Part 7
»Aún humean en Aragón las cenizas de la pasada revolución. La sangre de Lanuza, que corrió traidoramente derramada en un cadalso, fermenta sordamente.
»Felipe camina sobre un volcán que una sola chispa basta a incendiar. Vuestra Majestad tiene en su mano provocar la explosión, y espero perdonará mi osadía si me atrevo a decirle que debe hacerlo.
»Aragoneses y castellanos están mal contentos con el establecimiento de la Inquisición. Y Vuestra Majestad se ha dignado prometer protección a todos los perseguidos por ella, sin más condición que la de tomar parte en la gloria de restituir a Portugal su independencia.
»En mi mano tengo una humilde súplica que algunos reverendos eclesiásticos presentan a Vuestra Majestad en nombre de varios otros, en la cual ofrecen a Vuestra Majestad el auxilio que sus brazos, personas y haciendas puedan prestar para su empresa, y las condiciones que por ello reclaman son tan moderadas, tan justas, que Vuestra Majestad no dejará de concederlas.
»Al frente del cuerpo auxiliar español se pondrá un noble castellano, de ilustre linaje, valor conocido y notoria pericia en el arte de la guerra, a quien Vuestra Majestad, convencido de su fidelidad, se ha servido honrar con este encargo, esperando que sus compatriotas, a sus órdenes, darán pruebas de su acostumbrada bizarría.
»Tal es, señores, el estado de los negocios de Vuestra Majestad; pero por más lisonjero que parezca, por más que el triunfo se nos figure indudable, ahora más que nunca debemos obrar con prudencia y cautela.
»No por anticipar un día al proyecto malogremos para siempre el trabajo de muchos años. Antes de mucho, solo habremos menester el valor en el campo de batalla; hoy, la sagacidad y el disimulo para sustraernos a las continuas pesquisas del enemigo. — _Dixi_.
Este largo discurso, que sin duda estaba no solo preparado, sino estudiado de antemano, fue oído por toda aquella asamblea con grande atención e interés. Vargas en particular, que por primera vez pensaba entonces seriamente en la empresa en que había tomado parte, recogió hasta la última sílaba; y si bien admiraba la capacidad con que el marqués Domiño había reunido todas las circunstancias que militaban a su favor, dándoles el conveniente colorido, disminuyendo al mismo tiempo el poder de su enemigo, no pudo menos de conocer que, por más que se dijese, el proyecto ofrecía inmensos peligros.
Sin embargo, don Juan ni quería ni podía ya volver el pie atrás, y prestándose a lo que en su posición era indispensable, tanto trabajó en convencerse a sí propio de que don Sebastián podría triunfar, que casi llegó a creerlo.
Dejó don Sebastián pasar algún tiempo después de haber Domiño cesado de hablar, y cuando ya creyó que el auditorio estaba preparado a oírle, dijo:
—Acabáis de oír la fiel pintura de nuestra situación: si alguno de vosotros tiene algunas observaciones que hacernos, yo le permito y le mando que hable.
Entonces los circunstantes se miraron todos unos a otros como para examinar qué efecto habían producido las palabras del rey pastelero, y al cabo de algunos instantes tomó la palabra uno, en cuya voz reconoció Vargas la de la persona que le había tomado el juramento en la ermita de Madrigal, y lo era en efecto.
—Rey y señor mío —dijo—: los fieles vasallos de Vuestra Majestad, en cuyo nombre tenemos la honra de hallarnos hoy en vuestra real presencia algunos caballeros portugueses, están prontos a confirmar con las obras las ofertas tantas veces repetidas de sacrificar sus vidas y haciendas en defensa de Vuestra Majestad.
»Una súplica es la que se atreven a hacer, humildemente puestos a los pies del rey y señor natural, que es la de rogarle que apresure el ansiado momento de tomar las armas. La dilación entibia los ánimos de unos, expone a los otros a crueles persecuciones, y fortifica a los enemigos de la justa causa.
»Dígnese, pues, Vuestra Majestad tomar en consideración esta súplica reverente, y hacer en ello lo que fuere de su real agrado.
