Part 10
Salió de Madrigal, y en el primer ventorrillo que encontró le pareció oportuno hacer un sacrificio a Baco. Por desgracia era el vino bueno, y las libaciones del mulato fueron tantas y tales que al cabo de dos horas de estancia en el ventorrillo se halló incapaz de dar un solo paso, y comenzó a decir un sinnúmero de disparates que divirtieron mucho a los que allí estaban.
Uno de los infinitos bufones de taberna que, borrachos de profesión, en nada se complacen tanto como en que lo sean también cuantos se les acercan, tomó a su cargo «rematar», como ellos dicen, al mulato, y para conseguirlo acudió al aguardiente.
Con esto se completó la obra del embrutecimiento de Domingo, quien cayó inerte como un tronco debajo de la mesa del ventorrillo.
Largo tiempo hacía que este estaba desierto, y el mulato no daba señal de vida. Pero el ventero, familiarizado con tales accidentes, cerró su puerta a la hora de costumbre y se echó a dormir muy tranquilo.
Al amanecer del siguiente día despertó Domingo, y tratando de levantarse para proseguir su camino, al primer paso cayó redondo al suelo.
La gran cantidad de vino y de aguardiente que había bebido le causó una abrasadora calentura que en dos días no le permitió moverse del durísimo lecho que en la venta le dispusieron. Al tercero salió, en fin, para Valladolid, y llegó a la posada en que se le dijo encontraría a su amo.
A la puerta de ella, y sentados en un banco, había dos hombres de mala traza y peor cara que parecían entretenidos en jugar a la morra. Caíanles unos sucios y desmesurados bigotes sobre el labio inferior, que casi ocultaban, y sus puntas retorcidas sobre las mejillas les prestaban el aire de dos gatos monteses. Cada uno llevaba su espada de longitud desmesurada, y las empuñaduras eran de hierro mohoso con grandes gavilanes.
Aquellos dos señores eran dos alguaciles.
Domingo, después de haber examinado con atención las señas de la casa, y reconocido que convenían en todas sus partes con las que a él le dio fray Miguel, entró en ella sin curarse de los corchetes ni decirles palabra.
Los ministros de justicia no le dieron a él tan poca importancia, pues inmediatamente uno de ellos, levantándose de su asiento, se metió en seguimiento suyo en la posada, pero con tanto silencio, con pasos tan cautelosos, que Domingo no advirtió la honra que le hacían.
—¿Gabriel de Espinosa, vive aquí? —preguntó el mulato a la primera persona que se le presentó delante.
—Ha mudado de posada —contestó el alguacil que estaba a su espalda, asiéndole al mismo tiempo la garganta con ambas manos y dando un silbido para llamar a su compañero—. Ha mudado de posada —continuó diciendo— porque esta no le parecía bastante decente para su merced, y Su Majestad le hospeda ahora en su casa para más honrarle.
—Y este hidalgo de Guinea —añadió el segundo alguacil, que ya había llegado— nos hará el gusto de venir a acompañarle.
Durante este ameno diálogo, el pobre Domingo, medio sofocado por la presión de las manos del robusto ministro sobre su garganta, renegaba de sus piernas, que a tal posada le habían llevado.
Los alguaciles le pusieron en las muñecas unos anillos, vulgarmente conocidos con nombre de esposas, y uno de ellos le condujo sin demora a casa del señor don Rodrigo Santillana, visita harto penosa para la natural humildad del mulato.
El alcalde, después de haber oído la relación de su ministro, le preguntó cómo se llamaba.
—Domingo —contestó el preso.
—El apellido.
—Domingo.
—¡Hola!, ¿y Domingo a secas?
—Domingo.
—Sea en buen hora. ¿Buscabais, según parece, a Gabriel de Espinosa?
—Yo no busco a nadie.
—¿Pues a qué fuisteis a la posada?
—A nada.
—¿Y de dónde venís?
—De mi casa.
—¿Dónde está vuestra casa?
—No sé.
—¡Bribón! Veremos si a caballo en un potro callas aún. Registrarle, y vaya a un calabozo distinto de el del pastelero.
