Part 14
—Ahora, estas madamas van a cenar alguna cosita. Conste que la cena es de mi bolsillo, porque en el presupuesto no lo hay. Y usted, reverendo señor Nazarín, ya que no come, dé un poco de descanso a sus huesos... Señores guardias, el preso nos da su palabra de no intentar escaparse. ¿Verdad, señor profeta? Y ustedes, señoras discípulas, mucho ojo. A bien que tenemos aquí una cárcel que no nos la merecemos, con unas rejas que ya las quisiera el Abanico de Madrid. Total, que como no haya una chispa de milagro, de aquí no salen. Conque... los que han venido a curiosear, están de más. Despéjenme la cárcel. Ujo, largo de aquí.
Despejaron, y solo permanecieron allí, además de los desgraciados penitentes, el alcalde y el juez municipal, tratando de la conducta de presos, que era forzoso aplazar un día para esperar a otros vagabundos y criminales recogidos en la Villa del Prado y en Cadalso. Trajo después el alguacil la cena, que Ándara y Beatriz apenas probaron, el alcalde les dio las buenas noches, los guardias y el alguacil cerraron con ruidoso voltear de llaves y corrimiento de cerrojos, y los tres infelices presos pasaron la primera mitad de la noche rezando, y la otra mitad durmiendo sobre las baldosas. El día siguiente les trajo el consuelo de que muchas personas del pueblo se interesaron por su triste situación, ofreciéndoles comida y ropas que no fueron aceptadas. Ujo se ingeniaba para trepar a la reja del patio como una araña, y departía con las dos mozas. Por la noche llegaron los otros presos que debían ir también a Madrid, a saber: un mendigo viejo, acompañado de una niña, cuya procedencia era objeto de las investigaciones de la justicia, y dos hombres de muy mala facha, en quienes Nazarín reconoció al punto a los vagabundos que les robaron la tarde aquella que precedió a la noche de la captura. Ambos se habían escapado de la cárcel de Madrid, en cuya Audiencia les seguían causa, al uno por parricidio, al otro por robo sacrílego. A los cuatro les enchiqueraron en el mismo estrecho local, donde apenas podían revolverse, por lo cual todos deseaban que les sacaran al aire y diera principio la conducta. Por penosa que esta fuera, nunca lo sería tanto como la aglomeración de cuerpos nada limpios en un oscuro, reducido y malsano aposento.
A la siguiente mañana, tempranito, despachada la documentación, se dispuso la marcha. Presentose el alcalde a despedir a Nazarín, diciéndole con su habitual sorna:
—Lo cortés no quita lo valiente, señor profeta; no vea en mí más que el amigo, un ciudadano de buen humor, a quien le hace mucha gracia usted y su cuadrilla, y la _sombra_ con que ha convertido la vagancia en una religión muy cómoda y muy desahogada..., ja, ja... Esto no es ofensa, porque hay que reconocerle el talento, la trastienda... En fin, que el tío es muy largo, pero muy largo, y yo siento que no haya querido clarearse conmigo... Repito que no hay ofensa. ¡Si me ha sido usted muy simpático!... No quiero que se vaya sin que quedemos amigos. Aquí le traigo algunos víveres para que se los lleve en su morral.
—Gracias mil, señor alcalde.
—Y dígame: ¿no quiere algo de ropa, unos calzones míos, zapatos, alpargatas...?
—Infinitas gracias. No necesito ropa, ni calzado.
—¡Vaya con el orgullo! Pues crea que es de corazón. Usted se lo pierde.
—Muy agradecido a sus bondades.
—Pues adiós. Sabe que aquí quedamos. Me alegraré que salga en bien, y que siga su campaña. No crea, ya sacará discípulos, sobre todo si el gobierno sigue recargando las contribuciones... Adiós... Buen viaje... Niñas, divertirse.
Salieron, y como era tan de mañana, poca gente salió a despedirles. Al frente de los curiosos se veía la cabeza oscilante de Ujo, el cual fue dando convoy a la estimada de su corazón hasta donde la debilidad de sus cortas piernas se lo permitía. Cuando tuvo que quedarse atrás, se le vio arrimado a un árbol, con la mano en los ojos.
