Part 13
Hablaba frecuentemente con rusos que iban llegando a la Costa Azul, fugitivos de su país. Muchos de ellos parecían guardar en sus pupilas una dilatación de espanto por lo que habían visto.
Unos habían huido, viajando sobre el mar helado para llegar a un puerto fronterizo. Otros descendían hasta el Mar Negro, y después de terroríficas aventuras, lograban escapar de la tiranía de los Soviets, cruzando a continuación como peregrinos las naciones del Sur de Europa. Todos hablaban de encierros mortales, de fusilamientos, de locuras provocadas por las persecuciones; pero lo que les hacía estremecerse con más horror era el recuerdo de dos tormentos continuos, tenaces, insufribles: el hambre y el frío.
La antigua tiranía de la Okhrana, policía política del Imperio, que enviaba los revolucionarios a Siberia o a la horca, había sido sustituida por la Inquisición roja de la Tcheka, nombre que parecía chino y era simplemente la abreviatura telegráfica de la Comisión Extraordinaria Pan-Rusa, encargada de perseguir a los enemigos del régimen comunista.
El «zar rojo», Lenine, al concentrar en manos de su gobierno todos los medios de nutrición, ejercía el despotismo más violento y doloroso conocido en la Historia: un despotismo sobre el estómago. El hambre era el látigo de este domador. Todos los alimentos se reservaban para sus soldados y partidarios. Lo sobrante era lo único que podía comer el resto del país. Las gentes de las ciudades se alimentaban tres veces por semana, en los bodegones públicos, mediante la presentación de una tarjeta del gobierno, con unas onzas de pan hecho de paja y un caldo en el que nadaban como elemento substancioso cabezas y espinas de arenque.
«¿Qué será de Vera?», pensaba Ipatieff.
Por las mañanas, al tomar el sol en el Paseo de los Ingleses, sentía remordimiento. Sus ojos dejaban de ver la luminosa bahía de los Ángeles para contemplar de pronto una calle o una plaza de Petrogrado, sobre cuya nieve avanzaba una mujer temblorosa. Dentro de los edificios la temperatura era igual a la de las calles. Las puertas y ventanas ya no existían. Toda madera había sido consumida mucho tiempo antes en las estufas ahora heladas. ¡Y él viviendo junto al Mediterráneo, rodeado de gentes en apariencia felices, sin poder cederla su puesto al sol!...
Cuando comía al azar de su existencia bohemia en un gran hotel o un bodegón de la Niza vieja, su regodeo goloso de hombre que empieza a envejecer sentíase alterado por el recuerdo de aquellas miserias nutritivas que relataban los fugitivos rusos. ¡Pobre Vera! ¡Gran señora infeliz que había vivido, los más de sus años, buscando nuevos refinamientos para hacer más costosa su existencia! En su palacio de París pagaba a su cocinero un sueldo mayor que el de un presidente de Consejo de ministros. Y ahora imaginaba Fedor cómo se abalanzaría ella, con el ímpetu de un animal hambriento, sobre los residuos de su comida que ensuciaban el mantel del bodegón nicense, frecuentado en días de escasez...
La pobre habitación que le servía de vivienda se transformaba en palacio al recordar a la antigua millonaria. Él y todo su rebaño canino comían, ignoraban el frío, tenían buena luz eléctrica al cerrar la noche, ¡mientras la otra infeliz!...
--El mundo ha cambiado--decía Fedor, mirando en torno de él con extrañeza.
Sí, el mundo había cambiado; pero las gentes sólo se enteran de los trastornos históricos si éstos les tocan de cerca, y cuando los ven lejanos se cansan de hablar de ellos y los olvidan. El viejo del Paseo de los Ingleses se asombraba al ver tantas personas contentas de su suerte, venidas a la Costa Azul en busca del sol. ¡Pensar que mientras una parte de la humanidad se entregaba a los placeres, olvidando la guerra pasada o las guerras futuras y próximas, seguía desenvolviéndose en la otra mitad de Europa la revolución más enorme de la Historia, a espaldas de las gentes que no sentían interés por ella, a causa de su duración y su monotonía!...
