Part 5
El resto se redujo a los amores del manco con la zagala, a los ridículos celos de Gilote, y por último, a que este, burlado y apaleado por el único brazo de su rival, tuvo que cederle el campo, terminándose la función con una cantinela por el orden de lo que había precedido, y que el público aplaudía a rabiar. Los concurrentes a esta representación estaban todos de pie, formando un semicírculo alrededor de la escena, de manera que la posición de ningún individuo era constante.
La gente de edad avanzada no se avenía muy bien con la movilidad casi perpetua de los jóvenes, pues de ella resultaba que muchas veces perdían parte del diálogo; pero los muchachos, que en la facultad de variar de puesto hallaban unos el medio de aproximarse al objeto querido, otros el de comunicar sus observaciones a un amigo, y todos finalmente el placer del movimiento, que en cierta edad es tan necesario como el pan, oían con desprecio o no oían los gruñidos de sus mayores, y continuaban andando de un lado para otro.
Vargas, así que vio presentarse al pastelero y a la morena en el círculo de los concurrentes, formó el proyecto de unirse a ellos, y al cabo lo logró después de sufrir pacientemente razonable número de pisadas, encontrones, y aun dicterios de tal o cual anciano atrabiliario por delante del cual tuvo que pasar en su marcha.
Todo lo dio sin embargo por bien empleado, y aun lo olvidó cuando por fin pudo colocarse al lado de la morena.
Un movimiento casi imperceptible de cabeza y una mirada rápida de la pastelera hicieron conocer a don Juan que esta le había visto.
«¿Será su marido este hombre, cuando tan tímida está en su presencia? ¡Pero qué diablos! Por más marido y más celoso que sea no podrá impedir que yo agradezca el servicio que me ha hecho».
Pensando así, se aproximó a la morena, y en voz ni bien tan baja que lo que decía llevara el aire de un misterio, ni tan alta que alcanzasen las personas inmediatas a oír más de alguna palabra suelta de cuando en cuando, dijo:
—Si tan flaca de memoria es usted, señora mía, que en pocas horas olvida los beneficios que hace, yo presumo por mi parte de tan agradecido, que sé decir de mí que viviera cien años sin olvidar la merced que de su generoso corazón he recibido.
—Si habla de lo de su prisión —contestó la bella—, nada hay que agradecerme en lo que hice, que no fue más que cumplir con mi obligación.
Estas palabras se dijeron en tono natural, pero en seguida y tan bajas que apenas pudo oírlo don Juan, a pesar de que en sus mejillas sentía el suave aliento de su huéspeda, la cual añadió:
—Por Dios que se separe de mí, si no quiere por su cortesanía hacerme graves perjuicios.
Gabriel de Espinosa, que distaba algunos pasos de los dos interlocutores, y cuya atención durante su diálogo estaba al parecer embebida en la farsa de los representantes, debió sin embargó oír lo que la morena decía, pues en el momento en que don Juan, siguiendo su aviso, iba a retirarse, volviéndose el pastelero a ella, dijo:
—¿Y por qué recibir con tan poca cortesía a ese caballero? Una cosa es, Inés, que yo os tenga dicho que no gusto de galanteos, y otra que no cumpláis como quien sois, quiero decir, como persona de buena crianza, con quien tan buenos modos usa con vos. Usted, señor caballero, siga si gusta al lado de esa mujer, que nadie en el mundo pudiera impedírselo sino yo, y yo vengo en ello.
Dicho esto, y sin esperar respuesta, volvió la espalda, ocupándose como antes exclusivamente en el espectáculo.
Mientras duraba su arenga Inés no hizo movimiento ni dio señal de aplauso ni reprobación; pero cuando, ya concluida, volvió la cabeza y vio a Vargas inmóvil como una estatua y con los ojos clavados en las espaldas del pastelero, como si aún esperase a que añadiera algo a lo dicho, no pudo menos de dejar escapar una de aquellas risas malignas que ya habían desconcertado a don Juan más de una vez en la pastelería.
