Part 8
Para poner en planta este proyecto solo aguardaba a recoger la suma prometida por el consistorio, y a realizar algunos otros fondos indispensables para poder sustentar a sus soldados un mes por lo menos sin gravamen de los pueblos.
Pero todas estás recaudaciones no pudieron verificarse tan pronto como se deseaba. El misterio con que hubieron de hacerse, las diversas personas a quien se tuvo que acudir y otros varios entorpecimientos inevitables en tales negocios retardaron quince días o más el suspirado momento de hallarse prontos los fondos. Don Juan no tuvo la satisfacción de anunciárselo así a Gabriel de Espinosa hasta dos semanas después de haber tenido con él la conferencia que acabamos de referir.
En este intermedio sus visitas al locutorio fueron diarias, y la materia de sus conversaciones con Inés, sus amores y esperanzas. No estaba la bella portuguesa menos enamorada que el joven castellano; pero sus continuas desgracias y su condición naturalmente reflexiva no la permitían entregarse, como Vargas lo hacía, a las más lisonjeras ilusiones. Una serie no interrumpida de males había acostumbrado a Inés a no esperar nada bueno; y más de una vez, en los momentos mismos en que su amante mostraba mayor entusiasmo, más persuasión de ser su esposo, la imagen del cadalso se presentaba a los ojos de la infeliz hermana de Clara, y el rostro de Vargas, entonces animado por todo el fuego del amor, a su parecer mostraba las señales de la muerte. Corrían entonces por sus mejillas lágrimas amargas, y apenas bastaban el cariño y la elocuencia de don Juan para calmar su dolor.
La mañana siguiente a la noche en que el hermano del marqués anunció al cuñado de su futura esposa que los protestantes tenían reunido su dinero, fue a ver a Inés, y al participárselo le dijo:
—Esta noche entregaré al consistorio la real garantía que Su Majestad pondrá en mis manos, y me haré cargo del dinero, parte en oro, parte en letras de cambio. El rey saldrá para Madrigal al amanecer de mañana, y vos con él. Según sus órdenes, Inés, yo no debo hacerlo, con otros veinte compañeros, hasta por la noche. Su Majestad se ha dignado prometerme que fray Miguel nos unirá para siempre en la ermita que bien conocéis. ¡Ah, Inés! Llegó por fin el suspirado momento de llamarme esposo de la que adoro. O no me amáis, o vuestro placer debe ser igual al mío.
—De mi amor, Vargas, no podéis dudar, pues no sabré ocultarlo, aunque tal vez debiera —contestó la dama—. Un fatal presentimiento me destroza el corazón; conozco que no tengo para él determinado fundamento, y, sin embargo, no puedo desecharlo.
—Inés mía, confundís el temor natural en vuestro sexo al aproximarse el momento de una arriesgada empresa, con un presentimiento que no puede existir.
—¡Mi don Juan!
Pero no más de lo que va referido hablaron aquella vez los dos amantes, pues Vargas, en tan críticos momentos, no podía disponer de un solo instante.
La despedida por su parte fue tierna; por la de Inés, melancólica en extremo. Parecíale que aquella separación había de ser eterna, y sin poderlo remediar inundó con sus lágrimas la mano de don Juan, después de haberla estrechado tiernamente contra su corazón.
—No sé —dijo por último—, no sé en qué consiste; pero jamás ha sido tanto mi desaliento como ahora. La idea de ser causa, tal vez, de la desgracia de un hombre a quien adoro, y que si no me hubiera conocido fuera feliz sin duda, me atormenta, me destroza el corazón.
Quitose en seguida una cadena hecha de su propio pelo, y poniéndosela al cuello a su amante, continuó:
—Tomad, don Juan, esa prenda, que para vos tendrá algún valor; y si queréis tranquilizarme algún tanto, decidme que jamás me culparéis en lo que os suceda.
—¡Nunca, mi vida!
—El destino os hizo conocerme, y el cielo me es testigo de lo que he combatido por mi amor y el vuestro.
—Y el cielo premiará también vuestra virtud. Señora mía, pasado mañana seréis mi esposa. Enjugad el llanto, y adiós, que me es fuerza el partir.