—Señor Sousa, ese impaciente ardor de mis leales vasallos —contestó don Sebastián— es sumamente grato para mí. Yo procuraré no retardarles mucho la ocasión de darme pruebas de su fidelidad y valor.
Uno de los eclesiásticos, levantándose entonces de su asiento y haciendo una profunda reverencia, a la que el rey contestó con una leve inclinación de cabeza y una seña para que hablase, lo hizo de esta manera:
—Señor: el marqués Domiño ha ofrecido a Vuestra Majestad la asistencia y auxilio de algunos españoles a quienes la tiranía de su rey obliga a sustraerse de su dominio. Yo, en nombre de los descontentos, confirmo esta oferta. En esta misma ciudad existen muchos de ellos, y en las demás del reino se encuentran a millares. El caballero a quien Vuestra Majestad se ha dignado confiar el cargo de su caudillo, podrá cerciorarse por sus propios ojos de la verdad de mis palabras.
»Los que están prontos a tomar las armas dejan a la real munificencia de Vuestra Majestad el cuidado de señalar recompensas a sus servicios. Nada estipulan ni quieren estipular en este punto.
»La única condición que ponen, la cláusula _sine qua non_ del tratado que tienen la honra de hacer con Vuestra Majestad, es que, concluida la guerra, les será permitido vivir en el reino de Portugal según sus conciencias, sin que ni el tribunal de la Inquisición ni otro alguno pueda inquietarles en materias de fe.
»Vuestra Majestad, que en sus diferentes viajes ha recorrido la Europa entera, y a cuya real penetración no se habrá ocultado ninguna de las causas de su engrandecimiento o desmejora, habrá sin duda observado que los cristianos reformados, tan sin piedad perseguidos en España, tienen acogida en los más florecientes de ellos.
»En apoyo de esta aserción, la Inglaterra, la Escocia, y gran parte de Alemania, se hallan en este caso.
»Ni este es lugar a propósito, ni da de sí el tiempo lo necesario para extenderme en largas disertaciones sobre la conveniencia de la tolerancia religiosa.
»A Vuestra Majestad toca decidir si le conviene o no aceptar en este caso la alianza de los españoles, cuyo nuncio soy, con la expresada condición.
Una reverencia todavía más humilde que la primera terminó este discurso, que don Sebastián y Domiño oyeron impasibles sin dar señales de aprobación ni descontento, y la asamblea se mostró dividida en distintos pareceres.
Don Francisco, don Carlos, Abenamal, y algunos otros, pensaban que el auxilio de los españoles era de la mayor importancia; y que limitándose los reformados, como se limitaban, a pedir una simple tolerancia en materias de fe, sin exigir protección ni paridad con el culto católico, sería desatinado negarse a su propuesta. Pero los portugueses Sousa y Coello no podían avenirse con la idea de asociarse con herejes luteranos y calvinistas; y de esta misma opinión no faltaban personas entre los circunstantes.
Cuando el eclesiástico español cesó de hablar, un rumor sordo se dejó oír por todo el salón: los que opinaban en su favor se miraban, dando visibles muestras de aprobación; y los contrarios, hablando entre sí en voz baja, se preparaban a oponerse sin rebozo a su propuesta.
Coello, poniéndose en pie y saludando al rey, exclamó:
—Los portugueses, señor, se han gloriado siempre de vivir en el gremio de la santa Iglesia católica, apostólica, romana, única verdadera, fuera de la cual no hay salvación. Y la condición que los españoles ponen para tomar las armas en defensa de Vuestra Majestad, si se acepta, destruirá para siempre nuestra opinión religiosa, manchando el suelo de los dominios de Vuestra Majestad con el baldón de la herejía.
»¿Por ventura no serán bastantes los vasallos naturales de Vuestra Majestad a ponerlo en su trono, sin mendigar el apoyo de los españoles descontentos? Señor: Vuestra Majestad es dueño absoluto de nuestras vidas y haciendas; pero en la honra y en la religión no puede...