A la orden del registro conoció Domingo que era llegada la hora en que la carta de fray Miguel caía en poder del alcalde, y, como si con las manos ligadas pudiera tener esperanzas de evitarlo, comenzó a defenderse a patadas y mordiscos del alguacil que quería registrarle; pero sus esfuerzos fueron inútiles: una nube de corchetes se arrojó sobre él, lo tendieron en el suelo, y desnudándole a su salvo, le hallaron la carta del fraile metida en la cintura entre la camisa y el cuerpo.
Leyola don Rodrigo; brilló en sus ojos un rayo de feroz alegría, y mandó inmediatamente conducir a Domingo a la cárcel y cargarlo de hierros.
[Ilustración]
CAPÍTULO VI
Al tiempo que esperaba nuestra suerte Poderse mejorar, la santa mano Mostró por nuestro mal su furia fuerte.
(Cervantes: _Elegía a la muerte de la reina Isabel_).
La malhadada aventura de Domingo fue causa de la ruina de Gabriel de Espinosa, del vicario, y de doña Ana de Austria.
Don Rodrigo de Santillana, viendo que en ella se daba al pastelero un tratamiento de «majestad», inmediatamente coligió que aquel hombre era o fingía ser el rey don Sebastián.
No pudo haber para el alcalde circunstancia más feliz que la de haber caído en su mano aquel negocio, pues cabalmente la persona a quien Felipe II había mandado vigilar era fray Miguel de los Santos, en quien jamás confió el suspicaz tirano.
Un correo llevó la noticia del descubrimiento al Escorial, y volvió en breve con la respuesta del rey. Sus órdenes eran terminantes. Don Rodrigo debía trasladar el preso a Medina del Campo, dejándolo allí, y pasando a Madrigal a prender al vicario y también a la señora doña Ana, pero a esta en su celda. Todo se ejecutó con tanta celeridad como sigilo.
La historia de esta causa célebre está envuelta en un misterio impenetrable. Verdad es que, poco después de su fallo, se publicó en Jerez una relación de ella; pero está hecha, como es de presumir, para publicarse viviendo aún el tirano y acabadas de inmolar las víctimas.
Sin embargo, es de notar que, mal que le pese a su autor, aun en ella misma la verdad penetra al través de las nubes con que quiere oscurecerla.
Espinosa parece que se complació en burlarse de sus enemigos aun estando inerme en sus manos. En cada declaración de las infinitas que le tomaron decía una cosa distinta, y aun en una misma, al finalizarla, destruía cuanto en su principio dijo. La extraña sutileza de su oído, su penetración portentosa, le hacían, por decirlo así, adivinar las intenciones del alcalde, quien de orden del rey actuó en toda esta causa sin escribano, teniendo que extender por sí todas las declaraciones.
Sin embargo, el preso perdía algunas veces la paciencia, y exclamaba:
—¿A qué empeñarse en que diga quién soy, si de todos modos he de morir? Si el rey quiere enterarse de quién yo sea, personas tiene a su lado que me conocen, y muchas. Que envíe una y saldrá de dudas.
Fray Miguel confesó de plano que aquel hombre era el rey don Sebastián, y alegó en favor de su aserción notables razones. Entre otras, y además de las que ya hemos indicado en el curso de nuestra narración, merecen particular atención algunas que citaremos.
La primera fue la de haber llegado a fray Miguel a Lisboa un hidalgo portugués la víspera del día en que este religioso debía predicar las honras de don Sebastián, y haberle dicho que mirase cómo hablaba, porque sin duda había de oírle el mismo rey, pues había escapado con vida de la batalla.
Después de esta se refería al dicho de muchos soldados que aseguraban haber visto retirarse herido a don Sebastián del campo de batalla con algunos compañeros. Habló también de haber dicho un fraile de los del Cabo de San Vicente que había confesado y administrado la comunión al rey en su monasterio muchas semanas después de la batalla. Sería interminable referir aquí las razones en que el vicario fundaba su creencia de la vida de don Sebastián antes de presentarse en Madrigal el pastelero Gabriel de Espinosa; pero no dejaremos de referir cuáles le asistían para reconocer en este la persona misma de don Sebastián.
