Ni rey ni roque (1-2 de 4)

Part 3

Chapter 34,054 wordsPublic domain

Del pastelero no fue posible juzgar, pues el ala del sombrero le cubría, como se ha dicho, toda la cara, y en su persona no se notó movimiento que anunciase temor ni sorpresa como no fuese el echar la mano al puño de una daga corta que llevaba casi oculta entre los pliegues del vestido, y aun esto con tanta negligencia y espacio, que más parecía movimiento casual que de precaución.

No bastó la invitación de don Juan para que el escribano pasase adelante, sino que despreciando el aviso del caballero se dirigió de nuevo al dueño de la casa, repitiéndole en su falsete:

—Abran aquí a la justicia.

—Abierto está; entre la justicia cuando quiera —respondió el pastelero.

Y entonces el escribano entró, seguido de dos alguaciles y cuatro robustos mozos armados con alabardas, mohosas, sí, mas de un tamaño respetable.

«Este Madrigal —dijo para sí don Juan viendo aquello— es villa maravillosa, o se ha trastornado desde que estoy en ella: ¿qué va a que se llevan preso a mi huésped?».

Mientras hacía estas reflexiones, dos de los alabarderos se quedaron guardando la puerta, y otros dos se colocaron a los costados del escribano, quien tranquilo al parecer con aquella escolta, empezó a decir:

—Gabriel de Espinosa: el rey nuestro señor, y en su nombre el señor corregidor de esta villa, y yo, por comisión de su señoría, expedida en debida forma, según más latamente consta en autos, os requerimos para que en este mismo instante nos entreguéis, para que puesto en lugar de seguridad y juzgado, y _secundum alegata et probata_, conforme a derecho, sufra la pena a que haya lugar, la persona de un asesino que tenéis en vuestra casa pastelería, sita en la villa de Madrigal, en el reino de Castilla la Vieja.

—Señor escribano, mi casa no es, ni ha sido nunca, asilo de malhechores. Usted viene engañado, pues en ella no hay persona alguna forastera, como no sea ese gentilhombre que usted está viendo, que seguramente no tiene trazas de asesino.

—Nada más engañoso que la apariencia —replicó gravemente el escribano—. Cierto no es el hábito que acostumbra vestir la gente maleante el que vemos en la persona que usted nos señala; pero como por lo demás convienen en ello todas las señas contenidas en el auto de oficio y mandato de prisión de su señoría, fuerza será reconocer en este buen hombre el asesino que buscamos.

—Mentís como un bellaco —gritó furioso don Juan, irritado con tan rigorosa y no merecida acusación.

—Favor a la justicia —exclamó el escribano.

Y al mismo tiempo sus dos satélites, enristrando las lanzas, le pusieron a don Juan las puntas al pecho obligándole a retroceder hasta la pared, sin darle tiempo para tirar de la espada.

Sin embargo de verse en tan crítica posición, aún pudo tirar de un puñal, y hacía ademán de resistirse con él. Los alabarderos, por su parte, irritados con sus amenazas, le apretaban tanto con sus armas que hubo momento en que realmente pudo decirse que estuvo a un dedo de la muerte.

El escribano se había retirado hacia la puerta: el pastelero miraba desde el lugar en que le cogió el principio de aquella escena singular el valor de don Juan; pero la morena, más sensible y arrojada, corrió a los mozos, separó con sus manos las puntas de las alabardas del pecho del caballero, y poniéndose delante de él, le dijo:

—Entréguese usted a la justicia; si es inocente, como lo creo, no estará mucho tiempo en sus manos; y si fuese culpado, sobre que la resistencia sería inútil, no haría más que perjudicarle en su causa.

El raciocinio era concluyente; pero todavía más que su evidencia pudo con don Juan la dulzura de la voz, el tierno interés con que se pronunció, y la expresión hechicera del rostro de la que con razón llamó su libertadora.

—Usted —contestó— acaba de salvarme la vida, y justo es que yo ponga mis armas a sus pies —y, en efecto, lo hizo así—: disponga, pues, vuesa merced de mi persona, y crea que desde este instante se ha ganado un amigo, que lo será mientras viva.