Los guardias echaron de delanteros a Nazarín y el anciano mendigo. Seguían: la niña de este dando la mano a Beatriz, luego Ándara, y detrás los dos criminales, atados codo con codo; a retaguardia los civiles, fusil al hombro. La triste caravana emprendió su camino por la polvorienta carretera. Iban silenciosos, pensando cada cual en sus cosas, que eran, ¡ay!, tan distintas... Cada cual llevaba su mundo entre ceja y ceja, y los caminantes o campesinos que al paso les veían, formaban de todas aquellas existencias una sola opinión: «Vagancia, desvergüenza, pillería».
QUINTA PARTE
I
A la media hora da camino, el anciano mendigo, cansado de su taciturnidad, pegó la hebra con don Nazario.
—Compañero, usted estará hecho a estos viajecitos, ¿eh?
—No señor: es la primera vez...
—Pues yo..., me parece que con este llevo catorce. ¡Si las leguas que tengo en el cuerpo fueran monedas de cinco duros!... Y le diré a usted en confianza: ¿a que no sabe quién tiene la culpa de lo que a mí me pasa? Pues Cánovas... No exagero.
—¡Hombre!
—Lo que usted oye. Porque si don Antonio Cánovas no hubiera dejado el poder el día que lo dejó, a estas horas me tenía usted a mí repuesto en la plaza que me quitaron el 42, por intrigas de los moderados. Sí, señor, mi placita de escribiente con seis mil. _Mi ramo_ era _Directas_, negociado de _Ocultaciones_. Pues me fastidió don Antonio con no quedarse un día más: ya estaba extendida la orden para que la firmase Su Majestad... ¡Pero hay tanta intriga....! Como que derribaron al gobierno por evitar mi reposición.
—¡Qué maldad!
—Aquí donde usted me ve, tengo dos hijas, la una casada en Sevilla con uno que está más rico que quiere; la otra casó con mi yerno, naturalmente, mala persona, y el causante de que todo _lo mío_ esté en pleito... Porque la herencia de mi hermano Juan, que murió en América, y que asciende a unos treinta y seis millones, no exagero, no puedo cobrarla hasta el año que viene, y gracias... Como que entre la curia, el consulado de allá y mi yerno, lo enredaron por fastidiarme... ¡Ay, qué punto! En el primer cafetín que le puse me gastó seis mil duros, más bien más que menos. Y él fue quien lo convirtió en casa de juego, de donde vino el que yo estuviera seis meses en la cárcel, hasta que se vio mi inocencia, y... Mire usted si es desgracia: el mismo día que iba a salir de la cárcel, tuve una cuestión con un compañero que quiso estafarme treinta y dos mil reales y pico, y allí me tuvieron otros seis meses, no exagero.
Viendo que Nazarín no se interesaba en su historia, lo tomó por otro lado.
—Oí que es usted sacerdote... ¿Es verdad?
—Sí, señor.
—Hombre... He visto en mis viajes personas muy diversas. Nunca he visto un señor eclesiástico en la conducta.
—Pues ahora lo ve usted. Ya tiene cosas nuevas y raras que añadir a su historia.
—¿Y por qué ha sido ello, padre? ¿Se puede saber? Algún descuidillo. Le veo en compañía de mujeres, y esto me da mala espina. Sepa que todo el que anda mucho entre faldas es hombre perdido. Dígamelo usted a mí, que tuve relaciones con una dama principal, de la más alta aristocracia. ¡Ay, qué líos me armó! Entre ella y una marquesa amiga suya me robaron sobre setenta mil duros, no exagero. Y lo peor fue que me procesaron. ¡Mujeres! No me las nombre si no quiere que pierda los estribos. Por una prima de mi yerno, que es horchatera, y tiene amores con un teniente general, me veo yo ahora en este mal paso, porque me dieron esa niña para que la llevara a unos tíos que tiene en Navalcarnero, y los tíos no la quisieron tomar, si no les aseguraba yo que se les condonarían seis años de contribución, no exagero... Todo proviene de las mujeres, _alias_ el bello sexo, por lo cual, compañero, yo le aconsejo que se quite de ellas y pida perdón al obispo, y no se meta más en sectas protestantes y heréticas... ¿Qué dice usted?
