Novelas de la Costa Azul

Part 14

Chapter 143,937 wordsPublic domain

Cuando se vive tranquilamente como vivíamos antes de la guerra, no se preocupa uno de cómo se ha hecho el pan que comemos ni quién calienta nuestra casa. Nos parece que todo es eterno, que ha existido siempre y existirá lo mismo, como el sol que sale todos los días, como el agua que corre invariablemente por sus cauces naturales.

Pero de pronto surge una guerra o una revolución, y todo detiene su curso, y al final se deshace, obligándonos a retroceder a una vida primitiva, en la que sentimos y sufrimos lo mismo que los animales inferiores. Estamos orgullosos de nuestro bienestar, y basta un simple trastorno del organismo social para que vuelvan el hambre, el frío y el asesinato a convertirnos en bestias, como al principio de la vida de nuestro planeta.

--¡Lo que yo he visto!--decía Vera--. ¡Lo que he sufrido!

Y la ex millonaria miraba sus manos rugosas mientras seguía hablando con voz sorda. Por dos veces la habían llevado a la cárcel, sufriendo el tormento de la escasa alimentación y la incertidumbre del que no sabe si vivirá al día siguiente. Cada vez que alguien entraba en el calabozo creía sentir en su nuca un redondel pequeño y frío: la boca del revólver encargado de las ejecuciones rápidas y económicas. ¡Ay!... Era mejor no acordarse...

--¿Y su marido?--preguntó una tarde Ipatieff--. ¿Vive aún en Siberia?

Ella le miró con extrañeza antes de contestar, como si encontrase ociosa su pregunta.

--Lo mataron... ¿Cómo iba a tener mejor suerte que los demás?... Me han dicho que sus mismos obreros lo arrojaron al fondo de una mina.

A los pocos días Fedor ya no pudo visitar a Vera Alejandrowa ni oír sus tristes relatos, que tenían el encanto de un «_flirt_ triste», según él. La fugitiva había ido a instalarse en la pensión eslava, contenta de ganar su pan y no ser gravosa a nadie.

V

El viejo del Paseo de los Ingleses no volvió más al paseo. Ahora trabajaba.

Había vendido sus perros jóvenes, poniendo los dos viejos bajo el amparo de aquella portera misericordiosa que protegía igualmente al amo. El gran señor venido a menos, con sus patillas de monarca austríaco y sus levitones majestuosos, pidió de pronto un empleo a sus amigos, «fuese en lo que fuese». En el Municipio le apreciaban hacía treinta años, como un elegante que había servido de ornato a los inviernos de Niza, y se apresuraron a ayudarle. No había empleos disponibles, pero inventaron uno para darle satisfacción: el de vigilar a los obreros que trabajaban en un cementerio, ensanchado considerablemente para dar sepultura a los miles y miles de convalecientes de la gran guerra venidos a morir en la Costa Azul.

Todas las mañanas Ipatieff andaba varios kilómetros para llegar a este cementerio, donde no hacía otra cosa que pasearse entre las cruces o a lo largo de los muros que iban levantando los albañiles. Su verdadera ocupación era pensar en Vera Alejandrowa, que en aquel momento estaba también trabajando, pero más positivamente que él.

Una fraternidad piadosa empezó a unirle a muchos de aquellos jornaleros que estaba encargado de vigilar, sin saber ciertamente en qué consistía su vigilancia. Experimentaba un «refrescamiento interior»--eran sus palabras--al hablar con estos hombres, poniéndose al nivel de sus necesidades y sus ilusiones.

El enorme trastorno de Rusia le había convertido en un menesteroso, en un trabajador, aunque su trabajo no valiese gran cosa. Ella también había sufrido la misma transformación. ¿Por qué no vivir como sus compañeros de pobreza?... El próximo domingo, día de descanso, saldría a pasear con «su novia», lo mismo que los albañiles jóvenes que trabajaban en el cementerio. Y escribió a su antigua amante para que viniera o juntarse con él en las primeras horas de la tarde frente al Casino.

