Part 6
»Los compañeros de don Sebastián eran el marqués Domiño; don Carlos, hijo natural de don Juan de Austria; el príncipe Abenamal de Dinamarca, y el joven don Francisco, a quien los otros llamaban Francisquito, que según tengo entendido es hijo ilegítimo del rey. Los tres primeros le habían seguido a la batalla, como vasallo el primero, y en clase de voluntarios los otros dos, y todos pasan, igualmente que el rey, por muertos. Don Francisco se le unió en su segundo viaje a Portugal.
»Desde que este joven me vio, su inclinación a mí se manifestó claramente; y él mismo, acompañado del dinamarqués Abenamal, fue quien tuvo con vos el encuentro en el Campo Grande. Pero no anticipemos los sucesos, y volvamos a don Sebastián.
»Llegó el rey al valle y se enamoró de Clara; pero no podía permanecer allí mucho tiempo, pues le era forzoso recorrer el país para alentar a sus partidarios, o por mejor decir, para formar un partido con los servidores fieles que le quedaban, esparcidos en diferentes puntos.
»Así se pasó el tiempo que medió desde su conocimiento con Clara y matrimonio con ella hasta el viaje a Nápoles. He aquí la causa que lo promovió: el licenciado Juan Méndez Pacheco, tanto por el misterio con que todo aquel asunto se condujo, cuanto por algunas expresiones que doña Francisca de Alba dejó escapar en su presencia, sospechó que el herido cuya secreta cura se le había confiado, y magníficamente remunerado, era el rey don Sebastián. Debía el médico haber guardado para sí sus conjeturas, cuando por otra cosa no fuera, por amor de su propia seguridad al menos; pero no lo hizo así, y su imprudencia hubo de sernos a todos funesta. En cuanto a nosotros, ya sabéis, don Juan, las consecuencias que produjo: réstame deciros que al médico Pacheco le prendieron, y logrando a duras penas salvar su vida, fue destinado algunos años a galeras.
»Cuando volvimos a España después de la muerte de mi amada Clara, nos aproximamos a las fronteras de Portugal, y en ellas encontramos a nuestros amigos, según el convenio hecho un año antes. El infatigable Domiño no había cesado de trabajar, aunque infructuosamente. En los años transcurridos desde que don Sebastián pasaba por muerto, la usurpación había echado raíces. A la verdad, la masa del pueblo estaba descontenta con el yugo español, y la nobleza, abatida y menospreciada, suspiraba por un trastorno político; pero los tercios españoles tenían aterrados a unos y a otros. La nación envilecida no se sentía capaz de sacudir las férreas cadenas que la oprimían; y los magnates, a quienes se hablaba de ponerse al frente de un movimiento popular, no respondían más que mostrando temerosos el coloso español, capaz de aniquilarlos con el menor esfuerzo que para ello hiciese.
»En medio de este desaliento general, había sin embargo algunos espíritus generosos que, convencidos de la existencia de don Sebastián, conjuraban para restablecerle en su trono. En vano los satélites de Felipe descubrían siempre aquellos proyectos, y una muerte pronta e infamante para sus autores fue el último resultado que produjeron.
»Tal fue el desagradable cuadro que Domiño nos hizo del estado de los negocios en Portugal, y en su vista difirió el rey entrar por entonces en aquel país. Domiño y los otros tres caballeros se volvieron a él: nosotros fuimos a establecernos primero en la Nava de Medina, y después en Madrigal, que dista de allí tres leguas.
»Poco más de un mes hacía, don Juan, que estábamos en aquel pueblo, cuando el destino os condujo a él. Llegasteis precisamente el día en que don Sebastián, habiendo reconocido en el vicario de Santa María la Real a fray Miguel de los Santos, su antiguo confesor y predicador, quiso probar si aquel religioso le reconocería también a él. Con este objeto le esperó y habló cuando se retiraba de decir misa, según presenciasteis vos mismo. Debería sin duda el supuesto Gabriel no haberlo hecho en vuestra presencia, atendiendo a que la obstinación con que seguisteis sus pasos os hacía sumamente sospechoso; pero don Sebastián no conoce obstáculos a su voluntad, y plegue a Dios que su inflexibilidad no sea funesta para todos.
