Novelas de la Costa Azul

Part 8

Chapter 83,950 wordsPublic domain

Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras pasionales, que se iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!...

Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez, necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el alma contando a alguien su pasado.

Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado. En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos de sus llamados triunfos.

--Y así son--se decía--todos los pájaros de mentiroso plumaje que se sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.

Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había pedido como recuerdo una de sus pipas.

Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente al grande hombre.

Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió Montalbo el motivo de su tedio.

--La juventud es una voluntad--volvió a repetirse--. Yo deseo ser joven, y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago olvidando mis propios años.

Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a una acción inmediata:

--Vamos en busca de la juventud.

V

Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se enteran con extrañeza de que se aman...

Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas. Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida, aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras, como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella otras noches, y al fin, acaba por amarla.

Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.

Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él. ¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un relieve y unos colores completamente nuevos.

Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos de su persona.

Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar, pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le ocurrió escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos. Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña Soudré, si esto alegraba su existencia?...

Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la juventud de los principiantes.

--Pero la pequeña Soudré--se dijo Montalbo--tiene talento, y si quisiera escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no deja de poseer ciertas condiciones literarias.

Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban dentro de él.

Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas.

La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina, antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz, le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el «querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas aristocráticas.

Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus empresas de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un negocio seguro.

Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que el maestro no quedase solo.

Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo. Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes jóvenes.

Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.

Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin: la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y último capítulo de la existencia de todo hombre célebre.

Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si fuesen suyos.

En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios artistas de la Comedia Francesa--de los que nunca trabajan en dicho teatro y vagan por la tierra entera--habían organizado una función al aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza. Iban a representar _Los conquistadores_, la gran tragedia de Montalbo, escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los portadores de la cruz con las tradiciones indígenas.

Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana.

Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor, con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a llegar, aceptó la invitación.

--Iremos los tres--dijo a Faustina y a su padre--. Luigi vendrá de Marsella a juntarse con nosotros.

La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en París.

Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol, aunque el invierno estuviese próximo.

Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en público.

--Es su hija--dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.

Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.

Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel, embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su esposa.

Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le ofrecía su boca.

Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar su agradecimiento?...

A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante.

--Si te sientas ahí--dijo a Faustina--, te paseo ante todos estos burgueses.

La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer que después fue su segunda esposa.

Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia de las personas más principales de la ciudad!...

Crovetto protestó con dolor y sorpresa:

--¡Eso no es serio, maestro!...

Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena extraordinaria con un silencio de escándalo.

Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los artistas... ¡todos locos!

VI

Una noticia empezó a circular por París: «¡Montalbo se casa!...». Y las damas que guardaban recuerdos de su intimidad con el escritor pedían detalles a sus tertulianos sobre el pasado de aquella señorita Soudré.

Algunos la creían una jovenzuela sin otro atractivo que el de su frescura juvenil, que había tentado al viejo autor. Otras, presintiendo su malicia, admiraban la habilidad con que había sabido envolver a un hombre que se tenía por psicólogo infalible. En las reuniones de escritores jóvenes se hacían comentarios insolentes sobre la edad del maestro y de su novia, envidiando el porvenir de Crovetto.

El único que encontraba esta unión natural y lógica era Montalbo. Ya no llamaba a la gloria «el sol de los muertos». Reconocía en ella la fuerza de esos astros que comunican su energía incandescente a los cuerpos obscuros, atrayéndolos con una energía irresistible y obligándoles a girar en torno a ellos. El maestro, como observador célebre, era incapaz de engañarse en la apreciación de su propia personalidad. Sabía de sobra que no era joven, y una mujer de pocos años sólo podía aproximarse a él empujada por la gloria. Pero él se llamaba Montalbo, y tenía derecho a exigir, junto a la puerta de la vejez, los consuelos del amor, a los que renuncian en igual período de la vida los hombres del vulgo.

Soudré mostraba prisa por ultimar los preparativos oficiales del matrimonio. Tal vez tenía miedo a que el maestro, reflexionando de pronto como un simple burgués, se arrepintiese de la aventura. Cuando se ocupaba en fijar la fecha de la ceremonia y había deslizado en los periódicos varios «ecos» indiscretos revelando el próximo acontecimiento, para cortar de este modo toda retirada a Montalbo, empezaron a surgir molestias.

