Part 4
»Yo no sé quiénes pensaría el fraile que éramos; pero lo cierto es que aunque no hablaba palabra se le conocía que estaba muriéndose de miedo. Dijéronle que nos condujese a la sacristía, y ya en ella que nos franquease los mejores ornamentos que para decir misa tuviese. Hízolo todo apresurado y temeroso, así como a ir a encender todas las velas del altar mayor, y en seguida encerráronle en su propia celda, dejando en su guarda a uno de la comitiva.
»Así que el fraile se retiró, arrojó su capa una de las personas que se nos habían reunido a las inmediaciones de la ermita, y vi con la mayor admiración que era un venerable anciano, un obispo con todas sus vestiduras. Nuestro capellán y otros que le acompañaban le ayudaron a revestirse, y ellos mismos lo hicieron también.
»Mandáronnos retirar a todos de la sacristía para que el obispo confesase al incógnito: Clara se confesó en seguida también con él, y luego el prelado nos dijo una misa, asistido por los dos capellanes.
»Concluido aquel sacrificio, Clara, apoyada en mí, pues tal era su turbación que apenas podía andar, se encaminó al altar, como asimismo el incógnito. Todos los asistentes se aproximaron también, y el obispo principió la lectura del rito matrimonial. Concluida la lectura, y al hacer las preguntas de costumbre a los desposados, y oyendo que al incógnito le decía: “Vos, varón, queréis por esposa, etc., a la señora doña Clara Contiño, Sotomayor, Álvarez de Castro”, esperé que al hacerle a mi hermana igual interpelación sabría el nombre de su esposo. Engañeme empero. El obispo empezó en efecto a decir si quería por esposo al señor don... Pero el incógnito lo interrumpió: “Es inútil que me nombréis. Ella sabe quién soy y vos también: esto basta; las paredes oyen”. No replicó el obispo, y la ceremonia se concluyó, con harta mortificación mía, sin que yo tuviese el gusto de saber quién era ni cómo se llamaba mi singular cuñado.
»Antes de retirarnos firmamos todos un papel, que se nos dijo ser el que en cualquier tiempo haría constar la legitimidad de aquel matrimonio. Besamos en seguida el anillo del obispo, y recibiendo su bendición salimos de la ermita. Poco antes de amanecer estábamos en nuestro valle. Mi hermana se retiró a la estancia de su marido, y yo, que jamás había dormido sino en su compañía, me fui sola y despechada a mi lecho, maldiciendo de todo corazón al que me había robado el cariño y la sociedad de Clara.
»Poco disfrutó esta por entonces de la compañía de su esposo: a los quince días de casado se separó de ella. Volvió a poco tiempo, y permaneció en el valle algunas semanas. Para abreviar diré que en el primer año de su casamiento mi pobre Clara no vería a su marido más de cuatro meses.
»Es natural figurarse que yo no dejaría de preguntar cuál era el nombre de mi cuñado; pero Clara me contestó que no podía decírmelo, pues había prometido callarlo bajo juramento; que lo que a mí me bastaba saber, y ella podía revelarme, era que su marido pertenecía a una casa mucho más ilustre que la nuestra, y que él mismo era persona de grande importancia; pero que habiéndole ocurrido grandes desgracias, y sufriendo a consecuencia de ellas una persecución del gobierno que ponía su vida en peligro, se veía en la precisión de vivir oculto, errante, y en continuo sobresalto.
»No tuve dificultad ninguna en creer cuanto mi hermana me dijo, pues todo iba muy conforme con las apariencias.
»La pobre Clara, durante las continuadas ausencias de su marido, no sosegaba un instante. Llorar, rezar, observar el camino del monte, eran sus ocupaciones. Si algún consuelo encontraba en mi compañía, era bien escaso. “¡Qué feliz eres”, me decía muchas veces, “en conservar tu independencia! ¡Qué dichosa en conservarte hoy como cuando vinimos a esta choza!”.
»Pasaré por alto nuestras conversaciones. Interesantísimas para nosotras, serían impertinentes para los demás.