No replicó la pastelera, sino que cogiendo la espada y puñal de don Juan los puso sobre una mesa, y dirigiéndose al escribano, le dijo desdeñosamente:

—Ya puede hacer su oficio.

Don Juan, adelantándose entonces hacia el secretario, sin soberbia ni humildad le dijo:

—Soy vuestro preso; pero acordaos que soy noble, y mi familia poderosa.

Concluidas estas palabras, los cuatro mozos de las alabardas cogieron en medio al hermano del marqués y salieron procesionalmente de la pastelería, cerrando la marcha el escribano, y dirigiéndose todos hacia la casa-posada del señor corregidor, que estaba esperando al presunto reo con alguna impaciencia.

En el tránsito se agregaron muchas personas, que ya el aparato desplegado por la autoridad en la prisión de don Juan había reunido a la puerta de la pastelería; la mayor parte de ellas que andaban por las calles, y no pocas de las que estaban en sus casas y vieron pasar el singular acompañamiento de nuestro caballero.

—¿Por qué llevan preso a ese mancebo? —preguntó uno de modo que el interesado pudo oírlo.

—No sé —respondió otro—, pero, según dicen, ha cometido un asesinato.

—Imposible —interrumpió una mujer—, imposible: ¡si es tan galán!

—Sí, como él sea galán, nada malo puede hacer —exclamó gruñendo un hombre que, por la amabilidad que con ella usaba, se conocía ser su marido.

—Señores, es un hereje.

—Judaizante, judaizante.

—No hay tal, señores, es un morisco disfrazado.

Todas estas conjeturas más divertían a don Juan que le mortificaban, pues, seguro de su inocencia, lo estaba de justificarse de cualquier crimen que se le imputara.

Pero de repente, y de entre las personas del pueblo que más distantes estaban del preso, sale una voz de trueno gritando:

—Matadle, matadle al asesino, al sacrílego.

Este apóstrofe produjo un momento de horror y profundo silencio; pero a poco se oyó un ruido sordo como el del mar en el momento de empezarse una tempestad.

Los habitantes se hablaban entre sí, y casi todos a un tiempo: la pregunta «¿Y qué es lo que ha hecho?» vuela de boca en boca. Pero el estrépito es tal, la diferencia de voces y la agitación tan grandes, que la respuesta no se da, o no puede llegar a los oídos del interesado.

Un momento después, la voz de «¡Muera!, ¡matadle!, ¡a la hoguera!» es general; los alabarderos, los alguaciles y el escribano bastan apenas con amenazas, con razones y ruegos, a contener aquellos furiosos, que más de una vez estuvieron a punto de arrojarse sobre la persona de don Juan, y de hacerle pedazos.

Decir que este caballero iba tranquilo en tan amargo trance sería falso, inverosímil. El amor a la vida es natural, y perderla inocente, sin esperanza de gloria y por el necio capricho del vulgo ignorante, será siempre muy cruel, por más que suceda alguna vez en todos siglos y épocas.

Sin embargo, fuera de ponérsele el rostro amarillo como la cera, no dio nuestro don Juan otra señal de temor. De buena gana se hubiera tapado los oídos para no escuchar las horrendas imprecaciones que de todas partes, y sin cesar, llovían sobre él; pero conoció que sobre no poder excusarse de oír lo que le mortificaba, pues los pulmones de los madrigaleños eran de bronce, o tal le parecían, dar aquella prueba de debilidad sería indecoroso y a propósito para alentar en sus sanguinarios proyectos a aquellos amotinados.

Uno de estos hubo tan osado que, deslizándose por entre dos de los alabarderos, llegó a coger un brazo al preso; mas este, conociendo lo crítico de su situación y que solo arrostrándolo todo era como le quedaba alguna esperanza de salvarse, le descargó en la cabeza un golpe tan furioso y tan bien aplicado que dio con él en el suelo, en donde se quedó como muerto. Tal fue el aturdimiento que tuvo.

Los alabarderos viendo aquello, e interesándose como es natural por un hombre indefenso y expuesto a la ira de todos, y que sin embargo tan valiente se mostraba, enristraron las alabardas, y cerrándose en torno de él, lograron, no sin trabajo, abrirse paso por medio de la multitud que por todas partes les rodeaba.

El escribano intentó al principio resistir al tumulto con autoridad, conminando a los amotinados con diversas penas si al punto no le dejaban el camino expedito para que la justicia pudiera ejercer libremente sus funciones. Pero nadie le hizo caso, y hubo quien llegó a contestarle con muy poca cortesía.

Visto esto varió de rumbo, empezó conviniendo con los habitantes en la enormidad del delito del prisionero, y la justicia del castigo que para él pedían; pero les suplicaba que dejasen a cargo de los magistrados puestos por el rey aplicar la pena que conviniese, citándoles en apoyo de su opinión cuantos aforismos, leyes, comentarios y pragmáticas le vinieron a la memoria. Mas ni nadie atendía a su aflautado y meloso acento, ni aunque hubiesen atendido sirviera de nada, pues una vez rota por el pueblo la barrera del orden, ¿adónde pararán sus extravíos? Dios solo alcanza saberlo.

A pesar de todo permaneció firme en su puesto el escribano hasta la ocurrencia de que últimamente hemos hablado, pues así que vio caer a un hombre en el suelo, fue tan pánico el terror que de él se apoderó que, escabullándose por entre los circunstantes, encorvado para que se le viese menos, se dio tan buena maña que en pocos instantes se vio fuera del campo de batalla con no poca satisfacción suya.

Entre tanto los mozos de las alabardas, valientes como castellanos de entonces, continuaban lenta y penosamente su marcha, y el pueblo gritaba a más y mejor contra el pobre don Juan, que daba al diablo la hora en que se le antojó venir por Madrigal, y quisiera más entonces habérselas con todos los tudescos del mundo que con sus furiosos compatriotas.

Llegaron por fin al umbral de la casa del corregidor y la hallaron cerrada, gracias a la prudencia de la consorte de este, doña Petronila, que informada por un oficioso vecino de lo que ocurría en el pueblo, dispuso tomar a todo evento la precaución de no dejar que nadie entrase en su casa hasta que todo estuviese sosegado.

Por más que los alabarderos llamaron, por más que suplicaron, la puerta no se abría.

El corregidor, puesto a la ventana del piso principal, colocada precisamente encima de una de las rejas del cuarto bajo, decía constantemente:

—Hijos, no puedo abrir; mi mujer tiene la llave.

—Ya se ve que la tengo —exclamaba desde el interior del aposento la voz cascada de la dueña—, ya se ve que la tengo, y no la daré.

Los amotinados se agolpaban; su furia, lejos de disminuirse, iba tomando incremento, y era visible que en breve todos los esfuerzos de los cuatro alabarderos serían inútiles para salvar al infeliz don Juan.

Este, conociendo desde luego toda la intensidad del peligro, echó una mirada en rededor de sí, ve la reja, da un salto, gatea por ella, alcanza la ventana a que el corregidor estaba asomado, y entra por ella en el aposento.

Inmediatamente coge al magistrado absorto por el brazo, le retira de la ventana, cierra vidrieras y contraventanas, y rendido de fatiga y de sobresalto se arroja sobre un sillón.

Al ver el pueblo el arrojo de don Juan, todo él prorrumpió en un grito de espanto, del que se formará una idea el que haya oído exclamación universal de los concurrentes a la elevación de un globo en cuya barquilla se ve algún atrevido areonauta.

Pero a la admiración sucedió el furor y el grito de derribar la puerta, que sonó en los oídos del corregidor como la sentencia de su muerte.

[Ilustración]

CAPÍTULO III

Doleos la dueña. Doleos de mí Si no me amparades Es fuerza morir. —Mal hora que os coja, ¿Por qué aquí venís? Ni sé vuestro nombre, Ni jamás os vi. —Salvadme, que os juro, Que voy a morir Sin culpa ninguna. —Mancebo, venid, Que soy compasiva Y mujer al fin.

(_Romance inédito_).