[Ilustración]
CAPÍTULO III
¡Ah! Vanamente discurre mi deseo Por tus sangrientos fastos y el contino Revolver de los tiempos; vanamente Busco honor y virtud: fue tu destino Dar nacimiento, un día, A un odioso tropel de hombres feroces, Colosos para el mal.
(Quintana: _Oda a Padilla_).
Don Rodrigo de Santillana, el marqués y su capellán, habían llegado con toda felicidad a Madrid, y pasado de allí al Escorial, donde por el momento se hallaba la corte.
La obra de aquel monasterio, ya entonces muy próximo a su conclusión, era el único objeto que distraía a Felipe de los negocios políticos y de sus continuas devociones.
Habíase lisonjeado el marqués de que su pretensión era fácil de conseguir, y se engañó. Un monarca que, como el reinante entonces, hacía profesión de los más austeros principios religiosos, un hombre que jamás había amado ni podía amar, no era de esperar que tolerase y protegiese los extravíos galantes en nadie, y menos en un título de Castilla. Los ministros de Felipe tenían, o afectaban tener, la misma manera de pensar que él, y así el pobre marqués vio malísimamente recibidas sus primeras insinuaciones.
Pero como si las ideas generales de la corte en la materia no bastaran a contrariar sus planes, el comendador Hinojosa, presentándose dos días después que él en el Escorial, acabó de derribar el sonado edificio del engrandecimiento del hijo de Violante.
Hinojosa, entrando sin ceremonia en la posada de su primo, y declarándole sin rodeos que él y don Juan estaban perfectamente enterados de lo ocurrido con respecto al niño don Pedro Alcántara, de los proyectos que para su fortuna se formaban, y que ambos también estaban resueltos a no tolerar tamaña afrenta para las familias de los Vargas, confundió, aterró, aniquiló al marqués y al padre Teobaldo.
No se atrevían ni el uno ni el otro a responder palabra, ni el comendador les dio lugar a ello, pues concluida la arenga se retiró, anunciando que iba en aquel mismo instante a verse con el secretario de Su Majestad y a enterarle de todo el asunto, y que, si necesario fuese, llegaría a los pies del rey mismo a pedir justicia. Hinojosa era hombre sobradamente capaz de cumplir lo prometido; el marqués lo sabía, y el capellán también.
Más de un cuarto de hora se estuvieron mirando el uno al otro con espantados ojos, sin saber qué hacer ni qué decir, hasta que por fin el marqués creyó que a él le tocaba romper el silencio, y haciendo un grande esfuerzo dijo:
—¡Padre Teobaldo!
—Señor marqués —contestó el capellán; y se terminó por entonces la conversación.
—¡Hem! —dijo de allí a un rato el capellán—. ¿Si habrá ido a ver al rey?
—¿Si habrá ido? ¿No le conocéis? Ahora mismo tal vez.
—Entonces, _Domine miserere mei_, perdidos somos.
—Padre Teobaldo, ¿y qué hacemos?
—Señor marqués, yo en este asunto _lavabo manus meas_.
—Buen consejo, por cierto. ¿Ahora me abandonáis?... ¿No podríamos acudir a algunos amigos?
—¡Amigos! _Donec eris felix..._
—Por la Virgen Santísima que dejemos ahora los latines. Si ese hombre se presenta a Su Majestad y le cuenta el asunto a su modo, somos perdidos.
—_Nulla est redemptio_. En mala hora dejamos nuestros penates; en triste día _nos patriæ fines; et dulcia relinquimus arva_.
—Dios me perdone, pero capaz sois de hacer perder la paciencia a un santo. Consejos son los que yo quiero, y no citas de Virgilio.
—Ese pagano, señor marqués, contiene sin embargo apotegmas filosóficos, morales, _naturaliter_ hablando, de gran peso y...
—Norabuena, pero ahora no se trata de eso: en lo que hemos de pensar es en el comendador.
—_Infandum Regina jubes renovare dolorem_.
—En resumen, ¿qué pensáis que debo hacer?
