Ni rey ni roque (3-4 de 4)

Part 5

Chapter 54,117 wordsPublic domain

»Veinticuatro horas completas permaneció el esposo de Clara aletargado. Al cabo de ellas volvió en sí, y habiéndole administrado la bebida que a prevención llevábamos por disposición del médico, cuando llegamos a Marsella iba ya completamente bueno.

»En Marsella, después de una larga conferencia entre mi cuñado y sus amigos, se decidió que convenía por entonces separarnos por algún tiempo, y así se verificó en efecto, señalando el término de un año para reunirnos en España.

»Clara, su esposo, su hija, el capellán y yo nos internamos en Francia, y fijamos nuestra residencia en un pueblecillo de las montañas del Languedoc, llamado Lacaune. Su situación, en medio de una sierra de las más agrias, los gigantescos peñascos que en todos sentidos le rodean, y los torrentes que en la estación del invierno parece que van a inundarle, no se me olvidarán jamás; pero tampoco se borrará de mi memoria la hospitalidad y atenciones de sus habitantes.

»Para establecernos allí tomó mi cuñado el nombre italiano Fiormino, y se dio por un particular emigrado a causa de su aversión a los españoles que entonces dominaban su país: esto bastó para hacernos el objeto de la solicitud de todo el pueblo. Visitonos cuanto en él había de familias nobles, que eran bastantes, y procuraron en cuanto estuvo a su alcance hacernos olvidar nuestras desgracias. Pero nada bastó para que mi pobre Clara recobrase su salud.

»Durante la prisión de su marido sufrió mi infeliz hermana tormentos indecibles, y le sucedió entonces lo mismo que al que padece una fiebre inflamatoria, que mientras esta le dura parece animado y vigoroso, pero en desapareciendo le faltan las fuerzas. Así Clara hasta que vio seguro a su esposo mostró un valor, una energía verdaderamente heroicos; pero ya en Francia no pudo más y empezaron a ser demasiado visibles los efectos de sus penas.

»El más indiferente hubiera visto sin dificultad que aquel cuerpo tan bello caminaba a pasos agigantados a su disolución. ¿Qué haría una hermana que la adoraba? ¿Qué un esposo de los más tiernos?

»Ella misma no ignoraba su estado, y pensando aun entonces más en nosotros que en sí, no cesaba de prepararnos con sus discursos a soportar con resignación la irremediable calamidad de su muerte.

»Yo no sé si me engaño, pero esa filosofía que nos hace soportar estoicamente la pérdida de los que amamos, la he considerado siempre como una máscara de la insensibilidad.

»Si hubiera de referir las lágrimas, los suspiros que entonces exhalé, sería este escrito interminable. Pero permítaseme pasar rápidamente sobre aquel amargo trance.

»Clarita no había aún cumplido dos años cuando su madre, atacada de una consunción ya en su último período, cayó en cama. Desde aquel instante al de su muerte, que se verificó un mes después, ni su marido ni yo nos apartamos un instante de su lado.

»El médico a quien llamamos movió tristemente la cabeza, y nos dijo sin rodeos que Dios solo podía ya hacer algo en aquel caso.

»“Ya lo sabía yo”, dijo la enferma; “que su voluntad se cumpla”. Nuestro capellán, que desde su infancia la había acompañado, fue quien la prestó los últimos auxilios espirituales.

»Un cuarto de hora antes de morir quiso ver a su hija, la bendijo, y después de apretar tiernamente la mano de su esposo, tomó la mía diciéndome: “Inés mía, en tus brazos deposito a Clarita; sé para ella lo que fuiste para mí; sírvela de madre”.

»Llorar fue mi respuesta. Cruzó entonces Clara sus manos, y esperó tranquila el momento de comparecer ante el Padre de las misericordias.

»No manifestó su semblante el menor síntoma de agonía ni de padecimiento. Estaba, sí, descolorida, pero tan tranquila como si no fuera a morir. Su alma, que conservó en la tierra toda la pureza de su ser primero, su alma, centro y depósito de todas las virtudes, rompió sin esfuerzo los lazos que la unían al cuerpo, y subió satisfecha a gozar de la recompensa que merecía.

