Ni rey ni roque (3-4 de 4)

Part 9

Chapter 94,126 wordsPublic domain

—Doctor Serrano, Su Majestad ha empeñado la real palabra de conceder esa garantía, y no le haréis la injusticia de creer que sea capaz de faltar a ella. Pero si un accidente, cuya sola idea me llena de amargura, hubiera impedido al rey entregarla hoy, y le impidiera entregarla en algunos días, ¿sería justo por eso que sus auxiliares le abandonasen?

—Los cristianos reformados de España cumplirán religiosamente el pacto hecho con Su Majestad el rey don Sebastián, pero no darán un solo paso en su favor sin tener en su poder el documento que han pedido. ¿Quién nos asegura de que don Sebastián, cediendo tal vez a las insinuaciones de algunos de sus consejeros, no trata de eludir su promesa?

—¡Quién!... La palabra de un rey es más sagrada que cuantas escrituras pueden hacerse.

—Los reyes —interrumpió un mercader— faltan a sus palabras siempre que les conviene.

—Verdad demostrada —añadió el matemático— como la proposición del cuadrado de la hipotenusa.

—¿Qué quiere decir esto, señores? ¿Es bastante que Su Majestad no haya acudido esta noche al paraje convenido, para que el consistorio dude de su buena fe hasta el punto de revocar sus propias resoluciones, en virtud de las cuales está obligado a prestarle su auxilio?

—Al contrario —contestó el presidente—: el consistorio no hace más que persistir en su primer acuerdo. El dinero y los soldados están a disposición de Su Majestad tan luego como se digne entregar la garantía.

—Soy de la opinión —dijo otro miembro de la asamblea— de que se fije a don Sebastián un plazo improrrogable para verificarlo. Estas interminables dilaciones pueden conducirnos a la hoguera; si el rey de Portugal no nos ha menester, nosotros buscaremos otro protector, más en estado de protegernos tal vez; pero si ha de hacer uso de nuestros brazos y dinero, acabe de decidirse.

—Que se fije el plazo, que se fije —dijeron a coro todos los individuos del consistorio; y el presidente preguntó que cuál sería el que señalase.

—Mañana —contestó el que había hecho la proposición.

—La manera con que el consistorio se conduce con el rey es, señores, inconcebible —dijo don Juan, a quien la ira iba dominando—. Sin embargo, yo tomo sobre mí aceptar esta nueva condición, harto degradante para Su Majestad; pero fijar el plazo a mañana, cuando aún ignoramos el motivo de la falta del rey esta noche, me parece el colmo de la inconsideración.

—Señor duque —le contestó el doctor Serrano—, el consistorio está pronto a dar a vuecelencia pruebas de los deseos que tiene de servir a Su Majestad, y la primera será prolongar hasta el cuarto día, contado desde hoy, el plazo propuesto. Pasado este, cesa toda obligación entre don Sebastián y nosotros.

No replicó ya más Vargas, por conocer que de hacerlo hubiera sido de un modo poco conveniente para conciliar los ánimos, y saludando en silencio al consistorio, salió de aquel paraje y se retiró muy de mal humor a su casa.

Por la mañana fue al convento y preguntó por doña María de Castro; le dijeron que aún estaba en cama, que volviese más tarde. Hízolo así, en efecto, y la primera pregunta que Inés le hizo fue preguntarle por qué razón Gabriel de Espinosa no había ido a buscarla, según había anunciado, para llevarla a Madrigal.

—Toda la noche —concluyó— la he pasado en vela haciendo los preparativos del viaje, y ya mucho después de amanecer, viendo que nadie parecía, me he arrojado sobre la cama.

—No sé, Inés, qué deciros —contestó Vargas—. Desde que nos separamos ayer no he visto a vuestro cuñado.

—¿Pues no debíais verlo por la noche? Yo he soñado, o vos me lo dijisteis.

—Lo dije, en efecto, y así era la verdad. Me citó en el Campo Grande a las ocho: yo le esperé hasta las doce, pero en vano.

—¡Dios de bondad! Mi funesto presentimiento se ha realizado.

—Inés mía, no hay aún motivo de afligiros. Una leve indisposición, haberse tal vez dormido, o un asunto de mayor importancia que se atravesase es bastante para haberle impedido asistir a la cita.

