Part 10
Los personajes más importantes de la compañía marchábamos en el centro de este rosario. Crea usted que a nuestras tres o cuatro mujeres, arrebujadas en sus mantos, con la cara ennegrecida por el sol y el frío de las cumbres, no las habrían conocido jamás los mismos que las aplaudían una semana antes en la ciudad que habíamos dejado abajo, junto al mar.
Ascendíamos en zigzag, como una fila de hormigas rojas, por las laderas de los Andes. ¡Éramos tan poca cosa en aquella inmensidad!... Levantando los ojos podíamos ver las panzas de los animales de la primera sección de la caravana, que subían y subían, trazando una serie de ángulos. Mirando abajo sólo encontraban nuestros ojos las cargas y las cabezas de las llamas que cerraban la marcha. A veces salvábamos profundísimos barrancos merced a un puente hecho de lianas, que se mecía como una cuna sobre el abismo.
Viajábamos lo mismo que en otros siglos los personajes de la colonización española. Como yo tengo mis lecturas, creí muchas veces que no éramos una compañía de cómicos; más bien una caravana de funcionarios, enviados por el rey de España y sus Indias, que acababan de desembarcar; un corregidor y varios oidores de Audiencia venidos con sus damas a tomar posesión de sus cargos.
Cuando el viento de las alturas era favorable, soplándonos por la espalda, los arrieros convertían sus bestias en navíos. Entre las dos «petacas» colocaban un palo, izando en él un pedazo de lona que hacía oficios de vela. De este modo la fría brisa de las cumbres ayudaba nuestra marcha, empujando a las llamas, haciéndoles redoblar su trote adormecido; y la flota animal, con sus centenares de velitas desplegadas, iba navegando entre el revuelto oleaje de rocas y nieves.
Guardo un mal recuerdo, doctor, de mi viaje en ferrocarril la última vez que estuve en Quito. Este mismo viaje lo había hecho seis años antes en recua, y aunque fue incómodo y largo, resultó más seguro.
La línea férrea que existe ahora de Guayaquil a Quito es casi un funicular de varios centenares de kilómetros; una vía atrevidísima que sube y sube. Como yo y mis gentes empleamos este medio de transporte en las primeras semanas de su funcionamiento, el tren descarriló al ganar una meseta solitaria de los Andes.
Hubo muertos y muchos heridos. Imposible imaginar un paisaje más desolado: rocas de colores metálicos, y como única vegetación cactus rectos y muy esparcidos, que parecían hombres resbalando por las laderas. Ni una casa, ni un árbol, ni una gota de agua. Y en esta soledad, lamentos de heridos, gentes llamándose en torno a los vagones hechos pedazos o volcados.
Me alejé del tren, buscando socorro. De pronto vi asomar cautelosamente sobre el borde de un barranco unos cuernos rojos y algo flácidos, como si fuesen de trapo; luego unos ojos oblicuos y malignos, con las cejas en ángulo, y el resto de una cara manchada de negro y bermellón. Era un demonio, un verdadero demonio, más horrible en esta soledad que los que había yo visto en los cuadros y en el teatro.
Detrás de este demonio, que subía lentamente, a cuatro patas, apareció otro, y luego otro. Llevaban trajes grotescos, disparatados, astrosos; pero estas vestimentas parecían darles un aspecto más horripilante. La tropa infernal, que iba avanzando medio oculta, con las precauciones que impone la vida desconfiada del desierto, se puso de pie y marchó audazmente, animada por el aspecto que ofrecía el tren.
Le confieso que sentí miedo al ver cómo venían hacia mí tantos diablos, rojos y verdes, con la cara negra de hollín. De pronto recordé que estábamos en domingo y era Carnaval. Los demonios se convirtieron en indios, habitantes de chozas cercanas o invisibles para mí, que se habían disfrazado con motivo de la fiesta, abandonando sus bailoteos al enterarse de la catástrofe.
