Novelas de la Costa Azul

Part 15

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Si un romano del tiempo de Augusto o de Tiberio resucitase en nuestros días, no le preguntaríamos sobre los episodios de la historia antigua, que fue para él contemporánea, y las costumbres públicas de entonces. Todo esto lo sabemos por los historiadores y las leyes romanas.

Nos interesaría más conocer los secretos y particularidades de la vida privada; cómo se divertían las gentes en Cumas, Baia, Pompeya y otras ciudades elegantes situadas al borde de lo que es hoy golfo de Nápoles. Nos gustaría escuchar los escándalos, las murmuraciones, las excentricidades del gran mundo romano que se trasladaba por unos meses a las sonrientes orillas del mar de Partenope; querríamos contemplar de cerca la misma vida suntuosa que vio deslizarse el melancólico y jubilado «Procurador de Judea», descrito por Anatolio France.

Pero si el romano vuelto al mundo nos dijese que no había estado nunca en estas ciudades, alegría y solaz de la vida antigua, nos indignaríamos contra él.

--Entonces, ¿qué es lo que hizo usted en su existencia anterior?... ¿Cómo pudo mantenerse tranquilo, sin ver de cerca uno de los aspectos más interesantes de aquel tiempo?

Lo mismo podría decirse a un hombre de nuestra época que, teniendo cierta fortuna personal y hallándose sano de cuerpo para emprender viajes, no sintiese curiosidad por la vida cosmopolita y alegre de la llamada Costa Azul, que equivale ahora a las ciudades del antiguo golfo de Nápoles, fundadas o agrandadas por los Césares.

El paisaje de la Costa Azul infunde admiración. Tiene la dulzura luminosa de las costas mediterráneas. Los Alpes, al llegar al mar, se hunden bruscamente en su abismo, formando rosados promontorios o graciosas bahías orladas de jardines. Pero indudablemente existen en la cuenca del Mediterráneo otros paisajes semejantes a éstos o tal vez más originales. El verdadero encanto de la Costa Azul es obra del hombre. Lo más interesante en ella es la humanidad que la puebla durante los meses del invierno.

Asombra el cálculo de lo que se ha trabajado en medio siglo nada más para el embellecimiento de esta cornisa de montañas. Antiguos pueblecitos de pescadores o labriegos son hoy ciudades elegantes, donde mantienen sucursal abierta las tiendas más célebres de Londres y París. Campos pedregosos que tuvieron por única vegetación olivos centenarios, rajados y mediocremente fecundos, se han vendido a lotes por sumas inauditas, convirtiendo en millonarios a los nietos de sus primitivos cultivadores. No hay aldea enriscada que no posea un buen camino para automóviles. Tres carreteras cortan longitudinalmente la falda de los Alpes desde Niza a Mentón: la que sigue la orilla sinuosa del mar, la llamada Cornisa Media, y la Gran Cornisa, que serpentea sobre las cumbres, y está muchas veces incomunicada ópticamente, por una masa de nubes, con la ribera de abajo, donde rebullen las gentes como un hormiguero.

Atrevidos viaductos cruzan los precipicios para evitar grandes rodeos a la circulación. Si los caminos tropiezan con un saliente de la montaña, lo perforan en forma de túnel. Otras veces necesitan extenderse a lo largo del Mediterráneo y desarrollan su cinta sobre largos terraplenes.

Es difícil calcular el dinero invertido aquí por los que vinieron, durante medio siglo, en busca de sol y horizontes azules.

Niza, pequeña ciudad saboyana, es ahora la quinta o sexta urbe de Francia. Desde Hyéres a Mentón se extienden miles y miles de ricas «villas» y palacios. Los aficionados a calcular afirman que se ha construido en la Costa Azul por valor de 5000 ó 6000 millones. Esto es obra solamente de los particulares, y hay que añadir a tan enorme cantidad los trabajos públicos realizados por gobiernos y municipios: conducciones de agua, puentes, carreteras y ferrocarriles.

El que ha nacido en un país de sol no puede sentir la atracción de la Costa Azul como los europeos septentrionales. De aquí que ni los españoles ni los italianos, a pesar de ser vecinos, la frecuenten mucho. Siempre encontró ella en los pueblos del Norte sus más fieles admiradores.

Antes de la guerra, la Costa Azul fue rusa. Aquí venían a derrochar su fortuna los privilegiados del Imperio zarista, considerando interminable un régimen sabiamente organizado para la felicidad de los menos. También fue alemana pocos años antes de 1914. Los alemanes y los austríacos acudieron a ella en grandes masas, y tal vez serían a estas horas sus dueños. Los dominadores actuales son los ingleses y los norteamericanos. Sus banderas ondean en todas partes junto a la bandera francesa.

Viajando por todo el mundo es como puede uno ser entucado del prestigio lejano y misterioso que gozan estas poblaciones de la Costa Azul. Muchas veces, en los Estados Unidos, en Canadá, en Méjico o en naciones del Norte de Europa, al decir yo que tengo mi casa en la Costa Azul, he visto entornar los ojos a los que me escuchaban con una expresión ensoñadora, lo mismo hombres que mujeres, murmurando nostálgicamente:

--¡Niza!... ¡Monte-Carlo!...

Unos hacían memoria de su vida aquí; otros deseaban venir, y temían no conseguirlo nunca. Mostraban todos en su rostro la misma expresión del que oye el nombre de Bagdad y evoca inmediatamente las maravillas de _Las mil y una noches_.

Este fragmento de costa mediterránea es tan universal como el bulevar de los Italianos, de París; el Piccadilly, de Londres, o el Broadway, de Nueva York. Yo vivo en la más tranquila de las ciudades de la Costa Azul, en el poético Mentón, retiro de escritores y artistas, donde la gente se acuesta temprano y madruga mucho, para gozar de sus admirables jardines. Y sin embargo, estoy en la corriente de la circulación europea, en «el camino de todos», más que si viviese en Madrid, que es ciudad populosa y capital de una nación.

Para ir a España hay que proponerse concretamente este viaje y sentir un verdadero interés por ella. Se necesita avanzar hasta un extremo de Europa y luego desandar el camino, atravesando otra vez los Pirineos. España sólo ofrece una salida para el que no quiere retroceder: embarcarse con rumbo a América, y nuestros puertos no los frecuenta ninguna de las grandes Compañías navieras famosas por el tonelaje de sus buques y por su lujo. Nuestra patria es a modo de una calle que sólo tiene una entrada y carece de continuación.

En cambio, la Costa Azul es camino para Italia, para el centro de Europa, para los países del extremo Mediterráneo y del extremo Oriente. Se encuentran aquí, todos los días, amigos que dejó uno en lugares apartados del planeta, creyendo no verlos más, y que surgen inesperadamente ante nuestro paso. Todos los que desembarcan en Europa traen en su programa, como algo imprescindible, unas semanas de vida en la Costa Azul.

Los personajes más famosos desfilan por esta tierra. No hay gobernante inglés que prescinda de jugar al tennis en Cannes durante el invierno. Junto a las mesas de los casinos de la Costa Azul puede uno codearse con las mujeres más célebres.

Hace tiempo, almorzando una mañana en el Sporting-Club, de Monte-Carlo, vi sintéticamente lo que es la vida en este rincón del mundo.

Cerca de mí comía un señor alto, delgado, con barba rubia y canosa, y lentes de oro. Al fijarme en los saludos extraordinarios del _maître d’hótel_ y de la servidumbre, sentí la necesidad de preguntar.

--Es el rey de Suecia--me dijeron--, que todos los años viene de incógnito.

Luego ocupó otra mesa un señor robusto, de aire militar, con la tez enrojecida por el sol de los trópicos.

--A éste le conozco--dije yo al doméstico--. Es el duque de Connaught, el tío del rey de Inglaterra, que posee una «villa» en Cap Ferrat, y acaba de volver de las Indias.

