Part 12
Ambas se tranquilizaron con estas palabras, y a Beatriz se le disipó el neurosismo que desde la tarde anterior le amagara. Después del desayuno ocupáronse en diversos menesteres: la una remendaba la ropa, la otra preparaba los pucheros para la comida, o recogía leña en el monte cercano. Por la tarde bajó Ándara, estuvo en la iglesia, recorrió todo el pueblo pidiendo limosna, y no le fue mal. En una casa le dieron pan duro en abundancia, y en otra un huevo, y en diversas partes cuartos y hortalizas. Después fue a llenar su cántaro a la fuente, y se volvió a su castillo cuando empezaba a cerrar la noche. Ningún mal encuentro tuvo, y una sola de las personas que hablaron con ella le dijo algo que la inquietó. ¿Qué persona era esta? Ahora lo sabremos.
Las dos veces que ella y Beatriz habían estado en la iglesia con Nazarín, vieron en ella al más feo, deforme y ridículo enano que es posible imaginar. Era también mendigo, y en la calle le encontraban, siempre que ejercían la mendicidad. Entraba y salía el tal en las casas ricas y pobres, como Pedro por la suya, y en todas era objeto de chacota y befa. Le arrojaban los mendrugos de pan para verlos rebotar en su cabeza enorme; le daban los andrajos más grotescos para que en el acto se los pusiera; le hacían comer mil cosas inmundas a cambio de dinero o cigarros, y los chicos del pueblo tenían con él un Carnaval continuo. Iba el pobre a la iglesia para descansar de aquel ajetreo fatigoso de su popularidad, y allí se estaba a las horas de misa o de rosario, arrimado a un banco, o al pie de la pila de agua bendita. La primera impresión que producía el verle era la de una cabeza que andaba por sí, moviendo dos piececillos debajo de la barba. Por los costados de un capisayo verde que gastaba, semejante a las fundas que cubren las jaulas de machos de perdiz, salían dos bracitos de una pequeñez increíble. En cambio, la cabeza era más voluminosa de lo regular, feísima, con una trompa por nariz, dos alpargatas por orejas, unos pelos lacios en bigote y barba, y ojuelos de ratón que miraban el uno para el otro, porque bizcaban horriblemente. Su voz era como la de un niño, el habla bárbara y maliciosa. Le llamaban _Ujo_, palabra que no se sabe si era nombre o apellido, o las dos cosas juntas.
Los que entraban en la iglesia, sin tener noticia de aquella lastimosa equivocación de la naturaleza, quedábanse aterrados, viendo avanzar a tres cuartas del suelo una cabeza de gigante, y creían que era algún demonio escapado del retablo de las Ánimas benditas. Tal creyó Beatriz al verle por primera voz, y sus gritos alarmaron a la media docena de beatas que en el templo había. Ándara se echó a reír, enzarzándose con él en chicoleos. Desde entonces quedaron amigos, y siempre que se veían, se saludaban:
—¿Cómo va?...
—No tan bien como tú... Y la familia, ¿buena?
Parecía que no; pero era un buen hombre, mejor dicho, un buen enano o un buen monstruo, el pobre Ujo. Como que una tarde dio a Beatriz dos naranjas, fruta rara en aquel país, y a la otra tres fresas, y un puñado de guisantes de lo mucho que él sacaba dejándose embromar de todo el mundo. Y les dijo que si estuvieran por allí en tiempo de la uva, él les daría cuantos racimos quisieran. Inútil es decir que Ujo conocía uno por uno a todos los habitantes del pueblo, y a cuantos lo frecuentaban en días de mercado, pues era como parte integrante del pueblo mismo, como la veleta de la torre, o el escudo del Ayuntamiento, o el mascarón del caño de la fuente. No hay función sin tarasca, ni aldea sin Ujo. Pues aquella tarde, después de saludar a Ándara en la iglesia, sostuvo con ella el siguiente diálogo:
—¿Y tu compañera?
—Allá quedó.