--Acabó la época de los ricos--murmuraba--. Ya no existen ricos en mi país, y los de aquí siguen ciegamente su vida de siempre, sin pensar que a su vez les llegará el turno de morir como los otros.
Y concentrando la suerte del mundo en la persona que a él le interesaba, volvía a acordarse de Vera Alejandrowa.
Todo en Niza parecía evocar su imagen. Los perrillos que le ayudaban a vivir con su fecundidad eran descendientes de una pareja de favoritos que ella le había confiado antes de partir a Rusia. El Casino le hacía recordar los bailes de otro tiempo. Le era imposible salir de la ciudad sin que sus ojos tropezasen inmediatamente con la masa enorme y blanca del hotel donde habían vivido los dos en lo alto de Cimiez. Los comedores de los «Palace» que frecuentaba ahora como humilde y simpático parásito le habían visto sentado junto a ella durante largas cenas de platos costosos y vinos extraordinarios, pagadas con una largueza moscovita, ignorante de los valores.
Madame Volinski, la esposa del famoso minero, gastaba 800 000 francos al año en vestidos (tres millones de ahora), y sus joyas eran tantas que no dejaban sitio disponible en las cajas de seguridad de los hoteles. Los periódicos de modas habían hablado con asombro de su calzado: cien pares ordinariamente. Sentía repentina aversión por trajes y zapatos que sólo había usado una vez, regalándolos a sus doncellas o a criadas de hotel conocidas horas antes; y las pobres mujeres, no sabiendo qué hacer de tan fastuosos regalos, los vendían.
De todos los caprichos de Vera Alejandrowa, el que recordaba Fedor con más frecuencia era su baño: un baño diario que hacía pasar a segundo término las extravagancias termales de las emperatrices de Roma. La esposa del millonario siberiano arrojaba todos los días en su bañera perfumes de París por valor de 500 francos. ¡Y ahora, tal vez pasase meses y meses, allá en la gran ciudad devastada por la experiencia comunista, sin cambiar de ropas, sin conocer los cuidados higiénicos, desposeídos de importancia en un país falto de alimento y de calor!... Pero como si no pudiera imaginársela sucia, haraposa y alimentándose con inmundicias, se preguntaba:
--¿Realmente vivirá aún?... ¿No habrá muerto de miseria, como tantos millones de personas?
Un día experimentó una gran emoción, casi lo mismo que si hubiera visto a la desaparecida.
Evitaba el trato con los rusos residentes en Niza. Todos ellos maldecían la tiranía roja; pero apenas se juntaban para acordar los medios de combatirla surgían tantas opiniones como individuos, y estas opiniones eran tenaces e irreconciliables. Ipatieff, educado en la Europa occidental, creía a sus compatriotas algo locos de nacimiento y con una tendencia a la crítica que les hacía impotentes para la acción. Él, a su vez, era tenido por los otros como un vividor alegre que no había hecho nada útil en sus tiempos de rico, y además le consideraban extranjero.
En una reunión de compatriotas, hablando con una señora llamada Tatiana, recién venida de Rusia, palideció de sorpresa al oírla nombrar a Vera Alejandrowa.
Vivía aún tres meses antes. Tatiana la había visto mientras preparaba su fuga de Rusia. Y Fedor tuvo que escuchar con fingido interés el relato de esta aventura novelesca, igual a las fugas peligrosas de tantos otros: la marcha sobre el mar helado en un trineo que avanzaba cubierto de sábanas, lo mismo que los caballos que tiraban de él, para inmovilizarse sobre la nieve y confundirse con ella cuando los reflectores de las fortalezas de Cronstadt paseaban sus mangas de luz sobre la blanca llanura para descubrir a los fugitivos. Luego, el lento reptar sobre el hielo, deslizándose entre los centinelas rusos; la parálisis que empieza a adormecer a los que mueren helados; y al fin, la llegada a Helsingfors, puerta del mundo, entrada del paraíso para tantos millares de fugitivos de la Tcheka inquisitorial.
--¿Y Vera Alejandrowa?--interrumpió Fedor--. ¿Cómo estaba cuando la vio usted?...