Varios señores ocupaban otra mesa. Uno de ellos, con gafas y barba canosa, parecía dominarlos a todos, sonriendo finamente. Junto a él, y compartiendo su importancia, había otro, de bigote blanco. El de la barba era Venizelos, y su vecino, el famoso hombre de negocios anglo-heleno _sir_ Basilio Zaharoff, el capitalista mayor de Europa en este momento, el único al que miran como un igual los multimillonarios de los Estados Unidos.

Y todo esto, en un pequeño comedor de Club, que no contiene más allá de una docena de mesas.

Me acordé de Cándido, el protagonista de la novela de Voltaire, cuando visita la Venecia del siglo XVIII con motivo de su famoso Carnaval, y al cenar en la hostería se encuentra con que sus cuatro compañeros de mesa son cuatro reyes que vienen de incógnito a divertirse.

_III_

EL QUE QUISO CASARSE CON LA PRINCESA

La revolución rusa ha esparcido por el mundo miles y miles de seres que gozaron en otro tiempo las delicias de la riqueza o del poder, y ahora viven en una miseria doblemente dolorosa, por el recuerdo del pasado y por la falta de esperanza. Son parecidos a los emigrados de la revolución francesa, que paladearon la «dulzura de vivir» bajo la antigua monarquía instalada en Versalles, y luego tuvieron que ejercer viles oficios en Inglaterra y Alemania, sufriendo muchas veces el tormento del hambre.

Esta emigración rusa se concentra especialmente en la llamada Costa Azul. El ensueño de todos los rusos refugiados en Berlín, Londres o París es poder trasladarse a Niza. Hijos de una tierra invernal, piensan en el sol gratuito que dora las costas de este mar color de violeta, célebre desde los primeros vagidos de la poesía griega. Vivir en Niza representa prescindir de la calefacción, comer naranjas a bajo precio, instalarse en un antro miserable de las afueras con otros compatriotas, sin miedo a los rigores de la temperatura.

Además, muchos de los pobres actuales vivieron en este país hace diez o doce años, cuando gastaban miles y miles de rublos. Aquí dejaron recuerdos de amor, de vanidad o de orgullo, y se sienten atraídos por estos fragmentos de vida que representan toda la gloria de su pasado.

Los rusos, antes de la guerra, eran en la Costa Azul el gran señor manirroto o la dama algo loca y siempre elegante, que asombraban a las gentes arrojando el dinero a puñados. Hoy forman un coro triste, y sobre su masa dolorosa parecen destacarse con más crudo relieve la prodigalidad de los americanos del Norte y la opulencia señorial de los ingleses, actuales dominadores de la tierra.

Muchos de estos emigrados aceptaron valerosamente su desgracia. En Mentón, cerca de mi casa, hay granjas cultivadas por generales y coroneles rusos; pero cultivadas verdaderamente, pues estos hombres que mandaron regimientos o divisiones son ahora gañanes para poder comer, y remueven la tierra con la pala, abren surcos, cargan carros, crían aves de corral. Otros, menos enérgicos o vigorosos, trabajan como porteros de hotel o simples mozos de comedor.

Con frecuencia, algunas damas inglesas o francesas creen reconocer al criado viejo, de chaleco a listas y mandil azul, que limpia su cuarto. Al fin acaban por enterarse de que en otros tiempos bailaron con él en Monte-Carlo, cuando se llamaba príncipe o conde, era capitán de la Guardia imperial y venía todos los inviernos a derrochar su patrimonio en la Costa Azul.

Otros no se deciden a trabajar y apelan a toda clase de expedientes, representando una molestia peligrosa para el que los recibe en su casa. Con lentitud eslava cuentan la novela de su pasado, y acaban pidiendo tranquilamente mil o dos mil francos, como si aún viviesen en sus tiempos de magnificencia. Es verdad que se contentan finalmente con veinte francos; ¡pero son tantos los que llegan creyendo ser cada uno el único que merece protección!...

En Niza, señoras de la antigua corte imperial inventan rifas para vivir. Otras tienen casa de huéspedes o una tiendecita de sombreros.

