Part 11
A continuación pasamos muchos días viviendo y durmiendo en canoas que se deslizaban por una maraña de arroyos y ríos. Todos los cursos de agua parecían iguales. Repetidas veces nos imaginamos haber pasado por el mismo sitio, mirando con incredulidad a los romeros indígenas, que sonreían de nuestra desconfianza. Navegábamos jornadas enteras bajo túneles de follaje. Las ramas colgantes nos obligaban con su azote a bajar las cabezas. De vez en cuando, un marinero cobrizo, con la vista fija en la bóveda vegetal ensombrecedora de las aguas, levantaba su percha, dando un fuerte palo a una de las lianas verticales. La liana tenía ojos, se contraía, y perdiendo su equilibrio acababa por derrumbarse en el río. Era una boa enorme...
Pero ¿a qué contarle más de este viaje? Era una América distinta a la que usted conoce; la tierra tropical casi intacta, tal como debieron verla los primeros españoles que bajaron por el Amazonas o el Orinoco. A nosotros, pobres cómicos, después de pasar varias semanas en el seno de esta naturaleza sin domar, nos pareció una capital enorme el pueblo donde vivía Urdaneta, y recibimos con gratitud casi llorosa las muestras de afecto y protección de este personaje.
Jamás sultán de cuentos orientales se vio tan admirado y obedecido como él por nosotros. Hay que advertir que Urdaneta vivía casi aislado en las tierras sometidas a su gobierno. Todos le temían y procuraban evitar su presencia. Era caprichoso en su trato con las personas, no creía en la amistad, se consideraba amenazado constantemente, y para librarse de asechanzas procuraba ser el primero en la agresión. Total, que había dado muerte a muchos de sus gobernados para librar su propia vida, según él afirmaba, o por capricho y embriaguez, según el decir de las gentes.
Nuestra presencia le proporcionó diversiones extraordinarias. Con la magnanimidad de un tirano protector de las artes, nos invitó repetidas veces a comer en su casa. Además decretó enérgicamente que el país debía civilizarse, y para ello lo más eficaz era acudir a un espectáculo culto y moralizador como nuestras representaciones.
Siempre había sido gran aficionado a la poesía. En la sobremesa de sus banquetes, cuando estaba casi agotada la botella de ron puesta ante él, nos iba recitando el inmenso caudal de versos, sentimentales y amorosos, atesorado en su memoria. Durante sus campañas para derribar a varios presidentes por el hierro y por el fuego, su distracción nocturna era tañer la guitarra, cantando romanzas de treinta o cuarenta estrofas, todas ellas dignas de lágrimas. Reconozco que este guerrero lírico y sensitivo habría ordenado a veces, en el mismo día, numerosos fusilamientos; pero, no obstante este detalle y el enorme daño que acabó por causarme, declaro que era simpático a su modo.
Los últimos triunfos de mi vida artística los debo a su protección. Había improvisado un teatro, al que acudían puntualmente todas las noches los habitantes del pueblo como si cumpliesen una función pública. Frente al escenario había un tabladillo adornado con banderas nacionales, y en él un sillón de madera dorada traído de la iglesia.
Este palco presidencial lo ocupaba Urdaneta con otros personajes de tez sombría, ojos diabólicos y palabra melosa, que oran ejecutores de sus voluntades y compañeros de sus peligros. El público reía nuestras gracias o aplaudía frenéticamente nuestras nobles acciones, animado por el gesto benévolo del presidente. Pepita era considerada por los espectadores como una deidad milagrosa que podía interceder en favor de ellos, haciendo más tolerable su existencia. Yo trabajaba con el inquebrantable entusiasmo del que tiene seguro su éxito.
Pero debo llegar al final de este período de mi existencia (el último en que me creí feliz), o sea a mi infortunio definitivo.
Un día me di cuenta de que mi hija ya no merecía su apodo. Como ocurre siempre en tales casos, yo fui el último en enterarme. Por algo el público, al aplaudirla, mostraba la adulación de los que desean congraciarse con los poderosos. Pepita era la amante de Urdaneta, y esto había sido por su voluntad, sin que el déspota, acostumbrado a la violencia, necesitase hacer nada para vencerla. La «Virgen guerrera» había reservado su integridad corporal para este descendiente de los conquistadores, que la esperaba, sin saberlo, en un rincón de la América caliente, aislado por selvas y ríos.
No negaré que Urdaneta era un cumplido varón, capaz de conmover a las hembras que gustan de hombres violentos y desean vivir sometidas a una voluntad avasalladora. Pero Pepita era todo lo contrario. Yo no la consideraba inferior por su mal genio al tirano que nos protegía. Luego pensé que tal vez la identidad de sus caracteres había acabado por atraerlos.
Pasé mucho tiempo fingiendo ignorancia y ceguera. Dirá usted que esto no es digno de un padre; pero ¡ay!, ¡la vida nos exige tales cosas cuando somos pobres! Además, Pepita se mostraba contenta de su nueva situación, y cada vez que intenté hablar de lo ocurrido, me miró con aquellos ojos que parecían congelarme, cortando bruscamente mis palabras.
Con un hombre como Urdaneta no podían durar mucho las situaciones tranquilas y plácidas. Él dio fin, del modo más inesperado, a nuestra temporada teatral. Le parecieron inoportunas las familiaridades de los hombres de la compañía con la primera dama... ¿Por qué tuteaban a Pepita?... ¿Cómo iba a tolerar que un actor la abrazase en la escena, diciendo palabras amorosas, cuando por menos había sacado en diversas ocasiones el revólver o el machete, librándose en un segundo del que podía ser su rival?...
Se acabó el teatro, y con él mis noches gloriosas, apagándose para siempre aquellas salvas de aplausos que me hacían retroceder a los tiempos de mi juventud. Urdaneta retribuyó generosamente a mis compañeros, haciéndoles emprender su viaje de vuelta a la capital, otra vez por ríos, selvas y llanuras. Yo me quedé, porque era el padre de la gobernadora; pero jamás en mi existencia me vi tan solo y aburrido.
Pasaba los días conversando con aquellos personajes inquietantes, obscuros de tez, que eran algo así como los mariscales de la corte de mi napoleónico protector. Me hablaban de guerras civiles y de revoluciones, mostrando un menosprecio espeluznante por el valor de la vida humana.
Mientras tanto, los dos enamorados corrían a caballo las selvas o se dedicaban a la caza. Urdaneta era ahora maestro de mi hija, alabando sus admirables disposiciones. Este hombre de armas gozaba en enseñar su manojo a Pepita, y la casa del gobernador temblaba diariamente con el estruendo de las pistolas y carabinas usadas por ella.
Tal era la confianza del terrible maestro en su discípula, que había inventado una diversión de las que a él le gustaban, mezcla de voluptuosidad y de peligro. Muchas noches, antes de acostarse, mi yerno (llamémosle así) colocaba sobre su cabeza una fruta cualquiera del país, algo que pudiera servir como la manzana de Guillermo Tell. Y la nueva tiradora se la arrebataba con un balazo de su rifle. Después de este juego, los dos parecían amarse con nueva pasión. Era algo semejante a las caricias de las fieras, según decían en el pueblo.
Un día me hablaron dos forasteros, haciendo grandes elogios de mi talento de actor. Aseguraban haberme aplaudido en una de las pocas funciones que di en la capital de la República. Luego me ofrecieron un regalo de diez mil dólares en moneda americana y dos pasajes hasta Cuba, para mí y para mi hija.
Bastaba una operación insignificante para corresponder a tanta generosidad. Se daban por contentos con que la ex «Virgen guerrera» bajase un poquito su puntería una noche: asunto de que el proyectil, en vez de rozar la abundosa cabellera de Urdaneta, le diese en mitad de la frente.