»Figuraos cuál sería la sorpresa de fray Miguel oyendo la voz de su rey que tan conocida tenía, y mirando sus propias facciones. Al principio dudaba reconocerlas; pero tan prontas y tales fueron las cosas que don Sebastián le dijo, de aquellas que solo él y su confesor podían saber, que no le fue posible al vicario negarse a la evidencia.
»Fray Miguel, conservando siempre la esperanza de que don Sebastián volvería a presentarse, había procurado formar en Portugal un partido a su favor; y para que sus relaciones con aquel reino fuesen menos sospechosas, hizo ir a establecerse en Madrigal al médico Juan Méndez Pacheco, que le servía y sirve de agente.
»Pero lo más interesante que ha hecho el vicario en favor de su rey, ha sido poner de su parte a la señora doña Ana de Austria, digna hija de su ilustre padre. Debemos a esta señora singulares beneficios; y es de presumir, si el cielo protege nuestra causa, que la veamos sentada en el trono de Portugal.
»He aquí, don Juan, la explicación de todos los misterios que tanto os han confundido.
—Aún quedan, bella Inés —respondió Vargas—, algunos puntos que aclarar. La aventura de la ermita, por ejemplo.
—Voy a explicárosla. Los amigos del rey, después de haber recorrido de nuevo el Portugal y tomado allí sus medidas, vinieron a reunirse con él, repartiéndose, para no llamar la atención, en diversos pueblos de las cercanías de Madrigal. No habían venido esta vez solos, sino acompañados de varios señores portugueses, que, comisionados por los de su partido, traían el doble objeto de cerciorarse de la existencia de don Sebastián y de recibir sus órdenes.
»Era, pues, preciso celebrar algunas juntas, y ningún paraje les pareció más a propósito para ello que la bóveda-panteón de una ilustre familia que existe debajo de la ermita a cuyas inmediaciones nos vimos.
—¿Y vos —exclamó Vargas, con visibles señales de descontento—, y vos lo sabíais?
—Sabía que se reunían cerca de Madrigal, pero no en qué paraje. Además debéis recordar que la elección del lugar de la cita fue vuestra, y no mía.
»Sucedió, pues, que los conjurados, si tal nombre puede darse a los que defienden tan justa causa, advirtieron que había gente extraña en las ruinas; y temiendo ser descubiertos, hicieron lo que no habréis olvidado.
—No por cierto: ni lo olvidaré en mi vida.
—Fray Miguel fue quien en aquella ocasión os salvó la vida.
—La suya fue entonces la voz que yo creí reconocer.
—Sin duda lo era. Don Sebastián se presentó después, y según parece estaba enterado de nuestra cita.
—¿Cómo?
—Lo ignoro; no puedo creer otra cosa sino que el mulato Domingo, viéndome salir sola de casa me siguiera los pasos, y después informara a su amo de lo ocurrido.
—Así parece probable. ¿Pero y vuestra repentina salida de Madrigal?
—Fue consecuencia de lo acordado en aquella misma junta. Los portugueses ofrecieron reunir en los montes un número considerable de soldados tan luego como el rey se presentara en sus dominios a cara descubierta; y don Sebastián, para quien la triste condición en que vive ha llegado a ser insoportable, resolvió prestarse a todo. Pero como para su presentación en Portugal son necesarios grandes preparativos, pues el rey no quiere entrar pordioseando en sus estados, se resolvió que se difiriese por algunos meses el alzamiento, para disponer en ellos lo conveniente. Inútil es deciros que Madrigal no ofrece recursos ningunos, y que es además demasiado pequeño para que cuantos pasos se den dejen de ser públicos.
—Ya os entiendo: habéis venido a Valladolid a hacer compras.
—Así es la verdad. He sido recomendada por la señora doña Ana de Austria a este monasterio bajo el nombre de doña María de Castro, suponiéndome sobrina de cierto abad: como el pretexto de mi estancia aquí es un pleito, salgo del convento siempre que lo creo conveniente y me es forzoso.
—Un solo punto nos resta por aclarar, señora mía.
