Nazarín

Part 11

Chapter 114,096 wordsPublic domain

Y antes de las dos, iban a campo traviesa por un sendero que les indicó el pastor de guarros. De los víveres de la Coreja, nada tenían ya, y Ándara no quiso llevar otros de Villamantilla. Las dos mujeres se lavaron en un arroyo, y don Nazario hizo lo mismo a distancia de ellas. Frescos los cuerpos, contentas las almas, prosiguieron andando, sin más contratiempo que el haber tropezado con unos chicos de las familias fugitivas de Villamantilla, alojadas en miserables chozas en lo alto de un cerro. Los angelitos solían matar el aburrimiento de la emigración, apedreando a todo el que pasaba, y aquella tarde fueron víctimas de este inocente _sport_, o _deporte_, Nazarín y los suyos. Al general le dieron en la cabeza y al ala derecha en un brazo. El ala izquierda quiso tomar la ofensiva, disparando también contra ellos. Pero el maestro la contuvo diciendo:

—No tires, no tires. No debemos herir ni matar, ni aun en defensa propia. Avivemos el paso, y pongámonos lejos de los disparos de estos inocentes diablillos.

Así se hizo, mas no pudieron llegar de día a Villamanta. Como no llevaban provisiones ni dinero para adquirirlas, Ándara, que iba delante, como a cien pasos, pedía limosna a cuantos encontraba. Pero tales eran la pobreza y desolación del país que nada caía. Tuvieron hambre, verdadera necesidad de echar a sus cuerpos algún alimento. La de Polvoranca se condolía, la de Móstoles disimulaba su inanición, y el de Miguelturra las animaba, asegurándoles que antes de la noche encontrarían sustento en alguna parte. Por fin, en un campo donde trabajaban hombres y mujeres, dando una vuelta a la tierra con el arado, hallaron su remedio, consistente en algunos pedazos de pan, puñados de garbanzos, almortas y algarroba, y además dos piezas de a dos céntimos, con lo cual se creyeron poseedores de una gran riqueza. Acamparon al aire libre, porque Beatriz decía que necesitaban ventilarse bien antes de entrar en otro pueblo infestado. Reuniendo carrasca seca, hicieron candela, cocieron las legumbres, con la añadidura de cardillos, achicorias y verdolagas que Ándara supo escoger en el campo; cenaron con tanta frugalidad como alegría, rezaron, el maestro les dio una explicación de la vida y muerte de san Francisco de Asís y de la fundación de la orden Seráfica, y a dormir se ha dicho. Al romper el día entraron en Villamanta.

¿Qué podrá decirse de aquel inmenso trabajo de seis días, en los cuales Beatriz llegó a sentir en sí una segunda naturaleza, nutrida de la indiferencia de todo peligro, y de un valor sereno y sin jactancia, Ándara una actividad y diligencia que dieron al traste con sus hábitos de pereza? La primera luchaba con el mal, segura de su superioridad y sin alabarse de ello, por rutina de la fe desinteresada y un convencimiento que sostenían las altas temperaturas del alma en ebullición; la segunda por rutina de su amor propio satisfecho y de su pericia bien probada, gustando de alabarse y echar incienso a su egoísmo, como soldado que entra en combate movido de las ambiciones del ascenso. ¿Y de Nazarín qué puede decirse, sino que en aquellos seis días fue un héroe cristiano, y que su resistencia física igualó por arte milagroso a sus increíbles bríos espirituales? Salieron de Villamanta, por la misma razón que habían salido de Villamantilla, o sea la llegada del socorro del Gobierno. Satisfechos de su conducta, inundada la conciencia de una claridad hermosa, la certeza del bien obrar, hicieron verbal reseña de su doble campaña, permitiéndose la inocente vanagloria de recontar los enfermos que cada cual asistiera, los que habían salvado, los cadáveres a que dieron sepultura, con mil y mil episodios patéticos que serían maravilla del mundo si alguien los escribiera. Pero nadie los escribiría ciertamente, y solo en los archivos del cielo constaban aquellas memorables hazañas. Y en cuanto a la jactancia con que las enumeraron y repitieron, Dios perdonaría de fijo el inocente alarde de soberbia, pues es justo que todo héroe tenga su historia, aunque sea contada familiarmente por sí mismo.

