Part 10
—Disimule, disimule... ¡Como si no hablara también de ellas la prensa europea! La una es dama principal, canonesa de la Turingia, la otra una sudanita descalza...
—¡Ay, cuánto desatino...!
—¡Si lo dice el periódico! En fin, respeto su santo incógnito... Adiós. Ya están sujetos los animales.
—Adiós... Y que el Señor le ilumine —dijo Nazarín, que ya no quería discutir más, y todo su afán era largarse a prisa.
El morral, atestado de paquetes de comestibles, pesaba bastante, por lo cual y por la rapidez de la marcha llegó muy sofocado a la olmeda donde Ándara y Beatriz habían quedado esperándole. Impacientes y sobresaltadas por su tardanza, en cuanto le divisaron las dos mujeres salieron gozosas a su encuentro, pues creyeron no volver a verle, o que saldría de la Coreja con la cabeza rota. Grande fue su asombro y alegría al verlo sano y alegre. Por las primeras palabras que el beato les dijo, comprendieron que tenía mucho que contar, y el volumen y peso del saco les despertó la curiosidad en demasía. En la olmeda, encontró Nazarín a una vieja desconocida, la _señá_ Polonia, paisana de Beatriz, y vecina de Sevilla la Nueva. Había pasado por allí de vuelta de unas tierras de su propiedad, a donde fue a sembrar nabos, y viendo a su amiga se detuvo para chismorrear con ella.
—¡Ay, qué señor, qué hombre tan raro es ese don Pedro! —dijo el padrito echándose en el suelo, después que Ándara le quitó el morral para examinar lo que contenía—. No he visto otro caso. Cosas tiene de persona muy mala, esclava de los vicios; cosas de persona bonísima, cortés y caballeresca. Ilustración no le falta, finura le sobra, mal genio también, y no hay quien le gane en terquedad para sostener sus errores.
—Ese vejestorio grandón y bonito —dijo Polonia, que hacía punto de media— está más loco que una cabra. Cuentan que se pasó mucho tiempo en tierras de moros y judíos, y que al volver acá, se metió en tales estudios de cosas de religión y de _tiología_ que se le trabucaron los sesos.
—Ya lo decía yo. El señor don Pedro no rige bien. ¡Qué lástima! ¡Quiera Dios darle el juicio que le falta!
—Está reñido con toda la familia de los Belmontes, sobrinos y primos, que no le pueden aguantar, y por eso no sale de aquí. Es hombre muy pagano y muy gentil para todos los vicios de buena mesa, y no ve una falda que no le entre por el ojo derecho. Pero como mal corazón, no tiene. Cuentan que cuando le hablan de las cosas de religión católica o pagana, o de las idolatrías, si a mano viene, es cuando pierde el sentido, por ser esta _leyenda_ y el revolver papeles de Escritura Sagrada lo que le trastornó.
—¡Desventurado señor! ¿Querréis creer, hijas mías, que me sentó a su mesa, una mesa magnífica, con vajilla de cardenal? ¡Y qué platos, qué manjares riquísimos!... Y después se empeñó en que había de dormir la siesta en una cama con colcha de damasco... ¡Vaya, que a mí...!
—¡Y nosotras tan creídas de que le rompería algún hueso!
—Pues digo... Salió con la tecla de que yo soy obispo, más, más, patriarca, y de que nací en Algeciras..., o sea la Mesopotamia, y que me llamo Esdras... También se dejó decir que vosotras sois canonesas... Y nada me valía negarlo, y manifestarle la verdad. Como si no.
—Pues ya se conoce que se da buena vida el hijo de tal —dijo Ándara gozosa, sacando paquetes de fiambres—. Lengua escarlata..., y otra lengua..., y jamón... ¡Jesús, cuánta cosa rica! ¿Y qué es esto? Un pastelón como la rueda de un carro. ¡Qué bien huele!... También empanadas: una, dos, tres; chorizo, embutidos.
—Guarda, guarda todo eso —le dijo Nazarín.
—Ya lo guardo, que a la hora de comer, lo cataremos.
—No, hija, eso no se cata.
—¿Que no?
—No; es para los pobres.
—¿Pero quién más pobres que nosotros, señor?
—Nosotros no somos pobres, somos ricos, porque tenemos el caudal inmenso y las inagotables provisiones de la conformidad cristiana.
—Ha dicho muy bien —indicó Beatriz ayudando a reponer los paquetes en el morral.
—Y si ahora tenemos esto, si nada nos hace falta hoy, porque nuestras necesidades están satisfechas —indicó don Nazario—, debemos darlo a otros más necesitados.
—Pues en Sevilla la Nueva no falta pobretería —manifestó la _señá_ Polonia—, y allí tienen ustedes donde repartir buenos caudales. Pueblo más mísero y pobre no le hay por acá.
—¿De veras? Pues a él llevaremos estas sobras de la mesa del rico avariento, ya que han venido a nuestras manos. Guíenos usted, _señá_ Polonia, y desígnenos las casas de los más menesterosos.
—¿Pero de veras entran en Sevilla? Estas me dijeron que no querían acercarse allá.
—¿Por qué?
—Porque hay viruela.
—¡Que me place!... Digo, no me place. Es que celebro encontrar el mal humano, para luchar con él y vencerlo.
—No es epidemia. Cuatro casos saltaron estos días. Donde hay una mortandad horrorosa es en Villamantilla, dos leguas más allá.
—¿Epidemia horrorosa... y de viruela?
—Tremenda, sí señor. Como que no hay quien asista a los enfermos, y los sanos huyen despavoridos.
—Ándara, Beatriz... —dijo Nazarín levantándose—. En marcha. No nos detengamos ni un momento.
—¿A Villamantilla?
—El Señor nos llama. Hacemos falta allí. ¿Qué? ¿Tenéis miedo? La que tenga miedo, o repugnancia, que se quede.
—Vamos allá. ¿Quién dijo miedo?
Sin pérdida de tiempo emprendieron la marcha, y por el camino iba refiriéndoles Nazarín, con graciosos pormenores, el singularísimo episodio de su visita a don Pedro de Belmonte, señor de la Coreja.
CUARTA PARTE
I
Guiados por la _señá_ Polonia, dejaron en varias casas muy pobres de Sevilla la Nueva parte de los víveres de la Coreja, y sin detenerse más que lo preciso para este piadoso objeto, continuaron andando, pues a Nazarín no se le cocía el pan hasta no meterse en el foco de la peste.
—No comprendo vuestra repugnancia, hijas mías —les dijo—, pues ya debisteis calcular que no veníamos acá a darnos vida de regalo y ociosidad, sin peligro. Es todo lo contrario: vamos tras el dolor para aplicarle consuelo, y cuando se anda entre dolores, algo se ha de pegar. No corremos en busca de placeres y regocijos, sino en busca de miserias y lástimas. El Señor nos ha deparado una epidemia, en cuyo seno pestífero hemos de zambullirnos, como nadadores intrépidos que se lanzan a las olas para salvar a infelices náufragos. Si perecemos, Dios nos dará nuestro merecido. Si no, algún desdichado sacaremos a la orilla. Hasta la hora presente, Dios ha querido que en nuestra peregrinación no nos salgan más que bienandanzas. No hemos tenido hambre, hemos comido y dormido como príncipes, y nadie nos ha castigado, ni nos ha puesto mala cara. Todo por la buena, todo como si nos acompañara una escolta de ángeles encargados de depararnos cuantos bienes hay en la tierra. Ya comprenderéis que esto no puede continuar así. O el mundo deja de ser lo que es, o hemos de encontrar pronto males gravísimos, contratiempos, calamidades, abstinencias, y crueldades de hombres, secuaces de Satanás.
Esta exhortación bastó para convencer a las dos mujeres, sobre todo a Beatriz, que más fácilmente que la otra se dejaba inflamar del entusiasmo del novel asceta. Como habían tomado una andadura harto presurosa, al caer de la tarde el cansancio les obligó a sentarse en lo alto de un cerro, desde donde se veían dos aldeas, una por levante, otra por poniente, y entre una y otra, campiñas bien labradas, y manchas de verde arboleda. La vista era hermosa, y más aún a tal hora, por el encanto melancólico que presta el crepúsculo vespertino a toda la tierra. De los humildes techos salían los humos de los hogares donde se preparaba la cena; oíase son de esquilas de ganados que a los apriscos se recogían, y las campanas de ambos pueblos tocaban a oraciones. Los humos, las esquilas, la amenidad del valle, las campanadas, la puesta del sol, todo era voces de un lenguaje misterioso que hablaba al alma, sin que esta pudiera saber fijamente lo que le decía. Los tres peregrinos permanecieron un rato mudos ante aquella belleza difundida en términos tan vastos, y Beatriz, que fatigada yacía a los pies de Nazarín, se incorporó para decirle:
—Señor, explíqueme: ¿ese son de las campanas, a esta hora en que no se sabe si es día, o noche, ese son..., explíquemelo..., es alegre o es triste?
—Si he de decirte la verdad, no lo sé. Me pasa lo que a ti: ignoro si es alegre o triste. Y creo que los dos sentimientos, alegría y tristeza, produce en nuestra alma, juntándolos de tal modo que no hay manera de separarlos.
—Yo creo que es triste —afirmó Beatriz.
—Y yo que es alegre... —dijo Ándara—, porque se alegra uno cuando descansa, y a esta hora el día se tumba en la cama de la noche.
—Yo sostengo que triste y alegre —repitió Nazarín—, porque esos sones y esa placidez no hacen más que reflejar el estado de nuestra alma, triste porque ve acabarse un día, y un día menos, es un paso más hacia la muerte; alegre, porque vuelve al hogar con la conciencia satisfecha de haber cumplido los deberes del día, y en el hogar, el alma encuentra otras almas que le son caras; triste, porque la noche lleva en sí una dulce tristeza, la desilusión del día pasado; alegre, porque toda noche es esperanza y seguridad de otro día, del mañana, que ya está tras el oriente acechando para venir.
Las dos mujeres suspiraron y se callaron.
—En esto —prosiguió el árabe manchego— debéis ver una imagen de lo que será el crepúsculo de la muerte. Tras él viene el mañana eterno. La muerte es también alegre y triste: alegre, porque nos libra de las cadenas de la esclavitud vital; triste, porque amamos nuestra carne, como a un compañero fiel, y nos duele separarnos de ella.
Siguieron andando, y más adelante volvieron a descansar, ya cerrada la noche, el cielo sereno, inmensamente limpio y cuajado de innúmeras estrellas.
—Pienso —dijo Beatriz, después de una larga pausa de arrobamiento— que hasta ahora no he visto el cielo, o que ahora lo veo por primera vez, según lo que me gusta mirarlo, y lo que me asombra ver tantísima luz.
—Sí —replicó Nazarín—, es tan bello que siempre parece nuevo, y como acabadito de salir de las manos del Creador.
—¡Qué grande es todo eso! —observó Ándara—. Yo tampoco lo había mirado nunca como ahora... Y diga, padre, ¿todo eso lo hemos de ver de cerca cuando nos muramos y subamos a la Gloria?
—¿Ya estás tú segura de ir a la Gloria? Mucho decir es eso. Allá no hay cerca ni lejos...
—Todo es infinito —dijo Beatriz con suficiencia—. Infinito quiere decir lo que no se acaba por ninguna parte.
—Esto de que una sea infinita —añadió Ándara— es lo que yo no puedo entender.
—Sed buenas, y lo entenderéis. Dos cosas hay en este bajo mundo por donde nos pueda ser comprensible lo infinito: el amor y la muerte. Amad a Dios y al prójimo, acariciad en vuestras almas el sentimiento del tránsito a la otra vida, y lo infinito no os parecerá tan oscuro. Pero estas son enseñanzas muy hondas para vuestros pobres entendimientos, y antes habéis de aprender cosas más comprensibles. Admirad la obra de Dios, y decidme si ante el que ha hecho esa maravilla no es bien que nos humillemos para ofrecerle todos nuestros actos, todas nuestras ideas. Después de mirar un rato para arriba, ved cuán indigna es esta pobre tierra de que deseemos morar en ella. Considerad que antes de que nacierais, todo lo que veis arriba existió por miles de siglos, y que por miles de siglos existirá después que os muráis. Vivimos solo un instante. ¿No es lógico despreciar ese instante, y querer subir a los siglos que no se acaban?