El cuerpo no presentaba, cuando fray Miguel le vio en su convento, la misma gallardía que tenía al salir de Lisboa; ¿pero qué mucho, decía el fraile, que sus infinitos trabajos le hubiesen agobiado? Las facciones eran las mismas del rey; el color del pelo, rubio, donde no estaba ya cano; y el de los ojos, azul, también como don Sebastián.
El sonido de la voz era idéntico, si bien un tanto enronquecido. Igual la desmesurada fuerza, que bastaba a hacer astillas una lanza blandiéndola en el aire, o a partir entre sus manos con facilidad cualquiera pieza de una vajilla de plata.
Gabriel, así como don Sebastián, era irascible, orgulloso y arrojado. Hablaba el español, el portugués y el italiano.
Estaba al corriente de la política de su época, y no ignoraba una sola circunstancia, por pequeña que fuese, relativa al tiempo en que don Sebastián reinó en Portugal.
¿Tan completa semejanza puede existir entre dos distintos individuos? ¿Será posible que la naturaleza haya creado dos seres idénticos, física y moralmente? ¿Se concibe que el temperamento y la educación de un rey y de un pastelero sean tan conformes que produzcan en tan distintas posiciones una igualdad absoluta de hábitos e inclinaciones, de virtudes y de vicios?
Pero demos de barato, hubiera podido decir el defensor de fray Miguel, si Felipe II hubiera tenido por conveniente que aquel desdichado pudiese dar sus descargos antes de morir, demos de barato que puedan reunirse sin milagro las circunstancias referidas en dos distintas personas; aún no se le habrá probado al vicario de Santa María que se engañó.
Fray Miguel, como confesor del rey, estaba enterado de todos sus secretos, y en sus conversaciones con Espinosa más de una vez hizo este alusión a lo que en otro tiempo le había confiado. El religioso no ha podido revelar al juez aquellos secretos que en confesión se depositaron en su seno, pero sí puede referir hechos que han llegado a su noticia como particular.
Le pregunta, por ejemplo, a Espinosa si ha tenido alguna visión en su vida:
—Una sola vez —responde este—, y fue corriendo la posta con el conde de Medellín. Al pasar un arroyo en que un malvado asesinó a su propio padre, creí oír un gran ruido, o por mejor decir, lo vi, en efecto. Dejele al conde de Medellín que pasase adelante, y quedándome solo, esperé en vano un gran rato, pues nada vi.
El hecho pasó así, y de igual manera lo había referido don Sebastián antes de irse a la batalla.
Otra vez Gabriel, sin ser interrogado, refiere a fray Miguel que estando enfermo en su palacio de Lisboa, los médicos le prohibieron comer pescado, y para mayor seguridad prohibieron el aceite en la cocina real.
—Entonces —dijo Espinosa—, envié a pedir al cura de mi parroquia un poco de aceite de la lámpara del Santísimo Sacramento para uno de sus feligreses; enviómelo, y comí con él pescado, que no me hizo daño ninguno.
De este modo pudieran citarse infinidad de circunstancias que confirmaron a fray Miguel en la idea de que aquel hombre era en efecto el monarca portugués.
La señora doña Ana en todas sus declaraciones se refería a lo que el vicario le decía, y la única razón que alegó en su defensa fue que ella no quería que don Sebastián se descubriese hasta después de muerto el rey, su tío.
El grande argumento de don Rodrigo contra ambos era preguntarles por qué, si don Sebastián era realmente lo que ellos decían, no se había dado a conocer en tantos años, o a lo menos desde que estaba preso, para no verse tan ignominiosamente tratado.
Pero esta objeción, más especiosa que sólida, fue rebatida por los acusados completamente.
Don Sebastián, dijeron, salió tan corrido de la batalla que no osaba presentarse en los primeros días después, ni aunque quisiera podía hacerlo. Hizo, en primer lugar, voto en África de andar peregrino, y encubierto a su vuelta a Europa. Acudió al pontífice para que le dispensara de un voto temerario; pero Gregorio XIII se negó a ello bajo pretexto de que no quería que se turbase el sosiego de los estados del rey católico; pero aun sin esto, ¿no le sobraban razones a don Sebastián para permanecer oculto? ¿Acaso no bastaba para ello ver que se ajusticiaba sin piedad al que se atrevía a asegurar que vivía? ¿Qué suerte podía prometerse si la fortuna le ponía en manos de Felipe II? La que tuvo: verse tratado como un infame impostor.
