Ni rey ni roque (1-2 de 4)

Part 1

Chapter 14,126 wordsPublic domain

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación y la toponimia también han sufrido ligeros retoques para su modernización.

* Se han separado en párrafos distintos las intervenciones dialogadas allí donde el texto adopta forma de diálogo, añadiendo y espaciando las rayas según los modernos usos ortotipográficos.

* Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas de otros entrecomillados.

* Se ha compilado y añadido un Índice al final del volumen pese a que el original impreso no lo incluye.

Ni Rey ni Roque

NI REY NI ROQUE

EPISODIO HISTÓRICO DEL REINADO DE FELIPE II, AÑO DE 1595

NOVELA ORIGINAL

ESCRITA POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA, AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA

TOMO I

Madrid Imprenta de Repullés — AÑO DE 1835

AL SEÑOR DON GERÓNIMO DE LA ESCOSURA, _Caballero de la Real y distinguida Orden Española de Carlos III, del Consejo de Su Majestad, su Secretario con ejercicio de decretos, Intendente de Provincia de primera clase, y Vocal de la Real Junta de Fomento de la riqueza del Reino_.

En muestra de su cariño y respeto,

Su hijo, _Patricio de la Escosura_

¿De qué, pues, nos sirvieron Siete siglos de afán, y nuestra sangre A torrentes verter?... Lanzado en vano Fue de Castilla el árabe inclemente, Si otro opresor más pérfido y tirano Le pone el yugo a su infelice frente.

Quintana: _Oda a Padilla_.

INTRODUCCIÓN

El mentir de las estrellas Es muy seguro mentir, Porque ninguno ha de ir A preguntárselo a ellas.

Caballero en un rocín cuellilargo, quijotudo y amojamado, su creación inmemorial, sus jaeces una jáquima bastante antigua y una manta de muestra no muy moderna, y, a pesar de todo, no mío, paseaba yo no hace mucho por una sierra del reino de Sevilla.

Preocupado en diferentes pensamientos, para mí muy importantes, y habituado ya al país en que me hallaba, confieso francamente que no me hacía mucho efecto el cuadro que me rodeaba, a pesar de ser una de las más bellas perspectivas que pueda imaginar el entendimiento.

Cuanto la vista alcanza a descubrir, desde el punto más elevado de aquel terreno, ofrece un aspecto lleno de vida y de interés. No hay allí una llanura que tenga un cuarto de legua en cuadro; y hablando con propiedad, los que los naturales llaman valles no son más que ramblas o encañadas, la más ancha de cien toesas, si las tiene. Compónese, pues, todo aquel país de cerros y colinas, peñascos y precipicios.

La naturaleza ha hecho tanto en favor de Andalucía que, a pesar de la indolencia de sus habitantes, la verdura, la frondosidad de la tierra encantan el alma del que acaba de dejar las áridas llanuras de la Mancha, donde el viajero se cree más bien en la Arabia desierta que no en la región meridional de la culta Europa.

En medio de vastos y fértiles olivares, de montes de robustas encinas, de viñedos frondosos, de campos cereales, la blancura resplandeciente de los cortijos, que vistos de lejos tienen alguna semejanza con los caseríos ingleses, hace un efecto maravilloso.

A corta distancia unos de otros se descubren muchos pueblos, más o menos considerables, cuya posición próxima siempre a los pasos precisos de la sierra, y en puntos que los dominan, descubre que en su origen fueron puestos militares, establecidos por los moros para defenderse de las continuas incursiones de los cristianos. Los castillos ruinosos que en casi todos ellos se ven aún, y sus nombres arábigos, acreditan suficientemente esta conjetura.

Verifícase la comunicación entre estos pueblos por medio de unas veredas, que vistas y andadas parecen, y son más a propósito, para cabras que para hombres y caballos; pero los naturales de la sierra las andan con una presteza y agilidad sorprendentes; y el forastero, animado con su ejemplo, acaba por habituarse y caminar tranquilo por ellas. En este caso me hallaba yo.

