Nazarín

Part 13

Chapter 134,180 wordsPublic domain

Él rezaba, porque su enérgica voluntad a todo sentimiento se sobreponía; pero ellas, azoradas, inquietas, temblorosas, no hacían más que correr de aquí para allá, y tan pronto pensaban huir como gritar pidiendo socorro... ¿Pero a quién, a quién? El cielo no tenía trazas aquella noche de querer defenderlos, ocultándolos con una gasa de niebla.

Y el tumulto subía, con el siniestro resplandor de los hachos. Ya se oían las voces más claras, y risas y chacota; ya se entendían algunas palabras. Venían hombres, mujeres y chiquillos, y estos eran los que alumbraban con manojos de escajo seco, dándose y quitándose la lumbre, con algazara de noche de san Juan.

—¿Pero qué? —murmuró Nazarín sin levantarse del suelo—. ¿Contra estas tres pobres criaturas manda la autoridad un ejército?

Al llegar arriba la alborotada muchedumbre, las dos mujeres vieron la pareja de Guardia civil. Ya no quedaba duda.

—Vienen por nosotros.

—Pues aquí estamos.

—Señores guardias —dijo Ándara—, ¿vienen en busca nuestra?

—A ti, y al moro Muza —replicó uno que debía de ser el alcalde, riendo, como si la libertad o prisión de gente tan humilde fuera cosa de broma.

—¿En dónde está ese morito, que quiero verlo? —vociferó un tío muy zafio, y muy gordo, destacándose del primer grupo.

—Si el que buscan soy yo —dijo Nazarín todavía en el suelo—, aquí me tienen.

—Eh, buen amigo —dijo otro muy flaco—; mal aposentado está su reverencia morisca en este castillo. Véngase a la cárcel.

Y diciéndolo le dio un fuerte puntapié.

—¡So cobarde! —gritó Ándara, inflamada en súbita cólera y saltando hacia él como un tigre—, so canalla, ¿no ve que es humilde y se deja coger?

Y con el cuchillo de pelar patatas le asestó tan tremendo golpe, que si el arma tuviera filo y punta, lo pasara mal aquel gaznápiro. Así y todo, le rasgó la manga de la blusa, y del brazo le sacó una tira de pellejo. Abalanzose la multitud rugiente sobre la brava moza, que fue defendida por la Guardia civil. Pero con tan nerviosa furia forcejeaba, que tuvieron que atarla. En esto sintió que le tiraban de la falda, y vio la cabeza andante de Ujo, que se escabullía por entre las piernas de los civiles.

—Esto vos pasa, por no hacer lo que diz, caraifa. Pero te estimo, verás que te estimo.

—Quítate allá, _jediondo_ —replicó Ándara, y le escupió en la cara.

Nazarín se había levantado, y con la mayor serenidad les dijo:

—¿A qué tanto ruido por prender a tres personas indefensas? Llévennos a donde gusten. ¡Ay, mujer, qué mal has hecho! Para que Dios te perdone, pídele perdón a este señor a quien has herido.

—¡Perdón de caraifa!

Ciega de ira, ardiendo en sanguinario frenesí, no sabía lo que hacía.

En marcha todo el mundo. Delante iba Ándara atada, rugiendo y llevándose las manos a la boca para morder la cuerda; detrás el maestro y Beatriz sueltos, rodeados de gente curiosa, impertinente y cruel. Los civiles apartaban a la multitud. El hombre gordo, que iba junto a Nazarín, se permitió decirle:

—¿Conque príncipe moro..., príncipe moro desterrado...? ¡Y se trae todo su serrallo, concho!

El alcalde, que iba por el otro lado, junto a Beatriz, echose a reír groseramente, corrigiendo la frase de su amigo:

—Tan moro es este como mi abuelo. Y a esta sultana la conozco yo de Móstoles.

Beatriz y don Nazario no contestaban..., ni mirar siquiera. Por la cuesta abajo, siguió la chacota y el escándalo. Más parecía aquello bullanga de Carnaval, que prendimiento de malhechores. Como se apagaron los hachos, tropezaban mujeres y chiquillos, caían y se levantaban, y la cabeza de Ujo fue rodando en una de las vueltas. Risotadas, cantos, dicharachos, todo era señal de fiesta para un pueblo en que las ocasiones de divertimiento eran muy raras. Conceptuaban algunos el caso como una broma, y habrían deseado que llegaran todos los días moros descarriados que prender o cazar. La entrada en el pueblo fue lo mejor de la función, porque todo el vecindario salió a las puertas de las casas a ver a los misteriosos delincuentes reclamados por el juez de Madrid. Volvieron los chicos a encender los escajos o aliagas secas, y el humazo asfixiaba. Ándara, extenuada de fatiga, cesó al fin en su vana protesta. Los otros dos presos aceptaban con silenciosa resignación su desgracia.

