Nazarín

Part 9

Chapter 94,170 wordsPublic domain

De repente se dio una palmada en la frente, y diciendo: «Ya la cogí. ¡_Eureka, eureka_!», se fue casi de un salto al cuarto próximo, dejando solo y cada vez más desconcertado al buen peregrino. El cual, como Belmonte dejara abierta la puerta, pudo verle en la estancia inmediata, que era al modo de biblioteca o despacho, revolviendo papeles de los muchos que sobre una gran mesa había. Ya pasaba la vista rápidamente por periódicos grandísimos, al parecer extranjeros, ya hojeaba revistas, y por fin sacó de un estante legajos que examinaba con febril presteza. Duró esto cerca de una hora. Vio Nazarín que entraron criados en el despacho, que el señor les daba órdenes, por cierto con mejor modo que antes, y por último, criados y señor desaparecieron por otra puerta que daba a las interioridades de aquel vasto edificio. Al quedarse solo, el buen padrito examinó con más calma la habitación en que se encontraba; vio en las paredes cuadros antiguos, religiosos, bastante buenos: san Juan reprendiendo a Herodes delante de Herodías; Salomé bailando; Salomé con la cabeza del Bautista; por otro lado, santos de la orden de Predicadores, y en el testero principal un buen retrato de Pío IX. Pues, señor, seguía sin entender la casa, ni al dueño de ella, ni nada de lo que veía. Ya empezaba a temer que le abandonaban en aquel solitario aposento, cuando entró un criado a llamarle y le dijo que le siguiera.

«¿Para qué me querrán? —se decía, atravesando tras el fámulo salas y corredores—. Dios sea conmigo, y si me llevan por aquí para meterme en una mazmorra, o arrojarme en una cisterna, o segarme el pescuezo, que me coja la muerte en la disposición que he deseado toda mi vida».

Pero la mazmorra o cisterna a que le llevaron era un comedor espacioso, alegre y muy limpio, en el cual vio la mesa puesta, con todo el lujo de fina loza y cristalería que se estila en Madrid, y en ella dos cubiertos no más, uno frente a otro. El señor de Belmonte, que allí estaba, vestido de negro, el cabello y barba muy bien atusados, camisa con pechera y cuello lustrosos, señaló a Nazarín uno de los asientos.

—Señor —balbució el penitente turbado y confuso—, ¿con esta facha mísera he de sentarme a mesa tan elegante?

—Que se siente digo, y no me obligue a repetirlo —añadió el caballero con más aspereza en la palabra que en el tono.

Comprendiendo que la gazmoñería no cuadraba a su humildad sincera, don Nazario se sentó. Una negativa insistente habría resultado más bien afectado orgullo que amor de la pobreza.

—Me siento, señor, y acepto el desmedido honor que usted hace, sentándole a su mesa, a un pobre de los caminos que ayer fue mordido cruelmente por los perros de esta casa. Parte de lo que dije hace poco a usted por mandato de mi Señor, queda sin efecto por este acto suyo de caridad. Quien tal hace, no es, no puede ser enemigo de Cristo.

—¡Enemigo de Cristo! ¿Pero que está usted diciendo, hombre? —exclamó el gigante del modo más campechano—. ¡Si Él y yo somos muy amigos!

—Bien... Pues si acepto su noble invitación, señor mío, le suplico me dé licencia para no alterar mi costumbre de comer tan solo lo preciso para alimentarme. No, no me eche vino: no lo pruebo jamás, ni ninguna clase de licores.

—Usted come lo que quiere. No acostumbro molestar a mis invitados, haciéndoles rebasar la medida de su apetito. Se le servirá de todo, y usted come o no come, o ayuna, o se harta, o se queda con hambre, según le cuadre... Y en premio de esta concesión, señor mío, yo a mi vez, le pido me dé licencia...

—¿Para qué? No la necesita usted para mandarme cuanto se le ocurra.

—Licencia para interrogarle...

—¿Sobre qué?

—Sobre los problemas pendientes, del orden social y religioso.

—No sé si mi escasísimo saber me permitirá contestarle con el acierto que usted sin duda espera de mí...

—¡Oh! Si empieza usted por disimular su ciencia, como disimula su condición, hemos concluido.