—Es asunto este que exige madura deliberación, y consultar por lo menos media docena de santos padres y otros tantos autores profanos.
—Y mientras se consultan, revuelve mi primo la corte entera, me pinta a los ojos de Su Majestad como un libertino escandaloso, a vos como a un eclesiástico sin costumbres, cómplice en mis extravíos; dan con nosotros en la Inquisición, y nos queman.
—_Sancta Maria, ora pro nobis_. Huyamos, señor marqués, huyamos, _usque ad finem_.
—Eso ya es hablar en razón. ¿Conque opináis que huyamos?
—Me parece lo más acertado.
—Y a mí.
—Está entonces aprobado _nemine discrepante_.
Y sin aguardar a más, ni despedirse de alma viviente, tomaron el camino para Madrid, donde solo pararon un día, saliendo al siguiente no para Valladolid, sino para una hacienda del marqués, donde se creyeron más seguros.
No era sin embargo tan grande el peligro como se lo habían imaginado. Verdad es que el comendador, conociendo la timidez natural de sus antagonistas, se propuso aterrarlos con tremendas amenazas, y lo consiguió aun más allá de lo que esperaba. Por lo demás, condujo el negocio con tino, pintando a su primo como engañado; obtuvo de los ministros de la cámara la promesa de que no se admitiría la solicitud del marqués, más una orden de reclusión perpetua contra Violante; y corrió, ufano con su triunfo, a noticiárselo a don Juan.
Distinto fue el objeto, y distinto también el resultado del viaje a la corte del alcalde don Rodrigo de Santillana.
Una orden de Su Majestad le mandó presentarse sin la menor dilación en El Escorial para un asunto del cual ya tenía algunos antecedentes, y se le daban más en la misma real orden.
El negocio era de tal trascendencia que Santillana se persuadía con fundamento de que, llevándolo a cabo felizmente, no solo podía contar con verse en un momento en el más alto grado de su carrera, sino con ser uno de los favoritos del monarca. Estas reflexiones le entretuvieron agradablemente en el camino, y sus esperanzas se corroboraron cuando, presentándose en palacio y declarando su nombre, se le mandó entrar sin demora en la cámara del rey.
Felipe, ya entonces en el antepenúltimo año de su vida, estaba sentado en un sillón y atormentado por acerbos dolores. Su semblante, naturalmente pálido, se asemejaba al de un cadáver. Aquel aspecto grave, severo, reservado; aquel labio inferior caído sobre la barba, y aquellos ojos penetrantes, con que parecía escudriñar los más recónditos senos del corazón de la persona que se hallaba en su presencia, hicieron en Santillana la profunda impresión que hacían en cuantos se le acercaban.
Dobló el alcalde ambas rodillas, y besando la descarnada y lívida mano del rey, esperó, sin mudar de postura, a que se le mandase hablar.
—¿Sois vos —dijo el rey— don Rodrigo de Santillana?
—El más leal y humilde de los vasallos de Vuestra Majestad.
Felipe pareció satisfecho de la concisión y respeto de esta respuesta; don Rodrigo no añadió una palabra más, pues bien informado del carácter del rey, sabía que este no toleraba que nadie fuera osado a hablar en su presencia más de lo necesario para responder a sus preguntas.
—Informado —volvió el rey a decir, después de un breve intervalo— de vuestra fidelidad y celo en mi real servicio, os dimos la comisión de vigilar a la persona que es inútil nombrar. ¿Lo habéis hecho?
—Sí, señor; y he tenido la honra de elevar a Vuestra Majestad el resultado de mis diligencias.
—Que ha sido ninguno, don Rodrigo —exclamó Felipe con amarga severidad.
Aterrado el alcalde con tan inesperada reconvención, bajó los ojos, y diera en aquel momento cuanto le pidieran por lograr, si posible fuese, que jamás el rey se hubiera acordado de él para nada.
El monarca, conociendo el efecto que sus palabras habían producido, contemplaba la turbación, el terror más bien, de Santillana con un maligno placer, de que era muestra evidente la irónica y apenas perceptible sonrisa que se advertía en sus labios.
