Part 4
Personas de Madrigal que por carácter, estado y edad no se hubieran mezclado en el motín en ninguna otra ocasión, se unieron a él en aquella. Hombres naturalmente compasivos pedían a voz en grito el fuego y los tormentos más terribles para el que juzgaban culpado, y esto sin tener la menor seguridad de que el crimen se hubiese cometido, mucho menos aún de que ya que fuera así, fuese su autor el desgraciado a quien quería sacrificar. Tal es el efecto de las conmociones populares, movidas a veces para un solo fin, nunca muy honrado, pero que por circunstancias podrá ser provechoso en un momento dado, y jamás se contentan con lograrlo; como los graves aumentan velocidad en cada instante sucesivo de su descenso, y como este aumento de velocidad acrecienta la fuerza de la masa que desciende, así el tumulto aumenta continuamente sus exigencias, se aumenta también sin cesar una especie de fuego eléctrico que se comunica de hombre a hombre, los inflama a todos, los funde, por decirlo así, en un solo cuerpo monstruoso, capaz de todo lo malo, y nunca de nada bueno.
¿Son exageraciones? ¿Son frases de escritor? ¡Ojalá! Pero dígalo la historia, y no hay necesidad de ir a buscar la antigua.
Volvamos a Madrigal. Las hachas acababan de llegar; ya dos de los más robustos amotinados se habían apoderado de ellas, y se disponían a empezar la obra de destrucción, cuando el grito de «¡Milagro!» se oyó por primera vez en las últimas filas de los circunstantes, y los que la formaban dieron a huir como gamos por calles y callejuelas, persignándose al mismo tiempo con toda la devoción que la prisa les permitía, y encomendándose cada uno al santo de quien era más devoto.
¿Cuál era la causa de su espanto y gritos? ¿Cuál el milagro que anunciaban? La resurrección de fray Miguel de los Santos nada menos: este religioso llegó a saber el peligro inminente en que se hallaba un hombre acusado de haberle muerto; y a pesar de que su desmayo le había puesto realmente enfermo, dijo la causa inmediatamente para salvar a aquel infeliz.
La palidez de su rostro, su andar mal seguro, y la expresión melancólica de su fisonomía le daban cierto aire poco común. ¿Qué más necesitaba el pueblo para creer que era un muerto resucitado?
La palabra «milagro» volaba de boca en boca. Unos corrían porque habían visto a fray Miguel; otros porque oyeron que venía; otros porque veían correr a los demás; y finalmente, algunos porque temieron, quedándose solos, pagar la culpa de todos por el desacato cometido contra la justicia.
Así se disipó aquella tempestad; cada uno se fue a su casa sabiendo menos sobre el asunto en cuestión que cuando salió de ella, ronco de gritar, molido de encontrones y otros azares (pero al cabo contento por haber sacudido por un instante el yugo de las leyes, aunque nada hubiese conseguido). No faltó tampoco quien hallase de menos el pañuelo, el dinero, o alguna alhaja de valor que llevaba en el bolsillo; debió consolarse con la idea de que había pasado a manos de alguno de sus cohermanos del motín, y probablemente no de los menos celosos por el bien general.
Pero el hecho es que el motín se disipó, y que a pesar de lo que el pobre vicario se esforzaba en gritar que no había milagro ninguno en andar por las calles un hombre de carne y hueso, y que él no había muerto, que viniesen y le tocasen verían como estaba vivo, aquellos señores, cuanto más los llamaba, más huían, diciendo que no querían nada con muertos.
Vista la inutilidad de sus razones, continuó fray Miguel su marcha hasta la puerta de casa del corregidor, y llegando a ella dio dos o tres golpes con el aldabón.
Oírlos el juez y pegar un salto, de resultas del cual se quedó en cuclillas, como una mona, sobre el sillón que ocupaba, todo fue uno.
Doña Petronila, creyendo también que volvía a empezar de nuevo la persecución, quería llevarse a don Juan adonde ya tenía proyectado esconderle; pero Vargas, más acostumbrado a los peligros que los dos esposos, no quiso consentir en ello.