—Yo no disimulo nada; soy tal como usted me ve; y en cuanto a mi ciencia, si desde luego declaro que es mayor de lo que corresponde a la vida que llevo y a los trapos que visto, no la tengo por tan superior que merezca manifestarse ante persona tan ilustrada.

—Eso lo veremos. Yo sé poco; pero algo aprendí en mis viajes por Oriente y Occidente, algo también en el trato social, que es la biblioteca más nutrida y la mejor cátedra del mundo, y con lo que he podido observar, y un poquito de lectura, prestando atención excepcional a los asuntos religiosos, atesoro unas cuantas ideas que son para mí la propiedad más estimable. Pero ante todo..., ya rabio por preguntárselo..., ¿qué piensa usted del estado actual de la conciencia humana?

VIII

«Ahí es nada la preguntita —dijo Nazarín para su sayo—. Tan compleja es la cuestión que no sé por dónde tomarla».

—Quiero decir, el estado presente de las creencias religiosas en Europa y América.

—Creo, señor mío, que los progresos del catolicismo son tales, que el siglo próximo ha de ver casi reducidas a la insignificancia las iglesias disidentes. Y no tiene poca parte en ello la sabiduría, la bondad angélica, el tacto exquisito del incomparable pontífice que gobierna la Iglesia...

—Su Santidad León XIII —dijo gallardamente el señor de Belmonte—, a cuya salud beberemos esta copa.

—No. Dispénseme. Yo no bebo, ni a la salud del Papa, porque ni el Papa, ni Cristo nuestro Salvador han de querer que yo altere mi régimen de vida... Decía que en la humanidad se notan la fatiga y el desengaño de las especulaciones científicas, y una feliz reversión hacia lo espiritual. No podía ser de otra manera. La ciencia no resuelve ninguna cuestión de trascendencia en los problemas de nuestro origen y destino, y sus peregrinas aplicaciones en el orden material tampoco dan el resultado que se creía. Después de los progresos de la mecánica, la humanidad es más desgraciada; el número de pobres y hambrientos, mayor; los desequilibrios del bienestar, más crueles. Todo clama por la vuelta a los abandonados caminos que conducen a la única fuente de la verdad, la idea religiosa, el ideal católico, cuya permanencia y perdurabilidad están bien probadas.

—Exactamente —afirmó el gigantesco prócer, que, entre paréntesis, comía con voraz apetito, mientras su huésped apenas probaba los variados y ricos manjares—. Veo con júbilo que sus ideas concuerdan con las mías.

—La situación del mundo es tal —prosiguió Nazarín animándose—, que ciego estará quien no vea las señales precursoras de la edad de oro religiosa. Viene de allá un ambiente fresco que nos da de cara, anunciándonos que el desierto toca a su fin, y que la tierra prometida está próxima, con sus risueños valles y fertilísimas laderas.

—Es verdad, es verdad. Pienso lo mismo. Pero no me negará usted que la sociedad se fatiga de andar por el desierto, y como tarda en llegar a lo que anhela, se impacientará y hará mil desatinos. ¿Dónde está el Moisés que la calme, ya con rigores, ya con blanduras?

—¡Ah, el Moisés...! No sé.

—Ese Moisés, ¿lo hemos de buscar en la filosofía?

—No, seguramente: la filosofía es en suma un juego de conceptos y palabras, tras el cual está el vacío, y los filósofos son el aire seco que sofoca y desalienta a la humanidad en su áspero camino.

—¿Encontraremos ese Moisés en la política?

—No, porque la política es agua pasada. Cumplió su misión, y los que se llamaban problemas políticos, tocantes a libertad, derechos, etc., están ya resueltos, sin que por eso la humanidad haya descubierto el nuevo paraíso terrenal. Conquistados tantísimos derechos, los pueblos tienen la misma hambre que antes tenían. Mucho progreso político, y poco pan. Mucho adelanto material, y cada día menos trabajo, y una infinidad de manos desocupadas. De la política no esperemos ya nada bueno, pues dio de sí todo lo que tenía que dar. Bastante nos ha mareado a todos, tirios y troyanos, con sus querellas públicas y domésticas. Métanse en su casa los políticos, que nada han de traer provechoso a la humanidad; basta de discursos vanos, de fórmulas ridículas, y del funestísimo encumbramiento de las nulidades a medianías, y de las medianías a notabilidades, y de las notabilidades a grandes hombres.