—¿Cuál es, señor don Juan?
—Cierto lance en el Campo Grande.
—Vamos a él. Cuando os vi en Medina os cité para el primer paraje que se me ocurrió entonces; pero por un efecto de la fatalidad que nos persigue desde que nos conocimos, quiso la suerte que las cercanías del Carmen fuesen precisamente el punto escogido por el dinamarqués Abenamal para verse en la noche misma que nosotros escogimos con una dama, o más bien mujer a quien galantea. Acompañado de don Francisco fue a esperarla; y ya sabéis lo que pasó sobre dejar o no dejar el campo libre unos a otros. Pero don Francisco, irritado por mi indiferencia con él y celoso de vos, promovió la pendencia, y el brutal dinamarqués, olvidándose de las reglas del honor, os atacó también. ¿Soy culpable, Vargas?
—No, mi bien; no, mi vida. Perdonadme, si merece perdón el que se atreve a pensar mal de un ángel.
—¡Siempre exagerado; siempre en los extremos! No, don Juan, yo no soy ni liviana ni intrigante, pero tampoco un ángel; estoy muy lejos de tal perfección.
—Inés, ya os juro...
—¿Que me amáis? Me complazco en creerlo.
—Si así es, ¿por qué tardáis en ser mi esposa?
—Después de lo que habéis oído, no se puede ocultar a vuestra penetración que la hermana de Clara, la cuñada del rey don Sebastián, la que, en fin, ha prometido solemnemente servir de madre a su hija, no puede separar su suerte de la del infeliz monarca. No creáis, Vargas, que la ambición me lisonjea con sus ilusiones; acaso soy yo la única persona que en este negocio no se las hace. Conozco que Portugal, unido todo, con su rey en el trono, y aun suponiéndolo en sus más prósperos días, no basta a resistir uno solo al poder del orgulloso potentado en cuyos dominios jamás se oculta la luz del sol. ¿Qué será, pues, en las actuales circunstancias? Preveo una sangrienta catástrofe, y miro la ruina de don Sebastián y los suyos como inevitables. Sin embargo, estoy resuelta a perecer con él, pues que el destino lo quiere así. Ved, pues, el tálamo que os ofrezco: mi mano no puede ser vuestra sin que tiréis la espada en favor de don Sebastián.
—Suyo soy entonces hasta la muerte.
—¡Don Juan!...
—No habléis más, señora. Su causa es justa; y aunque no lo fuera, conozco que haría lo mismo. Sin vos, ni la vida ni la honra estimo en nada.
—El rey sabrá hoy vuestra resolución; volved mañana.
—Esposa mía, adiós.
—Él os guarde, mi señor.
FIN DEL TOMO TERCERO
Ni Rey ni Roque
NI REY NI ROQUE
EPISODIO HISTÓRICO DEL REINADO DE FELIPE II, AÑO DE 1595
NOVELA ORIGINAL
ESCRITA POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA, AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA
TOMO IV
Madrid Imprenta de Repullés — AÑO DE 1835
NI REY NI ROQUE
CAPÍTULO PRIMERO
Sí, yo te seguiré. Deja, Pelayo, Que a tu diestra valiente una mi diestra; Que me alboroce viéndote, y contigo Al moro jure interminable guerra.
(Quintana: _Pelayo_).
Grande era el contento que Vargas sentía en haber salido del estado de ansiedad en que había vivido durante los últimos meses, pareciéndole mejor correr los evidentes riesgos que su nueva posición ofrecía, que estar como antes continuamente en contradicción consigo mismo.
Reflexionando, sin embargo, en el modo con que se hallaba tan inesperadamente comprometido en la más aventurada de las conjuraciones, en cuyo éxito favorable o adverso realmente ningún interés personal tenía, admiraba con razón los caprichos de la fortuna. Dotado, como lo estaba, de un entendimiento claro, y no siendo por naturaleza ambicioso, no podía menos de conocer que era lo más descabellado que podía imaginarse exponer la vida, la fortuna y la honra: ¿y para qué?; para sustraer a la dominación española el reino de Portugal, que siempre debería haber formado parte de nuestra nación, la cual tal vez necesita que toda la península forme un solo cuerpo para ocupar entre las demás potencias el lugar que le corresponde. Pero a esta reflexión, y otras de no menos peso, se oponía el amor de Vargas, amor que le dominaba completamente, y al cual estaba resuelto a sacrificarlo todo sin excepción.