Perdíase en conjeturas el buen caballero, pues a pesar de ser bastante despreocupado para su siglo, pertenecía sin embargo a él, y su claro ingenio no bastaba a libertarle de la influencia de las ideas y preocupaciones generales entonces.
Ya lo hemos dicho otra vez, las jerarquías sociales se hallaban entonces más marcadas, o por mejor decir, tenían una existencia de hecho, a más de la de derecho que conservan hoy, aunque mutilada.
Esta existencia era visible; un noble no solo tenía en su casa ahumados pergaminos y vistosos escudos de armas, sino que en virtud de ello gozaba de ciertos privilegios, y estaba sujeto a determinadas cargas enteramente distintas de las que pesaban sobre el que no lo era.
De aquí resultaba como consecuencia precisa que la educación de la nobleza era especial, las maneras de sus individuos peculiar a la clase, y distintas enteramente de las del resto de la sociedad.
Por su parte, los órdenes inferiores del Estado, nacidos para la agricultura, las artes y el comercio, a los que entonces, por desgracia, no se daba aún la importancia que merecen, se habituaban desde la niñez a usar de gran deferencia con los nobles, y era raro ver que se apartasen de tal sistema, pues cuando algún espíritu revoltoso quería salir de su esfera, tardaba poco en experimentar los malos efectos de querer volar más alto con cortas alas.
En tal estado de cosas era, en efecto, un fenómeno que un hombre que por su profesión pertenecía no ya al estado llano, sino a la clase ínfima, y que no lo ocultaba, afectase sin embargo modales que podrían parecer soberbios aun en un caballero.
Por otra parte la misma Inés dejaba ver cierto señorío en sus modales, no menos disonante con su profesión que el orgullo del pastelero.
Pero lo que a Vargas le tenía perplejo no eran tanto estas observaciones, como el no saber qué conducta observar con aquella gente.
Si consultaba su gusto, la cuestión estaba pronto resuelta. Los ojos de la morena habían producido su efecto, y el hombre, en cuanto hombre no más, resiste pocas veces a este género de seducción.
Mas recibir órdenes de un pastelero, usar de un permiso concedido por él para hablar a Inés, y deberse un favor y entrar con él en relaciones no ya de igual a igual, sino como un protegido con su protector... La sangre goda se revelaba contra tal idea.
Separarse, pues, era el partido único que juiciosamente le quedaba a don Juan, y así lo resolvió en efecto; al ponerse en marcha, en vez de tomar el camino que en su cabeza se proponía tomó el preferido por su corazón, y casi sin saberlo él mismo, al primer paso se halló al lado de la hermosa pastelera.
Mas una especie de fatalidad en amor, en que algunos no creen porque no sienten ni pueden sentir con vehemencia, y otros porque viven como los irracionales, sin tomarse el trabajo de observar ni siquiera sus propias sensaciones, pero que tenemos por irresistibles, perseguía a don Juan.
Cuando esta fatalidad pesa sobre el hombre, en vano es luchar contra ella. Más poderosa que cuantas consideraciones sociales e intereses individuales pueden oponérsele, es un torrente impetuoso que, engrosado en las montañas con el deshielo de la nieve, baja por ellas arrastrándolo todo, y si algún obstáculo encuentra, se embravece más con él, parece que en la lucha ha adquirido nuevas fuerzas para vencerlo, y el único medio de salvarse de su furia es huirle si se puede.
Don Juan quiso y no pudo. Que al empezar la vida un joven, que al entrar en el mundo, como hoy decimos, enmudezca al lado de la primera mujer que hizo palpitar su corazón, se entiende, y debe ser así; pero que pasados ya los veinticinco años, después de una campaña, y de más de unos amores, Vargas al lado de una mujer de baja extracción no supiera cómo entablar la conversación, es una cosa que solo se concibe poniéndola a cargo de la fatalidad.
Como quiera que sea, lo cierto es que don Juan, colocado a la izquierda de Inés, quería y no podía hablar verdades, que en cambio de lo que su lengua callaba, sus ojos clavados siempre en el mismo objeto indicaban bastante qué género de pensamientos le asaltaban.