Mientras que en la calle se discutía tumultuariamente sobre si sería más conveniente echar abajo la puerta de la casa del corregidor, o cercarla tomando todas las avenidas a ella, de manera que el fugitivo no pudiera absolutamente escaparse de sus manos, es imponderable la apurada situación del magistrado, su mujer y don Juan.

Por de pronto, la sorpresa en los dos primeros, y en el último el deseo de la conservación, no dieron lugar a ningún otro pensamiento; pero pocos minutos bastaron para que cada uno de ellos hiciera reflexiones sobre su posición, y análogas a su carácter.

El corregidor repasaba en la memoria las penas impuestas por la ley al escalamiento; pero al mismo tiempo veía con disgusto no serían aplicables en aquel caso, porque era claro que solo el inminente peligro de su vida movió al acusado a tomar por asalto la audiencia de su señoría. Sin embargo, lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo sobre si tendría o no que inhibirse del conocimiento de aquella causa, pues como testigo presencial del escalamiento su deposición se hacía necesaria, y le imposibilitaba de ser juez en ella.

Doña Petronila empezó por ceder a la timidez de que en general adolece su sexo, y aun estuvo muy cerca de tener un desmayo; pero venturosamente se hizo cargo de que su ilustre esposo tenía demasiado miedo para socorrerla entonces, y el recién venido cosas de más importancia en qué pensar, y resolvió contentarse con derramar algunas lágrimas por el momento.

Don Juan, después de recobrado algún tanto, prestó la mayor atención a las voces de los amotinados, y a poco se hizo cargo de sus intentos, los que fácilmente se figurará cualquiera, que le alarmaron en extremo.

—Amigo, quien quiera que seáis —dijo dirigiéndose al magistrado—, en vuestra mano está salvar la vida de un hombre que sin saber por qué, ni haber cometido crimen alguno, es el objeto de la furia de esa canalla.

—Doña Petronila, esposa, ya oís lo que dice este hombre.

—Sí, ya oigo, y más valiera que ese hidalgo no hubiera venido a ponernos en tan grave peligro.

—Señora, el peligro en que yo mismo me hallaba es mi disculpa.

—¿Y quién le mandó ponerse en él, señor mío?

—El demonio, que sin duda me inspiró el pensamiento de venir a este malaventurado pueblo.

—¡El demonio! —murmuró aparte el corregidor—; _vade retro_. Este hombre tiene pacto.

—Sí, sí —contestó la corregidora, que iba cobrando aliento—; echa la culpa al pueblo de lo que la tienen sus malas mañas.

—¿Pero qué malas mañas, pecador de mí? ¿Qué mañas? ¿De qué me acusan? Sépalo yo al menos.

—Traslado —respondió el magistrado.

—Le acusan —dijo su mujer—, del asesinato que ha cometido.

—¡Válganme todos los santos del cielo! ¡Yo asesino! ¿Y quién lo dice?

—Oiga, hermano, y escuchará cómo se lo dice todo el pueblo.

—¿Y eso basta?

—_Vox populi, vox Dei_ —dijo el juez.

Aquí interrumpió la conversación el estrépito horrible de las voces de los amotinados, que con más furia que nunca gritaban «¡Abajo la puerta!», y como por vía de acompañamiento se oían los golpes que daban en ella algunos impacientes con las astas de las alabardas que habían logrado arrancar de manos de sus dueños, en tanto que recibían las hachas que habían enviado a buscar.

—Toda discusión es ociosa, señores; dentro de algunos minutos seremos todos víctimas de la rabia de esos desalmados si por caridad no me indican vuesas mercedes un medio para huir de aquí.

Doña Petronila, mujer al fin, y conmovida con el riesgo a que conocía se hallaba expuesta, quiso echar una mirada sobre su extraño huésped, a quien hasta entonces no había examinado, temiendo hallarle espantoso; pero cuando vio un mancebo tan bien dispuesto, y sereno hasta cierto punto aun puesto en aquel duro trance, sintió enternecérsele el corazón, y empezó a pensar en qué paraje podría ocultarle para sustraerle a la espantosa muerte que sin duda le aguardaba.

