Part 11
El marqués, hermano de don Juan, tuvo el disgusto de que el niño don Pedro Alcántara muriese de sarampión, y su madre en un hospicio haciendo verdadera penitencia de sus muchas culpas.
Al fin de la relación de Domiño se encuentra una nota que dice así:
«Es fama que don Rodrigo de Santillana, inmediatamente después de haber jurídicamente asesinado al infelice don Sebastián (Q. D. D. G.), marchó al Escorial a dar cuenta a su rey de todas las circunstancias de aquel suceso. Después de una larga conferencia con Felipe, en la cual tal vez dejaría ver demasiada convicción de que el muerto era en efecto don Sebastián, regresó a Madrid, en donde inmediatamente fue preso. Se asegura que le dieron garrote secretamente en la cárcel de Corte para sepultar con él tan atroz misterio».
Si así fue, debemos admirar la sabiduría de la Providencia que castigó a don Rodrigo, haciendo que el crimen de que para engrandecerse fue instrumento ocasionara su ruina.
Vargas heredó el marquesado, pero no varió su plan de vida. Las caricias de su mujer, la educación de su hijo y las distracciones campestres le parecieron siempre preferibles al bullicio de la corte.
Alguna vez que otra los dos esposos lloraban juntos las desgracias de don Sebastián; pero muchas más horas eran las que pasaban deliciosamente enlazados el uno en brazos del otro, contemplando las gracias infantiles del niño don Sebastián.
Si hay alguna felicidad en la tierra, en la compañía de una mujer amable y virtuosa es donde aconsejo a mis lectores que la busquen.[2]
[2] Para satisfacer enteramente la curiosidad del lector, solo nos queda que decirle que la significación de las iniciales S. R. L., de que se habla en el capítulo 2.º del tomo 3.º, nos parece debe ser _Sebastianus rex Lusitanæ_; esto es, Sebastián, rey de Portugal.
FIN DEL TOMO CUARTO Y ÚLTIMO
ADVERTENCIAS
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir a la orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra a su semejante.
(Cervantes: _Prólogo al Quijote_).
Al público nada tengo que decirle: o la obra le agrada, o no. En el primer caso unos y otros hemos llenado nuestro objeto; los lectores divirtiéndose; yo saliendo airoso de mi empresa. Si, por el contrario, no le gustase esta novela, será un mal que sentiré, pero que es irremediable, y que todas las apologías posibles no bastan a evitar. Esta advertencia se dirige únicamente a mis amigos, a los que pueden tener algún interés por mi reputación literaria.
El editor de la colección de que forman parte estos volúmenes, haciéndome más favor del que merezco, me invitó a unir mi nombre al de literatos que bajo todos aspectos me son superiores. Muchos de ellos, que me honran con su amistad, se empeñaron en persuadirme de que la empresa no era superior a mis fuerzas; y más por complacerlos que por otra cosa, di principio a la obra que hoy ve la luz. Pero entonces me hallaba en Madrid, donde me era fácil proporcionarme todo género de auxilios en libros y consejos, y cuando concluí el capítulo 4.º del tomo 1.º me hallé, por un golpe de fortuna, confinado en un rincón de Andalucía. No he tenido, pues, a la vista ni un solo libro de historia, ni un mapa, ni un amigo a quien consultar.
Es imposible que mi composición no se resienta de este aislamiento total. A los veintiséis años, después de dos de emigración, seis de servir en las filas del ejército, y, de estos, tres en la Guardia Real, donde el tiempo me bastaba apenas para atender a las obligaciones de mi empleo, no puedo haber adquirido aquellos conocimientos sólidos, aquella instrucción profunda que hacen capaz a un escritor de componer sin el socorro de los maestros del arte.
Mi memoria es probable que también me haya sido infiel en algunos puntos históricos. En una palabra, este escrito, a que le bastaba ser mío para valer poco, ha tenido además la desgracia de escribirse en circunstancias tales que le hubieran hecho imperfecto aun siendo parto de más claro ingenio.
Pido, pues, a mis amigos que me juzguen con indulgencia, y que por lo menos no se avergüencen de haberme alentado a escribir.
De todos modos, me someto a su censura; doy por justas cuantas críticas hagan de este escrito, y solo formo empeño en que me conserven el afecto que me han manifestado en circunstancias bien críticas, del cual aprovecho con ansia esta ocasión de darles públicamente las más sinceras gracias. — _P. de la E._
ÍNDICE
Páginas TOMO III III-I
Capítulo primero III-1 Capítulo II III-30 Capítulo III III-43 Capítulo IV III-90 Capítulo V III-99 Capítulo VI III-118
TOMO IV IV-I
Capítulo primero IV-1 Capítulo II IV-28 Capítulo III IV-45 Capítulo IV IV-62 Capítulo V IV-79 Capítulo VI IV-97 Capítulo VII IV-111 Advertencias IV-121