las querellas del día anterior. Frecuentemente me hablaron mal de ella, y hasta recibí anónimos; pero la envidia profesional, sobre todo entre mujeres, aconseja tales cosas a la gente del teatro.
Confieso, sin embargo, que algunas veces sentí la tentación de separarme de ella por sus imprudencias. Coqueteaba descaradamente con señores del público, y esto era perjudicial para nuestra empresa, haciendo desmerecer a la compañía y quitándonos prestigio ante las nobles matronas de las ciudades en que trabajábamos.
Yo podía enfadarme con mi esposa, pero no me era posible despedir a la primera dama. No habríamos logrado continuar sin ella nuestras representaciones. Por eso, aunque me cause cierta vergüenza el confesarlo, transigí siempre, y algunas veces, al huir Rosalba de nosotros, fui a pedirle que volviese, en nombre de su familia y en nombre también de los demás artistas, que faltos de su colaboración iban a verse en la miseria.
Sé que las gentes malignas hicieron comentarios poco gratos para mí sobre estas fugas, diciendo que siempre la acompasaba en ellas algún personaje del país, doctor, general o simple periodista. Pero estoy seguro de que eran calumnias. Ella me lo demostró siempre con pruebas irrecusables. Si huía de nosotros era por su carácter caprichoso, por su genio independiente, que la hacía odiar de pronto cuanto la rodeaba.
Crea, doctor, que si alguna vez me fue infiel (y ahora lo dudo), debió serlo por imposiciones violentas, y no por su voluntad. Usted no sabe lo que puede encontrarse viajando a través de esta América, tan desigual. En las Repúblicas de vida adelantada, donde mandan los blancos más que los obscuros, hay justicia, y las personas pueden creerse seguras. Pero a veces caíamos en lugares donde estaban las gentes como encogidas, bajo el capricho de un hombre solo. Esto era en provincias de alguna de esas Repúblicas sometidas a frecuentes revoluciones. El presidente, para gratificar a los que contribuyeron a su elevación, los envía a un territorio lejano, y allí pueden enriquecerse, llevando una existencia igual a la de un antiguo gobernador turco.
Imagínese las inquietudes de nuestra compañía cuando llegaba a uno de estos lugares. Temíamos el mal humor del tirano, porque podía oponer toda especie de obstáculos a nuestro trabajo. Faltos de su protección, nos era imposible obtener un local ni ganar dinero. Pero yo, por mi parte, temía no menos a los gobernadores entusiastas del arte dramático, que nos recibían con una afabilidad extraordinaria, asistían familiarmente a nuestros ensayos y nos brindaban apoyo. Cansados de las hembras del país, sentían la atracción de la comedianta recién llegada, que era además esposa del director de la compañía: una novedad.
¡Las astucias que hubo de emplear para defenderme de tales bárbaros!... Uno de ellos me tuvo en la cárcel tres semanas, por creer que yo era amigo de los que conspiraban contra él. Es verdad que mientras estuve encerrado proveyó al mantenimiento de toda la compañía, invitando además a mi esposa a comer y cenar en su casa... Y mis compañeros, halagados por la familiaridad del gobernador, declararon que esta temporada, tan penosa para mí, fue para ellos la más agradable.
Nunca quise saber con certeza lo que pudo existir detrás de una medida tan arbitraria. Rosalba me juró que este hombre temible y atropellador, aunque de perversa educación, era en el fondo un caballero, y no había osado nada contra ella. No pude negarme a creerla. Me lo juró sobre la cabeza de nuestra hija.
He olvidado que usted no conoce a mi hija Pepita: una actriz de verdadero talento, pero con un carácter peor que el de su madre. Esta muchacha excelente, muy seria en sus costumbres, tiene un gesto que corta y disuelve todo intento de confianza. Por eso muchos de nuestra profesión la llaman por apodo «la Virgen guerrera».
Hace más de veinte años que nació en Buenos Aires; pero esto fue pura casualidad. Lo mismo podía haber nacido en una pobre estación de ferrocarril, en una carreta cruzando la Pampa, o en una canoa bajo el ramaje de una selva vecina a un río. Rosalba no dejó de representar mientras la llevaba en sus entrañas. Hasta el último instante se apretó el corsé e hizo esfuerzos para mantener disimulada su maternal deformidad. No quería que el público riese considerando su estado y viendo al mismo tiempo que el galán joven la perseguía loco de amor, deseoso de morir o matar por ella. Así es nuestra existencia.
Tampoco las funciones de la lactancia sirvieron de estorbo para la gloria y la actividad artística de la madre. Mi pobre Pepita se dio cuenta de que existía entre dos bastidores de teatro pobre, y pasó sus primeros años en continuo viaje por las tierras comprendidas entre los dos trópicos, llegando algunas veces hasta las montañas heladas de la Tierra del Fuego.
Mi esposa, que unas veces era Doña Inés, otras la dama feudal amada por el trovador, y otras la doncella romántica de ojos pudorosos con una rosa en la mano, se abría en los entreactos la pechera del vestido para que la niña pudiera alimentarse, medio cegada por el resplandor de un mechero.