Como era mediada la tarde estaban ebrios, y después de rondar en torno a los vagones, empezaron a sentirse tentados por los equipajes de los viajeros, haciéndolos suyos tranquilamente. Representaba una amenaza de muerte pasar la noche en compañía de estos demonios, cuyo número iba aumentando. Por suerte, llegó un tren de socorro: una locomotora y un vagón, con varios empleados norteamericanos de la línea, y una caja de botellas de _whisky_ para las primeras curas. No podía pedirse más.
Otras veces conocíamos en nuestros viajes inesperadas grandezas y maravillosas abundancias. Recuerdo cómo desembarcamos en una ciudad de la costa del Perú, fundada por Pizarro, pero que había permanecido luego olvidada durante siglos. Los yanquis empezaban en ella la explotación de unas minas, o mejor dicho, la depuración de las escorias, abundantes en plata, abandonadas por la minería colonial, y esto había atraído numerosos obreros.
Fuimos a tierra desde el vapor en una balsa, hecha de troncos y tripulada por indios. No crea que el viaje era fácil. Había que salvar tres líneas de rompientes, aprovechando el minuto preciso, con riesgo de zozobrar y ahogarse si los remeros maniobraban un momento antes o después. Aun así, quedamos varias veces, personas y objetos, sumidos entre espumas, yendo acompañada cada sacudida de la balsa con alaridos de mujeres y llamamientos a todos los santos. Viajeros y cosas navegábamos amarrados, para mayor seguridad, y aun así perdimos mucho equipaje.
No había otro medio de desembarcar; pero la aventura valía la pena. Imagínese la emoción de un millar de hombres aislados en este pedazo de costa olvidada, ganando dinero abundantemente y sin saber qué hacer de él. Un barracón vecino al embarcadero de mineral lo convertimos en teatro. Cada minero pagó por su entrada un peso fuerte. Nunca he vuelto a ver tantos duros juntos. Cuando nos retiramos a media noche a nuestro alojamiento, tuvimos que valernos de una carretilla para acarrear las espuertas llenas de monedas de plata.
Además, en ningún teatro obtuve ovaciones tan sinceras y clamorosas. Lo que más gustaba a este público de blancos y mestizos eran los dramas abundantes en peleas y con mucho choque de espadas. Cada vez que me batía con el traidor de la obra, los espectadores daban alaridos de entusiasmo, pidiendo un segundo combate, y yo, enardecido por los aplausos, repetía la lucha, matando de nuevo a mi adversario.
Nunca aprecia uno el poder mágico del teatro como viviendo entre gentes sencillas. Por eso en mis viajes he preferido los pueblos humildes y olvidados, las ciudades viejas, a las que sólo llega muy de tarde en tarde una compañía teatral.
Que no me hablen de esas capitales de América vecinas al mar, en las que se usa generalmente la lengua española, pero son muchas las gentes de todos los países. Llega uno para dar a conocer las obras del teatro clásico, y le preguntan inmediatamente cuántas mujeres trae la compañía, si son bonitas y si las obras que van a representarse tienen música y canto. Deme usted ciudades del interior, reposadas y nobles, donde se encuentran plazas con soportales que recuerdan a Toledo y Segovia; donde los señores usan barba y tienen un aire caballeresco, como si acabasen de quitarse la coraza en su casa; donde las damas son aseñoradas y van a misa cuando apunta el sol a un convento que tiene naranjos en el patio, llevando sobre el rostro un manto negro, lo mismo que las tapadas de Calderón y de Lope.
Parece que esta América vieja se ha modificado mucho desde mis tiempos de galán joven y va a desaparecer. Pero yo la he conocido aún con su noble atraso y su lujo colonial. Estuve en poblaciones del interior célebres por sus minas históricas, donde todo era de plata, pero de plata antigua y recia, trabajada a martillo, con la prodigalidad que aconseja la abundancia del material; los platos, los jarros y hasta cierto útil nocturno depositado junto a la cama. Los objetos de loza había que traerlos de la costa, y se quiebran fácilmente en un viaje a lomos de mula por los senderos de la Cordillera. Resultaba más económico fabricarlos de plata.
