Part 12
Los invernantes más antiguos de Niza conocían su nombre, Fedor Ipatieff, y afirmaban que este «viejo del Paseo de los Ingleses» no era extraordinariamente viejo. Debía tener poco más de sesenta años, y en los meses anteriores al principio de la guerra todavía ostentaba esa juventud madura, artificial y brillante que todo hombre moderno, libre de las fatigas del trabajo, puede proporcionarse.
El tiempo, que parecía haberle olvidado, cayó sobre él repentinamente al verlo pobre, marcándole el rostro con los arañazos de su mano arrugadora. Diez años antes se mostraba relativamente fresco y con aspecto vigoroso al salir por las mañanas de su cuarto de baño. Ahora tenía los ojos hundidos en el fondo de una estrella de arrugas, y cuando el cuello de su camisa entreabría sus puntas dejaba ver una piel flácida y esa rigidez de los tendones que denuncia la ancianidad. El pelo, que en los últimos años disfrazaba su anemia bajo rubios tintes, se mostraba ahora francamente blanco. Pero este hombre, viejo por los años y avejentado aún más por su decadencia social, hacía esfuerzos de voluntad para retardar su ruina. Eran esfuerzos desesperados e inútiles, como los del náufrago flotando en medio del Océano, que sólo demoran por unos minutos el final inevitable.
Llevaba, lo mismo que en sus buenos tiempos, patillas hasta la mitad del rostro, unidas por el bigote, como si éste fuese un puente, y la cabellera partida por una raya de la cúspide del cráneo a la nuca. Hacía recordar al difunto emperador de Austria Francisco José. Era un elegante con arreglo al patrón vienés que había imperado en las cortes y los salones de Europa cuarenta años antes.
Su vestimenta, aunque no databa de tan remota época, pertenecía también al pasado: corbatas de plastrón imponente, con un alfiler en su centro escandalosamente falso, ocupando el lugar de otro que había sido una joya verdadera; levitones majestuosos; guantes grises con trencillas negras; sombreros indeterminados, que nadie podía saber bajo qué moda habían nacido; todo cepillado hasta dejar visible su trama, y revelando el paso por su superficie de frotaciones y líquidos para expulsar las manchas.
La escasez de ropa interior era lo que hacía sufrir más a Ipatieff, que en su juventud había llegado a cambiarla tres veces al día. Sus cuellos, siempre altos y vistosos, ya no podían deslumbrar con el fulgor nítido de otros tiempos. Después de la guerra todo había cambiado en el mundo. Además, su pobreza sólo le permitía tener lavanderas de obreros. Sus camisas se iban deshilachando, y a pesar del brillo de la plancha, guardaban siempre un vago color de chocolate.
Este señor de aspecto pobre y «antiguo» era saludado por muchos con la afabilidad que inspiran las personas que conocimos en nuestra juventud y nos la recuerdan con su presencia. También lo sonreían afablemente algunas señoras viejas y de empaque aristocrático que exponían sus reumatismos al sol.
--¡Pobre Ipatieff! Ahí donde ustedes lo ven, ha sido el bailarín más famoso de su época. Nadie, en la Niza de nuestros tiempos, sabía el vals como él, ni dirigir un cotillón... ¡Ay! Eso era en la época que aún no existían los fox trots y demás danzas de negros, que vuelven locas a las niñas de ahora.
Señores de rostro severo, con la roseta de la Legión de Honor en una solapa, al contestar al saludo modesto del ruso, explicaban quién era éste a sus compañeros de conversación:
--Antes de la guerra fue rico. Un hermano suyo tenía allá una fábrica importante, y le enviaba todos los años varios centenares de miles de rublos. El industrial estaba orgulloso de que su hermano menor hiciese brillar el nombre de la familia, entre los rusos más distinguidos, en Niza y en París. Pero ahora la fábrica ha desaparecido, al hermano lo asesinaron los bolcheviques, y el pobre Ipatieff tiene que valerse de medios extraordinarios para disimular su pobreza.