El viejo del Paseo de los Ingleses tuvo desde este día una ocupación urgente que le hizo olvidar los cuidados de su rebaño canino. Empezó a hacer visitas a esta señora con la asiduidad de un enamorado. Vivía con otras rusas arruinadas por el sovietismo en una casa de huéspedes, donde muebles y personas parecían tener el mismo aspecto de indiferencia, resignación y pereza eslavas. El antiguo elegante quería ser ciego para el abandono personal de todas estas compatriotas, que después de tres años de vida soviética necesitaban reacostumbrarse a la limpieza y a la abundancia del Occidente europeo.
Lo que él deseaba era escuchar a Tatiana, olvidando la pobre taza de té que ésta le había ofrecido. Comprimía su ansiedad por saber de la otra, dejándola que describiese la vida tal como era en aquellos momentos en Petrogrado y en Moscou. Le interesaba todo esto por ser el ambiente en que existía Vera. Al final, Tatiana, arrastrada por su charla, le hablaría de la otra. Y así era siempre.
La pobre rusa, extremadamente sentimental, acababa por apiadarse del interés amoroso de este hombre tan buscado en otro tiempo por su elegancia, y hablaba de sus encuentros con la antigua millonaria, exagerándolos para dar gusto a su oyente.
Había visto a Vera Alejandrowa por primera vez cuando salía ésta de la tienda de un anticuario. El comercio de antigüedades, o más exactamente dicho, de prendas, era el único que había podido sobrevivir dentro del régimen soviético, a pesar de que Lenine declaraba un robo todo comercio, prohibiéndolo bajo pena de muerte. Ella salía de vender los últimos restos de su antiguo lujo y miraba con tristeza el grueso rollo de rublos en billetes que le había entregado el comerciante judío. ¿De qué podía servirle este dinero? La comida la daba el gobierno, y únicamente valiéndose de astucias, castigadas con prisión o muerte, podían comprarse en secreto los alimentos.
--Cuando la vi un año después, ella, que no había entrado nunca en una cocina, se dedicaba, con otra señora que fue de la corte, a la fabricación de bombones de chocolate... sin nada de chocolate. Lo más peligroso era venderlos. Los que ejercen allá un comercio acaban en los calabozos de la Tcheka... Pero su antigua fama de mujer elegante le servía para vender sus bombones a las compañeras de los revolucionarios célebres.
¡Qué de transformaciones!... Un grupo de antiguos senadores se había sindicado para fabricar zuecos. Muchos príncipes eran cocheros o afiladores de cuchillos. Las hijas de generales célebres vendían ropas viejas... Pero Tatiana interrumpía su lamentable descripción de la Rusia nueva para no impacientar a su oyente, que sólo se interesaba por Vera Alejandrowa.
--Mucho tiempo después la encontré en Moscou. No sé por qué estaba allá; tal vez fue, como yo, para solicitar la protección de los nuevos amos. Se puede protestar y resistir cuando se ha comido; pero ¡ay, el hambre!..., ¡qué humillaciones trae! No hay nada que suprima tan aprisa la dignidad y todas las vanidades humanas... Nos encontramos en la Soukharewka, un mercado de dos kilómetros de largo que se forma ahora en las afueras de Moscou, a pesar de que el gobierno castiga el comercio como un crimen. Todos van a él para comprar y vender. El comprador se convierte inmediatamente en vendedor. Es el único sitio donde el dinero guarda aún su antiguo poder; pero se necesita tanto, ¡tanto! para comprar un alimento cualquiera que en otra época considerábamos despreciable... Vera Alejandrowa miraba a todas partes con las cejas fruncidas, como el que prepara una resolución de la que depende su existencia. Necesitaba comprar para comer, y no era empresa fácil. Nos saludamos y cada una se fue por su lado. El hambre deja poco sitio a la amistad.
Fedor se decidió a hacer una pregunta que llevaba mucho tiempo en su pensamiento:
--¿Y todavía está hermosa?
Tatiana le miró con una expresión de asombro y lástima.
--¿Hermosa?... ¿Quién piensa en eso? No sé; nunca me fijé en su cara. Allá teníamos otra preocupación: comer... Míreme a mí. Antes de esa maldita revolución mis amigos decían que yo era hermosa, ¡y ahora...!