—No, señora —dijo—; estos golpes no son ya de persona que intenta forzar la puerta, sino de uno que pretende que se la abran. Además, el profundo silencio en que estamos es prueba evidente de que la canalla, por milagro en efecto, ha abandonado el campo. Tal vez el que llama es algún amigo: veámoslo. Y sin esperar respuesta ni dar lugar a reflexiones, abrió la ventana, y viendo, con no poca satisfacción suya, la calle enteramente desembarazada, preguntó:
—¿Quién va?
—Fray Miguel de los Santos —respondió el fraile.
El corregidor se tiró desde el sillón al suelo, se tapó la cara con las manos, y además se puso como si besara la tierra, no cesando de decir apresuradamente y sin intermisión:
—¡Abrenuncio, Satanás; abrenuncio, Satanás!
Su mujer, más atrevida, sacó inmediatamente su rosario, y adelantándose hacia la ventana, haciendo la señal de la cruz empezó a decir:
—«De parte de Dios te digo, ánima de fray Miguel, que me digas a qué vienes, y si estás en pena, por qué, y qué quieres que hagamos para sacarte de tan mal estado».
Durante esta arenga, que el pobre juez acompañaba con su refrán de «Abrenuncio, Satanás», el cual producía un zumbido muy semejante al del moscón, don Juan, absorto, hubo un momento en que estuvo tentado a tener miedo y ponerse también a rezar por su parte; pero juzgó después más prudente pedirle la explicación de aquel misterio al fraile, que con paciencia admirable estaba esperando a que doña Petronila concluyese su exorcismo.
—¿Qué es esto, padre? Dígame vuesa reverencia si la gente de Madrigal pierde el seso periódicamente tal día como hoy en cada año.
—Señor caballero, que tal lo parece usted —dijo fray Miguel—, esa señora me cree muerto, y por mano de usted.
—¡Jesús!, ¿y cómo?
—Eso se alcanzará si usted logra que se convenzan de que, gracias a Dios, vivo todavía, estoy bueno y sano, y lejos de haber recibido de usted el menor insulto, aún tengo que agradecerle algún servicio.
Era menester ser muy necio o muy obstinado para negarse a dar crédito a un hombre que con tan buenas razones probaba que vivía. Doña Petronila, que si bien no era joven ni agraciada, y sí dominante y un tanto colérica, tenía sin embargo una cantidad de razón regular, se convenció, pues, de que en el supuesto asesinato del vicario había habido algún extraño error: desde luego mandó a su esposo que creyese que realmente estaba en esta vida fray Miguel.
—Doña Petronila, ¿estáis segura?
—¿Cómo es eso?, ¿cuándo no estoy yo segura de lo que digo?
—Ya, pero cuando son cosas sobrenaturales...
—¿No basta que os lo diga yo? Id noramala, y mandad que abran la puerta a su reverencia. Ya van, fray Miguel, ya van. Vamos, muévase.
El pobre corregidor, a pesar de que conservaba su recelo, no tuvo más remedio que obedecer, y, gracias a sus providencias, a poco tiempo entró fray Miguel en el aposento que fue teatro de la escena de que acabamos de ser testigos.
Haciendo una ligera inclinación de cabeza a la dueña de la casa, se dirigió el vicario hacia don Juan, diciéndole:
—Señor mío, en cuanto hoy ha pasado espero que usted me hará la justicia de creer que yo no he tenido la menor parte. Un parasismo que al retirarme de decir misa me sorprendió a la entrada de la sacristía...
—Del que fui testigo felizmente, pues evité que vuestra reverencia viniese al suelo.
