Part 7
Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos de su biblioteca--cada uno de los cuales le había costado muchos miles de francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su época de pobre--, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores.
Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con la velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de aquellas novelas sentimentales que habían interesado al público femenino de ambos mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el vigor de las cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias de los invitados a la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad elegante, el drama oculto bajo sonrisas amables y palabras corteses, la psicología complicada y sutil de la duquesa protagonista de la fábula.
Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café, 0,70; pan, 1,25; carne, 2».
Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades, también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr que el resultado de la adición se nivelase con la escasez del dinero disponible.
En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la casa. El artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por haberse negado a ser la esposa del célebre maestro.
La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las necesidades de una familia creciente. La primera educación de estos pequeños fue casi igual a la de los hijos de los obreros acomodados que eran vecinos suyos. Matilde, prematuramente envejecida por las faenas domésticas y la escasez de dinero, trataba con fraternal deferencia a estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas. Todas veían en ella a una mujer de clase superior venida a menos, y en su marido a un hombre que alguna vez podría ser de los que escriben en los periódicos y acaban gobernando el país.
Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera. Suprimía en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a ella, afirmando que eran nocivos para su salud, y de este modo lograba aumentar la compra de leche para sus pequeños. También descubría de pronto que la carne le hacía daño. Y mientras cuidaba escrupulosamente del biftec y la botella de Burdeos para el marido, afirmando que un escritor que trabaja debe alimentarse bien para continuar su tarea, ella fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de las compras baratas o a los restos de la comida de su esposo.
Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con editores que le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la indiferencia de un público refractario a retener su nombre en la memoria, surgieron de pronto el éxito y la celebridad. Fue como una detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo.
Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su existencia, empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su encuentro como un arroyo metálico. Después de grandes rebuscas en su memoria, acababa por decirse que su celebridad había empezado el día que el cartero le trajo montones de cartas y periódicos con sellos de varios países, y su riqueza cuando los editores, en vez de hacerle esperar en su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole «querido maestro» e invitándolo a almorzar.
Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los triunfos, como en esos ensueños donde desaparecen las tiranías de la ley de la gravedad y se vuela con una ligereza que salva todos los obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus libros en bloque y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por palabra. Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones novelescas, para desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las galas de nuevos idiomas, haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los públicos más diversos y lejanos contemplaban a Montalbo con la misma ansiedad silenciosa que los árabes al cuentista de café, capaz de relatar durante meses y meses historias maravillosas, eternamente interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando el mágico prestigio de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe romana y que eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo con sus novelas verbales en las noches de insomnio.
Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el fondo era puro fingimiento:
--Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.
Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo que iba formando una biblioteca enorme.
Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.
No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal vez la pobre había muerto pensando que su grande hombre quedaría de este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.
En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo, una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de monótono brillo.
El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo conocer Matilde.
En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo «Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su persona.
Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas.
Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones de ciertos periódicos.
Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan con retraso al amor cambiando el orden de las épocas de su vida. Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y metódica, que habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera hambre de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la imaginación.
Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un nuevo aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto escándalo, halagador de su vanidad.
Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo, después de comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su yerno carecía de talento y había asesinado a su mujer para dedicarse libremente a una vida de crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente, pero como se puede amar a un hermano mayor por los años y menor por la ligereza de su conducta. El hombre célebre se mostraba con los dos de una generosidad ilimitada, admitiendo sin parpadeos de sorpresa todas sus peticiones.
--El dinero es un instrumento de libertad--decía--, y si lo amo tanto, es porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a manos llenas es verdaderamente libre.
Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y buen mozo, y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia, donde el nombre de Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de gloria literaria.
Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias inventadas; su carácter positivo sólo sentía la atracción de las ciencias exactas. Como deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en una colonia francesa de Asia, y allá permanecía célibe y aislado, sin otro deseo que obtener por medio de las explotaciones agrícolas una fortuna más grande que la de su ilustre padre.
Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra inmediata y no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que nace bajo su sombra muere, ya que no puede huir trasladándose a un terreno más libre.
Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario, afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal dominación, inconsciente, alegre y generosa.
«¿Qué más puedo desear?--pensaba Montalbo en sus horas de melancolía--. Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor cantidad, pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse...».
Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los demás hombres.
No; no era feliz.
IV
Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis Crovetto.
Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se había presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar a París, deseoso de verle y escucharle.
El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por convertirse en secretario suyo.
El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor tormento del gran escritor.
Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo, imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese bastante, la moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el autor célebre ponga en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si es posible.
Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba todas las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del maestro, y además había inventado media docena de «pensamientos» que le hacían sonreír. No se hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en sus obras de principiante, por temor a que sus camaradas le acusasen de idiotez. Pero firmados por Montalbo hacían estremecer de entusiasmo a muchas lectoras, que los encontraban «geniales y profundos».
El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas; convocatorias de academias o de sociedades filantrópicas para atender a la vejez y las enfermedades de los escritores desgraciados; varias docenas de peticiones de firmas en tarjetas postales y en retratos, procedentes de los más apartados rincones de la tierra; numerosos álbumes de señoritas argentinas o chilenas, dispuestas a no marcharse de París si el amable señor Montalbo se negaba a escribirles «una cosita», añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían hecho el viaje a Europa solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de lectoras entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre, a la que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para siempre del cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en diversos idiomas: unos con elogios frescos y sinceros, otros con unas alabanzas agridulces, que parecían dar a las letras impresas el reflejo verdoso de la bilis.
Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía a «otro negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba a cargo de su amigo Soudré.
Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona. Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.
Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle. Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al demonio de la literatura, que le venía tentando desde su juventud.
Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía, disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e inquietantes del padre.
Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa. Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz de infundir el espanto con sólo un gesto.
El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las demás.
Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy, los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese libremente.
Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde en tarde como una retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban «parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con Montalbo.
Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y millones.
Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para plantar remolacha.
--Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.
Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud, paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.
En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa» de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía sus visitas casi diarias.
Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.
De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del maestro.
Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma en mano. Pero ahora trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.
Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar la amorosa diversión monótona y sin encanto.
Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían de regla a su existencia.
--La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.
A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le contestó con sonriente cinismo:
--Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca rubia y raptaré a una bailarina de quince.
Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo, engañándose misericordiosamente.
--Todos llevamos--añadía--una orquesta dentro de nosotros. Lo importante es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra inmediatamente en el atril.
Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido.