Novelas de la Costa Azul

Part 16

Chapter 163,976 wordsPublic domain

¡Inolvidable Anastasia! Había que oír a la vieja gran duquesa, vestida con la obscura modestia de una directora de colegio, hablar de sus parientes alemanes. Al kronprinz lo censuraba... Esto nada tiene de singular. Lo extraordinario sería que una suegra hablase bien de su yerno. Pero cuando resultaba más interesante era al ocuparse de su consuegro, Guillermo II.

Ella había nacido Romanoff, y era descendiente de innumerables emperadores. La dinastía de los zares se pierde en la noche de la Historia. En cambio, los Hohenzollern son unos reyes de siglo y medio, como quien dice de ayer, y su título de emperador data de 1870. Aspiraba el aire desdeñosamente por sus anchas narices al decir esto, y añadía, como una señora linajuda que habla de un «nuevo rico»:

--Cuando se casó mi hija tuve que asistir a la ceremonia y aceptar el brazo de Guillermo. No podía negarme. Nunca ese advenedizo, ese manco «cursi», se vio tan honrado. ¡Dar su brazo a una nieta de Pedro el Grande!...

El gobierno francés la dejó vivir en Francia durante la guerra. ¡Cómo hacer otra cosa con una princesa alemana, suegra del kronprinz, pero rusa de nacimiento y que llamaba «cursi» a su consuegro!... Aunque pasaba el día y muchas veces la noche dentro del principado de Mónaco, su domicilio era en Eze, o sea en territorio francés.

Últimamente se quejaba de escaseces de dinero. En Rusia y Alemania se habían perdido todos sus bienes. Pero los personajes emparentados con numerosas casas reales son como los barcos grandes, que después de encallar en la costa y perderse para siempre, todavía mantienen con sus despojos a los que se aproximan a ellos.

La gran duquesa guardó hasta el último momento su casita de Eze, situada entre la línea del ferrocarril y la línea espumosa de las olas. Poseía un pequeño automóvil, guiado muchas veces por ella misma. Siempre tuvo dinero para el juego, y sobre todo para cenar en los sitios donde se baila. En los postreros días de su vida fue muy española.

--¡País de _hidalgós_ y _caballerrros_!--me dijo repetidas veces en un español chapurreado y con miradas de admiración.

Existe en Monte-Carlo un restorán donde se prolongan las fiestas nocturnas hasta la salida del sol, y en este lugar público trabajan todos los años dos bailarines españoles, dos «niños» de Sevilla, pequeños de estatura, graciosos y bien educados, que tienen por nombre «los Titos». Este par de andaluces de _smoking_, que, según dicen las señoras, no tienen precio para hacer bailar bien a sus acompañantes, inspiraron a la gran duquesa un entusiasmo casi maternal. Pasaba las noches dedicada a ellos, no perdonando una sola de las danzas que tocan simultáneamente y sin descanso las dos orquestas del establecimiento. Dejaba a un Tito para tomar al otro, y el más alto de los hermanos no llegaba a tocar con su cabeza el huesudo pecho de la princesa de dos metros.

Tal fervor por las cosas de España acabó con la vida de la consuegra de Guillermo II. Un día del pasado invierno, «los Titos» arreglaron en su honor un arroz a la valenciana. Era un arroz «traducido» de Valencia a Sevilla, y hecho además con lo que se puede encontrar en Monte-Carlo; pero la gran duquesa no conocía otro, y dedicaba siempre a este plato interminables alabanzas. A los postres de la comida española sufrió un desmayo; la llevaron apresuradamente al Hotel París, y a las pocas horas dejó de existir.

Esta mujer, que en unos cuantos años presenció tantas tragedias familiares y sufrió emociones tan enormes, sólo podía morir repentinamente. Además, sus placeres eran tan violentos, que un corazón no podía soportarlos sin lesiones.

Después de la guerra, el famoso «queso» ha dejado de ver a muchos personajes que lo visitaban en otros tiempos. Mi amigo Luciano Guitry, el más grande de los actores contemporáneos, me contó un día algo ocurrido aquí mismo.