En estas tierras de vida ingenua es donde me vi más apreciado. Hombres de cuchillo curvo, que llevaban varias muertes sobre su conciencia, me seguían, al encontrarme en las calles, con ojos de admiración y respeto. Eran espectadores que me habían visto la noche anterior batirme como un héroe contra varios bellacos.
--¡Salud, patrón!--decían algunos--. ¡Vaya una «manito» que tiene usted para la espada! ¡Que el Señor se la conserve!
Muchas veces me he acordado del gran Rengifo. Estando en Méjico, al ir en diligencia de una ciudad a otra, le salieron al camino unos bandoleros célebres, que llevaban sus trajes y monturas chapeados de monedas y bordados de plata. Estos facinerosos mataban a todos los que pretendían desobedecerles.
--Yo soy Rengifo--dijo con arrogancia a los ladrones, mirándolos frente a frente.
Y ellos dejaron de apuntarle con sus carabinas, echando pie a tierra para estrechar su mano.
--Nosotros respetamos a los valientes, compañero.
Todos ellos le habían visto en el teatro.
Cesó de hablar el gran Fonseca, quedando en actitud meditabunda. Parecía perseguir sus recuerdos y reconcentrarlos, para que no se escapase ninguno. Deseaba hacerme conocer, en sus múltiples aspectos, buenos y malos, aquella vida errante a través de América, que tenía para él la dulzura melancólica de su lejana juventud.
Pero un hombre gordo y afeitado, con rostro de comediante viejo, acababa de entrar en el café. Iba a sentarse junto a una mesa ocupada por otros de su mismo pergenio, cuando al reconocer a Fonseca cambió de dirección, viniendo hacia nosotros.
--¡El tiempo que llevo sin verte, Mariano!--dijo con voz profunda y lenta, que daba una solemnidad grotesca a sus palabras--. Te encuentro gordo como un canónigo de aldea.
Fonseca le miró con ojos de conmiseración.
--No seas bruto, Tribaldo. En las aldeas no hay canónigos. Querrás decir un cura de aldea.
--¡Tú siempre dando lecciones! Quieres que no olvide que en tu juventud fuiste estudiante... Bueno; hemos de hablar de un negocio, de una _tournée_ en Chile. Vendré a buscarte luego. Te invito a dar un paseo... noctámbulo.
Y al marcharse Tribaldo, el gran Fonseca me miró como si implorase clemencia para los disparates de su camarada.
--Así son--dijo con tono resignado--la mayor parte de los que vienen a este café. ¡Y uno debe vivir con ellos a todas horas!... Por suerte, tengo a Pepita. Es preciso, doctor, que venga usted a nuestra modesta casa, para que conozca a mi hija.
III
--¿Cuándo nos vimos la última vez, doctor?... ¿Hace ocho años o diez? Sólo recuerdo que nos encontramos en aquel café de la Avenida de Mayo, donde se reunían las gentes de mi arte. A pesar del tiempo transcurrido, le reconocí inmediatamente. Usted, en cambio, no hubiese sospechado nunca que soy el mismo Fonseca que le entretenía con sus historias allá en Buenos Aires.
Era cierto: nunca hubiese conocido al famoso comediante andariego en este viejo de espalda convexa, desdentado y con el rostro fruncido como una fruta invernal. De su pasado sólo conservaba la cabellera encrespada y abundante; pero ya no admitía el tinte, y era blanca y dura lo mismo que la de los negros cuando encanecen.
--Reconocerá usted, doctor--siguió diciendo don Mariano--, que fui profeta cuando le anuncié en «el otro mundo» el porvenir brillante que lo esperaba aquí. No he sentido ningún asombro al reconocer a mi antiguo compañero de café en el célebre médico que se digna visitar nuestro establecimiento. Yo he seguido rodando cuesta abajo; era mi destino, y gracias que pude parar aquí. Usted me conoció comediante en decadencia; pero, en fin, artista todavía, y con ciertos públicos que se conservaban fieles a mi nombre. Transcurridos unos cuantos años, me encuentra ahora de asilado en un establecimiento de caridad, y viejo, como si un siglo entero hubiese pasado sobre mí.