Los más enterados de la existencia actual de Fedor relataban, con una sonrisa de conmiseración, sus esfuerzos para vivir sin mendigar. Durante los primeros años de la guerra había podido sostenerse en un relativo desahogo, gracias a sus muebles. Al quedar cortadas las remesas monetarias de Rusia ocupaba un piso adornado suntuosamente, en una calle inmediata al Paseo de los Ingleses, y aprovechó su lujosa instalación como una industria, alquilando su casa a invernantes enriquecidos por la guerra que deseaban saber cómo había sido la vida en Niza de los «ricos antiguos». Él se instaló en la buhardilla, ocupando un cuarto de los destinados a su antigua servidumbre.
Pero este recurso extraordinario no duró mucho. Al encarecerse la vida el propietario de la casa aumentó considerablemente su alquiler. Luego acabó por obligarlo a que la abandonase, prefiriendo a otros inquilinos menos necesitados, y logró vivir tres años más con el producto de la venta de sus muebles. Ahora, no pudiendo esperar nuevos ingresos, procuraba mantenerse con una parsimonia extraordinaria.
Por fortuna, no tenía que preocuparse de su vivienda. La conmiseración del dueño de la casa, y más aún el cariño de sus antiguos porteros, que recordaban al señor Ipatieff de los tiempos prósperos, pródigo en propinas y poco dado a examinar las cuentas, lo procuraron el goce a perpetuidad de una pieza casi subterránea, que había servido siempre para guardar muebles viejos y la crisis de alojamientos acababa de elevar al rango de habitación humana. Por unos tragaluces abiertos al nivel de la calle entraba el sol de las horas meridianas y mucho frío en el resto del día. En esta cueva-dormitorio guardaba los restos de su vestuario y ciertos compañeros de su existencia, cuya fecundidad representaban los únicos ingresos con que podía contar.
Muchos, al ocuparse del viejo del Paseo de los Ingleses, le llamaban también «el señor del perrito», por la razón de que nunca se presentaba en el paseo sin ir acompañado de un animal de esta especie, pequeño, de orejas erguidas y puntiagudas, extraordinariamente lanudo: una bola de pelo que trotaba con menudo paso. Este perrito de la Pomerania atraía las miradas y exclamaciones admirativas de las señoras viejas, así como los manoseos de los niños, y nunca era el mismo.
Los que conocían a Ipatieff hablaban con lástima de la industria canina que le ayudaba a vivir. Allá en su tugurio tenía una pareja de bestezuelas de esta especie, regalo recibido en sus tiempos de prosperidad, animales prolíficos que todos los años le daban varias crías para la venta.
Además, el problema de la alimentación lo resolvía fácilmente durante el invierno. Siempre había en los hoteles más caros, o en los barrios elegantes de Cimiez y la California, familias que lo invitaban a comer. El pobre Ipatieff hacía recordar con su presencia los tiempos anteriores a la guerra, cuando aún era dulce el vivir. A los postres, la señora del invitante, que no osaba darle dinero, le proponía la compra de uno de sus perritos, y él aceptaba la oferta gravemente, como si estuviese convencido de que nadie podía vivir sin la compañía de tales animales.
Con el mismo aire del proveedor que anuncia el envío de un encargo vehementemente esperado, decía en ciertas ocasiones, después de saludar a una señora en el Paseo de los Ingleses:
--Marquesa, la semana próxima le llevaré el pequeño. No se lo doy antes porque quiero estar seguro de su buena educación.
Y al entregar el «pequeño» recibía sin sonrojo el billete de quinientos francos, que hubiese rechazado de otra manera.
Después del cañonazo de mediodía, si Ipatieff no estaba invitado en algún hotel, dejaba para las primeras horas de la tarde el suplicio de alimentarse parcamente en un bodegón de la ciudad vieja, volviendo apresuradamente a su casa.
--Vamos a hacer que la familia tome un poco de sol.