Volvieron a suspirar ellas, y a pensar en todo aquello que el clérigo les refería. La conversación hízose luego más positiva, porque Ándara, reconociendo que el contenido del morral debía ser para otros pobres, no se avenía con dejar de probarlo.
—Para ser buenos, para llegar a lo que vulgarmente llamamos perfección, siendo en realidad un estado relativo —afirmó Nazarín—, debe empezarse por lo más fácil. Antes de atacar los vicios gordos, combatamos los menudos. Dígolo, porque esto de ser tú tan golosa paréceme inclinación no muy difícil de vencer, a poca voluntad que pongas en ello.
—Sí que soy golosa: yo conozco mis flacos. Y la verdad, quisiera saber a qué sabe este comestible, que trasciende a gloria.
—Pues pruébalo, y tú nos contarás a qué sabe, pues esta y yo nos pasaremos muy bien sin catarlo.
La de Móstoles se conformaba con todo lo que fuera abstinencia y edificación, porque su espíritu se iba encendiendo en el místico fuego, con las chispas que el otro lanzaba del rescoldo de su santidad. Habría ella querido llegar al caso absurdo de no comer absolutamente nada; pero como esto era imposible, se resignaba a transigir con la vil materia.
Pidieron hospitalidad en una venta, y cuando allí les oyeron decir que iban a Villamantilla, tuviéronles por locos, pues en el pueblo había muy poca gente a más de los enfermos; el socorro pedido a Madrid no había llegado, y todo era allí desolación, hambre y muerte. En un corral armaron su alcoba, entre gallinas y carneros que se despertaban oyéndoles rezar, y con unas migas que recibieron de limosna cenaron a lo pastoril. Ándara probó de lo de Belmonte sin excederse, y toda la noche, aun después de dormida, estuvo relamiéndose. En cambio, Beatriz no pegó los ojos: sentíase amagada de su mal constitutivo; pero en una forma nueva y para ella desconocida. Consistía la novedad en que sus angustias y el azoramiento precursor del arrechucho eran buenas, quiere decir, que eran angustias en cierto modo placenteras, y un azoramiento gozoso. Ello es que sentía... como una satisfacción de sentirse mal, y el presentimiento de que iba a ocurrirle algo muy lisonjero. La opresión torácica la molestaba un poco; pero compensaban esta molestia los efluvios que corrían por toda su epidermis, vibraciones erráticas que iban a parar al cerebro, donde se convertían en imágenes hermosas, antes soñadas que percibidas. «Es lo de siempre —se decía—; pero no patadas de demonios, sino revuelos de ángeles. ¡Bendito mal si es como un bien, y viene siempre así!». De madrugada tuvo frío, y bien envuelta en su manta se tendió de largo, para descansar más que dormir, y con la conciencia de hallarse despierta, ¡_vio cosas_! Pero si antes veía cosas malas, ahora las veía buenas, aunque no pudo explicarse lo que era, ni asegurarse de ver lo que veía. ¡Inaudita rareza! Y tenía que reprimirse para vencer el ciego impulso de abalanzarse hacia aquello que viendo estaba. ¿Era Dios, eran los ángeles, el alma de algún santo, o un purísimo espíritu que quería tomar forma sin poder conseguirlo?
Guardose bien de contar a don Nazario, cuando este despertó, lo que le pasaba, porque el día anterior, en una de sus pláticas, le oyó decir que desconfiaba de las visiones, y que había que mirarse mucho antes que dar por efectivas cosas (él había dicho _fenómenos_) solo existentes en la imaginación y en los nervios de personas de dudosa salud. Y restablecida, después de lavarse cara y manos, de aquel plácido soponcio, se desayunaron los tres con pan y unas pocas nueces, y en marcha tan contentos para el lugar infestado. No eran aún las nueve cuando llegaron, y una soledad lúgubre, una huraña tristeza les salieron al encuentro al poner el pie en la única calle del pueblo, tortuosa y llena de zanjas, charcos inmundos y guijarros cortantes. Las dos o tres personas que hallaron en el trayecto hasta la plaza, les miraban recelosas, y frente a la iglesia, en el portal de un caserón cuarteado que parecía el Ayuntamiento, vieron a un tío muy flaco, que se adelantó a ellos, con esta a arenga de bienvenida:
—Eh, buena gente, si vienen al merodeo, o a limosnear, vuélvanse por el mismo camino, que aquí no hay más que miseria, muerte y desamparo hasta de la misericordia divina. Soy el alcalde, y lo que digo digo. Aquí estamos solos yo y el cura, y un médico que nos han mandado, porque el nuestro se murió, y unos veinte vecinos en junto, sin contar los enfermos y cadáveres de hoy, que todavía no se han podido enterrar. Ya lo saben, y tomen el olivo pronto, que aquí no hay lugar para la vagancia.
Contestó Nazarín que ellos no iban a pedir socorro, sino a llevarlo, y que les designara el señor alcalde los enfermos más desamparados, para asistirlos con todo el esmero y la paciencia que ordena Cristo Nuestro Señor.
—Más urgente que nada —dijo el alcalde— es enterrar siete muertos de ambos sexos que tenemos.
—Ya son nueve —dijo el cura, que de una casa próxima salía—. La tía Casiana ya expiró, y una de las chicas del esquilador está acabando. Yo me voy de prisa y corriendo a tomar un bocado, y vuelvo.
No se hizo de rogar el alcalde para satisfacer los cristianos deseos de Nazarín y comparsa, y pronto entraron los tres en funciones. Pero las dos mujeres, ¡ay!, en presencia de aquellos cuadros de horror, podredumbre y miseria, más espantables de lo que en su pueril entusiasmo ascético imaginaban, flaquearon como niños llevados a un feroz combate y que ven correr la sangre por primera vez. La caridad, cosa nueva en ellas, no les daba energías para tanto, y hubieron de pedirlas al amor propio. Las primera horas fueron de indecisión, de pánico, y rebeldía absoluta del estómago y los nervios. Nazarín tuvo que exhortarlas con elocuente ira de guerrero desesperado que ve perdida la batalla. Al fin, ¡vive Dios!, fueron entrando, entrando en fuego, y a la tarde, ya eran otras, ya pudo la fe triunfar del asco, y la caridad del terror.
II
Mientras que Nazarín parecía connaturalizado con la fétida atmósfera de las lóbregas estancias, con la espantable catadura de los enfermos, y con la suciedad y miseria que les rodeaba, Ándara y Beatriz no podían hacerse, no, no podían, infelices mujeres, a una ocupación que instantáneamente las elevaba de la vulgaridad al heroísmo. Habían visto, del ideal religioso, tan solo lo bonito y halagüeño; veían ya la parte impregnada de verdad dolorosa. Beatriz lo expresaba en su tosco lenguaje:
—Eso de irse al cielo, muy pronto se dice; ¿pero por dónde y por qué caminos se va?
Ándara llegó a adquirir una actividad estúpida. Se movía como una máquina, y desempeñaba todos aquellos horribles menesteres casi de un modo inconsciente. Sus manos y pies se movían _de por sí_. Si la hubieran en otro tiempo condenado a tal vida, poniéndola en el dilema de adoptarla o morir, habría preferido mil veces que le retorcieran el pescuezo. Procedía bajo la sugestión del beato Nazarín, como un muñeco dotado de fácil movimiento. Sus sentidos estaban atrofiados. Creía imposible volver a comer.
Beatriz obraba conscientemente, ahogando su natural repugnancia por medio de un trabajo mental de argumentación, sacado de las ideas y frases del maestro. Era por naturaleza más delicada que la otra, de epidermis más fina, de más selecta complexión física y moral, y de gustos relativamente refinados. Pero en cambio de esta desventaja, poseía energías espirituales con que vencer su flaqueza e imponerse aquel durísimo deber. Evocando su fe naciente, la avivaba como se aviva y agranda un débil fuego a fuerza de soplar sobre él; sabía remontarse a una esfera psicológica vedada para la otra, y en sí misma, en su aprobación interior y en el gozo del bien obrar, encontraba consuelos que la otra pedía a su amor propio sin recibirlos en proporción de tan gran sacrificio. Por esta diferencia, al llegar la noche, la de Polvoranca se rindió displicente, aunque sin dar su brazo a torcer; la de Móstoles se rindió gozosa, como soldado herido que no se cura más que del honor.
El árabe manchego sí que no se rendía. Infatigable hasta lo sublime, después de haber estado todo el día revolviendo enfermos, limpiándoles, dándoles medicinas, viendo morir a unos en sus brazos, oyendo los conceptos delirantes de otros, al llegar la noche no apetecía más descanso que enterrar los doce muertos que esperaban sepultura. Así lo propuso al alcalde, diciéndole que con dos hombres que le ayudaran bastaría, y que si no había más que uno, ya se arreglaría con él y con las dos mujeres. Autorizole el representante del pueblo para que se despachase a su gusto, admirado de tanta diligencia y religiosidad, y _puso a su disposición_ el cementerio, como se ofrece a un invitado la sala de billar para que juegue, o el salón de música para que toque.
Ayudado de un viejo taciturno y al parecer idiota, que, según se supo después, era pastor de guarros; ayudado también de Beatriz, que quiso apurar el sacrificio y adiestrarse en tan horrenda como eficaz escuela, Nazarín empezó a sacar muertos de las casas, y los llevaba a cuestas, por no tener angarillas, y los iba dejando sobre la tierra, hasta que estuvieron todos reunidos. La penitente y el pastor cavaban, y el alcalde iba y venía, echando una mano a cualquier dificultad, y encargando que no se hiciera de mogollón, como en las obras municipales, sino todo a conciencia, los cuerpos al fondo y la tierra bien puestecita encima. Ándara se había ido a dormir tres horas, pasadas las cuales, se levantaría para que su compañera se acostase otro tanto tiempo. Esto disponía el jefe, para no agotar las fuerzas de su aguerrida mesnada.
Y concluidos los entierros, el heroico Nazarín, sin tomar más alimento que un poco de pan y agua de lo que le brindó el alcalde, volvió a las pestilentes casas de los enfermos, a cuidarles, a decirles palabras de consuelo si podían oírlas, y a limpiarles y darles de beber. Asistió Ándara desde media noche a tres niñas hermanas, que habían perdido a su madre de la misma enfermedad; don Nazario a una mujerona que deliraba horriblemente, y a un mozalbete del cual decían que era muy guapo, mas ya no se le conocía la hermosura debajo de la máscara horrible que ocultaba su rostro.
Amaneció sobre tanta tristeza, y el nuevo día llevó al ánimo de las dos mujeres un mayor dominio de la situación, y más confianza en sus propias fuerzas. Una y otra creían haber pasado largo tiempo en aquella meritoria campaña; y es que los días crecen en proporción de la cantidad y extensión de vida que en ellos se desarrolla. Ya no les causaban tanto horror las caras monstruosas, ya no temían el contagio, ni sentían tan viva en sus nervios y estómago la protesta contra la podredumbre. El médico hizo justicia al celo piadoso de los tres penitentes, diciendo al alcalde que aquel hombre de facha morisca y sus dos compañeras habían sido para el vecindario de Villamantilla como ángeles bajados del cielo. Antes de medio día, sonaron las campanas de la iglesia en señal de regocijo público; y fue que se supo llegaría pronto el socorro enviado desde Madrid por la Dirección de Beneficencia y Sanidad. ¡A buenas horas! Pero en fin, siempre era de agradecer. Consistía la misericordia oficial en un médico, dos practicantes, un comisionado _del ramo_, y sin fin de drogas para desinfectar personas y cosas. Al propio tiempo que se enteró Nazarín de la feliz llegada de la comisión sanitaria, supo también que en Villamanta reinaba con igual fuerza la epidemia, y que no se tenía noticia de que el Gobierno mandara allá ningún socorro. Adoptando al instante una resolución práctica, como gran estratégico que sabe dirigir sus fuerzas con la celeridad del rayo al terreno conveniente, tocó a llamada en su reducido ejército; acudieron el ala derecha y el ala izquierda, y el general les dio esta orden del día:
—Al momento en marcha.
—¿A dónde vamos?
—A Villanmanta. Aquí no hacemos falta ya. El otro pueblo está desamparado.
—En marcha. Adelante.