Durante mi veraneo en la costa cantábrica había querido ver un asilo para ancianos, fundado cerca del mar por un español enriquecido en la República Argentina. Este «indiano» había comprado una casa enorme, con vasto jardín, para vivir el resto de sus días en el país natal; pero el descanso, después de una existencia penosa de negocios y ahorro, pareció atraer a la muerte. Antes de irse del mundo había ordenado que su finca fuese convertida en asilo, aplicando la mayor parte de sus rentas al sostenimiento de la fundación. Como recompensa moral sólo pidió que su nombre figurase en grandes letras de oro sobre la fachada. Era médico-director del establecimiento un joven muy afecto a mis trabajos científicos, y él fue quien me incitó con sus ruegos a realizar esta visita.
--No crea que me quejo de mi actual situación--continuó el comediante--. Fue una verdadera suerte que algunos españoles de Buenos Aires, apiadados de la miseria de Fonseca, al que habían aplaudido tanto en otros tiempos, obtuviesen un puesto para él en esta casa, que sólo puede albergar un corto número de infortunados. Le advierto que hicieron además una suscripción para costearme el viaje. El último obsequio de aquel público que tanto me quiso.
Aquí no estoy mal. El director me aprecia y gusta de escuchar mis historias «del otro mundo», o sea mis aventuras de cuando andaba de un extremo a otro de las antiguas Indias occidentales representando comedias. Los asilados me conocen y hasta sienten cierto orgullo al verme entre ellos. Algunos estuvieron en América, donde tanto bruto se ha hecho rico, y volvieron más pobres que se fueron, con la salud perdida. Unos recuerdan haberme aplaudido en un teatro de allá; seguramente un teatro de pueblo, de los de mi última época. Otros sólo están enterados de que don Mariano fue algo, y no por eso me respetan menos. Todos ven que cuando llegan visitas importantes soy yo el único de la casa que inspira curiosidad y el único también que puede sostener una conversación. Los demás se alejan apenas el visitante les da tabaco.
Se detuvo Fonseca al decir esto, mirando con desaliento la colilla de cigarro que guardaba entre los dedos.
--No crea usted que soy ingrato y gusto de criticar a mis bienhechores, como algunos de los infelices que viven aquí. Pero debo declarar que en esta casa no todo es perfecto y existe en ella un gran vicio de organización.
El hombre benemérito que la fundó hizo su fortuna en Buenos Aires fabricando cigarrillos, y sin embargo, en su testamento no tuvo en cuenta para nada que el hombre necesita fumar, necesidad que dio origen a su riqueza. Estamos bien alojados, no comemos mal; pero de tabaco... ¡ni una brizna! En el reglamento de esta casa no se habla de dar a los asilados ni un mísero cigarrillo, y usted sabe cuán necesario es el tabaco para los que viven una existencia común, en un buque, un cuartel o un asilo.
Yo espero horas enteras el paso del director por el jardín o invento pretextos para buscarle. Sé que el encuentro me puede proporcionar un poco de tabaco, pues a él lo place oírme, y yo hablo más a gusto cuando fumo.
Esto no lo he dicho como indirecta para que me regale usted cigarrillos... Pero en fin, ¡ya que usted se empeña!... Crea que agradezco de verdad su obsequio. Otros asilados tienen parientes en el país, que vienen a verlos y les traen paquetes del estanco. Yo estoy solo en el mundo y únicamente puedo contar con lo que me den las buenas almas.
Cediendo a mi insistencia, Fonseca se apoderó, con una avidez pueril, de todos los pitillos que contenía mi cigarrera. Encendió uno en el resto del anterior, y luego de expeler por las narices dos chorros de humo con el regodeo del que paladea su deleite favorito, continuó hablando:
--Se irá usted esta misma tarde. Lo he oído a las señoras que llegaron con usted y están visitando el jardín en este momento acompañadas por el director. Vamos a separarnos pronto, y adivino que siente curiosidad por conocer la vida de este infeliz después que dejó de verle.