»Al expirar abrió un instante los ojos, los fijó en nosotros, y dando un suspiro, volvió a cerrarlos para siempre. Una sonrisa indecible se dejó ver en aquel momento en sus labios.

»El dolor de su esposo fue silencioso, pero terrible. El mío amargo, y será eterno. No ha pasado desde entonces un solo día sin que derrame alguna lágrima sobre la memoria de mi hermana.

»Para colmo de mi desventura, el capellán, ya muy anciano, no pudo resistir a la pena que le causó la muerte de Clara, y la siguió en breves días al sepulcro.

»La estancia en Lacaune no podía menos de sernos intolerable. Salimos, pues, de aquel pueblo con el corazón lleno de amargura, y nos encaminamos a España. Entonces tomó mi cuñado el nombre de Gabriel Espinosa, y para mejor encubrirse, el oficio de pastelero, en que el mulato Domingo le dio algunas lecciones, que por cierto aprovechó muy mal.

»De esta manera hemos vivido, ya en un pueblo, ya en otro, hasta nuestra llegada a Madrigal, en donde el señor don Juan de Vargas me conoció.

»Lo demás que me queda que revelar a este caballero es demasiado importante para que yo me atreva a confiarlo al papel, y aun lo que lleva escrito le suplico lo queme apenas lo haya leído. — _I. C._».

Concluyó Vargas esta para él tan interesante lectura, más prendado, si posible era, que antes de empezarla lo estaba de la bella Inés, y lleno al mismo tiempo de satisfacción. No podía en efecto menos de sentirla viendo que la mujer a quien tanto amaba era igual a él en nacimiento, y digna bajo todos conceptos de su estimación.

Solo hubiera deseado saber quien era el misterioso Gabriel, cuyas desgracias le interesaron también a favor suyo; pero o Inés lo ignoraba aún, cosa poco probable, o temió escribir su nombre, que era lo más cierto.

En estas y otras reflexiones estaba entretenido, cuando entró en su cuarto estrepitosamente el comendador Hinojosa, con muestras de gran contento por una parte y cierta risa irónica en la boca por otra, que no se concertaban muy bien.

—Bien hallado, señor don Juan —dijo dándole una palmada en el hombro con sobrada fuerza—: apuesto mi encomienda a que no adivináis las nuevas que os traigo.

—Si ellas son de tanto peso —respondió Vargas encogiendo el hombro—, como vuestra mano, no las digáis, porque sin duda alguna me abrumarán.

—No sé yo si os abrumarán en efecto, pero nunca os serán muy gratas. El señor marqués ha tratado de engañarme, pero el engañado ha sido él: Hinojosa es demasiado observador para que se le escapen así las cosas. No os alborotéis hasta estar al cabo del negocio, que en llegando allá tal vez no andaréis vos muy comedido con vuestro hermano.

—Sepamos, pues, de qué se trata.

—De una friolera, a la verdad: de vuestra fortuna. Si Dios no lo remedia, el marquesado, primo y señor, voló.

—¿Habéis soñado esta noche, primo, y venís a referirme vuestros sueños?

—No, a fe mía, aunque a veces tengo mis tentaciones de creer que es un sueño lo que pasa. Pero escuchadme y oiréis maravillas. ¿Habéis oído hablar de una dama llamada Violante?

—Violante... Violante... Sí; me parece que hago memoria... Aguardad: ¿no fue dama del marqués?

—Precisamente la misma. Vuestro hermano la sorprendió _in fraganti delicto_, como diría el padre Teobaldo, con un tal don Rodrigo, de felice recordación, que después la abandonó también.

—Sea en hora buena.

—No os impacientéis, que ya llegaremos al punto importante. No pudiendo hacer otra cosa, la dama se metió a beata. Se encontró encinta; y por medio de un buen fraile dominico, a quien ha embaucado, logró persuadir al marqués de que sus ojos le habían servido mal; y además, y en esto estriba la dificultad, le ha convencido de que su señoría es el progenitor de la criaturita, que Dios sabe a quién debe el ser.

—¿Y el marqués se ha dejado engañar tan groseramente?