Andando a la aventura mi rocín acertó a tomar una estrecha senda que en la mitad de la altura de una cadena de colinas bastante pendientes corre paralelamente a su base, al pie de la cual se desliza, con manso ruido entre innumerables piedrecillas de jaspe colorado, un arroyo cuyo color verdoso y olor azufrado dan claros indicios de ser sus aguas minerales. Crecen en su orilla el romero, la adelfa y otros muchos arbustos en profusión, y la flor roja del segundo citado contribuye a prestar a aquella ribera, si tal nombre merece, un aspecto ameno y pintoresco.

Como media legua podría yo haber andado, cuando la lentitud del paso de mi cuartago, lo lacio de sus orejas y la humilde postura de su cabeza me revelaron que si no quería volverme a pie a mi domicilio, era preciso que permitiese descansar un momento a aquella _vera efigies_ de Rocinante. Eché, pues, pie a tierra, y reconociendo, por la frondosidad del sitio, que me hallaba en las inmediaciones de un manantial de agua potable, como la sed empezaba a aquejarme, quise buscarlo. Tuve para esto que meterme por un angosto desfiladero en el que apenas cabían dos personas de frente. La elevación de los dos peñascos laterales, y las ramas de muchas higueras silvestres que de sus hendiduras salían, formando una bóveda impenetrable a los rayos del sol, hacía también muy a propósito aquel paraje para madriguera de bandidos, casta de pájaros en que el país suele abundar. Esta circunstancia dio lugar a que yo descolgase el retaco que llevaba pendiente del arzón trasero, según costumbre de Andalucía, y con él terciado y montado entrase en el desfiladero.

No bien anduve veinte pasos, sentí a corta distancia el ruido de los de otro hombre y otro caballo. Debió de sucederle a él lo mismo, y de formar tan buen concepto de mí como yo de él, pues al descubrirnos nos apuntamos simultáneamente con los retacos, y ambos preguntamos a un tiempo:

—¿Quién va?

Íbamos los dos vestidos a la jerezana, que es también el uniforme de los ladrones; pero como llevábamos bigotes el uno y el otro, apenas nos los vimos cesaron nuestras sospechas, y bajando a un tiempo las escopetas depusimos el airado ceño y nos saludamos cordialmente con el nombre de compañeros.

Mi encuentro era un anciano de robusta complexión y nerviosa fibra. Los años le habían como curtido, pero conservaba toda la elasticidad de sus miembros y una estatura elevada, exenta de la curvatura general de los hombres de su edad. Por debajo del sombrero portugués dejaba ver unos cabellos espesos, pero blancos como la nieve, y de igual color eran los poblados bigotes que me le dieron a conocer por hombre honrado.

—¿Adónde bueno, mocito? —me dijo con cortesía, pero con aquel tono de superioridad justa que los ancianos toman siempre con los jóvenes.

—Voy, señor mío —le contesté—, buscando la fuente.

—Por el acento y el camino que usted toma bien se conoce que no es del país. Yo también voy a la fuente, y si usted quiere podremos ir juntos.

Agradecí y acepté la oferta, y echamos a andar hasta el manantial, que aún distaba más de lo que yo me figuraba.

El aire cordial, la franqueza, la urbanidad marcial de mi compañero, me hicieron reconocerle desde luego por un oficial veterano; y en efecto lo era. A los cinco minutos de estar juntos se estableció entre nosotros la misma libertad de trato que pudiera haber si nos conociéramos de diez años antes.

El anciano me dijo que tenía setenta años, y se llamaba don Sebastián de Vargas. Había empezado a servir en caballería a los doce años, esto es, en el de 1776. Había hecho la campaña del año 92; la de Portugal con los franceses; la de América; y la del año 23 en el bizarro ejército constitucional de Cataluña.

Tenía tres heridas, la cruz de San Fernando y otras infinitas por distintas acciones; y era comandante de escuadrón con grado de coronel; gracias a la amnistía, pues desdeñando purificarse en la última época, se había quedado de paisano. Había asistido a más funciones de guerra que yo tengo meses de vida; y confieso que aunque las refería con harta prolijidad, le escuchaba con gusto y veneración.

Dos horas estuvimos juntos, y quedamos tan amigos que me convidó a ir a pasar algunos días en un cortijo que habitaba a media legua de aquel paraje.

—Vivo en el campo —me dijo—, con mi familia, que se reduce a una hija de veinticuatro años, un sobrino de treinta, mi ama de llaves y mi asistente, soldado tan antiguo como yo. No recibiremos a usted con cumplimientos, ni podremos obsequiarle a la moda de la corte; pero en cambio será usted bien llegado siempre que quiera favorecernos, y partirá con nosotros una puchera no mal sazonada.

Dile las gracias por el ofrecimiento, prometiendo no despreciarlo; y monté a caballo, gozoso con mi nuevo conocimiento. Dos días después fui al cortijo de Sierra-Carnero, que así se llama el de don Sebastián de Vargas.

Su hija es una señorita no destituida de mérito personal, educada con más esmero del que yo suponía. Ella y su padre me recibieron como este me lo había prometido. Por la mañana vimos su habitación, que es una excelente casa de campo, aunque de muy antigua construcción, a la cual se han ido agregando sucesivamente cuadras, tinaones o establos, graneros y pajares. No muy lejos de ella está un molino de aceite. Por la tarde paseamos en las tierras del cortijo, que son vastas, bien cultivadas y productivas: no faltan en ellas los olivos, encinas y cepas, además de los sembrados de trigo y cebada, y los prados de alcacer. Pero lo que me encantó fue una huerta en la que, entre otros muchos árboles frutales, se veía considerable número de naranjos, limoneros y granados.

El sobrino de don Sebastián, que tenía por nombre don Pedro Alcántara Hinojosa, me pareció un excelente sujeto; pero yo a la cuenta no tuve igual fortuna con él, pues me trató con notable reserva.

Mi amistad con aquella familia llegó a hacerse cada día más íntima, por manera que pasaba semanas enteras en Sierra-Carnero. En una de estas ocasiones llamó mi atención un retrato, de excelente mano, de una señora vestida con traje antiguo, pero tan parecida a la hija de mi huésped que llegué a figurarme sería su madre, que por extravagancia se hubiese hecho pintar vestida de máscara.

Cabalmente cuando hice esta observación, Inesita, que tal era el nombre de la joven, se hallaba sola conmigo. Comuniquela mi pensamiento y ella, riéndose, me contestó:

—No es usted solo el que ha tenido esa equivocación, no señor. Esa no es mi madre: es mi sexta o séptima abuela. Dicen que en la figura nos parecemos mucho; y si es verdad, como es tradición en la familia, que pasó muchos disgustos en su vida, me temo que también en eso nos pareceremos.

Al concluir estas palabras, la sonrisa de Inesita se convirtió en una expresión melancólica, y una lágrima se asomó furtivamente a sus hermosos ojos.

Yo, que sin poderlo remediar soy muy compasivo con las damas, y un tantico curioso, pregunté con bastante empeño, y supe de aquella joven la causa de su disgusto. He aquí cómo sobre poco más o menos me la refirió:

—Esa señora que usted ve retratada, dicen que era de una familia muy ilustre, y que antes de casarse con su marido, que fue un Vargas, pasó trabajos indecibles. Su hijo único se llamó don Sebastián; y este dejó muy encargado en su testamento a sus descendientes que a todos sus primogénitos les pusiesen su mismo nombre. Pero no es esta la cláusula más singular del tal testamento. Parece que entre el marido de la abuela doña Inés, que tal era su nombre, y un primo suyo llamado don Pedro Hinojosa de Vargas, medió una estrecha amistad, por cuya razón el nieto de aquel se casó con una doña Inés, nieta del último. En virtud de esto, don Sebastián 1.º de Vargas encargó también que los primogénitos de sus descendientes en línea recta se casasen con las primogénitas de la de Hinojosa, siempre que estas llevasen el nombre de Inés.

»Desde entonces, hasta mi padre inclusive, se ha seguido sin alteración alguna la extraña regla de bautismos y matrimonios establecido en el testamento de don Sebastián; siendo de notar que ninguno de sus sucesores ha tenido nunca más que un hijo varón.

»Pero mi desdichada suerte ha querido que justamente variase en mí este orden constante de sucesión. Mi padre se casó teniendo ya más de cuarenta años; y mi madre, al darme a luz, expiró. El ama de llaves que hoy tenemos, y que cuando yo nací estaba ya en casa, me ha asegurado que no es fácil decidir cuál sentimiento era mayor en mi padre, si el de la muerte de su mujer, o el de no haber sido un varón lo que había dado a luz.

»No puedo quejarme de mi padre: ha llenado sus deberes escrupulosamente; pero jamás se ha abandonado por completo a la ternura paternal conmigo; y por más que procura ocultármelo, se le conoce que me mira como un borrón para el árbol genealógico de la familia.

»Para colmo de mi desgracia, todas las hembras de la casa de Hinojosa han muerto, y solo queda un varón, que es mi primo. Nos amamos; y aunque mi padre lo aprecia no se resuelve a casarnos, porque se llama Pedro y no Sebastián. Vea usted si tengo motivo de afligirme.

No es ponderable lo que me interesó esta relación. Por ella comprendí que la frialdad del primo conmigo provenía de un movimiento celoso, y me propuse castigar su desconfianza convenciendo a mi anciano amigo de la ridiculez de su empeño en sostener el extraño testamento de don Sebastián 1.º de Vargas.

En la primera ocasión que me pareció oportuna empecé a insinuarme, y el viejo comandante no tuvo dificultad en entrar en materia.

—Usted llama debilidad —me dijo— a lo que no es más que respeto y cariño a mis ascendientes. Seis generaciones han consagrado esa costumbre y la han hecho inviolable a mis ojos.

—Y está bien —le repliqué yo—, está bien que usted la respete; y yo sería de parecer que se observase, a ser posible. Pero usted tiene setenta años, edad que no es a propósito para casarse; y aunque fuera más joven no podría hacerlo según sus principios, porque no tiene una doña Inés Hinojosa con quien enlazarse. Es preciso, pues, que usted consienta en el matrimonio de su hija con su sobrino, o en ver deshecha para siempre la unión entre dos ramas de la familia que tan ligadas han estado hasta aquí.

—Sí, eso sí: usted tiene razón; pero yo tengo miedo. Sí señor, miedo, no se asombre usted. Hay en este asunto un misterio que no alcanzo, y que es lo que más me detiene.

—¿Y no podré yo saber cuál es?

—A nadie se lo he revelado hasta ahora; pero haré una excepción en favor de usted. En el testamento de mi séptimo abuelo don Sebastián, se dice: que sus herederos, en el caso de no conformarse con sus disposiciones, incurrirán en su enojo, y que los fundamentos de lo que ordena se contienen en un rollo de papeles que, cerrados en una caja de plomo sellada, deja en su biblioteca. Todos hemos respetado esta caja; pero en tiempo de la guerra de la Independencia, una partida de los invasores que ocupó la casa, creyendo que en ella se contendría algún tesoro, la abrió a bayonetazos. Por fortuna se dejaron los papeles, que el ama de llaves recogió y hoy están en mi poder.

—¿Y usted no los ha leído?

—Mil veces lo he intentado; pero están escritos con unos garabatos infernales, de los cuales no he podido descifrar ni uno.

—Si usted no tiene inconveniente en confiármelos, yo entiendo algo la letra antigua, y veremos de traducirlos al castellano moderno.

—Me hará usted un servicio impagable.

—Impagable, no tal. Prométame usted que si de esos papeles no resulta expresamente una prohibición de casarse su hija con su sobrino, cesará usted de oponerse a sus deseos.

—Veremos.

—No hay veremos que valga: o se casan, o no trabajo.

—Hombre, eso es hacerme la forzosa.

—Para hacer felices a dos jóvenes que lo merecen, y a usted también.

—¡Pero señor, qué empeño!

—Mi coronel, ¿sí, o no? Entre soldados no hay palabras ambiguas.