Con tales disposiciones se presentó de nuevo en el convento de Inés, y después de una larga conversación con ella, en la cual, al cabo de dos horas, vinieron a decirse, en resumen, que se querían entonces y se querrían siempre, salió de allí quejándose de no haber tenido tiempo para hablar de su amor.
Parecíale tal vez robado el tiempo que Inés tardó en indicarle el paraje y hora en que podría verse con el que continuaremos llamando indistintamente Gabriel de Espinosa, o don Sebastián, pues de ambos nombres usaba, según las circunstancias.
Ya tarde en la noche del día en que nos hallamos, salió Vargas de su casa con magnífico vestido, una excelente espada, envuelto en una capa de camino que le cubría enteramente, y para mejor disfrazarse, con un sombrero de ala ancha. En este equipaje se encaminó por calles excusadas a cierto callejón del barrio de la Mantería, situado en uno de los extremos de la ciudad; al ir a entrar en él, un hombre que apoyado con negligencia a la esquina parecía estar medio borracho, le dijo tartamudeando:
—Buenas noches, amigo. ¿Se va de ronda?
—Esta noche no rondan más que las brujas —respondió Vargas, quitándose al mismo tiempo el sombrero, y cubriéndose el rostro con él.
—Adelante —respondió el otro, ya en voz clara y con firmeza—, la tercera puerta a la derecha.
—No, sino la cuarta —dijo Vargas, y continuó su camino.
Contando entonces cuatro puertas en la acera izquierda, tomó el aldabón de la que completaba este número, y dio con él dos golpes con tanto tiento que a pesar de lo corto de la distancia no los oiría sin duda el de la esquina.
Una voz que parecía de mujer vieja preguntó desde adentro:
—¿Quién anda ahí?
—Amigo —fue la respuesta de don Juan, dando una palmada.
—Yo no tengo amigos —replicó la vieja—; váyase noramala.
—Me iré —replicó don Juan—, pero no sin decirle que la luna no ha salido aún —y volvió a dar otra palmada.
Entonces se abrió la puerta, y se halló nuestro caballero en un zaguán mezquino y sucio, en el que una mujer vieja y andrajosa tenía un lecho de malísima paja. Ya dentro, arrolló Vargas su capa y sombrero, y poniéndose su capacete, correspondiente al resto de su vestido, pasó por una puerta que le indicó la vieja a un vestíbulo, en el que halló dos hombres armados con arcabuces, espadas y dagas.
—¿Qué os trae a este lugar? —dijo uno de los armados.
—El amor de la verdad y el deseo de la honra —le contestó el caballero.
Y hallando el paso franco, después de atravesar aún otra antesala, si se le quiere dar este nombre, se metió en un granero de no pequeñas dimensiones, que bien limpio, medianamente adornado, y perfectamente iluminado por un crecido número de bujías, ofrecía un aspecto mixto entre salón y desván.
Unos bancos de pino, cubiertos con unas cortinas de damasco anaranjado, o que tal había sido, corrían alrededor de aquella sala, y en la cabecera de ella se veía un gran sillón de los que los frailes usan en sus celdas, también cubierto del mismo modo.
A los pies de la sala, y alrededor de una mesa correspondiente al resto de los muebles, estaban sentados escribiendo tres o cuatro personas.
Las que había en el salón cuando entró don Juan serían hasta veinte, entre ellas tres o cuatro eclesiásticos con manteos: los demás iban cuál más, cuál menos ricamente vestidos. Algunos llevaban al pecho diferentes cruces, y uno de los que estaban escribiendo llevaba una banda roja.
Los demás se paseaban por la sala en grupos de dos a tres personas hablando entre sí en voz baja.
Al entrar Vargas todos se volvieron hacia él, y contestaron a su saludo con cortesía; en seguida continuaron sus paseos en todo lo largo del salón.