Antes del triunfo del bolcheviquismo, mis novelas eran muy traducidas y leídas en Rusia. (Debo advertir de paso que España jamás tuvo tratado de propiedad intelectual con Rusia, y los libros nuestros eran reproducidos libremente. Hubo novela mía que fue publicada al mismo tiempo por cinco editores diferentes, sin pedirme ninguno autorización). Como vivo rodeado de tantos náufragos de la catástrofe rusa que en sus tiempos felices fueron lectores míos, recibo frecuentemente sus visitas. Grandes damas me buscan para que las ayude a vender ricas diademas en forma de mitra, semejantes a las que ostentan las vírgenes bizantinas, y que lucieron ellas muchas veces en las fiestas de la corte imperial. Otras me enseñan capas de marta, armiño, y alhajas de una magnificencia algo bárbara.

Es lo último que les queda. Temen las ofertas, escandalosamente bajas, de los usureros que acechan su agonía, y acuden a mí, como si un novelista pudiera arreglarlo todo. Algunas me proponen la adquisición de estos recuerdos de su vida lujosa, desaparecida para siempre, indicando precios verdaderamente extraordinarios por lo modestos. Pero yo no voy a pasearme por mi habitación de trabajo vestido y adornado como una dama de Nicolás II en día de gran ceremonia, y renuncio a tales «ocasiones». Otras de menos años, cuyos maridos, difuntos por fusilamiento, poseyeron minas de platino en Siberia, vienen a que las recomiende para trabajar en el cinematógrafo. ¡Como si el improvisarse artista cinematográfica fuese algo facilísimo!...

Algunas de estas grandes damas arruinadas pueden sostenerse modestamente con lo que poseían fuera de su país, y aún encuentran el medio de favorecer a sus compañeros de desgracia. Como se consideran pobres al no poder sostener su existencia lujosa de otros tiempos, desean trabajar, y han creado en Niza varios restoranes, que dirigen ellas mismas.

Son establecimientos baratos, donde se puede comer por cuatro francos y medio, lo que equivale en Francia a un cubierto español de dos pesetas. Por tal precio no pueden esperarse milagros culinarios; pero se nota en el ambiente de la sala y en el arreglo de sus mesas cierta distinción especial, lo que la gente llama chic, algo que revela el buen gusto de la dueña invisible, que está en la cocina dirigiéndolo todo. Los pobres de mala educación no se sienten a su gusto en estos restoranes, y los abandonan. Su clientela se va seleccionando de un modo automático, y acaba por estar formada únicamente de personajes venidos a menos, de héroes de novela, muy interesantes si fuesen dos o tres nada más. Pero son muchos, y sus vidas, que hace quince años hubiesen parecido extraordinarias, acaban por resultar monótonas.

La directora de uno de estos restoranes es una princesa Murat. La familia de los Murat está dividida en varias ramas, y una de ellas se estableció matrimonialmente en Rusia. De aquí que la suerte de muchos descendientes del ex rey de Nápoles vaya unida a la de los aristócratas rusos.

Esta princesa, nacida, según creo, en los Estados Unidos, posee una elegancia natural y guarda aún la belleza reposada y distinguida de su segunda juventud, después de haber perdido la frescura de la primera. Con una energía americana ha aceptado los deberes y penalidades de su nueva situación. Todas las mañanas, al salir el sol, ya está en el mercado, al mismo tiempo que los compradores de los grandes «Palaces», los cocineros de los hoteles medianos, y los dueños de fondines y casas de huéspedes.

Desea que sus clientes coman barato y bien. Discute con los proveedores o les sonríe, empleando la fuerza convincente de una mujer que sabe hacerse agradable. Atrae con su presencia la atención de todos, aun de aquellos que ignoran quién es.

El mercado de Niza hace recordar los antiguos mercados de Valencia y Barcelona. Los vendedores están al aire libre, detrás de barricadas de hortalizas, que esparcen perfumes de tierra prolífica o de punzantes y vigorosas savias. A través de los portalones de la muralla inmediata se ve brillar la llanura luminosa del Mediterráneo, toda azul y toda azogue. En la atmósfera hay olores de ajo y mimosas, de cebolla y claveles, de violetas y sal marina. Toda mujer, después de llenar su cesta de comestibles, considera indispensable comprar un ramo de flores. Este mercado--tan distinto a los mercados cerrados y con techumbre de hierro--predispone las gentes al amor, y hace pensar que en la vida hay algo más que llenar bien el estómago.