—Pues vamos con un sí.

—Eso es hablar en razón. Vengan esos cinco, mi coronel.

—Tome usted, mala cabeza.

Inmediatamente después de esta conversación me entregué de un rollo de papeles muy voluminoso, que contenía la narración que, sin más condición que la de variar algunos apellidos, me ha permitido don Sebastián dar al público.

Paréceme que ofrecerá la utilidad de dar a conocer en gran parte el carácter moral, político y religioso de una época interesante de nuestra historia. Nada más diré, porque el público va a juzgarla, y sería indisculpable temeridad anticiparme a su fallo.

He tenido la satisfacción de asistir a la boda de Inesita con don Pedro Hinojosa, y de ver a este tan trocado que me llama su mejor amigo. El coronel Vargas sabe ya de memoria este escrito; pero no qué hacer para probarme lo que agradece mi trabajo.

Solo falta que el editor de la colección no tenga por qué arrepentirse de haberlo incluido en ella, y entonces yo también estaré completamente satisfecho.

[Ilustración]

NI REY NI ROQUE

CAPÍTULO PRIMERO

DON FÉLIX El rostro es en vano Querer ocultarme; O tú has de matarme, O yo te veré.

DON DIEGO No es verme tan llano Que baste el querello; Mal que os pese de ello Burlaros sabré.

(_Comedia antigua inédita_).

Como a las ocho de la mañana de uno de los primeros días del mes de julio del año de 1595, se apeó en Madrigal, a la puerta de una pastelería, un caballero joven, galán y bien portado. Dejando los caballos al cuidado del sirviente que le acompañaba, entró en la pastelería con gentil desembarazo, y tocando ligeramente con la mano el bonete de terciopelo negro que cubría su cabeza, pronunció con voz clara y apacible la entonces usual fórmula de saludo:

—Ave María.

—Sin pecado concebida —contestó la única persona que en la tienda había, y era una mujer joven, morena, de hermosos ojos, rostro más agraciado que bello, y aire más grave e imponente del que su edad, condición y humilde traje prometían.

Estas observaciones las hizo el caminante sentado ya en uno de los escaños que había dentro de la misma chimenea, y fuese que su natural cortesía le moviese a ello, o bien que el aspecto de la huéspeda le pareciera exigir más respeto del que hasta entonces había mostrado, el hecho es que se quitó cortésmente el bonete, y dejó ver una cabeza cubierta de cabellos castaños, cortados según la moda de aquel siglo, es decir, sobre poco más o menos, de la manera que hoy llamamos a la inglesa.

—¿No tendrá usted, señora huéspeda —dijo el caminante después de breves instantes—, alguna cosa con que aplacar el hambre de un mozo, que ya esta mañana ha caminado algunas horas?

No contestó a esta pregunta la persona a quien se hacía, sino que, levantándose del asiento que ocupaba al frente del viajero, abrió y examinó el cajón del mostrador, algunas alacenas y el horno, y visto todo, volvió a su puesto diciendo flemáticamente al mancebo:

—Nada.

—Bien por mi vida. ¿Y no hay otra pastelería en el pueblo?

—Ninguna.

—¿Y absolutamente no hay nada que darme?

—Nada, si no se contenta con un pedazo de pan.

—Corta cosa es, y mi estómago me parece que ahora requiere más sustancioso refrigerio. Duélase, hermana, de mi necesidad, y no me obligue a andar en ayunas el resto de la jornada, que por la paga no quedaremos mal.

—Mi señor no está en casa —replicó la huéspeda—, además de que, aunque estuviera, no creo yo que quisiera ahora hacer nada.

—Válganos Dios, y qué poco amigo de trabajar es el pastelero: sea usted más caritativa, y alivie mi necesidad, que tengo prisa; el pueblo a que voy aún está lejos, y no quisiera llegar a él hambriento, y creyendo que en cuerpo tan bello haya un alma empedernida.