—Ninguno —continuó Felipe—; tal vez yo podré en mi gabinete mismo daros más noticias de las que vos, señor alcalde, estando al pie de la fuente habéis sabido adquirir. ¿Qué decís a esto? Responded.
—Señor y rey mío, no me parece milagroso que la alta penetración de Vuestra Majestad haya descubierto lo que a mi ignorancia se ha ocultado. Pero me atrevo a protestar a los reales pies de Vuestra Majestad que jamás vasallo ha deseado con tantas veras merecer al menos la indulgencia de su señor natural.
—Las obras acreditarán ese celo. Quiero olvidar lo pasado; pero don Rodrigo, vuestra cabeza me responde del buen éxito de este negocio, y de que no transpire en el público una sola palabra de él.
Pronunció el rey estas palabras con severidad, pero en la apariencia con la misma calma que si hablase del asunto más indiferente; la única señal de agitación que se le descubría era un ligero movimiento de contracción en los músculos de la fisonomía. Don Rodrigo no estaba tan tranquilo, pues persuadido de que el rey sabría cumplir la promesa con la más escrupulosa exactitud, se daba ya por muerto.
En tal estado se hallaban, cuando sonando las doce del día en el reloj del monasterio, Felipe, aunque no sin trabajo, se hincó de rodillas delante de un crucifijo de oro que tenía sobre la mesa; y sacando un magnífico rosario, se puso a rezar devotamente tres avemarías; acto en que, no solo arrodillado sino encorvado de manera que casi besaba el suelo, le acompañó el asustado alcalde. Concluidas las oraciones y persignado el rey, volvió a ocupar su asiento, y ya en él, dijo:
—Buenas tardes, don Rodrigo.
—Dios se las dé a Vuestra Majestad tan felices como su ejemplar piedad y altas virtudes merecen —contestó Santillana.
—Alabemos al Rey de los reyes, alcalde: Él solo está exento de imperfecciones; los demás, todos habemos menester de su misericordia.
—Y los humildes vasallos de Vuestra Majestad la esperan igualmente de su imagen en la tierra.
—Bien está. Volvamos a la comenzada plática; el hombre que sabéis se mueve ahora más que nunca; ignoramos por qué, y es preciso saberlo. Esto os toca a vos el averiguarlo: al menor indicio de lo que os tengo prevenido de antemano, ya sabéis cuál ha de ser su suerte o la vuestra.
—Señor, hasta donde yo alcance...
—Es preciso alcanzarlo todo, todo sin excepción. ¿Me entendéis, don Rodrigo?
—Sí, señor.
—Retiraos, pues. Mi secretario os dará los informes que hemos adquirido; y esta debe ser la última vez que yo tenga que ser el servidor de mis vasallos.
Diciendo así, tendió la mano a don Rodrigo, quien la besó humildemente; y marchando después con paso atrás, para no volver al rey la espalda, hasta la puerta de la cámara, salió de palacio tan aterrado como ufano y glorioso había entrado en él, pocos minutos antes. No hay cosa como ser vasallo de un rey absoluto para dar gracias a Dios cada día de hallarse con la cabeza sobre los hombros.
Pero aún no había acabado don Rodrigo de conocer la corte. Si el rey le había amenazado, su secretario, con más orgullo, con más dureza aún, le dijo «que era indigno de la magistratura que ejercía; que solo la extremada piedad de Su Majestad era causa de que no se castigase ejemplarmente su negligencia; pero que tuviese entendido que si en lo sucesivo no mostraba más acierto en la delicada comisión puesta a su cargo, podría darse por muy dichoso si escapaba con vida».
Jamás hubo proceder tan injusto por una parte, ni tan poco merecido por otra. Don Rodrigo, humilde esclavo del rey y de su propia ambición, se hallaba dispuesto a ejecutar sin reparo, con refinamiento, cuantas crueldades le pluguiese a Felipe encomendarle, y más aún si creía que de ello había de resultarle el menor provecho. Así pues, desde que la corte de Madrid puso a su cargo el asunto de que se trataba no había cesado de trabajar en él con extraordinario ahínco; pero las personas a quienes se quería sacrificar habían tenido maña suficiente para eludir todo género de pesquisas por parte del alcalde.