La miró Fedor con el cruel egoísmo del enamorado, que sólo puede ver defectos en una mujer que no es la suya. Luego le inspiró lástima la vanidad de Tatiana. Nunca debía haber sido hermosa, según él. Además, ¡tan vieja! Seguramente tenía doce o quince años más que la otra. Vera Alejandrowa, aunque estuviese quebrantada por la miseria, ofrecería siempre mejor aspecto que esta burguesa. Sólo por los azares de la revolución había podido Tatiana hablar como una igual a la antigua dama de la corte...
Influenciado por estas conversaciones, empezó a ver con más intensidad la imagen de la ausente. Le salía al encuentro en todos los lugares que habían frecuentado juntos ocho años antes. Ya no era un fantasma pálido e incierto. Los relatos de Tatiana habían acabado por sacar del limbo de sus recuerdos la imagen amada, viva y corpórea, tal como él la había visto la última vez.
Deseoso de acoplarse a la realidad, hacía concesiones al tiempo y los sucesos, imaginándose a Vera Alejandrowa vestida con modestia, pero sin perder por eso sus atractivos de mujer elegante.
La veía igual a una gran artista de ópera cuando debe salir a la escena disfrazada de mendiga y procura que sus harapos guarden cierta distinción. También aceptaba que todas aquellas penalidades físicas la hubiesen enflaquecido, blanqueando su rostro con una palidez exangüe; pero esto daría seguramente a su perfil mayor majestad y a sus ojos verdes una dilatación enfermiza y misteriosa. Una segunda Vera imaginada por él empezó a reinar en su existencia.
--¡Ay, si viniese!... ¡Si pudiera escaparse de aquel infierno!...
Esta esperanza le galvanizaba a veces, dándole la energía de una segunda juventud. Aunque ambos fuesen ahora pobres podrían continuar viviendo juntos, como en sus días de opulencia. Ella, después de las miserias de la Rusia roja, debía considerar como una dicha interminable la vida modesta de un obrero o un empleado de la Europa occidental. Él trabajaría como los verdaderos hombres, apelando a recursos desesperados para proporcionarla nuevas comodidades. ¡Qué no haría por Vera!... Contaba, al tenerla junto a él, con su aumento de energía, considerando vencidos de antemano todos los obstáculos.
Y cuando Fedor Ipatieff se deleitaba con tales suposiciones, seguro de que no podrían realizarse, y haciendo de ellas, por esta misma imposibilidad, el tema eterno de sus pensamientos, Tatiana le buscó para darle una noticia:
--Vera Alejandrowa se ha escapado y está en Finlandia. Ayer ha escrito a una amiga que tiene en Niza. Según parece, esta amiga la ha buscado un empleo y viene a vivir aquí.
IV
El viejo del Paseo de los Ingleses, al sentarse por las mañanas en su banco frente al mar, de espaldas a la muchedumbre circulante bajo la caricia del sol, pensaba siempre lo mismo:
«¡Ella va a venir! ¡Va a venir!...».
Después de haberlo deseado como una ilusión tan extraordinariamente hermosa, que juzgaba casi imposible su cristalización en la realidad, sentía ahora inquietud y hasta miedo viéndola cada vez más próxima.
Recordaba aquella Vera de hermosura dolorosa que él había creado en su interior, e inmediatamente sentía esa tendencia irresistible a la comparación y el contraste que surge en las horas de desaliento.
Intentó darse cuenta exacta de cómo se veía al mirarse en un espejo. Luego examinó con ojos severos el resto de su persona, desde las puntas de los pies hasta el pecho. Ella iba a llegar, con su belleza indisimulable de gran señora disfrazada de pobre... ¡Y él! ¿Cuál sería la impresión de Vera Alejandrowa al verle?... Fedor sentía el desaliento y la tristeza de un hombre que ya no puede recobrar su voluntad de ser joven. En vano, para consolarse, contaba los años transcurridos desde que ella se marchó: ocho nada más.
Ocho años son poca cosa en plena juventud, y aun en la madurez de su existencia. Sólo traen con ellos variaciones insignificantes o desgastes fáciles de reparar. ¡Pero ocho años entre los cincuenta y los sesenta!... ¡Un mundo!