Ipatieff le preparaba una sorpresa. A otros tiempos, otro rostro. Ya no quedaban emperadores en Europa, y las patillas a la austríaca resultaban un anacronismo. Además, desde que Vera Alejandrowa le había admirado viéndolo más joven que ella, sentía un vanidoso deseo de extremar esta diferencia, y le pesaban los dos abultamientos de pelos blancos que cubrían sus mejillas. El bigote recortado a la americana era el adorno triunfador de los actuales dominadores del mundo. Y el domingo por la tarde fue él quien tuvo que avanzar y sonreír, haciendo gestos amistosos, para que la otra le reconociese.

¡Pobre Vera Alejandrowa! Iba vestida de negro, con un traje viejo que le había prestado la dueña de la pensión. Su sombrero, otro regalo de una amiga casi tan pobre como ella, estaba abollado y desfigurado por las lluvias del invierno anterior. De su antigua belleza sólo le quedaba la pequeñez de los pies; pero esta finura aristocrática servía únicamente para atraer las miradas hacia sus zapatos, lamentablemente ajados y con los tacones torcidos. Las manos, que no habían podido salvarse de los ultrajes de la miseria, estaban oprimidas por unos guantes demasiado estrechos, sobresaliendo la carne sobre sus bordes.

Fedor tuvo que buscar mucho para encontrarla.

Era la más obscura e insignificante entre todas las empleadas de hotel, domésticas endomingadas y mujeres de obreros que esperaban en medio de la plaza la llegada y el cruce de los tranvías. Ella, al reconocerle, volvió a asombrarse de su juventud.

--¿Eres tú, Fedor?... ¡Qué joven! Me da vergüenza ir a tu lado.

Se hablaban de tú instintivamente al verse solos por primera vez después de tantos años. Él le tomó un brazo, señalando luego hacia el Casino.

--¿Te acuerdas, Vera?...

Los dos vieron repentinamente el edificio con toda su fachada iluminada, como en las noches del Carnaval; los tropeles de máscaras que iban llegando; la música y un bullicio de muchedumbre escapándose por puertas y ventanas; un carruaje que llamaba la atención por su lujo entre los demás vehículos; una mujer con aire de emperatriz que descendía de él, brillando como un cielo de verano a causa de sus joyas, dejando tras de su paso un aliento de jardín, precedida por murmullos admirativos...

--¡Oh, Fedor!...

Y la pobre vieja dijo esto como si exhalase un quejido mortal, parpadeando para repeler sus lágrimas.

Él no quiso que se prolongase esta evocación del pasado, y empujó a Vera hacia los grupos que asaltaban los tranvías.

Tenía formado su plan para toda la tarde: iban a recorrer los lugares donde se habían creído felices; todos los rincones del brillante escenario de su vida.

Subieron hasta las alturas de Cimiez, ocupadas por los hoteles más aristocráticos. Un edificio enorme como un cuartel y rodeado de jardines cerraba la avenida. Un monumento blanco, rematado por una señora gorda esculpida en mármol, hacía saber a las generaciones presentes y futuras que en este lugar pasaba sus inviernos la reina Victoria de Inglaterra.

Giraban las mamparas de cristales ante las gentes que iban descendiendo de sus automóviles. Era la hora del té. Se oían los primeros lamentos de los violines en el hall. Los centenares de ventanas del hotel llameaban como placas de oro en fusión sobre la fachada ebúrnea, reflejando el dulce sol del atardecer.

--¿Te acuerdas, Vera?--volvió a preguntar melancólicamente Fedor.

Y la mujer, haciendo ahora un esfuerzo para contener su emoción, se limitó a mover la cabeza. Se acordaba de todo. Allí habían vivido varios inviernos; allí empezaron a tratarse como simples amigos, separándose años después con la silenciosa y fingida resignación de los amantes que prometen volver a encontrarse pronto y no saben con certeza si se verán más.

Una ventana que Vera miraba con insistencia era la de su cuarto de baño, donde el agua recibía diariamente quinientos francos de perfumes.

No les fue posible continuar su contemplación. Tuvieron que apartarse repetidas veces para no ser atropellados por los automóviles que llegaban.