—¡Qué guapa es, caraifa!... Y diz que favorece... Oye, caraifa, que miréis lo que hacéis, vos los del castillo, y lo mejor que haríais era _dirvos_ de aquí, que en el pueblo hay unos matarifes, caraifa, que vos conocen, y diz que tú, la fea, como diz, fuiste allá mesmamente pública, y _quillotra_, la guapa, tuvo lo que tuvo con Manolito, el sobrino de la Vinagre, que es de acá, y a él le apellidan el _Pinto_. Y diz que tú y ella, y _quillotro_, ese que paice un público moro, vos ajuntáis para la ratería... No, si ya sé que es mentira; pero lo diz, y el cuento es que de esta que traéis no saldrá cosa buena, caraifa... Yo que tú, me quedaba; y que se jueran ellos, _quillotros_... Hazlo, Ándara; yo te estimo... Aquí que no nos oyen, te diré que te estimo, Ándara... El otro día, cuando te di el huevo, ¿te acuerdas? iba a decirte: «Ándara, te estimo»; pero no me atreví, caraifa. ¿Quies otro huevo? ¿Quies unos pocos de chicharrones?...
La moza no le dejó concluir, y escapó a la calle. ¡Vaya que decirle aquellas cosas en la iglesia! ¡Maldito _nano_! Pero si las noticias de la malquerencia del Pinto y de la opinión de ladrones que en el pueblo tenían, la llenaba de inquietud y zozobra, la declaración que le espetó Ujo en lugar sagrado, delante del Señor Santísimo y de las imágenes benditas, la movió a risa. ¡Vaya con el renacuajo indecente, hombre empezado, y persona sin concluir! ¡Ni que fuera ella una _monstrua_ como él! ¡Que la estimaba!, ja, ja... ¡Vaya con el feo, _jediondo_!
Cuesta arriba, hacia el castillo, se olvidó de la grotesca declaración para no pensar más que en el peligro; pero en aquellas frescas y despejadas alturas, la vista grata de sus compañeros despejó su ánimo del miedo, y acordándose de la cara que ponía Ujo cuando se declaraba, no podía tener la risa. Contó que le había salido un novio en la santísima iglesia, y al decir que era el _nano_, don Nazario y Beatriz rieron también, y con estas cosas pasaron agradablemente el tiempo hasta la hora del rezo y la cena, que fue divertida porque nadie se quería comer el huevo, y en vista de las tres negativas, acordaron rifarlo. Así se hizo, y le tocó a Beatriz, que tampoco por designación de la suerte admitía la preferencia, y al fin el maestro resolvió el problema, partiéndolo en tres pedazos, o porciones iguales.
Avanzaba la noche, y la luna iluminaba espléndidamente los altos cielos. Subió el moro a su atalaya, desde donde miraba más que al firmamento, a la tierra, y lo mismo hacían las dos mozas, asomadas a un resto de saetera, temerosas y vigilantes. Desde lo alto del descarnado paredón que semejaba una mandíbula, Nazarín trataba de quitarles el miedo con palabras alegres y hasta jocosas. Ave mística, recorría los espacios de lo ideal, sin olvidar la realidad, ni el cuidado de sus polluelos. En los flancos del monte, silencio profundísimo reinaba, turbado a ratos por gemidos del viento acariciando los carcomidos muros, o por el revuelo de alimañas nocturnas que en la maleza, o entre las rocas del cimiento vivían.
Aunque el jefe de la comunidad penitente conservaba su ánimo sereno, resolvió que velaran los tres toda la noche, para que no tuvieran que despertarles los carniceros. Nada ocurrió hasta las doce, hora en que creyeron sentir ruido de gente en la base del monte, ladrar de perros... Sí, alguien subía. Pero los que fuesen estaban aún muy lejos. Después cesó el ruido como si se retiraran, y a la media hora sonaba más fuerte, bien determinado ya, como conversación de tres o cuatro personas que empezaban a franquear la cuesta.
Don Nazario bajó de su torreón para observar de más cerca, y a poco de estar los tres en acecho, notaron que no se veía bien el valle. Se levantaba una nieblecilla que poco a poco se iba espesando, y nada de lo de abajo pudo distinguirse, porque la claridad de la luna formaba, al difundirse en la niebla, una opacidad lechosa. Las voces se oían más cerca.
En menos de un cuarto de hora, la neblina creció en intensidad y extensión, subiendo hasta envolver en su vago cendal como un tercio del cerro. Las voces se alejaban. Media hora más, y la evaporación cubría la mitad de la eminencia. La cúspide quedaba libre, y los que estaban en ella, creíanse en un inmenso bajel flotando en un mar de algodón. Las voces se perdieron.