Mujer que quiere, pocas veces no puede; un retrete en su propia alcoba, cuya entrada, dispuesta ya con arte para que no se notase, era todavía menos visible a causa de la oscuridad del lugar en que estaba, fue el paraje que doña Petronila creyó a propósito para ocultar a don Juan. Y en efecto, levantándose de su asiento le asió de la mano, diciéndole:

—Sígueme.

El hermano del marqués, en el entusiasmo de su gratitud, no vio ni los sesenta años de doña Petronila, ni su figura colosal y descarnada, ni los ojos a manera de perdiz, ni la mano semejante a la de una parca; nada vio, repito, en aquella mujer sino un ángel tutelar que venía a arrancarle de las garras de la muerte. Así es que imprimió en la mano que le llevaba un beso tan ardiente como hubiera podido hacerlo en la de la misma diosa Venus si en persona se le hubiese presentado a ofrecerle sus favores.

No habían aún puesto el pie fuera del aposento la dueña y el caballero, cuando les hizo pararse una voz que se oyó en la calle, primero a lo lejos y repetida a pequeños intervalos, después muy próxima, últimamente inmediata a la misma casa y universal, diciendo: «¡Milagro, milagro!».

Casi al mismo tiempo cesaron los golpes de la puerta, y el ruido de las pisadas anunció que los amotinados se retiraban, pero con tanta precipitación que era una verdadera fuga, y repitiendo sin cesar el grito de «¡Milagro, milagro!», que, debilitándose progresivamente, acabó por dejarlo todo en el más profundo silencio.

Cuando llegó este caso, don Juan, que había permanecido en pie, y siempre asido de la mano de doña Petronila, exclamó como maquinal e involuntariamente:

—¡Milagro!

—¡Milagro! —repitió la dueña.

—¡Milagro! —tartamudeó el corregidor.

Después que ya fue evidente la partida de los amotinados, cada cual se fue serenando progresivamente, y, como es natural, la curiosidad sucedió desde luego al temor.

Lo ocurrido era, a la verdad, para tenerla. Don Juan, en un pueblo en que a nadie conocía, en el que apenas hacía dos horas que se hallaba, sin que durante ellas se hubiese querellado con persona alguna, se veía de repente acusado, preso por la justicia, perseguido por el pueblo, y de repente, también como por encanto, a la voz de «¡Milagro!» se verifica en efecto el de dispersarse espontáneamente el tumulto, y esto en el momento en que era muy probable consiguiesen su intento los amotinados.

Por su parte, el corregidor y su esposa, aunque enterados del crimen de que se acusaba a aquel caballero, comprendían aún menos que él mismo la dispersión del motín.

No tardaron mucho ni unos ni otros en salir de sus dudas; pero para hacer inteligible la solución del misterio en cuestión nos es forzoso volver atrás por un momento con el hilo de nuestra historia.

Recuérdese que hemos dicho que el aguijoneado don Juan, por el deseo de conocer al que después vio ser el pastelero, había dejado al vicario del monasterio de Santa María la Real desmayado, en brazos del sacristán del mismo, y que inmediatamente echó a andar en busca de su incógnito.

Sucedió, pues, que no pudiendo el sacristán entrar solo al fraile desmayado en la sacristía, llamó en su auxilio a dos monaguillos, que en efecto le ayudaron a echar al vicario sobre un banco y prodigarle los socorros ordinarios en tales casos, como rociarle el rostro con agua, hacerle oler vinagre, despojarle de parte del vestido, etc., etc.

Pero como a pesar de todos sus esfuerzos, y del movimiento que recibía el cuerpo del padre vicario, no volvía de su parasismo, el pobre sacristán, hombre pacato y de poco espíritu, exclamó afligidísimo:

—¡Válgame Dios: está como muerto el buen señor!

No aguardaron a oír más los dos monaguillos, muchachos de diez a once años ambos, sino que echando a llorar amargamente salieron corriendo de la sacristía dando grandes alaridos, en los cuales no se les oían más palabras inteligibles que las de «Ha muerto el padre vicario».