Estas últimas palabras, pronunciadas en un tono entre galán y jocoso, arrancaron, por decirlo así, una sonrisa a la grave pastelera; pero había en ella tanta dignidad, y en su aire tal importancia, que a ser en una princesa, se dijera que el requiebro la agradaba solo en cuanto a mujer. Mas el mancebo no estaba entonces para pagarse de sonrisas; el hambre le aquejaba, y continuó sus instancias, quizás con importunidad; pero mezclándolas con tantas y tan discretas lisonjas que al cabo dio al traste con la pereza o el orgullo de la huéspeda.

—Por oír misa y dar cebada —dijo esta—, ya sabe usted que no se pierde jornada. Haga, pues, que su criado lleve los caballos al mesón, que está en la misma calle, y váyase el señor caballero a oír la misa del padre vicario de Santa María la Real, que dentro de una hora veremos de dar modo para satisfacer su apetito.

—¡Una hora! Mucho es; pero sea: oigamos misa, y después volveremos a...

—A desayunaros.

—Y a ver los negros ojos de la más bella pastelera de esta tierra.

—Lisonjas de cortesano.

—No, sino verdades de hombre honrado.

—Si se retarda, caballero, no llega a la misa.

—¿Está lejos la iglesia?

—A dos pasos. Desde la puerta de casa verá usted la del monasterio.

Y diciendo así, acompañó al caminante hasta la puerta, y en efecto le indicó el convento que desde ella se veía.

Don Juan de Vargas, hermano del marqués de ***, que es el caminante que hemos visto, era un caballero mozo, de buen parecer, mediana estatura, rostro blanco, complexión enjuta, humor jovial, muy aficionado a las armas, y sobradamente a las damas; sirvió al rey en Flandes con honor algunos años; su valor y nacimiento le alcanzaron una compañía, y en la ocasión en que le hemos visto se hallaba en España a causa de haberle llamado su hermano el marqués, que achacoso antes de la vejez, soltero, y sin inclinación al matrimonio, le propuso hacerle su heredero, con solo la condición de renunciar el ejercicio de las armas y venirse a vivir en su compañía.

Don Juan repugnaba dejar los campos de Marte; pero el agradecimiento a su hermano, las muchas ventajas que la proposición de este le ofrecía, y finalmente, algunas desavenencias con el cabo principal del tercio en que servía, le decidieron a dejar su bandera, con permiso del rey, y regresar a Valladolid, ciudad donde el marqués residía.

Este desde luego descargó en su heredero el cuidado de su hacienda y estados que estaban en Castilla la Vieja, lo que proporcionó a don Juan hacer frecuentes viajes por la provincia, los cuales hacía siempre a la ligera con un solo criado, divirtiendo en ellos y en la caza el ocio de su nueva vida, insoportable para un hombre activo como él, vehemente, y habituado al continuo movimiento de la guerra.

Regresaba don Juan a Valladolid, después de haber visitado varios pueblos del señorío del marqués situados en la sierra de Ávila, y se había propuesto llegar aquel día, y detenerse algunos en Medina del Campo, villa ya muy decaída entonces, pero no de tan poca importancia como lo es en el día.

Sigámosle al monasterio de Santa María, que lo era de monjas de San Agustín: dirigiéndose a él, con el piadoso fin de oír misa, iba don Juan repasando en su memoria el gracejo de la pastelera, y tratando, por decirlo así, de casar lo plebeyo de su condición con la nobleza de su porte; el deseo de la ganancia, natural en el tratante de oficio, con la negligencia y descuido de aquella mujer, que nada tenía en su casa preparado para la venta; y finalmente, la solícita adulación de la mayor parte de las gentes dedicadas a aquel tráfico, con el despego casi grosero de la morena de Madrigal.

Poco tiempo hacía que don Juan había vuelto de Flandes, donde las gentes, aunque de suyo poco aficionadas a los españoles, no perdían nunca la ocasión de ganar con ellos el dinero; los tudescos, flemáticos, sí, mas no perezosos, saben adoptar siempre el tono conveniente a la profesión que el interés, o la necesidad, les obliga a ejercer, y don Juan se olvidaba de que estaba en Castilla la Vieja.