El portero del hotel, galoneado como un almirante, y sus numerosos pajes cubierto el pecho de filas de botones lo mismo que los húsares, al salir a la escalinata para saludar a los clientes acabaron por fijarse en esta pareja de viejos mal trajeados, examinándolos con insistente hostilidad. Tal vez eran dos pedigüeños extranjeros de los que asedian los hoteles para sacar dinero a sus compatriotas ricos.

--Vámonos--dijo Fedor como si adivinase.

En las vecinas Arenas de Cimiez, ruinas del circo de Cimela, la antigua colonia romana, volvió a salirles al encuentro su pasado, e igualmente bajo los árboles añosos y las arcadas del monasterio próximo. Por aquí habían caminado muchas veces cuando necesitaban abandonar el lujo moderno del hotel, yendo en busca de un ambiente más «romántico» para sus paseos de enamorados.

Tenían ahora que marchar por el borde de caminos y avenidas, evitando el polvo que levantaban los automóviles. Al estar juntos sentían más intensamente la humillación de su decadencia. Ellos habían pasado por aquí, en los primeros años de su amistad, sentados en un landó del que tiraban caballos de altísimo precio, como los de las cuadras de los reyes; luego habían admirado a los invernantes de Niza usando los primeros automóviles de gran potencia.

--¡Eh, buena madre! ¡Atención!...

Un cochero de alquiler gritaba a Vera con despectiva piedad para que se apartase. Preocupada por sus recuerdos, se había salido del borde del camino, y casi la atropelló el caballo.

--Huyamos lejos de aquí--dijo con angustia--. Vámonos a un sitio donde no hayamos estado nunca.

Marcharon cuesta abajo, hacia la llanura, deteniéndose en un suburbio rústico de la ciudad.

Danzaban las gentes domingueras en los raquíticos jardines de varias tabernas. Los dos viejos entraron en uno de estos bailes populares, tomando asiento bajo las empolvadas enredaderas de un cenador. Para hablar con más libertad, volvieron sus espaldas a las parejas. Eran obreros vestidos como señores y criadas con falda corta, medias de seda y zapatos de charol, que bailaban las últimas danzas americanas.

Fedor, por contraste con esta juventud alegre, encontraba más triste y más vieja a su acompañante. ¡Pobre Vera Alejandrowa!... Esto no disminuía su deseo de resucitar el pasado, como si la tal resurrección le pudiese proporcionar una segunda juventud. No iban a bailar los dos como aquella gente sudorosa, de rostros enrojecidos; pero aún podían conocer las dulces emociones de otras parejas que conversaban en voz baja, medio ocultas en los cenadores.

--¿Te acuerdas?... ¿Te acuerdas?...

Y Fedor hacía estas preguntas después de evocar fragmentos del pasado, que eran siempre recuerdos de amor.

--¡Oh, Fedor!--contestaba la envejecida señora moviendo su cabeza negativamente.

¿Para qué recordar unas cosas que no podían repetirse?... La verdadera vida había terminado para ellos. Eran palabras, nada más que palabras con que se engañaba a sí mismo, todas aquellas ilusiones de «una segunda primavera», y otras cosas aprendidas indudablemente en los libros que iba recitando el antiguo elegante con el mismo tono cálido y persuasivo de otros tiempos. Pero este tono resultaba ahora grotesco a través de su dentadura insegura.

Ella estaba quebrantada interiormente, y no volvería a sanar. Se consideraba igual a los que después de haber pasado la mayor parte de su existencia en un calabozo, cuando vuelven al sol y al aire libre se dan cuenta de que sólo podrán ser en lo sucesivo unos muertos que andan.

--Tengo frío en los huesos, Fedor, y lo tendré siempre. El sol no posee calor bastante para reanimarme. Tú no sabes cómo queda un alma después de los años pasados allá. Todas las mañanas, cuando el criado de la pensión golpea mi puerta, salto despavorida de la cama. Creo que son los de la Tcheka que llegan. En vano al abrir la ventana veo el mar, las palmeras, la calle tranquila. Tengo miedo, un miedo que me acompañará siempre. Además, las humillaciones, el hambre de tantos años...