La familia era un perrito viejo y trémulo, con numerosos pelos blancos, que tenía más de diez años, lo que en la vida de su especie equivale casi a un siglo de vida humana. Y en torno a este patriarca de incansable fecundidad ladraban y saltaban media docena de perrillos, asustados y regocijados a la vez por el sol y el aire libre.
El antiguo elegante avanzaba como un pastor por el paseo, ahora desierto, rodeado y seguido de este rebaño, que trotaba sobre el asfalto, haciendo temblar sus bolas de lanas negras. Una simple voz del hombre enmudecía y agrupaba a los animales, pacientemente educados. Pero como necesitaban después de su encierro la carrera y el ladrido para desentumecerse, su dueño les dejaba en libertad.
Iba a sentarse en un banco, y allí permanecía, meditabundo, mientras sus compañeros correteaban persiguiéndose o ladrando a los niños atraídos por su presencia. Fedor Ipatieff miraba al mar, pero con ojos incapaces de ver. Su mirada iba más lejos, con la rapidez de la imaginación.
El viejo del Paseo de los Ingleses llevaba una novela en su interior, una novela sin terminar, como la llevan la mayor parte de los humanos. Y mientras el rebaño negro se frotaba contra sus piernas, ladrando dulcemente en espera de una caricia, el ruso, entornando los ojos, creía ver su lejana patria, como una casa sin muebles, ruinosa y fría, y en ella la figura familiar de una mujer, recordada diariamente.
Su rostro debía ser ahora algo distinto de como lo vio la última vez; estaba seguro de ello. Pero él sólo podía imaginársela lo mismo que en otros tiempos.
II
Los rusos refugiados en la Costa Azul apenas le tenían por compatriota suyo. Se había educado en Francia, viviendo después en las capitales principales de la Europa occidental. Hacía solamente viajes a su país cuando la amistad con algún personaje de nombre ilustre le permitía frecuentar durante varios meses el mundo aristocrático de San Petersburgo.
Su hermano el industrial aceptaba con orgullo esta existencia brillante y perezosa, viendo en ella un honor para el apellido de la familia. De permanecer siempre en su país, Fedor Ipatieff sólo habría sido el hijo de un fabricante rico, sin entrada en el gran mundo. Pero en las capitales célebres de Europa podía tratarse amistosamente con grandes personajes rusos: la vida en los salones y los hoteles facilita estas intimidades; y luego, al volver a su patria, penetraba en lugares privilegiados, cuyas puertas se había abierto hábilmente desde el extranjero.
Remontándose en su pasado, más allá de la revolución, más allá de la guerra, Fedor contemplaba los tiempos de su juventud como un cuento maravilloso que había existido en la realidad; pero visto ahora, a gran distancia, resultaba más extraordinario que los cuentos imaginados. Admiraba la vida rusa bajo los zares como la más completa expresión de la dulzura de vivir. Era indiscutible que esta dulzura sólo la paladeaban unos cuantos nada más, haciéndola pagar a millones y millones de habitantes de las estepas con una existencia igual a la de las bestias. «Pero ¿acaso están ahora mejor, después de la revolución?», pensaba Ipatieff, egoístamente.
¡Oh, Petersburgo! La vida había sido en esta ciudad monumental tan lujosa y alegre como los bailes rusos, puestos luego de moda en el resto de la tierra.
Fedor se acordaba de las representaciones en el teatro María y el teatro Miguel, ante públicos de un lujo abrumador: las mujeres, con perfil altivo de emperatriz, luciendo constelaciones de joyas, y los grandes señores, brillantes como ídolos, cubiertos de condecoraciones y bordados; las cenas fastuosas en los restoranes de las islas, enormes y blancos como catedrales; los paseos en muelles vehículos por las orillas del Neva, bajo abrigos de pieles costosísimas. Este carnaval deslumbrador lo gozaban unos miles de privilegiados, que veían reservadas igualmente para el resto de su existencia las altas dignidades y las grandes fortunas del país, los empleos valiosos, los mandos en el ejército y la administración, el disfrute de propiedades agrarias extensas como naciones. ¡Y todo esto el bolchevismo lo había deshecho en unos cuantos meses!...
Los ricos de la «gran época» habían sido asesinados, como su zar y sus grandes duques, o eran mendigos, conociendo el suplicio del hambre. Las damas majestuosas como zarinas, que habían sido el principal sostén de los grandes modistos de París por sus fastuosos encargos, temblaban ahora de frío en las calles de Rusia, marchando como delgados fantasmas sobre el hielo, con las manos cortadas y desfiguradas por una temperatura inclemente, vendiendo periódicos u ofreciendo un ramito de flores mustias a cambio de un pedazo de pan con más paja que harina...
No; no había justicia en la tierra. Ipatieff estaba seguro de ello al pensar en el pasado. Y apartaba su recuerdo de la tierra natal para ver las capitales europeas tales como habían sido en sus años de juventud.
Entonces estaba bien representada Rusia en el rosto de la tierra, y era un honor ser súbdito del zar. Los grandes duques asombraban a París con sus prodigalidades. En Monte-Carlo los jugadores moscovitas eran los mejores clientes. Todas las industrias de lujo tenían en Rusia su mercado más importante, y él, Fedor Ipatieff, disfrutaba una parte de este prestigio nacional.
Los hoteles célebres de Suiza, rodeados de campos de hielo, le habían visto por la noche en conversación con la más brillante sociedad de Europa, mientras se preparaba a obtener en la mañana siguiente un nuevo triunfo como patinador. Había bailado en Biarritz, en Niza y en Deauville, según las diversas estaciones, con las damas más célebres y hermosas de Europa. Tenía por amigos a personajes célebres, y hasta había sido presentado a herederos de coronas, con esa camaradería de buen tono que impera en los lugares de vida aristocrática y costosa. Le invitaban a todas las fiestas, aceptando sus opiniones de hombre de moda un poco original y exótico. Lo necesitaban además como incansable danzarín.
Su hermano el industrial, que se enteraba por los periódicos extranjeros de estos éxitos mundanos, siguiéndole de lejos con ojos de admiración, cuando le veía llegar a Petersburgo y vivir en la sociedad más cerrada y aristocrática, proveía sin tasa a sus gastos, extremando muchas veces la producción de su fábrica e ideando nuevas economías en la retribución a los obreros para que no sufriese merma alguna en sus rentas este hermano menor, que llevaba con él la gloria de la familia.
En el último período de su existencia brillante y vana, a los cuarenta y cinco años, fue cuando Fedor Ipatieff tuvo el encuentro que consideró como primer capítulo de lo que llamaba «la novela de mi vida».
Había sido hasta entonces un ambicioso frívolo, buscador de amistades por la honra que éstas le pudieran reportar, y anteponiendo siempre en su existencia la vanidad a los afectos. Sus múltiples preocupaciones de hombre elegante sólo dejaban un lugar secundario a la necesidad que algunos llaman vagamente «amor», por miedo a usar otra expresión más precisa.
El ruso sonreía escépticamente al hablar del amor. Esta palabra sólo tenía para él un significado material, que halagaba su vanidad de hombre. En algunas ocasiones había creído conocer el llamado amor con mujeres hermosas, pero incapaces de interesarle mucho tiempo, por ser simples burguesas, faltas de lujo y que llevaban una existencia vulgar. Otras veces se había dejado querer por respetables damas que casi podían ser madres suyas, portadoras de un nombre histórico. Su hermano el industrial casi lloró de emoción cierta vez que obligaron a Fedor a salir de Petersburgo por complacer a un tío del emperador, celoso de las preferencias que mostraba por este elegante su noble esposa, una gran duquesa de fealdad hombruna y entrada en años.
Fue Vera Alejandrowa, mujer de un propietario de minas de oro y platino en Siberia, llamado Velinski, la que cambió, sin desearlo, la vida y los sentimientos del tornadizo Ipatieff.