La princesa se vio detenida una mañana por uno de sus «colegas». Era un francés bigotudo, con aire de antiguo gendarme, dueño de un fonducho para trabajadores cerca del puerto. Necesitaba hablar con ella. Venía observándola desde muchas semanas antes. Había admirado su habilidad para comprar y el gran dominio que ejercía sobre las gentes.

--A mí me gustan las mujeres serias; soy viudo, y tal vez podemos convenirnos el uno al otro. No le hablaré de amor; eso es para las comedias. La vida no es una broma... Usted tiene su establecimiento, yo tengo el mío; podemos casarnos, y ayudándonos como dos personas juiciosas, llegaremos a juntar un capitalito para retirarnos al campo en nuestra vejez.

La dueña del restorán contestó con una de sus sonrisas dulces:

--¡Quién sabe!... Es para pensarlo más despacio.

Ahora el dueño del fondín del puerto va más tarde al mercado, pues no quiere encontrarse con ella. Además pone una cara fosca para que las pescaderas y las vendedoras de hortalizas no se atrevan a bromear con él.

Sabe que cuando vuelve la espalda todas sonríen y le designan con el mismo apodo: «El que quiso casarse con la princesa».

_IV_

EN TORNO AL «QUESO»

Bien sabido es que cuando se quiere encontrar a una persona de cierta posición social y se ignora su domicilio en Europa o América, no hay más que sentarse junto al «queso», en la plaza de Monte-Carlo. Podrá uno esperar diez, quince o veinte años; pero un día el amigo deseado acabará por dejarse ver.

Esto lo tienen muchos por indiscutible, aunque parezca falso. Todo el que posee algún dinero y ama los viajes, acaba por dar la vuelta al «queso», mezclándose por unas horas con la multitud que circula frente al Casino. Antes de pasar adelante creo necesario explicar que este «queso» famoso es un pequeño jardín o macizo de plantas en el centro de la plaza. Su forma redonda le ha hecho ser comparado con una caja de queso Camembert.

En la acera circular de este jardín se oyen conversaciones en todas las lenguas, y como si el Carnaval durase aquí el año entero, circulan entre las señoras vestidas a la moda de Europa damas indostánicas de largos velos azules, con la nariz perforada por botones de brillantes, personajes asiáticos de andar felino y ojos misteriosos, jefes árabes de albas túnicas, chinos y japoneses cuya cabeza ratonesca, astuta o inteligente, parece querer escaparse de las vestiduras occidentales que disfrazan el resto del cuerpo.

Yo he tenido en esta plaza muchos encuentros inesperados y he contraído las amistades más novelescas tal vez de mi existencia. Una sonrisa interrogante y una mano tendida provocan en tal lugar dudas geográficas que abarcan el planeta entero. ¿De dónde podrá venir el amigo que acaba de reconocernos?... Hay que dejarle hablar para ir adivinando poco a poco su identidad. Puede ser un olvidado condiscípulo de la juventud, o uno que conocimos en Turquía, Argentina, Egipto o Méjico. También puede ser un señor con el que almorzamos en el restorán de la estación de Toledo; pero Toledo, en el Estado de Ohío, una de las ciudades ferroviarias más importantes de los Estados Unidos.

Durante el invierno fondea cada semana ante Monte-Carlo uno de esos trasatlánticos procedentes de la América del Norte que son verdaderas ciudades flotantes, y echan a tierra dos mil pasajeros. Durante veinticuatro horas los alrededores del «queso» parecen la Quinta Avenida de Nueva York. A mediodía llega invariablemente el tren «azul», procedente de Calais, un tren que sólo lleva vagones-camas, y las gentes británicas se reconocen y se estrechan las manos, sacudiéndolas vigorosamente, como si se encontrasen en el Piccadilly de Londres.