La hija del grande hombre, que aguardaba pacientemente su vejez y su renuncia a las aventuras pasionales para ir a instalarse en su casa, sugiriéndole el amor a los nietos, se indignó al enterarse del próximo matrimonio. Y como la exuberancia de su carácter le hacía ser en determinadas ocasiones tan violenta como su padre, envió a éste una carta para decirle que siempre le había considerado igual a un niño y no extrañaba que se dejase engañar una vez más por la primera mujer que le salía al paso.

Avisado el hijo por un telegrama de su hermana, escribió también desde Asia una carta lacónica, fría y triste, que era como un reflejo de su carácter. Consideraba ilógica y disparatada la conducta de su padre, pero a continuación le reconocía un absoluto derecho a hacer reír con su casamiento al público de la tierra entera.

La vuelta de Crovetto a París consoló al maestro de tales ingratitudes. ¡Tratarle así sus hijos, cuando jamás había regateado con ellos, dándoles cuanto dinero necesitaban!... Afortunadamente, estaba ahora rodeado de su verdadera familia, constituida por las afinidades de la voluntad y no por el azar del nacimiento. La amorosa Faustina, su inteligente padre y aquel secretario entusiasta y fiel eran realmente los suyos.

Pero también esta segunda familia le proporcionó inquietudes. Luigi no parecía ya el mismo discípulo después de su ausencia. Guardaba igual respeto admirativo al maestro, pero su adhesión era demasiado silenciosa.

Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto fingía inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor veía muchas veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo el secretario se apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a Faustina paseando sola por una de sus avenidas.

Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería establecer por anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro de un grande hombre y su secretario. Además, encontraba indudablemente poco correcta esta afición a buscar a su hija apenas se alejaba de su futuro esposo.

Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato Bosque de Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un sol velado por la neblina, que podía contemplarse de frente. Otras tardes la bruma era más densa y el cielo tenía una lividez melancólica.

A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín, aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para abandonar su trabajo, yendo en busca de ella.

La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que únicamente era ágil para observar lo que interesaba a los otros.

Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas de años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en una avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con arreglo a una moda ya olvidada: él y Matilde.

Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría diciendo a esta nueva Matilde?...

Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus pies con chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar hasta la espalda del banco ocupado por los dos jóvenes.

Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera, convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón solitario.

--Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo admiro, al mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero no puedo dejar de creer en su grandeza. No me extraña tu deslumbramiento. Ese hombre tiene la gloria.

¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración no habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones.

--¡La gloria!...

Y continuó la risa femenil por unos instantes:

--¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un hombre que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo a ti. Pero tú eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes entenderme.

¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro melancólico de Matilde.

Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora suavidad. Al mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si fuese a besarlo. Su voz era un dulce murmullo.

--¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después...

¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud.

Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se dilató y su razón volvió a él según se iba alejando del banco.

De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de los árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo.

El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos críticos de la existencia de su inventor las brumas del limbo en que sobrevivían, como si fuesen a darle un consejo.

Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos. Sólo podía ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el patriarca risueño que tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se dedicaba a proteger y casar a los jóvenes.

Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza de su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias. Le infundía miedo acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo tiempo no podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo.

Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...!

Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París.

Necesitado de calor, miró hacia el sol.

Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!...

Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la envidia, sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos».

El comediante Fonseca

I

Conocí a Mariano Fonseca en un café de la Avenida de Mayo, donde se reunían muchos actores y músicos españoles, venidos a los teatros de Buenos Aires. Su pelo, teñido intensamente, le proporcionaba a veces la afrenta de llevar en el rostro negros churretes que se esparcían por los surcos de sus arrugas. Pero este tinte escandaloso le infundía al mismo tiempo la certeza de que aún le quedaban largos años de vida para ser en comedias y dramas el protagonista de mediana edad y caballerescas acciones.