Ni rey ni roque (3-4 de 4)

Part 3

Chapter 33,961 wordsPublic domain

»Una tarde de verano, ya mucho después de puesto el sol, nos hallábamos las dos hermanas a la orilla del lago, sentadas al pie de un sauce y abrazadas como de costumbre. Hablábamos de nuestros padres, o por mejor decir, Clara hablaba y yo la escuchaba. No se le había olvidado ni una sola de las circunstancias de la muerte de mi madre, ni de la despedida de su esposo: referíamelas entonces acaso por la millonésima vez, y sin embargo nuestras lágrimas corrían en abundancia. Clara, refiriendo una desgracia, hubiera hecho llorar a las piedras.

»En esta disposición, no sé cómo alcé la vista, y en la cumbre del monte que teníamos en frente, que era justamente el que atravesaba la vereda por donde se entraba en nuestro valle, creí divisar cuatro o cinco hombres a caballo. Comuniqué mi observación a Clara, y esta confirmó mis sospechas.

»Desde que habíamos ido a la cabaña continuamente estábamos oyendo que aquel era el único rincón de Portugal donde se podía vivir sin estar expuesto a las persecuciones del tirano.

»Sabíamos que nuestra tía no se había venido a vivir a él por no exponerse a que la confiscasen sus bienes, no atreviéndose a visitarnos sino muy de tarde en tarde, y con las mayores precauciones, para que no se descubriese nuestro retiro. Tampoco se nos había ocultado que nuestro capellán estaba allí para sustraerse a la proscripción que le amenazaba. En una palabra, estábamos convencidas de que el descubrimiento del valle en que vivíamos sería seguido infaliblemente de nuestra ruina.

»Con estos antecedentes es fácil de concebir cuál sería nuestro sobresalto viendo aquellos cinco hombres que descendiendo del monte se aproximaban a paso largo a nosotras.

»Yo me arrojé en los brazos de Clara, a quien estaba acostumbrada a mirar como mi natural protectora, y conocí que, aunque procuraba serenarme, no estaba tampoco muy tranquila.

»“¿Qué hacemos?”, le dije. “Huyamos a la choza”, me respondió, “tal vez no nos habrán visto”.

»Tomamos inmediatamente este partido, y llegamos, casi sin aliento, a la pieza en que el capellán, leyendo, y Marta, en sus labores, nos vieron entrar de aquella manera, con no poca sorpresa. Pero nosotras, sin darles lugar a que nos preguntasen cosa alguna, les referimos lo que habíamos visto.

»El capellán, creyendo ya verse en poder de los jenízaros de Felipe, y de allí sepultado en un calabozo de la Inquisición, se quedó petrificado; y Marta no pensó más que en tratar de escondernos a mi hermana y a mí. Pareciome bien aquella resolución, pero no así a Clara. Esta dijo que si eran gentes enviadas por el rey las que venían, sin duda estarían bien informados de cuántos y quiénes fuesen los habitantes de la cabaña, y que ocultarse cualquiera de ellos solo serviría para darles lugar a cometer mayores tropelías sin fruto alguno para el escondido, a quien irremediablemente habían de encontrar por fin.

»Estaban Marta y el capellán combatiendo aquella opinión, cuando se vieron interrumpidos por dos o tres golpes dados con fuerza a la puerta, que nosotras al entrar habíamos cerrado.

»Cuál sería nuestro temor, se deja comprender. Quedémonos por algún tiempo inmóviles como estatuas: llamaron segunda vez a la puerta, y fue preciso pensar en lo que se había de hacer.

»“Es necesario responder”, dijo Clara. “¿Y quién se atreve?”, replicó Marta, “yo no”. “Ni yo”, exclamó el capellán. “Pues yo iré”, dije yo entonces. “Vamos las dos”, añadió Clara; y así se hizo.

»Acercámonos en efecto a una ventana, desde la cual vimos que el que llamaba a la puerta era el mozo de confianza que mi tía solía enviarnos con las provisiones y otras cosas necesarias. Ambas hermanas nos echamos a reír del gran miedo que sin causa habíamos pasado, y abrimos al bueno de Santiago, que así se llamaba el mozo, quien nos manifestó que también se había sorprendido y asustado con nuestra tardanza en responderle.