Inés, con los ojos bajos y el rostro encendido como una grana, al parecer no miraba; pero hay opiniones de que, repasando entre los dedos las cuentas del rosario que llevaba pendiente de la cintura, halló medio de observar todos los movimientos de nuestro caballero.
Pero el tiempo vuela, mal que le pese a los amantes, y así se concluyó la farsa antes que Vargas se resolviera a hablar, ni su bella hubiera acabado de recorrer las cuentas del rosario.
Gabriel, sin cuidarse de uno ni de otro, echó a andar como para continuar su camino, y la pastelera, que debía de estar acostumbrada a sus maneras, se dispuso a seguirle, pero no lo hizo sin echar antes una mirada sobre don Juan, en la cual, al través de cierto aire de despecho, se descubría un no sé qué de afectuoso que prometía no ser muy duradero su enojo.
Conoció entonces Vargas que se había portado como muchacho de escuela, y aún debía de tener intenciones de enmendarse: parece notó en sus labios un movimiento como para querer hablar; mas ya era tarde, y una tierna y expresiva mirada fue la única consternación que pudo dirigir a Inés, quien, respondiendo con una sonrisa, continuó su camino en pos del pastelero, seguida por el mulato.
Don Juan, caviloso más acaso que lo había estado en su vida, seguía a corta distancia a la hermosa morena, cuando del camino real que pasaba por cerca de la pradera vio venir un hombre caballero en un hermoso caballo negro, pero que, o por haberse asombrado, o por acosarle fuera de tiempo su jinete, se había desbocado.
Tal era la rapidez de la carrera del fogoso animal, que verle salvar una zanja que separaba el campo del camino, arrojar a su jinete de un solo bote en el suelo, que llegó casi a arrojarse sobre las gentes que paseaban, puede decirse que fue obra de un solo instante. Sucedió entonces lo que generalmente sucede en semejantes ocasiones: el temor, desterrando la serenidad, hizo que todos los circunstantes se atropellaran unos a otros: hubo desmayos, alaridos, y todo género de accidentes. Las madres apretaban a los hijos contra sus pechos, con riesgo de sofocarlos; los muchachos, enredándose entre las piernas de las gentes, daban con ellas en el suelo; en un caído tropezaban veinte, este suplicaba, el otro maldecía, y nadie se cuidada de lo importante que era saber la dirección del caballo desbocado.
Sin saber cómo, se halló colocada Inés frente al ciego animal. El peligro era evidente y visible, y su inmediación la privó de todo discurso y no acertó a hacer otra cosa más que taparse los ojos con ambas manos, lanzando un ¡ay! de aquellos que parten realmente del corazón.
Pero dos hombres se lanzan detrás de ella como dos saetas, y se interponen entre el bruto y la que iba a ser su víctima.
Don Juan y Gabriel eran estos dos hombres. El primero sin reflexión ninguna se arroja sobre la cabeza del animal; pero ni sus fuerzas, ni acaso las de Hércules, bastaban para detenerlo. Vargas, despedido como una pelota, fue a caer a los pies mismos de Inés, y ella y él hubieran sido infaliblemente atropellados sin la admirable serenidad, fuerza y destreza del pastelero.
Este, conociendo lo inútil que sería luchar de frente con el caballo, se corrió sobre un costado, y cogiendo una de las riendas que llevaba sobre el cuello con ambas manos, tiró de ella con tal brío, apoyando su cuerpo en la espalda del animal, que le hizo dar mal de su grado una media vuelta completa.
En el mismo instante, y con agilidad sorprendente, de un solo salto se plantó en la silla, y por más esfuerzos que el caballo despechado hizo para sacarle de ella permaneció firme, más como estatua ecuestre que como hombre a caballo.
Un aplauso general y prolongado fue la muestra de la admiración general; pero si aquella ocurrencia produjo sensación en el pueblo, más fuerte, al parecer, la experimentaba el mismo Gabriel.
