Part 2
Conseguido esto, lo demás era fácil de arreglar. Aunque no sin repugnancia, prometió el marqués no ver a Violante; y aseguró, con el mayor gusto, que reconocería en forma al hijo o hija que ella diese a luz, señalando a su madre una pensión vitalicia de mil ducados sobre todos sus bienes, por medio de escritura legal que había de otorgarse en las veinticuatro horas, contadas desde entonces mismo. Por último, convinieron en que todo lo tratado entre ambos quedaría secreto, pues el marqués no quería exponerse a las reconvenciones de Hinojosa, ni disgustar a su hermano. Inmediatamente el marqués pidió su coche y salió a casa de su escribano a formalizar la escritura de la pensión; y el fraile se fue a dar cuenta del buen éxito de sus diligencias a Violante, quien no tuvo poco trabajo en ocultar su inmensa alegría bajo el velo de una devota conformidad con la voluntad del Señor.
Quince días después dio la beata de nuevo cuño a luz un muchacho robusto, al que el padre Retamar, al bautizarlo con el nombre de don Pedro Alcántara de Vargas, que era el mismo de su presunto padre, dijo que encontraba maravillosa semejanza con el marqués. Este, que en aquel acto vio también por primera vez al tierno infante, se deshacía en lágrimas de gozo, estrechándolo en sus brazos y jurando que todas las facciones eran las de la familia de los Vargas, si bien más bellas por lo que de Violante tenían. El hecho es que el recién nacido era, como lo son todos, un rollo de carne con ojos y facultad para llorar, en cuyo rostro, aún en embrión, solo la ceguedad del cariño encuentra semejanzas que no pueden existir.
No nos atreveremos a decir que el nuevo don Pedro Alcántara fuese en efecto hijo del marqués, pero tampoco a negarlo; y esto en razón a que ni su propia madre podía decir en ello cosa cierta.
Una labradora de Simancas, villa pequeña situada sobre un cerro en las orillas de Pisuerga a dos leguas de Valladolid, buscada de antemano, se llevó al niño para criarlo, y solo se la dijo que era de padres nobles y ricos, sin descubrir quienes fuesen. El padre Retamar quedó encargado de pagar a aquella mujer un espléndido salario, y de suministrarla además cuanto necesitase.
Violante se restableció pronto, y aunque con la pensión del marqués hubiera podido vivir con más lujo, conservó por prudencia su método anterior de vida, sin más diferencia que la de hacer una vez cada semana un viaje a Simancas a ver a su hijo, a quien quería entrañablemente, y de cuya conservación dependía en gran parte su fortuna.
Desde la visita del padre Retamar la amistad del marqués a su primo el comendador empezó a resfriarse tan notablemente que, advirtiéndolo, aquel caballero tomó la resolución de no mezclarse de allí en adelante en darle consejos, visto que el marqués estaba siempre en conversaciones secretas con su capellán, a quien había confiado su secreto.
Justamente estos sucesos coincidieron con el segundo y tercer viaje de don Juan a Madrigal; y ambos hermanos, ocupados en sus amores, cuidaron poco uno de otro, contentos con que no se observasen sus pasos, ni se pusiesen trabas a sus operaciones.
[Ilustración]
CAPÍTULO II
DON TELLO Quiera Dios, señor don Juan, Que volváis muy felizmente.
DON JUAN Breves los días de ausente, Señor don Tello, serán.
(Moreto: _El lindo don Diego_).
Dos o tres días después del nacimiento de su equívoco sobrino regresó don Juan a Valladolid; y apenas hubo llegado a su habitación, cuando encerrándose en ella abrió el misterioso pliego que Gabriel le había entregado. Rota la primera cubierta, halló que contenía otro pliego sellado con las letras S. R. L., cuyo sobrescrito era el siguiente:
[Ilustración: cruz] «A doña Inés Contiño, Sotomayor, Álvarez de Castro; en el convento de religiosas de la orden de...
Salud y gracia».