—Como un santo varón. Pero no para en esto la historia: ha reconocido al niño, haciéndolo bautizar con su nombre y apellido, sin quitar una letra, ha señalado a la madre una pensión, y ahora va a Madrid a legitimar al ilustre vástago para poder dejarle su título y rentas. No me interrumpáis, que aún tengo que decir, y no poco. Por si muere antes de verificarse la susodicha legitimación, ha hecho testamento, dejando todos sus bienes libres al señorito; pero en honor de la verdad, debo decir también que se expresa que, en caso de no morir el marqués hasta después de legitimado su hijo (así lo llama) por Su Majestad, entonces se entienda que el marquesado pase a este, y los bienes libres a su hermano el señor don Juan de Vargas.

—Hinojosa, entendámonos: o cuanto decís es una chanza, y para tal me parece muy pesada, o habláis de veras, y entonces debo saber qué fundamento tienen tan importantes noticias.

—Y yo no tengo inconveniente en decíroslo. Desde que el dominico apareció aquí estoy sobre aviso: he observado los pasos del marqués; me he informado de la vida de Violante, y he sabido que el tal fraile era su confesor y la visitaba con frecuencia. Esto me ha bastado para averiguar el resto, para ir averiguando lo demás; pero a mayor abundamiento, el padre Teobaldo, confidente del marqués, se lo ha revelado al mayordomo; este al ama de llaves, quien deposita sus secretos en el despensero; de este pasó a cierta moza de retrete que no mira con malos ojos a mi lacayo, el cual me lo ha referido punto por punto. Y por si alguna duda nos pudiese quedar, tenéis al escribano, a quien he gratificado, pronto a enseñaros la minuta del testamento, que está, gracias a Dios, claro y terminante.

—Ya veo que no tiene duda.

—Ninguna.

—Así parece.

—¿Y qué pensáis hacer?

—No sé; nada.

—Admirable calma.

—¿Y qué hemos de hacer? La cosa ya no tiene remedio.

—No, en efecto, si tratáis de estaros mano sobre mano. Pero movámonos; opongamos la fuerza y la razón a las arterías de una ramera: tal vez lograremos impedir que empañe el honor de nuestra familia un infame bastardo, hijo acaso de algún caballero de la industria. Nadie más interesado que vos en este asunto.

—Así es, pero yo no quiero disgustar a mi hermano. Haga ahora lo que quiera, no por eso dejará de haber sido un padre, y muy buen padre, para mí.

—Nobles son esos sentimientos, pero intempestivos. El marqués está engañado, seducido por esa bribona que Dios confunda, y es hacerle un beneficio evitar que cometa la necedad que intenta. Lo que conviene, pues, es que sin demora tornéis la posta para Madrid.

—¿Yo dejar a Valladolid ahora? No, por cierto; aunque en ello me fueran más coronas que las de los innumerables mártires de Zaragoza.

—Voto a Dios —exclamó Hinojosa impacientado— que este tiene menos juicio aún que su hermano.

Riose Vargas de todo corazón de la cólera de su primo; y después de haber meditado algunos instantes, dijo:

—Lo que en esto se puede hacer es que vos, en quien tengo toda mi confianza, toméis a vuestro cargo el negocio. Desde ahora tenéis poderes amplios y completa aprobación para cuanto dispongáis. Si algo se ha de hacer ha de ser así, porque por mi parte me es imposible ocuparme en nada, pues tengo asuntos de más importancia.

—¡De más importancia que un título y grandes rentas!... En efecto, será preciso que yo tome el negocio a mi cargo, porque si no, sabe Dios en qué vendrá a parar la familia.

Salió diciendo esto del aposento muy incomodado con el poco juicio de su primo, y al día siguiente por la mañana tomó la posta para Madrid.

Don Juan no dejó de pensar algo en la singular conducta de su hermano; pero como Inés, y solo Inés podía ocuparle largo tiempo, a poco se olvidó de tal asunto para pensar únicamente en la entrevista que para el día inmediato le había prometido su dama.

[Ilustración]

CAPÍTULO VI

Mas vano ha sido nuestro afán, y en vano Por el nombre de Dios lidiado habemos: Él retiró su omnipotente escudo, Y coronar no quiso nuestro esfuerzo.

(Quintana: _Pelayo_).