En su estatura parecía aumentarse repentinamente; era tal su gallardía a caballo, tal la gracia y agilidad de todos sus miembros, que no hubo circunstante que no jurara que aquel hombre era el más perfecto jinete que jamás había visto. Al saltar a caballo se le había caído el sombrero; veíasele por consecuencia el rostro agraciado e imponente, y unos ojos que pocos hombres hubieran mirado frente a frente sin bajar los suyos. Olvidado al parecer de que allí hubiese reunido un pueblo entero, Gabriel solo se ocupaba en humillar la soberbia del bridón, cuyos lomos oprimía. Caracoleando y haciendo escarceos recorría la pradera, y así llegó al paraje en que poco antes varios hidalgos del pueblo habían estado recreándose en correr sortijas. La casualidad hizo que se hallase arrimado a un árbol un lanzón que por lo pesado y macizo servía para prueba de fuerza y habilidad, pues eran pocos en Madrigal los que podían y sabían manejarlo. Esta particularidad debía de saberla el pastelero, porque era público en la villa, y esta harto pequeña para que dejase de haber llegado a noticia suya cosa tan conocida de todos. Pero supiésela o no, el hecho es que, llevando el caballo a media rienda por junto al árbol, agarró el lanzón con la mano derecha sin pararse, y levantándole como si fuera una caña, lo blandió en el aire sobre su cabeza con tal pujanza que, rompiéndose, fueron a parar las astillas a más de cincuenta pasos.
Aquí la admiración de los madrigaleños es imposible de encarecer. «¡Viva Gabriel, viva nuestro pastelero!» era el grito general; pero sea que el amor propio de este le faltase, el triunfo conseguido, o que fuera tan filósofo que creyera que con el pueblo es tan peligroso estar muy bien como estar muy mal, se dio por contento y entregó el caballo a su dueño, que no habiendo recibido daño en su caída, llegó a reclamarlo.
Vitoreado, aplaudido y escoltado por el pueblo, y cansado ya de dar gracias a todos y de suplicarles que no se molestasen más en acompañarle, llega Gabriel a su casa, y entrando en ella se halló que ocupaba su propio lecho don Juan de Vargas, y que a la cabecera estaba en persona el médico de la villa. Sin darle tiempo a preguntar cosa alguna, Inés se le acercó para decirle que habiendo don Juan perdido el sentido de resultas del golpe, y herídose además la cabeza, había creído deber trasladarle a su casa, pues en obsequio de su persona había expuesto la suya.
—Bien hecho, Inés; ese mozo es valiente, aunque demasiadamente entremetido.
Dicho esto, volvió la espalda y salió del aposento.
[Ilustración]
CAPÍTULO V
Siempre que la ignorancia no halla la explicación de un fenómeno cualquiera, acude a las causas sobrenaturales. Semejantes supersticiones son una calamidad por la que han pasado todos los pueblos de la tierra.
(_Discurso inédito sobre duendes y brujas_).
Sabida cosa es que Felipe II vivió en sus últimos años encerrado, por decirlo así, en el monasterio del Escorial. Allí se ocupaba incesantemente en los negocios políticos, sus devociones y la obra del monasterio, que con razón se llama la octava maravilla. El sitio de San Lorenzo era, pues, propiamente la corte de España, a pesar de que Madrid llevaba el nombre de tal; y Valladolid, recientemente despojada de su grandeza, conservaba aún sus pretensiones como las conservan algunas mujeres que fueron buenas mozas mucho tiempo después de dejarlo de ser.
La extensión de Valladolid es considerable; sus calles, para los tiempos en que se hicieron, muy buenas; numerosos sus monasterios, y sus alrededores fértiles en viñas y cereales, si bien presentan el aspecto triste y monótono de casi todos los países llanos.
Aun hoy, cuando se anda la ciudad, se nota en sus calles cierto vacío que aflige, y proviene indudablemente de que la población es muy reducida para el casco del pueblo; pero en la época a que nos referimos, siendo muy reciente la salida de la corte, la falta de gente se hacía más notable y sensible para sus habitantes.
