Part 6
Jugaban los dos últimos al ajedrez con el silencio y recogimiento que acompañan infaliblemente a la tal ocupación, tan impropiamente llamada juego.
El marqués, sentado en un sillón de maciza madera, guarnecido de clavos dorados, y forrado de terciopelo carmesí, se conservaba a la cabecera de la mesa, con los ojos cerrados como si durmiera; pero no lo hacía, o soñaba en cosas tristes, pues dos lágrimas bajaban por sus lívidas mejillas tan despacio que parecía que se avergonzaban de humedecer el rostro de un hombre.
Nuestro don Juan, no muy lejos de su hermano, estaba también sentado a la mesa con la cabeza apoyada en una mano, el semblante descolorido, el ademán pensativo, y los ojos fijos que daba temor mirarle.
Desde que este joven había regresado de Flandes perdió la casa del marqués cierto aspecto claustral que aún conservaba desde el tiempo de su padre. La natural alegría de don Juan, y hasta su mismo aturdimiento, encantaban al marqués y daban más libertad a las restantes personas de la casa para desembarazarse alguna vez de las severas formas que en aquel tiempo prescribía la etiqueta.
Esto, y el ser él naturalmente bondadoso, le granjearon el afecto general de tal manera que podía decirse que más amo era él en la casa que su mismo dueño.
Como un mes antes de la tarde en que nos hallamos regresó don Juan de Valladolid después de una ausencia de más de tres semanas; viósele entonces enteramente distinto de lo que era al partir. Entonces, lleno de salud, impetuoso, decidor y alegre; después, descolorido, pensativo, callado y melancólico.
Todos se admiraron, y todos anhelaban saber la causa de aquella metamorfosis; pero nadie llegó a conseguirlo. A cuantas preguntas se le hacían contestaba:
—Nada tengo; no sean aprensivos, yo estoy bueno, estoy alegre.
Nadie le creía una palabra, porque todos veían lo contrario de lo que afirmaba; mas cansados de preguntar, conjeturaron, y cansados también de conjeturar, dedujeron sabiamente que pues don Juan estaba triste y enfermo, y ellos no sabían la causa, o se había vuelto loco, o le habían hechizado.
Cada una de estas dos opiniones tenían en la casa su partido, aunque no faltaba quien adoptase las dos a un tiempo.
El comendador, cuya manía favorita era la de creerse el más profundo de los observadores, era el que capitaneaba el partido de la locura; y el capellán, que no encontraba placer compatible en este mundo sublunar al de combatir a hisopazos y exorcismos con un espíritu maligno, afirmaba que el mancebo estaba hechizado. El marqués era el justo medio, pues no creía que estuviese loco ni poseído; creía alternativamente lo uno y lo otro, y a veces lo creía todo a un tiempo.
Descrito ya el teatro y los actores, vengamos a la acción.
—Jaque al rey, padre capellán —dijo el comendador dando un salto en la silla y frotándose las manos con visible satisfacción.
El capellán, arrugando las cejas y con la mano tendida hacia el tablero, iba a contestar no se sabe qué, cuando, encendiéndosele el rostro repentinamente a don Juan, se alzó de su asiento, y descargando el puño sobre la mesa, exclamó:
—Imposible. Jamás.
Y como desatinado se salió del aposento apresuradamente.
—¿Cómo imposible? —dijo el comendador creyendo que don Juan hablaba de su jugada; pero volviéndose al mismo tiempo de decir esto, y viendo los movimientos de su primo, no pudo menos de exclamar—: Lo que yo digo; pobre mozo, loco rematado. Para hacer esto sin haber yo averiguado la causa, no puede menos de estar loco.
—Loco... lo será el que no vea en los desatinos de ese mancebo la mano de Astorot que le atormenta —replicó el capellán.
—Padre Teobaldo, ¡un Vargas endemoniado! Primo, un pariente loco... Pero en efecto..., pudiera..., no sé..., veremos... —interrumpió el marqués, despavorido y absorto con lo que pasaba.
—Un Vargas, señor marqués, está tan sujeto a calamidades de esta especie como el más miserable jornalero. Nabucodonosor, rey de Babilonia, fue bruto muchos años, y...