Me pareció poco repeler esta propuesta con las mejores frases de indignación de mi repertorio, y se la revelé a mi hija. ¡Qué quiere usted!... Le había tomado cierta simpatía al tirano, recordando los tiempos en que protegió con tanta eficacia el arte dramático. Pepita debió hablar, y Urdaneta consideró oportuno unos cuantos fusilamientos, ordenados a capricho indudablemente, pero con el deseo de que sirviesen de saludable advertencia a sus contrarios.
No le extrañará a usted, después de esto, que Mariano Fonseca, hombre pacífico y accesible al remordimiento, no pudiese vivir con tranquilidad. Me acusaba a solas de los fusilamientos, como si los hubiese ordenado yo mismo. Para mayor desdicha, Urdaneta empezó a mirarme con desconfianza, considerando inoportuna mi presencia en sus dominios. Por suerte, no me creyó traidor ni un instante; pero, según dijo a mi hija, me tenía por un bonachón peligroso, dispuesto a liar amistad con todo el que me hablase de cosas de teatro: una especie de puerta abierta por la que podían llegar sus enemigos hasta él... Y como era rápido y enérgico en sus resoluciones, ordenó mi viaje de vuelta, lo mismo que había hecho meses antes con las gentes de mi compañía.
Resultaba absurdo pensar en protestas ni razones con Urdaneta. Además, mi hija decía siempre lo mismo que su amante. Para abreviar: tuve que hacer de nuevo el largo trayecto, en piragua y en mula, hasta la capital de la República; pero esta vez abundantemente provisto de dinero. El déspota sabía ser generoso, derrochando su riqueza con la misma violencia que empleaba para adquirirla.
Sentí, al verme solo, el tirón de la vida errante, y reanudé mis correrías, ahora, de Norte a Sur, atraído, como siempre, por Buenos Aires. En mi lenta retirada tuve noticias de Pepita: las últimas.
Estalló una revolución en aquella tierra; una más que añadir a la lista interminable de su historia. El presidente fue derribado; pero le dieron tiempo para escapar. Urdaneta, su protegido, no quiso imitarle. Se había acostumbrado a vivir como una autoridad independiente en aquel rincón olvidado y casi salvaje de la República. Se imaginaba que este gobierno era suyo por derecho de conquista, y nadie podía arrebatárselo, ocurriese lo que ocurriese en el resto de la nación.
La gente no lo entendía así. Ya que había triunfado una revuelta, debían renovarse las autoridades, siendo reemplazado Urdaneta por otro gobernante. Nadie se hacía la ilusión de que el nuevo fuese mejor; pero era indispensable cambiar de tirano. Los hombres de confianza del vencido sintieron igualmente ese deseo general, abandonándole para unirse a los vencedores.
Ni aun así quiso huir aquel testarudo, audaz y valeroso, digno de vivir en otros siglos. Al verse sin amigos, se fortificó en la casa de gobierno con mi hija. ¡Los dos contra todo el pueblo y contra los grupos en armas enviados por la revolución triunfante!... Ambos eran excelentes tiradores, y los fusiles y cartuchos abundaban en su vivienda.
Me han contado que Pepita, caída en el suelo, con una pierna rota de un balazo y otras heridas en el cuerpo, cargaba los rifles, pasándoselos a Urdaneta, que tiraba y tiraba incesantemente con una ligereza de demonio. Los asaltantes, después de muchos ataques inútiles y mortales, tuvieron que avanzar protegidos por unas carretas de paja ardiendo, y prendieron fuego al edificio, convencidos de que únicamente así podrían acabar con su temible gobernador.
De este modo perecieron Urdaneta y mi ex «Virgen guerrera». La muchedumbre sólo osó acercarse a ellos cuando sus cadáveres estaban ardiendo como si fuesen carbón. Aun así, temían muchos que surgiesen otra vez de entre las llamas los certeros balazos del tirano.
Después de esto, creo que nadie se atreverá a decir que en la vida de los comediantes todo es mentira y fingimiento, y que no ocurren en la realidad dramas más tremebundos que los que nosotros representamos sobre las tablas.