Por descontado, todos los extranjeros, que eran los que casi exclusivamente ejercían entonces las artes industriales, siguieron al gobierno, y fueron a establecerse a Madrid.
Los criados de la real casa, los asentistas, los pretendientes, el enjambre, en fin, de gentes que dependen de una corte, todo se ausentó, quedando solo en Valladolid sus naturales y tal cual cortesano retirado ya del mundo, y que solo aspiraba a vivir tranquilamente el resto de sus días. En este número se contaba el marqués, hermano de don Juan de Vargas, que ocupaba una casa de las mejores del pueblo en cierta calle no muy distante de la Plaza Mayor: a esta casa nos es fuerza por ahora trasladar la escena, y por lo mismo diremos algo sobre ella y sus moradores.
El marqués, criado desde su infancia por una madre indiscretamente tierna y cuidadosa, y por un padre que quería educar a sus hijos como monjas, vivió hasta los veinte años de edad sin salir de casa más que los días serenos en que no había ni mucho calor ni mucho frío.
En cualquiera de estos dos últimos casos oía misa en un oratorio de su propia casa, y después se le permitía hacer ejercicio durante una hora en un salón herméticamente cerrado por todas partes.
Enseñáronle a leer, a escribir y a rezar; el blasón por adorno; pero en cuanto a armas, jamás quiso consentir su madre en que tomara en las manos ni un alfiler.
Esta educación, recibida por un hombre de complexión naturalmente débil, contribuyó a hacer de él un valetudinario desde la juventud.
Perdió el marqués a su padre cuando solo tenía veinte años, y su madre tardó poco en seguir a su marido al sepulcro, dejando a más de él otro hijo, que fue don Juan, de edad entonces de diez años.
Después de pasados los dos primeros años consagrados a llorar la pérdida de los autores de sus días, empezó el marqués a ver el mundo, y empezó por la corte.
Rico y joven, no podía menos de encontrar muchos amigos, es decir, muchos hombres que, amantes de todos los vicios, y privados ya por sus desórdenes de medios para darles pábulo, fueron a buscar en el bolsillo del novicio lo que en los suyos faltaba.
El humo del incienso de la adulación cegó al marqués; sus parásitos le parecieron cada uno un Pílades, y su casa y bolsa se abrieron para todos.
Pero aún no le bastaba esto: tenía que tropezar en un escollo fatal, y tropezó en efecto.
El amor, esta pasión irresistible, inherente a la juventud, cuyo germen depositó la naturaleza en nuestros corazones como garantía para conservación de la especie, el amor le reservaba sus tormentos.
El hombre cuya sociedad se compone de cortesanos corrompidos, ¿qué mujeres ha de frecuentar que no sean dignas de tal sociedad?
¡Pobre marqués! Lleváronle sus amigos a casa de la viuda de un contador de Indias, mujer interesante, de amable trato y graciosa figura, que rayaba ya en los treinta; pero tan bien conservada, tan compuesta, que a otro más experto le hubiera hecho creer que apenas tenía veintidós años.
Fácil es de inferir, por lo que se ha dicho de la educación del marqués, que solo conocía el amor por oídas; pero es de advertir que le había caído en las manos tal cual libro de caballería, en el cual aprendió que una mujer puede ser muy honrada corriendo montes y valles en compañía de un hombre, y que primero morirá que faltar a la fe jurada a su amante.
Con estos preliminares se deja entender que el desdichado tardó poco en caer en la red, y tan de veras, que trataba nada menos que de casarse con su Dulcinea, y así se lo hizo entender a ella misma.
Otra menos diestra hubiera desde luego acogido con ansia aquella proposición y prestádose a ella; pero Violante, que así se llamaba la ninfa, conocía su posición y se negó abiertamente, diciendo que prefería sacrificar su virtud para hacer la felicidad de su amante a exponer a este a romper con su familia e iguales, como en efecto sucedería a causa de tan desigual matrimonio.