El anciano de la banda roja no había reparado en su entrada; pero habiendo alzado la cabeza y fijado la vista en él, se levantó inmediatamente de su asiento, y acercándosele con aire cordial, le dijo:
—¿Es el señor don Juan de Vargas a quien tengo la honra de hablar?
—Un criado vuestro —contestó este, satisfecho de que hubiera entre tantos uno que le hablase.
—Mi nombre —continuó el de la banda— no os será tal vez desconocido, aunque sí mi persona, por no haber tenido hasta ahora ocasión de hablaros; yo soy el marqués Domiño.
Reconociendo entonces Vargas que hablaba con el fiel servidor de don Sebastián, de quien tanta mención se hacía en las memorias de Inés, le colmó de atenciones, y el marqués por su parte no andaba menos comedido.
—Su Majestad —dijo— no tardará en honrarnos con su presencia; ahora permitidme que concluya el arreglo de algunos papeles interesantes, de que me es forzoso darle cuenta esta misma noche, y contad con que tenéis en mí un verdadero amigo y admirador.
Volviose, acabando de hablar, a la mesa, y dejó a Vargas solo de nuevo, teniendo por recurso que dedicarse a observar cuanto pasaba en torno de él.
Desde su llegada no habían cesado de irse presentando nuevos personajes de todas especies, y en uno de ellos reconoció don Juan a su rival don Francisco. Debió este conocerle también, pues mudó de color al verle; pero no dio de ello otra señal, y saludándole pasó a unirse a otras personas de las que allí estaban.
Así se pasó como una hora, y al cabo de ella, oyéndose en el cuarto antes del salón dos recias palmadas, el marqués Domiño se levantó de su asiento, y después de haber dicho en alta voz «el rey, señores», se encaminó a la puerta de entrada, que abrió de par en par.
Todos los circunstantes, descubiertos, se colocaron entonces alrededor del salón, observando el más profundo silencio.
Los dos centinelas de la segunda antesala guardaban la entrada con sus arcabuces, agarrados con la mano derecha por la garganta de la culata, y dejando descansar la caja sobre el hombro del mismo lado.
Pocos minutos después se deja ver don Sebastián con un vestido negro completo, y sin más adorno que el de una cadena de oro, de la cual pendía una medalla, y en ella esculpida la efigie de la Virgen nuestra Señora.
El puño de la espada era de acero primorosamente labrado, y el del bastón, de oro, con algunos brillantes.
Cuando entró en el salón, los presentes se inclinaron respetuosamente, y él, quitándose el bonete, saludó con gracia y desembarazo.
Sentado ya en el sillón que le estaba destinado, mandó que los circunstantes se sentasen, y dijo:
—Años ha, señores, que la fortuna no me ha concedido un momento tan grato como el presente, en que me veo rodeado de tantos y tan buenos servidores. Con su auxilio y el favor de Dios, espero que en breve lucirá para Portugal el día de la libertad. Vea yo la bandera lusitana ondear un día en el campo de batalla; séame dado pelear aún al frente de mis valientes soldados, y muera yo después; habré llenado el más violento, el más justo de mis votos.
»Os he reunido, señores, para que ilustrado con vuestros consejos pueda yo decidir lo más conveniente. El momento de obrar es ya llegado. Harto tiempo hemos gemido en la esclavitud y en la miseria. La historia no ofrece acaso ejemplo de monarca tanto y tan largamente sujeto al rigor del destino; permanecer así más tiempo sería cobardía. Morir o vencer será desde hoy mi divisa.
—Y la nuestra, morir o vencer con nuestro rey —exclamaron entusiasmados la mayor parte de los conjurados.
—Ese entusiasmo —continuó don Sebastián—, que llena de alegría, es un feliz presagio de la victoria. Marqués Domiño, podéis hablar.
—Vuestra Majestad —dijo Domiño— me ha mandado poner a la vista de los ilustres personajes aquí reunidos un cuadro exacto de nuestra situación, recursos y esperanzas, sin omitir los obstáculos que se oponen a nuestra justa empresa. Procuraré hacerlo con toda la concisión, exactitud y claridad que alcance.