»El capellán y Marta creo que mientras esto pasaba en la puerta estarían encomendándose a todos los santos del cielo, pues cuando entramos en su cuarto con Santiago los hallamos de rodillas, blancos como la pared, cruzadas las manos, y clavados los ojos en el cielo. Costonos algún tanto convencerlos de que nada ocurría que pudiera justificar sus temores; pero por fin acabaron cediendo a la evidencia, y el buen eclesiástico preguntó a Santiago cuál era el objeto de su venida. Respondiole este, que lo vería por la carta de doña Francisca de Alba que puso en sus manos.

»Nunca he visto pasar a un hombre con tanta rapidez del exceso de la aflicción al colmo de la alegría, como pasó entonces el capellán con la lectura de aquella carta, que contra su costumbre de hacerlo en voz alta, reservó entonces para sí.

»Brilló en su rostro un contento inexplicable; y como si le hubieran quitado por encanto veinte años de encima, se levantó de su asiento con indecible agilidad, y frotándose las manos, dio dos o tres paseos por la sala antes de decirnos una palabra.

»Esperábamos las tres, con la ansiedad que tan natural es en nuestro sexo, la explicación de todo aquello, pero por entonces lo que supimos servía más para irritarla que para satisfacerla.

»“Hijas mías, los hombres que habéis visto a caballo no son lo que pensabais. Vienen aquí, pero como amigos. Bien me lo daba a mí el corazón: por eso no me he asustado tanto como vosotras”.

»Esto nos dijo el capellán; y Clara y yo, oyendo su intempestiva fanfarronada, nos miramos, faltando poco para que soltáramos la carcajada.

»“Son”, continuó él sin advertirlo, “sujetos de distinción. Uno de ellos viene enfermo, y es menester disponerle una cama. Vamos, señora Marta, no perdáis el tiempo. Y vosotras, hijas mías, supongo que no tendréis inconveniente en ceder vuestro aposento para un desgraciado. ¿No es verdad?”. “Y con mil amores”, respondió Clara, cuyo tierno corazón compadecía ya al hombre de quien se le hablaba.

»Marta, mi hermana y yo volamos a nuestro cuarto. En un instante hicimos desaparecer nuestras costuras y bordados: dispusimos una cama que no le hubiera parecido mal a un príncipe, y salimos a anunciárselo al capellán, pero ya no le encontramos en la choza. Supusimos, con razón, que habría salido al encuentro de nuestros huéspedes, pues a poco rato le vimos llegar acompañado de cinco hombres montados en muy buenos caballos. Traían todos unos antifaces negros, cosa que nos sorprendió, pues, viviendo en aquella soledad, ignorábamos que los caminantes, en verano, suelen usarlos para libertar el rostro del ardor del sol y de la incomodidad del polvo. Sus vestidos no eran ni tan buenos ni tan malos que llamasen la atención. Los sombreros, de ala ancha; pero lo que más atrajo las miradas de Clara y las mías fueron las cotas de malla que llevaban encima de unos coletos de gamuza. Tal vez ellas y las armas, tanto blancas como de fuego, de que iban provistos, me hubieran hecho tenerlos por ladrones a haberlos visto algunos años después. Entonces el vicio y el delito eran para mí palabras incomprensibles.

»Mientras mi hermana y yo observábamos todo esto, se habían apeado cuatro de los jinetes, y llegándose con muestras de respeto al quinto, que permanecía montado a caballo, recibieron sus armas, que él mismo fue dándoles. Luego que estuvo desembarazado, trató de apearse; pero viendo los otros que no podía hacerlo, se encargaron de ello, haciéndolo con brevedad, pero con tanto cuidado que nos persuadió de que aquel hombre era el enfermo. Ya en el suelo, fue menester que se agarrara de los brazos de dos de sus acompañantes para entrar en la choza, y aun así andaba con suma dificultad.

