Ni rey ni roque (1-2 de 4)

Part 2

Chapter 24,175 wordsPublic domain

Embebido, pues, en sus reflexiones, llegó al pórtico de la iglesia, en donde se hallaba reunido todo el pueblo, pues el día en que principia nuestra historia era festivo, y la misa del padre vicario la que siempre oían las personas de más cuenta y las que sin serlo aspiraban a darse importancia, que ya entonces eran en bastante número.

Todo en aquel tiempo llevaba en España el sello del carácter severo y sombrío de su monarca. Cada una de las clases del Estado se distinguía en todo género de actos por sus insignias, por la calidad y hechura de sus vestidos. El color más de moda era el negro; los militares eran acaso los únicos que vestían de color: los adornos eran ricos y costosos, pero sencillos y graves: un cintillo de diamantes por presilla en el bonete, una larga y gruesa cadena de oro colgando del cuello, y dando una o más vueltas sobre el pecho, y una sortija de valor en algún dedo.

El traje del siglo era airoso: Van Dyck, dice Walter Scott, lo ha inmortalizado. En efecto, o es la magia de aquel gracioso pincel, o verdaderamente el corte y disposición de los tales vestidos era infinitamente superior a los inconcebibles arreos de que hoy nos vemos cargados. Confieso ingenuamente que como no sea la idea de asimilarnos a los monos, no concibo cuál fuese la del inventor de los faldones de nuestros fraques. El pantalón, a la verdad, ya se entiende; porque la especie ha degenerado ya tanto que apenas hay pierna masculina capaz de llevar con honor el calzón ajustado. ¡Pero el chaleco, casaca, y sobre todo el corbatín! El corbatín, instrumento eterno de suplicio para el hombre obeso y corto de cuello, a quien no deja respirar, y para el hético agrullado, cuya cabeza, dejándose ver sobre una columna de raso o terciopelo, parece blanco puesto allí para diversión de muchachos. El corbatín, repito, es la más desatinada de las invenciones.

Pero aún es mayor disparate entretener al lector con tales reflexiones: para concluir, en general, esta materia, diré que el calzón en aquel tiempo era ajustado y largo, que llegaba hasta la garganta del pie; la bota como la de campana; el jubón, ajustado a la forma del cuerpo, llegaba hasta la cintura, a la cual se ajustaba por medio de un cinturón, del que ordinariamente pendía la espada; comúnmente estaba, como entonces decían, acuchillado, es decir, con ciertas aberturas cubiertas con unos bollos de seda en los ricos, y de lienzo más o menos fino en los artesanos y demás clases pobres.

El pueblo andaba de ordinario en cuerpo, y es natural, pues de esta manera estaba el hombre más desembarazado para entregarse a sus faenas, y en la cabeza llevaban los plebeyos un sombrero de copa redonda y ala ancha; al paso que los nobles, los funcionarios públicos, los criados y demás gente ciudadana, o por una razón o por otra, superior a la plebe, usaban la capa corta, que no pasaba de la cintura, y un bonete o gorra semejante, si no igual, a la que vemos en nuestros cómicos cuando representan las comedias de Lope, Calderón, etc.

El traje de camino variaba en algún tanto: este era constantemente de color menos fino y delicado que el de la ciudad; y en lugar de la capa corta se llevaba el gabán, especie de capotillo sin mangas, y que cuando la ocasión lo requería, se usaba con forro de pieles, y aun a veces una capa parecida en las dimensiones a las del día.

Diremos, al paso, que tal era el vestido que llevaba nuestro don Juan, y cebando en las digresiones, continuaremos acompañándole en el pórtico, en donde se paseaba esperando la misa, siendo el objeto de las miradas de todos, y haciendo por su parte algunas observaciones en aquellos honrados vecinos.

El traje de camino, el aire desembarazado y libre de un cortesano, la osadía del militar, y un cierto no sé qué de seguridad y ninguna extrañeza, al verse solo entre personas desconocidas, que debía don Juan a la educación, al ejercicio y a los viajes, eran para Madrigal una cosa nueva.

Los individuos de la justicia del pueblo, que con el traje de etiqueta, la vara en la mano y el alguacil al lado, esperaban que la campana les diera la señal de ir a ocupar en el templo su asiento privilegiado, y estaban, como de razón, algún tanto separados del resto de la concurrencia, no fueron por eso los últimos en notar la llegada del forastero.

El corregidor, hombre de mediana edad, chico de cuerpo, abultado de barriga, de rostro circular a manera de luna, con dos ojitos de color de perla abiertos a punzón, chato y de pocas letras, pero lleno de la importancia de su empleo, cuya insignia, la golilla, no abandonaba ni para dormir, y que hasta para pedir la comida o el sombrero creía necesario un auto de oficio, hubiera de buena gana mandado a su secretario que fuera a notificar al recién venido se presentase ante su señoría a declarar en forma su nombre, apellido, profesión, etc., so pena de diez ducados de multa (que las multas eran lo que mejor le parecía del oficio); pero como su consorte le había apercibido de que hablase poco, si no quería exponerse a decir solemnes necedades, y el buen magistrado era un marido paciente y obediente, se contentó por entonces con señalar con el dedo a don Juan, llamando la atención del escribano, y pronunciando gravemente la palabra _visto_.

—Por mandado de su señoría —respondió maquinalmente el escribano, especie de autómata legal con todas las apariencias posibles de una momia.

El alcalde, los regidores, el personero y el alguacil fijaron también la vista en el forastero, que acaso se dirigía hacia ellos en su paseo.

—Es galán —dijo uno de los regidores.

—Y su porte de cortesano —contestó el personero, que había estado alguna vez en Valladolid.

—Más parece soldado que otra cosa —replicó el primero—. Dios tenga de su mano a las mujeres si ha de pasar algunos días en el pueblo.

—Y a los mozos si viene de bandera —dijo el alcalde.

—¿Qué dice su señoría?

—Conforme —respondió el corregidor.

Ya en esto don Juan les había vuelto la espalda, y era observado por otros corros formados por distintas personas del pueblo; pero no halló cosa en ninguno que le llamase la atención, ni le distrajese del apetito que el caminar le había excitado; solo notó un hombre vestido en cuanto a la forma como el resto de los habitantes, es decir, humildemente; pero que tanto en la calidad del paño de su ropa, que bien se echaba de ver era finísimo, como en el aire del cuerpo, no solo lejos de ser grosero y torpe, sino además noble, distinguido y rigoroso, se hacía notable entre todos.

Este se paseaba solo como don Juan; pero se conocía que no era forastero, pues aun cuando los madrigaleños no dejaban de mirarle con cierta curiosidad, se dejaba ver que era objeto a que sus ojos estaban acostumbrados.

El rostro puede decirse que no se le veía, pues el ala inmensa de su sombrero no daba lugar a ello; pero si alguna vez por un movimiento brusco se dejaba ver, dos ojos negros como el ébano, vivos, penetrantes, y entre airados y melancólicos, hacían dudar de si las arrugas que le cubrían eran efectos de pesares y trabajos, o de una edad que se aviene mal con tanto fuego y con músculos tan vigorosos en la apariencia como los suyos.

Cuando este individuo pasaba por las inmediaciones de algún corrillo de gente del pueblo, nadie dejaba de saludarle, más respetuosa que afablemente; los hidalgos y los ricos volvían con tiempo la vista para no saludarle, ni hacer desaire a su persona, y él ni parecía admirarse del acatamiento de los unos, ni extrañar la afectada distracción de los otros.

La justicia era la que aún le trataba de un modo más extraño. Al pasar por sus inmediaciones, la mano del para don Juan desconocido personaje hizo un movimiento como para tocar el sombrero, mas se quedó en el camino, y aquellos señores hubieron de contentarse con un buenos días nos dé Dios, pronunciado en voz apenas inteligible.

Sin embargo todos contestaron, aunque con cierta expresión en la fisonomía que no era fácil decidir si era de desprecio o de temor. Mas cualquiera que fuese, al interesado pareció dársele poca pena, pues continuó sus paseos sin inquietarse en manera alguna de los magistrados de la villa.

Cuando el ánimo está libre, cualquier cosa basta a llamar nuestra atención; así es que don Juan la fijó sin saber por qué en aquel hombre. Por su parte el incógnito clavó también un instante la vista en el hermano del marqués. En un momento recorrió toda su persona; parecía querer penetrar en lo íntimo de su corazón; preguntarle con su mirar quién era, a qué había venido, por qué le observaba; pero un momento después, cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando la cabeza, en la apariencia se olvidó de que don Juan estaba allí, y siguió paseándose.

Lo que a nosotros nos ha costado algunas páginas decir fue sin embargo obra a todo más de unos cinco minutos que tardó la campana en sonar el acostumbrado tercer toque a misa.

Rompió la marcha el corregidor hacia la iglesia, y siguiole el ayuntamiento, atravesando la calle que con el sombrero en la mano formaron los circunstantes, a excepción de don Juan y su incógnito que por causas distintas no creyeron necesario rendir homenaje al magistrado. De aquí resultó que ambos fueron también los últimos a entrar en el templo, lo que verificaron tan a un tiempo que don Juan esperó poder entonces satisfacer la curiosidad que tenía de verle el rostro al individuo en cuestión; mas se engañó, pues este antes de poner el pie en la iglesia hizo un movimiento rápido para colocarse detrás del caballero, a quien ya no le quedó más partido que el de continuar su camino.

No fue sin embargo sin un secreto despecho de verse burlado en el mismo instante en que ya creía conseguido su designio. Tenaz por carácter, y no reprimida aún su vehemencia por el hielo de los años ni por la mano de hierro de la desgracia, era natural que no renunciase fácilmente a una empresa que ya por sí no presentaba graves dificultades, porque a la verdad, verle el rostro a un hombre que anda por la calle no es cosa maravillosa. Ofreciole la fortuna una ocasión, y la agudeza de su ingenio medios de aprovecharse de ella. No había en la iglesia más que una sola pila de agua bendita; a ella, pues, había de acudir el incógnito. Don Juan sentía detrás de sí los pasos de aquel hombre; llega a la pila, introduce la mano, y se vuelve con rapidez para ofrecer cortésmente el agua; pero sea que el último hubiese previsto lo que iba a suceder, sea que por evitar las miradas de otros curiosos creyera oportuno seguir ocultándose, lo cierto es que con la mano izquierda llevaba inmediato a la cara un pañuelo, como si sufriera de dolor de muelas, de manera que no era posible vérsela. Alargó sin embargo el brazo derecho, recibió de don Juan el agua bendita como si aquel obsequio le fuera cosa debida, e inclinando apenas la cabeza en señal de gracias, desapareció detrás de una de las columnas de la iglesia antes que aquel caballero volviera en sí del asombro que la presencia de espíritu y gravedad del desconocido le causaron.

El órgano sonaba ya; las religiosas en el coro habían dado principio al oficio divino, y don Juan, buen católico, y por otra parte hombre cuerdo, conoció que ni el paraje ni la ocasión eran a propósito para empeñarse en seguir a un hombre que visiblemente se obstinaba en no dejarse encontrar. Renunció, pues, por entonces a su empresa, y púsose a oír la misa con toda devoción, si bien, a pesar suyo, no cesaba de mirar por todas partes con objeto de descubrir en algún rincón al misterioso habitante de Madrigal.

Mas todo su mirar fue en vano; la misa se concluyó, y ya iba don Juan a retirarse de la iglesia cuando advirtió que su incógnito iba delante del sacerdote y en dirección a la sacristía. En el momento tomó el mismo camino, y acelerando el paso se adelantó al vicario, quedándose no obstante algo más atrás que el objeto de su curiosidad.

Este, así que llegó a la puerta de la sacristía, se paró, colocándose a la derecha de ella de modo que era imposible que el fraile pasase sin verle. Don Juan, resuelto ya hasta a reñir con aquel hombre, si necesario fuese, para verle a su gusto, hizo igual movimimiento en el lado izquierdo de la puerta, quedándose frente a él de manera que estaban como dos centinelas puestos para guardar un paso importante.

El de Madrigal, que conservaba el pañuelo puesto en la cara, lanzó una mirada de furor a don Juan; pero este, que no era hombre de asustarse por miradas, permaneció intrépido en su puesto, mirándole de hito en hito.

En esto ya el vicario llegaba a la sacristía con las manos cruzadas sobre el pecho, baja la cabeza y en el más profundo recogimiento, sin advertir en manera alguna a aquellos dos hombres, inmóviles como estaban, y que acaso eran los únicos que quedaban en la iglesia.

Ya iba a entrar por la puerta, cuando el desconocido, dejando caer el brazo izquierdo y descubriéndose por consiguiente el rostro, dijo en voz clara y sonora, si bien no muy elevada:

—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo.

Desde la primera palabra levantó el fraile la cabeza, tan despavorido como si oyera la voz del ángel exterminador, y clavando sus ojos desencajados de espanto en la fisonomía del que le hablaba:

—¡Jesús me valga! —exclamó con voz apagada.

Y cediendo a la fuerza de su temor, se desmayó.

Venturosamente don Juan estaba tan cerca que pudo impedir su caída, recibiéndole en los brazos.

El desconocido entonces, dirigiéndose a él, le dijo entre airado y pesaroso:

—Socórrale, y otra vez no sea tan entremetido.

Dicho esto, volvió la espalda y dejó la iglesia. Don Juan llamó al sacristán, a quien entregó el vicario sin decirle nada de la causa de su accidente, y echó a andar apresuradamente pero con ánimo de alcanzar al singular personaje que acababa de dejar, y obtener de él, de grado o por fuerza, la explicación de aquel suceso.

[Ilustración]

CAPÍTULO II

Como de leve chispa al solo fuego Se inflama el bronce vomitando muertes: Al torpe influjo de calumnia impía Así la furia popular se enciende.

(_Canción anónima_).

Por más pronto que el sacristán del monasterio acudió a la voz de don Juan, y a pesar de cuanta prisa se dio este a salir de la iglesia, no pudo hacerlo con tanta brevedad que alcanzase a la persona que buscaba. Todavía, cuando don Juan salió, quedaban en el pórtico algunos corrillos, y uno entre ellos formado por los individuos de la justicia, que ya conocemos de vista; pero ni con estos ni con ninguno de los habitantes estaba el incógnito, como don Juan vio después de haber examinado apresurada y curiosamente la fisonomía de todos los circunstantes, inclusa la del señor corregidor.

El aire afanado de don Juan, cierta especie de sobresalto que se dejaba ver en su rostro, y, sobre todo, el desacato inaudito con que se atrevía a pasar en revista la fisonomía del primer magistrado de la villa, llamaron la atención general de un modo tan visible que, a estar menos preocupado con su designio, conociera nuestro caballero que su conducta era por lo menos imprudente. Mas ya se ha dicho que don Juan era obstinado; él mismo lo ha dejado ver en toda su conducta desde que está a nuestra vista, y además, en el punto a que las cosas habían llegado entonces, su curiosidad estaba demasiado exaltada para contenerse por respeto al desagrado de los honrados madrigaleños.

Sin embargo, todas sus diligencias fueron inútiles. Después de haber examinado detenidamente todas las inmediaciones de la iglesia, conoció que correr las calles y un pueblo desconocido en busca de un hombre cuyo nombre, calidad y empleo ignoraba sería sobre descabellado, infructuoso. Resolviose, pues, a regresar a la pastelería, con ánimo de adquirir en ella, si posible fuese, algunas noticias sobre el objeto en cuestión.

Pensar y ejecutar eran para el hermano del marqués casi una misma cosa. Cinco minutos después de tomada su resolución estaba ya sentado en la pastelería delante de una mesa que la huéspeda le había hecho preparar durante su ausencia. Mas no estaba cuando don Juan llegó la agraciada morena; un marmitón mulato, y silencioso como la tumba, fue quien le hizo seña de ocupar su asiento; y poniéndole delante un asado de cabrito, medio pan blanco y un frasco de vino, se retiró sin decir palabra a lo interior de la casa.

No pudo menos don Juan de sonreírse viéndose recibir de aquella manera, y de exclamar para sí:

«¡Por vida de mi padre, que a estar en carnestolendas dijera que estos señores de Madrigal se han propuesto hacer burla y chacota de mi persona! Todos son misterios, y voto..., pero comamos, que después habrá lugar para todo».

En efecto, don Juan ocupó su asiento, y después de persignado y santiguado devotamente empezó a embaular bonitamente, unos tras otros, muchos y no muy pequeños pedazos de cabrito, los que, para que no se le secaran en el estómago, tenía muy buen cuidado de humedecer con copiosas libaciones.

Al paso que iba había cabrito para muy poco tiempo; pero aún no había concluido cuando, por detrás de él y sin haber precedido ruido de puerta ni de pasos que se lo anunciase, apareció la huéspeda y, tocándole ligeramente en el hombro, le dijo sin detenerse y en voz tan baja que apenas se oía:

—Guárdese de requebrarme.

Cuando la última de estas palabras hirió el oído de don Juan, ya la morena ocupaba el mismo asiento en que la había visto la primera vez, y su actitud y aparente indolencia eran absolutamente las mismas también que en aquella ocasión.

El primer movimiento de don Juan, sintiéndose de improviso tocar en el hombro, fue llevar la mano al puño de la espada; pero viendo, casi al mismo tiempo, a la huéspeda, y escuchando las palabras que le decía, se quedó absorto durante algún tiempo. Recobrado empero, y volviendo a su humor festivo, se sonrió con la morena, quien le correspondía igualmente, y animado con tan buen principio, empezó a decir:

—¿Querrá usted decirme por qué me prohíbe...?

La huéspeda, conociendo que la palabra _requebrarla_ u otra equivalente era la que el forastero iba a pronunciar, recorrió rápida y sobresaltadamente el aposento con la vista, y tomando en seguida una actitud tan imponente que rayaba en teatral, puso el dedo índice sobre sus labios, clavando al mismo tiempo sus hermosos ojos en los del desconcertado caminante, que entonces no sabía qué cosa admirar más, si la gracia y belleza de la mujer que tenía delante, o aquel aire de dominio con que sin derecho alguno quería tratarle.

—Es singular —exclamó—; pero al cabo es mujer —dijo para sí—; no hay humillación en someterse a ella: variemos la conversación. Paréceme —continuó en alta voz— que la gente de Madrigal tiene mucha afición al padre vicario del monasterio, pues según los informes que tengo, poca gente más será la que hay en el pueblo que la que yo he visto en misa.

—Muy poca —respondió la morena, que había vuelto a recobrar su primera apatía.

—Y no faltan hidalgos en el pueblo.

—Podrá ser.

—¿Cómo podrá ser? ¿Pues usted no lo sabe?

—No, a fe mía.

—¿Y cómo, estando en la villa y habiendo tal vez nacido en ella?

—Porque jamás me empeño en averiguar lo que no me importa.

Y a estas palabras acompañó una mirada tan expresiva, tan burlona, que confundió a don Juan y suspendió su locuacidad por algún tiempo.

La pastelera calló también, y al parecer se ocupaba en contar las vigas del techo, mientras que el caballero, rojo como el carmín, apoyaba un codo en la mesa, la frente en la mano, y con la otra desmenuzaba prolijamente una miga de pan como si la destinara a cebar algún pajarillo.

Después de algunos segundos, pasados en esta posición, don Juan, dejándola bruscamente como por efecto de una de aquellas luminosas reflexiones que, cuando menos esperamos, vienen a facilitarnos la solución de algún problema que nos parecía imposible resolver, don Juan, repito, volvió a anudar la interrumpida conversación.

—¿Conocería, por ventura, vuesa merced a un hombre...?

—¿Más curioso que siete mujeres? —interrumpió malignamente la huéspeda con no poca mortificación del preguntante.

—No es eso lo que voy a decir, hermana —replicó entre vergonzoso y enojado don Juan—; iba a preguntarle si conocía a un hombre que hoy en misa ha llamado mi atención.

—Yo no he ido hoy a oír la misa del padre vicario.

—Lo sé, pero sin embargo, pudiera ser que las señas que yo diese de su persona —aquí advirtió don Juan que la huéspeda mudaba de color— hiciese venir a usted en conocimiento de quién sea.

—Diga, pues, señor caballero —prorrumpió la huéspeda morena, pero con visible agitación.

—Su edad es entre la mocedad y la vejez, su persona parece ser de hombre robusto y asendereado, sus movimientos anuncian la agilidad que solo se adquiere con el ejercicio de las armas.

—O haciendo pasteles —dijo detrás de don Juan la misma voz que en la iglesia causó el desmayo de fray Miguel de los Santos.

—Pardiez —exclamó don Juan, que familiarizado ya algún tanto con las sorpresas, recibió la nueva aparición con menos asombro que era de creer—; pardiez, hermano, me alegro más de haberos encontrado que si el rey me hubiera hecho merced de alguna encomienda.

El incógnito, que llevaba su gran sombrero calado como siempre hasta las cejas y los brazos cruzados sobre el pecho, dejó a don Juan decir libremente, y continuó andando hasta colocarse de pie en frente de él y al lado de la pastelera, cuyos ojos, desde el momento de su entrada, no se apartaron del suelo.

El silencio duró algunos instantes; quien lo rompió fue el pastelero.

—Señor caballero: si en efecto lo es usted, puede saber que la curiosidad indiscreta es gravísimo defecto, propio más bien de mujercillas y hombres bajos que de gente noble y principal. Pero usted es mozo, y como tal no es extraño que aún no haya aprendido a moderar sus pasiones. Yo no soy ni quiero ser un misterio, y ciertamente creo que para correr a usted bastaría decirle que el que ahora le está hablando es el pastelero de Madrigal, su humilde criado.

El principio de esta arenga inflamó al irascible don Juan; cuanto más era la razón con que el pastelero le reprendía tanto mayores eran su mortificación y cólera; pero cuando oyó a aquel hombre concluir declarando su oficio, sin embargo de que la tal declaración se hizo con un tono indefinible que ni bien era amargo, ni irónico, ni cortés, ni grave, fue tan poderosa con él la risa que prorrumpió en una gran carcajada.

Esta se prolongó tanto que la pastelera acabó, como a pesar suyo, por hacer otro tanto, y hasta el mismo dueño de la tienda dio muestras de abandonar por un momento su austera gravedad.

Así se pasó algún tiempo, y sabe Dios el que se hubiera pasado si en medio de aquella inmoderada y acaso intempestiva alegría, no se dejara ver en la puerta de la calle, que estaba abierta, un hombre, o esqueleto de tal, alto, flaco, carilargo, ojihundido, vestido de negro, con un lío de papeles debajo del brazo y un gran tintero de cuerno en la mano; el escribano, en fin, en cuerpo y alma, si es que la tenía.

—Abran aquí a la justicia —dijo parándose en el umbral de la puerta.

Y esta frase fue la primera noticia que de su venida tuvieron los tres reidores; al oírlas cesó la risa, cada cual fijó los ojos en la puerta, y don Juan, viéndola abierta de par en par y que el fantasma que en ella había decía sin embargo que se la abriesen, estuvo por empezar de nuevo a reírse: contúvole empero la idea de que aquel hombre era al cabo un ministro de la justicia, y se contentó con decirle:

—Por más abierta no doy una blanca; entre usted, que bien puede.

La pastelera se inmutó extraordinariamente; sus manos, que don Juan notó ser de primorosa estructura y no embrutecidas por el trabajo, se cruzaron sobre sus faldas con un movimiento convulsivo y casi involuntario; perdió el color del rostro y echó una mirada al cielo como pidiéndole protección.