V
Ordenándoles que se acostaran, Nazarín se quedó en vela, y estuvo en oración hasta el amanecer, de cuya belleza no pudo disfrutar por causa de la neblina. A las ocho, aún aparecía el valle cubierto del manto vaporoso, y cuando Ándara y Beatriz salieron de sus gazaperas, alabaron a Dios por aquel bendito socorro enviado tan a tiempo para salvarles, porque indudablemente los infames asesinos quisieron subir, y la oscuridad blanca les cerró el camino. Recomendoles Nazarín que no empleasen contra nadie, ni aun contra sus mayores enemigos, calificativos de odio; lo primero que les enseñaba era el perdón de las ofensas, el amor de los que nos hacen mal, y la extinción de todo sentimiento rencoroso en los corazones. El Pinto y compinches serían malos o no. Esto, ¿quién lo sabía? Allá se entendieran con el Juez Supremo. Ellas no debían juzgarles, no debían pronunciar contra ellos palabra injuriosa, ni aun en el caso de verles blandiendo el cuchillo para matarlas.
—Y por último, hijas mías, paréceme que prolongamos demasiado esta holganza que la fatiga nos impuso. Mañana hemos de seguir nuestra peregrinación, y hoy, último día que pasaremos en esta fondal vivienda, saldremos a recorrer toda la orilla izquierda del río hasta aquellas aldeas que desde aquí se divisan.
A poco de decir esto, oyeron una voz que subía, entonando alegre cantar. Miraron y no veían a nadie; pero las dos mozas conocieron aquella voz, aunque no recordaban a quién pertenecía. Por fin, entre unos matojos distinguieron una cabeza carnavalesca, que ascendía por la montaba.
—¡Si es Ujo, mi novio! —exclamó Ándara riendo—. Aquí viene el chiquitín del mundo... Ujo, prenda, _nano_ mío, caraifa. ¿Dónde te has dejado el cuerpecico? No vemos más que tu cabeza.
Cuando llegó arriba, no podía respirar el pobre monstruo. Doblando las piernas, asentó sobre ellas su casi invisible cuerpo, y sobre este irguió la cabezota. Como no tenía cuello, su barba casi tocaba las tetillas. Traía gorra de soldado, y la funda verde de jaula de perdiz. Sentado abultaba poco menos que en pie.
—¿Quieres comer algo, Ujito gracioso? —le dijo la moza—. ¿Qué traes por acá?
—Na más que el aquel de decirte que te estimo, caraifa.
—Y yo a ti más, coquito, caracol de la casa. ¿Te has cansado? ¿Quieres pan?
—No; traigo. Y pa ti este, que es de flor y huevo... Toma. Hola, _señá_ Beatriz; tío Zarín, Dios les guarde... Pues vengo a decirvos que vos vaigáis... Anoche salieron pa subir acá el Pinto y _quillotros_; pero por mor de la _neblija_ se golvieron. No vedían, caraifa. Hoy se han dido con el vacuno..., mucha res, caraifa. Al toque de la primera misa, se jueron... Pero no penséis que estéis seguros, caraifa. Anda el run de que hay latrocinio... ¡Mentira! Yo te estimo, Ándara... Pero desapartaos de la Guardia civila, pues diz que diz que si vos coge, vos lleva como _relincuentes_ públicos y criminales, caraifa.
Nazarín le respondió que ellos no eran delincuentes, y que si la Guardia por tales los tomaba, pronto se desengañaría, por lo cual ni escapaban, ni dejarían de permanecer donde no estorbasen a nadie. El _nano_, sin prestar gran atención a esta negativa, tiró a Ándara de la falda para llevarla aparte, y le dijo:
—Se vaiga el moro con la mora, y quédate tú, fea, que a ti por fea no te cogen, y yo te estimo... ¿No sabes que te estimo, Ándara? ¿Qué diz? ¿Que más feo yo? Caraifa, por eso. Tú fea, tú pública, yo te estimo... Es la primera vez que estimo..., y eso dende que te vi, caraifa.
Las risotadas de la moza atrajeron a los otros, y el pobre Ujo, corrido, no hacía más que decir:
—Dirvos, dirvos de aquí, y si no, veráislo... Latrocinio, Guardia civila...
—El _nanito_ me estima. Dejarlo que lo diga... Es mi novio, ¿verdad? Pues claro que me quedaré contigo, con mi galápago de mi alma, con mi coquito. Di otra vez que me estimas. A una le gusta...