—No he dicho nada, buen hombre. Hable usted todo lo que quiera, y déjeme a mí, que nada puedo decirle, porque de fijo no me entendería.
En tanto, Beatriz preguntaba a la niña su nombre y el de sus padres. Pero la infeliz estaba como idiota y no sabía contestar a nada. Ándara se adelantó, con permiso de los guardias, para distraer un poco a Nazarín con su conversación, y el mendigo anciano se arrimó a Beatriz. En el primer descanso, los criminales que iban atados echaban requiebros a las dos mozas con frase descarada y obscena. Almorzaron todos en el suelo, y Nazarín repartió entre sus compañeros lo que el alcalde le había puesto en el morral. Los guardias, a quienes sorprendía la constante dulzura y sumisión del desdichado sacerdote, le convidaron a echar un trago; mas no quiso aceptar, rogándoles que no lo tomasen a desprecio. Debe decirse que si, al principio, la opinión de los dos militares era poco favorable al misterioso preso que conducían, y le tuvieron por un redomado hipócrita, en el curso del viaje esta creencia se trocaba en dudas acerca de la verdadera condición moral del personaje, pues la humildad de sus respuestas, la paciencia callada con que sufría toda molestia, su bondad, su dulzura los encantaban, y acabaron por pensar que si don Nazario no era santo, lo parecía.
Dura fue la primera jornada, pues por no hacer noche en Villamanta, que infestada seguía, lleváronles de un tirón a Navalcarnero. Los dos criminales iban dados a los demonios, y llegó el caso de que, tumbados en mitad del camino, se negaran a seguir, viéndose obligados los civiles a emplear el acicate de sus amenazas. El anciano se arrastraba difícilmente, echando pestes de su desdentada boca. Nazarín y sus dos compañeras disimulaban su cansancio, y no proferían queja alguna, a pesar de que las dos mujeres alternaban en llevar en brazos a la niña. Llegaron por fin medio muertos, ya muy entrada la noche. La excelente estructura de la cárcel de Navalcarnero permitió a los guardias descansar en la vigilancia, y los presos, después de recibir su rancho, fueron encerrados, los hombres en una parte, las mujeres en otra, pues allí había buen acomodo para esta separación tan conveniente en la generalidad de los casos. Era la primera vez que el peregrino y sus dos compañeras, que ya la partida llamaba burlonamente _las discípulas_, y también _las nazarinas_, se separaban, y si penoso fue para ellas el no verle junto a sí, y oírle y platicar de las mutuas adversidades, no fue menor el desconsuelo de él, viéndose obligado a rezar solo. ¡Pero qué remedio había más que conformarse!
Detestable fue la noche para Nazarín, en la oscuridad de aquel encierro entre desalmados malhechores: pues, a más de sus dos compañeros de viaje, había tres que dieron en cantorrear y decir desvergüenzas, como poseídos de un frenesí de grosería. Enteráronse los que allí estaban, por los otros dos (a quienes llamaremos, a falta de filiación, el _parricida_ y el _ladrón sacrílego_), del carácter sacerdotal de don Nazario, y no tardaron entre unos y otros en construirle a su modo una historia de impostor o aventurero religioso. En alta voz hacían comentarios soeces acerca de las ideas diabólicas que, a juicio de ellos, constituían su doctrina, y en cuanto a las mujeres que llevaba consigo, el uno sostenía que eran monjas escapadas de los conventos, el otro que eran tomadoras de las que en las iglesias alivian los bolsillos de las beatas. Los horrores que en su cara dijeron al buen don Nazarín no son para repetidos. Este le llamaba el Papa de los gitanos, aquel le preguntó si era cierto que llevaba en una botellita polvos venenosos, para echarlos en las fuentes de los pueblos, y producir la viruela. Entre bromas y veras, acusábale otro de robar niños para crucificarlos en los ritos del culto idolátrico que profesaba, y todos, en fin, lo colmaban de indecentes y bestiales injurias. Pero el delirio de aquella estúpida y repugnante bufonada fue que le pidieron que hiciese delante de ellos el simulacro de una misa a estilo infernal, amenazándole con pegarle si al momento no decía el satánico oficio, con arrumacos y latines contrarios y semejantes a los de la misa del Dios verdadero; y mientras el uno se ponía de rodillas con burlescos fingimientos de oración, otro se daba en semejante parte golpes como los que los buenos cristianos se dan en el pecho en señal de contrición, y todos gritaban _mea culpa, mea culpa_ con feroces aullidos.