—Desde entonces acá no nos faltan ejemplos de grandes personajes que lo han sido toda su vida —repuso el comendador—: El rey Saúl estuvo poseído del espíritu maligno, y el mismo David nos dice: _¿Quare tristis incedo dum afligit me inimicus? Sic est_, que el señor don Juan de Vargas, aunque de ilustre nacimiento, es infinitamente inferior al pagano Nabucodonosor, al ungido Saúl, y al rey profeta. _Ergo_, don Juan puede muy bien estar endemoniado.
—No lo niego —dijo el marqués, cediendo al peso de tan poderosos argumentos.
—Yo no niego el _posse_ por mi parte; lo que niego, primo, es, que vuestro hermano esté ahora endemoniado —contestó Hinojosa.
—_Probo_ —exclamó el capellán.
—Dejémonos de argumentos, padre. Yo soy observador, muy observador, y me intereso demasiado en el bienestar de don Juan para que en más de un mes que hace que le vemos así no haya estudiado su enfermedad. Estoy seguro, segurísimo, de que los que padecen una demencia absoluta...
—_Veritas veritatum_.
—Nada de latines, capellán, y menos de desvergüenzas: razones, y no citas ni insolencias, son las que aquí necesitamos.
—¡Paz, paz, por Dios santo! En mi casa no quiero riñas.
—Ni reñimos tampoco: marqués, ya sabéis que los doctores se tiran los bonetes en un acto, y luego salen de él tan amigos como entraron. Ministerio es de paz y...
—No se hable más de ello, que será peor. Lo que importa es descubrir cuál es en efecto el mal de don Juan y ponerle remedio.
—Sí, sí, eso es lo que importa, primo Hinojosa, ponerle remedio, como vos decís.
—Las armas espirituales... son eficacísimas y excelentes a su tiempo, pero por ahora no las necesitamos.
—¡Oh pertinacia, oh ceguedad!
—Dejad hablar al padre, primo: si le interrumpís siempre, ¿cómo ha de explicarse?
Con esta insinuación del marqués calló el comendador y pudo el capellán explayar su erudición, de la cual haremos gracia a los lectores, contentándonos con decir que en un largo, difuso y embrollado discurso, después de explicar muy por menor los síntomas que se advierten en los endemoniados, quiso probar que la melancolía, las frecuentes distracciones, y los repentinos accesos de cólera que se notaban en don Juan, eran otras tantas señales de hallarse el infeliz sirviendo de posada a algún diablo, y no de los de menor importancia, en el infierno.
Don Pedro le escuchó como quien oye llover; mas no así el marqués, que, acostumbrado desde la infancia a mirar al padre como un oráculo, y persuadido por otra parte de que sus últimos disgustos habían provenido de haberse apartado del camino que en sus consejos le trazaba el capellán, se sintió extrañamente conmovido, y no solo consintió, sino que suplicó a su antiguo ayo que desde luego pusiese mano a la obra de echarle los demonios del cuerpo a su hermano.
Esto era justamente lo que el padre Teobaldo quería, pues en todo el discurso de su dilatada vida nunca se le había presentado una ocasión de habérselas cara a cara con el señor demonio. Así es que, tomándole la palabra al marqués, salió inmediatamente de la sala temiendo que el comendador no le hiciese volverse atrás.
Iba en efecto Hinojosa a tronar contra tan desatinada idea; pero la retirada del capellán y la del marqués, que, temiendo la tormenta, se marchó también en pos de él, se lo imposibilitaron.
Parecerá a un lector del siglo XIX que el padre Teobaldo y su alumno debían de ser muy necios para creer en el endiablamiento del pobre don Juan, y sin embargo se desengañará medio a medio.
No solo en el siglo XVI, sino en mucho después, el último monarca español de la casa de Austria, Carlos II, se hizo atormentar voluntariamente por espacio de muchos años consecutivos para que le sacaran del cuerpo los demonios, que estaba muy lejos de tener en él.
Este ejemplo bastará para probar cuáles eran en la materia las ideas de aquellos tiempos, pues si en el trono había tales preocupaciones, fácil es de inferir que más abajo no faltarían.
Media hora después de terminada la discusión entre el marqués, el comendador y el capellán, entró este último en la estancia de don Juan, vestido de sobrepelliz y estola, con el bonete en la cabeza, en la mano derecha un hisopo, y en la izquierda un misal abierto.