—Sí, te estimo —repitió Ujo rechinando los dientes, al notar que Beatriz le miraba burlona—. Manque rabien, te estimo, caraifa.
Y echó a correr. Ándara le despedía con fuertes voces, y él enfurruñado y dándose golpes en el cráneo bajó, más bien parecía que rodaba, sin mirar a los tres habitantes del castillo. Los cuales una hora después descendían por la parte opuesta al pueblo, y se encaminaban por la margen izquierda del Perales, aguas abajo. Pasaron por donde este se junta con el Alberche, y a poca distancia de la confluencia vieron a unos labradores que estaban cavando viñas. Nazarín les propuso ayudarles, por una limosnica, y si nada les daban, trabajarían lo mismo, siempre que lo consintiesen. Los labradores, que parecían gente acomodada y buena, entregaron a Nazarín una azada, a Beatriz otra, y a la de Polvoranca un mazo para desterronar. Uno de ellos cogió del suelo su escopeta, y a los pocos tiros que disparó en un matorro cercano, cobró tres conejos, de los cuales ofreció uno a los penitentes.
—Señor —le dijo Nazarín—, esta viña le dará a usted un buen agosto.
Una de las mujeres trabó conversación con Beatriz, en un rato de descanso, y le preguntó si Nazarín era su marido, y como respondiese que no, y que ninguna de las dos era casada, se hizo muchas cruces en la cara y pechos. Luego quiso averiguar si eran gitanos, o de esos que andan por los pueblos componiendo sartenes... ¿Eran ellos los que el año anterior estuvieron allí con un oso encadenado por la ternilla, y un mico que disparaba la pistola? Tampoco; pues entonces, ¿qué demonches eran? ¿Pertenecían a la cristiandad, o a alguna _seta_ idólatra? Respondió Beatriz que por cristianos a machamartillo se tenían, y que no podía decir más. Otra de las mujeres, muy adusta, receló que los desconocidos vagabundos hicieran mal de ojo a una niña encanijada y dormilona que en brazos llevaba. Hubo entre todos ellos secreteo, y al fin, el de la escopeta llamó a Nazarín para decirle:
—Buen hombre, tenga esta perra y el gazapo, y lárguense de aquí, que la Ufrasia se malicia que le embrujan la niña.
Sin oponer observación alguna a esta cruel despedida, se retiraron callados y humildes.
—Soportemos la humillación en silencio, hijas mías, y consolémonos mirando a nuestras conciencias.
Más allá encontraron, a otros hombres limpiando una charca o poceta, que servía de abrevadero, y que el último temporal había llenado de fango, raíces y materias arrastradas de próximos albañales. Brindose Nazarín a trabajar, y su oferta fue aceptada. Mandáronle meterse hasta la rodilla en la charca negra, y Ándara hizo lo mismo, recogiéndose las enaguas hasta media pierna. Con cubos que el uno daba al otro y este a un tercero, fueron vaciando aquel fétido betún mezclado de sustancias en putrefacción, y los otros ayudaban con palas. Beatriz saltó dando chillidos, al sentir que una culebra de a vara se le liaba en un pie. Felizmente no era venenosa. Hubo risas, jarana, cazaron el ofidio, y por fin el abrevadero quedó agotado en hora y media, y los penitentes recibieron perra grande y chica por su penoso trabajo.
Fueron al río a lavarse las piernas de aquella inmundicia, y cuando regresaban ya limpios a coger el camino, viéronse sorprendidos por dos hombres de muy mala traza, caras famélicas y amarillas, las ropas hechas girones, que salieron de un espeso matorral, y con voces descompuestas les dieron el alto. Sin más explicaciones, uno de ellos, mostrando descomunal navaja, les intimó a que dejasen allí cuanto llevaban, ya fuese moneda, alhaja, o cosa de comer. El otro, que debía de ser un terrible humorista, les dijo que ellos eran una pareja de la Guardia civil disfrazada, y que tenían encargo del Gobierno de detener a cuantos ladrones encontrasen, quitándoles los objetos robados. La valerosa Ándara quiso protestar; pero Nazarín dispuso entregar todo, pan, perras, gazapo, y los malditos les hicieron además un registro minucioso, por virtud del cual, Beatriz se quedó sin tijeras y la otra sin peine. Y no paró aquí la broma. Después de retirarse, a una orden imperiosa de los bandidos, estos se permitieron la estúpida diversión de apedrearlos, infiriéndole a Nazarín una ligera herida en el cráneo, de la cual echó no poca sangre. Hubieron de volver al río, donde las dos mozas le lavaron la cabeza, vendándosela después con dos pañuelos, uno blanco, y encima el grande de cuadros que Beatriz solía llevar a la cabeza. Con aquel turbante, nada le faltaba al fervoroso asceta para completar su arábiga figura. Beatriz se puso la gorra de él, y ¡hala para el castillo!