—Sobrado tiempo os he escuchado, Coello: yo resolveré este asunto como sea de mi real agrado, y os dejo salvo el derecho de hacer de vuestra persona lo que os parezca conveniente —le interrumpió don Sebastián, justamente indignado, de que en tan críticos momentos se quisiera sembrar la división en su partido.
Coello, aterrado, murmuró algunas frases de obediencia, fidelidad, celo y religión, ocupando confuso su asiento.
Don Sebastián, sin atenderle, se dirigió al eclesiástico, y con notable afabilidad le dijo:
—Doctor Serrano, don Juan de Vargas os anunciará mañana mi resolución. Entre tanto podéis dar mis reales gracias a vuestros amigos, asegurándoles que jamás olvidará don Sebastián el auxilio que en su infortunio le prestan. Mañana también, señores, se os comunicarán a todos mis órdenes, y antes de mucho nos habrá visto el mundo triunfar de nuestros enemigos, o perecer gloriosamente en la demanda.
Concluyendo de hablar hizo seña de haberse terminado la asamblea; y los que la componían empezaron a retirarse de dos en dos, o de tres en tres lo más, para no hacerse sospechosos en la calle.
No lo hizo así Vargas, pues se le mandó permanecer en el salón hasta quedarse solo con el rey y el marqués Domiño.
Entonces, el primero de estos personajes, llamándole, le habló en estos términos:
—Don Juan, la mano del destino, por caminos bien inesperados, os ha reunido a mí. Sé que habéis resuelto seguir mi suerte; y sé también que los hombres como vos no varían nunca su resolución: cuento, pues, con vos como conmigo mismo.
—Vuestra Majestad —dijo Vargas— me hace justicia: mi espada y mi persona están ya a su real servicio mientras me dure la vida.
—Lo creo; y os doy una prueba de ello en poneros al frente de mis auxiliares. No necesito deciros que estos son los españoles que, habiendo abrazado las herejías de Lutero y Calvino, no hallan en su patria un palmo de terreno que los sustente con seguridad, un solo instante, de que las hogueras de la Inquisición no se enciendan para ellos. Aunque católico, como yo lo soy, por la piedad de Dios, no podréis menos de conocer que en mi actual posición me es forzoso prescindir de escrúpulos que acaso me arredraran en otras circunstancias. Hoy lo que necesito son brazos, y a todo precio debo comprarlos mientras el honor no padezca.
—Vuestra Majestad, a mi entender, obra en eso con cordura.
—Tal es mi opinión; y yo sabré imponer silencio, eterno si es preciso, a los que como Coello quieran contrariarla. Desde que la fortuna me ha condenado a vivir en la última clase del pueblo, he tenido ocasión de abrir los ojos sobre más de un error, y me he convencido de que el hierro y el fuego hacen hipócritas, pero no religiosos. Además, don Juan, el pontífice, a quien en Roma me presenté a pedir dispensa del voto temerario que en un momento de despecho hice en África de vivir siempre encubierto, no solo se negó a ello, sino que me despidió con dureza. Gregorio, esclavo humilde del rey de España, temblaba de tener un solo día en sus estados al infeliz don Sebastián, y esta ofensa está para siempre grabada en mi corazón.
»Bastante os he dicho para que comprendáis claramente mi voluntad y sus fundamentos. El doctor Serrano os presentará mañana a los que habéis de conducir a la gloria: descanso en vuestra fidelidad y buen talento, y no volveré a ocuparme en el asunto hasta que os comunique mis órdenes para marchar.
»La mano de doña Inés es vuestra ya. La categoría a que estará destinado el esposo de la cuñada del rey no se os ocultará; y para que desde luego empecéis a recibir pruebas de mi real benevolencia, os autorizo a usar desde hoy el título de duque de Madrigal.
—Las bondades de Vuestra Majestad y la merced con que me honra estarán eternamente impresas en mi memoria, y espero dar pruebas de mi agradecimiento en el campo de batalla.
—Ese es el lenguaje de un noble soldado. Podéis retiraros.