Llamaban cárcel a una cuadra con rejas, en la parte baja del Ayuntamiento. Se entraba por un patio. Despejó la Guardia civil la puerta, y los presos fueron llevados a una sala, donde desataron a Ándara. El alcalde, a quien la desmedida importuna afición a las bromas no privaba de sentimientos humanitarios, les dijo que se les prepararía de cenar, y llevando a Nazarín a una estancia próxima, no menos destartalada y mísera que el aposento destinado a la custodia de presos, sostuvo con él el diálogo que a continuación puntualmente se transcribe.

VII

—Siéntese usted. Tengo que hacerle algunas preguntas.

—Me siento. Usted dirá.

—Pues delante de todo ese gentío, no he querido avergonzarle. Le tienen a usted por moro. ¡Cosas del pueblo sin ilustración! Y ello es que lo parece, con esa cara propiamente africana, esa barba en pico, y ese turbante. Pero yo sé que no es usted moro, sino cristiano, al menos de nombre. Y hay más: no lo pensara si no lo dijera el oficio mandándome detenerle: es usted sacerdote.

—Sí señor, y me llamo Nazario Zaharín, para servir a Dios y a usted.

—Por consiguiente, declara usted ser el don Nazario Zaharín que reclama el juez de la Inclusa. ¿Y aquella feona es la que llaman Ándara?

—La que ha venido atada. La otra se llama Beatriz, y es natural de Móstoles.

—¡A quién se lo cuenta! Si la conozco. El Pinto es primo mío.

—¿Qué más?

—¿Le parece poco? Pero venga acá, y hablemos ahora como amigos —dijo el alcalde, quitándose el ancho pavero y poniéndolo sobre la mesa, en la cual un farol alumbraba por igual la cara regocijada y reluciente del uno, y la mustia y ascética del otro—. ¿Le parece a usted que está bien que un señor eclesiástico ande en estos trotes..., descalzo por los caminos, acompañado de dos mujeronas..., vamos, de Beatriz no digo..., ¿pero la otra?... ¡Por Dios, señor cura de mi alma! Allá, supongo que su abogado le defenderá por loco, porque por cuerdo no hay cristiano que le defienda, ni ley que no le condene.

—Creo estar en mi sano juicio —contestó serenamente Nazarín.

—Eso se verá. Yo creo que no. ¡Claro; usted cómo ha de conocer que está loco! ¡Pero, por Dios, padre Zaharín, echarse a una vida de vagabundo, con ese par de pencos!... Y no lo digo por la religión mismamente; que todos, el que más y el que menos, si decimos que creemos, es por el buen parecer, y por el respeto a lo establecido... Dígolo por su propia conveniencia, y por el miramiento de la sociedad, en estos tiempos de ilustración. ¡Un sacerdote andar así!... ¡Pues no le acusan de nada en gracia de Dios! Que ocultó en su casa a esa zarandaina, cuando dio de puñaladas a otra pública como ella, que después entre los dos pegaron fuego a un edificio, o finca urbana particular... Y por fin de fiesta se echan a los caminos, usted de apóstol y ella de apóstola, y se dedican a embaucar a la gente, curando enfermos con salutaciones de agua potable, resucitando difuntos fingidos, y echando sermones contra los que tenemos algunos posibles... ¡Ay, ay, señor sacerdote, y sostiene que no está loco! Dígame: ¿cuántos milagros ha hecho por esta jurisdicción? Oí que usted amansó al león de los leones, el señor de la Coreja... Tenga confianza conmigo, que yo no he de hacerle ningún mal, ni he de vender sus secretos. Cuénteme, y no repare en que soy alcalde y usted un mero procesado. De esa puerta para adentro no hay más que dos sujetos de buena sombra: un alcalde muy campechano y muy francote, y un curita correntón que va a contar ahora mismo sus aventuras apostólicas y mahometanas..., pero con franqueza... Espérese: mandaré que nos traigan unas copas.