»Dieciocho meses hacía que Clara se había casado cuando una noche, siendo más de las doce de ella, se presentó su marido en el valle. Encerrose con ella como cosa de media hora, y al cabo de ella salió con muestras de grande agitación. Abrazome tiernamente (y esta fue la primera vez que lo hizo), y montó a caballo, encargándome mucho que cuidase de la salud de mi hermana y la consolara en su ausencia, que entonces sería más larga que las pasadas.
»Inútil encargo para quien en nada pensaba más que en la dicha de Clara. Entré en su cuarto, y la hallé anegada en lágrimas y postrada de rodillas ante un crucifijo, orando fervorosamente. “Libertadle, Señor”, decía, “de las manos de sus enemigos. Bastante ha purgado sus delitos. Misericordia, Señor, de él y de mí”.
»Caí yo también a su lado, también lloré, y también dirigí mis plegarias al Redentor. Solo aquello podía consolar a Clara entonces. La mirada que me dirigió viéndome unir mis oraciones a las suyas pintaba un agradecimiento, una satisfacción que no hay pluma capaz de describir.
»Después de algún rato me dijo: “Soy muy desdichada, Inés mía. A pesar de las precauciones con que mi marido vive, los verdugos españoles han llegado a sospechar su existencia en Portugal, y se cree que esto se debe a alguna indiscreción del licenciado Juan Méndez Pacheco, a quien nuestra tía, Dios se lo perdone, dijo más de lo necesario. Tiene, pues, el desdichado que huir, si puede, del suelo de su patria; y no quiere llevarme consigo por no exponerme a mil peligros. ¿Y cuándo, Inés, cuándo tiene que abandonarme? Cuando antes de muchos meses seré madre tal vez”.
»Al acabar ocultó su rostro en mi seno; corrieron en abundancia las lágrimas de ambas; y de allí en adelante pocos días se pasaron sin repetirse la misma escena. Una semana después de la noche de que acabo de hablar recibimos a Santiago con un billete de mi tía, cuyo contenido era el siguiente:
“Señora y amada sobrina: vuestro esposo y mi señor se ha embarcado, con el favor de Dios, el jueves último, dirigiéndose al puerto de *** para pasar de allí a Roma. Conformaos con la voluntad de Dios, y confiad en su justicia y misericordia, en tanto que yo quedo rogándole con todo el fervor de mi corazón tenga en su santa guardia a vuestro esposo y a vos. Vuestra servidora y tía — _Doña Francisca de Alba_”.
»Tranquilizose Clara algún tanto con esta noticia, y su vida se hizo más serena, aunque sumamente melancólica. Penas tan graves en una persona joven, en extremo sensible, y de constitución delicada no podían menos de hacer grande impresión; y en efecto, la hicieron. Unida esta a su embarazo, destruyó para siempre la salud de mi desdichada hermana.
»Después de seis meses de haberse ausentado mi cuñado nació su hija Clara, tan parecida a su madre, y a mí en particular, que cuantos la han visto después la han tenido por hija mía. Nuestro padre capellán la bautizó; yo fui su madrina: su madre, a pesar de hallarse muy delicada, no quiso consentir en que nadie diera el pecho a la niña más que ella misma.
»Pasamos un año después de esto sin tener noticia alguna de mi cuñado: Clara no le había olvidado, pero la hija la servía de gran consuelo. El excelente carácter, las gracias inocentes, y las caricias infantiles de la niña la hacían sonreír a veces. Jamás la oí formar para su hija proyectos ambiciosos; antes por el contrario, aseguraba que, si en su mano estuviera, no saldría nunca Clarita de aquel mismo valle en que ella y yo habíamos pasado momentos tan apacibles.
»Un día, de que no renuevo nunca la memoria sin amargo dolor, aquel joven que acompañaba al incógnito la primera vez, y que según he dicho parecía enamorado de mí, se presentó en la choza con aire tan abatido y melancólico, que bastaba verlo para presagiar que era portador de alguna funesta nueva.