Dobló don Juan la rodilla, besó la misma mano a que había visto hacer pasteles, y salió del regio desván como el hombre que acaba de tener un sueño maravilloso, de aquellos que hacen dudar de si se duerme o se está despierto.
[Ilustración]
CAPÍTULO II
Ciego el califa en su sangriento celo, Despuebla el mundo por vengar al cielo.
(Meléndez: _Oda a la tolerancia_).
A principios del siglo XVI fueron tantos y tales los abusos de las facultades espirituales que en materia de bulas e indulgencias hizo la corte de Roma, que en Alemania, país eminentemente pensador, dos frailes, Lutero y Calvino, se alzaron contra ella: practicaron la reforma de la religión cristiana, conocida con el nombre de protestantismo; y a pesar del emperador, del papa y del concilio, luchando contra las armas del uno, las excomuniones y los legados del otro, y contra los cánones y censuras del último, hicieron considerable número de prosélitos, atrayendo a su creencia príncipes ilustres y naciones enteras.
Lutero y Calvino dieron al poder de los papas un golpe funesto, que los progresos de la civilización social prepararon hasta entonces, y en lo sucesivo hicieron verdaderamente mortal. Desde entonces los sucesores de San Pedro perdieron aquel poder en virtud del cual daban y quitaban las coronas. Inglaterra, Suecia, Flandes, gran parte de la Alemania, se separaron del regazo de la Iglesia católica; la Francia misma rehusó admitir el concilio tridentino, y la Europa entera empezó a creerse con derecho a pensar en materias de religión, cosa hasta entonces mirada como una blasfemia.
Las consecuencias que aquellos sucesos tuvieron en el orden político son harto conocidas; y aunque esta novela no se ha escrito a propósito para hablar de ellas, se nos permitirá que observemos que Inglaterra fue el primer país enteramente protestante, y que en él es en donde la libertad civil es también más antigua.
Carlos I se declaró protector del concilio de Trento, y persiguió constantemente a los reformados. Pero en Alemania no pudo extinguirlos: en España fue donde, auxiliado por la Inquisición, de abominable memoria, logró que jamás los hubiese a cara descubierta.
Las crueldades del tribunal de la fe no fueron sin embargo durante su reinado comparables a las que se ejercieron bajo el cetro de hierro de su hijo Felipe II, cuyo nombre execrado ha llegado a nuestros días, y pasará a la más remota posteridad, como el baldón de su siglo y de la patria que le dio el ser.
Todas o la mayor parte de las religiones han debido acaso a la persecución su mayor incremento; y, a excepción del mahometismo, ninguna se ha extendido con la rapidez que la protestante. En vano se le opusieron cuantos diques alcanzaron el poder y la Iglesia dominante; salvolos todos y, embravecida como un torrente por la resistencia, llegó a hacerse temible para sus perseguidores.
No eran entonces los españoles un pueblo insignificante, como después lo fueron gracias a tres siglos de cadenas; ricos, poderosos y conquistadores, en todo el orbe se veía a los invencibles tercios castellanos cubriéndose de gloria; sus mercaderes tenían relaciones comerciales con todas las naciones; y el oro mejicano hacía de nosotros los banqueros del mundo. Entonces se viajaba; en aquellos viajes había comunicación con los extranjeros, y de este modo la reforma religiosa llegó a hacerse partidarios, y no en pequeño número, en el corazón mismo de Castilla.
Naturalmente, los primeros protestantes fueron eclesiásticos: para nadie podía tener más interés la cuestión que para ellos; y unos la examinaban por curiosidad, otros para instruirse. Algunos creyeron las nuevas doctrinas más conformes al espíritu del Evangelio que las antiguas; otros, lo contrario; y estos en España fueron en mayor número. Apoyados los últimos en la ley, y disponiendo de la fuerza, persiguieron encarnizadamente a los primeros, quienes se refugiaron, como todo proscrito, en la oscuridad.