—¡Ah, don Juan, qué ingenioso sois para lisonjear mis deseos!

—Tranquilizaos, señora; vuestro dolor, sin remediar nada, solo conseguirá hacerme incapaz de pensar en otra cosa que en consolaros. ¿Sabéis por ventura dónde vive Gabriel?

—No, Vargas.

—Ni yo tampoco, y esto es lo peor del caso. Si desgraciadamente vuestro cuñado está enfermo y su enfermedad se prolonga más de cuatro días, pueden seguirse gravísimos perjuicios. Por otra parte, esta incertidumbre en que estamos es verdaderamente intolerable.

De aquí ambos amantes se metieron en una conversación sobre el asunto que, aunque muy larga, se redujo en extracto a repetir de mil distintas maneras los mismos temores que llevamos referidos.

La situación de Vargas era penosa hasta no más. No sabía qué hacer, ni adónde acudir para informarse de Gabriel de Espinosa. El doctor Serrano le acosaba; y a los temores que no dejaba de tener por su propia seguridad, se añadían los que sentía por su partido.

Un solo día faltaba para cumplirse el plazo señalado por el consistorio de los protestantes para la presentación de la garantía. Don Juan se disponía a salir de su casa para ir al convento de Inés, y no sin harto disgusto de no haber adquirido noticia alguna con que tranquilizar a su amada, cuando le anunciaron la visita de don Rodrigo de Santillana.

—¡Pese al alma del alcalde —exclamó Vargas—, y a qué buena hora viene el señor mío! Decidle que no estoy en casa.

—El mayordomo le había dicho ya que su señoría no había salido —contestó el lacayo.

—¡Maldito hablador! Si no hay otro remedio, que entre.

Así se hizo, y don Rodrigo, todavía muy desmejorado con su enfermedad, echó los brazos al cuello del hermano del marqués, quien estuvo por ahogarle en ellos, tal era su enojo en aquel momento.

Sentados ambos, el alcalde dijo «que hacía cuatro días que había regresado del Escorial a Valladolid; pero que, tanto por su enfermedad cuanto por negocios que le habían ocurrido, había retardado una visita para él tan agradable como obligatoria».

Don Juan contestó a este cumplimiento con otro equivalente, y preguntó por su hermano. Estuvo don Rodrigo por decirle que iba él mismo a hacerle igual pregunta; pero reflexionando instantáneamente que tal vez el marqués tendría sus razones para ocultar a su hermano su repentina salida de la corte, y no siendo hombre que con nadie quería indisponerse, se contentó con responder «que la última vez que había tenido la honra de ver al señor marqués gozaba este de perfecta salud»; en lo cual ni mentía, ni se exponía a decir más de lo que debiera.

Su visita fue breve, y don Juan le vio con indecible placer ponerse en pie para retirarse; pero el alcalde, que no sospechaba la mala obra que hacía, no quiso dejar de disculparse de no permanecer más tiempo acompañando a su apreciadísimo amigo.

—Me es fuerza —dijo—, señor don Juan, separarme de vos más pronto de lo que yo quisiera. Verdaderamente somos dignos de compasión los jueces a quienes el rey nuestro señor y amo tiene encomendada su justicia. Ahora, por ejemplo, tengo que dejaros a vos, a quien estimo más allá de toda comparación (don Juan hizo una cortesía), ¿y para qué? Para ir a conversar con un solemne ladrón, cuya garganta está pidiendo un dogal a toda prisa. Y ahora que me acuerdo, tal vez le habréis visto alguna vez, si es cierto lo que dicen de que ejerce el oficio de pastelero en Madrigal.

Por fortuna para Vargas, esta conversación tuvo lugar mientras el alcalde se retiraba ya; don Juan, por cortesía, quiso acompañarlo hasta su coche, y caminaba en pos de él: gracias a esta circunstancia no advirtió Santillana la extraordinaria turbación del hermano del marqués, a quien oyendo tan infausta nueva le pareció que el cielo entero se desplomaba sobre su cabeza.