Fue esto años antes de la guerra. Se acercó al gran comediante francés una de esas muchachas parisienses que se titulan «artistas» y, en realidad, mantienen su lujo y atienden al costoso entretenimiento de su belleza con otros recursos que los del arte. Llegan a Monte-Carlo para distraer a los hombres que juegan, recordándoles que en el mundo hay algo más que los placeres del azar; pero muchas veces sienten la tentación de la ruleta, lo mismo que los otros mortales, y lo que ganaron con sus propios recursos lo dejan sobre la mesa verde.

--Monsieur Guitry--preguntó--, ¿quién es ese hombre bajito, calvo y de mal color que conversaba con usted hace un momento? El otro día estuve una hora con él y no hizo más que hablar de su persona, como si fuese el centro del mundo. Al despedirse, me dijo: «No te revelo mi nombre, porque si lo supieras serían tan grandes tu sorpresa y el orgullo de haberme conocido, que caerías desmayada de emoción sobre tus... almohadillas naturales». ¿Quién es, monsieur Guitry? ¿Es un hijo de rey?... ¿un millonario de Nueva York?... ¿un presidente de República de la América del Sur?...

Una leve sonrisa alteró la serenidad episcopal del rostro del insigne actor. Sus ojos parpadearon maliciosamente, y dejó caer estas palabras:

--Es un poeta italiano, llamado Gabriel d’Annunzio.

La muchacha quedó indecisa, repasando mentalmente sus recuerdos, mientras se rascaba con las pintadas uñas el lindo entrecejo. Luego dijo simplemente:

--_¿D’Annunzio?... Connais pas._

* * * * *

Repito que esto fue antes de la guerra; antes de que el poeta obtuviese la verdadera fama acompañando en sus vuelos a los aviadores italianos, o acometiendo la ruidosa y estéril aventura de Fiume.

¡Fragilidad de las vanidades literarias! Creerse igual al Dante; llevar la cabeza sobre los hombros con la misma solemnidad que si fuese una urna santa; inventar todos los días algo extraordinario y raro que atraiga la atención del público, para que después una muchacha de las que mariposean en torno a la ruleta de Monte-Carlo diga con indiferencia:

--¿D’Annunzio?... No lo conozco.

_V_

LAS ALMAS DEL PURGATORIO

De los bancos que forman círculo en el centro de la plaza de Monte-Carlo, dos o tres situados frente a la escalinata del Casino llevan el nombre de «el purgatorio». Y por deducción, a las personas que los ocupan, como si fuesen de su propiedad, guardándose recíprocamente un lugar en ellos, las llaman las «almas» de dicho «purgatorio».

Fácil resulta adivinar su pasado. Son jugadores que desean entrar en el Casino y no pueden, a pesar de vivir convencidos de que al otro lado de sus puertas les aguarda la Fortuna. Los directores del establecimiento, aleccionados por la experiencia, procuran que no quede en Monte-Carlo ningún resto de la diaria batalla entre el hombre y la Suerte. Pocas ciudades de Europa tan limpias como ésta. A ninguna hora del día o de la noche se encuentra un papel, una hoja seca o una colilla de cigarro en sus aceras, pulidas como el piso de un salón. Del mismo modo procuran que no quede ningún herido ni contuso de los combates de la ruleta y el «treinta y cuarenta». Todo el que pierde su dinero puede acudir a la Administración del Casino, madre cariñosa, que le facilitará la cantidad necesaria para el viaje hasta el país de origen. De este modo la víctima va a contar muy lejos sus desengaños, y si se le ocurre suicidarse, otros se encargan de su entierro.

Este socorro que da el Casino para que se retire el descalabrado recibe el nombre de «viático». A veces el tal «viático» es de miles de francos, según la categoría del jugador o la importancia del trayecto. Yo he visto pagar a un holandés el precio de su pasaje hasta Java; pero había dejado antes en las mesas verdes centenares de miles de francos. También la Administración da algunas pensiones vitalicias a jugadores famosos que frecuentaron la casa treinta o cuarenta años, perdiendo en ella numerosos millones.