La había conocido en los salones de Petersburgo. Era hija del general Bodkine, que llevaba hecha su carrera militar sin salir de la corte; pero como el padre carecía de fortuna y ella sólo podía concebir una existencia lujosa, se casó con el minero, despreciando momentáneamente sus prejuicios de clase. Luego, al verse rica, estos prejuicios resucitaron, haciéndole encontrar intolerable la vida con su esposo.
Después de varios años de conflictos familiares, el siberiano acabó por aceptar una separación de cuerpos, no queriendo sufrir más el carácter duro y arrogante de ella. Prefería vivir en sus tierras, donde lo admiraban las pobres gentes como un ser superior. Se contentaría con seguir siendo de nombre el esposo de una mujer célebre por su belleza y el yerno de un personaje de la corte. Vera Alejandrowa podía gastar a su antojo: las minas darían de sobra para todos sus caprichos.
Indignada de las murmuraciones de sus amigas y de la austeridad de ciertas matronas de la vieja aristocracia, que no querían transigir con las libertades de su existencia, acabó por marcharse de Rusia. Además, necesitaba que la admirasen por su fastuosidad en aquella Europa occidental, de la que llegaban los trajes, las alhajas, los perfumes, todo lo que es de última moda para el embellecimiento de la mujer.
Llevaba diez años de vida parisiense y era una celebridad de la moda femenina, figurando su nombre con frecuencia en las publicaciones elegantes, cuando ella y Fedor creyeron verse por primera vez.
Esta novedad tenía para ambos una explicación. La vida agitada de París les hacía encontrarse todas las semanas en los estrenos de los teatros, las carreras de caballos y las fiestas lujosas. Pero en tal existencia, inquieta y múltiple, los encuentros son como tropezones involuntarios seguidos de una sonrisa de excusa, de un saludo, y cada uno se aleja sin volver la vista. La elegancia es una profesión que impone numerosos cuidados y preocupaciones, no dejando tiempo para otras cosas.
Pero los dos pasaron juntos todo un invierno en Niza, lo que pareció unirles con repentina intimidad. Eran antiguos amigos, eran compatriotas, y debían buscarse naturalmente. Estaban en el mismo hotel, asistían a idénticas fiestas, hacían iguales excursiones, regresaban a altas horas de la noche de jugar en Monte-Carlo, y esta vida de continuo trato acabó por considerarla Fedor como el período más triunfal de su historia.
Le enorgullecía ver la mirada de admiración con que los hombres iban siguiendo a la dama que se apoyaba en su brazo, alta, esbelta, de blancas carnes, ojos verdes y dorados, y una cabellera roja y ondulante sobre su pequeño cráneo, como una antorcha. Además, esta mujer emocionaba igualmente a las otras mujeres por sus vestidos innumerables, sus pieles de emperatriz y el esplendor de sus joyas, casi bárbaras en fuerza de ser ricas y suntuosas.
Al principio la admiró. Él sentía una adoración instintiva por todo lo que fuese riqueza y lujo. Luego se consideró ligado a ella por la ternura de la gratitud, pensando en el nuevo prestigio social que le proporcionaban sus relaciones con esta mujer extraordinaria. Al fin, un día, cuando Vera Alejandrowa le había concedido todo lo que él osó pedirla y no podía ya darle más--o sea en el momento que abandonaba él a las otras mujeres--, conoció por primera vez la importancia de la palabra «amor», que antes le hacía sonreír.
No se le ocultaban las malas condiciones del carácter de Vera, dominante, caprichoso, fantástico; pero aun cargada de tales defectos, se sentía más ligado a ella que a ninguna mujer de las conocidas en su pasado.
--¡El amor es así!--se decía Fedor con resignación.
Ella, por su parte, en un momento de entusiasmo, dijo algo que casi hizo llorar de gratitud a su amante.
--Si no necesitase ser rica para vivir me divorciaría, casándome contigo.
Una Vera Alejandrowa no podía decir más.