»“Ese infeliz”, me dijo Clara, “parece que está muy malo”. Marta y yo también pensábamos lo mismo, pero era tal nuestra curiosidad, que no nos daba lugar por entonces a compadecerlo.

»Sin detención ninguna el capellán condujo a los desconocidos a la habitación preparada, y allí el enfermo se metió inmediatamente en la cama. Al cabo de una media hora salió nuestro preceptor; comunicó a Marta sus disposiciones para la cena, y la orden de arreglar, lo mejor que pudiese, en la sala que nos servía de biblioteca y cuarto de estudio, tres camas para aquellos señores, pues uno de ellos había de velar continuamente a la cabecera del enfermo.

»Cuando estuvo dispuesto todo, avisamos; y se nos previno que Domingo llevase la ligera colación preparada para el doliente hasta la puerta de su habitación. Allí la tomó uno de los que le acompañaban, y después se presentaron los cuatro en el comedor para cenar con nosotras, ya sin antifaces, pero con las cotas de malla, espadas y dagas.

»Vimos entonces que de aquellos cuatro sujetos uno era anciano, dos jóvenes, y el otro niño, que no llegaría a diecisiete años. Estaban todos tan tostados que más parecían mulatos que europeos; y mostraban en lo enjuto de los rostros, lacio de los cabellos y gravedad en el mirar, que la vida que llevaban no era ni cómoda, ni exenta de peligros.

»Saludáronnos cortésmente, excusándose de la molestia que nos causaban con la inevitable necesidad de hacerlo. A la mesa se condujeron con la más perfecta urbanidad, pero hablaron poco: no se nombraron jamás unos a otros; y aunque comieron con buen apetito, no mostraron en ello gran placer. Acabada la cena, que no fue larga, nos retiramos, ellos a descansar, y nosotras a hacer conjeturas sobre quiénes serían.

»A la mañana siguiente, después de habernos vestido para ello con algo más de cuidado que solíamos hacerlo diariamente, fuimos conducidas por nuestro preceptor al cuarto del enfermo, a quien hallamos en la cama sin antifaz ni otra cosa que impidiese verle el rostro.

»“Señor”, le dijo el capellán, “aquí tenéis a las dos sobrinas de mi señora doña Francisca de Alba”. “Bellas niñas”, contestó con una voz, aunque entonces débil, bastante sonora. “¿No me habéis dicho que eran hijas de Sebastián Contiño?”. “Y muy servidoras vuestras”, respondí yo, que como de menos edad, estaba también menos cortada que Clara.

»“¡Pobre Contiño!”, continuó el doliente como si no me hubiera oído: “lo hizo bien; se portó como un valiente; y no fue solo. Pero todo fue inútil: Dios quiso castigar nuestra arrogancia. Que su voluntad sea hecha. Hijas mías, vuestro padre era un buen soldado, un completo caballero; espero que algún día recibiréis la recompensa de sus servicios en la tierra, porque él años ha que disfruta de ella en mejor vida”.

»Estas palabras arrancaron nuestras lágrimas. El enfermo, sintiendo al parecer habernos afligido, varió de conversación, y empezó a hacernos a ambas, aunque con más frecuencia a Clara, diversas preguntas, a las cuales tuvimos la dicha de responder acertadamente. Aquella conversación duró una hora. Yo salí ya un poco cansada; pero como Clara parecía muy satisfecha, no quise decirle una palabra.

»Todo aquel día no cesó mi hermana de hablarme del enfermo. Ponderaba su figura, que a mí, a la verdad, no me parecía gran cosa; la sonoridad de su voz, que a mí me amedrentaba; y sobre todo, aquel tono grave y majestuoso que le hacía suponer, y en esto íbamos conformes, que aquel hombre debía ser un gran personaje.

»La enfermedad que el tal padecía era una herida en una pierna que por falta de cuidado estaba en muy mal estado. Agravose considerablemente, le entró calentura; y sus cuatro compañeros y el capellán decidieron unánimemente que era indispensable ya la asistencia de un facultativo. Con este objeto escribieron a mi tía, y el fiel Santiago fue como siempre el portador del mensaje.