Al marcharse Vera, tenía él la cabeza y las patillas ligeramente grises. Ella había bromeado muchas veces sobre sus canas nacientes, asegurando que le daban una distinción igual a la de los caballeros con peluca blanca. No debía teñirse, porque esto iba a dar un aspecto duro a sus facciones... Pero ahora su blancura era la de la ancianidad. Además, ¡sus ojos hundidos, sus arrugas, todos aquellos avances de la vejez que no le habían preocupado en los últimos años, interesado únicamente en mantenerse con cierto decoro, y ahora le parecían lacras vergonzosas!...
Vera no necesitaba seguramente preocuparse aún de sus años. Era más joven que él. Cuando se separaron tenía la hermosura majestuosa del verano, el esplendor de las horas solares. Además, las mujeres pueden valerse, sin miedo a la burla, de todos los rejuvenecimientos inventados por el lujo. Su tocador guarda varias primaveras sucesivas, y los artificios del afeite seducen a los hombres con una fuerza malsana, más poderosa a veces que la ingenuidad juvenil.
Cuando mayor era su inquietud al pensar en el rudo contraste de su vejez con la belleza invencible de la otra, vino a buscarle la amable Tatiana en su tugurio, antes del paseo matinal.
--Ahí está; llegó anoche.
Fedor se resistía a creerlo. ¿Era posible que ella, la esperada tantos años, se presentase así, obscuramente, sin un aviso?...
Se había imaginado muchas veces el momento de esta llegada: su espera temblorosa en la estación; el tren deteniéndose y ella descendiendo con una majestad triste de reina sin trono; el minuto emocionante en que le reconocían sus pupilas de esmeralda; luego el abrazo... Y en vez de esto era la vulgar y novelera Tatiana la que venía a decirle simplemente: «Ahí está; llegó anoche».
El instinto de conservación le hizo ir hacia el único espejo de su vivienda. Se le ocurrieron a la vez varias necesidades, imperiosas e imprescindibles. Quería afeitarse, cambiar de traje... Tatiana debía dejarlo solo. Y cuando su humilde y verbosa amiga se preparaba a salir, corrió tras de ella, arrepentido de su vanidad, creyendo que sería una burla al Destino, merecedora de duras penas, retardar por unos minutos la realización de lo que tanto había deseado.
Llegaron a una casa habitada por refugiados rusos, igual a la de Tatiana. Fedor reconoció a la amiga de Vera que la había traído a Niza buscándola un empleo. La había visto muchas veces en las reuniones de compatriotas, sin sospechar nunca que conociese a la otra. ¡Y él había perdido el tiempo conversando con Tatiana!...
Después de saludarla, así como a otras mujeres de aspecto mísero y triste sentadas en la misma habitación, miró en torno con impaciencia, convencido de que al final tendría que pasar a una pieza contigua para encontrar a la que buscaba.
--Vengo a ver--dijo en ruso--a la señora Velinski, la hija del general Bodkine.
Se levantó una de las mujeres para avanzar hacia él. Indudablemente esta pobre señora iba a acompañarlo hasta la habitación ocupada por Vera.
Parecía baja de estatura, por una tendencia a encoger los hombros y encorvar su dorso, como si gravitase sobre ella un peso invisible. Sus ojos, empequeñecidos por la contracción de los párpados, no permitían apreciar exactamente el color de sus pupilas. Lo único determinado en éstas era un brillo agudo y fijo que expresaba la desconfianza y parecía armonizarse tristemente con el duro mohín de su boca. Su cabellera, teñida recientemente, era de un rubio subido; pero el tinte «no agarraba»--como dicen las mujeres--, dejando visible la blancura de sus cabellos. Tampoco la pintura fresca, distribuida sobre su rostro con la prodigalidad oriental de las eslavas, conseguía adherirse a la epidermis, curtida y resquebrajada por el frío. Esta mujer tendió sus dos manos para coger las de Ipatieff.
--¡Oh, Fedor!... Le he reconocido apenas entró. Está igual a la última vez que nos vimos.