»“¿Y mi esposo”, preguntó Clara llena de temor, “vive?”. “Vive, señora”, contestó gravemente el mancebo. “Dios sea alabado”, replicó mi hermana con un profundo suspiro; “¿y por qué no viene con vos?”.
»A esto respondió el mensajero refiriéndonos con brevedad cuanto les había ocurrido desde su marcha del valle, y se reducía a haberse embarcado en Portugal mudando de hábito y nombres, llegado con felicidad a ***, pasando de allí a Roma, y al cabo de pocos meses a Nápoles, por consejo de algunos amigos. Parece que en esta última ciudad hombres demasiado confiados dejaron entrever el secreto de mi cuñado a otros que, intimidados por el poder, o seducidos por el oro de los españoles, lo pusieron en conocimiento del virrey, quien procedió sin tardanza a la prisión del desventurado, que entonces quedaba en el _Castell-del-Ovo_. Milagrosamente sus inseparables compañeros pudieron sustraerse a favor de varios disfraces a la persecución de los satélites del virrey; y el que entonces nos hablaba se encargó de venir a poner en nuestro conocimiento tan triste suceso, exponiéndose, como es de suponer, a peligros inmensos.
»Una revolución completa se obró entonces en Clara: aquella mujer tímida como la paloma, dulce como el corderillo, se convirtió de repente en un ser animado del mayor entusiasmo.
»“Corramos”, exclamó, “a Nápoles. No en balde me ha dado el título de esposa suya: si la fortuna hubiera coronado sus esfuerzos, él repartiera conmigo su gloria y su esplendor: hoy que le es contraria, mi deber es participar de sus penas, morir con él si necesario fuese. Ahora mismo me pondré en camino”. “Y yo contigo, Clara mía; nuestra suerte será la misma”, dije yo. Clara me dio un estrecho abrazo. El capellán, que estaba presente, se opuso a este proyecto en vista de las dificultades y peligros que ofrecía; Marta le apoyó, y el mensajero mismo de mi cuñado se puso de su parte.
»Clara entonces, revistiéndose de una dignidad nueva en ella, dijo en tono solemne: “He dicho mi voluntad, y no la revocaré en esta materia. No se hable más de ello”. Quedámonos todos mudos, y solo se pensó en hacer los preparativos para el viaje. En dos días todo estuvo pronto; al tercero salimos del valle; y el quinto Clara, su hija, el capellán, el desconocido, el mulato y yo nos embarcamos en Lisboa para Italia».
A este punto del manuscrito de Inés llegaba don Juan, cuando un criado vino a avisarle que un señor magistrado le buscaba. Suspendió, pues, la lectura, aunque de muy mala gana, y encerrando los papeles en la cajita bajó a la sala de estrado.
[Ilustración]
CAPÍTULO IV
Y no os tenéis que cansar; Que yo sé no me conviene: Ni daré por cuanto tiene Un dedo del Castañar.
(_García del Castañar_, comedia).
La persona que interrumpió a don Juan era don Rodrigo de Santillana, alcalde del crimen de la chancillería de Valladolid. Después de los cumplimientos de costumbre, don Rodrigo, con la facilidad de un hombre de mundo, entabló desde luego la conversación sobre el asunto a que iba.
—He sabido, señor don Juan, dijo, que vuestro hermano el señor marqués piensa salir mañana de esta ciudad para la corte; y habiendo yo sido llamado a ella por el rey nuestro señor, vengo a suplicaros me alcancéis la honra de hacer el viaje en su compañía, pues de no ser así, hasta hallar ocasión de hacerlo con alguna comodidad se pasará más tiempo del que yo deseara.
Don Juan, a quien no le pesaba hallar ocasión de pagar la cortesanía con que don Rodrigo le había tratado en el lance del Campo Grande, pasó sin tardanza al cuarto de su hermano, y consiguió fácilmente la pretensión del alcalde. En seguida presentó este al marqués, y quedaron ambos muy satisfechos uno de otro.
Despidiose don Rodrigo; pero don Juan no pudo volver, como deseaba, a ocuparse en la lectura de la historia de su amada, porque el marqués le entretuvo hablándole de asuntos de familia y haciéndole varios encargos para que los desempeñase durante su ausencia. Entre otras cosas le encomendó muy particularmente que no dejase de visitar a menudo a cierta condesa viuda, quien tenía una hija única llamada Blanca, que, sobre ser heredera de inmensos bienes, pasaba por una de las más hermosas y discretas damas de ambas Castillas.
—Sois mozo —le dijo—, pero no tanto que no debáis ya pensar en estableceros, y seguramente ningún partido hallaréis tan ventajoso bajo todos aspectos como el de uniros a doña Blanca.
—Hermano —replicó Vargas, nada complacido con semejante insinuación—, yo por ahora no pienso en casarme. Además, debéis recordar que solo he dejado Flandes para vivir en vuestra compañía.
—Sí, es verdad; pero las circunstancias..., quiero decir... En fin, aunque casado, siempre viviréis en Valladolid, y viene a ser lo mismo.
—No hablemos de eso, hermano, porque es inútil. Yo estoy seguro de que la madre de doña Blanca jamás se la dará por esposa a un segundón.
—Os engañáis: vos no sois pobre; y en punto a familia, les llevamos grandes ventajas. Su título es de ayer, y su apellido flamenco; y la antigüedad del nuestro es tanta como la de la monarquía. Esto es algo; y además, yo tengo mis razones para creer que no seréis despreciado si lográis agradar a doña Blanca, cosa que de vos depende.
No quiso Vargas prolongar la discusión, y se calló, pero firmemente resuelto a no poner los pies en casa de la condesa, y a negarse al matrimonio en cualquiera ocasión que volvieran a proponérselo.
Toda aquella tarde y gran parte de la noche la pasaron ambos hermanos en arreglo de papeles, ajustes de cuentas, y combinación de varias disposiciones relativas a asuntos de interés doméstico. Cuando todo estaba concluido, el marqués dijo a su hermano:
—Don Juan, somos mortales, y la hora de la muerte es incierta. Yo no soy aún anciano, y a Dios gracias disfruto de buena salud; pero no por eso tengo la vida asegurada: he hecho, pues, mi testamento, que cerrado y sellado queda en poder de nuestro escribano: hago en él por vos lo que puedo y debo como buen hermano, a quien nunca habéis dado un motivo de disgusto. Espero que si yo muriere antes de volver de este viaje, os conformaréis en todo con mi última voluntad, desempeñando fielmente la comisión que pongo a vuestro cargo.
Vargas respondió que esperaba que no tendría el disgusto de perder a su hermano mayor, a su segundo padre, en muchos años; pero que si desgraciadamente el cielo lo ordenaba así, podía el marqués estar seguro de que sus disposiciones se ejecutarían exactamente, cualesquiera que ellas fuesen, contando con que él (don Juan) por su parte las miraría como sagradas.
Ya era más de la media noche cuando los hermanos se separaron, y Vargas, que para despedir al marqués tenía que levantarse antes del alba, no pudo entonces continuar la lectura del manuscrito de Inés.
A la siguiente mañana, don Rodrigo, el padre Teobaldo y el marqués, entraron en el coche de este, y salieron de Valladolid por la puerta del Carmen, con dirección a la corte. Don Juan, a caballo, los acompañó hasta un lugar distante dos leguas de la ciudad, que llaman Puente-Duero. Allí, al separarse, don Rodrigo, sacando la cabeza por la ventanilla del coche como para despedirse de Vargas, le agarró la mano y, sonriéndose con aire maligno, le dijo a media voz:
—El temperamento de Madrigal, señor don Juan, es harto malsano; y la compañía de los frailes poco conveniente para un caballero mozo. Discreto sois: recibid este aviso amistoso. Cochero, arrea.
Obedeció el cochero, y el carruaje, a pesar de lo arenoso del pinar por donde pasa el camino, se alejó con velocidad del paraje en que don Juan dudaba aún de si daría crédito a sus oídos.