—Bien, muy bien. Ha expresado usted la idea con una exactitud que me maravilla. ¿Encontraremos ese Moisés en la tribu de la fuerza? ¿Será un dictador, un militar, un César...?

—No le diré a usted que no, ni que sí. Nuestra inteligencia, al menos la mía, no alcanza a tanto. No puedo afirmar más que una cosa: que nos quedan pocas leguas de desierto, y quien dice leguas dice distancias relativamente grandes.

—Pues para mí, el Moisés que ha de guiarnos hasta el fin no puedo salir sino de la cepa religiosa. ¿No cree usted que aparecerá, cuando menos se piense, uno de esos hombres extraordinarios, uno de esos genios de la fe cristiana, no menos grande que un Francisco de Asís, o quizás más, más grande, que conduzca a la humanidad hasta el límite de sus sufrimientos, antes de que la desesperación la arrastre al cataclismo?

—Me parece lo más lógico pensarlo así —dijo Nazarín—, y, o mucho me engaño, o ese extraordinario salvador será un Papa.

—¿Lo cree usted?

—Sí, señor... Es una corazonada, una idea de filosofía de la historia, y líbreme Dios de querer darle autoridad de cosa dogmática.

—Claro... Pues lo mismo, exactamente lo mismo pienso yo. Ha de ser un Papa. ¿Qué Papa será ese? ¡Vaya usted a saberlo!

—Nuestra inteligencia peca de orgullosa queriendo penetrar tan allá. El presente ofrece ya bastante materia para nuestras cavilaciones. El mundo está mal.

—No puede estar peor.

—La sociedad humana padece. Busca su remedio.

—Que no puede ser otro que la fe.

—Y a los que hoy poseen la fe, ese don del cielo, toca el conducir a los que están privados de ella. En este camino, como en todos, los ciegos deben ser llevados de la mano por los que tienen vista. Se necesitan ejemplos, no fraseología gastada. No basta predicar la doctrina del Cristo, sino darle existencia en la práctica, e imitar su vida en lo que es posible a lo humano imitar lo divino. Para que la fe acabe de propagarse, en el estado actual de la sociedad, conviene que sus mantenedores renuncien a los artificios que vienen de la historia, como los torrentes bajan de la montaña, y que patrocinen y practiquen la verdad elemental. ¿No cree usted lo mismo? Para patentizar los beneficios de la humildad, es indispensable ser humilde; para ensalzar la pobreza, como el estado mejor, hay que ser pobre, serlo y parecerlo. Esta es mi doctrina..., no, digo mal, es mi interpretación particular de la doctrina eterna. El remedio del malestar social y de la lucha cada vez más enconada entre pobres y ricos, ¿cuál es? La pobreza, la renuncia de todo bien material. El remedio de las injusticias que envilecen el mundo, en medio de todos esos decantados progresos políticos, ¿cuál es? Pues el no luchar con la injusticia, el entregarse a la maldad humana, como Cristo se entregó indefenso a sus enemigos. De la resignación absoluta ante el mal, no puede menos de salir el bien, como de la mansedumbre sale al cabo la fuerza, como del amor de la pobreza tienen que salir el consuelo de todos y la igualdad ante los bienes de la naturaleza. Estas son mis ideas, mi manera de ver el mundo, y mi confianza absoluta en los efectos del principio cristiano así en el orden espiritual como en el material. No me contento con salvarme yo solo; quiero que todos se salven, y que desaparezcan del mundo el odio, la tiranía, el hambre, la injusticia; que no haya amos ni siervos, que se acaben las disputas, las guerras, la política. Tal pienso, y si esto le parece disparatado a persona de tantas luces, yo sigo en mis trece, en mi error, si lo es, en mi verdad, si, como creo, la llevo en mi mente, y en mi conciencia la luz de Dios.

Oyó don Pedro todo el final de este sustancioso discurso con gran recogimiento, medio cerrados los párpados, la mano acariciando una copa de vino generoso, de la cual no había bebido más que la mitad. Luego murmuraba en voz queda: «Verdad, verdad, todo verdad... Poseerla, ¡qué dicha...! Practicarla, ¡dicha mayor...!».

Nazarín rezó las oraciones de fin de comida, y don Pedro siguió rezongando con los ojos cerrados: «La pobreza... ¡qué hermosura!..., pero yo no puedo, no puedo... ¡Qué delicia!... Hambre, desnudez, limosna..., hermosísimo..., no puedo, no puedo».