El indeciso pasado de nuestros años de adolescencia, las ilusiones que acariciamos entonces como algo de imposible realización, las cosas más admiradas por la buena fe y el entusiasmo de la primera juventud, pueden salirnos al paso en esta plaza. Yo he visto muchas veces, tomando el sol en sus bancos, a viejos señores, trémulos y de piel flácida como pájaros desplumados, y los nombres de estas ruinas humanas hicieron revivir en mí pretéritas admiraciones. Eran hombres políticos que nadie recuerda, generales que ganaron victorias olvidadas, caudillos novelescos del África británica o la América del Sur. Viejas encogidas, de aire humilde, o pintarrajeadas y cadavéricas como momias, evocan con sus apellidos de guerra el recuerdo de beldades célebres, cuyos retratos adoramos en las cajas de fósforos cuando éramos colegiales.

Entre esta muchedumbre de personajes que «fueron» y no son ya más que simples invernantes de la Costa Azul, buenos para ocupar una silla en la plaza de Monte-Carlo o en los salones del Casino, hubo hasta el año pasado una personalidad sobresaliente, inquieta, arrolladora, incansable, que parecía llenarlo todo con su presencia y estaba al mismo tiempo en diversos lugares, con infinita ubicuidad. Era la gran duquesa Anastasia, tía carnal del zar Nicolás II, ejecutado por los bolcheviques; hermana del zar anterior y madre de la esposa del kronprinz.

Una hija suya ocupa actualmente uno de los tronos de Europa. Su otra hija hubiese sido emperatriz de Alemania de no ocurrir la última guerra.

En su juventud gozó fama de hermosa y elegante, según afirmación de los que la conocieron en la corte de Rusia. Siendo extremadamente alta (cerca de dos metros), tal vez esta belleza fue efectiva en los tiempos que duraba aún la influencia de la vieja reina Victoria y otras soberanas metidas en carnes y pródigas en curvas, o sea cuando no era de moda que las mujeres buscasen a fuerza de hambres las angulosidades y asperezas huesudas del cuerpo masculino. Pero Anastasia--así la designaban familiarmente las gentes de Monte-Carlo--, a pesar de sus años, había querido enflaquecer lo mismo que las muchachas de ahora, y su exagerada delgadez parecía prolongar aún más su estatura.

Esta hija de emperadores y madre de reinas vivía al margen de la tiranía de los costureros, vistiéndose a su gusto, con arreglo al mismo patrón, como si llevase uniforme. De día usaba invariablemente un traje negro, corte sastre, que parecía flotar sobre su cuerpo largo y descarnado, lo mismo que una sotana de sacristán. Para el que la veía por primera vez, lo más extraordinario en ella eran las orejas, despegadas del cráneo, muertas e insensibles, como si fuesen de cartón. Tenía los pies extremadamente largos, con una longitud que imposibilitaba todo artificio zapateril, y convencida de lo ineficaz que era querer disimular sus extremidades, las calzaba sin cuidado alguno. Muchas señoras afirmaban que la gran duquesa tenía el mismo zapatero que los gendarmes de la provincia.

Se la veía casi a un tiempo jugando en los salones reservados del Casino y circulando por la plaza, con una rapidez que arremolinaba la negra faldamenta en torno a sus piernas. Éstas eran tan flacas, que parecían próximas a romperse a cada paso. Luego bailaba en el Café de París, en los _dancings_ de los hoteles, en los tés elegantes, en todas partes donde suenan los instrumentos desafinados del _jazz-band_. Había algo de la furia del borracho romántico, que bebe para olvidar, en la movilidad incansable de esta «vitalista», ansiosa de conocer todos los placeres violentos. A su familia la habían pasado a cuchillo. Hermanos y sobrinos, todos habían muerto por orden de los Soviets. Sólo quedaban ella y ciertos parientes, a los que pilló la revolución comunista «fuera de casa». Además, esta rusa, que había vivido la mayor parte de su existencia en Alemania por haberse casado con un príncipe alemán, desdeñaba a la familia imperial germánica, en la que figura su hija.