No había acaso ciudad en España en que los protestantes, los judíos, y hasta los mahometanos no tuviesen conventículos secretos que la Inquisición fue descubriendo sucesivamente. Para llevar legalmente a la hoguera a los desventurados que los formaban no se necesitaba más que probarles su diferencia de religión; pero el espíritu de partido, no contento con aplicarles al tormento y quemarlos después, quiso que bajasen al sepulcro manchada su memoria con la imputación de crímenes cuya atrocidad misma los hace absurdos e increíbles.
Los niños degollados bárbaramente, las imágenes del Redentor injuriadas de una manera abominable eran las más pequeñas de las infamias de que los inquisidores acusaban a sus víctimas. La pluma se niega a entrar en pormenores sobre esta materia, y el entendimiento concibe apenas que se hayan conducido al suplicio millares de infelices pretendiendo haberles probado que _volaban_ o que tenían en sus casas _a pupilo_ algunos diablos en figura de sapos, con obligación de vestirlos de terciopelo y darles a comer huesos de difuntos.
En tal estado se hallaba España bajo la dominación del fanático Felipe, cuando Gabriel de Espinosa puso a cargo de Vargas el mando de sus auxiliares españoles.
No se crea, por lo que de las luces naturales de don Juan hemos dicho, que fuese un hombre de los que hoy llamamos despreocupados. Eran muy pocos los castellanos que en aquel siglo podían pretender esta denominación; y seguramente en donde menor número de ellos se hallaba era en la nobleza, que recibiendo una educación puramente militar, conservaba la creencia de sus padres, sin imaginar siquiera que en tal materia era admisible la discusión. Sin embargo, el hermano del marqués había tenido ocasión de observar en Flandes que los herejes eran hombres como los demás; que cualquiera que fuesen sus errores en el dogma, la moral de su religión era exactamente la del Evangelio, y que en los combates se portaban como el mejor católico, peleando con valor, y tratando después con humanidad a sus enemigos. Redújose, pues, a desempeñar la comisión que se había puesto a su cargo, aunque no sin repugnancia y tal cual escrúpulo de conciencia. Dígase también, en honor de la verdad, que Inés, a quien vio aquel día en el locutorio, le pareció tan hermosa, estuvo con él tan fina y le dio tan próximas esperanzas de su matrimonio que, al separarse de ella, hubiera hecho alianza no ya con los protestantes, sino con todos los herejes y cismáticos habidos y por haber, y con el mismo Satanás, por más feo, cornudo y azufroso que se le presentase.
Tales han sido siempre los hombres vehementes: preocupaciones, intereses, conveniencias sociales, la honra misma, todo lo han sacrificado a las miradas de una mujer en los primeros años de la vida; y en la edad adulta, el ídolo de su juventud, olvidado, menospreciado tal vez, ha tenido que ceder su lugar a los sueños de la ambición.
Vargas entonces no creía que hubiera nada en el mundo superior a Inés, ni que el que una vez la había visto pudiera nunca dejar de amarla; menos aún, ser feliz sin ella. ¿Qué mucho, pues, que todo lo sacrificase para poseerla?
Ya resuelto a entregarse sin reserva en manos del destino, se preparó a desempeñar su papel de jefe de segundo orden en aquella conjuración; y revestido de la gravedad conveniente, se presentó con el doctor Serrano en el conventículo de los protestantes.
Celebraban estos sus reuniones con todo el misterio y cautela que su posición exigía, y Vargas halló en juntas a los que formaban el consistorio directivo en una oculta bodega situada en un extremo de la ciudad. Algunos letrados, no menos eclesiásticos, tres o cuatro mercaderes y algún profesor de ciencias exactas fueron las personas que allí se ofrecieron a su vista: la única de capa y espada, como entonces se decía, era el mismo Vargas.
Antes de su llegada ya habían los protestantes acordado que no prestarían a don Sebastián el prometido auxilio sin recibir antes por escrito su real palabra de que se les tolerase en Portugal el libre ejercicio de su culto; y el doctor Serrano hizo entender sin rebozo a don Juan que toda negociación era excusada sin que precediese la entrega de la garantía pedida.