«Parece —exclamó por fin— que toda la especie humana se ha empeñado en mezclarse en mis negocios y obrar misteriosamente conmigo. ¿De dónde sabe este alcalde que yo voy a Madrigal y visito allí a un fraile, si yo a nadie se lo he dicho? Dios me tenga de su mano, que bien lo he menester para no quedarme sin el poco juicio que me resta».
Hecha esta reflexión, para libertarse de las muchas y desagradables que le asaltaban, arrimó las espuelas al caballo; y el animal, acostumbrado ya a conocer las intenciones de su amo, salió a la carrera por el primer camino que se le presentó, que fue no el de Valladolid, sino el de Simancas, que está poco más o menos media legua a la derecha de Puente-Duero.
No reparó Vargas en que había errado el camino hasta que alzando los ojos vio que el sol naciente doraba con sus primeros rayos la cúpula del torreón del castillo de Simancas, en donde años antes murió mártir de la libertad el obispo Acuña.
Aunque estaba impaciente por llegar a su casa para concluir la empezada historia de la bella portuguesa, se consoló con que el rodeo no había sido muy largo; y volviendo las riendas al caballo echó a andar a trote largo por la orilla del Pisuerga con dirección a la ciudad.
No muy distante de ella vio caminar por la misma senda que él iba, pero en sentido contrario, una mujer hermosa montada en una excelente mula, y acompañada por un mozo de a pie, en el cual reconoció desde muy lejos la gallardía y destreza del pastelero Gabriel de Espinosa. Tantas y tales eran las singularidades que don Juan había visto en aquel hombre, que ya no podía sorprenderle, por más inesperadamente que se le presentase. Miró, pues, ya que no como natural, al menos como muy poco maravillosa, su presencia en las cercanías de Valladolid, aun cuando era de suponer que estuviese entonces en Madrigal, y apresuró algo el paso para salirle al encuentro.
Poco tardaron nuestros caminantes en hallarse frente a frente. Gabriel reconoció también a Vargas; pero no conviniéndole, sin duda, manifestarlo entonces, puso disimuladamente el dedo índice de la mano derecha sobre sus labios en señal de silencio, mirando a Vargas significativamente, y fingiendo que el caballo se le había espantado, pasó a escape por delante del hermano del marqués sin saludarle; este no trató de estorbárselo y, saludando a la dama, continuó su camino.
Luego que hubo andado algunos pasos volvió atrás la cabeza y vio que Gabriel iba ya muy tranquilo al lado de la señora de la mula.
«Anda con Dios, hombre incomprensible —dijo para sí—. Hoy no te conviene conocerme: no me estuviera mal a mí tampoco no haberte visto jamás».
En estas y otras reflexiones llegó a la puerta de su casa, y allí lo olvidó todo para volver a ocuparse en la lectura de la historia de la bella Inés de Contiño.
[Ilustración]
CAPÍTULO V
Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis mirando, fue depositario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas.
(Cervantes: _don Quijote_, parte 1.ª, cap. 13).
MANUSCRITO DE INÉS
«Al embarcarnos, llevamos con nosotros una suma considerable en dinero y alhajas, la mayor parte nuestras, y algunas cartas de recomendación para Nápoles que nos dio doña Francisca de Alba. Después de una navegación larga, pero sin contratiempos de otra especie, llegamos por fin a Nápoles, donde nos alojamos lo más cerca que pudimos del _Castell-del-Ovo_, en una casa que tomamos por nuestra cuenta, diciendo que íbamos a Italia a cumplir cierta promesa hecha a san Genaro.
»La misma noche de nuestra llegada fue a vernos el anciano que siempre iba en compañía de mi cuñado, avisado por el joven que fue a buscarnos al valle. Alabó sobremanera la heroica resolución de Clara, cuya mano besó; y nos dijo que su marido continuaba preso y custiodiado con la mayor vigilancia.