—No, no se moleste —dijo Nazarín, deteniendo el movimiento del alcalde—. Oiga mi respuesta, que será breve. Lo primero, señor mío, yo no bebo vino.

—¡Caramba! ¿Ni siquiera una gaseosa? Vea por qué le toman por moro.

—Lo segundo, soy inocente de los delitos que me imputan. Así lo diré al señor juez, y si no me cree, Dios sabe mi inocencia, y eso me basta. Tercero: yo no soy apóstol, ni predico a nadie; tan solo enseño la doctrina cristiana, la más elemental y sencilla, a quien quiere aprenderla. La enseño con la palabra y con el ejemplo. Todo lo que digo, lo hago, y no veo en ello mérito alguno. Si por esto me han confundido con los criminales, no me importa. Mi conciencia no me acusa de ningún delito. Yo no he resucitado muertos, ni curado enfermos: ni soy médico, ni hago milagros, porque el Señor, a quien adoro y sirvo, no me ha dado poder para ello. Con esto concluyo, señor mío, y no teniendo más que decir, haga usted de mí lo que quiera, y cuantas tribulaciones y vergüenzas caigan sobre mí, las acepto resignado y tranquilo, sin miedo y también sin jactancia, que nadie verá en mí ni la soberbia del pecador ni la vanagloria del que se cree perfecto.

Un sí es no es confuso y cortado se quedó el buen alcalde con estas razones, sin duda porque esperaba ver salir al clérigo por el registro de una cínica franqueza, o, en otros términos, que bailase al son que él le tocaba. Pero no bailaba, no. Y una de dos: o era don Nazario el pillo más ingenioso y solapado que había echado Dios al mundo, como prueba de su fecundidad creadora, o era..., ¿pero quién demonios sabía lo que era, ni cómo se había de discernir la certeza o falsedad de aquellas graves palabras, dichas con tanta sencillez y dignidad?

—Bueno, señor, bueno —dijo el alcalde chancero, comprendiendo que con tal hombre de nada valían las chirigotas—. Pues con tanta conciencia y tanto rigorismo, lo va usted a pasar mal. Véngase a razones, y haga caso de mí, que soy hombre muy práctico, y aunque me esté mal el decirlo, con sus miajas de ilustración; hombre algo corto de latines, pero muy largo de entendederas. Aquí donde usted me ve, yo empecé a estudiar para cura; pero no me petaba la Iglesia, por ser yo más inclinado a lo que se ve con los ojos y se toca con las manos, quiero decir, que lo positivo, o sea la ilustración, es mi fuerte. ¿Y cómo he de creer yo que un hombre de sentido en nuestros tiempos prácticos, esencialmente prácticos, o si se quiere de tanta ilustración, puede tomar en serio eso de enseñar con el ejemplo todo lo que dice la doctrina? ¡Si no puede ser, hombre, si no puede ser, y el que lo intente, o es loco, o acabará por ser víctima..., sí, señor, víctima de...!

No sabía concluir la frase. Nazarín no quería discusiones, y le contestó con seca urbanidad:

—Yo creo lo contrario. Tan puede ser, que es.