Ante tan bestiales irreverencias, que ya no afectaban a su persona sino a la sagrada fe, perdió su bendita serenidad el padre Nazarín, y ardiendo en santa cólera se puso en pie, y con arrogante dignidad increpó a la vil canalla en esta forma:
—¡Desdichados, perdidos, ciegos, insultadme a mí cuanto queráis; pero guardad acatamiento a la majestad del Dios que os ha creado, que os da esa vida, no para que la empleéis en maldecirle y escarnecerle, sino para que realicéis con ella actos de piedad, actos de amor a vuestros semejantes! La putrefacción de vuestras almas, encenagadas en cuantos vicios y maldades desdoran al linaje humano, sale a vuestras bocas en toda esa inmundicia que habláis, y corrompe hasta el ambiente que os rodea. Pero aún tenéis tiempo de enmendaros, que ni aun para los inicuos empedernidos como vosotros están cerrados los caminos del arrepentimiento, ni secas las fuentes del perdón. No os descuidéis, no, que el daño de vuestras almas es grande y profundo. Volved a la verdad, al bien, a la inocencia. Amad a Dios vuestro Padre, y al hombre que es vuestro hermano; no matéis, no blasfeméis, no levantéis falso testimonio, ni seáis impuros de obra ni de palabra. Las injurias que no os atreveríais a decir al prójimo fuerte, no las digáis al prójimo desvalido. Sed humanos, compasivos, aborreced la iniquidad, y evitando la palabra mala, evitaréis la acción vil, y como os libréis de la acción vil, podréis libraros del crimen. Sabed que el que expiró en la cruz, soportó afrentas y dolores, dio su sangre y su vida por redimiros del mal... ¡Y vosotros, ciegos, le arrastrasteis al Pretorio y al Calvario; vosotros coronasteis de espinas su divina frente; vosotros le azotasteis; vosotros le escupisteis; vosotros le clavasteis en el madero afrentoso! Pues ahora, si no reconocéis que le matasteis y que continuamente matándole estáis, y azotándole y escupiéndole; si no os declaráis culpables, y lloráis amargamente vuestras inmensas culpas; si no os acogéis pronto, pronto, a la misericordia infinita, sabed que no hay remisión para vosotros; sabed, malditos, que os aguardan por toda una eternidad las llamas del infierno.
Grandioso y terrible estuvo el bendito Nazarín en su corta oración, dicha con todo el fuego y la severa solemnidad de la elocuencia sagrada. En la cárcel no había más claridad que la de la luna que por altas rejas entraba, iluminándole la cabeza y busto, los cuales, en medio de aquellos pálidos resplandores, adquirían mayor belleza. La primera impresión que el tremendo anatema y el tono y la figura mística del orador produjeron en los criminales, fue de un estupor terrorífico. Quedáronse mudos, atónitos. Pero la intensidad de la impresión no evitó que fuera de las más fugaces, y como el mal tenía tan profunda raíz en sus dañadas almas, pronto se rehicieron y recobraron su perversidad. Oyéronse otra vez los soeces insultos, y uno de los bribones, el que hemos convenido en llamar el _Parricida_, que era el más bravucón o insolente de todos, se levantó del suelo, y como si orgulloso quisiera sobrepujar con su barbarie la barbarie de los otros bandidos, se llegó a Nazarín, que continuaba en pie, y le dijo:
—Yo soy mesmamente el obispo de pateta, y te voy a confirmar. Toma.