Conozco a un gran señor ruso que entra todos los días al Casino y sigue el juego de las mesas importantes con mirada ansiosa; pero no se atreve a apuntar ni con una ficha de las blancas, que son las más modestas.

El Casino le regala una pensión de 1000 francos mensuales, después de haber dejado en Monte-Carlo el producto de sus minas en Siberia y las cosechas de territorios extensos como provincias, poblados por miles de _mujiks_. Pero esta generosidad va unida para el agraciado con la condición de que no jugará nunca. Si avanza una apuesta sobre un número, los empleados tienen orden de no admitirla.

Muchos jugadores que recibieron el «viático» para volver a su tierra sienten el latigazo de la inspiración antes de partir, y arriesgan el importe del viaje en una jugada última, convencidos de que este dinero, por ser del Casino, atraerá a la Suerte. Si lo pierden quedan como prisioneros en Monte-Carlo, y un desesperado más viene a sentarse en los bancos del «purgatorio».

Todo el que tomó el «viático» encuentra cerradas las puertas de la catedral del Rojo y el Negro mientras no devuelve el préstamo recibido. Y estas pobres almas en pena se buscan y sostienen con la fraternidad de la desgracia.

Antes de las diez de la mañana, hora de principiar el juego, ya ocupan los bancos que consideran de su propiedad. Los que se alejan a mediodía para almorzar, son reemplazados por otros que no saben dónde un hambriento puede conseguir un almuerzo. Se ceden cortésmente los asientos verdes, desde los cuales parecen espiar la escalinata del templo prodigioso, y así permanecen formando grupos, unos encogidos, otros de pie, hasta que llega la noche y se desbandan con la ilusión de que el día siguiente será más propicio.

Mientras evocan su pasado o cuentan historias de ganancias maravillosas en la ruleta, miran con envidia a los felices que suben y bajan los peldaños alfombrados de la escalinata. Sus ojos son admirativos y tristes, como los del ebrio ante la puerta cerrada de una bodega, como los del morfinómano falto de dinero junto al escaparate de una farmacia. De vez en cuando estos maltratados por la Suerte intentan volver hacia ella con la esperanza de que los acaricie, con repentino capricho. Rascan todo el fondo de sus bolsillos. Los hombres sacan monedas o billetes ínfimos entre migas de pan y briznas de tabaco. Las mujeres extraen de sus bolsos un dinero manchado de polvos de arroz o colorete para los labios. Las «almas del purgatorio» sienten una fe repentina en determinado número, o aceptan como indiscutible la nueva jugada que les propone el más viejo del grupo.

Encuentran siempre un amigo que no ha tomado el «viático» y puede entrar en las salas públicas. Se le entrega sin miedo el capital de la sociedad, repitiendo, con abundantes detalles, cómo debe arriesgarlo. A nadie se le ocurre sentir desconfianza. Este embajador no puede faltar a la lealtad que se deben los desgraciados. Quedan todos en angustioso silencio. Miran fijamente las puertas del Casino, creyendo ver a cada instante la reaparición del enviado en lo alto de la escalinata. Cuando tarda, la confianza aumenta en el «purgatorio». Indudablemente, el capital común está agrandándose con una ganancia progresiva. Si vuelve a mostrarse a los pocos minutos, todos adivinan su desgracia mucho antes de ver el gesto doloroso con que anuncia desde lejos la quiebra fulminante de la sociedad.

Yo hablo algunas veces con las «almas» que vagan dolorosas por la plaza de Monte-Carlo, sin que la Suerte quiera redimirlas. Muchas de ellas son más antiguas que yo en el país. También gozo el honor de que estas «almas» me admiren, como un personaje casi tan interesante como ellas.

Aunque algunos me tachen de inmodesto, declaro que he conseguido cierta celebridad en Monte-Carlo. Hasta tengo un apodo con el que me designan los que no saben pronunciar mi apellido español. Soy «el señor que no ha jugado nunca». Una popularidad que no todos pueden conquistar.