—Pero venga usted acá —prosiguió el alcalde, que comprendía o adivinaba el poder dialéctico de su contrario, y quiso batirse en regla apelando a los argumentos que recordaba de sus vanas y superficiales lecturas—. ¿Cómo me va usted a convencer de que eso es posible?... A mí, que vivo en este siglo XIX, el siglo del vapor, del teléfono eléctrico y de la imprenta, ¡esa palanca...! de las libertades públicas y particulares, en este siglo del progreso, ¡esa corriente...! en este siglo en que la ilustración nos ha emancipado de todo el fanatismo de la antigüedad. Pues eso que usted dice y hace, ¿qué es más que fanatismo? Yo no critico la religión en sí, ni me opongo a que admitamos la Santísima Trinidad, aunque ni los primeros matemáticos la comprenden; yo respeto las creencias de nuestros mayores, la misa, las procesiones, los bautizos y entierros con honras, etcétera... Voy más allá, le concedo a usted que _haiga_..., quiero decir, que haya almas del Purgatorio, y que tengamos clero episcopal y cardenalicio, por de contado parroquial también... Y si usted me apura, paso por las bulas..., vaya..., paso también porque tiene que haber un _más allá_, y porque todo lo que sea hablar de eso se diga en latín... Pero no me saque usted de ahí, de la consideración que debemos a lo que fue. Yo respeto la religión, respeto mayormente a la Virgen, y aun le rezo cuando se me ponen malos los niños... Pero déjeme usted con mi tira y afloja, y no me pida que yo crea cosas que están bien para mujeres, pero que no debemos creerlas los hombres... No, eso no. No me toque usted esa tecla. Yo no creo que se puede llevar a la práctica todo lo que dijo y predicó el gran reformador de la sociedad, ¡ese genio...!, yo no le rebajo, no, ¡ese extraordinario ser...! Y para sostener que no se puede, razono así: «El fin del hombre es vivir. No se vive sin comer. No se come sin trabajar. Y en este siglo ilustrado, ¿a qué tiene que mirar el hombre? A la industria, a la agricultura, a la administración, al comercio. He aquí el problema. Dar salida a nuestros caldos, nivelar los presupuestos públicos y particulares..., que haya la mar de fábricas..., vías de comunicación..., casinos para obreros..., barrios obreros..., ilustración, escuelas, beneficencia pública y particular... ¿Y dónde me deja usted la higiene, la urbanización, y otras grandes conquistas? Pues nada de eso tendrá usted con el misticismo, que es lo que usted practica; no tendrá más que hambre, miseria pública y particular... ¡Lo mismo que los conventos de frailes y monjas! El siglo XIX ha dicho: “No quiero conventos ni seminarios, sino tratados de comercio. No quiero ermitaños, sino grandes economistas, No quiero sermones, sino ferrocarriles de vía estrecha. No quiero santos padres, sino abonos químicos”. ¡Ah, señor mío, el día que tengamos una universidad en cada población ilustrada, un banco agrícola en cada calle, y una máquina eléctrica para hacer de comer en la cocina de cada casa, ah, ese día no podrá existir el misticismo! Y yo me permito creer..., es idea mía..., que si Nuestro Señor Jesucristo viviera, había de pensar lo mismo que pienso yo, y sería el primero en echar su bendición a los adelantos, y diría: “Este es mi siglo, no aquel...; mi siglo este, aquel no”».

Dijo, y con su pañuelo de hierbas se limpió el sudor de la frente; que no le había costado poco trabajo echar de sí, con dolores partúricos, aquella larga y erudita oración, con la cual pensaba dejar tamañito al desdichado asceta. Este le miró con lástima; pero como la cortesía y sus hábitos de humildad le vedaban contestarle con el desprecio que a su juicio merecía, se limitó a decirle:

—Señor mío, usted habla un lenguaje que no entiendo. El que hablo yo, tampoco es para usted comprensible, al menos ahora. Callémonos.

No era de este discreto parecer el alcalde, a quien supo muy mal que sus bien pensados y medidos argumentos no hicieran ningún efecto en aquel testarudo, socarrón o lo que fuese, y creyó que atacándole con otras armas le sacaría de sus casillas. Era un galápago, a quien había que poner fuego en la concha para obligarle a sacar la cabeza. Pues fuego en él, es decir, la broma insolente, la befa y el escarnio.

—No se incomode, padre, que si lo lleva por lo serio no he dicho nada. Soy un ignorante, que no he leído más que las cosas de mi siglo, y no estoy fuerte en teologías. ¿Que es usted santo? Pues yo soy el primero que me quito el sombrero, y le llevo en procesión, si es preciso, arrimando un hombro a las andas. Verá cómo le adora el pueblo; y usted, a buena cuenta, háganos un par de milagros, de los gordos, ¿eh?; multiplíquenos las tinajas, y tráiganos el puente nuevo que está proyectado, y el ferrocarril del oeste, que es nuestro _desiderátum_... Y a más de esto, aquí tiene sin fin de jorobados que enderezar, ciegos a quienes dar vista, y cojos que están deseando que usted les mande correr, amén de los difuntos del cementerio, que en cuantico que usted les llame, saldrán todos a dar un paseo por el pueblo, y a ver los adelantos que a mí se me deben... ¡Vaya con el Jesucristo nuevo..., género arreglado! ¡Arderá el siglo cuando se entere de que andamos predicando la segunda salvación del mundo! «Redenciones públicas y particulares. Precios económicos». Verdad que ahora le metemos en la cárcel. Camarada, hay que padecer. Pero no le crucificarán: de eso está libre. No se componga, padre, que ahora no se estila ese género de patíbulo, propio del oscurantismo; ni entrará en Madrid montado en burra, sino con la parejita de la Guardia civil; ni le recibirán con palmos, como no sea de narices. ¿Y qué religión de pateta es la que nos trae? Calculo que es la mahometana..., por eso se ha traído un par de moras..., claro, para predicar con el ejemplo...