Diciendo «toma» le dio tan fuerte bofetón, que el débil cuerpo de Nazarín rodó por el suelo. Oyose un gemido, articulaciones guturales del infeliz caído y ultrajado, que quizás fueron roncos anhelos de venganza. Era hombre, y el hombre en alguna ocasión había de resurgir en su ser, pues la caridad y la paciencia, aunque profundamente arraigadas en él, no habían absorbido todo el jugo vital de la pasión humana. Tan terrible como breve debió de ser la lucha sostenida en su voluntad entre el hombre y el ángel. Oyose otra vez el gemido, un suspiro arrancado de lo más hondo de las entrañas. La canalla reía. ¿Qué esperaban de Nazarín? ¿Que airado se revolviera contra ellos, y les devolviese, si no golpes, porque no podía contra tantos, injurias y denuestos iguales a los suyos? Por un momento pudo creerse así, al ver que el penitente se incorporaba, alzándose primero sobre las rodillas, bajando la barba hasta el suelo, con el pecho en tierra, como un gato que acecha. Por fin levantó el busto, y volvió a salir el suspiro arrancado, como de un tirón, de las profundidades torácicas.
La respuesta al ultraje fue, y no podía menos de serlo, entre divina y humana.
—Brutos, al oírme decir que os perdono, me tendréis por tan cobarde como vosotros..., ¡y tengo que decíroslo!, ¡amargo cáliz que debo apurar! Por primera vez en mi vida, me cuesta trabajo decir a mis enemigos que les perdono: pero os lo digo, os lo digo sin efusión del alma, porque es mi deber de cristiano decíroslo... Sabed que os perdono, menguados, sabed también que os desprecio, y me creo culpable por no saber separar en mi alma el desprecio del perdón.
II
—Pues por el perdón, toma —le dijo otra vez el _Parricida_, pegándole, aunque menos fuerte.
—Y por el desprecio, toma.
Y todos, menos uno, cayeron sobre él, y le golpearon, entre risas burlescas, en la cara, en el cráneo, en el pecho y hombros. Más que crueldad y saña, revelaba aquella acometida en conjunto una burla pesada y brutal, de gente zafia, porque los golpes no eran fuertes, aunque sí lo bastante para poblar de cardenales el cuerpo del infeliz sacerdote. Este, luchando en su interior con más bravura que la primera vez, invocando a Dios fervorosamente, llamando a sí todo el vigor de sus ideas, y atizando el fuego de piedad que ardía en su alma, se dejó pegar, y no articuló protesta ni lamento. Cansáronse los otros de su infame juego, y le dejaron tendido, exánime sobre las losas. Nazarín no profería palabra alguna: oíase tan solo su fatigosa respiración. Los criminales callaban también, como si en sus almas se determinara una reacción de seriedad contra las bárbaras y descomedidas burlas. Esa mezcla siniestra de risa y cólera que caracteriza las chanzas brutales, a veces sangrientas, de los criminales empedernidos, suelen tener un rechazo de melancolía negra. En la pausa que se produjo, no se oía más que el ardiente respirar de Nazarín, y los formidables ronquidos del mendigo anciano, que dormía con angélico y profundísimo sueño, ajeno a todas aquellas trifulcas. Soñaba quizás que ponían en sus manos los treinta y seis millones de su hermano de América.
El primero que rompió con palabras la pausa silenciosa fue Nazarín, que se incorporó con todos los huesos doloridos, y les dijo:
—Ahora, sí. Ahora..., con vuestros nuevos ultrajes, ha querido el Señor que yo recobre mi ser, y aquí me tenéis en toda la plenitud de mi mansedumbre cristiana, sin cólera, sin instintos de odio y venganza. Conmigo habéis sido cobardes; pero en otras ocasiones habréis sido valientes, y hasta héroes, que también hay héroes en el crimen. Ser león no es cosa fácil; pero es más difícil ser cordero, y yo lo soy. Sabed que os perdono de todo corazón, porque así me lo manda Nuestro Padre que está en los cielos; sabed también que ya no os desprecio, porque Nuestro Padre me manda que no os desprecie, sino que os ame. Por hermanos queridos os tengo, y el dolor que siento por vuestras maldades, por el peligro en que os veo de perderos eternamente, es un dolor tan vivo, y de tal modo dolor y amor me encienden el alma, que si yo pudiera, a costa de mi vida, conseguir ahora vuestro arrepentimiento, sufriría gozoso los más horribles martirios, el oprobio y la muerte.