¿Se acuerda usted de Pepita, mi pobre «Virgen guerrera»?... No he olvidado que vino usted a casa para ver mis recuerdos de gloria: las coronas, las placas de metal regaladas en noches de beneficio, una colección de anforitas de barro cocido y otras cosas sacadas de las tumbas de los indios que fui adquiriendo en mis viajes.
¡Ay! Todo eso desapareció. Tuve que venderlo a cualquier precio en mis últimos años de miseria; cuando me vi solo en Buenos Aires y forzado casi a pedir limosna.
A mi hija la conoció usted en aquella visita. No creo que se llevase un recuerdo agradable de ella.
Inútiles las excusas: lo mismo les ocurrió a muchos. No digo que fuese mal educada; pero era incapaz de una expansión sonriente, de una palabra amable, siempre ceñuda y con hostilidad para los hombres. No podía ser de otro modo, aunque lo desease.
Repetidas veces anduvo en noviazgos con actores jóvenes de nuestra compañía; pero siempre acabó por repelerlos.
--Yo no puedo sufrir a otro hombre que a ti, papá--me decía--. No me casaré nunca.
Creo que uno de estos novios desechados fue el que inventó su apodo de «Virgen guerrera». El mote no pudo ser más exacto y completo. Su odio a los hombres era prueba y garantía de su virginidad. Y en cuanto a lo de guerrera, yo sabía de esto más que nadie.
Tenía el carácter belicoso de mi mujer; pero la pobre Rosalba enviaba sonrisas voluntariamente a los señores del público, y mi hija necesitaba un esfuerzo heroico para sonreír en la escena. En realidad, sólo llegaba a dar media sonrisa, y era con la boca nada más, mientras el resto de su cara se mantenía cejijunto y agresivo.
Este mal carácter le impidió ser una gran actriz. No crea que habla mi cariño de padre. Le aseguro que tenía más talento que Rosalba y todas las mujeres con las que he trabajado en mi vida. ¡Pero aquel rostro de pocos amigos!... ¡Aquella voz dura y monótona, que sólo se ablandaba al expresar en escena la cólera o la venganza!...
Con todos sus defectos, los últimos años que pasé junto a ella, a pesar de ser los de mi decadencia, me parecieron más gratos que los de mi juventud gloriosa al lado de Rosalba. Después que usted la vio hicimos una excursión por Chile y otras Repúblicas de la costa del Pacífico. Fuimos avanzando de teatro en teatro en dirección contraria a la de los descubridores españoles, o sea de Sur a Norte.
Le he dicho a usted de teatro en teatro, y esto muchas veces no fue verdad. Huíamos de las ciudades con teatros, porque en ellas el público no mostraba interés alguno por conocernos. Había pasado la época de Mariano Fonseca. Este nombre no decía nada a las gentes nuevas. En todas partes querían obras con música o dramas representados con gran aparato escénico, ¡y nosotros éramos tan pobres!...
La juventud del país acudía la primera noche deseosa de ver a las mujeres de nuestra compañía; pero mi Pepita, con sólo mostrarse, ponía en fuga a este público bullicioso. Sin embargo, usted la conoció. Era tal vez demasiado morena, pero nadie podía llamarla fea. Además, acuérdese de sus ojos...
Indudablemente, no era un espantajo, y muchos sintieron la atracción de su juventud y de su hermosura algo rara. Pero ¡ay!, ¡su maldito carácter!... ¡Aquella prontitud de mano para contestar con una bofetada al más pequeño atrevimiento!... En algunos pueblos fuimos silbados a causa de sus violencias; de otros tuvimos que irnos a toda prisa porque la niña había golpeado al hijo del personaje más poderoso.
Buscábamos, para no morirnos de hambre, poblaciones casi ignoradas, sin pensar si había en ellas teatro o no lo había. Improvisábamos nuestro escenario en corrales de posadas llamadas hoteles, en plazas públicas, hasta en tolderías de indios a medio civilizar. Allí donde existía un grupo humano llegaba la compañía Fonseca, en mula, en carreta, en piragua o a pie.