Como Nazarín no le hacía ningún caso, ni se irritaba, ni dio a entender que tales bromas le afectasen poco ni mucho, volvió a desconcertarse el bueno del alcaldillo, y adoptando nueva actitud y tonos de familiaridad socarrona, le dio palmadas en el hombro diciéndole:

—Vaya, hombre, no se amilane. Hay que llevar estas cosas con paciencia. Amiguito, esto de echarse a predicar, sobre todo cuando no se da trigo, tiene sus quiebras. Pero no apurarse; que con meterle en una casa de locos, cumple la justicia, y ni azotes le darán, que esto ya no se estila. «Sacrificios higiénicos, es decir, sin azotes... Pasión y muerte, con chocolate de Astorga...», ja, ja... En fin, mientras esté en esta culta localidad, le trataremos bien, porque una cosa es la ley y otra la ilustración. Y si por lo que le dije se picó, échelo a broma, que a mí me gusta darlas... Soy, como ha visto, de muy buena sombra... Lo que no quita que me compadezca de su desgracia. Dejo a un lado la vara, y aquí no somos el alcalde y el preso, sino dos amigos muy guasones, un par de peines de muchas púas, ¿eh?... Y entre paréntesis, podía el hombre haber escogido moritas de mejor pelo. La Beatriz, pase. ¡Pero la otra...! ¿De dónde sacó esa merluza?... En fin, usted querrá que la demos de cenar.

Solo a esta última frase contestó Nazarín:

—Yo no tengo gana, señor alcalde. Pero esas pobres mujeres creo que tomarán algún alimento.

VIII

En tanto, en la cárcel propiamente dicha, las dos mujeres, los dos guardias civiles y algunas otras personas que se habían colado, entre ellas el gran Ujo, hablaban familiarmente. Beatriz, desde que entraron, llegose a uno de los guardias, alto, buen mozo, de agradable fisonomía militar, y tocándole el brazo le dijo:

—Oye tú, ¿eres el preferente Mondéjar?

—Para servirte, Beatriz.

—¿Me has conocido?

—¡Pues no!

—Yo dudaba, y decía para entre mí: «Juraría que este es el preferente Cirilo Mondéjar, que estuvo en Móstoles».

—Yo te conocí; pero no quise decirte nada. Me dio pena verte entre esa gente. Y para que lo sepas, contigo no va nada, y tú estás en la cárcel porque quieres. La orden de prisión es para él y la otra. A ti te hemos traído por estar allá. En fin, el alcalde te dirá si te vas o te quedas.

—Diga el alcalde lo que quiera, yo sigo con mis compañeros.

—¿Por tránsitos?

—Por lo que sea, y si ellos entran en la cárcel, yo también. Y si van a la Audiencia, yo con ellos. Y si hay patíbulo, que nos ahorquen a los tres.

—Beatriz, tú estás loca. Te dejaremos en Móstoles con tu hermana.

—He dicho que voy a donde don Nazario vaya, y que por nada del mundo le abandono en su desgracia. Si yo pudiera, ¿sabes tú lo que haría? Pues tomar para mí todas las penalidades que le esperan, las injurias que han de decirle, y los malos tratos y castigos que ha de recibir... ¡Pero qué distraída estoy, Cirilo! No te había preguntado por Demetria, tu mujer.

—Está buena.

—¡Mucho quiero yo a Demetria! Y dime, ¿cuántos niños tienes ya?

—Uno..., y otro que pronto ha de venir...

—Dios te los conserve... Serás feliz, ¿verdad?

—No hay queja.

—Pues mira, no ofendas a Dios, que podría castigarte.

—¿A mí? ¿Por que?

—Por perseguir a los buenos, y esto de los buenos no lo digo por mí.

—Lo dices por el preso. Nosotros, los guardias, nada tenemos que ver. Eso el juez.