»No me cansaré en demostrar la justicia de la causa de Vuestra Majestad; esta es tan evidente, que no necesita razones en su apoyo. Por otra parte, los que me escuchan dan en hallarse en este paraje una prueba incontestable de su fidelidad y decisión por su legítimo rey.
»Nuestro objeto no es otro que el de arrancar de mano del usurpador Felipe el reino de Portugal. Para conseguirlo contamos con nuestros amigos, y con los muchos enemigos que dentro y fuera de sus estados tiene, gracias a su detestable política.
»Vuestra Majestad ha oído ya diferentes veces a los enviados de Portugal que están presentes, y prontos a confirmar cuanto diré. Según ellos aseguran, y yo mismo he tenido ocasión de observar, los portugueses están ya impacientes por romper el yugo de hierro que los oprime. Apenas hay uno de todos ellos que no haya sufrido alguna vejación del monarca español. La masa no puede estar mejor dispuesta; trátase solo de inflamarla, de dar a la indignación pública el conveniente impulso, y esto lo ha de hacer la presencia de Vuestra Majestad.
»En vano Felipe se ha esforzado en convencer con el tormento, el fuego y la cuerda a los portugueses de que su rey ha dejado de existir; la mayor parte de ellos creen lo contrario, y para convencer a los restantes la evidencia bastará.
»Hay, sin embargo, hombres en Portugal, y algunos de ilustre nacimiento, que unidos a la usurpación con los lazos del interés, y ejerciendo a su sombra una autoridad sin límites, harán los últimos esfuerzos contra nuestros designios. Estos, los españoles que allí mandan y los tercios que guarnecen nuestras fortalezas serán los enemigos que tengamos que combatir, y para hacerles frente es preciso contar con algunos soldados, desde luego.
»Para este objeto se ofrecen trescientos hidalgos portugueses, en cuyo nombre han venido los señores Sousa, Coello, Ebora y Renteiro. La universidad de Coimbra ofrece también a Vuestra Majestad cincuenta lanzas por medio del doctor Saldaña, respetable eclesiástico, que está en camino para esta ciudad.
»En una palabra, cualquiera que sea el punto de la frontera que Vuestra Majestad designe para el alzamiento, puede contar en él con más de cien caballeros y unos quinientos peones. Esta fuerza es bastante y sobrada para oponerse a las primeras tentativas de los tercios españoles, y dar lugar a que se unan a Vuestra Majestad mayor número de sus fieles servidores, con cuyo auxilio podrá apoderarse de una de las ciudades principales.
»Conseguido esto, la voluntad de los portugueses se manifestará sin rebozo; los españoles serán apenas dueños del terreno que pisen, y este no será mucho, atendido su reducido número en el reino.
»No es tampoco de temer en lo sucesivo el poder de Felipe, por más colosal que parezca. Flandes absorbe hoy su atención entera; allá van a consumirse los tesoros de las Indias; allí sus mejores soldados; allí, en fin, está el principal apoyo de Vuestra Majestad.
»Isabel de Inglaterra verá con gusto desmembrarse el reino de Portugal de la corona española, y si no me atrevo a asegurar que nos auxilie abiertamente con sus armas, es, por lo menos, cierto que podemos contar con grandes socorros de su parte. Los insurreccionados de Flandes no podrán menos tampoco de prestar la mano a la obra de nuestra regeneración. Y el rey de Francia y el emperador de Alemania mismo no dejarán, en cuanto puedan, de contribuir a la minoración del poder del rey de España, cuyos vastos dominios le hacen el perpetuo objeto de sus celos.
»He demostrado, a mi entender, que Vuestra Majestad no tiene que temer por parte de las otras testas coronadas oposición alguna a la justa recuperación de su trono; que las que no se interesen por Vuestra Majestad directamente, permanecerán neutrales; y que el rey Felipe, empeñado en una guerra destructora, y que, por la manera con que se conduce, se ha hecho interminable, pocos o ningunos esfuerzos podrá hacer para conservar la corona que usurpa.
»Pero aún hay más. Dentro de España, a la vista misma del tirano, hay muchos hombres valerosos, de ánimo independiente y heroicos pensamientos, que pueden apenas soportar los hierros que los agobian.