Cuando nos faltaba algo para nuestras decoraciones, lo buscábamos en el almacén de comestibles del lugar. Recuerdo haber empleado en Don Juan Tenorio, como estatua de Doña Inés, un cartel anunciador hecho en los Estados Unidos, que representaba una buena moza, de tamaño natural, montada en una bicicleta. Y tal es el poder del arte, que con esta carencia de medios escénicos lográbamos emocionar a nuestros públicos y hacerlos aplaudir. Pero repito que esto ocurría siempre lejos de las ciudades, trabajando «con decoración de selva», como decía uno de nuestros compañeros.
Teníamos además un enemigo feroz, que nos acosaba incesantemente y cada año parecía centuplicarse. Lo sentíamos avanzar a nuestra espalda; nos salía al encuentro cerrándonos el paso; nos obligaba a redoblar la marcha para librarnos de su persecución; iba estrechándonos por ambos flancos. Este enemigo era el cinematógrafo.
Mientras no existió el maldito invento pudimos los cómicos errantes de América prolongar nuestra vida. En las poblaciones del interior, las gentes necesitadas de entretener sus noches acudían gozosas a nuestros espectáculos, fuesen éstos como fuesen. No había otra cosa. Pero con la generalización del llamado «teatro mudo», todos parecían vernos bajo una nueva luz, dándose cuenta de nuestra pobreza y de nuestras improvisaciones grotescas.
Crea, doctor, que por culpa del cinematógrafo pasamos grandes apuros y vergüenzas en el último período de mi carrera. Gracias a que la energía de Pepita sirvió más de una vez para sacarme adelante. Yendo de pueblo en pueblo y evitando las ciudades, que representaban para nosotros el fracaso y la miseria, vinimos a dar en una de las regiones menos pobladas de Venezuela; un país que políticamente pertenece a dicha República, pero a causa de lo difíciles y largas que resultan las comunicaciones, está gobernado por un amigo del presidente, que ejerce una autoridad absoluta.
Este gobernante cambia a cada revolución, y el que encontramos nosotros fue un buen mozo, llamado Urdaneta, gran jinete, gran «machetero», como dicen allá, e irresistible en el manejo de la lanza. Era un hombre temerario, pródigo en dádivas, rapaz para los que vivían sometidos a su gobierno, feroz con sus enemigos y aficionado a todos los placeres que tienen algo de crueldad; en fin, un varón creado para la pelea y la conquista.
Él vio una especie de triunfo político en nuestra llegada a la población, cabecera de sus dominios. La compañía Fonseca representaba un gran suceso en la historia de su gobierno. Iban transcurridos muchos años desde la última vez que unos comediantes habían visitado aquel rincón de la tierra.
Resultaba explicable el entusiasmo con que fuimos recibidos, después de tantos menosprecios y pobrezas. El viaje valía todo esto y mucho más. Yo, que llevaba una vida tan larga de exploraciones, sentí asombro viéndome llegado hasta allí.
Un protegido de Urdaneta, al encontrarnos en la capital de la República, nos había propuesto esta «temporada extraordinaria», y dirigidos por él atravesamos sabanas que parecían interminables, y en cuya vegetación se hundían nuestras mulas hasta el vientre. Luego nos creímos perdidos en selvas donde no se veía el cielo y bajaba a través del ramaje una luz verdosa, semejante a la del fondo del mar. Pero los guías lograban orientarse, siguiendo unos senderos apenas perceptibles entre la maleza agitada por bestias ocultas. Vimos aves de plumaje fantástico, mariposas enormes, pájaros diminutos como insectos, moscas que parecían esmeraldas y rubíes con alas; mas nos faltaba tranquilidad para admirar tales prodigios. Pensábamos en tigres y jaguares, creyendo su aparición inmediata cada vez que las mulas coceaban o se echaban atrás, inclinando sus orejas con inquietud.