A más de este halló Vargas un billete abierto que decía así:
«Señor don Juan: en el convento de religiosas de la orden de..., que no podéis ignorar en qué parte de la ciudad se halla, encontraréis la dama a quien va dirigida la adjunta carta. Para que se os permita la entrada en él, preguntad por doña María de Castro, y decid que vais a hablarla de parte de su tío el abad. — Dios os guarde, como deseamos. — _S._».
—¡Otro misterio más! —exclamó don Juan—; pero a bien que en viendo yo a Inés habrán de terminarse sin remedio.
Concluyendo esta reflexión se puso a vestirse para presentarse en el convento con la debida decencia, y aún no había acabado de hacerlo, cuando vinieron a buscarle de parte de su hermano el marqués, que deseaba hablarle inmediatamente.
Trasladose Vargas sin detención a su cuarto, y le oyó, con no poca sorpresa, decir que un asunto importante le llamaba a Madrid, para donde pensaba salir sin falta al día siguiente por la mañana, llevando consigo al padre Teobaldo.
Don Juan, admirándose de que su hermano se decidiera a viajar, y a Madrid, adonde jamás había querido pensar en ir, y más aún de que tuviese asuntos reservados para él, cosa que hasta entonces no le había sucedido, pero deseoso también de abreviar la conferencia para poder marcharse al convento, se limitó a contestar que estaba bien, pues el marqués lo creía conveniente, y a desearle un feliz viaje y pronta vuelta.
Por su parte el marqués, que había temido que su hermano le hiciese mil preguntas a las que no sabía qué contestar, se dio por muy contento de verse libre de aquel apuro; y so pretexto de disponer las cosas para su viaje, se despidió de Vargas, que no le hizo repetir dos veces el permiso para retirarse.
¿Quién podrá pintar la agitación de Vargas en el tránsito desde su casa al convento designado en la esquela anónima que el pliego contenía? Sería imposible.
Perdíase en conjeturas a cual más singular, a cual más descabellada y distante de la verdad; pero lo que más le aquejaba era el temor que le hacía concebir el haber visto hasta entonces burladas siempre sus esperanzas de no conseguir, aun en aquella ocasión, el deseado conocimiento de quién era Inés, y de los medios indispensables para poseer su mano. Las tres iniciales del sello y la que servía de firma al billete eran también para Vargas otra materia de interminables cavilaciones, pues ni acertaba ni podía acertar con su significado. Por manera que, aunque el convento distara mil leguas de Valladolid, llegara a él tan embebido como entonces llegó en sus diversos pensamientos.
Entró en la portería, llamó al torno, y dando allí el recado que se le prevenía en el billete, recibió orden de pasar al locutorio, al cual fue conducido por la demandadera. Llévale esta no al locutorio general donde las madres recibían las visitas, sino a uno particular, amueblado con la limpieza y nimiedad de adornos que acostumbran las monjas, pero con más suntuosidad y elegancia que en tales parajes suele hallarse. La demandadera, mujer habladora y bachillera, por si acaso don Juan no había reparado aquella diferencia, se la hizo notar, advirtiéndole que el tal locutorio era el reservado en que la madre abadesa recibía las visitas de su ilustrísima el señor obispo y otros personajes de distinción.
Con poca cuerda que don Juan la hubiera dado hubiera podido saber la historia detallada de todos y cada uno de los muebles de aquel aposento; pero Vargas, que desde que entró había clavado los ojos en la reja que separaba la parte destinada para los profanos de la que ocupaban las religiosas, no se dignó responder una sola palabra; y la demandadera, picada de ver que se la trataba con tanta indiferencia, se retiró, murmurando entre dientes que era lástima que un mancebo tan galán de persona no fuera algo más cortés.
No se pasaron tal vez tres minutos desde que el hermano del marqués entró en el locutorio hasta que se abrió la puerta de este que comunicaba con lo interior del convento, y entró por ella una dama de noble porte y elegante traje.
Llevaba un vestido de rica seda negra labrada, con la manga, que solo llegaba hasta el codo, muy ancha, y terminada de la misma manera que la del hábito de algunos frailes, en figura triangular. El jubón era ceñido al cuerpo, cerrado por las espaldas y abierto por delante, con dos solapas caídas sobre el pecho. Una gola blanca como el armiño ceñía su garganta. El talle del vestido, arreglándose a la forma del cuerpo, iba sobre la cadera; y la falda, con bastante vuelo, era algo más larga por detrás que por delante. Una rica cadena de oro, que daba dos vueltas al cuello y caía con gracia sobre el pecho y espaldas, llevaba pendiente un magnífico medallón guarnecido de diamantes con el retrato de una mujer joven y hermosa. El peinado de aquella dama era sumamente sencillo y gracioso: el pelo recogido en un rodete colocado bastante atrás, y la parte de delante dividida como hoy se lleva, pero sin rizo alguno. Dos hilos de perlas finas daban vuelta a la cabeza y se terminaban sobre la frente en un broche, en el cual brillaba un diamante de alto precio. Para no dejar nada por decir, añadiremos que en las manos de aquella dama se veían muchas sortijas, y que en la derecha llevaba un libro de oraciones encuadernado en terciopelo morado con abrazaderas de plata.
Menester fue que Vargas la mirara muy despacio para reconocer en una persona tan ricamente ataviada a la humilde pastelera de Madrigal; pero en fin, no pudiendo negarse a lo que sus ojos veían, exclamó:
—¿Inés, sois vos?
—Yo soy, don Juan: no me causa extrañeza vuestra admiración; pero en verdad no deja de sorprenderme que hayáis descubierto mi asilo, el nombre que en él me dan, y la manera de verme.
—Yo mismo, Inés, no sé cómo esto ha sido; tal vez vos podréis comprenderlo mejor viendo este pliego.
Sacó entonces el que llevaba, y alargóselo a Inés al través de la reja. La bella morena lo recibió con gravedad, reconoció el sello antes de abrirlo, y se puso en pie para hacerlo. Así que lo hubo verificado buscó la firma, besola con respeto, y después, siempre en pie, leyó su contenido con la mayor atención.
Vargas la miraba sin acertar a comprender tanta ceremonia, y esperando con ansia el resultado de aquella lectura, que duró lo bastante para que le pareciera interminable.
Por fin Inés, después de haberse enterado muy a su sabor del contenido del pliego, volvió a doblarlo escrupulosamente, y lo encerró en un saco llamado limosnero que llevaba pendiente de la cintura, así como un cordón de hilo de oro que la servía de ceñidor, y se terminaba en dos borlas casi sobre los pies.
—La persona de quien dependo —dijo la dama pastelera ya sentada—, la persona de quien dependo únicamente en este mundo, me autoriza a enteraros de la historia de mi vida, a declararos quién soy, y a daros explicaciones sobre un lance que ha podido dar lugar a dudas sobre mi sinceridad. Hablo de lo ocurrido en el Carmen. Lo que voy a deciros parecerá tal vez falta de recato; pero acostumbrada a vivir entre hombres y en medio de los peligros hace años, puede disculpárseme si me muestro algo más libre que otras de mi sexo. El primer hombre a quien he amado, el único que he amado, el que hoy amo y amaré siempre, sois vos, don Juan.
—¡Celestial Inés! ¡Quién será más dichoso que yo cuando os oigo hablar así!
—Bajad la voz, no nos oigan, y escuchadme, porque sería imprudente prolongar esta visita demasiado. Hace tiempo que yo preveía que llegaríamos al punto en que hoy estamos, aunque tal vez no contaba con que fuese tan pronto. Sin embargo, tengo ya concluida una relación acaso prolija de los principales sucesos de mi vida. Por el escrito que os entregaré podréis juzgar si soy o no digna de vuestro amor. Pero ¡ah, don Juan! ¿Por qué quiso el destino que me conocierais?
—Para mi ventura, adorada mía.
—Plegue al cielo que así sea, pero temo lo contrario: yo no puedo ser vuestra sino con una condición.
—¿Y dudáis de que todas me parecerán suaves, deliciosas, tratándose de lo que más deseo?
—Tal vez no; y ese es mi mayor tormento. Don Juan, la empresa en que se os quiere comprometer no solo es arriesgada, sino, y ojalá que me engañen mis tristes presentimientos, desesperada, imposible de llevar a cabo. ¿Cuál sería mi dolor si rico, joven y dueño de mi corazón, os viera víctima de proyectos que nada os interesarían si no me hubierais conocido?
—Y bien, Inés, desde este momento son míos; no necesito saber más que podrán reportaros alguna utilidad, y conducirme a mí a la dicha de ser vuestro esposo, para ser el más celoso partidario de ellos. ¿Qué es preciso hacer? ¿Atravesar los mares? ¿Abandonar patria y familia? ¿Pelear, renunciar a mi propio nombre, servir de esclavo? Hablad, Inés: ¿qué se exige de mí? Decidlo; y si hay peligro, por grande que sea, que me detenga un instante, despreciadme entonces como indigno de vuestro amor.
El entusiasmo de don Juan conmovió a Inés extraordinariamente; y no permitiéndola su agitación responder de palabra, alargó por la reja una mano, que fue besada con indecibles transportes.
—Y bien, mi Inés, mi señora, mi vida, ¿qué me decís?
—¿Qué he de deciros, don Juan? Si yo hubiera de combatir contra solo mi amor, aunque grande, tal vez pudiera vencerlo aunque me costara la vida; pero contra el vuestro también, me es imposible. Sea, pues, lo que el destino ordene. Esperadme un momento.
Salió diciendo esto del locutorio y en breve volvió, trayendo una caja o estuche de madera preciosa, la cual con su llave pendiente de un cordón entregó a Vargas, diciéndole:
—Dentro de esa caja hallaréis la historia de la mujer en quien habéis puesto los ojos. El cielo sabe si me cuesta que nos separemos tan pronto, pero es preciso: idos, don Juan.
—¿Tan presto, señora?
—No podemos ni debemos llamar la atención de las religiosas. Dentro de tres días volved a la hora de hoy.
—¡Tres días, Inés! ¡Tres días sin veros!
—Tiempo hubo en que un mes no os pareció mucho tiempo de ausencia.
—¿Aún os dura esa memoria, Inés mía? Paréceme que ya he pagado bastante aquel delito. Es imposible que pudiendo veros pase yo tres días sin hacerlo.
—Pues bien, venid pasado mañana: ya rebajo un día. Adiós, y no me olvidéis.
—Antes me olvidaré de que existo.
—Mucho ponderáis, señor don Juan.
—Más siento, señora, a fe de caballero.
En esto, deshaciendo Inés su mano de las de su amante, que al tomar la caja se había quedado con ella, se retiró ligeramente para salir del locutorio. Ya en la puerta volvió la cabeza, y mirando a Vargas con toda la expresión del amor y del agradecimiento.
—Adiós, mi don Juan —le dijo, y desapareció.
Vargas salió del convento arrebatado de gozo, y volando más que andando corrió a examinar el contenido de la preciosa cajita.
[Ilustración]
CAPÍTULO III
La más bella niña De nuestro lugar Hoy viuda y sola, Y ayer por casar.
(Góngora).
MANUSCRITO DE INÉS.
«¡Oh Clara! ¡Mi amada Clara! Si desde tu morada celestial tu alma pura puede todavía conservar sus relaciones con los objetos que en la tierra le fueron queridos, me atrevo a creer que nunca tu espíritu se apartará de tu Inés. La feliz indiferencia por los hombres, que tanto envidiabas en ella, ha desaparecido para siempre: ahora y no entonces es cuando comprende todos tus tormentos. ¡Pobre Clara! Solo en la tumba has hallado el descanso. ¿Será mi destino correr igual fortuna?
»Aún no sé si este escrito será jamás leído por otro viviente más que yo misma. ¿Quién podrá asegurar que la persona para quien le destino querrá comprar, a costa tal vez de su propia dicha, la satisfacción de su curiosidad con respecto a mí? Comoquiera que sea, si estos caracteres, trazados por mi mano, llegaren a las suyas algún día, sepa que para él, y para él solo, he podido resolverme a confiar al papel las desgracias de mi familia, cuyo término está cuando menos muy lejano.
»Don Sebastián Contiño de Álvarez nació en la ciudad de Oporto, en el reino de Portugal, vástago de una ilustre familia. Su inclinación le llamó al ejercicio de las armas desde la niñez, y en ella se envejeció. Era don Sebastián un soldado a toda ley: valiente, sincero, y fiel a su rey. Ya muy adulto se enamoró, y obtuvo sin dificultad la mano de doña María Sotomayor de Castro, que era una señora igual a él en nacimiento, superior en fortuna, y célebre por sus virtudes y claro entendimiento.
»Fruto de este matrimonio fueron dos hijas: mi pobre hermana Clara y yo, que nací dos años después.
»Apenas habría yo cumplido cuatro años, cuando tuve la desgracia de perder a mi madre; y a pesar de ser entonces tan tierna mi edad, no he podido jamás olvidar la dolorosa impresión que aquel suceso me causó, ni los extremos que mi padre hacía con la aflicción de separarse para siempre de una esposa a quien adoraba. Clara y yo recibimos, deshechas en lágrimas, la última bendición de nuestra madre moribunda; y solo a ella puedo atribuir el que en medio de tantas vicisitudes en que después nos hemos visto, ni la una ni la otra nos hemos apartado un solo instante de la senda de la virtud: gracias sean dadas al que todo lo puede.
»El mismo año de la muerte de mi madre, que fue el pasado de 1578, se partió el rey don Sebastián a su desgraciada expedición al África; y mi padre, no queriendo dejar de acompañarle, nos puso al cuidado de una parienta de mi madre, llamada doña Francisca de Alba, mujer de don Frey Cristóbal Tabora, gran privado del rey, y que también le acompañó en aquella sangrienta jornada, causa de dolor eterno para el Portugal.
»Parece que mi padre al despedirse de nosotras tenía el triste presentimiento de no volvernos a ver. Estrechonos en sus brazos mil veces, y no pudo dejarnos sin derramar copiosas lágrimas; cosa en él bien singular, pues acaso en esta ocasión y en la de la muerte de mi madre serían las dos únicas de su vida en que se le viese llorar.
»Perdiose la batalla: murió en ella la flor de la nobleza lusitana, y la consternación fue general. Mi tía doña Francisca no supo de su marido; nosotras ignoramos la suerte de nuestro padre; y ni teníamos ni podíamos hallar consuelo, porque donde quiera que volviésemos la vista solo hallábamos orfandad, viudez y desolación. Jamás pueblo fue tan severamente castigado por faltas de su rey como Portugal por el imprudente arrojo de don Sebastián.
»La edad de Clara y la mía nos libertaron entonces de apurar aquel cáliz de amargura; pero sin embargo mi hermana, que nació con un corazón demasiado sensible, contrajo desde entonces una melancolía que conservó hasta el sepulcro.
»Para colmo de desdichas, nuestra tía se hizo un objeto de sospechas eternas para el gobierno; y es de advertir que cuantos volvieron de la batalla, o eran deudos, amigos y allegados de los que fueron a ella, o bien habían gozado de algún favor con don Sebastián, fueron desde entonces perseguidos más o menos, casi sin excepción.
»¿Qué cosa más natural que, ignorándose la suerte de un padre, de un esposo, de un hermano, de un amigo, se tratase de inquirir qué era de él? ¿Quién se atreverá a condenar al que no quiere convencerse, sin haber adquirido pruebas innegables, de que ha perdido para siempre a una persona querida?... Y, sin embargo, cualquiera de estas dos cosas se miraba y se mira hoy en Portugal como un crimen atroz.
»Doña Francisca de Alba preguntaba, inquiría, buscaba sin cesar indicios de que su marido no había muerto... “_Conspira_”, dijeron los satélites del tirano; y la triste viuda se vio muy cerca de ser sepultada en un calabozo. Tuvo, pues, que salir de Lisboa y establecerse en su quinta de la Torre Vieja. Nosotras la seguimos; pero mi tía, que aún no se consideraba segura, no queriendo exponernos a una tropelía de las que entonces eran frecuentes, ni envolvernos en su ruina, nos envió a la Sierra del Carnero con una criada de confianza llamada Marta y el mulato Domingo, a quien don Juan conoce.
»En lo más escondido de un profundo valle, en medio de un bosque de naranjos y limoneros, una choza, que tal parecía por su techo pajizo y paredes de caña, nos ofreció un asilo cómodo y seguro, del que jamás me olvidaré aun cuando algún día llegue a habitar suntuosos palacios. Formaba aquel valle una cadena circular de montes poblados de añosas encinas, y de lo más alto de uno de ellos corría un abundante y cristalino arroyo, cuyas aguas fertilizaban su suelo, y habiendo no lejos de la choza un profundo remanso, nos proporcionaba el placer de bañarnos en el estío. Una sola vereda de cabras era la comunicación que existía entre nosotros y el resto del mundo. Nuestra choza era grande, bien repartida, y cómoda. Poco tiempo después de habitarla se retiró también a ella, huyendo de la persecución, el capellán de mi tía, anciano venerable y lleno de instrucción, que tomó a su cargo educarnos a Clara y a mí. Marta nos instruía en las labores propias de su sexo.
»Pocas veces dejamos mi hermana y yo de ver brillar en el horizonte el primer rayo del sol: siempre juntas, siempre con los brazos enlazados corríamos el valle, y cada día encontrábamos un nuevo placer. Hoy era un nido de ruiseñores; mañana la temprana fruta de un árbol querido. Corríamos, saltábamos, y el tiempo presente era el único que nos ocupaba. Ni el estudio ni el trabajo se nos hacían penosos, porque no nos obligaban a él: nuestro preceptor era el hombre más indulgente, más tolerante que es posible imaginar; y nosotras lo queríamos tanto, que la idea de complacerle nos hacía aprender con gusto cuanto quería enseñarnos.
»Clara, de más edad, más reflexiva, con mayor talento que yo, aprovechaba también más; pero me quería con tanto extremo que tenía un verdadero pesar cada vez que se conocía superior a mí. Si el hombre que dice haberse prendado de mí hubiera conocido a aquel ángel, viéndome a su lado me tendría por despreciable».
—Imposible —exclamó Vargas al llegar aquí—, imposible: no puede haber habido mujer igual ni comparable a ti, Inés mía.
Después de haber desahogado así su corazón, continuó leyendo.
«Pero yo me olvido de que estos detalles, tan interesantes para mí, han de cansar a cualquier otra persona: ocho años pasamos en aquella soledad sin que el menor incidente viniera a turbar nuestra dicha. Nuestros bienes, fielmente administrados por mi tía, nos ponían en estado de proporcionarnos toda especie de comodidades: nada deseábamos ni teníamos que desear.
»Yo tenía ya trece años; mi hermana quince, y era hermosísima criatura. Dicen que se me parecía; pero yo, y no pase por modestia, le soy muy inferior. Clara era muy blanca, perfectamente formada, y sus facciones no eran solo regulares, sino además sumamente agraciadas. Su porte era grave, dulce su mirar, encantadora su sonrisa. En general parecía melancólica, y jamás su alegría fue estrepitosa; pero había en su corazón una vehemencia, en su fantasía una exaltación, que dan lugar a decir que en los pocos años que pisó la tierra, más que en ella vivió en un mundo ideal.
»Cuando al despertarnos por la mañana me refería sus sueños, me parecían de aquellos cuentos maravillosos que me entretenían en mi primera infancia. Todo en ellos era sublime, extraordinario y bueno. La misma inclinación se notaba en sus lecturas: siempre prefirió las obras más metafísicas. Nunca la oí hablar de tesoros, sino de virtud y gloria. Decir que era muy religiosa es excusado; en su carácter no podía menos de serlo. Era demasiada su semejanza con los espíritus celestiales para que dejase de estar siempre en comunicación con ellos por medio de la oración.
»De mí solo diré que adoraba a mi hermana, y que tenerla a mi lado y juguetear eran todos mis deseos.