La desgracia de este consistió en que Felipe, receloso, como todo tirano, desconfiaba de sus agentes, juzgando al género humano por su corazón. De aquí resultaba que cuando por no serle posible hacerlo todo por sí confiaba una misión a cualquiera de sus esclavos, al mismo tiempo encargaba a otros que espiasen su conducta; y en muchas ocasiones, a la orden que elevaba a un sujeto seguía inmediatamente la que le sumía en una mazmorra, o tal vez le llevaba al cadalso.
Como el asunto confiado a don Rodrigo era a los ojos del rey de la más alta importancia, varios agentes subalternos fueron comisionados para inquirir noticias sobre él; y de las que todos ellos dieron sacó Felipe en consecuencia, con su sagacidad característica, que a pesar de lo que aseguraba Santillana, había en el negocio más de lo que se dejaba ver.
Mal lo pasara el pobre don Rodrigo si dos razones no hubieran militado en su favor. La primera, que el rey sabía el celo que en su comisión había mostrado; pero esta era de poca importancia. Un déspota no agradece; los hombres en sus manos son como los instrumentos en las del artista. ¿Qué importa que sean de buena calidad? Cuando no sirven para el objeto que en el momento les ocupa, los arroja lejos de sí con desprecio.
La segunda causa fue la que decidió a Felipe. El sigilo era para él en todo asunto la más necesaria de las circunstancias, y más particularmente en aquel: no quiso, pues, confiar a otro juez su secreto; y reservándose castigar en tiempo y lugar el desacierto de los primeros pasos de don Rodrigo, resolvió sin embargo que completase la obra.
No es fácil pintar la terrible impresión que las amenazas del rey y los insultos de su ministro hicieron en el mismo don Rodrigo. Al retirarse a su posada se sintió acometido de una violenta calentura que, a poco de haberse metido en la cama, se desplegó con los síntomas más alarmantes y un delirio espantoso.
Lo peor del caso fue que llamaron a un médico de los más célebres, y por consiguiente también de los más endurecidos en su carnicera profesión, quien empezó prohibiendo que se diese al enfermo, aquejado por una sed abrasadora, ni una sola gota de agua. No contento con esto, y a pesar de que por todos los síntomas se conocía evidentemente que la enfermedad de don Rodrigo era una inflamación cerebral, le atestó el cuerpo de quina, logrando ponerlo en tres días a las puertas del sepulcro. Entonces, dando por acabada su obra, se retiró, dejando al paciente en poder de un robusto fraile jerónimo, que tan desapiadado como el doctor, daba libre curso a una voz estentórea, pintando con cruel prolijidad todos los horrores del infierno y la furia de Lucifer.
Quiso, sin embargo, la buena suerte de don Rodrigo que en la cuarta noche de su enfermedad, en un momento en que el monje, cansado de gritar todo el día, se retiró de su estancia, conmovido por sus ruegos el criado que le velaba, y no queriendo negarle lo que pedía a un hombre que de todos modos iba a morirse, le dio un gran jarro de agua, que el enfermo apuró sin dejar gota; repitiéronse estas libaciones toda la noche, y a la mañana siguiente era ya notable la mejoría. En una palabra, despedidos agonizante y médico, logró el alcalde restablecer su salud, y hallarse en quince días en disposición de regresar a su destino, como en efecto lo hizo, después de haber hecho constar al gobierno que su enfermedad no se lo había permitido.
No dejó Santillana de extrañar el no haber tenido la menor noticia del marqués ni de su capellán; y habiendo preguntado por ellos a un amigo, le dijo este «que ambos habían desaparecido de la corte dos días después de haber llegado a ella, sin haber tenido siquiera la atención de despedirse de las personas que los habían visitado». Pero el alcalde estaba harto preocupado con sus propios asuntos para pensar en los ajenos; así pues, cesó de ocuparse en el marqués tan luego como se terminó la respuesta de su amigo, y se puso en camino sin más cuidado que el de convalecer pronto y salir del encargo del rey, ya que no lleno de honores, como un tiempo pensó, al menos sin un dogal al cuello.