Ya en esto, la mayor parte o todas las personas que quedaban aún en el pórtico cuando salió don Juan de la iglesia, se habían retirado a sus casas; los mismos individuos del ayuntamiento se habían dispersado, y solos el corregidor y el escribano, con algún otro rezagado, estaban bastante próximos a la iglesia para oír las lamentables exclamaciones de los dos acólitos.

—Homicidio —dijo el corregidor.

—Homicidio —repitió el escribano.

Y recordando entonces con infernal sagacidad la salida de don Juan de la iglesia después de todos los demás circunstantes, infirió como consecuencia de la prisa y azoramiento que en él advirtió entonces, que él era sin duda el asesino del padre vicario, e inmediatamente se le comunicó a su señoría, quien contestó:

—Préndasele, y le ahorcaremos.

Con tan buenas intenciones, el escribano, hombre diligentísimo en tales ocasiones, dispuso la prisión de don Juan en la forma que hemos visto se verificó en la pastelería, y su ánimo era llevarle a casa del corregidor para tomarle inmediatamente las primeras declaraciones.

La casualidad hizo que las primeras personas que se reunieron a la comitiva de don Juan no estuviesen enteradas del crimen de que se le acusaba; pero ya cuando se aumentó el concurso, se agregaron a él uno o dos sujetos que, habiendo oído la conversación del juez con su secretario en las inmediaciones de la iglesia, hicieron correr la voz de que aquel hombre iba preso por haber asesinado al padre vicario en la iglesia misma en el momento de acabar de decir misa, y revestido aún de las sagradas ropas.

El delito era enorme en sí, atroz por la persona en quien se cometía, y sacrílego por el paraje en que se suponía haberse cometido y circunstancias que le acompañaban.

Pero sin embargo, para comprender bien el furor que encendió en el pueblo, es preciso saber lo que amaba al que creía muerto.

Fray Miguel de los Santos era religioso del orden de San Agustín, y portugués de nación, provincial de su orden en Lisboa, predicador, confesor, y amigo del desgraciado rey don Sebastián: se unió, después de su pérdida, en estrecha amistad con don Antonio, prior de Crato, que fue, como es cosa bien sabida, uno de los pretendientes más obstinados a la corona de aquel reino.

Fray Miguel debía a la naturaleza un carácter vehemente, entusiasta y arrojado; así es que no supo sustraer a la suspicacia de Felipe su mal reprimida adhesión a don Antonio.

El monarca español le hizo traer a Castilla encerrado en un coche con guardias de a caballo, y le tuvo preso algún tiempo, hasta que, por fin, o creyendo que el fraile se habría demudado con el infortunio, o cediendo a empeños de poderosos, le concedió su libertad, enviándole de vicario al monasterio de Madrigal, en el cual era monja profesa la señora doña Ana de Austria, hija natural del inmortal vencedor de Lepanto.

Costumbres irreprensibles, moral pura e indulgente para los demás y severa para sí mismo, ayunos, penitencias, limosnas, la práctica constante de todos los ritos exteriores de la religión, con más el ejercicio, en cuanto le era posible, de las virtudes reconciliadas, adquirieron a fray Miguel en Madrigal la reputación merecida de un varón justo y un sacerdote ejemplar.

Nunca la miseria acudió en vano a la caridad de fray Miguel; y si los socorros que daba no eran siempre tan cuantiosos como él hubiera deseado, iban por lo menos acompañados de buenos consejos y palabras compasivas, lenitivo muchas veces, si no remedio a nuestros males.

Con estos antecedentes es fácil hacerse cargo de la inflamación extraordinaria y portentosa de los habitantes de Madrigal contra don Juan de Vargas, que ni siquiera podía sospechar qué había hecho para que tan mal le quisiesen.

Pero el pueblo estaba firmemente persuadido de que aquel caballero había asesinado al vicario, y el castigo que la justicia le impusiera le parecía tardo y suave; no se trataba ya de castigar un crimen oscuro, sino de vengar a una población entera privada del protector de los pobres, y lavar la afrenta hecha al templo del Señor con un atentado inaudito.