Muerta mi hija, las aventuras de mi vida no ofrecen interés. Cuando volví a Buenos Aires ya me había comido todo lo que me dio el generoso compañero de Pepita. Conocí de nuevo miserias y humillaciones; pero ahora estaba solo, me faltaba mi hija, que parecía sostenerme y darme vigor con su duro carácter. Además, los compañeros eran malos conmigo al no ver a mi lado «la Virgen guerrera»... Ya sabe usted lo demás: cómo vine a dar con mis huesos en este refugio, la protección de algunos comerciantes españoles de allá, la suscripción para el viaje, etc.
Pero advierto, doctor Olmedilla, que le llaman esas señoras, y el director parece impacientarse porque le retengo con mi charla.
No se ocupe de mí; atienda a sus amigos... y si alguna vez se acuerda del comediante Fonseca, su viejo compañero de Buenos Aires, ya sabe cómo puede favorecerlo.
Nada de dinero... Me envía simplemente tabaco: unos cuantos paquetes de cigarrillos.
Todos sufrimos en esta casa por la distracción de aquel cigarrero que a la hora de su muerte no se acordó de que los hombres fuman. Y las buenas almas deben reparar un olvido tan inexplicable.
IV
Transcurrieron varios años. No volví más al asilo de la costa cantábrica; pero un día hablé en Madrid con el médico que había sido su director.
Al verle, resurgió en mi memoria la imagen del comediante Fonseca, y pregunté por él.
--Murió un año antes de abandonar yo la dirección--dijo el médico--. Cuando sólo le quedaban unos meses de existencia, cambió de nombre, y casi en su agonía hizo testamento, dejando su fortuna a sus compañeros de asilo.
Comprendo el gesto de asombro con que recibe usted tales noticias. En realidad, fue extraordinario el final del célebre Fonseca, algo parecido al último acto de uno de aquellos melodramas que estaban de moda en su juventud.
Le advierto que don Mariano se acordó siempre de usted, y hablaba a todos de su amistad. Creo que sólo le envió usted tabaco dos veces; pero estos paquetes de cigarrillos (que tal vez no pasaron de doce) parecían tener la fuerza reproductora de los panes y los odres en las bodas de Canaán. Siempre que fumaba un cigarrillo, aunque se lo hubiesen regalado minutos antes, decía a sus compañeros, con voz campanuda y solemne, como si estuviese representando la escena más culminante de un drama:
--Es del envío que me hace todos los meses mi ilustre amigo el doctor Olmedilla, una eminencia de Madrid.
Un verano recibimos la visita del senador de aquella tierra, personaje político tan venerable como poco conocido, y viejo lo mismo que Fonseca. Éste, después de repetir en voz baja, con expresión meditabunda, el nombre de nuestro visitante, se dirigió a él tendiéndole una mano.
Nos interpusimos muchos de los presentes, interpretando esta familiaridad como una insolencia de su chochez. El viejo actor empezaba a mostrarse menos razonable y coherente en el relato de sus historias. Pero Fonseca dio explicaciones con voz segura, que nos convencieron a todos. Su memoria parecía haberse robustecido con la presencia del senador. Recordaba perfectamente su nombre. Habían sido condiscípulos en Madrid, cuando él estudiaba el bachillerato.
Y tales detalles fue amontonando al evocar aquella época remota, que el personaje político, que parecía haber despertado igualmente de su atonía senil, acabó por reconocerle.
--¡Pero tú eres Cerón!--dijo--. Me acuerdo cómo reíamos de tu apellido, siendo muchachos... ¿Por qué te llaman aquí Fonseca?
Aceptó la pregunta el comediante con resignación y al mismo tiempo con inquietud, como el que se ve obligado a revelar un misterio de su vida.
Efectivamente, su apellido era Cerón, y en días sucesivos fuimos conociendo la primera época de su existencia, antes de que se marchase a América. Dos reporteros de los diarios de la capital de la provincia que habían venido con el personaje vieron en esta historia materia para un artículo.