Hace cinco años que frecuento Monte-Carlo y entro diariamente en su Casino, fuera de los meses que paso viajando. Hubo año que llegué a visitar las salas de juego mañana, tarde y noche, para hacer un estudio directo de la vida de los jugadores, destinado a mi novela _Los enemigos de la mujer_... Y en esos cinco años no jugué nunca, no he sentido la curiosidad de llamar a la Fortuna ni una sola vez, y el público y los empleados han acabado por fijarse en tal abstención, que resulta aquí extraordinaria.

Siempre que entro ahora en el Casino, me veo buscado y amenazado por los halagos o las emboscadas que persiguen a toda virginidad. La superstición de los jugadores cree ciegamente en la buena fortuna de las novelas. Muchas señoras, amigas mías, me ofrecen dinero para que lo ponga a mi capricho sobre la mesa verde.

--Aunque sea un _luis_ nada más--dicen con una sonrisa que incita al pecado.

No jugaré nunca. Confieso mi debilidad ante muchos vicios y seducciones de la existencia; pero la tentación del juego no me inspira inquietud. Sé bien que no puedo ser jugador; que no lo seré, aunque me lo proponga con toda la fuerza de mi voluntad. He hecho mis pruebas, y puedo afirmarlo sin miedo a equivocarme.

En 1896, cuando andaba metido en las aventuras y riesgos de una política de acción, tuve el honor de ser presidiario. Un Consejo de guerra me condenó a varios años de encierro, y aunque los periódicos se interesaron por mi suerte hasta conseguir que me indultasen, no por ello me libré de pasar recluido más de un año. Esto se dice pronto; pero hay que conocer por experiencia lo que son doce meses, uno tras otro, siempre en el mismo edificio y entre gente poco grata.

La penitenciaría era un antiguo convento de Valencia, que ya no existe. Esta construcción vetusta sólo tenía cabida higiénica para trescientos hombres, y éramos a veces mil. Como gran favor, me dejaron en la enfermería, donde todos los meses morían dos o tres tísicos y se preparaban para seguirles media docena más. Si la defunción ocurría al atardecer, quedaba el cadáver en una cama próxima hasta la mañana siguiente. ¡Una existencia de lo más entretenida!... De vez en cuando, para mayor amenidad de mi encierro, llegaban órdenes exteriores recomendando a los empleados que no me dejasen recibir libros ni me permitieran escribir otra cosa que cartas a mi familia. Los apasionamientos políticos aconsejan casi siempre medidas absurdas.

En uno de estos períodos, los empleados, apiadándose de mi aburrimiento, me buscaron una diversión.

--Podía usted entretenerse con el juego. Eso le distraerá tanto como la lectura.

Y ocultamente me fueron proporcionando barajas, un dominó, un tablero de damas y otros instrumentos recreativos que no recuerdo. Hicieron más: me buscaron sin salir de «la casa» un insigne profesor, famoso ladronazo de larga historia, que sólo se había dedicado a robar Bancos y llevaba corrido medio mundo, conociendo todas las timbas de España y naciones adyacentes.

¡Imposible aprender en mejor escuela! Fue--y pido perdón por la irreverencia--como si me pusieran a estudiar bacteriología con Pasteur o versificación con Víctor Hugo. Pero apenas iniciadas sus lecciones, el eminente catedrático debió convencerse de que trataba con un torpe, falto completamente de aptitudes. Todo lo aprendía y lo olvidaba con igual facilidad. Me faltaba tener fe en las enseñanzas recibidas... Y media hora después, el maestro, abusando de la bondadosa tolerancia de mis protectores, jugaba a peseta el golpe con los enfermos, mientras yo, de pie y junto a una verja, seguía arrobado el deslizamiento de las nubes y el revoloteo de dos palomas, a través de los hierros que cortaban el azul de un rectángulo de cielo.