—A propósito de Madrigal —continuó don Rodrigo—: supongo que habréis seguido mi consejo no volviendo más a ver al vicario de Santa María. El tal fraile no está en muy buen predicamento con Su Majestad, y como amigo me hubiera pesado que os confundiesen con él. No paséis más adelante, señor don Juan. ¿Qué es eso? ¿Os sentís indispuesto?

—No sé qué me ha dado; un vahído tal vez.

—Retiraos, pues, y cuidad de una salud tan preciosa para cuantos tienen la dicha de conoceros. Yo volveré mañana a informarme de vuestro estado; y si queréis, ahora de paso llamaré al médico.

—No hay necesidad, don Rodrigo; yo os doy las gracias por vuestra fineza.

—Esta es deuda, don Juan. Vuestro servidor; quedad con Dios.

—Él os acompañe.

«Dos mil demonios carguen contigo —exclamó Vargas ya en su gabinete—, que me has clavado el puñal en el corazón hasta el cabo».

No será necesario encarecer cuál sería la pena de don Juan. Preso el rey de Portugal, aunque según el alcalde se le acusaba de robo, delito de que le sería fácil justificarse, podía sin embargo ser descubierto, y entonces su muerte era segura. Si por desgracia le sorprendían con algunos papeles relativos a la conjuración, la pérdida de centenares de individuos y la del mismo don Juan era infalible.

Huir de España inmediatamente hubiera sido lo que a cualquier otro hombre le ocurriera, pero no al amante de Inés. La adversidad hacía en él el mismo efecto que el fuego en la arcilla: al paso que la llama destruye a los demás cuerpos, los arcillosos en ella se contraen, se hacen más compactos y resistentes.

«No abandonaré yo al desgraciado don Sebastián —dijo para sí—. Sea cualquiera su suerte, la misma será la mía».

Tomada esta resolución, don Juan hubiera sido hombre de ejecutarla temerariamente si una reflexión aterradora no le hubiese detenido: Inés. ¿Qué sería de Inés, muerto su cuñado y su amante? Sola, sin amparo y en país extraño, proscrita tal vez hasta en el suyo, la más espantosa miseria era el menor de los males que tenía que temer.

Pensó don Juan volverse loco, y realmente no le faltaban motivos para ello.

Lo que en el momento le atormentaba más era tener que ser él mismo quien anunciase tan tristes nuevas a su amada. Sin embargo, por más grande que fuese su repugnancia, hubo de decidirse a ello; y tomó en efecto el camino del convento, no con aquel afán amoroso que otras veces, sino con el trastorno general, con el desaliento profundo con que un delincuente marcha al suplicio.

No necesitó Inés más que ver el desencajado rostro y el aire de consternación de su amante para presagiar algún funesto acontecimiento. Vargas no hablaba, y su futura esposa no se atrevía a preguntarle, temiendo su respuesta; pero comenzó a llorar tan amargamente que, viendo don Juan que la verdad no podría causarle mayor disgusto que el que con la incertidumbre tenía, puso en su conocimiento lo acaecido con cuanta brevedad y dulzura alcanzó a hacerlo.

Para formarse una idea de la aflicción de Inés, es preciso recordar que don Sebastián, además de ser un hombre cruelmente perseguido por la fortuna, era el esposo de su hermana querida, el padre de Clarita, a quien había tenido en sus brazos desde que nació, y el rey, en fin, por quien su padre había sacrificado la vida.

Hay ocasiones en que el querer consolarnos es el más cruel de los tormentos imaginables. Don Juan conoció que se hallaba precisamente en uno de ellos: dejó desahogar libremente su dolor a Inés, lloró con ella, y con esto proporcionó algún alivio a su dolor.

Pasados los primeros arrebatos de este, y cuando ya la bella morena fue capaz de reflexión, no se le ocultaron las funestas consecuencias que aquellos sucesos podrían tener para su amante, y le aconsejó que huyera sin demora.

—Inés —dijo Vargas—, he jurado, no una sino mil veces, vivir y morir con vos: para mí no ha habido dificultades ni peligros, todo lo he despreciado para llegar a ser vuestro esposo. Ahora que he obtenido vuestro consentimiento y el del rey, ¿queréis que huya?... No, Inés, no: muera yo antes mil veces que separarme de vos.