El antiguo elegante se fijaba con tristeza en los gestos ávidos de su compañera. Él había conservado mejor las costumbres del pasado. Sobre la mesa rústica del cenador una criada había colocado varios pasteles mohosos y una botella de vino blanco. Vera comía con una acometividad de animal hambriento, mostrando sin escrúpulo alguno, durante la violenta masticación, varias brechas de su dentadura todavía no recompuestas.

Al adivinar la extrañeza de su antiguo amante, dijo con brusquedad:

--Tú has vivido aquí; conoces tal vez la pobreza, pero no el hambre... Tú ignoras el valor de las cosas.

Acarició con una mano la botella de vino barato, al mismo tiempo que la contemplaba admirativamente.

--Allá en nuestro país hubiera sido capaz de matar por obtener este tesoro.

Llenó dos veces su vaso, apurando su contenido con lentos sorbos de gula.

Después lanzó una mirada de envidia y ambición hacia un cenador inmediato, donde una familia de obreros comía una ensalada de tomates y otras legumbres, acompañándola con largos tragos de vino tinto.

--Me gustaría--dijo--comer y beber lo mismo que ellos. Debe ser magnífico.

Y al ver que Fedor reprobaba con sus ojos esta admiración por un plato vulgar, volvió a decir en tono de reproche:

--Cuando se ha vivido mendigando como el mejor de los alimentos unos gramos de pan negro y un agua sucia con espinas de arenque...

Rió luego acordándose de los esfuerzos que había de hacer en la pensión para sofocar los caprichos y audacias de su hambre atrasada. Como temía que la dueña la despidiese al notar mermas en su despensa, se limitaba a apoderarse de los terrones de azúcar olvidados por los huéspedes y a apurar los fondos de las botellas.

Fedor la miró con desaliento. ¡Y esta pobre mujer, vieja, hambrienta y dada al vino, era Vera Alejandrowa, la gran señora de la corte, dueña de minas de oro!...

La decadencia de ella le hizo apreciar con nuevo dolor su propia decadencia. ¡A qué profunda sima había rodado!... Y quedaban para los dos tan pocos años de vida, que les sería imposible poder trepar otra vez hacia la luz, donde están los felices... ¡Ser pobres, absolutamente pobres en la vejez, cuando más necesarias son las comodidades que proporciona el dinero!...

Pensó unos momentos en la posibilidad de que un «nuevo rico» le tomase como cuidador de alguna villa lujosa, con grandes jardines, recientemente adquirida en la Costa Azul. Él y Vera serían a modo de unos criados viejos y respetables. El verdadero dueño viajaría con frecuencia, y los dos se forjarían la ilusión de que este paraíso les pertenecía, viviendo en él su idilio senil y tranquilo, sin pensar en el pan del día siguiente. Pero ¡ay!, rara vez se realizan en el mundo las felicidades soñadas.

Este final de existencia le parecía demasiado bello para que pudiese ser cierto.

El regreso a la ciudad, después de anochecido, fue triste y silencioso. Fedor había dicho ya todo lo que podía decir. El domingo siguiente volverían a encontrarse. Pasearían juntos como dos caballos viejos que marchan al paso, rumiando los recuerdos y proezas de su arrogante juventud, mientras tiran de un vehículo destartalado, símbolo de su miseria. Llevarían la existencia de los humildes que necesitan trabajar para vivir, y al juntarse los días de descanso con el propósito de divertirse, sólo saben hablar del trabajo a que están sometidos y de su pobreza.

¡Y así sería siempre, hasta la muerte!... En la historia de los hombres los acontecimientos no retroceden a su punto de partida, como tampoco las aguas de los ríos remontan su curso. Las reacciones son una ilusión; lo que ha muerto, ha muerto.

Allá en su país, el desorden acabaría por ordenarse; los revolucionarios se transformarían en hombres de gobierno, y la necesidad de vivir acabaría, después de tantos cataclismos, por establecer su curso regular, como un río que se desborda vuelve finalmente a sus cauces naturales.

Pero cuando esto ocurriese, las gentes ya serían otras y otros también los moldes de la nueva existencia. Y ellos dos, víctimas de una enorme sacudida social, sólo comparable a un temblor de tierra, que les había dejado sin pan y sin casa, ya no vivirían cuando surgiese del suelo la ansiada Ciudad Futura tantas veces anunciada por los utopistas... si es que alguna vez podía llegar a ser una realidad este ensueño milenario de bienestar para todos, tan antiguo como el hombre.

Mientras Fedor marchaba reflexionando, la antigua millonaria, más verbosa que su acompañante, exponía sus ambiciones presentes.

Lo único que deseaba por el momento era no ir vestida a costa de los demás. También necesitaba ropa interior. Era un suplicio para ella no poder cambiarla. Sólo tenía la escasa ropa blanca que le habían facilitado sus amigas. La compra de tres mudas interiores a precio barato era su mayor ilusión. Tal vez la semana siguiente, cuando Fedor cobrase su jornal en el cementerio, podría realizar ella tan enorme deseo.

Los ofrecimientos monetarios de su acompañante la conmovían más que los millones del rico siberiano cuando la pidió por esposa. ¡Ganaba tan poco en la pensión, aparte de su comida!...

Al separarse de ella, Fedor volvió tristemente hacia su casa. Reía ahora irónicamente de los fantasmas que le habían acompañado al principio de la tarde. ¿Querer resucitar el amor, siendo pobre?...

El amor es únicamente para los ricos. Los que han de preocuparse de ganar su vida tienen otras cosas más urgentes e imperiosas en que pensar. Necesitan todo su tiempo para el trabajo, y el amor exige riqueza y vagancia. Es el más inagotable y variado de los placeres; pero todos los placeres de la tierra sólo existen para los que poseen el dinero.

Esto, que le hubiese parecido muy lógico en otros tiempos, lo consideraba ahora inadmisible porque se veía pobre, y un sentimiento de envidia e indignación le hizo protestar contra los privilegios de los felices.

Era injusto que la vida estuviese organizada con tanta desigualdad. Todo debía ser para todos: dolores y placeres.

Luego modificó sus ideas pensando en sus años. Se sintió más pobre que nunca, pobre sin remedio, al considerar que la juventud no puede rehacerse como se rehace una fortuna. ¡Ay, la vejez!... ¿Qué pobreza mayor?...

Y se dijo con melancolía rencorosa:

--Sí; no me equivoco: el amor es únicamente para los ricos... ricos de dinero o ricos de juventud.

En la costa azul

Capítulo I

EL CARNAVAL EN NIZA

Niza es la heredera de Venecia. Durante varios siglos, los ricos ganosos de divertirse y los aventureros de vida novelesca arrostraron las molestias y peligros de los viajes de entonces para presenciar en la ciudad adriática las fiestas de un Carnaval que duraba meses. Ahora, los medios de comunicación son más fáciles; el placer se ha democratizado, lo mismo que los conocimientos humanos y las comodidades de nuestra existencia, y el ferrocarril y el trasatlántico traen miles de espectadores al Carnaval de Niza.

La Naturaleza gusta de travesear en estos días. Un sol primaveral derrama sus oros sobre la Costa Azul casi todo el invierno, y al llegar la semana carnavalesca raro es el año que no cae una lluvia inoportuna. Pero como Niza necesita defender su célebre fiesta, y la muchedumbre de viajeros llega dispuesta a divertirse, sea como sea, las máscaras arrostran la intemperie, el público abre sus paraguas, y los desfiles continúan bajo esa lluvia violenta y tibia de los países solares, donde los aguaceros son ruidosos pero de corta duración.

El Carnaval de Niza ha acabado por ser algo indispensable para su vida, y ninguna otra ciudad lo puede copiar. Los particulares colaboran con el Municipio; cada nicense aporta su iniciativa. Capitales de mayor importancia podrían organizar desfiles de carrozas más suntuosas; pero creo imposible que encontrasen una ayuda individual, una colaboración «patriótica» como la de los habitantes de esta ciudad. El pueblo nicense considera que es deber suyo engrosar el número de las máscaras, y familias enteras se cubren con el disfraz para gritar en las calles, danzar o ir saltando de una acera a otra, todo para mayor gloria y provecho de su tierra.