Hubo que acudir a recursos extraordinarios para que no muriese de hambre. Rosalba, que, a pesar de sus defectos, era una excelente mujer, no podía cumplir a la vez con exactitud sus deberes contradictorios de madre y de artista. Como viajábamos incesantemente, la pequeña se nutrió al azar de nuestras correrías. Le dieron sus pechos indias y negras; se alimentó con leche de animales de todas castas: vacas, yeguas y cabras. Hasta creo que conoció las ubres de las llamas que trotan como bestias de acarreo por los senderos pedregosos de los Andes.
Esta alimentación, que uno de mis compañeros, llamado Tribaldo, muy extravagante en el empleo de las palabras, llama «internacional y geográfica», fue causa, tal vez, del carácter raro o intratable de la niña.
Aprendió a mantenerse sobre un caballo antes de saber andar. Durmió tranquilamente, como en un regazo, entre fardos llevados a lomo por mulas o guanacos. Su tierna carne se acostumbró al lancetazo chupante de los mosquitos, las moscas de color y demás insectos de las soledades americanas. Una vez, al hacer alto en una selva, la sorprendimos jugueteando con una serpiente de cascabel. En otra ocasión, al pasar un río abundoso en caimanes, se nos cayó de la mula, y hubo que sacarla por los pelos. Tenía entonces cuatro años, y después de expeler el agua tragada, no volvió a acordarse del accidente. Mi hija conoce todo lo malo de este país, y no hay nada en él que pueda matarla...
¡Los viajes de hace veinte años, cuando aún vivía mi esposa y empezaba Pepita a salir a escena, unas veces de niña raptada, otras de angelito, en el momento de la apoteosis final!... Mientras trabajábamos en tierras con ferrocarriles, la compañía se trasladaba fácilmente de un lugar a otro, seguida de todo su equipaje. En nuestra existencia errante no podíamos olvidar nada: trajes, objetos ni decoraciones. Era imprudente contar con los recursos del país. En ciertos pueblos el teatro era un corral. Nosotros nos limitábamos a levantar el tablado que servía de escenario, y el espectador se traía el asiento de su casa.
Hoy existen ferrocarriles en muchas tierras que atravesé yo hace menos de medio siglo viajando lo mismo que los primeros exploradores españoles. Como ocurre siempre en los países que llegan tarde a disfrutar las ventajas del progreso, estos ferrocarriles son magníficos, superiores a los de Europa; como quien dice, «la última palabra»: vagones Pulmann, amplios dormitorios, etc. Pero en mis tiempos tuve que invertir seis u ocho días, subiendo y subiendo por las faldas de los Andes y atravesando cimas eternamente nevadas, para correr el mismo camino que ahora hace el tren en unas cuantas horas.
Ascendíamos a tan enormes cumbres, que nos daba la enfermedad llamada «sorocho», el mareo de las alturas, igual al mareo del mar. Los cóndores volaban curiosamente sobre nosotros, adivinando que éramos una tropa diferente a la de los arrieros de poncho colorado que cruzan la Cordillera con sus recuas.
Emprendíamos el viaje desde cualquier puerto del Pacífico (población cosmopolita y calurosa, a ras de las olas, con muchos comerciantes ingleses o alemanes) hasta alguna ciudad del interior, de nombre histórico, situada en lo alto de la Cordillera, a dos mil o tres mil metros, y adormecida noblemente lo mismo que en la época de sus ilustres fundadores, venidos de Extremadura o Andalucía. Como avanzábamos por senderos estrechos, bordeando precipicios, el material de la compañía iba a lomos de bestia. Para mayor seguridad y baratura, empleábamos el animal de carga del país, el compañero del indio.
Usted conoce indudablemente lo que hacen las llamas cuando el arriero pretende imponerles un trabajo extraordinario. Es un animal que sabe hasta dónde deben llegar sus fuerzas, se irrita ante el abuso, y defiende tenazmente sus derechos. Todos los de su especie han acordado, sin duda, que sólo deben soportar una determinada cantidad de kilos, y cuando les colocan una libra más en sus alforjas, llamadas «petacas», se tienden en el suelo como un trabajador que apela a la huelga pasiva, y no hay quien los levante, por más palos que les den.
Nuestras decoraciones eran de papel, y no muchas; el vestuario y los objetos escénicos tampoco resultaban abundantes; pero, aun con esta parsimonia, ¡imagínese si serían necesarios animales de tal especie para trasladar toda la impedimenta de la compañía!
Formábamos una hilera de doscientas o trescientas llamas, con sus arrieros indios, que gritaban para animarles en los malos pasos. Los artistas íbamos en mulas tozudas y voluntariosas, a las que era prudente dejar sueltas, a merced de su instinto, sin preocuparse de guiarlas, sin otra defensa que cerrar los ojos en ciertos senderos, que más bien eran filos de cuchillo, con un precipicio de varios centenares de metros debajo de nuestros pies. Esto no impedía que «la Virgen guerrera» trotase al frente de la caravana, a horcajadas como un muchacho, las piernas al aire, la cabellera suelta al viento, y en continua pelea con su mula, que coceaba junto a los abismos, protestando de una voluntad deseosa de imponerse a fuerza de varazos y tirones del ronzal.