Recuerde el lector que en el capítulo 4.º de este tomo le hemos dicho que, regresando don Juan de Vargas a Valladolid desde Puente-Duero por el camino de Simancas, había encontrado a Gabriel de Espinosa acompañado de una bella dama; y lo que no sabe y ahora le diremos es que aquella mujer era Violante, la querida del marqués.

Espinosa salió de Madrigal para Valladolid el mismo día que tuvo con don Juan la conferencia en la celda del fraile. Llamábanle sus asuntos a aquella ciudad hacía tiempo, pero ciertas razones le hicieron diferir su viaje hasta la época en que nos hallamos.

Fue a aposentarse a una casa de huéspedes, que la casualidad quiso fuese la que estaba enfrente de la que Violante habitaba. Viola por la mañana asomarse al balcón, y reconoció en ella una mozuela con quien había tenido amistad en uno de sus primeros viajes a Italia antes de casarse con Clara. La curiosidad le movió a ir a visitarla, y no fue poca su sorpresa al ver la decencia de los muebles y el místico adorno de las habitaciones.

Así que estuvieron solos la cortesana y el pastelero, le dijo este:

—Camila, ¡tú en España y vestida de hábito del Carmen! Fenómeno es este que no esperaba ver.

Sorprendiose la taimada hasta no más oyéndose llamar por un nombre que ya ella misma había olvidado; pero no reconociendo al que la hablaba, trató de imponerle revistiéndose de una gravedad teatral, y respondiendo con enojo:

—Señor gentilhombre, usted viene engañado, o trata de insultarme porque me ve mujer y sola. Ni mi nombre es Camila, ni hay para qué admirarse de verme vestir este santo hábito: tome, pues, usted la puerta, que no gusto de recibir en mi casa visitas de gente desconocida.

Estuvo Gabriel mirándola de hito en hito mientras habló, y después, soltando sin consideración alguna la carcajada, contestó:

—Desempeñas tu papel que no hay más que pedir; pero conmigo, créeme, es tiempo perdido el que gastes en tratar de engañarme. Y si no, vamos a cuentas: no puedes haber olvidado que hace algunos años, cuando te llamabas Camila, por señas, fuiste a Nápoles con cierto alférez de los tercios españoles que, cansado de tus repetidas infidelidades, te abandonó a merced del público. También tendrás presente que un extranjero, a quien conociste con el nombre del señor Álvarez, te tomó por su cuenta algunos días, hasta que le jugaste una de las tuyas, y te envió a paseo.

Violante o Camila, que todo es uno, había estado escuchando aterrada tan circunstanciada relación de una parte de su vida y milagros; pero a pesar de ello no dejó de examinar atentamente la persona del narrador, logrando al cabo recordar sus facciones.

—Es el mismo Álvarez —exclamó, no pudiendo contenerse—: es él, o su sombra.

—Norabuena —contestó siempre riéndose Espinosa—: tú has mudado el nombre; yo también. Cada uno de nosotros habrá tenido para ello sus razones; pero no reconocerse amigos tan antiguos, es descortés hasta el último punto.

Ya no le era posible a la cortesana volverse atrás de lo dicho, aunque bien lo deseaba: hizo, pues, de la necesidad virtud, y afectando alegría, se dio enteramente a partido.

A fuerza de preguntar unas cosas y de adivinar otras por los antecedentes que tenía, se enteró Gabriel, sobre poco más o menos, de la historia de Violante en Valladolid; pero ella no supo más que lo que él quiso decirla, que fue poco o nada. En el fondo de su corazón deseaba la ninfa ver a dos mil leguas de sí al que la había conocido Camila; pero temiendo que si le descontentaba había de publicar lo que tanto la interesaba que no se supiese, le llenó de caricias, y a fuerza de confianzas y agasajos quiso comprometerlo a entrar en sus intereses. Por parte de Gabriel no hubo designio alguno: la curiosidad le llevó a verla la primera vez, y su inclinación a las mujeres a volver alguna otra, y a acompañarla en uno de los viajes que hizo a Simancas a ver a su hijo.

En tanto que esto hemos referido, don Juan, enterado ya de la historia de Inés, fue puntualísimo en presentarse en el locutorio, y su dama no le hizo aguardar.