Luego dijo con una expresión envidiosa:
--Bien se ve que ha vivido en esta tierra, libre de sufrimientos.
Aquella mujer casi vieja era Vera Alejandrowa; una Vera que le admiraba, juzgándolo joven al compararle con su propia miseria.
Continuó la conversación con arreglo a estas palabras preliminares que Ipatieff consideraba absurdas.
La antigua dama de la corte era ahora de pequeña estatura, como si la miseria hubiese contraído y secado sus carnes. Sólo le quedaba de su pasado la robusta osamenta y un gesto de resolución que en determinados momentos apoyaba sus palabras. Pero este gesto no era para subrayar altiveces. Únicamente lo usaba al expresar su propósito de ganarse el pan, no queriendo ser una carga para sus amigas.
Nada la unía al resto del mundo. Al verse aquí, se imaginaba haber caído en una tierra paradisíaca. Todo le infundía admiración: el pan blanco, la modesta comida de sus compañeras, hasta los vestidos ajados que llevaban. Sus ojos parecían acariciar los muebles, las paredes, el pedazo de jardín que daba entrada a la pobre casa de las afueras de Niza.
Una palmera desmochada y triste de este mísero rincón de la Costa Azul la hacía prorrumpir en exclamaciones de entusiasmo, semejantes a las de Abderramán, el califa poeta de Córdoba, ante la palmera traída de Bagdad.
--¡Qué dicha verse aquí!... Después de haber gemido en aquel infierno, se sabe mejor lo que es la dulzura de vivir.
Y volvía a admirar a Ipatieff con ojos envidiosos. Luego musitó tristemente:
--Debe usted haberme encontrado muy cambiada. Confiese que no me conoció al entrar aquí; que no me hubiese conocido nunca, de haberme yo callado.
A pesar de su tristeza, el esplendor luminoso de este país parecía embriagarla, despertando su regocijo pueril e incoherente de eslava, haciéndola pasar de la lamentación a la risa. Sus amigas habían querido devolverle su aspecto de otros tiempos al verla llegar mal vestida y con una fealdad de obrera. Unas la habían prestado sus ropas; otras la ayudaron a teñirse el pelo y a acicalarse el rostro. ¡Hacía tanto tiempo que había olvidado estas cosas!... Y entornando sus párpados, dados de azul con un lápiz de tocador, fijaba en Ipatieff una mirada que pretendía sondear el pasado, preguntándole al mismo tiempo con miedo y coquetería:
--¿Cómo me encuentra, Fedor?... ¿Soy todavía como usted me conoció?...
Fedor la encontraba simplemente grotesca bajo estos adornos apresurados, que parecían despegarse de su miseria. Pero de todos modos era Vera Alejandrowa. Su admiración a la gran dama había desaparecido para ser reemplazada por un sentimiento protector, mezcla de ternura y de piedad.
Ella abandonó a Ipatieff para pasar a una habitación inmediata. Alguien había venido a buscarla. Mientras tanto, su protectora y amiga dio explicaciones a Fedor.
--La desdichada es más pobre que todas nosotras. Cuando llegó anoche, venía sin comer desde París. No le quedaba un céntimo del dinero que le recogieron algunos amigos en Finlandia. Desea trabajar, y como sabe muchos idiomas, le he buscado un empleo en una pensión donde se alojan gentes del Norte. En los grandes hoteles no quieren personas de nuestra clase. Poca cosa es el empleo, pero tendrá la comida segura. La dueña de la pensión está hablando ahora con ella.
El viejo del Paseo de los Ingleses decidió inmediatamente cambiar de vida. Las invitaciones de sus antiguos amigos y la cría de perros le habían hecho existir hasta entonces con miseria, pero conservando una falsa independencia de «señor». Ya que una Vera Alejandrowa se veía obligada al trabajo, él debía buscar igualmente un empleo para servir de sostén a la otra.
En los días siguientes pudo conversar con ella, pero rara vez estuvieron solos.
La antigua gran señora no podía ocultar su extrañeza al verse otra vez llevando una existencia sin peligro en el seno de una sociedad ordenada. Al mismo tiempo reconocía la fragilidad de la reglamentación social.