En el caso de que el destronado rey accediese a lo que se deseaba, empezarían los protestantes poniendo a su disposición una suma considerable para empezar la campaña; formarían a su costa, y auxiliados por sus hermanos de Inglaterra, Francia y Alemania, un cuerpo franco; y, desde luego, presentarían en breve plazo de trescientos a quinientos hombres para contribuir al alzamiento.
No dejaron tampoco de presentarse varias dificultades al consistorio sobre poner los soldados protestantes a las órdenes de un noble católico; pero todas ellas se desvanecieron con la imposibilidad de hallar en España hombre de la comunión reformada que lo reemplazase. Fue, pues, nuestro don Juan, bajo el título de duque de Madrigal, reconocido por jefe del futuro cuerpo auxiliar, y la reunión se disolvió después de haber rezado a coro un salmo de David.
Debía don Juan comunicar a Gabriel de Espinosa lo resuelto por el consistorio, y para ello se le había mandado hallarse aquella noche a las ocho de ella en el Campo Grande; cita a la que, como se deja conocer, asistiría con alguna anticipación para no hacerse esperar; pero fue tanta su puntualidad, que daban las siete cuando entró en el Campo Grande, que, por ser la noche de las frescas de otoño, estaba desierto. No le pesó de esta circunstancia, pues en situación semejante a la suya lo que más se apetece en general es la soledad. Amante y conjurador a un tiempo, sus pensamientos le sobraban a Vargas para entretenerse.
La revolución que se preparaba, su éxito y consecuencias eran asuntos de no pequeña importancia; pero Inés la tenía mayor para él. Dejando vagar la imaginación a su placer, se veía ya dueño de su amada: representábasele verla en sus brazos al rayar la aurora, y uno y otro día, y siempre, en fin, vivir a su lado; pero el colmo de la dicha para Vargas era tener un hijo de Inés, que su fantasía hizo bello como Apolo, valiente como Hércules, discreto como Cicerón, y célebre como Alejandro.
Cuando el hombre cree ser feliz, lo es, ha dicho no sé quién, y con sobrada razón. Nunca la realidad iguala a los goces que el hombre dotado de una ardiente fantasía tiene, cuando sus sueños, ya despierto, ya dormido, le halagan. Y es porque, en la realidad, aun las rosas tienen espinas; no así en el mundo ideal: lo malo y lo bueno, según el vidrio que se deja ver en la linterna mágica, se presentan aisladamente. Prescíndese de la debilidad humana, de la muerte; se olvida que estamos condenados a padecer, y que cuanto más intenso sea un dolor, tanto más pronto el órgano que lo sufre perderá la facultad de sentirlo. Sucédenos, en fin, lo que al mecánico teórico: calcula una máquina prescindiendo del rozamiento de los cuerpos y de la elasticidad de las cuerdas, y obtiene en el papel un invento que ha de inmortalizarle. El mal está en que al poner en práctica su máquina tiene que emplear hierro, madera y cáñamo.
Dando, pues, libre curso a sus imaginaciones, se paseaba Vargas delante del convento de recoletos y no advirtió que un hombre le seguía, hasta que este, tocándole en un hombro, le dijo:
—Muy distraído vais, señor don Juan.
Volviendo entonces la cabeza reconoció a Gabriel de Espinosa.
Diole cuenta de lo ocurrido en el consistorio, y tuvieron sobre ello una larga conversación, en la cual desplegó el pastelero grandes conocimientos en política, y dio a Vargas detalladas instrucciones, previendo las dificultades que podrían ocurrirle en su misión y facilitando los medios de vencerlas; y por último, prometió la garantía pedida por los protestantes.
Antes de despedirse supo Vargas que los conjurados portugueses Domiño, Abenamal, don Carlos y don Francisco, habían ya marchado a disponer el alzamiento, que debía verificarse tan luego como don Sebastián se presentase en su reino.
El monarca destronado pensaba ir a Madrigal, salir de allí acompañado de fray Miguel, don Juan y un corto número de los protestantes españoles, y entrar con ellos en la Extremadura portuguesa para descubrirse allí.