—¿Habéis leído mi escrito, don Juan? —preguntó la morena.

—Sí, lo he leído; y aunque jamás os hubiera visto, por su lectura solo os amara, Inés mía. No me digáis ahora que mi amor es una locura: iguales en nacimiento y fortuna, adorándoos yo, mirándome vos sin repugnancia, ¿qué se opone a nuestro enlace? Cesen, señora, cesen de una vez mis penas; vos podéis hacerlo, y yo no espero más que vuestra resolución.

—Don Juan, si en mi mano estuviera, hoy mismo sería vuestra esposa; pero no debéis haber olvidado...

—¿Que se me han impuesto condiciones? No, por cierto; pero ya he dicho mil veces que esta no es una dificultad. Cualesquiera que ellas sean, por duras que parezcan, yo las acepto desde luego.

—Conviene, sin embargo, que las sepáis. Los riesgos que se os van a ofrecer son de una naturaleza de los que no estáis acostumbrado a correr y aun imaginar. ¡Ah, mi don Juan! Si solo se tratara de exponer el pecho a las balas, de pelear cuerpo a cuerpo con uno o con muchos enemigos, yo estuviera segura de vos; y si murierais, vuestra gloria me consolaría del dolor de perderos. Pero ¿querríais vos, qué digo vos, querré yo misma veros perseguido, cargado de cadenas, en un cadalso tal vez?...

—¡En un cadalso, Inés! ¿Deliráis?

—Ojalá, don Juan; pero yo no deliro: otro sí, y será causa de vuestra perdición y de la mía.

—En nombre de nuestro amor, explicaos, señora, de una vez.

—Comprendo vuestra impaciencia; yo misma la tengo, y no pequeña, de sacaros de dudas, y sin embargo no puedo menos de temblar al abrir los labios para confiaros este fatal secreto.

Calló Inés, y don Juan también permaneció en silencio. Así pasaron algunos instantes hasta que la dama, levantándose de su asiento y cerciorándose de que nadie había escuchando la conversación a la puerta del locutorio, empezó a decir:

—Ya habréis visto que cuando mi hermana se casó no me dijeron el nombre de mi cuñado; pero lo que ignoráis es que en Nápoles se me reveló este secreto. Entonces comprendí cuanto hasta aquel momento me había parecido oscuro.

»El que vos habéis conocido con el nombre de Gabriel de Espinosa y ejerciendo el oficio de pastelero, el que en Francia se llamó Fiormino, es, señor don Juan, el desdichado don Sebastián, rey de Portugal.

—¡Señora!

—Es indudable.

—¿Y por qué permanecer oculto tanto tiempo?

—Eso lo sabréis escuchándome con un poco de paciencia, pues me será forzoso tomar las cosas de bastante atrás para mayor claridad.

»La suerte de las armas fue adversa, como sabéis, a don Sebastián en la expedición a África; y el monarca, furioso y desesperado de ver perdida la flor de la nobleza lusitana, derrotado su ejército, y su gloria eclipsada, se arrojó, buscando la muerte, en medio de sus enemigos. Siguiole un escuadrón formado de los más valientes que aún quedaban con vida, en el cual iba por consiguiente lo más escogido de Portugal, prefiriendo morir honradamente al lado de su rey, a buscar su salvación en una fuga afrentosa. Casi todos murieron cubiertos de la sangre de sus enemigos, y bien vengados: allí dejaron de existir mi padre don Sebastián de Contiño, y don Cristóbal Tabora, marido de mi tía.

»El rey y unos cuantos de sus valientes, defendidos por los mismos cadáveres de los enemigos que acababan de inmolar, pelearon desesperadamente hasta que sobreviniendo la noche se retiraron los moros del campo de batalla. Entonces, después de un día entero, cesaron de dar cuchilladas. Todos estaban heridos, cual más, cual menos gravemente. La sangre del monarca corría por tres heridas: una de ellas, la más grave, debajo del brazo derecho, causada por un balazo.

»Seis u ocho compañeros, y estos heridos, era todo lo que le restaba al desdichado don Sebastián de su aguerrido ejército. Para restaurar la sangre que corría en abundancia de sus heridas tuvo que aplicarse un puñado de arena, pues no encontró cosa con que hacerse un vendaje. Jamás hombre descendió tan rápidamente del solio al colmo de la miseria.