Debo confesar que representa para mí una voluptuosidad algo cruel y egoísta--y los placeres resultan a veces más intensos cuando van sazonados con un poquito de esta salsa maligna--el hecho de pasearme por Monte-Carlo siendo el único hombre, ¡el único!, que vive en esta ciudad sin haber jugado nunca. Muchos ilusos de diversas naciones se encargan de costear las comodidades que me rodean. Los jardines de vegetación tropical, los salones lujosos del Casino, el puerto blanco lleno de yates, las orquestas, la ópera subvencionada con varios millones, todo lo pagan los jugadores para que yo lo disfrute. Las mesas verdes no han recibido de mí un solo céntimo.

Pero un día que hice esta declaración de independencia ante un empleado antiguo del Casino, el viejo rió socarronamente:

--Hay quien ha hecho más que usted--dijo--. Usted se limita a no dar nada, mientras que el maestro ruso...

Y me contó la breve historia del maestro de escuela ruso, conocida solamente por los altos funcionarios de Monte-Carlo, pues resultaría peligroso el divulgarla.

Esto fue antes de la guerra. Un ruso greñudo, barbón y grasiento, con sonrisa inocente y ojos de angelote bizantino, consiguió entrar una sola vez en las salas de juego, y puso una moneda de cinco francos a un número de la ruleta. El duro era escandalosamente falso, pero acertó el «pleno», y le dieron treinta y cinco duros más, indiscutiblemente legítimos.

Luego que se hubo comido la ganancia, el maestro pidió audiencia a la Administración del Casino. Él se consideraba un jugador importante, «todos le habían visto jugar», y exigía lo mismo que los otros, un «viático» para volver a su tierra... Y la Administración, que no quiere «ruidos», le pagó el viaje.

Como el empleado continúa sonriendo después de terminar su historia, yo inclino la cabeza humildemente:

--Reconozco mi inferioridad ante el maestro ruso.

_VI_

LOS NUEVOS COMPAÑEROS

Hace pocos días hablé con el director de uno de los «Palaces» más célebres y caros de la Costa Azul, y este personaje representativo de nuestra época, que tiene automóvil propio, cobra más sueldo que un primer ministro, es amigo de varios reyes y estrecha confianzudamente las manos de los millonarios de Europa y América, me dijo así:

--Una nueva preocupación aflige ahora a los hoteleros. Muchos clientes llevan con ellos un animal, y estas bestias nos dan más trabajo que las personas.

Pensé inmediatamente en los perros, no pudiendo comprender cómo este famoso personaje los consideraba una novedad en la vida de los hoteles.

La Costa Azul es el lugar de la tierra donde abundan más los perros. Los hay a docenas en los «Palaces», en las casas, en los paseos, en los lugares más apartados de la ribera o la montaña. Hacen imposible un largo y silencioso recogimiento ante la Naturaleza. Cuando se cree uno solo y empieza a saborear la calma rumorosa del paisaje, sumido en profunda paz, suena al lado el grotesco ladrido de algún gozque, último amor de su dueña envejecida, y con la rapidez de un reguero de pólvora inflamada este ladrido se dilata, se multiplica al correr hacia el infinito, pues de todas partes empiezan a contestarle otros aullidos, atiplados o graves, de perros de salón, perros de pescador, perros de granja o perros que tiran de su cadena junto a las verjas de los jardines elegantes.

En este pedazo de Francia, tierra de retiro invernal, donde de cada diez personas que buscan el sol siete hablan inglés y tres solamente francés, la dama vieja con su perrito es el eterno personaje que da valor humano al panorama.

Bien sabido es lo que representan, generalmente, las respetables señoras que viven durante el invierno en la Costa Azul y pasan la primavera en Florencia. Aunque sean de distintos idiomas y naciones, todas resultan iguales. Todas poseen una peluca rubia, una dentadura postiza, una novela inglesa «muy moral», que nunca acaban de leer, pues aunque la cambien, siempre dice lo mismo... y un perro.

A causa de ellas, los hoteleros, que tienen de vez en cuando sus asambleas internacionales en alguna ciudad de Suiza--lo mismo que los diplomáticos de la Sociedad de las Naciones se reúnen en Ginebra--, se han visto obligados a ocuparse del perro y sus molestias, combatiendo su existencia por medio del impuesto.

Hace algunos años, los perros, que siempre habían vivido gratuitamente en los hoteles, fueron tasados en dos francos diarios. Ahora pagan cinco, y en ciertos «Palaces» diez y hasta quince francos, sin que haya influido esto en su disminución. Al contrario: tener perro en un hotel de lujo significa un gasto considerable; cuesta más que costaba antes de la guerra el mantenimiento de un cristiano, y denuncia gran riqueza en su dueño.

Pero el personaje célebre sonríe despectivamente al oírme hablar de perros. ¿Quién se acuerda de estos animales?... Han pasado de moda, y únicamente pueden interesar a las gentes desorientadas que siguen con un retraso de varios años los adelantos de nuestra época.

Los altos lebreles de Rusia, estrechos, sedosos, distinguidos o imbéciles; el perro policía, feroz y de una agresividad inteligente; el «lulú de la Pomerania», peludo y pequeño como un manguito con patas y ojos; los gozques liliputienses, capaces de tener por casa un saquito de mano; todas estas bestias privilegiadas, que cuestan miles de francos y eran acogidas antes con palmoteos y gritos femeninos de entusiasmo, resultan actualmente un regalo vulgar, bueno para los burgueses que no se enteran de lo que es _chic_.

--Otros animales--añade--son ahora los acompañantes de moda, especialmente de la mujer.

Tales palabras vienen de un hombre en íntimo contacto con la humanidad privilegiada que llega de todas partes a la Costa Azul, vive unos meses en ella y vuelve a esparcirse por el mundo. Nadie puede conocerla mejor... Y me hacen ver, repentinamente, con una concreción luminosa, imágenes que se habían deslizado antes por mis ojos, sin que yo las retuviese.

Me acuerdo de la hora cálida y elegante del mediodía, cuando circulan los extranjeros por los muelles de Mentón, las terrazas de Monte-Carlo, el Paseo de los Ingleses, en Niza, y las explanadas del puerto de Cannes. Pasan señoras con la sombrilla japonesa en la diestra, llevando sobre un hombro o un codo el papagayo amaestrado que las acompaña en sus viajes. Otras tiran de una cadenilla, al término de la cual marcha un mono en posición cuadrúpeda o se apoya en las patas traseras, irguiendo su cabecita orejona y piramidal sobre el capuchón de un hábito hecho con tela de casulla. Otras damas, más jóvenes y de arrogancia deportiva, acarician con la punta de su bastón el gato montes, la zorra, el lobito, la pantera o el pequeño tigre que las sigue a todas partes, como en otros tiempos el perrillo faldero.

Éstos son los camaradas de viaje que pueden dejarse ver. El célebre hotelero me habla de otros que se quedan en casa, o sea los que permanecen ocultos en el cuarto del «Palace» y obligan a los criados a realizar a toda prisa la limpieza de la habitación, si es que no se quedan a la puerta vacilantes y medrosos: lagartos soñolientos, hundidos en algodones que les sirven de cama; tortugas que surgen lentamente del abrigo del sofá; reptiles de piel en cuadrícula--molestos de nombrar--que, al sentir la caricia del rectángulo de sol de la ventana prolongado hasta su cesto, se desenroscan, levantan la tapa de junco, y dilatando sus anillos, empiezan a subirse por las patas de los muebles.

Como ahora la gente viaja más que en otras épocas y dar la vuelta al mundo es diversión que nada tiene de extraordinaria, las personas andariegas y caprichosas, movidas por un deseo malsano de originalidad, escogen los más extraños camaradas para su existencia cómoda, aburrida y errante.

Un recuerdo me conmueve de pronto interiormente, con esa emoción explosiva que acompaña los descubrimientos inesperados.

Me veo, noches antes, en la fiesta de un gran hotel de Niza. Bailan las parejas bajo una lluvia de serpentinas y papelillos dorados. Los domésticos van de mesa en mesa ofreciendo objetos de cotillón. Las gentes se adornan con ellos grotescamente.

Graves señores, de solapa condecorada, han tocado sus cabezas con sombreros de payaso, crestas de gallo o plumajes índicos, todo de papel de seda.