Se encaminaron a un pueblo, que no sabemos si era Méntrida o Aldea del Fresno, pues las referencias _nazarinistas_ son algo oscuras en la designación de esta localidad. Solo consta que era lugar ameno, y relativamente rico, rodeado de una fértil campiña. Próximos a él, vieron sobre una eminencia las ruinas de un castillo; las reconocieron, y hallaron en ellas lugar propicio para instalarse por unos días y hacer vida de recogimiento y descanso, pues Nazarín fue el primero que encareció la necesidad de reposo. No, no quería Dios que trabajasen de continuo, pues urgía conservar las fuerzas corporales para nuevas y más terribles campañas. Dispuso, pues, el jefe que se acomodara la partida en las ruinas de la feudal morada, y que allí atenderían a la reparación conveniente de sus agotadas naturalezas. El sitio era en verdad hermosísimo, y desde él se descubría en gran extensión la feraz vega por donde serpea el río Perales, huertas bien cultivadas, y preciosos viñedos. Para llegar arriba, había que franquear empinadísima cuesta; pero una vez en lo alto, ¡qué deliciosa soledad, qué puro ambiente! Creíanse en mayor familiaridad con la naturaleza, en libertad absoluta, y como águilas lo dominaban todo, sin que nadie les dominase. Elegido el lugar de las ruinas donde aposentarse debían, bajaron al pueblo a mendigar, y les fue muy bien el primer día: Beatriz recogió algunos cuartos, Nazarín lechugas, berzas y patatas, y Ándara se procuró dos pucheros y un cántaro para traer agua.

—Esto sí que me gusta —decía—. Señor, ¿por qué no nos quedamos siempre aquí?

—Nuestra misión no es de sosiego y comodidad —replicó el jefe—, sino de inquietud errabunda y de privaciones. Ahora descansamos; mas luego volveremos a quebrantar nuestros cuerpos.

—Y sabe Dios si nos dejarían estar aquí —indicó Beatriz—. El pobre no tiene casa fija en ninguna parte, y como el caracol, siempre la lleva consigo.

—Pues yo, si me dejaran, labraría un pedacito de esta ladera —dijo Ándara— y plantaría algo de patata, cebolla y coles _para el gasto_ de casa.

—Nosotros —declaró Nazarín— no necesitamos propiedad de tierra, ni de cosa alguna que arraigue en ella, ni de animales domésticos, porque nada debe ser nuestro; y de esta absoluta negación resulta la afirmación de que todo puede venir a nuestras manos por la limosna.

Al tercer día, la de Polvoranca fue al río a lavar unas piezas de ropa, y cuando regresó al castillo, bajó Beatriz por agua, hecho vulgarísimo que no puede pasar sin mención en esta verídica historia, porque de él se derivan otros hechos de indudable importancia y gravedad.

III

Al anochecer, subía la moza por la enriscada pendiente con tal agitación en su alma, y en sus piernas tan grande flojedad, que hubo de quitarse el cántaro de la cabeza, y sentarse en el suelo, para cobrar aliento. ¿Qué le había pasado en la fuente del pueblo, situada entre la espesura de una chopera próxima al río? Pues ocurrió un hecho inesperado, de absoluta insignificancia en la vida total, mas para Beatriz de una gravedad extrema, uno de esos hechos que en la vida individual equivalen a un cataclismo, diluvio, terremoto, o fuego del cielo. ¿Qué era?... Nada, ¡que había visto al Pinto!

El Pinto fue su amor y su tormento, el burlador de su honra, el estímulo de sus esperanzas, el que había despertado en su alma ensueños de ventura, y despechos ardientes. Y cuando ella había conseguido, si no olvidarle, ponerle en segundo término en su pensamiento, cuando con aquel ascetismo y las saludables guerras de la caridad había conseguido curar el mal profundo de su alma, se le presentaba el indino, para quitarle toda su cristiandad, y precipitarla otra vez en los abismos. ¡Maldito Pinto, y maldita la hora en que a ella se le ocurrió bajar a la fuente!

Esto lo pensaba en aquel descanso que se tomó a mitad de la cuesta. Aún creía estarle viendo, en su aparición súbita a dos pasos de la fuente, cuando ya ella volvía con el cántaro lleno en la cabeza. Él la llamó por su nombre, y ella echó mano al cántaro, que tambaleándose, estuvo a punto de caerse. La impresión fue tal que se quedó como muerta en pie, y no podía moverse ni articular palabra.

—Ya sabía que andabas por aquí, mala cría —le había dicho él, las manos metidas en los bolsillos de la chaquetilla o blusa, el aire jaquetón, la voz dura, mezcla extraña de enojo y desprecio—. Ya te vi ayer, ya te vi bajar al pueblo con un prójimo harapiento que parece el moro de los dátiles, y una mujer más fea que Tito... ¿Qué vida haces, loca? ¿Con qué zurrapas andas? Bien te dije que te habías de ver perdida, pidiendo limosna, como una callejera vergonzante o sin vergüenza..., y así ha salido. Ya sé, ya sé, grandísima puerca, que te escapaste de Móstoles, con ese que diz que es apóstol, y que echa los mesmos demonios con la santiguación del misal, y viceversa los vuelve a meter.

—¡Pinto, Pinto, por Dios —había respondido ella recobrando al fin el uso de la palabra—, déjame en paz! Yo concluí contigo y con el mundo. No me hables, sigo mi camino.

—Espérate un poco..., siquiera por la educación, mujer. ¿Semos o no semos personas cabales? Oye: yo siempre te quiero. Descalza y hecha un ánima del purgatorio, como estás, te quiero, Beatriz. La ley es la misma. ¿Sabes lo que te digo? Que no te perdono el alternar con ese fantasma... ¿Quieres volverte conmigo a Móstoles?

—No, de ninguna manera.

—Piénsalo, Beatriz; yo te mando que lo calcules, mujer. Mira que me darías que sentir. Yo, verbigracia, te quiero; pero ya sabes que gasto un genio muy bravo. Es mi ley. He venido a este pueblo con Gregorio Portela y los dos Ortiz a comprar ganado para el matadero de Madrid, y viceversa tenemos que volvernos allá mañana a la noche. En el mesón del tío Lucas, ¿sabes?, te espero mañana en todo el día para estar contigo en particular, y que hablemos de nuestra comenencia... Que vayas, Beatriz.

—No iré; no me esperes.

—Que vayas te digo. Ya sabes que yo, cuando digo lo que digo, lo digo... diciéndolo, quiere decirse, como el que sabe hacer lo que dice.

—No me esperes, Manuel.

—Que vayas... Por la cuenta que te tiene, Beatriz, no seas terca, y arrepara en tu honor, que está tirado como una alpargata vieja por los caminos. Vas y hablamos. ¿No vas? Pues a la noche subo con mis amigos al castillo, donde sé que paráis, y pasamos a cuchillo al apóstol y a la _apóstola_, y a toda la corte infernal de los abismos celestiales... Ea, con Dios. Sigue tu camino.

Esto fue lo que hablaron y nada más. Muerta de miedo se dirigió la infeliz moza a su salvaje morada, y su temor se aumentaba creyendo sentir tras sí las pisadas de Pinto. No era, no: pero en la oscuridad de la noche creía verle amenazador, bien plantado, eso sí, fiero y despótico, dominándola por el terror como por el deleite la dominara antes. Un poco se serenó en el breve descanso que hizo a mitad de la cuesta; pero apartar no podía de su pensamiento el bárbaro mandato de aquel hombre, ni su imagen imborrable, el cuerpo muy derecho, la ropa ceñida, a estilo torero, la cara hermosa, cetrina y bien afeitada, los ojos que despedían lumbre, junto a la boca un lunar de pelo muy rizado, que parecía un borlón.

Al llegar arriba, la primera idea de Beatriz fue contar al beato Nazarín lo ocurrido. Pero un secreto inexplicable impulso, cuyo origen desconocía, la hizo enmudecer. Comprendiendo que no referir el suceso era una falta, la cohonestó con el aplazamiento, y se dijo: «Cuando cenemos se lo contaré». Pero cenaron, y en el momento de romper a decirlo, sentía como si echaran un candado a su lengua. Era una discreción, una cautela que de las profundidades de su instinto salía, y la infeliz mujer no hallaba en su sinceridad fuerza igual que oponerle.

Y, ¡qué casualidad!, aunque hablar quisiera con el padre Nazarín no podría. Ved aquí por qué. Uno de los ángulos de la torre principal del castillo permanecía en pie, desafiando siglo tras siglo el furor de las tempestades y la injuria del tiempo. Desde lejos parecía un hueso, la mandíbula de un inmenso animal. Componíase de gruesos sillares descarnados, pero bien sujetos uno contra otro, y por un lado formaban lo que de lejos tenía apariencias de encía, al modo de peldaños, por donde no era difícil subir hasta las piedras más altas. En estas había un hueco bastante capaz para acomodarse una persona, y era la mejor atalaya para dominar cielo y tierra. Pues allá trepó Nazarín, y se acostó en las piedras últimas, echando la cabeza para atrás, los pies colgando sobre el abismo, iluminada por la luna, que ya era llena, su escueta figura, la cabeza, manos y pies aparecían como de una cerámica recocha, recortándose sobre el cielo. Nunca se vio más patente el tipo arábigo que en aquella ocasión y postura. Se le tomaría por un santo profeta, que buscando el aislamiento en los altos espacios, a donde no llegaran el ruido y las vanidades del mundo, no se creyera seguro hasta no usurpar sus nidos a las cigüeñas, su espigón a las veletas de las torres. Las dos mozas miraron, y le vieron en aquella eminencia, coronado de las estrellas, orando quizás, o dejando volar sus ideas por las inmensidades del cielo para recoger con ellas la verdad.

Beatriz, en tanto, a la tierra miraba con los ojos del alma más que con los del cuerpo, y mientras su señor se recreaba en la contemplación del firmamento, y en tender sus ideas por él, ocupando no menos espacio que el de las muchedumbres siderales, ella sostenía en su espíritu una lucha horrenda. Diéranle a curar a todos los leprosos de la tierra, y a los enfermos más inmundos, y lo preferiría a la turbación de aquella interna batalla y a las probables consecuencias de ella. Desde el pueblo la llamaba una tentación de poderosa virtud magnética, y algo sentía dentro de sí que la mandaba obedecer el reclamo del Pinto. Contarle todo a don Nazario era lo prudente, lo recto, lo cristiano; pero si se lo contaba no podría ir, y si no se lo contaba y a la cita acudía, ¡adiós gracia, adiós méritos ganados por su alma en aquella vida de penitencia! Pues otra: si no iba, el Pinto cumpliría su terrible amenaza. De modo que el gusto de ir se le acibaraba con la reprobación de su conciencia, y el triunfo de esta, si no iba, sería causa de la muerte de todos. ¿Qué era lo mejor? ¿Ir o no ir? ¡Espantoso dilema! Ni la virtud le valía, pues si sofocaba la pícara tentación que como un rabillo de diablo trazaba ondas de venenoso fuego por todo su ser, si se conservaba buena y honrada, el otro subía, y no dejaba títere con cabeza. Y si bajaba, y se perdía para siempre, ¿con qué cara se volvía a presentar al buen Nazarín y a pedirle que la perdonara? No, no, ¡qué vergüenza! No, no podría volver a verle. Y luego, la infeliz quedaría para siempre sometida al capricho y a las volubilidades de aquel demonio... No, no... Esta idea, este miedo de un porvenir tan vergonzoso como había sido el pasado, la decidió. ¡Gracias a Dios! Sin duda Cristo y la Virgen, a quienes invocó, la oyeron y le inspiraron la buena solución: contar todo a su maestro, y arrostrar las consecuencias de la venganza del Pinto.

Bajó el árabe de su atalaya, fue Beatriz derecha a él con ánimo de revelarle su conflicto, y otra vez sintió el candado en su boca. No dijo nada. Durante la cena, haciendo esfuerzos por vencer su repugnancia de la comida y aparentar serenidad, teníase por la más mala y depravada mujer del mundo. Y mientras rezaban, sentía dificultad para pronunciar las palabras más dulces de la oración dominical. Su mal constitutivo empezó a hacerle guiños en diferentes partes de su cuerpo, y a remover el sedimento dejado en él por los demonios fugitivos... Sintió recónditos instintos de destrozar algo, y luego pánico indecible. Tuvo que actuar sobre sí con toda su voluntad, o la parte de ella disponible, para no saltar, para no salir de estampida aullando como las fieras, o precipitarse por aquellos despeñaderos hasta caer deshecha en el fondo del valle. Felizmente, no llegó a estos extremos, y consiguió encadenar sus nervios, y contener el rebelado mal, invocando, para que la auxiliasen, a la Virgen María y a todos los santos de su devoción. Al acostarse, se sintió más tranquila y con ganitas de llorar.

Como en aquel local anchuroso tenían habitaciones de sobra, o sea multitud de huecos muy abrigados y con independencia, las dos hembras se acostaron en una _alcoba_, y en otra, separada de la primera por gruesos muros, el benditísimo Nazarín, que no tardó en coger un sueño sosegado. La de Móstoles, en cambio, no podía dormir, y tantas vueltas dio en la cama, y tan angustiosos eran sus ayes, suspiros y exclamaciones de pena, como si a solas hablara, que Ándara hubo de desvelarse también, y la interrogó. Picotearon, y palabra tras palabra, la curiosidad hurgando la confianza, al fin Beatriz contó el caso a su compañera, sin omitir sus horribles dudas y tentaciones.

—Nada, cantas claro, y que don Nazarín lo sepa todo —dijo Ándara—. ¡Pues mira que si el bruto de Pinto sube aquí y nos mata! Capaz es. ¿Y quién habrá de defendernos, si somos unos pobretes que no valemos nada en el mundo? Nuestro santo lo dirá... Con este, no hay cuidado. Verás cómo saca de su cabeza alguna _cencia_ para que, sin hacer tú maldades, los tres salvemos la pelleja.

Charlando estuvieron hasta la madrugada, en que rendidas del cansancio, quedáronse dormidas. Cuando despertaron, ya hacía más de una hora que Nazarín se había encaramado en su atalaya para ver salir el sol.

Ándara dijo a su compañera:

—Llámale, y cuando baje se lo cuentas.

Entonces Beatriz, inundada de un gozo inefable, reconoció que había caído de su boca el candado que la impidiera revelar al maestro su desdicha; sintió libres las palabras, antes esclavas de un mal pensamiento, y no queriendo esperar a que Nazarín bajara, le llamó con grandes voces:

—Señor, señor, baje, que tengo que hablarle.

—Allá voy —respondió el clérigo, saltando por los sillares—; pero no tengas prisa, mujer, que tiempo hay. Ya sé para qué me quieres.

—¿Cómo lo sabe si aún no lo he dicho?

—No importa. Ea, ya me tienes aquí. Conque ¿decías que...? Hija, gracias a Dios que hablas. A ti te pasó algo ayer.

—Pero, señor, ¿cómo lo sabe? —preguntó Beatriz asombrada.

—Yo me entiendo.

—¿Acaso lo adivinó? ¿Usted sabe lo que no ha visto, lo que no le han dicho?

—A veces, sí... Según quien sea la persona a quien le pasa lo que no veo.

—¿Pero de veras, adivina...?

—Esto no es adivinar..., es... saber...

IV

—¿Oyó usted anoche, desde su dormitorio, lo que hablamos Ándara y yo?

—No, mujer. Desde mis _aposentos_ no puede oírse nada. Además, dormí profundamente. Es que... Anoche, cuando rezábamos, noté que te equivocabas, que te distraías, tú que jamás te distraes ni te equivocas. Luego observé en tus miradas un cierto temor... Comprendí que en el pueblo, al bajar por agua, habías tenido un mal encuentro. Hablaba tu cara casi tan claramente como lo habría hecho tu boca. Y después..., bien lo dice tu rostro..., hubo temporal fuerte en tu alma, rayos y truenos. Estas borrascas o luchas de las pasiones no se pueden disimular: sus estragos son patentes, como en la naturaleza los destrozos causados por un huracán. Has luchado... Satanás te tocó en el corazón con su dedo tiznado del hollín de los infiernos, y después te lo pasó por toda tu pobre humanidad. Los ángeles quisieron defenderte. Tú no les dabas todo el terreno que necesitaban para la batalla. Dudaste, dudaste mucho antes de decidir a quién darías el terreno, y por fin...

Beatriz rompió a llorar amargamente.

—Llora, llora hasta que te vuelvas toda agua, que esa es la señal de que los ángeles ganaron la batalla. Por hoy estás triunfante. Dispón bien tu alma para que otra vez no vuelvas a verte en tales apreturas. El mal te tenderá nuevas redes. Fortalécete para no caer en ellas.

Poco más necesitó decir la dolorida para poner en conocimiento de Nazarín la historia de su encuentro con el Pinto, y el conflicto moral que fue su consecuencia. Entre lágrimas y suspiros lo fue contando todo, y agregó que su conciencia le daba ya las seguridades de no volver a pecar ni aun con el pensamiento; que las horribles dudas no volverían a trastornarla, ni el demonio a ponerle encima mano ni dedo. Ándara no podía dejar de meter su cucharada en aquello, como en todo, y oficiosamente dijo:

—Pues ya que esta escapó de tan feas tentaciones, escapemos nosotros del cuchillo de ese maldito, que tan cierto como me llamo Ana, lo es que el Pinto viene acá esta noche con sus matarifes, y a los tres nos degüella.

—Sí, sí —añadió Beatriz—. La fuga nos salva. Podemos bajarnos muy quedito por esta otra parte del cerro, que está cubierta de carrascas, y nadie nos ve. Luego nos escabullimos por aquel monte, y cuando llegue la noche ya estaremos a tres o cuatro leguas de distancia, y que venga a buscarnos ese pillo.

—Y que lo hará como lo dice. ¡Buen punto está ese y los que vienen con él! Vámonos, señor.

—Señor, vámonos sin tardanza.

—¡Huir..., huir! ¿Pero sois tontas, o habéis perdido el juicio? —dijo Nazarín sereno y sonriente, después que las dejó desahogar su miedo—. ¡Huir nosotros, huir yo! ¿Y de quién? Huyen los criminales, no los inocentes. Huyen los ladrones, no los que carecen de toda propiedad, y entregan cuanto poseen a quien lo necesite. ¿Y por qué esa fuga? ¡Porque un hombre soberbio y despechado ha dicho que viene a matarnos! Que venga en buen hora. Bien sé que, por nuestra humildísima condición, la justicia humana no se cuidaría mucho de ampararnos. Pero la divina, la eterna Justicia que así se manifiesta arriba como abajo, lo mismo en los hechos culminantes que en los hechos menudos, ¿había de dejarnos indefensos? Poca fe tenéis en la Justicia, poca fe en la protección tutelar de Dios omnipotente, cuando así tembláis porque un villano nos amenace. ¿No sabéis que los débiles son los fuertes, como los pobres de solemnidad son los verdaderos ricos? No, hijas mías, no está bien en nosotros la fuga, ni hemos de entregar las fortalezas de nuestras conciencias, que siempre han de ser invencibles, y para esto forzoso es que no temamos ni las persecuciones, ni los ultrajes, ni los martirios, ni la muerte misma. Venga, pues, el tiranuelo que pretende degollarnos. ¿No hay más que inmolar a gente indefensa y que no hace mal a nadie? De veras os digo, hijas mías, que si conforme viene ese desdichado por instigación de Satanás, viniera el propio Satanás en persona seguido de toda la patulea de los diablos más malos y feroces, yo no lo tendría miedo ni me movería de este sitio. No tembléis, y aquí esperaremos esta noche a esos señores sicarios, que vienen de parte de Herodes a reproducir en nuestro siglo la degollación de los inocentes.

—Pero no sería malo —manifestó Ándara, cuyo amor propio y guerreros instintos se enardecían con las palabras del maestro— que nos preparáramos y nos surtiéramos de armas. ¡Peregrinos, a defenderse! Yo, aunque sea con el cuchillo de pelar las patatas, algo he de hacer, para que vean esos granujas que no se deja una descabezar tan fácilmente.

—Yo no tengo más que mis tijeras, que ni cortan ni pinchan —dijo Beatriz.

Y Nazarín, sonriendo, agregó:

—Ni tijeras ni puñales, ni escopetas certeras ni cañones terroríficos necesitamos, pues tenemos mejores y más eficaces armas para todos cuantos enemigos pueda desatar el infierno contra nosotros. Estad, pues, tranquilas, y no dejéis vuestros quehaceres habituales en todo el día. Si hay que bajar por agua, que vaya Ándara, y tú, Beatriz, te quedas aquí. Haced como si nada ocurriera, ni nada temierais, y que vuestros corazones estén alegres como vuestras conciencias sosegadas.