»El anciano de quien tanto he hablado en mi escrito, y que ahora llamaré el marqués Domiño, fue el único que, habiendo tenido la dicha de escapar con una sola y leve herida, se conservaba en estado de discurrir, y propuso alejarse cuanto antes de aquel teatro de horror y desolación, al que los moros no dejarían de volver por la mañana. Hiciéronlo así en efecto, metiéndose en un vecino bosque en el cual no se internaron tanto como quisieran por no permitírselo el cansancio de los caballos ni el dolor de sus heridas.

»¡Qué noche aquella para don Sebastián! Afligido por acerbos dolores y reflexiones más amargas aún, extenuado de hambre, abrasado de sed, rendido por el sueño y sin poder cerrar los ojos un instante, los lejanos clamores de millares de moribundos en el campo de batalla eran para él otras tantas y severas reconvenciones por su imprudente temeridad. “No deseaba ya entonces”, me dijo refiriéndome estos sucesos, “la corona ni el poder. No eran el hambre, la sed ni las heridas las que me atormentaban: los remordimientos, sí, me despedazaban las entrañas; y si Domiño no se hubiera opuesto, aquella noche habría terminado yo mismo una existencia que los infieles no pudieron arrancarme”.

»Tres o cuatro días vivieron en el bosque sin otro alimento que el escaso y desabrido de algunos frutos silvestres, ni más agua que la de un pozo hediondo. Por fin, resueltos a todo antes que morir de hambre, salieron una noche de aquel paraje y se encaminaron a la playa, donde sorprendiendo a unos pescadores en el momento en que iban a entrar en su barca, se apoderaron de ella y les obligaron a remar, mal de su grado, en dirección a las costas españolas.

»Ya en alta mar, y próximos a perecer por falta de víveres, encontraron un buque inglés al cual se acogieron. Preguntando su capitán quiénes eran, le respondieron que unos soldados del ejército portugués, que a duras penas habían logrado salvarse del cautiverio en aquella barca. Los ingleses lo hicieron muy bien con ellos, y como se dirigían a Lisboa, no tuvieron inconveniente en echarlos a tierra en Lagos, puerto inmediato al Cabo de San Vicente, pues a don Sebastián no le convenía presentarse en la capital, en donde suponía, con razón, que todo estaría muy revuelto.

»Desde Lagos pasó don Sebastián a un convento de descalzos que estaba en el mismo Cabo de San Vicente, y en cuyo prelado tenía entera confianza. Allí supo el mal aspecto que para él habían tomado los negocios de su reino, y se confirmó en la resolución de mantenerse oculto que ya tenía formada, y de que en la noche después de perdida la batalla hizo voto inconsideradamente. Pasaron los desdichados caminantes a Lisboa, y allí oyó don Sebastián predicar el sermón de sus propias honras a fray Miguel de los Santos. Sus amigos se descubrieron cada uno a los suyos, iniciándolos en el secreto de la existencia del rey. El obispo que lo casó con mi hermana fue uno de estos, y asimismo doña Francisca de Alba, como esposa de don Cristóbal Tabora, persona que fue muy querida del rey, mereció igual confianza.

»Vagó algún tiempo el monarca por sus propios estados como si fuera un malhechor; mas ni aun así quiso la suerte dejarle en reposo. La noticia de que aún vivía empezó a divulgarse, y don Enrique persiguió con tanto encarnizamiento a cuantos la decían, oían o presumían, que don Sebastián tuvo que salir de Portugal.

»Ya con un nombre, ya con otro, hora pasando por un mercader, hora por un artesano, recorrió toda la Europa, y al cabo de ocho años de trabajos, el amor patrio volvió a llevarle a sus estados.

»Entonces fue cuando habiéndose empeorado una de sus heridas, y buscando un asilo seguro en donde poder curarse, doña Francisca de Alba le dirigió al valle que habitábamos Clara y yo. El capellán supo desde luego quién era nuestro huésped y los que le acompañaban: Clara no, hasta que viendo el rey que su virtud era inexpugnable, se decidió a casarse con ella.