Nuevo silencio, más lúgubre que el anterior, porque los ronquidos del anciano ya no se oían. Pasado un breve rato de aquella expectación solemne, que era como el fermentar de las conciencias removidas, agitándose y revolviéndose sobre sí mismas, salió una voz. Era la del criminal que llamamos el _Sacrílego_, el único que en los insultos y acometidas al pobre clérigo andante había permanecido mudo y quieto. Habló así, sin moverse del rincón en que yacía tumbado:
—Pues yo digo que esto de afrentar y dar de morradas a un hombre indefenso, no es de caballeros, ¡vaya!, y digo más, digo que no es de personas decentes, y si me pinchan, os declaro que es propio de canallas y granujas. Ea, si a alguno le pica, que se rasque, pues a poner los ajos en su lugar nadie me gana. Lo justo, justo es, y lo que se ve con las razones naturales debe decirse. Conque... ya lo saben, y saben también que mantengo lo que digo, aquí o en donde quiera.
—Cállate, poca lacha —dijo uno del grupo levantisco—, que ya te conocemos. ¡Vaya con la defensa que le sale al Papamoscas!
—Sale porque le da la gana, y a mucha honra —manifestó el otro con sombría calma, levantándose—. Porque aunque malo, siempre defendí al pobre, y nunca le pegué al caído, y cuando he visto a uno con hambre, me he quitado el pan de la boca. La necesidad lleva a un hombre a ser lo que somos; pero el quitar algo de lo ajeno no estorba para la compasión.
—Cállate, fulastre, que no tienes alma más que para ofender a tus amigos —le dijo el _Parricida_—, y siempre tiras a lo santurrón. Por algo no haces tú más que raterías de iglesia, en lo que no se expone la pelleja, porque las imágenes no dicen nada cuando ven que les quitan la plata, y el Santísimo Copón y la Custodia se dejan coger sin decir «Jesús». Mala pata, desagradecido, ¿qué sería de ti sin nosotros? ¡Y vienes aquí a pintarla de guapo y temerón!... ¡Cállate pronto, si no quieres que...!
—Echa, echa bravatas, ahora que no tenemos armas. Así eres tú siempre. Pero yo quiero verte fuera, en terreno libre, y con manos y cuerpos libres, para decirte que ofender y castigar a un pobre sin defensa, que es bueno y pacífico de su natural y con nadie se mete, no lo hacen más que los cobardes como tú, ¡mal hijo, mal hermano, animal, que no naciste de hombre y mujer!
Fuéronse uno sobre otro con igual furia, y los demás corrieron a separarlos.
—Déjenmele —gritaba el _Parricida_—, y le arranco de un bocado el corazón.
Y el otro:
—Chillas porque sabes que no te dejan... Siempre que quieras, te saco a paseo todas las entrañas, que ni los cuervos las quieren.
Y plantándose en medio del calabozo con aire arrogante y provocativo, prosiguió así:
—Ea, caballeros, a callar, y oigan lo que les digo. Sepan y entiendan todos que a este buen hombre que está aquí yo le defiendo lo mismo que si fuera mi padre; sepan que entre tantos pillos, desalmados y ladrones, hay un ladrón decente que, como tiene alma de hombre cristiano, se pone de parte de este que calla cuando le insultáis, que aguanta cuando le maltratáis, y que en vez de ofenderos os perdona. Y para que se enteren y rabien, les digo también que este hombre es bueno, y yo por santo le declaro, y aquí estoy yo para responder a todo el que lo ponga en duda. A ver, pillería, ¿hay alguien que me niegue lo que digo? Que salga el que lo niegue, y si salen todos a la vez, aquí estoy.
Con tan enfática entereza hablaba el _Sacrílego_ que los otros no chistaron, y espantados miraban su rostro, que a la claridad de la luna confusamente se distinguía. Algunos, los menos fieros, empezaron a evadir la cuestión con chirigotas. El _Parricida_, mordiéndose los labios, masticaba palabras soeces y amenazadoras. Echándose en el suelo como un perro indolente, tan solo dijo:
—Alborota, niño, alborota, para que entren los guardias y me echen a mí la culpa, como siempre, y paguemos justos por pecadores.