Seguíale un lacayo con un caldero de agua bendita, otro con una taza de aceite, el marqués y su mayordomo, y dos o tres criados más, todos con el rosario en la mano.
Don Juan estaba aletargado sobre su lecho, encima del cual se había arrojado cuando salió del comedor con la precipitación que se ha visto, y, como el padre Teobaldo y su comitiva entraron silenciosamente en su aposento, nada sintió.
Rodearon, pues, su cama y, quedándose el capellán a los pies, comenzó a leer en voz baja algunas oraciones del misal, respondiendo los circunstantes _amén_ cada vez que terminaba una de ellas.
Al cabo de algunos minutos de rezo le pareció bien al padre rociar al demonio con agua bendita, y mojando el hisopo en el caldero, le mojó la cara a su sabor, con lo que despertó al pobre don Juan; incorporose este en la cama, y no sin algún sobresalto contemplaba el extraño grupo que veía, cuando una segunda descarga del hisopo le inundó completamente el rostro.
—Váyanse a todos los diablos —exclamó colérico—, o por vida...
—Hermano don Juan, sosegaos, que por vuestro bien se hace todo esto —le interrumpió el marqués, asiéndole de un brazo.
Le coge Vargas la cara lo mejor que pudo, y se encaró con su hermano, mirándolo de hito en hito para asegurarse de que en efecto era él quien le hablaba, y que no era un sueño cuanto estaba sucediendo.
Entre tanto el capellán rezaba y rociaba intrépidamente, y el mayordomo y las criadas respondían _amén_ siempre que les tocaba.
Viendo don Juan que de todo aquello no le resultaba más mal que el de mojarse alguna cosa, y que su hermano parecía tener particular empeño en que siguiera la operación, resolvió tolerarlo y, cruzándose de brazos, permaneció inmóvil, limitándose a observar cuidadosamente los movimientos de cuantos le rodeaban.
A cierta seña del capellán, el criado de la taza de aceite se aproximó al marqués, y este, tomándola en las manos, se la acercó a los labios a su hermano:
—Bebed, don Juan —le dijo—, bebed, siquiera por amor de mí.
Tomó Vargas la taza con mucho sosiego, y se disponía tal vez a beberla, pero el olor del aceite, en el cual iban además algunos granos de incienso, era tan fuerte, que lo percibió inmediatamente.
Entonces miró el brebaje de la taza, y volviéndose al marqués le preguntó:
—¿Esto queréis que beba, hermano?
—Sí, hermano, bébela, y sanaréis de vuestra dolencia.
—Yo no estoy enfermo; estáis engañado, no estoy enfermo.
—Enfermo estáis —dijo el capellán—, y de enfermedad mortal.
—Padre, no estoy enfermo; mi salud es cabal, nada me duele.
—El alma, el alma, es la enferma.
—Tal vez.
—Bebed, don Juan —volvió a decir el marqués.
—No, no, hermano, no; este brebaje me haría reventar.
—Es preciso beberla —exclamó el capellán.
—Es preciso —repitió el marqués.
—Es preciso, es preciso —dijeron en coro los criados.
—Pues no la bebo, señores, no la bebo —replicó el interesado volviendo a poner la taza en el plato que tenía el marqués en la mano.
Este se la entregó al mayordomo, y al mismo tiempo echó a andar para salir del aposento, y en efecto salió. Entonces dos criados se aproximaron a don Juan para obligarle a beber; mas él, conociéndolo, cogió de nuevo la taza, bautizó con ella al mayordomo, y saltando en seguida de la cama, asió la espada que a la cabecera de ella tenía, y dio tras de todos a palos.
La puerta les parecía estrecha para salir por ella a cuantos había en el cuarto, incluso el capellán, y con tanta precipitación quisieron huir, que al llegar a una escalera, por que precisamente tenían que pasar, se le enredaron las piernas al mayordomo entre las del que llevaba la caldera, y uno y otro rodaron de alto a bajo, poniendo el grito en el cielo; la caldera suelta soltó toda el agua que contenía, y después con estrépito notable siguió a su portador hasta el piso bajo.