Cuando se levantaron de la mesa, el gigante usaba tono y modales enteramente distintos de los de por la mañana. Callaba la fiereza, y hablaba la jovialidad de buena crianza. Era otro hombre; la sonrisa no se quitaba de sus labios, y el brillo de sus ojos parecía rejuvenecerle.

—Vamos, padre, que usted querrá descansar. Tendrá la costumbre de dormir la siesta...

—No, señor, yo no duermo más que de noche. Todo el día estoy en pie.

—Pues yo no. Madrugo mucho, y a esta hora necesito descabezar un sueño. Usted también descansará un rato. Venga, venga conmigo.

Que quieras que no, Nazarín fue llevado a una habitación no distante del comedor, amueblada con lujo.

—Sí, señor..., sí —le dijo Belmonte en tono muy cordial—. Descanse usted, descanse, que bien lo necesita. Esa vida de pobreza errante, esa vida de anulación voluntaria, de ascetismo, de trabajos y escaseces bien merece algún reparo. No hay que abusar de las fuerzas corporales, amigo mío. ¡Oh, yo le admiro a usted, le acato y le reverencio, por lo mismo que carezco de energía para poder imitarle! ¡Abandonar una gran posición, ocultar un nombre ilustre, renunciar a las comodidades, a las riquezas, a...!

—Yo no he tenido que renunciar a eso, porque nunca lo poseí.

—¿Qué? Vamos, señor, basta de ficciones conmigo, y no digo farsas por no ofenderle.

—¿Qué dice?

—Que usted, con su cristiano disfraz, verdadera túnica de discípulo de Jesús, podrá engañar a otros, no a mí que le conozco, que tengo el honor de saber con quién hablo.

—¿Y quién soy yo, señor de Belmonte? Dígamelo, si lo sabe.

—¡Pero si es inútil el disimulo, señor mío! Usted...

Tomó aliento el señor de la Coreja, y en tono de familiar cortesanía, poniendo la mano en el hombro de su huésped, le dijo:

—Perdóneme si le descubro. Hablo con el reverendísimo obispo armenio que hace dos años recorre la Europa en santa peregrinación...

—¡Yo..., obispo armenio!

—Mejor dicho..., ¡si lo sé todo!..., mejor dicho, patriarca de la Iglesia armenia que se sometió a la Iglesia latina, reconociendo la autoridad de nuestro gran pontífice León XIII.

—¡Señor, señor, por la Virgen Santísima!

—Su Reverencia anda por las naciones europeas en peregrinación, descalzo y en humildísimo traje, viviendo de la caridad pública, en cumplimiento del voto que hizo al Señor, si le concedía el ingreso de su grey en el gran rebaño de Cristo... ¡Sí, no vale negarlo, ni obstinarse en el disimulo, que respeto! Su Reverencia Ilustrísima recibió autorización para cumplir en esta forma su voto, renunciando temporalmente a todas sus dignidades y preeminencias. ¡Si no soy yo el primero que le descubre! ¡Si ya le descubrieron en Hungría, donde se susurró que había hecho milagros! Y le descubrieron también en Valencia de Francia, capital del Delfinado... ¡Pero si tengo aquí los periódicos que hablan del insigne patriarca, y describen esa fisonomía, ese traje con pasmosa exactitud!... Como que, en cuanto le vi acercarse a mi casa, caí en sospecha. Luego busqué el relato en los periódicos. ¡El mismo, el mismo! ¡Qué honor tan grande para mí!

—Señor, señor mío, yo le suplico que me escuche...

Pero el ofuscado gigante no le dejaba meter baza, sofocando la voz, y ahogando la palabra de Nazarín en el diluvio de la suya.

—¡Si nos conocemos, si he vivido mucho tiempo en Oriente; y es inútil que Su Reverencia lleve tan adelante conmigo su piadosa comedia! Le apearé el tratamiento, si en ello se empeña... Usted es árabe de nacimiento.

—¡Por la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo!...

—Árabe legítimo. Al dedillo me sé su historia. Nació usted en un país hermosísimo, donde dicen que estuvo el Paraíso terrenal, entre el Tigris y el Éufrates, en el territorio de Aldjezira, que también llaman la Mesopotamia.

—¡Jesús me valga!