[Ilustración]
CAPÍTULO IV
No; aunque en medio De esta vil muchedumbre apareciera Del gran Pelayo el animoso aliento, En vano a libertad los llamaría; Ya nadie le escuchara.
(Quintana: _Pelayo_).
Salió Vargas del locutorio contristado a pesar de los esfuerzos que para serenar a Inés y serenarse él mismo había hecho. Fácilmente sentimos como la persona amada; y yo no sé qué tiene el pesar, que nos domina con mucha más facilidad que la alegría. Sin embargo, le fue preciso a nuestro caballero atender a los negocios de Espinosa y a los suyos particulares.
Es preciso advertir que don Juan no dependía enteramente del marqués. El padre de ambos fue un caballero económico, y que amando tiernamente a sus hijos, cuidó de asegurar una legítima bastante considerable al menor de ellos. Así don Juan pudo reunir, sin tocar a los bienes del marqués, una suma de dinero suficiente a asegurarle una decente subsistencia en caso de que un revés de la suerte le obligara a expatriarse. Arreglado este primer punto, puso en orden los negocios de su hermano, cuyos bienes administraba, según ya se ha dicho.
En una entrevista con el doctor Serrano recibió de nuevo la seguridad de que aquella noche, cuando entregase la real garantía al consistorio, se pondría en sus manos la cantidad estipulada, y de que los veinte hombres armados estarían prontos para la mañana siguiente.
Así se pasó aquel día, y llegó la hora de la cita con Gabriel: don Juan acudió a ella con su acostumbrada puntualidad; pero esperó en vano hasta pasada la media noche.
Si Vargas estaba descontento con tan inesperada falta, no lo estaba menos el consistorio protestante, que en sesión permanente aguardaba al señor duque de Madrigal con una impaciencia poco evangélica a la verdad, pero muy natural en aquella circunstancia.
Gabriel de Espinosa, que mudaba de posada con frecuencia, jamás dijo a don Juan dónde vivía, ni este se acordó de preguntárselo; sintiolo entonces infinito, pero la cosa no tenía remedio. Cuatro horas de esperar inútilmente le parecieron prueba bastante y sobrada de que don Sebastián no quería o no podía acudir a la cita. Trasladose, pues, Vargas al lugar de la reunión de los protestantes, y así que estos le vieron entrar hubo en la asamblea un movimiento general de satisfacción.
El doctor Serrano, que la presidía, y que con una biblia abierta delante de sí tenía tal vez intención de leer en ella, pero estaba de dos horas a aquella parte con los ojos clavados en la puerta, dejó escapar un profundo suspiro, y detrás de él un «gracias a Dios» tan sentido, que se conoció que le salía de lo íntimo del corazón.
A esta exclamación del presidente, un matemático que, con la vista fija en el suelo y el entendimiento ocupado en la teoría de las paralelas, era acaso el único de los presentes a quien el tiempo no se hizo largo, preguntó:
—¿Qué es eso? ¿Se resolvió ya el problema?
Mirole con cierto aire de compasión un mercader que estaba a su lado, y los restantes miembros de la asamblea, atendiendo solo a don Juan, no le hicieron caso ninguno.
Después de saludar en general, y de haber tomado asiento al lado del presidente, tomó Vargas la palabra diciendo:
—Tengo el disgusto, señores, de anunciaros que Su Majestad no se ha presentado en el paraje en que tuvo a bien mandarme le esperase.
—Se eliminó —murmuró entre dientes el matemático.
—¿Y vuecelencia, señor duque, no podrá informarnos de la causa de la falta de puntualidad de Su Majestad? —dijo el presidente.
—Me es absolutamente desconocida, señores; y os aseguro que conociendo, como conozco, la escrupulosa exactitud del rey, no dejo de estar con bastante cuidado.
—En este caso —exclamó uno de los mercaderes—, debemos retirar nuestros fondos, porque sin la garantía...
—No se os piden tampoco. Pero no debéis olvidar que la causa de don Sebastián y la vuestra son una misma —replicó Vargas.
—Sin la garantía —dijo el presidente— no hay pacto.