—Me parece —dijo Ándara— que ha entrado la mala. Hasta ahora todo iba por la buena. Nos daban de comer, nos querían, nos obsequiaban, hacíamos nuestras miajas de milagro en Móstoles, y en Villamanta nos portábamos como los santos de Dios. La gente contenta, y bailándonos el agua. Pero ya empiezan a salir los malos números; que esto de lo que a una le pasa un día y otro, viene a ser como la lotería pública.
—Cállate, habladora, casquivana —le dijo Nazarín, que fatigado del largo camino y del picor del sol, se sentó a la sombra de unas encinas—. No confundas las divinas disposiciones con la lotería, que es el acaso ciego. Si el Señor nos manda calamidades, Él sabrá por qué. No salga de nuestros labios la más leve queja, ni dudemos un solo instante de la misericordia de Nuestro Padre que está en los cielos.
Sentose Beatriz junto a él, y la de Polvoranca se puso a buscar por el suelo bellotas. Callaban los tres sombríos y tristes. No se oía más que el zumbido de las moscas del campo entre las encinas. Ándara se alejaba y volvía. La de Móstoles rompió el silencio diciendo a su maestro:
—Señor, me asalta una idea, una idea...
—¿Presentimiento?
—Eso... Pienso que lo vamos a pasar muy mal, que padeceremos.
—También lo pienso yo.
—Si Dios lo quiere, sea.
—Padeceremos, sí, yo más que vosotras.
—¿Nosotras no? Pues eso no estaría bien. No, nosotras lo mismo, y si a mano viene, más.
—No, dejadme a mí que padezca lo más.
—¿Y es de veras que lo piensa? ¿Lo adivina?
—Adivinar no. El Señor me lo dice en mi interior. Conozco su voz. Tan cierto es, Beatriz, que padeceremos mucho, como que ahora es de día.
Nuevo silencio. Ándara se alejaba inclinándose, y recogía bellotas en su falda.
VI
Observando al buen Nazarín, taciturno y caviloso él, que siempre las animaba con el ejemplo de su serena actitud y aun con joviales palabras, Beatriz sintió que en su alma se encendía súbitamente como una hoguera de cariño hacia el santo que las dirigía y las guiaba. Otras veces sintiera el mismo fuego, mas nunca tan intenso como en aquella ocasión. Después, observándose hasta lo más profundo, creyó que no debía comparar aquel estado del alma al voraz incendio que abrasa y destruye, sino a un raudal de agua que milagrosamente brota de una peña y todo lo inunda. Era un río lo que por su alma corría, y saliéndosele a la boca, se derramaba fuera en estas palabras:
—Señor, cuando venga ese padecer tan grande, sepa usted que quiero quererle con todo el amor que cabe en el alma, y con toda la pureza con que se quiere a los ángeles. Y si tomando yo para mí el padecer, a usted se lo quitara, lo tomaría, aunque fuera lo más horrible que se pudiera imaginar.
—Hija mía, me quieres como a un maestro que sabe un poquito más que tú, y que te enseña lo que no sabes. Yo te quiero a ti, os quiero a las dos, como el pastor a las ovejas, y si os perdéis os buscaré.
—Prométame, señor —añadió Beatriz en el colmo de su exaltación—, querernos siempre lo mismo, y júreme que, pase lo que pase, no habremos de separarnos nunca.
—Yo no juro, y aunque jurara, ¿cómo había de hacerlo asegurándote lo que pretendes? Por mi voluntad juntos estaremos; pero, ¿y si los hombres nos separan?
—¿Y qué tienen que ver los hombres con nosotros?
—¡Ah! Ellos mandan, ellos gobiernan en todo este reino que está por bajo de las almas. Hace poco vinieron dos pecadores y nos robaron. Otros pueden venir que por la violencia nos separen.
—Eso no será, Ándara y yo no lo consentiríamos.
—No contáis con vuestra debilidad, con vuestro miedo.
—¡Miedo nosotras! Señor, no diga tal.
—Además, vuestro deber es la obediencia, el respeto a todo el mundo, y la conformidad con los designios de Dios.
Acercose Ándara para enseñar las bellotas, y volvió a retirarse. Pasado un breve rato, determinose bruscamente en Beatriz una laxitud intensa. Era como la sedación de aquel espasmo de piadoso amor. Se le cerraban los párpados.
—Señor —dijo a Nazarín—, como anoche no dormimos, tengo sueño.
—Pues duérmete ahora, que es muy fácil que esta noche tampoco duermas.
Con una sencillez y una inocencia propiamente idílicas, Beatriz dejó gravitar su cabeza sobre el hombro de Nazarín, y se quedó dormidita, como un niño en el seno de su madre. El ermitaño andante seguía cabizbajo. Pensando al fin que era hora de regresar al castillo, buscó con los ojos a la otra moza, y la vio sentada, como a treinta pasos, de espaldas a él, caída la cabeza sobre el pecho:
—Ándara, ¿qué te pasa?
La moza no contestó.
—¿Pero qué te pasa, hija? Ven acá. ¿Qué haces? ¿Llorar?
Levantose Ándara y despacio acudió a él, llevándose a los ojos el borde de la falda en que guardaba las bellotas recogidas del suelo.
—Ven acá... ¿Qué tienes...?
—Nada, señor.
—No; algo tienes tú. ¿Se te ha ocurrido algún mal pensamiento? ¿O es que tu corazón te anuncia desventuras? Dímelo a mí.
—No es eso... —respondió al fin la moza, que no hallaba las palabras propias para expresar su pensamiento—. Es que... Una tiene su amor propio..., vamos..., su aquel de vanidá..., y no le gusta a una... Vamos, lo diré redondo y claro: que usted quiere a Beatriz más que a mí.
—¡Jesús!... ¿Y es eso lo que...?
—Pues no es justo, porque las dos le queremos lo mismo.
—Y yo también a vosotras por igual. ¿Pero de dónde sacas tú que yo...?
—Que a Beatriz le dice usted siempre las cosas más bonitas, y a mí nada... Es que soy muy burra, y ella sabe..., tiene gramática... Por eso, es para ella todito el mimo, y a mí: «Ándara, ¿tú que sabes? No blasfemes...». Ya, ya sé que a mí no me estima nadie más que Ujo...
—Pues ahora no has dicho blasfemia, sino un gran desatino. ¡Querer yo a la una más que a la otra! Si hay diferencia en el modo de tratarlas, diferencia fundada en el natural de cada una, no la hay en el cariño que les tengo. Tonta, ven acá, y si tienes sueño, porque anoche no dormiste, arrímate a mí por este otro lado, y echa también un sueñecico.
—No, que es tarde —dijo Ándara, disipada ya su displicencia—. Si nos descuidamos, no llegaremos de día.
—De día es ya imposible. Gracias que lleguemos a las nueve... Y esta noche, buena cena: bellotas al natural.
—Aquellos sinvergüenzas nos limpiaron de veras. ¡Ah, si yo les cojo...!
—No injuries, no amenaces... Ea, ya esta se despierta. Vámonos. En marcha.
Antes de las nueve, subían fatigados hacia el castillo, y arriba se tendieron a la fresca. Ninguna molestia les había de ocasionar aquella noche el hacer la cena, porque no tenían más provisiones que las bellotas, las cuales fueron servidas inmediatamente, y devoradas con la salsa de la necesidad más que del apetito. Y cuando empezaban a dar gracias a Dios por la frugal colación que les había deparado, oyeron ruido de voces hacia la base del monte, en la vecindad del pueblo. ¿Qué sería? Y no eran dos ni tres los que hablaban, sino mucha, mucha gente. Asomose Ándara a la saetera y, ¡Virgen Santísima!, no solo oyó el ruido más tumultuoso, sino que vio un resplandor como de hoguera que subía, subía también con las voces.
—Viene gente —dijo a sus compañeros, poseída de pánico—. Y traen hachos, o teas encendidas... Oigan el murmullo...
—Vienen a prendernos —balbució Beatriz, a quien se comunicaba el terror de su compañera.
—¿A prendernos? ¿Por qué? En fin, pronto lo sabremos —dijo don Nazario—. Sigamos rezando, que lo que fuere sonará.