—El juez, y el alcalde y los guardias, todos sois unos. No tienen conciencia, ni saben lo que es virtud... Y no lo digo por ti, Cirilo, que eres buen cristiano. No perseguirás al escogido de Dios, ni consentirás que los infames le martiricen.

—Beatriz, ¿estás loca, o qué te pasa?

—Cirilo, el loco eres tú, si consientes que tu alma se pierda por ponerte del lado de los malos contra los buenos. Piensa en tu mujer, en tus hijitos, y hazte cuenta de que para que el Señor te los conserve, es preciso que tú defiendas la causa del Señor.

—¿Cómo?

Beatriz bajó la voz, pues aunque los demás presentes rodeaban a Ándara, charlando y riendo al otro extremo de la prisión, temía que la oyesen.

—Pues muy sencillo. Cuando nos lleves presos, te harás el tonto y nos escaparemos.

—Sí, y a lo tonto, os dejaré secos de un tiro. Beatriz, no digas disparates. ¿Sabes tú lo que es la Ordenanza? ¿Conoces el Reglamento de la Benemérita? ¡Y a buena parte vienes con esas bromas! Yo no falto a mi deber por nada de este mundo, y antes que deshonrar mi uniforme, consentiría en perderlo todo, la mujer y los hijos. Pone uno su honra en esto, y no es uno, Beatriz, es el Cuerpo... ¡Qué más quisiera uno que tener lástima! Pues no busques en toda la Fuerza un solo número que la tenga, digo lástima, para cosas del servicio, porque no lo hallarás. El Cuerpo no sabe lo que es compasión, y cuando el alma, que es la Ley, le manda prender, prende, y si le manila fusilar, fusila.

Dijo esto con tan gallarda convicción y sinceridad el buen preferente, y tan claro revelaban sus ojos, su ademán, su acento, el culto fervoroso de la orden de caballería que profesaba, que la moza inclinó su cabeza suspirando, y le dijo:

—Tienes razón, no sé lo que digo. Cirilo, no me hagas caso. Cada uno a su religión.

Los curiosos abandonaron el rincón donde estaba Ándara, y se corrieron al lado de Beatriz y el preferente. Junto a la otra no quedó más que Ujo, que en pie alzaba poco más que la cintura de su amiga sentada.

—A lo que diba —le dijo cuando se vio solo con ella—. Mal te portéis conmigo, caraifa... Yo pensé que eras más fina, caraifa... Pero manque de fina no ties un pelo, y me has escupitado mismamente en la cara, yo diz que te estimo... Manque me escupites otra vez, te lo diz.

—¿Que yo te escupí? —replicó Ándara jovial, repuesta ya del espasmo de furia—. Sería sin pensarlo, chiquitín del pueblo, mi coquito, mi _nanito_ gracioso. Es que yo soy así: cuando quiero decir que estimo, escupo.

—¿Quies más? Pues cuando le pegaites la cuchillada a Lucas, el del mesón..., te volvites guapa. Yo miraite, y no te conocéi, caraifa. Porque tú seis fea, Ándara, y por fea y horrorosa te estimo yo, caraifa, y me peleo con la Verba divina por defendeite, recaraifa.

—¡Viva mi renacuajo, mi caracol cabezudito! ¿Has dicho que el tío ese a quien le tiré con el cuchillo es el mesonero?

—El tío Lucas.

—Me dijiste el otro día que vivías en el mesón.

—Pero mudeime ayer, porque una mula me arrimó una coz. Ahora vivo en cas del tío Juan el herrero.

—¡Oh, y qué bien estará mi caracolito en casa del herrero! Pues mira, caraifa: ¿tú dices que me estimas?

—Con alma.

—Pues para que yo te lo crea, vas a traerme de tu casa, de la casa del herrero..., lo que yo te diga.

—¿Qué?

—Mucho jierro. Yo quiero jierro... Tú arréglatelas como puedas. Allí habrá de todo. Me traerás clavos... No, clavos no... Sí, sí; un par de clavos grandes, y también un cuchillo bueno; pero que corte, ¿sabes? Y una lima..., pero que coma... Te lo traes todo bien guardadito, aquí debajo de tu sayal, y...

Callaron, porque entró Nazarín acompañado del alcalde, y este, echándoselas de hombre benévolo y humanitario, cualidades que no excluían la dominante de la buena sombra, les dijo: