Novelas de la Costa Azul

Part 17

Chapter 173,909 wordsPublic domain

Señoras que llevan sobre el pecho un millón de perlas o brillantes ostentan orgullosas en su peinado las diademas de lata o las sombrillitas de cartón que acaba de darles el _maître d’hôtel_. Entre baile y baile, la gente devora. La acidez vegetal del champaña derramado en los manteles se mezcla con la acidez humana de las axilas sudorosas.

En una mesa frente a la mía cena un joven solitario, de aspecto «exótico». Va vestido, indudablemente, por un sastre de Londres; pero, a pesar de su correcto _smoking_, evoca el recuerdo de islas paradisíacas de Asia, bosques de canela, pagodas de rumorosas campanillas, a causa de la indolencia de sus movimientos y el color de su rostro. Puede ser hijo de europeo y de oriental; puede haber nacido en Inglaterra y tener la cara ensombrecida por la causticidad de la atmósfera del trópico. Si se desnuda este joven perezoso y atlético, tal vez muestre una blancura femenina, alterada únicamente por la máscara de cobre que baja hasta la mitad de su cuello. Con la mano derecha atrapa en el aire las bolas de colores que le envían de las mesas inmediatas, y las devuelve sin esfuerzo.

Su mano izquierda permanece inmóvil y caída sobre un plato con residuos del postre. Algo vive y se agita debajo de esta mano... Lo recuerdo ahora claramente; lo veo como si aún lo tuviese ante mis ojos.

Una cabecita de tortuga se mueve entre los dedos y el borde de porcelana. Avanza, husmeando los restos del postre dulce; luego se oculta... Conozco esta cabeza triangular; conozco su lengua de hilo bifurcado; conozco sus ojos salientes, que parecen empañarse de blanco al descender sobre ellos el velo membranoso de sus párpados. Yo he vivido en las selvas de América, roturando por primera vez un suelo virgen durante millones de años. Mi casa era un «rancho» de estacas y barro. Un doméstico indio untaba con ajo las patas de mi catre para que no subiesen por ellas los reptiles que cazan de noche y se introducen en las viviendas buscando la sociedad del hombre. Al romper el día, antes de calzarme unas botas altas de cuero de cerdo, había que ponerlas boca abajo, por si alguno de estos visitantes se había adormecido en su interior. Más de una vez, al encender luz en plena noche, sorprendí por un momento esta misma cabeza en un agujero del techo o del suelo.

El _gentleman_, de repente, parece olvidar la fiesta y se lleva, sonriendo, su mano izquierda a la cara. Un soplo frío, algo como una caricia «del otro mundo», debe pasar por su bigote recortado.

No ha querido dejar a su amiga arriba, en la habitación que ocupa en el hotel. Teme por ella, y la ha traído a la fiesta, enroscada en un brazo. Se asoma suavemente por el puño de la camisa; se apoya en el borde del plato; busca, golosa, las dulzuras fabricadas por los hombres que su dueño le ofrece disimuladamente.

Así, tal vez, corre el mundo este _gentleman_ de rostro color de canela, yendo de gran hotel en gran hotel...

Un mal vecino de cuarto.

_VII_

CÓMO LOS AMERICANOS CINEMATOGRAFÍAN UNA NOVELA

Las once de la noche. El otoño es una segunda primavera en la Costa Azul.

Estamos en Noviembre, pero yo paseo por mi jardín, respirando la leve frescura nocturna, cargada de aromas de flores y frutos. Sólo falta el resplandor azulado de las luciérnagas, moscas de la noche que tejen y destejen sus danzas voladoras en la obscuridad primaveral.

De pronto un estrépito inusitado corta el silencio del adormecido jardín.

Mi casa está en las afueras de Mentón, en una avenida que, arrancando del borde del Mediterráneo, serpentea por la falda de los Alpes Marítimos, orlada de verjas y vallas campestres. Apenas cierra la noche, esta calle, abierta entre dos masas de árboles que ocultan los edificios, queda silenciosa como un sendero de bosque. Parece oírse el latido y la respiración de la Naturaleza en reposo. El más ordinario de los ruidos toma la importancia de un acontecimiento.