Los perros del marqués, que eran bastantes, comenzaron a ladrar, y uno de ellos, abalanzándose a los dos caídos, sacó en triunfo el peluquín del mayordomo, que maltrecho yacía al pie de la escalera.
El capellán y los restantes llegaron sin tropiezo hasta aquel punto, pero allí tropezaron en los dos que por bajar más de prisa llegaron antes.
Los primeros poseedores del suelo renovaron sus aullidos al recibir encima a sus compañeros, y estos, enredados unos con otros, y no acertando a levantarse, gritaban también cuanto podían.
Tan extraordinario rumor alarmó a toda la casa, de modo que inmediatamente acudieron el marqués, el comendador, el cocinero, sus ayudantes, los pinches, etc.
Hinojosa soltó la carcajada viendo el singular grupo de hombres y perros que había al pie de la escalera, y a don Juan, que con la espada en la mano lo contemplaba desde lo alto de ella.
Era en efecto difícil no reírse: la calva del mayordomo salía de entre las piernas de un lacayo, y las narices del padre capellán hacían parte integrante del posterior de otro.
Un podenco se había sentado sobre la espalda de uno con la peluca en la boca, y otros dos o tres se entretenían con las piernas de los pobres caídos.
El primer cuidado de los recién venidos fue levantarlos a todos, y examinar si tenían alguna herida, pero felizmente no hallaron más que tal cual chichón, aunque no había uno que no se quejase como si se hallara en la hora de la muerte.
Puesto ya en pie el capellán, y recobrada su estola, que había perdido en la retirada, volvió la cabeza a la escalera, y viendo en ella a don Juan, como ya se ha dicho, echó a huir de nuevo diciendo:
—Te conjuro, espíritu rebelde, te conjuro en nombre de Dios.
El comendador mandó retirar a todos los caídos, y habiéndolo hecho por sí el marqués, sentido del mal éxito de aquella empresa, se quedó Hinojosa solo con don Juan, a quien rogó que pasara con él a su cuarto, en lo que este consintió sin dificultad.
Solos ya, y sentados ambos pacíficamente, pasaron algunos minutos en silencio, reflexionando don Juan en sus asuntos particulares, o en lo que acababa de suceder, y su primo en la manera más a propósito para entablar la conversación. Bien hubiera querido Hinojosa que el hermano del marqués rompiese la barrera haciéndole alguna pregunta; mas, viendo que no lo hacía, hubo de determinarse a romper el silencio.
—Estaréis asombrado, don Juan, con lo que acaba de pasaros.
—¡Asombrado!... ¿De qué puedo asombrarme ya en este mundo?
—Sin embargo, primo, no es cosa que sucede todos los días a un caballero esto de exorcizarle.
—No, en efecto, y a la verdad no concibo qué extraño capricho ha sido el de mi hermano en hacerme esta burla tan intempestiva.
—Os engañáis, don Juan, tomando a burla cuanto acaba de suceder. El marqués os ama de veras, y es incapaz de tan pesada chanza. No, primo, nadie ha tratado de burlarse de vos. El camino se ha errado, y yo bien se lo he dicho; pero las intenciones han sido las mejores del mundo.
—Pero ¿no me diréis a qué viene el rociarme con agua de pies a cabeza, el rezarme, y sobre todo, el quererme hacer beber una taza de aceite?
—Creeros endemoniado.
—¡Jesús! El Señor me libre en lo sucesivo de semejante trabajo, como hasta aquí lo ha hecho.
—Amén. Ya os he dicho que estoy persuadido de la falsedad de semejante suposición. Y, sin embargo, ¿qué queréis que crean los que observan sin cesar vuestra extraña conducta, sin que aparezca ni remotamente motivo para ella? ¡Don Juan, don Juan! ¿Merece el marqués, que os ama como un padre, y que tantos años hace os sirve de tal, merezco yo, mozo ingrato, merece la fidelidad de vuestro criado, que a todos nos tengáis con el alma en un hilo, viéndoos perder la salud y hacer extrañas locuras? ¡Qué hemos de creer! Decidlo vos mismo.
Mientras que Hinojosa declamaba así con bastante vehemencia, don Juan, levantándose de su asiento, comenzó a dar vueltas por el aposento, con visible agitación, y aun algunas lágrimas fugitivas se escaparon de sus ojos.