»“Han estado a verle”, añadió, “el virrey y algunos otros grandes: el primero no se cubrió hasta que el preso se lo mandó expresamente; y a todos nos ha inspirado compasión y respeto la nobleza y dignidad con que soporta su infortunio; trátanle por ahora con las mayores consideraciones; pero han escrito a España; se está esperando por momentos la respuesta, que ya debía haber llegado, y la hora en que venga será la de su muerte”. “¿Y podrá Felipe cometer tal infamia?”. “Podrá, señora, porque el monarca español no conoce freno. El príncipe de Egmont, degollado en un cadalso; Orange, proscrito; su propio hijo, bárbaramente asesinado os dicen bastante cuál es la suerte que aguarda a vuestro esposo, si no logramos sacarlo de la prisión antes que el tigre se aperciba que puede imprimir en él su garra”.
»Esta perspectiva espantosa y cierta afligió, pero no desalentó, a Clara, que jamás perdió la esperanza de salvar a su esposo.
»Pero prodigamos el oro, y conseguimos corromper a un carcelero, estableciendo por su medio una correspondencia seguida con el preso, quien en su primera carta no hallaba expresiones con que encarecer su agradecimiento y amor a su adorada Clara. Nosotros le informábamos sucintamente de los pasos que se daban en favor suyo, y de nuestras esperanzas, exagerándolas; pero no de nuestros temores, que no eran pocos, ni de pequeña importancia.
»El carcelero que habíamos ganado no era más que el llavero que le llevaba la comida y le servía; pero para entrar y salir en el castillo era menester pasar en su interior por dos o tres puertas, guardadas cada una por distinto portero, y en lo exterior por medio de la guardia, que daban los tercios españoles que guarnecían la ciudad. Además, el gobernador del fuerte iba en persona todas las mañanas y noches a cerciorarse de la presencia del preso en su encierro. ¿Cómo, pues, ponerlo en libertad?
»Cada día se nos ocurría un nuevo proyecto, y cada noche nos acostábamos con el desconsuelo de haberse conocido la imposibilidad de ponerlo en práctica. Mi cuñado nos escribía que estaba resignado con su suerte, que cesáramos de exponernos por él a nuevos peligros, y que nos volviéramos a nuestro retiro. Pero Clara ni oír hablar de tal cosa quería, y yo no supe nunca pensar más que como ella. En todo este tiempo nos visitaron muchas veces los compañeros del esposo de mi hermana, que bajo diferentes disfraces, y confundidos con la clase ínfima del pueblo, permanecían en Nápoles.
»Todos ellos se ocupaban sin cesar en el mismo objeto que nosotros, pero tan infructuosamente también. Por fin, el más anciano de nuestros amigos formó un proyecto que, aunque complicado y difícil, ofrecía sin embargo más probabilidades de buen éxito que cuantos se habían imaginado.
»Un médico francés establecido en Nápoles fue quien intentó los primeros pasos de nuestra empresa, merced a una considerable gratificación. Por medio del carcelero sobornado, enviamos al marido de Clara una bebida que a poco tiempo de tomada no solamente le aletargó, sino que también le prestó todas las demás apariencias cadavéricas. Cuando por la mañana fue el mismo carcelero a llevarle el desayuno, fingiendo gran sorpresa de hallarle en aquel estado, corrió a dar parte al comandante del fuerte. Trasladose este en seguida a la prisión y, creyendo muerto a mi cuñado, lo puso sin tardanza en conocimiento del virrey, quien también pasó en persona a cerciorarse del hecho. Pero el brebaje del francés produjo tan maravilloso efecto que, convencidos todos de que el preso había dejado de existir, mandaron que encerrado en un ataúd se le trasladase inmediatamente a una capilla próxima al castillo, para hacerle allí algunos sufragios, con el mayor secreto.
»Prevista esta circunstancia por los amigos de mi cuñado, aquel mismo día, después de anochecer, se fueron aproximando por distintas partes a la capilla; se hicieron abrir la puerta, no sé con qué pretexto, y amarrando al sacristán a uno de sus pilares, envolvieron al supuesto muerto en algunas mantas que llevaban a prevención, y salieron con él a la calle. De allí se dirigieron inmediatamente al puerto, y se embarcaron en un buque francés que habíamos fletado enteramente por nuestra cuenta: sin detenernos levantamos el ancla, y al vernos en alta mar nuestro gozo fue indefinible.