Por eso no pude evitar un gesto de extrañeza e inquietud al ver cómo se enrojecía la vegetación bajo una luz de aurora violenta, cortándose al mismo tiempo la calma de la noche con incesantes mugidos. Varios automóviles acababan de detenerse, ensangrentándolo todo con sus faros y haciendo sonar sus sirenas. Poco después la campana de la puerta de mi jardín empezó a repiquetear locamente. ¿Quién podía anunciarse a estas horas y con tal estrépito?...

Pensé en la posibilidad de una invasión de fascistas que hubiese atravesado la inmediata frontera de Italia persiguiendo a enemigos fugitivos. Al acercarme cautelosamente a la verja, una voz juvenil me habló en español, con ligero acento inglés.

--Mister Ibáñez: venimos de Nueva York, enviados por la «Cosmopolitan Production» para filmar su novela _Los enemigos de la mujer_.

Un poco americana esta presentación, a tal hora y sin más preámbulos... La servidumbre de la casa y los jardineros, despertados por el campaneo, abandonaron sus camas. Yo fui dando luz a los faros del jardín, mientras los criados hacían lo mismo en las habitaciones. Entraron los automóviles, y empezaron a descender de ellos caballeros vestidos de _smoking_, damas elegantes y hermosas, escotadas, en traje de _soirée_.

El que había hablado en español siguió dándome explicaciones para justificar esta visita extraordinaria. Era un buen mozo de arrogante presencia, un artista, hijo de españoles, pero nacido en los Estados Unidos: Pedro de Córdoba, cuyo nombre conocen todos los que gustan de ver obras cinematográficas hechas en América. Me creían de viaje en España, y una hora antes se habían enterado de que continúo viviendo en Mentón. Llegaron de París al atardecer, poniéndose inmediatamente sus trajes de ceremonia para cenar y bailar en el Café de París, de Monte-Carlo.

--Al saber que estaba usted en su casa--continúa Córdoba--nos hemos dicho: «Vamos a hacer una visita a mister Ibáñez...». Y aquí nos tiene.

En el comedor se improvisa con toda rapidez un refresco para los invasores. Mientras tanto, las damas escotadas corren por el jardín lo mismo que niñas, persiguiéndose, buscando flores y riendo de sus descubrimientos con una ingenuidad sana y ruidosa.

Los _gentlemen_ siguen hablando conmigo. Tienen un jefe, el reputado director de escena Alan Crosland, joven sonriente, parco en palabras y con un gesto tenaz de hombre acostumbrado al mando.

Deseo saber cuándo empezarán a trabajar estas gentes que llegaron hace unas horas de París, y para reponer sus fuerzas, después de una noche de tren, se han vestido de etiqueta, bailando entre plato y plato de su cena. Me ofrezco a servirles de intermediario para allanar todas las dificultades que retrasen su labor.

--¿Creen ustedes que podrán empezar dentro de tres o cuatro días?

Alan Crosland me mira con sus ojos claros, y responde sencillamente:

--Empezamos mañana, a las seis, en la plaza del Casino de Monte-Carlo.

¡A las seis de la mañana, y van a dar las doce de la noche!... Además hay que tener en cuenta que muchos de los artistas llegados de los Estados Unidos se han quedado en Niza y sólo unos cuantos viven en Monte-Carlo.

Los ayudantes del director, venidos con él de América, y los agregados franceses que le siguen desde París se hallan en este momento reclutando centenares de hombres y mujeres en Niza para que actúen como figurantes. Tienen que buscar igualmente una orquesta, pues las que existen en Monte-Carlo, como funcionan hasta media noche, se niegan a este trabajo matinal. Crosland, que adivina la duda en mi rostro, repite tranquilamente:

--A las seis en punto empezaremos.

Y Pedro de Córdoba, más expansivo, más «latino», añade, sonriendo finamente:

--Cuando hay dinero para gastar, ¿sabe usted?, cuando hay plata abundante, nada es imposible.

Me levantó al día siguiente a las seis de la mañana. No tenía prisa en llegar a Monte-Carlo. La Costa Azul está lejos de los Estados Unidos, y no pueden repetirse en ella los milagros de la prodigiosa actividad americana. Llegaría de seguro antes que hubiese empezado el trabajo.

Al entrar en Monte-Carlo notó una animación especial en sus calles, poco frecuentadas a dicha hora. Los vecinos de la gran metrópoli de la ruleta se levantan tarde. Todos han trasnochado junto a las mesas verdes, y el Casino sólo abre sus puertas a las diez. Pero esta mañana los pocos que iban por las calles se hablaban, señalando a lo lejos, como si ocurriese algo extraordinario. Los había que desandaban su camino para volver a casa y dar a los de su familia una noticia capaz de echarles fuera de la cama.

Cuando llegó mi automóvil a la plaza del Casino no pude contener una admiración ingenua, semejante a la de los barrenderos montecarlinos, que apoyados en sus escobas y palas formaban grupos, mirando ávidamente a un lado y a otro.

El orden de las horas del día estaba totalmente trastornado. El reloj del Casino marcaba las seis y media; un sol adolescente empezaba a remontarse sobre las palmeras de las terrazas que cortan el azul del mar con sus columnatas obscuras... Pero al mismo tiempo eran las cinco de la tarde, la hora del té.

Vi la plaza ocupada por centenares y centenares de personas; tal vez pasaban de mil; y todos, hombres y mujeres, iban vestidos con cierta elegancia, como desocupados que pueden costearse la vida en Monte-Carlo. Estas gentes entraban y salían en el Casino, paseaban en torno al jardincito central de la plaza, llamado «el queso»; se sentaban en las mesas del Café de París. Una orquesta funcionaba en la terraza de dicho establecimiento. ¡Todo lo que se ve en este lugar, pero a media tarde o al caer el sol!...

El orden de los años también parecía invertido, lo mismo que el de las horas. Era la plaza del Casino tal como yo la había visto durante la guerra. Oficiales convalecientes paseaban, formando grupos. Varios inválidos con gorra de cuartel tomaban el sol en los bancos. Toda esta muchedumbre era fingida, o dicho con grosera exactitud, era una muchedumbre «pagada». A espaldas del Gran Hotel de París había docenas de camiones-automóviles de los que pasean a los excursionistas por la Costa Azul. Este convoy de vehículos había traído de Niza la avalancha humana que llenaba la plaza para evolucionar bajo las órdenes de Crosland.

Al aproximarse al Casino me fueron saliendo al encuentro los principales personajes de _Los enemigos de la mujer_. Besé la diestra de una gran señora que bajaba las gradas vestida lujosamente. Era la duquesa Alicia, representada por la hermosa artista californiana Alma Rubens. Un _gentleman_ puesto de frac se echó atrás las alas de su capa negra y blanca para saludarme. Sólo podía ser el príncipe Lubimoff. Y reconocí los ojos felinos y misteriosos, el gesto de Hamlet del gran actor americano Lionel Barrymore, héroe de los teatros de Nueva York. Igualmente fui reconociendo a muchos artistas célebres que había visto en los films americanos y representaban ahora personajes de mi novela.

Una fila de aparatos cinematográficos funcionaba, lo mismo que una batería de ametralladoras, bajo las órdenes del operador Morgan, compañero de Crosland.

La figuración también resultaba extraordinaria. Era compuesta toda ella de artistas que trabajan ordinariamente para la cinematografía francesa. Entre estas damas y caballeros, descendidos ahora a una simple actuación de figurantes, los había que están acostumbrados a ser primeros personajes en los films hechos en Niza.

--¡Estos americanos pagan tan bien!--dijo una de las varias señoras que fingían tomar el té en las mesas exteriores del Café de París.

Un joven protagonista de comedias francesas, que en esta obra era simplemente «uno de tantos», me dio consejos:

--Usted debe escribir muchas novelas que pasen en la Costa Azul, para que los cinematografistas americanos vengan a trabajar aquí. Lo que más me gusta en ellos es que pagan puntualmente. Yo he sido el héroe de dos films hechos en comandita con otros camaradas, y aún no he cobrado un céntimo.

Los inválidos que paseaban o tomaban el sol eran inválidos de verdad: artistas que estuvieron en la guerra, y ahora, con un brazo o una pierna de menos, sólo pueden trabajar en una obra que evoque el recuerdo de la pasada tragedia. Entre los oficiales, los había que llevaban con una soltura marcial el uniforme; pero todos ellos, a pesar de la minucia en los detalles, revelaban al actor que sabe cambiar de traje.

Sólo un comandante parecía despegarse de los demás. Era verdaderamente un jefe francés, enjuto de carnes, de perfil aquilino y bigotes blancos, igual a Foch. Iba elegantemente enguantado y una barra de condecoraciones cruzaba su pecho. Parecía un militar de verdad... Y efectivamente lo era.

Sus camaradas le llamaban siempre «comandante». Antes de la guerra era oficial de la reserva. Se batió en numerosos sectores del frente y obtuvo la Legión de Honor con los galones de comandante. En los films franceses representa diversos personajes, pues es un actor de talento. En _Los enemigos de la mujer_ nadie podía disputarle su papel de compañero de armas de Martínez, el oficial español de la Legión extranjera. Y no tuvo más que ponerse el uniforme propio para destacarse de los otros militares, puramente cinematográficos.

Durante varios días una parte del vecindario montecarlino cambió de existencia. Muchas señoras se acostaron más temprano o acortaron su sueño para levantarse a horas que una semana antes hubiesen juzgado inauditas.

Crosland, con su ejército de artistas y figurantes, fue trasladando a la realidad todas las escenas de _Los enemigos de la mujer_ que se desarrollan al aire libre. Trabajó en la plaza del Casino--en el interior del edificio fue imposible--y en los jardines que descienden hasta el Mediterráneo, formando terrazas. La Dirección del Casino sólo podía tolerar este trabajo, en los lugares dependientes de ella, de las seis a las nueve de la mañana. Luego había que dejar sitio a los encargados de la limpieza, pues a las diez empiezan los juegos.

Tuve que hablar con el gobierno del príncipe soberano para que permitiese el trabajo de los artistas en la antigua ciudad de Mónaco. La vida agitada de Monte-Carlo no llega hasta la tranquila capital monegasca, que está enfrente, al otro lado del puerto. Para que la policía del principado no estorbase nuestra labor en los hermosos jardines de San Martino, en las inmediaciones del Museo Oceanográfico, en la plaza situada frente al castillo-palacio de los príncipes, que parece una decoración del Renacimiento, y donde nunca se toleró a los cinematografistas, fue preciso que el ministro del Interior diese nada menos que un decreto.

No hay que sonreír. En los Estados pequeños resulta necesario hacer las cosas con más ceremonia y gravedad que en los grandes. Lo mismo ocurre en nuestra existencia. Un pobre debe observar en sus actos más dignidad y mesura que un rico, si quiere verse respetado. Únicamente los poderosos pueden vivir sin escrúpulos ni miramientos. Si un gobierno pequeño, como el de Mónaco, no procediese con minucias y solemnidades, la gente que llega de fuera, dispuesta a bromas y falta de respeto, acabaría por atropellarlo todo.

En estos días no escribí ni hice otra cosa que seguir a Crosland, sirviéndole de intermediario, poniendo a su disposición todos los conocimientos y experiencias que han podido proporcionarme varios años de vida en la Costa Azul. El director y sus artistas me asombraron al marcharse tanto como al llegar.

--Terminaremos el próximo domingo--dijo Crosland.

Volví a sentir dudas, lo mismo que la noche de su inesperada presentación. Necesitaban, efectivamente, marcharse el domingo inmediato. Debían meterse en el tren al anochecer e ir en línea recta de Monte-Carlo al Havre para tomar al día siguiente el trasatlántico que les llevaría a Nueva York. Pero ¡quedaba tanto por hacer!...

Estos americanos, hombres y mujeres, después de trabajar desde la salida a la puesta del sol, jugaban por la noche en el Casino o cenaban en todos los restoranes de moda donde se baila, entregándose a la danza hasta pasada media noche. Las cosas no podrían marchar como las había planeado el director sobre el papel. Alguien caería enfermo. Iban a surgir obstáculos inesperados.

Empezó a llover, y siguieron trabajando. Algunos actores, efectivamente, se sintieron enfermos, pero esto no les impidió continuar su vida nocturna. Querían verlo todo, aprovechar bien su viaje a la Costa Azul... Y ninguno dejaba de presentarse puntualmente a la hora del trabajo: las seis de la mañana. ¡Qué disciplina y qué salud! ¿Cuándo dormían estas gentes?...

El domingo, al ocultarse el sol, aún trabajaban. Pero a la hora marcada por Crosland todo quedó terminado. Algunos de los actores no tuvieron tiempo para desnudarse, y subieron al tren vestidos como en _Los enemigos de la mujer_. ¡Y en marcha para Nueva York de un solo tirón!...

Luego he recibido centenares de fotografías representando los «interiores» de la obra, las escenas interpretadas en los Estados Unidos, con decoraciones portentosas, que hacen de este film algo extraordinario. Hasta han reconstruido allá, con arreglo a los apuntes que se llevaron, varios de los salones de juego más elegantes del Casino.

En la Costa Azul hay muchas damas que aún se acuerdan, con asombro y delicia, del tiempo en que se levantaban a las seis de la mañana, pudiendo contemplar la salida del sol.

Algunas veces, al encontrarme en el Casino me hablan de este período extraordinario de su existencia.

--¿Para qué levantarnos ahora temprano? ¿Qué puede una persona decente hacer a tales horas? ¡Solamente si viniesen otra vez los americanos para hacer un film!... En tal caso, avísenos.

BIOGRAFÍA

Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia en enero de 1867. Fue abogado y periodista, y dedicó buena parte de su vida a la política, en el seno del partido republicano al que se afilió desde muy joven. Su vida política fue turbulenta. La misma violencia con que, en sus obras, denuncia las injusticias, el mismo lenguaje brillante y colorista con que describe los paisajes de su tierra, surgen en sus panfletos políticos, lo que hizo que fuera arrestado varias veces, y otras tantas tuviera que exiliarse.

En 1884 fue secretario del escritor Fernández y González en Madrid, pero pronto se desligó de esta dependencia para dedicarse a la política, que en la idea de Blasco significaba hacer triunfar la revolución. Sus ideas y los violentos escritos que le inspiraron contra la corrupción de los políticos locales y nacionales le obligaron a exiliarse en París en 1889, y no regresó a España hasta 1891.

Ya en Valencia, se entregó por completo a la política, fundó el diario _El Pueblo_, órgano del partido republicano, y fue procesado en diversas ocasiones por campañas periodísticas. Fue diputado por su provincia en siete legislaturas, y en 1909 renunció a su acta de diputado para entregarse de lleno a una empresa que algunos han calificado de descabellada y aun de criminal, pero que él emprendió convencido de que saldría con éxito de ella: marchó a Sudamérica con seiscientos campesinos para fundar en la Patagonia una colonia, a la que llamó Cervantes, en la que se pondría en práctica algún proyecto de sociedad socialista de los muchos que en aquella época se formularon. El caso es que el ensayo salió bien, aunque cosechó poca comprensión por parte de sus correligionarios.

De vuelta en Europa, fijó su residencia en París en 1914, y puso su pluma al servicio de los aliados en los que vio los defensores de la democracia en aquella primera gran guerra. En recompensa el gobierno francés le concedió la Legión de Honor, y al término de la guerra marchó a Estados Unidos donde fue recibido triunfalmente, y fue nombrado doctor _honoris causa_ por la Universidad Jorge Washington.