En esta fiesta, lo más admirable no es la obra de los artistas, ocupados durante meses y meses en preparar las carrozas, ambulantes caricaturas que sintetizan los sucesos de la actualidad; son la máscara suelta y el grupo organizado espontáneamente los que le dan un carácter único en el mundo. La máscara a pie es más digna de atención que los enormes vehículos con sus monigotes que casi llegan al filo de los tejados, y sus grupos de muchachas subidas en las rodillas y los brazos del gigante de cartón, como los liliputienses escaladores del cuerpo de Gulliver.

Más de cincuenta Carnavales sucedidos en el curso de medio siglo largo, sin otra interrupción que la última guerra, han fatigado a los organizadores y al público de las cabalgatas llamadas históricas o artísticas. Ahora, el Carnaval de Niza es burlesco, dedicándose a la deformación ingeniosa de los géneros animales y vegetales. Ciertos grupos de máscaras recuerdan los _Caprichos_, de Goya, y otros delirios de artistas fantaseadores.

Los que carecen de dinero para proporcionarse un disfraz completo, o no pensaron previsoramente en su adquisición, se desfiguran con una nariz postiza, lanzándose en el torrente de las máscaras, para ser una más.

El Carnaval ofrece aquí el aspecto enardecedor y sinceramente jocundo de todo lo que se hace en la vida espontáneamente por entusiasmo y no por dinero. Los miles de máscaras gritan, cantan, forman corros y cadenas o hacen burlescas cortesías al público. Esto representa para ellas el descanso. Luego, apenas rompe a tocar una de las bandas de música del cortejo, avanzan por las calles bailando, y los que ocupan los carros empiezan a saltar como monigotes elásticos. Y así continúan horas y horas, causando asombro un regocijo tan infatigable y tenaz.

Nadie se enfada; rara vez surge un incidente violento. Es un Carnaval de gentes ruidosas que se buscan para divertirse, pero sin perder la buena crianza. Las máscaras, cuando se empujan por descuido, se piden perdón a través de la careta.

El amor acude todos los años, puntualmente, a la fiesta. Muchas novelas bipersonales, que permanecerán ignoradas y nadie escribirá, tuvieron su primer capítulo en el Carnaval de Niza, durante el desfile de la cabalgata o las fiestas nocturnas en el _hall_ del Casino, enorme como una catedral.

El viajero enmascarado habla al dominó femenino que marcha junto a él. Se aproximan para defenderse de los empellones de los otros; acaban por cogerse del brazo y saltar a un tiempo; luego bailan, quieren saber cómo se llaman, se dan falsos nombres y se declaran un eterno amor antes de haberse visto las caras. Todo esto, empujados por el torrente carnavalesco a través de avenidas y paseos, defendiéndose con las espaldas del oleaje humano, evitando las patas de los caballos enganchados a las carrozas o los arranques inesperados de los chófers que las guían.

En otros países un Carnaval como éste provocaría riñas y crímenes. En Niza rara vez tiene que intervenir la policía. Ésta y los destacamentos de cazadores alpinos encargados de mantener el orden sólo se preocupan de que los grandes carros no causen daño en las fachadas de las casas o en los arcos de luces que adornan las calles.

La gente se divierte y no riñe, porque ignora el miedo al ridículo, que tanto amarga la vida de nuestra raza. El que aquí pretende divertirse sólo piensa en obtener el placer deseado. Lo busca a su modo e ignora la existencia de los demás, despreciando lo que puedan pensar de él.

Nosotros tenemos miedo «al qué dirán», a que alguien «nos tome el pelo», y esto nos cohíbe, aplastando toda iniciativa. Sólo podemos divertirnos haciendo todos lo mismo, como un rebaño falsamente alegre, receloso y suspicaz, mirándonos de reojo mientras reímos. Y al sospechar vagamente que alguien puede divertirse un poco a nuestra costa, ¡adiós alegría!, creemos necesario morder.

_II_

EL CAMINO DE TODOS