»Según después he sabido, la elección de doña Francisca de Alba recayó en el licenciado Juan Méndez Pacheco, médico de una aldea vecina a Lisboa, que tenía fama de hábil y de poco afecto a los españoles.

»Avisole que fuera a Guimaraes a ver un enfermo en quien se interesaba. Hízolo así Pacheco, y cuando ya iba a entrar en el lugar, Santiago, sacándolo del camino, lo condujo a lo más áspero del monte, en donde le aguardaban ocultos dos de los incógnitos de nuestra choza. Después de asegurarle que nada tenía que temer, le taparon el rostro para que no viese el camino por donde iba, y lo trajeron así hasta el cuarto mismo del paciente.

»Reconoció Pacheco la llaga, que dijo haber sido hecha por una bala que pasó de soslayo; la curó, y en quince días que permaneció allí sacó al enfermo de peligro y lo puso en disposición de poderse levantar, declarando que ya no creía necesaria su asistencia. Con esto, y con sustituir al ungüento que en una caja de plata llevaban los incógnitos para curar la herida por otro más eficaz, se le despachó del mismo modo que vino, con una carta para mi tía, quien no solo le recompensó liberalmente, sino que tuvo la debilidad de confiarle tal vez cosas que no debiera. Debo advertir que Pacheco no vio jamás el rostro del enfermo, quien siempre que el médico iba a entrar en su cuarto se ponía unos grandes anteojos pardos que le desfiguraban enteramente. A los demás los vio, pero a ninguno pareció conocer, ni ellos a él.

»Durante la estancia del médico en la choza, nuestras relaciones con el enfermo se hicieron más íntimas. Gustaba de nuestra compañía, y el capellán, encantado de ello, lejos de poner obstáculo alguno, apenas nos dejaba salir un instante de su estancia. Marta, que no había recibido una educación descuidada, sabía tocar el arpa medianamente, y nos había dado lecciones a Clara y a mí: en breve supe yo tanto como mi maestra, y mi hermana mucho más. Pulsada el arpa por sus manos, producía sones que arrebataban: parecía que las cuerdas, animándose, adquirían la sensibilidad de aquella angelical criatura; y nada distraía tanto al enfermo como que Clara tocase algunas de sus composiciones favoritas en aquel instrumento.

»Yo no me apartaba de mi hermana; es decir, que no salía del cuarto en que ella estaba; pero como mi edad ni mi carácter permitían que me estuviese mucho tiempo quieta, no cesaba de juguetear, ya en una parte, ya en otra. Clara, por el contrario, siempre sentada a la cabecera del enfermo, ora leía, ora tocaba el arpa, o bien conversaba con él; y si era grande el placer de este en tenerla a su lado, no era menor el de ella en acompañarle.

»Podría tener aquel hombre entonces de treinta y cuatro a treinta y cinco años de edad, y aunque llevaba en el rostro visibles señales de grandes trabajos, lejos de ofrecer nada de repugnante, no dejaba de tener bastante gracia. Su conversación era bastante amena. Había corrido, al parecer, gran parte de la Europa, y observando detenidamente sus costumbres, pues describiéndolas con viveza y maestría, nos tenía escuchándole horas enteras. No había en Portugal familia ilustre cuya historia no conociese perfectamente; y según hablaba, no solo parecía que había estado en relaciones con ellas, sino con cuantos personajes había en dicho reino. De todo hablaba con calma, y acaso con indiferencia; pero si la casualidad hacía que se mencionase al rey de España, se hubiera dicho que una chispa eléctrica le inflamaba. Sus ojos brotaban llamas al solo nombre de Felipe; murmuraba entre dientes algunas imprecaciones, y variaba al instante de conversación.

»Siempre que esto ocurría, mi miedo era inexplicable; y daba señales tan claras de tenerlo que algunas veces, conociéndolo el enfermo, me llamaba para hacerme caricias y desimpresionarme. Sin embargo, siempre miré a aquel hombre con cierta especie de temor que jamás he podido desterrar.

»Clara también se afligía en tales casos, mas no se asustaba: si existe en efecto la simpatía entre los humanos, en nadie se ha explicado con más prontitud ni fuerza que en mi hermana y el enfermo. Yo entonces veía sin comprender; pero reflexionando después muchas veces sobre aquellos sucesos, me he convencido de que muy desde el principio se enamoró Clara del incógnito, y este de ella.

»Una sola circunstancia, que por cierto me afligió bastante, hubiera sobrado hoy para revelarme aquel amor naciente.

»En nuestros paseos Clara no hablaba una palabra, y apenas respondía a mis continuas preguntas. Siempre distraída, no cesaba de suspirar, y hubo días en que, aprovechándose de la primera ocasión favorable, se salía fuera de la choza.

»Ya he dicho de mi cariño a ella que era una verdadera idolatría. Sentime de su proceder, y se lo dije con las lágrimas en los ojos. Clara me estrechó tiernamente entre sus brazos, me acarició, y se disculpó. Yo la creí, y dos días después volvió a suceder lo mismo que antes.

»Mes y medio pasaron los incógnitos en la choza. De los cuatro que acompañaban al enfermo, los tres de más edad casi siempre estaban conferenciando en secreto con el capellán: el otro gustaba más de acompañarnos a paseo a mi hermana y a mí; para su edad era demasiado formal, y yo le hacía por ello muchísima burla: él lo sufría pacientemente, pero no variaba de conducta. Muchas veces me dijo que era muy hermosa: yo me reía. Parece que ya en aquel tiempo se enamoró de mí; por mi parte entonces no sabía ni podía saber qué cosa era el amor; y cuando en lo sucesivo me hallé en edad de amar, jamás sentí por aquel joven la menor inclinación».

Respiró don Juan leyendo esta declaración, pues hubo un momento en que tembló no ser el primero que hubiera sabido conmover el corazón de Inés.

«Anunciáronnos, al cabo de este tiempo, que trataban de irse. Yo recibí esta noticia con indiferencia: no así Clara, que sintió despedazarse su corazón. Al montar a caballo el incógnito, sacándose de un dedo un precioso anillo, se lo puso a mi hermana diciéndola: “Tomad, hija mía, esta memoria de un hombre cuyos dones fueron en otro tiempo muy estimados, y hoy solo cuenta con algunos corazones fieles; séalo el vuestro también, que del mío jamás se borrarán esas facciones, ni el agradecimiento por vuestros cuidados”.

»Los sollozos de Clara respondieron por ella. No perdió de vista a los caminantes hasta que la distancia y la espesura del monte se los ocultaron; suspiró entonces, y puedo asegurar que en muchos días ni aun sonreírse la vi.

»No prolongaré más esta relación con minuciosos pormenores. Baste decir que, desde la marcha de los desconocidos, pasamos un tristísimo año hasta su vuelta, que se verificó inesperadamente.

»El herido venía ya enteramente bueno de salud, pero más caído de espíritu. La vista de Clara le animó algún tanto, y mi hermana no pudo disimular el gozo que en verle sentía. Ella misma me ha confesado después todo lo que voy a referir.

»A pocos días del regreso de aquellos hombres, saliendo Clara a paseo una tarde sin mí, que, no sé cómo, me quedé en la choza, y estando sentada a la orilla del lago, el incógnito se ofreció a sus ojos cuando menos lo esperaba. Saludola, sentose a su lado, y estuvo algún tiempo pensativo, hasta que por fin dijo:

»“Mi edad y mis trabajos, hermosa Clara, parece que debían haberse puesto a cubierto de las pasiones; pero vuestros ojos han sido más poderosos que los años y la experiencia. Yo os amo con delirio, y la reflexión ni más de un año de ausencia han podido borrar de mi memoria vuestra imagen seductora, y el amor me ha vuelto a traer a este valle, solo para ofreceros mi corazón y oír de vuestra boca si mi suerte ha de ser en todo adversa, o me reserva el cielo aún alguna felicidad”.

»Clara decía que esta declaración, aunque hecha en tono apasionado, también lo fue con entereza y dignidad. No me ha dicho lo que respondió; pero es de inferir que el incógnito no quedaría muy descontento de su respuesta, cuando los paseos solitarios se repitieron tantas veces cuantas lo permitió la impertinentilla hermana Inés.

»A poco los incógnitos volvieron a marchar; pero su regreso fue también en breve, y en todo el año siguiente repitieron sus visitas con frecuencia.

»En este intermedio la melancolía y distracción de Clara iban en aumento. El incógnito y ella tenían frecuentes conferencias secretas; pero ni debían versar sobre materias alegres, ni salir ambos muy satisfechos, pues los ojos de mi hermana estaban inflamados de llorar, y el entrecejo de su amante hacía temblar.

»Un día los dos se presentaron a la mesa, si no alegres, por lo menos no tristes. Después de comer, el desconocido se encerró con el capellán, y estuvieron hablando como dos horas; salió el buen eclesiástico de la tal conversación como loco de contento. Santiago fue despachado en toda diligencia con una carta para mi tía. Dos días después volvió a venir acompañando a la misma doña Francisca de Alba. Esta, así que vio al incógnito, se echó a llorar, y quiso arrodillarse; mas él, recibiéndola en sus brazos, lo impidió.

»Clara al parecer comprendía todo aquello: yo estaba como quien ve visiones, y no poco resentida de la reserva de mi hermana. La noche misma de la llegada de mi tía, así que estuvimos solas, Clara, abrazándome tiernamente, me dijo que se casaba con el incógnito. Jamás ha habido sorpresa igual a la mía ni mayor aflicción, pues creí que casarse Clara y separarme de ella sería todo uno.

»No le costó poco trabajo consolarme, convenciéndome de que jamás se apartaría de mí; y yo, que solo a aquello atendía, ni me acordé de preguntarle el nombre de su esposo.

»Veinticuatro horas después, como a las once de la noche, vestidas mi tía, Clara, Marta y yo de toda gala, y escoltadas por el incógnito, sus cuatro acompañantes, el capellán, Santiago y Domingo, montamos a caballo; y habiendo andado dos o tres horas por veredas ocultas, y muchas veces por lo más enmarañado del monte, llegamos, acabada de sonar la una de la madrugada, a corta distancia de una ermita dependiente de cierto monasterio de San Agustín. En sus inmediaciones encontramos a otras cuatro personas embozadas en grandes capas, quienes sin duda nos esperaban, pues así que echamos pie a tierra, y uno de los nuestros habló con ellos algunas palabras, se dirigieron con nosotros a la ermita.

»Santiago se adelantó solo a llamar a la puerta de esta, y el religioso que la habitaba no dejó de tardar bastante en responder. Hízolo por fin, preguntando con harto desabrimiento quién era el que llamaba tan a deshoras. Respondió Santiago que un labrador que vivía en una cabaña no distante de allí, en paraje que nombró y ahora no recuerdo, se había puesto repentinamente enfermo de tanto peligro, que se temía expirase de un instante a otro, por lo cual le suplicaba fuese sin tardanza a administrarle los últimos auxilios espirituales.

»Preguntó el fraile que cómo se llamaba el enfermo, y nuestro mozo, que llevaba bien estudiada la lección, respondió que era un tal Pedro Trebiños, labrador muy conocido del religioso, y que en efecto habitaba el paraje que Santiago había dicho. Con tales señas no le quedó duda al ermitaño; y diciendo que iba a abrir la puerta de la ermita, se retiró de la ventana a que primero se había asomado. Inmediatamente que lo hizo, y a una seña de Santiago, se aproximaron dos de los incógnitos, y con las dagas desnudas se arrojaron sobre el pobre fraile cuando abrió la puerta, e imponiéndole silencio bajo pena de la vida entraron con él en el vestíbulo de la ermita. Así que Santiago nos avisó fuimos también a ella nosotras, los que nos acompañaban y los que habíamos encontrado esperándonos; todos, en fin, a excepción del mismo Santiago y el mulato, que se quedaron en guarda de los caballos.