Regresó a España, pero pronto se vio forzado a salir de ella, esta vez para no volver, al advenir la dictadura de Primo de Rivera, en 1923. El resto de sus días, hasta el 28 de enero de 1928 en que murió, los pasó en la costa mediterránea francesa, rodeado del respeto y la admiración de cuantos en el mundo conocieron su obra.

No cesó, durante el exilio, de atacar duramente a los sucesivos poderes que hubo en España y que no hicieron más que perseguir con métodos siempre renovados todo aquello en lo que Blasco creía.

Pasó así a engrosar la lista trágica de los españoles grandes y humildes muertos en el destierro.

Ésta es la biografía escueta de un hombre al que se ha presentado como escritor de novelas violentas y sensuales, sin que para nada se hiciera mención, por lo general, de su actividad como político. Como si su obra, especialmente su obra primera, la que se suele apellidar «de ambiente regional», hubiera nacido de la simple contemplación de la luz de su tierra, o del capricho de su fantasía mediterránea.

Sus ideas políticas, además de los encarcelamientos, procesos y destierros, le abocaron a varios desafíos de los que en ocasiones resultó gravemente herido. Y en medio de esta vida entregada a la acción, Blasco aún encontró tiempo y energías para escribir una de las obras más ambiciosas de la literatura española y para convertirse en el único escritor español que ha podido vivir en el extranjero, holgadamente, del producto de sus libros, y entre el respeto y la admiración del mundo.

Este aspecto de su vida se destaca aquí no por frivolidad, sino porque después de haber tenido que pasar aquí, como tantos otros, por la cárcel o el desprecio oficial, a causa de sus ideas; después de haber tenido que vivir en el exilio--como tantos otros también--por expresarlas y defenderlas; y después de que durante muchos años se ha pretendido hacer de él un novelista de segunda, a causa también de sus ideas, ocultándolo tras la etiqueta de «escritor costumbrista», para no reconocerle el alcance real de sus ideas sociales, es hora ya de que el lector medio abandone la idea que de Blasco se le ha querido imponer: la de un escritor de tintas fuertes, de colores violentos y descripciones subidas de tono, todo ello bajo el nombre académico de «naturalismo», y aprenda a ver al verdadero Blasco Ibáñez.

No es posible dar una lista de todas las obras de Blasco Ibáñez, pero citaremos aquellas que, además de hacerlo famoso, lo han definido como uno de los grandes novelistas contemporáneos. En primer lugar, y por orden de aparición, sus obras de carácter social, como _Arroz y Tartana_ (1894), _Flor de mayo_ (1895), _La Barraca_ (1898), _Entre naranjos_ (1901), _Cañas y barro_ (1902), _La catedral_ (1903), _La horda_ (1905), _La bodega_ (1905), _Sangre y Arena_ (1908), que son precisamente sus obras mayores, junto a las novelas de la guerra _Los cuatro jinetes del Apocalipsis_ (1916) y _Mare Nostrum_ (1918), y las históricas _Sónnica la Cortesana_ (1901), _El Papa del mar_ (1925) y _A los pies de Venus_ (1926), así como _La vuelta al mundo de un novelista_ (1925).

En cualquier enciclopedia puede hallar el lector la lista completa de sus otras obras. Lo que aquí se trata de destacar es precisamente la seriedad y profundidad trágica, además de su compromiso social y político, en un autor al que se le ha achacado sensualidad, costumbrismo, luz y color, alegría mediterránea, y otros tópicos. Es verdad que nuestro autor amó la vida y que gozó de ella cuanto pudo; es verdad que en sus novelas la luz y el encanto de su tierra son protagonistas silenciosos y constantes; es verdad también que Blasco utiliza el color violento y los contrastes para atenazar al lector con una acción tensa y un lenguaje vivo y brillante. Pero pretender que eso y sólo eso es todo lo que Blasco ha aportado a la literatura y al conocimiento de las gentes de su tierra, no es sólo ceguera, sino injusticia, y hasta injusticia premeditada.