Cinco años pasaron yendo de un lado a otro de Europa, con arreglo a las rotaciones exigidas por la moda: el invierno en la Costa Azul, la primavera en París y Londres, el verano en las costas atlánticas, reservando además algunas semanas a vagas curas en los balnearios célebres de la Europa central, y otras a los deportes de nieve en Suiza. Al anunciar los periódicos la llegada de la célebre dama rusa a estos lugares, muchos sonreían indiscretamente, profetizando como algo inevitable la presencia dos o tres días después del elegante Fedor.
De pronto surgió la guerra. Durante los primeros meses la vida de los dos amantes no fue alterada por las privaciones. La continuación egoísta de su dicha, manteniéndose intacta en medio del cataclismo continental, parecía dar nuevo atractivo a sus placeres.
Luego el dinero empezó a escasear. Las comunicaciones funcionaban mal o no funcionaban. El gobierno ruso había reglamentado los giros de cantidades.
Al conocer la gran señora, por primera vez en su existencia, la necesidad de pedir prestado, las angustias de la escasez, la imperiosa necesidad de la economía, sintió un repentino amor hacia su patria y un interés vehemente por todos los individuos de su familia, que hasta entonces había tenido olvidados. Su padre era general; sus hermanos hacían la guerra como oficiales: ¿por qué vivía ella en París?... Era una rusa, y debía aportar su esfuerzo a los suyos, improvisando asociaciones de caridad, trabajando en los hospitales. Consideraba también necesario reunirse con su esposo, sin poder explicar la causa de este súbito deseo.
Y se marchó, arrostrando todos los peligros de la travesía en un vapor inglés, por el Norte de Noruega, hasta desembarcar en el helado puerto de Arkangel.
Fedor quiso seguirla; pero ella, que tanto deseaba sacrificarse por su patria, con una inconsecuencia propia de su carácter, se negó a que el hombre amado arrostrase los mismos peligros. Ipatieff debía quedarse. No era hombre de guerra, y podía prestar mejores servicios a su patria en aquel mundo occidental donde siempre había vivido. Vera Alejandrowa sentía la necesidad de alejarlo de ella, sin dejar por eso de quererlo. Representaba los recuerdos de una vida brillante que parecía haber muerto, y ella necesitaba avanzar sola por su nueva existencia.
Transcurrieron los años de la guerra, repletos de sucesos, como si fuesen siglos. Cayó el zarismo para siempre; luego vivió con languidez la República rusa, dirigida por el orador Kerensky, y al fin triunfaron los Soviets, intentando los comunistas, para implantar sus doctrinas en la realidad, someter la enorme Rusia a una experiencia fría y metódica, igual a los experimentos de los sabios en los laboratorios... Y para evitar la protesta del pueblo sometido a tan arriesgada operación, empezó a funcionar el terror rojo.
Todo esto lo vio Fedor desde lejos, circunscribiendo su interés a las personas que vivían allá y podían influir en su sufrimiento o su bienestar.
Siempre que ocurría un nuevo suceso en Rusia, formulaba las mismas preguntas:
--¿Qué será de Vera?... ¿Le habrá ocurrido algo a mi hermano?
De la gran señora recibió varias cartas, muy espaciadas y todas ellas tristes. Sus hermanos habían muerto en la guerra; luego murió su padre, tal vez de asombro al presenciar el derrumbamiento de la monarquía de los zares.
Su hermano el fabricante también mostraba un pesimismo oriental viendo a su país en plena revolución. Después dejó de escribir, o mejor dicho, no llegó a manos de Fedor ninguna de sus cartas.
Algunos refugiados rusos que habían conseguido evadirse de lo que llamaban «el infierno rojo», al encontrarlo en Niza, le dieron una noticia dolorosa, bruscamente, con la dureza de los que han visto y sufrido todos los horrores imaginables y no conocen ya el valor de las precauciones ni los matices de la palabra. Su hermano había sido fusilado por los comunistas con otros representantes de la burguesía. Sus fábricas ya no existían...
¿Qué podía importar a Fedor la destrucción de las riquezas de su familia, cuando la sociedad capitalista había quedado anulada en su patria? A él sólo le interesaba la suerte de las personas vivas...
Pero... ¿Vera Alejandrowa vivía aún?
III