—Favor que ya sospechaba deberos, y a que estaré eternamente agradecido; ese parasismo, pues, ha dado lugar a creer, por una combinación de concomitancias que sería muy prolijo explicar ahora, que yo había sido víctima de un asesinato y vos el homicida. El señor corregidor, y perdóneme su señoría que se lo diga, ha obrado con vos ligeramente, dando lugar a cuantos desórdenes han ocurrido, y exponiendo a una persona inocente a gravísimos riesgos. Usted, señor caballero, tiene sin duda derecho a reclamar daños y perjuicios; pero yo fío en que por amor de la paz, y por mi intercesión, si de ningún valor por lo escaso de mis méritos, de algún peso a lo menos por el santo hábito que visto, querrá usted darse por contento con que yo en nombre de todo el pueblo le pida perdón por lo ocurrido, y perdonando, en efecto, como buen cristiano, se vendrá conmigo a mi celda por el tiempo que tenga a bien pasar en este pueblo y honrar a su servidor.
Don Juan contestó a este razonamiento aviniéndose a todo; y dando gracias a la corregidora, y aun al corregidor, salió de su casa acompañado del fraile y razonando con él sobre lo ocurrido en aquella mañana.
No podía Vargas menos de conocer en su interior que a todo había dado lugar su curiosidad verdaderamente pueril; pero a pesar de ello, lo que más sentía era el no haber podido descubrir el misterio del desmayo de fray Miguel al nombrarle el pastelero.
Cuántas penas le costó su fatal empeño, lo veremos en el curso de esta historia si nos alcanza la paciencia, al lector para hacerse cargo de ella, y a mí para concluirla.
[Ilustración]
CAPÍTULO IV
Pero estorbóselo una carreta que salió al través del camino, cargada de los más diversos y estraños personajes y figuras que pudieron imaginarse.
(Cervantes: _Don Quijote_, parte 2.ª, cap. 11).
Sosegado el pueblo de Madrigal, y enterado después de algunas horas de la falsedad del hecho que dio lugar al motín, volvieron las cosas al orden regular. La tarde del mismo día del tumulto, aprovechando la hermosura del tiempo, salieron a paseo a una pradera inmediata a la villa gran parte de sus habitantes.
Acostumbraban los mozos a reunirse en aquel paraje los días festivos, con objeto de recrearse en diversos ejercicios corporales, haciendo en ellos alarde cada cual de su fuerza y habilidad.
La barra, la carrera y la lucha para los plebeyos; montar a caballo, arrojar una lanza, tirar al blanco y correr sortijas para los nobles.
Las mujeres asistían a estos espectáculos, como a todos, para ver y ser vistas. Su presencia servía de estímulo al valor de los combatientes; hombre que en las circunstancias ordinarias no hubiera levantado del suelo un peso de dos arrobas, levantaba seis solo por estar delante su amada. ¿Qué esfuerzos no hará un hombre por no verse humillado a presencia de su dama? El que amando no es valiente, seguro es que nunca lo será.
Habíale sido forzoso a don Juan ceder a las instancias de fray Miguel y acompañarle a su celda a comer con él. Durante la comida intentó Vargas diversas veces hacer que la conversación recayese sobre el lance de aquella mañana en la iglesia; mas el vicario se obstinó en eludir constantemente sus deseos, y viéndose ya últimamente muy apretado por el caballero, pretextó ocupaciones importantes y rompió la conferencia más apresurada que cortésmente.
Libre don Juan, se encaminó sin detención a la pastelería, pero la encontró desierta. Su criado, que estaba en la puerta del mesón, le dijo que los pasteleros habían salido con ánimo, según creía, de pasearse en la pradera.
Informádose entonces de dónde estaba esta, y dirigido por una persona que la casualidad hizo pasase por allí para ir al paseo, el caballero se resolvió a hacer otro tanto. Su llegada causó alguna sensación en la concurrencia, pero como ya se sabía la inocencia de Vargas, avergonzadas las gentes de su proceder con él, más bien le mostraron atención que curiosidad indiscreta.
Él por su parte, como hombre de mundo, mostró haber ya olvidado lo ocurrido, y tomó parte en las diversiones como uno de tantos.
Aquí seis u ocho robustos mozos, labradores por las trazas, arrojaban una pesadísima barra como si fuera un junco; más allá otros levantaban piedras enormes con las manos o los dientes.
Dos amigos luchaban a brazo partido a presencia de un concurso numeroso; sus músculos tendidos, su arrebatado color y sus esfuerzos repetidos y constantes, hacían un singular contraste con la sonrisa que se dejaba ver en los labios de ambos y las palabras cariñosas que se dirigían; mientras que por el contrario, en otro corro, dos rivales en amor, desafiados al salto, y combatiendo delante de su dama, se miraban con un ceño espantoso, y hacían unos esfuerzos desmesurados para obtener la victoria.
Corría sucesivamente Vargas todos los grupos, y en todos ellos, aunque formados en gran parte por los mismos que habían querido quemarle vivo aquella mañana, encontró la más urbana acogida, pues siempre se le abrió paso para que ocupando la primera fila gozase con mayor comodidad del espectáculo.
Aquí le consultaban sobre un lance dudoso; allí le pedían su aprobación como necesaria para confirmar el triunfo del vencedor; en una palabra, todos a porfía se esmeraban en reparar el agravio que le habían hecho.
No pudo menos Vargas de corresponder lo mejor que supo a tanta cortesía, alabando a los felices, consolando y animando a los vencidos, y sobre todo, ponderando con encarecimiento cuanto presenciaba, como si nunca tal maravilla hubiese visto.
Pero ya empezaba a fatigarse de un espectáculo que muy poca o ninguna diversión podía ofrecer a un cortesano, soldado y viajero, cuando de un extremo de la pradera salió una voz estentórea diciendo:
—Aquí, aquí, caballeros, van los comediantes a ofrecer a vuesas mercedes la más extraña y bien dispuesta farsa que nunca han oído.
Este cartel parlante, repetido algunas veces y que, como ya se ha visto, prueba la antigüedad de las notas laudatorias y preventivas conservadas hasta nuestros días en los anuncios teatrales, con no poca ventaja de gran parte del público que, poco acostumbrado a formar juicios, se encuentra ya hecho el de la pieza que va a ver, y esto regularmente por mano del autor, que es quien mejor debe conocer el parto de su entendimiento y juzgarlo con más imparcialidad, este cartel, digo, deshizo todos los corrillos, reuniendo al público entero delante del paraje en que iba a hacerse la representación.
Desde luego nadie creerá que se tratase de teatro: nada menos que eso; ni siquiera una barraca como las que los tratantes forman hoy en las ferias y romerías.
Todo el aparato consistía en cuatro puntales hincados a mano en el suelo, y que terminándose en forma de horquillas por su extremo superior, servían de apoyo a otros cuatro palos horizontalmente colocados y dispuestos en forma de figura cuadrada.
De estos pendían, no sé si diga cortinas o harapos, que cerrando tres lados del rectángulo solo dejaban uno descubierto, para que por él pudieran los concurrentes gozar del espectáculo.
Detrás de la cortina del fondo estaba colocada la música, mejor diré el músico, que tocaba una dulzaina y a más un tamboril guarnecido de sonajas, instrumentos que producían una armonía grata, por lo menos a la mayor parte de los oídos para los que estaba destinada.
Una carreta como la que Cervantes describe con la gracia inimitable de su genio condujo a una compañía de farsantes a Madrigal, por casualidad, el día en que nos hallamos.
Al pasar por la pradera, y viéndola llena de gente, le pareció bien al autor de ella dar una representación _in promptu_ para sufragar con ella los gastos que en aquella noche habrían de hacer.
En un instante saltó a tierra la _turba alegre y regocijada_, plantó los palos, colgó las cortinas, y el gracioso anunció la función.
Entre tanto, y en el mismo paraje en que el de la dulzaina soplaba a más y mejor, agitando cuanto podía las sonajas del tamboril, los actores se vestían o se desnudaban, que la cosa ofrece sus dudas, y el anunciante, vestido de mogiganga y cargado de cascabeles, recorría con el sombrero en la mano la concurrencia, con el piadoso fin de recoger lo que cada uno tuviese voluntad de dar, o él maña suficiente para sacarle.
—Ea, caballeros, sean generosos con los pobres farsantes que hacen oficios de disipar sus melancolías, muchas veces a costa de haber de tragarse las suyas, y no pocas sin tener que tragar. Usted, señor galán, que tan embebido está contemplando, no quiero decir a qué dama, sea garboso en su presencia, que nada cautiva más a las mujeres que la liberalidad. Dele Dios tan buena suerte en amores, señor mío, que nunca encuentre mujer con quien casarse.
—¿Cómo, deslenguado, así trata a quien le ha dado más él solo que cuantos hasta aquí le han hecho limosna?
—Limosna, señor gentilhombre, es la que se da de buena voluntad, y sin más interés que el de servir a Dios; pero no lo es lo que se le paga a un hombre por solazarse, viéndole hacer sus pocas o muchas habilidades.
—Insolente...
—No se enoje, que yo la llamaré limosna, si en eso estriba la paz; ¿pero por qué se queja, si en pago de su liberalidad le deseo tanta suerte en amores, que no encuentre mujer con quien casarse? ¿Pues, pecador de mí, no se acaban para el que se casa los galanteos? Y ya que el tal casado lo sea tan malo que aún conserve tales aficiones, ¿qué mujer que no sea la que ninguno de nosotros quisiera que fuera la suya ha de dar oído a sus requiebros?
Diciendo así, continuó su camino el farsante, dejando corrido a su contrario.
Al pasar por delante de don Juan de Vargas, cierta especie de instinto de su profesión le hizo conocer que no era persona a propósito para irle con bufonadas, y así se contentó con alargar el sombrero, en el cual recibió una ofrenda tal que le obligó a inclinarse profundamente por dos veces seguidas.
Pidiendo a unos, burlando a otros, y sacando más o menos de casi todos, iba ya el gracioso o bobo, como entonces se llamaban, a retirarse; pero viendo llegar a la reunión tres personas más, le pareció mejor esperarlas para ver qué podían dar de sí.
—Más vale tarde que nunca, señores míos; sean vuesas mercedes muy bien venidos, y por vida del inventor del arte que profeso, que hubiera sido gran lástima no viesen nuestra función los dos ojos más bellos que en cara de mujer se han visto.
El pastelero, que él era quien con la morena y el mulato acababa de llegar, como siempre con el sombrero calado hasta las orejas, no respondió palabra al agasajo que a su compañera se le hacía, sino que metiendo la mano en el bolsillo y sacando una moneda de plata la echó desdeñosamente en el sombrero del que pedía, diciéndole:
—Está entendido.
El cómico se retiró contento con lo que había recogido, y anunciando que la función iba a empezarse.
—Vecina, ¿ha visto lo que ha dado el pastelero? —dijo una vieja a otra que estaba a su lado y cerca como ella del objeto de la pregunta.
—No, tía Juana: ¿ha dado algún pastel?
—¡Bien!, no sé de qué les sirven los ojos a algunas personas. ¿Pastel había de dar? Menester era para darlos que empezara por hacerlos; ha dado una moneda de plata.
—¡Moneda de plata! ¡Virgen santa! ¡Moneda de plata un pastelero! ¿Quién vio tal? Y un pastelero que no hace pasteles, y que nadie sabe cómo vive.
—Verdad es, vecina, que me tiene asombrada este hombre. Yo no sé, ni he podido saber nunca quién es, ni de dónde vino. Un mes hace que está en el pueblo, y en todo él no he cesado de averiguar...
—Sí, sí, bonito es él para averiguarle la vida; ni aun el rostro he podido verle a mi gusto, y eso que el otro día encontrándomelo de manos a boca en la calle, que íbamos frente a frente, al llegar a él hice como que se me caía algo de la mano inclinándome a cogerlo, me metí debajo de sus mismas narices, pero qué, ni por esas: me conoció la intención, y apenas yo me bajé dio un salto por encima de mí con más ligereza que un corzo, dejándome afrentada y no poco medrosa.
—Pues no digo nada, vecina, de esa mujer que vive con él.
—Callen noramala las brujas —interrumpió un muchacho de unos catorce años, que habiéndose presentado de los últimos logró sin embargo a fuerza de codazos y empujones llegar hasta donde se hallaban las dos vecinas, que era bastante cerca del estrado, si así podía llamársele.
—Deslenguado —replicó furiosa la que había dado principio al diálogo.
—Eso quisieran, abuelas, que lo fuese para que no pudiera haberlas llamado por su nombre.
—Yo te aseguro, rapaz...
—¡Qué!, ¿qué vendrá a chuparme por la noche? Ya soy grandecito para eso, madre mía, y cállese noramala, que no nos deja oír a los representantes.
—Silencio, silencio —se oyó alrededor.
Y fuerza les fue a las dos Megueras tragar por entonces las injurias del atrevido rapaz, quien de cuando en cuando las miraba con cierta risa burlona, bastante a hacerlas desesperar.
En esto ya la representación había comenzado. El arte estaba verdaderamente en su infancia. Solo un principio, o por mejor decir un fin, era el que se proponían los autores: divertir al público. La moral, si la había, era una cosa secundaria; riérase el espectador, y el fin estaba conseguido. Las gracias, de que realmente abundaban aquellas primeras composiciones, no eran siempre del mejor gusto. La cultura del siglo se echaba de ver en las obras dramáticas; pero obsérvese que al paso que gracioso y chocarrero en el teatro eran una misma cosa, el espíritu de metafísica y controversia, que entonces dominaba de tal modo que puede decirse era el carácter de la época, se extendía hasta los diálogos de los personajes cómicos.
El amor sobre todo era el tema perpetuo de sus disertaciones, y lo más singular que los disertantes eran siempre los mismos enamorados.
Que diserte del amor el que no ama; que el filósofo lo mire como una aberración del entendimiento cuando ya ha cumplido los sesenta años; que el fisiólogo nos diga que en el orden moral es una enfermedad, ni más ni menos como en el físico lo es un tabardillo pintado, todo esto se entiende y explica; pero que el poeta cómico, cuyo principal, cuyo único estudio debe ser el del corazón humano, ponga en boca de personas que quiere hacer pasar por enamoradas las más extrañas sutilezas sobre el amor, y que haga pasar el tiempo a los amantes discurriendo en vez de acariciarse, es cosa verdaderamente intolerable. Apelo si no al testimonio de mis amables lectoras; díganme sinceramente qué pensarían si el hombre que distinguen al llegarse a ellas, en vez de ponderar sus atractivos, encarecer su cariño y ver por todos los medios posibles de arrancar un dulce _sí_, entrara explicándolas el efecto de las pasiones en el corazón y la cabeza, probando que cuando el hombre está dominado por ellas es un demente, o citando como don Hermógenes a toda la antigüedad para demostrar las que gustan de ellas.
Como quiera que sea, la farsa que se representó en Madrigal en la ocasión que nos ocupa adolecía menos del tal defecto que otras muchas de su especie.
El artificio era sencillo hasta no más. Un soldado que volvía manco a su pueblo después de haber hecho la guerra algunos años era el protagonista. Este personaje era el más entendido de la pieza, y en un monólogo con que daba principio a ella regalaba al público con la relación de sus trabajos interpolada con tres o cuatro batallas, que no había más que pedir. En ellas, como de razón, el partido del narrador era siempre el victorioso, pero con la singularidad de que la muerte de tres o cuatro millares de enemigos nunca costaba a los vencedores más pérdida que la de uno o dos contusos.
Extraña, peregrina y cómoda manera de pelear.
La familia de nuestro soldado había toda perecido durante su ausencia, lo que unido a la ocupación judicial de sus bienes le dejaba realmente en la calle; desgracia de que se lamentaba justamente, aunque con alguna afectación y comparaciones un sí es no es forzadas, pues revolvió, hablando de sus desdichas, la botánica entera, la astrología y su poquito de historia, queriendo ponerse en parangón nada menos que con Mario sobre las ruinas de Cartago.
En esto le deparó su buena ventura una zagaleja (papel que desempeñaba un muchacho) inocente y compasiva, tratada de casar con Gilote, solemne majadero a quien el autor escogió para gracioso de la pieza.