Fonseca se llamaba Cerón, y con este nombre había empezado en Madrid su carrera de comediante. Continuos y ruidosos fracasos le obligaron a huir de la escena y de su patria. ¿Cómo continuar su vida teatral en un país donde los actores, para hacer patente la mediocridad de un camarada, se limitaban a decir: «Es más malo que Cerón»?
Al marcharse había creído oportuno cambiar de nombre, y Mariano Cerón pasó a ser el incansable Mariano Fonseca, actor errante y célebre (como él decía) «desde la frontera de Texas al estrecho de Magallanes».
Esto no lo considero yo extraordinario; ahora viene lo más interesante.
La historia del actor que cambió de nombre y llegó a ser famoso en América fue pasando de periódico en periódico, y un día se presentó en el asilo un hombre de negocios judiciales, un picapleitos, que venía de Madrid sólo para dar a Fonseca la noticia de que una herencia estaba esperándolo más de veinte años.
Cierto señor Cerón, ya difunto, había hecho testamento, dejando sus bienes a un hermano suyo huido a América, sin que nadie supiera más de él. ¿Quién podía adivinar al ignorado Cerón en el glorioso Fonseca?...
La herencia no era enorme, como las que se ven llegar inesperadamente en comedias y novelas. Creo que no iba más allá de veinticinco mil duros; pero ¡imagínese usted lo que representaba esto para nuestro amigo inolvidable!...
Además, la tal herencia parecía fatigadísima de esperar tantos años, y, contra lo que es costumbre en los tribunales, deseaba entregarse cuanto antes. El rábula sólo necesitó un poder del heredero para resolver el asunto con inusitada rapidez.
Pero nuestro héroe se apresuró igualmente a morir, ahora que se veía rico.
Se fue del mundo dignamente, reparando una gran injusticia, como tantas veces lo había hecho, espada en mano, sobre las tablas de los escenarios. Quiso dictar su testamento, y dejó por herederos de sus bienes a todos los camaradas de asilo y a los que les sucedan en aquella casa. La renta de su capital debe emplearse enteramente en tabaco, para que de este modo no conozcan nunca los pobres el tormento sufrido por él en sus últimos años a causa de una omisión del fundador.
Y los asilados pasan ahora el día entero fumando y fumando. Lo que ignoro es si dentro de unos años se acordarán del comediante Fonseca.
El viejo del Paseo de los Ingleses
I
Todas las mañanas, a las once, llegaba invariablemente al Paseo de los Ingleses, cuando mayor era en él la concurrencia. Bajo la doble fila de palmeras inmediata al mar, iban formando grupos las gentes de diversas nacionalidades y lenguas venidas a Niza durante el invierno.
El azul denso e inquieto de la bahía de los Ángeles se interrumpía al reflejar el resplandor del sol, triángulo de oro palpitante que apoyaba su vértice en la orilla, mientras resbalaban por el azul inmóvil del cielo los blancos vellones de las nubes. Una ilusión primaveral rejuvenecía a esta muchedumbre durante las horas solares. Al languidecer la tarde, el viento punzante caído de las cimas de los Alpes hacía recordar la existencia del olvidado invierno; pero en las horas meridianas, las mujeres, vestidas con colores de flor, tenían que abrir sus sombrillas para defenderse de la causticidad del sol, y los hombres sentían el orgullo de haber vencido al tiempo, mirando sus pantalones de franela blanca a través de las gafas ahumadas con que defendían sus ojos de la refracción de la luz sobre el asfalto.
Una alegría egoísta los animaba a todos al hablar del frío que estarían sufriendo a aquellas horas los que tenían la desgracia de haberse quedado en París, en Londres o en Nueva York, lejos de la asoleada Costa Azul.
Ganosos de ver y de ser vistos, se agolpaban en una pequeña sección del Paseo de los Ingleses, que tiene varios kilómetros de longitud. Las gentes colocaban sus sillas de hierro unas junto a otras, buscando hablarse con mayor intimidad, o las avanzaban más allá del vecino. Esto iba estrechando el espacio de que podían disponer los transeúntes en sus continuas idas y venidas, mas no por ello se cortaba su infatigable rosario, y seguían deslizándose entre las tortuosidades de la gente sentada, cruzando con ésta saludos y palabras.