La verdad es que Violante, cuya reputación estaba ya hecha, conoció que en el momento en que el marqués anunciase su casamiento no habría en la corte quien no se apresurara a abrir los ojos del ciego amante; y que aun suponiendo que la ceguera del marqués fuese tal que se negase a la evidencia, la cosa podría llegar a oídos del rey, y su severidad era harto notoria para exponerse a sufrir sus efectos.
Mas como estas reflexiones no se le alcanzaban al interesado, no vio en la conducta de su dama sino un proceder sobremanera generoso y noble, y no perdonó sacrificio alguno para compensar el que suponía que, prestándose a sus deseos, hacía Violante.
Pasáronse así algunos años, durante los cuales don Juan, a quien su hermano quería como a hijo, recibió una educación distinguida, pues la intención de este era que siguiese la carrera de las leyes; mas a pesar de todo, el fogoso joven se empeñó en ser soldado, y el marqués, débil por carácter y por cariño, accedió a sus deseos enviándole a Flandes, en donde, como se ha dicho, probó que en efecto la naturaleza le había hecho más a propósito para las armas que para las letras, aun cuando su ingenio y aplicación eran notables.
Mientras que don Juan añadía a los antiguos blasones de su casa nuevos timbres con los laureles con que en Flandes se coronaba, vegetaba su hermano al lado de Violante, amándola cada día más.
Así le hubiera tal vez sorprendido la muerte sin el incidente que vamos a referir.
Un primo hermano del marqués, llamado don Pedro Hinojosa de Vargas, comendador del hábito de Santiago, hombre de poca más edad que él pero de mucho más mundo, experiencia y penetración, fue a la corte a establecerse, y, como era natural, lo hizo en casa de su pariente.
Era el comendador uno de aquellos hombres que han aprendido a conocer el mundo a fuerza de repetidas y dolorosas experiencias, y que aunque dotados de bastante rectitud de conciencia para no convertirse de víctimas en verdugos, conservan, sin embargo, para lo sucesivo la memoria de los pasados extravíos, y jamás dan un paso sin estar seguros de la firmeza del terreno en que sientan el pie. Para obrar así es preciso ser observador. Hinojosa, pues, lo era; como no era necesaria demasiada perspicacia para conocer de qué pie cojeaban los acompañantes de su primo, a los ocho días de estar en su casa vio, desde luego, que este era juguete de sus pretendidos amigos.
Las relaciones del marqués con Violante le parecieron sospechosas, sin más que saber su origen, y a poco que averiguó tuvo motivos de confirmarse en el propósito formado de desembarazar a su pariente de tan vergonzosos lazos.
El medio para conseguirlo no era fácil de hallar; la menor insinuación que se le hiciese al marqués contra su amada y amigos le sacaban realmente de sus casillas. Razones eran, pues, excusadas; hechos, y hechos claros y evidentes, eran los únicos que podían convencer al engañado amante.
Como el comendador estaba íntimamente convencido de que la dama no podía menos de hacer de las suyas, su único objeto fue hallar manera para hacer testigo a su primo de algunas de sus hazañas; y sabiendo que no hay medio más seguro para conocer las flaquezas de los amos que preguntárselas a sus criados, hizo sobornar una sirvienta de Violante que a fuerza de oro prometió servirle completamente, y lo cumplió en efecto.
Para abreviar: Hinojosa tuvo maña para hacer al marqués testigo presencial de una de las infinitas infidelidades de su dama. Encarecer el sentimiento del engañado amante es imposible. Su melancolía fue tal, que produjo una obstinada ictericia que estuvo a pique de costarle la vida. Mas el tiempo, su índole apática, y los cuidados y reflexiones del comendador, acabaron por suavizar, si no extinguir, enteramente su pena.
Vivían con el marqués, además de Hinojosa, un capellán sexagenario, hombre de bien, pero sobradamente pedante, que había sido su ayo y su mayordomo, sujeto tan aritmético como una tabla pitagórica, y la servidumbre, que no dejaba de ser numerosa.
Una tarde, como a las dos de ella, y una hora después de haber comido, estaban reunidos, en el comedor de la casa del marqués, este, don Juan, el comendador y el capellán.