A poco tiempo de empezada esta causa, por ciertas competencias entre las jurisdicciones real y eclesiástica, fue necesario que el nuncio de su santidad enviara, como envió, un comisionado con poder bastante para apremiar y compeler con toda clase de censuras a los eclesiásticos comprendidos en ella.
Es singular que, en más de ocho meses, no se dio tormento a ninguno de los reos, por prohibición del rey. Sin duda luchaban un resto de probidad en el pecho de Felipe con su cruel ambición, pero esta triunfó al fin.
Fray Miguel, aplicado a la tortura, dijo, como era de esperar, cuanto le mandaron que dijese.
Dicen que Espinosa hizo otro tanto, y será verdad. ¿A qué había de sufrir tormentos espantosos, si de todos modos conocía que había de subir infaliblemente al cadalso?
El resultado fue que Gabriel fue condenado a la pena de ser arrastrado, ahorcado y descuartizado; a la misma fray Miguel, después de la competente degradación; y la señora doña Ana de Austria a reclusión perpetua en una celda de un convento, ayunando todos los viernes a pan y agua, y tratada los demás días como otra monja cualquiera, sin servidumbre ni poder jamás aspirar a ser prelada, ni a ejercer cargo alguno.
El martes 2 de julio de 1596, después de diez meses de prisión, sufrió la condena en la plaza de Madrigal el desventurado Gabriel, o don Sebastián.
Sus últimos momentos fueron dignos de un cristiano y de un príncipe. Oyendo decir al pregonero:
—Esta es la justicia que manda hacer el rey nuestro señor, y el alcalde don Rodrigo Santillana en su nombre, a este hombre por traidor al rey nuestro señor, y embustero, y porque siendo hombre vil y bajo se había querido hacer persona real, le mandan arrastrar, y que sea ahorcado en la plaza pública de esta villa, y su cabeza puesta en un palo. Quien tal hace, que así lo pague.
—¡Traidor! —exclamó—. ¡Eso no! Hombre vil y bajo, Dios lo sabe.
Al salir del serón, y ya al pie de la horca, se puso en pie con reposado continente, y tendiendo la vista alrededor de la plaza descubrió, en una ventana de la cárcel, a don Rodrigo de Santillana, que estaba allí con objeto de recibirle la última declaración, si quería prestársela.
Entonces ardió en cólera, y no pudo menos de gritar:
—¡Ah, señor don Rodrigo, señor don Rodrigo!
El juez, aterrado, bajó los ojos y perdió el color; pero un jesuita de los que auxiliaban al paciente se le puso delante, y trató de convertir todos sus pensamientos al cielo. Consiguiose esto por el momento, y Gabriel, después de reconciliado, subió con firmeza a la horca.
Parose en el penúltimo escalón, y como el verdugo le dijese que subiera otro, se volvió a él, y le dijo con desprecio:
—¡Esto nos faltaba!
Sentado ya, volvió la vista una o dos veces hacia la ventana de la cárcel, y mirando colérico a don Rodrigo le apostrofó con voz de trueno; pero los agonizantes no le dieron lugar a citarle ante el tribunal de Dios, que era lo que pretendía hacer, según se había explicado en la capilla.
Él mismo se arregló el dogal al cuello como si fuera una valona; repitió en tono firme las palabras del credo, que un jesuita decía, y murió de la muerte de los malhechores, con el mismo aliento que un mártir.
Fray Miguel fue llevado a Madrid, y degradado el 16 de octubre en la parroquia de San Martín por el arzobispo de Bristau. No desmintió el vicario en tan amargo trance su reputación de varón piadoso y resignado.
Conservó durante la degradación, en el tránsito al suplicio y ya en él, una entereza humilde, una completa conformidad absoluta con la voluntad de Dios.