—¡Si lo sé, si lo sé todo! Y el nombre arábigo de usted es Esrrou-Esdras.

—¡Ave María Purísima!

—Y los franciscanos de Monte Carmelo le bautizaron y le dieron educación, y le enseñaron el hermoso lenguaje español que habla. Después pasó usted a la Armenia, donde está el monte Ararat, que yo he visitado..., allá donde tomó tierra el arca de Noé...

—¡Sin pecado concebida!

—Y allí se afilió usted al rito armenio, distinguiéndose por su ciencia y virtud hasta llegar al Patriarcado, en el cual intentó y realizó la gloriosa empresa de restituir su iglesia huérfana al seno de la gran familia católica. Conque no le canso más, reverendísimo señor. A descansar en ese lecho, que todo no ha de ser dureza, abstinencias y mortificaciones. De vez en cuando, conviene sacrificarse a la comodidad; y sobre todo, señor eminentísimo, está usted en mi casa, y en nombre de la santa ley de hospitalidad, yo le mando a usted que se acueste y duerma.

Y sin permitirle explicaciones, ni esperar respuesta, salió de la estancia riendo, y allí se quedó solo el buen Nazarín, con la cabeza como el que ha estado mucho tiempo oyendo cañonazos, dudando si dormía o velaba, si era verdad o sueño lo que había visto y oído.

IX

—¡Jesús, Jesús! —exclamaba el bendito clérigo—. ¿Qué hombre es este? Taravilla igual no he visto nunca. ¡Pero si no me dejaba responderle ni explicarle...! ¿Y creerá eso que dice?... Que yo soy patriarca armenio, y que me llamo Esdras y... ¡Jesús, Madre amantísima, permitidme salir pronto de esta casa, pues la cabeza de este hombre es como una gran jaula llena de jilgueros, mirlos, calandrias, cotorras y papagayos, cantando todos a la vez!..., y temo que me contagie. ¡Alabada sea la Santísima Misericordia!... ¡Y qué cosas cría el Señor, qué variedad de tipos y seres! Cuando uno cree haberlo visto todo, aún le quedan más maravillas o rarezas que ver... ¡Y pretende que yo me acueste en esa cama tan maja, con colcha de damasco...! ¡En el nombre del Padre...! ¡Y yo que creí hallar aquí vejaciones, desprecios, el martirio quizás..., y me encuentro con un gigante socarrón, que me sienta a su mesa, y me llama obispo, y me mete en esta linda alcoba para dormir la siesta! ¿Pero este hombre es malo o es bueno...?

La cavilación en que cayó el pobre cura semítico no llevaba trazas de concluir; tan embrollado y difícil era el punto que su magín se propuso dilucidar. Antes de que definir pudiera el ser moral de don Pedro de Belmonte, volvió este de echar la siesta. En cuanto le vio, Nazarín llegose resueltamente a él, y sin dejarle pegar la hebra, le cogió por la solapa, y lo dijo con extraordinaria viveza:

—Venga usted acá, señor mío, que como no me daba respiro, no pude decirle que yo no soy árabe, ni obispo, ni patriarca, ni me llamo Esdras, ni soy de la Mesopotamia, sino de Miguelturra, y mi nombre es Nazario Zaharín. Sepa que nada de lo que ve en mí es comedia, como no llame así al voto de pobreza que hacer he querido, sin renunciar...

—Monseñor, monseñor..., comprendo que tan tenazmente disimule...

—Sin renunciar, digo, a honores ni emolumentos porque no los tenía, ni los quiero, ni...

—¡Si yo no he de vender su secreto, rayos! Me parece bien que sostenga su papel, y que...

—Y que nada... Pues cuanto ha dicho usted es un disparate, y un sueño, y un delirio. Me he lanzado a esta vida de penitencia por un anhelo ardiente de mi corazón, que a ella me llama desde niño. Soy sacerdote, y aunque a nadie he pedido permiso para abandonar los hábitos, y salir al ejercicio de la mendicidad, me creo dentro de la más pura ortodoxia, y acato y venero todo lo que manda la Iglesia. Si he preferido la libertad a la clausura, es porque en la penitencia libre veo más trabajos, más humillación, y más patente la renuncia a todos los bienes del mundo. Desprecio la opinión, desafío las hambres y desnudeces; apetezco los ultrajes y el martirio. Y con esto, me despido del señor de la Coreja, diciéndole que estoy agradecidísimo a sus muchas bondades, y que le tendré siempre presente en mis oraciones.