¿A qué cansarnos? Aquella triste conferencia se pasó entre lágrimas, protestas de amor y proyectos para saber la manera con que Gabriel habría sido preso.

Don Juan salió del locutorio para ir a buscar al doctor Serrano, y su amada se encargó de escribir a fray Miguel.

[Ilustración]

CAPÍTULO V

Ese es golpe de fortuna, Farfán, que vos no entendéis.

(_Sancho Ortiz de las Roelas_).

Gabriel de Espinosa, o don Sebastián, como mejor se quiera, en medio de mil cualidades eminentes tuvo siempre una propensión a la especie de mujeres que, en oprobio de su sexo, abundan y han abundado siempre demasiado en todos países, que, en fin, le fue funesta.

A excepción de la temporada de sus amores y matrimonio con Clara, por donde quiera que viajó contrajo relaciones con mozuelas despreciables. Verdad es que las trataba como merecían. Jamás les confió ni su nombre, ni aun el que llevaba entonces. Veíalas por momentos, pagaba generosamente, y las miraba con el desprecio a que eran acreedoras.

Ya hemos dicho que en Valladolid encontró a Violante, a quien en su primer viaje a Italia, antes de unirse a la hermana de Inés, conoció con el nombre de Camila.

Visitola de cuando en cuando, y no hubo visita en que no diese muestra de su acostumbrada liberalidad, prenda que contribuyó no poco a consolar a la cortesana del contratiempo de haberse encontrado con un hombre que la conocía.

Sin embargo, siempre conservaba Violante el deseo de deshacerse de aquel hombre a cualquier precio que fuese, y la casualidad le ofreció uno digno de ella por lo inicuo.

El mismo día para cuya noche citó el pastelero a don Juan en el Campo Grande, quiso su mala ventura que se le cayese del bolsillo, en casa de aquella mujer despreciable, un retrato de Felipe II que la señora doña Ana de Austria le había regalado.

No lo advirtió Gabriel, pero sí Violante, y su primera idea fue la de apropiarse sin escrúpulo de aquella alhaja, cuyo valor se echaba desde luego de ver que era considerable.

Pero el diablo moderó entonces su avaricia para inspirarle otro proyecto verdaderamente infernal.

«Esta alhaja —dijo para sí— vale mucho para ser de este hombre. Él, por otra parte, vive con un misterio que nada bueno anuncia. No me ha querido decir su nombre, ni dónde vive; y si yo sé esto último, es porque le he hecho seguir por mi criado. Voy, pues, a delatarlo como sospechoso en virtud de este retrato, y así salgo de él».

Después de este soliloquio tomó su mantilla y rosario, y se fue derecha a casa del alcalde de su cuartel, que lo era don Rodrigo de Santillana, quien el día antes acababa de llegar a Valladolid.

Violante, al enterarle de lo ocurrido presentándole la joya, tuvo buen cuidado de no decirle el motivo de las visitas que le hacía el sujeto a quien acusaba; y habiendo indicado la casa en que posaba Gabriel, se retiró, no sin requebrarla el juez, que tampoco era insensible a los encantos del bello sexo.

Don Rodrigo hubiera dado poca importancia a la delación si la prenda, que se suponía robada, no fuera el retrato del rey, cuyas severas palabras resonaban aún en sus oídos. La guarnición de la pintura era, además, de tal naturaleza que era de presumir perteneciese a un personaje de la más elevada categoría, y servir a un personaje era siempre para don Rodrigo cosa urgente.

Tomó, pues, sus medidas de manera que, media hora después de recibido el aviso, la posada de Gabriel, que era una de las secretas de la calle de la Esgueva, estaba rodeada de esbirros en todas direcciones.

Gabriel, a la oración, se retiró a su casa con objeto de escribir a fray Miguel.

Apenas anocheció, don Rodrigo con toda su ronda entró en la posada, e imponiendo silencio a cuantos encontró, sin obstáculo alguno logró sorprender al pastelero, que, habiendo concluido de escribir, se había arrojado sobre el lecho para hacer tiempo hasta la hora de ir al Campo Grande.

Hallose en defecto, por esta vez, la previsión de Espinosa. El alcalde lo halló sin jubón ni otro vestido que una camisa de fina holanda, con cuello y vueltas de cadeneta pegados a ella, y unos calzones también de la misma tela.

Dos alguaciles que entraron los primeros en su estancia le intimaron, apuntándole con sus mosquetes, que no se menease, y así lo hizo, por no ser ya posible en su estancia.

Don Rodrigo procedió en seguida al registro de su maleta, y halló en ella varias y muy ricas joyas, que según aparece del inventario entonces formado, eran las siguientes:

«Primeramente: un vaso de unicornio guarnecido en oro.

»It. Un librillo de oro con algunos diamantes. Este fue regalo de la señora infanta doña Isabel a la señora doña Ana de Austria.

»It. Un anillo de oro con un diamante grande en fondo finísimo.

»It. Unas muy ricas imágenes para la cabecera de la cama.

»It. Una piedra bezoar muy grande engastada en oro.

»Por último: un reloj de oro con diamantes para el pecho, y algunas otras cosillas de valor».[1]

[1] Copia literal del inventario formado en el mismo acto de la prisión de Gabriel de Espinosa por don Rodrigo Santillana, a fines de setiembre de 1595.

En tanto que se inventariaban estas alhajas, Gabriel acababa de vestirse, y en seguida don Rodrigo le preguntó:

—¿Quién sois? ¿Cómo os llamáis?

—Mi oficio es el de pastelero en la villa de Madrigal; llámome Gabriel de Espinosa.

—¿Y por qué mudasteis de posada hace dos días?

—Era la huéspeda muy puerca, y gústame la limpieza.

—Mucho escrúpulo es ese para un pastelero, hermano.

—Antes por serlo es menester reparar más en la limpieza.

—¿De dónde os vinieron a vos tantas y tan ricas joyas? Seguramente habréis tenido buen despacho si haciendo pasteles ganasteis para comprarlas.

—Esas joyas, señor alcalde, bien conocerá usted que no pueden pertenecer a un hombre bajo. Diómelas la señora doña Ana de Austria, monja del monasterio de Santa María la Real en la villa de Madrigal, para vendérselas en esta ciudad, y a eso solo he venido a ella.

—Para hombre bajo, como vos decís, el lienzo que gastáis me parece un tantico fino de más.

—¿Las carnes de un pastelero no pueden ser tan blandas y delicadas como las de un príncipe?

—Muy retórico sois, hermano pastelero: acabad de una vez de decirnos quién sois.

—Ya, señor alcalde, lo tengo dicho.

—No quisiera que tuviéramos que poneros en cueros para ver con nuestros ojos la blancura de esas carnes tan bien cuidadas, ni que acudir a un par de vueltas de cuerda para probar su delicadeza.

—Yo conozco a usted, y sé que es un honrado caballero que no me hará ese agravio —respondió Espinosa a la atroz alusión de don Rodrigo, con tanto desembarazo e ironía como si no fuera a su propio cuerpo al que se amenazaba con el tormento.

Conoció el alcalde que por entonces era inútil insistir en saber más de aquel hombre, y mandó que lo atasen para llevarlo a la cárcel. A esta orden la fisonomía de Gabriel dejó ver señales de una violenta cólera; pero acertando a contenerse, se contentó con decir gravemente al juez:

—Mire lo que hace, y cómo trata a los hombres honrados, que ni a vos ni a los demás los ha puesto aquí el rey para hacer agravio a los forasteros.

—Si vos lo fuereis allá parecerá, y os trataremos como a tal. Por ahora por pastelero os habéis vendido, y así se os lleva y trata —respondió Santillana; y a una seña suya, arrojándose los alguaciles sobre Espinosa, lo maniataron mal de su grado.

En seguida lo condujeron a la cárcel de la chancillería, donde lo metieron en un calabozo, poniéndole un buen par de grillos.

El traje, la manera de hablar y el aire imponente de Espinosa hicieron su acostumbrado efecto en Santillana. Pero si bien el alcalde se persuadió de que aquel hombre no podía ser realmente pastelero, se limitó también a creerle uno de los muchos caballeros de la garra o de la industria que entonces abundaban en España. Esta creencia hubo de costarle el no descubrir jamás quién fuese Espinosa.

Lo primero que hizo don Rodrigo fue despachar un correo a Madrigal, preguntando a la señora doña Ana si en efecto era verdad que hubiese dado a vender a un pastelero varias de sus joyas.

Antes de referir la respuesta de esta señora, nos es forzoso volver a la época en que don Sebastián se dio a conocer en Madrigal al vicario de Santa María.

La escena de la iglesia de que don Juan fue testigo, y hubo de ser víctima, no dejó duda a fray Miguel de que su monarca vivía y estaba en Madrigal, y la primera persona a quien comunicó tan fausta nueva fue a la señora doña Ana.

Pocos días después, Gabriel de Espinosa fue presentado a su augusta prima. Al principio rehusó cubrirse ni tomar asiento en su presencia, queriendo negar quién era; pero a fuerza de ruegos de doña Ana, quien le reconvino tiernamente por no haberla visitado antes, acabó por declarar su nombre.

La religiosa no podía tolerar la idea de que un monarca viviese ejerciendo un oficio despreciable, y así trató de que don Sebastián lo dejase inmediatamente, ofreciendo para sustentarlo cuantas joyas poseía.

Pero no fue posible hacerle admitir la menor cosa. Insistió en que el oficio servía para encubrirle mejor, y las cosas quedaron en el mismo pie que antes.

Entonces principió la conjuración para recuperar el trono de Portugal, próxima a estallar cuando Espinosa fue preso.

Cuando el pastelero salió de Madrigal para Valladolid, doña Ana, auxiliada por su vicario, introdujo en su maleta, sin saberlo él, las joyas que tan funestas le fueron, y que el interesado no supo tenía en su poder hasta que llegó a su destino. Sobre esto escribió a la señora doña Ana una carta reconviniéndola por su ardid, expresándose en los términos más delicados sobre su repugnancia en admitir los dones de una princesa reclusa, y amenazando de que por la primera ocasión devolvería las joyas. Pero tanto la hija de don Juan de Austria como fray Miguel contestaron insistiendo con más fuerza que nunca sobre la necesidad de que se vendiesen aquellas alhajas para aplicar su importe a los gastos de la guerra. Don Sebastián no quiso disgustarlos por entonces, y resolvió conservarlas en su poder para devolverlas en su tiempo y lugar.

En este estado se hallaban las cosas, cuando el correo del alcalde llenó el convento de consternación. Fray Miguel, avisado inmediatamente, acudió al locutorio y en él halló a la señora doña Ana llorando amargamente con la niña Clarita, que había querido absolutamente conservar en su poder, en los brazos.

—¿Qué tiene Vuestra Excelencia, señora? —exclamó el buen fraile alarmado.

Doña Ana por respuesta le alargó el despacho de don Rodrigo Santillana. Fray Miguel lo leyó de la cruz a la fecha no sin alguna alteración, y al devolvérselo a la religiosa dijo con bastante serenidad:

—Este, señora, es un contratiempo, pero no tan grave como a Vuestra Excelencia le parece, si puedo atreverme a juzgar por sus lágrimas. Lo que hay que hacer es que Vuestra Excelencia escriba sin pérdida de tiempo a ese alcalde que es en efecto cierto que ha dado a vender sus joyas al pastelero, y que le ponga sin demora en libertad. El testimonio de Vuestra Excelencia bastará sin duda para conseguirlo, y saldremos de este lance sin otro mal que el del susto.

No se hizo la señora doña Ana repetir dos veces este consejo, sino que inmediatamente escribió a don Rodrigo, usando de todo el ascendiente que la concedía su ilustre nacimiento para obtener la libertad del preso.

No perdió tampoco fray Miguel el tiempo. Trasladose inmediatamente a la pastelería, cuyas llaves estaban en su poder, y sacó de ella un escritorio que contenía toda la correspondencia del rey y de él mismo con los conjurados. El fuego destruyó todos aquellos papeles y cuantos relativos al mismo asunto pudo el vicario haber a las manos. El día antes de la prisión de Gabriel le había fray Miguel enviado al mulato Domingo con una carta; pero esta no le inspiraba inquietud ninguna, pues habían convenido en que cuantas recibiese las destruiría inmediatamente después de leídas.

Domingo era fiel, callado y obediente; pero tenía un vicio que le dominaba, y era el de la embriaguez.