Al pie del cadalso dijo en voz moderada y con firmeza:
—El tormento me ha hecho mentir en contra mía. Gabriel de Espinosa podrá no ser el rey don Sebastián, pero yo siempre lo tuve por él. Muero, pues, inocente de este delito que se me supone; pero ofrezco a nuestro Señor esta muerte afrentosa en descuento de mis muchos pecados, y espero de su infinita misericordia la remisión de todos ellos.
Antes de acabar de subir la escalera llegó de orden del rey el notario de la causa, y estuvo haciéndole varias preguntas, a las que el vicario respondió con mucho desembarazo y brío.
Nadie ha sabido hasta hoy sobre qué punto versase aquella declaración.
Fray Miguel expiró abrazado devotamente con un crucifijo.
La manera con que se verificó la prisión de Gabriel, la previsión del vicario, y sobre todo una fortuna inexplicable, fueron causa de que nada pudiese saberse del resto de los conjurados. Hiciéronse varias prisiones en Portugal y en España, pero por conjeturas, y nada se le pudo probar a ninguno de los aprehendidos, de los cuales la mayor parte estaban inocentes.
Domingo, desesperado de haber sido causa de la pérdida de su amo, se dejó morir de hambre en su calabozo, después de haber sufrido tres veces el tormento sin proferir una sola sílaba.
[Ilustración]
CAPÍTULO VII
Gracias al cielo doy, que ya del cuello Del todo el torpe yugo he sacudido, Y que del viento el mar embravecido Veré desde la tierra sin temello.
(Garcilaso: _Soneto_).
Lo desagradable de la materia del capítulo que precede nos ha hecho pasar rápidamente por ella, refiriendo en pocas páginas sucesos que ocurrieron en diez meses. Preciso nos es, pues, volver a la época de la prisión del infeliz don Sebastián.
Vargas escribió a fray Miguel una carta enterándole de la desgracia ocurrida al rey el cuarto día después de ella, es decir, inmediatamente que la supo. Pedro fue el portador de ella; pero así que llegó a Madrigal supo la prisión del fraile y la de la señora doña Ana, y se guardó muy bien de decir que llevaba para ellos mensaje ninguno, volviéndose inmediatamente a Valladolid a dar cuenta a su señoría de tan tristes sucesos.
Don Juan penetró sin dificultad que don Sebastián estaba descubierto, y no pudo serle dudosa la suerte que le esperaba.
Despreciando el peligro que él mismo corría, lo primero en que pensó Vargas fue en tratar de libertar al monarca portugués del suplicio. Pero cuantos arbitrios se le ocurrieron para ello fueron desgraciadamente infructuosos.
El consistorio protestante, cuyos miembros temblaban por sí mismos, se negó absolutamente a dar ningún paso en favor de don Sebastián; y no contento con esto, rompió absolutamente toda comunicación con el amante de Inés.
La traslación del preso a Madrigal, y el haberse comisionado solo para guardarlo a un alcalde del crimen de la chancillería de Valladolid, frustraron la esperanza de romper sus grillos a fuerza de oro, y por último el arbitrio de intimidar al juez con cartas anónimas, en las cuales unas veces se le amenazaba, y otras se trataba de confundirle haciéndole creer que Gabriel era don Antonio, prior de Crato, no produjo tampoco ningún efecto.
Las angustias de Inés durante el curso de aquel largo proceso fueron inexplicables. La mutación de nombre y el sigilo con que fue conducida al convento en que se hallaba la libertaron sin duda de la persecución personal; pero no se vio solo atormentada por la desgracia de su cuñado, sino que temblaba por la hija de su hermana y por su amante.
Una feliz casualidad quiso que la niña Clarita, que la señora doña Ana amaba en extremo y tenía en su compañía, no se hallara en su celda en el momento en que Santillana fue a arrestarla en ella.
La religiosa que entonces la tenía en su celda, movida de compasión por sus tiernos años, la ocultó, sustrayéndola de este modo a la persecución del tirano; pero como se ignoraba absolutamente el paraje que habitaba su tía, no pudo la compasiva monja darle aviso ninguno.
La vigilancia que se ejercía entonces sobre el convento en particular, y en general sobre toda persona que llegaba a Madrigal, hicieron imposible pensar siquiera en adquirir noticias de la suerte de la hija de don Sebastián.
Muerto ya este y fray Miguel, y decidida Inés, a fuerza de ruegos de Vargas, a casarse con él, pero con la precisa condición de buscar antes a Clarita, el fiel Pedro partió de Valladolid en hábito de peregrino, y gracias a aquel traje, que en aquel siglo se miraba con respeto, llegó sin inconveniente al monasterio de Santa María.
Preguntó en él por sor Magdalena de la Trinidad, religiosa a quien Inés sabía que la señora doña Ana honró con su amistad, y la entregó un billete en el cual la bella morena la suplicaba le diese noticias del paradero de su sobrina. Sor Magdalena era justamente la religiosa que tenía a Clarita en su poder, y al instante informó de ello al peregrino, diciendo que estaba pronta a entregarla en manos de Inés.
Con tan feliz nueva volvió Pedro a su amo, y ya este no se ocupó más que en buscarse un asilo cómodo y seguro en que pasar el resto de su vida lejos de una corte que aborrecía, y en los brazos de una mujer adorada.
Necesitaba para ello un confidente, y ninguno le pareció más a propósito que su primo el comendador. Confiole, pues, exigiendo antes la solemne promesa de guardar silencio eterno, que iba a unirse con una señora igual a él en nacimiento, pero que por razones a él conocidas deseaba vivir en un completo retiro.
Combatió Hinojosa esta resolución hasta que conoció que perdía el tiempo, y después acabó por entrar completamente en las miras de Vargas.
Compró el comendador todos los bienes que don Juan había heredado de sus padres, y con parte del producto le adquirió en la Andalucía una vasta hacienda que, por su posición topográfica, por la fertilidad del terreno, la ostentación de sus límites y la suavidad del clima, era tal como se deseaba.
Después de esto proporcionó él mismo un capellán de confianza que hizo a Inés legítima esposa de Vargas, un año después de la prisión de don Sebastián.
En seguida partieron para Andalucía después de recoger a Clarita, y en breves días llegaron al lugar de su destino.
Jamás se borraron de la memoria de Inés los tristes sucesos de la primera parte de su vida, y el resultado de ellos fue una dulce melancolía que llegó a hacerse habitual en ella.
No así Vargas. La muerte de don Sebastián hizo en él una profunda impresión, y siempre que la recordaba era con horror; pero al verse dueño de su adorada Inés, era el más feliz de los mortales y lo dejaba ver en una inmensa alegría.
Así que los dos esposos estuvieron establecidos en Andalucía, escribió Inés a su tía doña Francisca de Alba, quien no tardó en contestarla y hacerle saber que estaba pronta a entregarle su hacienda, de la que don Juan entró muy pronto en posesión.
Por la tía de Inés supo el marqués Domiño el lugar de su retiro, y a él fue a terminar sus días. Poco más de dos años sobrevivió aquel fiel servidor, aquel anciano venerable, a su amigo y rey; y no pudiendo ya en ellos hacerle otros servicios, se ocupó en redactar una relación de sus desgracias, de la cual se ha sacado la que vamos a terminar.
Olvidose Domiño de decirnos cuál fue la suerte de don Carlos, don Francisco y Abenamal, y así nada podemos decir de ellos. Pero lo que sí refiere puntualísimamente es que jamás se vio esposo más tierno que don Juan, mujer tan amante y tan digna de ser amada como Inés; fruto de su amor fue, a los diez meses de matrimonio, un niño de que el marqués Domiño fue padrino, poniéndole por nombres Sebastián Miguel de los Santos.
Por una partida de bautismo existente en un libro antiquísimo de una parroquia vecina parece que este niño casó, ya hombre y siendo caballero del hábito de Santiago y maestre de campo de los reales ejércitos, con doña Clara Contiño, pues tales nombres se dan a los padres del bautizado.
Es de presumir que esta doña Clara fuese la hija de don Sebastián y llevase el apellido de su madre, no pudiendo usar el de su desdichado padre.