—El agradecido soy yo, no solo por el honor que me ha proporcionado Su Reverencia...

—¡Y dale!

—El honor altísimo de tenerle en mi casa, sino por su ofrecimiento de orar por mí, y de encomendarme a Dios; que bien lo necesito, créame.

—Lo creo... Pero haga el favor de no llamarme Reverencia...

—Bueno: le daré tratamiento llano, en obsequio a su humildad —replicó el caballero, que antes se dejara desollar vivo que desdecirse de cosa por él sostenida y afirmada—. Hace bien usted en guardar el incógnito, para evitar indiscreciones...

—¡Pero, señor...! En fin, deme licencia para retirarme. Yo pido a Dios que le corrija de su terquedad, la cual es una forma de la soberbia, y así como el fruto amargo de esta es la cólera, el fruto de aquella es la mentira. Ya ve cuántos males acarrea el orgullo. Mis últimas palabras, al salir de esta noble casa, son para rogarle que se enmiende de ese y otros pecados, que piense en la inmortalidad, a cuya puerta no debe usted llamar con el alma cargada de tantos goces, y de tanta satisfacción de apetitos materiales. Porque la vida que usted se da, señor mío, podrá ser buena para llegar a una vejez robusta; pero no a la salud eterna.

—Lo sé, lo sé —decía el buen don Pedro con melancólica sonrisa, acompañando a Nazarín por el primer patio—. ¿Pero qué quiere usted, eximio señor?, no todos tenemos esa poderosa energía de usted... ¡Ah!, cuando se llega a cierta edad, ya están los huesos duros para meterse uno en abstinencias, y en correcciones del carácter. Créame a mí: cuando al pobre cuerpo le queda poco más que vivir, es crueldad negarle aquello a que está acostumbradito. Soy débil, lo reconozco, y a veces pienso que debo ponerle las peras a cuarto al cuerpo. Pero luego me da lástima y digo: «¡pobrecito cuerpo, para los días que te quedan ya...!». Algo de caridad hay también en esto, ¿eh? Vamos, que al pícaro le gusta la buena mesa, los buenos vinos, ¿y qué he de hacer más que dárselos...? ¿Le agrada reñir?, pues que riña... Todo ello es inocente. La vejez necesita juguetes como la infancia. ¡Ah!, cuando tenía algunos años menos, se pirraba por otras cosas..., las buenas chicas, por ejemplo... De eso sí que le he privado en absoluto... No, no, no faltaba más. Prohibición radical. Que se fastidie... No le dejo más que las fruslerías del pecado, el comer, la bebida, el tabaco y el pelearse con la servidumbre... En fin, señor, no quiero entretenerlo. Pídale a Dios por mi. Es una suerte, para los que no somos buenos, que existan seres perfectos como usted, prontos a interceder por todos, y a conseguir, con sus estupendas virtudes, la salvación propia y la ajena.

—Eso no, eso no vale.

—Vale en tanto que uno también hace por sí lo que puede. Yo sé lo que digo... Que sus penitencias, padre beatísimo, le lleven a la perfección que desea, y que Dios le dé fuerzas para proseguir en obra tan santa y meritoria... Adiós, adiós...

—Adiós, señor mío: no pase usted de aquí —le dijo Nazarín en el último patio—. Y ahora que me acuerdo, he dejado mi morral allá, junto a la noria.

—Ya, ya se lo traen —replicó Belmonte—. He mandado que le pongan en él algunas vituallas, que nunca están de más, créame, y aunque a usted no le guste comer más que hierbas y pan duro, no es malo que lleve algo de sustancia para un caso de enfermedad...

Quiso besarle la mano, pero don Nazario, con grandes esfuerzos, se lo impidió, y en el campo frontero a la casa se despidieron con mutuas demostraciones afectuosas. Como viese don Pedro que los mastines andaban sueltos por el campo, dio orden de que los ataran, indicando a Nazarín que se detuviese un momento.

—Ya supe —le dijo—, y me disgustó mucho, que ayer, por descuido de esta canalla, los perros le mordieron a usted y a dos santas mujeres que le acompañan.

—Esas mujeres no son santas, sino todo lo contrario.