Viéndolo así enternecido, no quiso el comendador atormentarle más ni perder la ventaja conseguida, y para conciliar ambos extremos se fue a su primo, y tomándole la mano afectuosamente continuó diciendo:
—En vuestra mano está hacer cesar en un punto todos nuestros temores.
—Decid el medio, comendador.
—Romped ese obstinado silencio, reveladnos la causa de vuestro padecer. Si ella es tal que admita remedio, se le aplicará, y si por desgracia no lo tiene, lloraremos con vos.
A esta última proposición soltó don Juan la mano de Hinojosa, y dio dos o tres pasos sumamente aprisa; el comendador volvió a ocupar su asiento, esperando en él el resultado de aquel acceso.
No fue este muy duradero, pues apenas pasaron dos minutos, sentándose Vargas de nuevo empezó a hablar de esta manera:
—Si hay, primo, en este mundo personas que por todos títulos merezcan mi confianza, sois mi hermano y vos. Pero escuchadme bien, y sea esta la última vez que hablemos de semejante materia.
»Dentro de mi corazón hay una pena que me devora, que me seguirá hasta el sepulcro y más allá, si después de la muerte conservamos la más pequeña parte de nuestra existencia.
»Mi honor está por ahora comprometido a no revelar la causa de mis disgustos. He dado mi palabra de no hablar. Excusad, pues, súplicas y razones. Los más crueles tormentos no me arrancarían una sílaba más de lo dicho.
»Nada me digáis, comendador, para agradecer la tierna solicitud de mis parientes: bastante he hecho, pues confesando que tengo un secreto os he revelado ya más de la mitad de él.
»Compadecedme; pero no os obstinéis en saber más de lo que puedo deciros.
»Grabad en la memoria lo que voy a deciros: Si mi propio padre, saliendo del sepulcro, solo para ello diera un paso para sorprender mi secreto, pudiera ser que le arrancase la vida.
»Comendador, dadme la mano; nuestra amistad será eterna, como el agradecimiento que me inspiran vuestros cuidados, pero, lo repito, jamás, jamás volveremos a hablar de esta materia.
En tanto que don Juan estuvo hablando no apartó Hinojosa los ojos de su semblante, y si bien en algunos momentos se agitaba extraordinariamente Vargas, es cierto que no advirtió en él síntoma alguno de demencia.
Convenciose, pues, de que en efecto la situación de aquel mancebo dependía de causas naturales, aunque solo conocidas del mismo interesado, y renunció a su primera idea.
—Os he escuchado —dijo— con la mayor atención, y no pretenderé saber lo que como hombre honrado no podéis decirme. No se hable más en ello. Pero voy a hacer una súplica que está en vuestra mano concederme. Ocultad lo que podáis al menos en presencia del marqués: don Juan, conocida es por vos su melancolía. No queráis aumentarla. Ninguna gloria es mejor que la de vencerse a sí mismo.
—Yo me esforzaré para complaceros. Recibid mi promesa.
—Cuento con ella.
—Quedad, primo, con Dios, y si alguna vez necesitáis de un pecho fiel y de una espada que en sus tiempos tuvo buenos filos, el comendador Hinojosa no necesita saber en qué ni por qué le empleáis; su vida es vuestra.
—No quiera Dios que yo os envuelva en mis males; pero jamás olvidaré tan generosa oferta. Dadme los brazos.
—Y el alma con ellos.
Abrazáronse en efecto los dos primos con la mayor ternura, y el comendador salió del aposento para dirigirse a la habitación del marqués, a quien encontró en conferencia con el capellán y el mayordomo sobre los medios de renovar con menos riesgo y mejor éxito el pasado exorcismo.
La llegada de Hinojosa puso término a la discusión y al proyecto.
Dijo el comendador a aquellos tres personajes que acababa de tener una larga conversación con su primo, en la cual había acreditado completamente que se hallaba en su sano juicio.
—Me ha confesado —anadió— que tiene penas que su honor le prohíbe revelar. Vuestra merced, padre capellán, se ha engañado, y yo también. Don Juan no está endemoniado, y menos loco. Probablemente su pena será algún amorío: es enfermedad de la edad. Los años la curarán. Entre tanto, dejémosle en paz por nuestra parte; harto tiene que hacer el desdichado con lo que se conoce que sufre interiormente.
Esto bastó por entonces a que el marqués prohibiera al padre Teobaldo la continuación de sus combates espirituales, y gracias a la tal medida, pudo don Juan dormir tranquilo, sin temer que al despertarse le ofreciesen por desayuno una taza de aceite bendito.
FIN DEL TOMO PRIMERO
Ni Rey ni Roque
NI REY NI ROQUE
EPISODIO HISTÓRICO DEL REINADO DE FELIPE II, AÑO DE 1595
NOVELA ORIGINAL
ESCRITA POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA, AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA
TOMO II
Madrid Imprenta de Repullés — AÑO DE 1835
NI REY NI ROQUE
CAPÍTULO PRIMERO
MORONDO Que me llevan los demonios . . . . . . . . . . . . . . Voto a Cristo que me llevan.
TEODORA ¿Adónde?
MORONDO No me lo han dicho, Porque traen orden secreta.
(_La Adúltera Penitente_, comedia de tres ingenios: Cáncer, Moreto, y Matos).
Fiel a su palabra, procuró don Juan disimular su melancolía en presencia del marqués, y aunque a la verdad no pudo conseguir mostrarse alegre, por lo menos dejó de abandonarse a ciertos accesos, como el que dio lugar a que le exorcizase el padre capellán, y que antes de aquel suceso eran sumamente frecuentes.
Su tristeza era sin embargo la misma. Evitaba toda sociedad cuanto podía, y más de una vez aconteció que el comendador le sorprendiese con los ojos inundados de lágrimas; mas como Hinojosa había prometido solemnemente a su primo no volverle a preguntar la causa de su pena y ni siquiera hablarle de ella, se veía en la imposibilidad hasta de consolarle.
En este estado de cosas transcurrieron algunos días, hasta que en la noche de uno Vargas anunció a su hermano y primo que al siguiente por la mañana se ponía en camino para visitar cierta hacienda, en la cual era necesaria su presencia.
Convino el marqués, y el comendador aplaudió el proyecto, creyendo, no sin fundamento, que la variación de aires y la agitación de un viaje serían muy a propósito para distraer a Vargas de sus disgustos, y tanto más cuanto que, con sola aquella idea de él, se notaba ya mucho más alegre que se le había visto en la última temporada.
Toda aquella noche estuvo Vargas amabilísimo, colmando de caricias a su hermano, al comendador, y aun al mismo padre Teobaldo, quien no dejaba de atribuir parte de tan inesperada mudanza a sus hisopazos y conjuros. En el momento de separarse, don Juan los abrazó a los tres con ternura, encargándoles que no le olvidasen.
—Olvidaros —dijo el marqués—, y en el corto tiempo que habéis de faltar de aquí, no es posible.
—Mi ausencia, hermano, podrá ser más larga de lo que yo mismo creo.
—Norabuena; por mucho que se tarde en concluir la obra que vais a dirigir, será cosa de pocas semanas.
—Decís bien, hermano; comendador, conservadme vuestra amistad.
—Don Juan, mis ocupaciones aquí son ningunas; si habéis menester de un amigo que os acompañe, mi persona es vuestra.
—No, primo, no; vos podéis y debéis quedaros. ¿Qué sería del marqués viéndose solo? Adiós, pues.
—Adiós, y Él os acompañe en vuestro viaje. Amén.
—Amén.
Antes de salir el sol estaba Vargas en camino, sin más compañía que la de un criado, que era el que siempre le seguía y estaba en su servicio desde la niñez. Callado, fiel y obediente, Pedro no conocía más ley que la voluntad de su señor, de cuyas acciones nunca veía más de lo que se quería que viese. Tan fácil hubiera sido saber por boca de un cadáver la enfermedad que le redujo a tal, como de la de Pedro nada de los asuntos de su dueño. Este, pues, le estimaba como a una joya preciosa, que no tenía reemplazo si una vez llagaba a perderse, y depositaba en él sus secretos con una confianza sin límites.
Una legua habrían andado los dos caminantes, cuando deteniendo don Juan su caballo, dio lugar a que emparejase con él su criado.
—Pedro —le dijo—, vamos a Madrigal.
—Adonde usted mande.