Las conversaciones en diversos idiomas formaban un zumbido casi tan sonoro como el choque de los últimos estremecimientos del mar sobre la playa de guijarros, pulidos por un roce milenario. Cuando este rumor humano bajaba de tono, se oían las orquestas de los restoranes y los hoteles del paseo, que extienden su recta edificación frente al mar. Entre las casas y la doble fila de palmeras pasaban automóviles con matrículas y colores de todas las naciones, y grupos de jinetes: ellas, con aire de muchacho, llevando pantalones masculinos; ellos, con la cabeza al aire, el pelo echado atrás y el cuello de la camisa abierto sobre el pecho.
De los hoteles célebres iban saliendo damas de andar perezoso, que silbaban para que siguiese sus pasos un perro grande, con aire de fiera que se digna ser buena, o pequeñísimo, y arrastrándose junto al suelo, lo mismo que un manguito de piel caído de las manos y que empujase el viento. Eran mujeres célebres por su familia o por su historia: artistas de amor costoso o princesas de dinastía reinante. La gente repetía sus nombres con interés, y ellas, apreciando de reojo la curiosidad despertada por su presencia, seguían avanzando con aire aristocráticamente desmayado, resignadas, como una reina que tiene que mostrarse al populacho, y dando a entender con el desmadejamiento de su persona que la mayor parte del año sólo se levantaban de la cama en las primeras horas de la tarde. Aquí, en Niza, consideraban de buen tono abandonar las sábanas para hacer una visita al sol a la hora en que está más visible, aunque su luz vulgar y mal educada revela brutalmente los desperfectos de los rostros.
A las doce sonaba en la colina del Castillo el cañonazo tradicional, e instantáneamente, con una prontitud de teatro, se deshacían bajo las palmeras los grupos humanos, que los tripulantes de los buques alcanzaban a ver como hormigueros mientras navegaban por la línea del horizonte. Las gentes se perdían en las calles afluentes al paseo o penetraban en los hoteles. Únicamente permanecían retardados sobre el asfalto los habladores, incapaces de cortar una discusión entablada, y ciertas parejas amorosas, en espera de este momento de desbande general para aproximarse y convenir dónde podrían volver a verse más íntimamente al caer la tarde.
Una hora antes de esta dispersión en busca del almuerzo, llegaba todos los días el hombre a quien llamaban muchos «el viejo del Paseo de los Ingleses», como si fuese parte integrante de dicho lugar. Otros que, por vivir más tiempo en Niza, se creían obligados a un conocimiento concreto de las personas y las cosas, daban detalles precisos sobre su existencia.
--Es un ruso: uno de los muchos que la revolución ha dejado en la miseria.
Nadie podía más detalles; todos pasaban a ocuparse de otra cosa, con un mohín de cansancio. Los rusos ya no eran de moda; esto lo sabía toda persona razonable. Al principio, sus infortunios excitaron la simpatía pública; no había salón distinguido ni espectáculo elegante donde no se encontrase algún refugiado de esta nacionalidad. Pero había transcurrido mucho tiempo sin que ocurriese nada nuevo en Rusia, y al fin la suerte de los tales fugitivos resultaba monótona.
Además, eran demasiados los que habían venido a aglomerarse en este país de sol, como si los impulsase un misticismo sabeico. Las novelas de su nueva existencia ya no inspiraban interés, y la gente hablaba fríamente de grandes duquesas que tenían en Niza casa de huéspedes o tienda de sombreros; de oficiales de la antigua marina zarista convertidos en bailarines profesionales de los restoranes de Monte-Carlo; de chófers de porte marcial y rubio bigote, antiguos coroneles y generales en la corte de San Petersburgo. Esto podía merecer atención durante unas semanas o unos meses; pero ¡después de cuatro años, durante los cuales habían ocurrido tantas cosas en un mundo que parecía estar loco!...