Part 15
—Tú eres el que alborota, mala sangre —dijo el _Sacrílego_ paseándose a lo largo, dueño ya del terreno—. Escandalizas porque sabes que los guardias siempre me echan la culpa a mí de todas las camorras... Lo dicho, dicho: este buen hombre es un santo de Dios, y yo lo sostengo delante de toda la canalla del mundo; un santo de Dios, abran las orejas y oigan, un santo de Dios, y el que le toque al pelo de la ropa se verá conmigo aquí y en donde quiera.
Oyeron al fin los civiles el escándalo, y desde la estancia próxima abrieron para imponer silencio.
—Es una broma, guardias —dijo el _Parricida_—. De ello tiene la culpa el clérigo maldito, que se mete a predicarnos y no nos deja dormir.
—No es verdad —afirmó con resolución el _Sacrílego_—. El clérigo no es culpado, ni ha hecho lo que este dice. El que predicaba soy yo.
Con cuatro ternos, y la amenaza de predicar con las culatas de los fusiles, calló toda la pillería, y un silencio disciplinario reinó en la prisión. Mucho después de esto, cuando ya el _Parricida_ y consortes dormían con estúpido sueño, pesada sedación de su barbarie, Nazarín se echó donde antes había estado el _Sacrílego_. Este se le puso al lado, sin hablar con él, como si un respeto supersticioso le atara la lengua. Adivinó esta confusión el sacerdote, y le dijo:
—Dios sabe cuánto te agradezco tu defensa. Pero no quiero que te comprometas por mí.
—Señor, lo hice porque me salió de dentro —replicó el ladrón de iglesias—. No me lo agradezca, que esto nada vale.
—Has sentido compasión de mí, te has indignado por la crueldad con que me trataban. Esto significa que tu alma no está toda viciada, y si quieres aún puedes salvarte.
—Señor —afirmó el otro con aflicción sincera—, yo soy muy malo, y no merezco ni tan siquiera que usted hable conmigo.
—¿Tan malo, tan malo eres?
—Mucho, muchísimo.
—A ver, a ver: ¿cuántos robos has hecho? ¿Habrán sido... cuatrocientos mil?
—No tantos... En sagrado nada más que tres, y uno de ellos de cosa poca, nada..., una vara de san José.
—¿Y muertes? ¿Habrán sido ochenta mil muertes?
—Dos nada más, una por venganza, pues me ofendieron; otra porque me acosaba el hambre. Éramos tres los que...
—Las malas compañías no han traído nunca cosa buena. Y qué, ¿al mirar para atrás y representarte tus delitos, sientes satisfacción de haberlos cometido?
—No, señor.
—¿Los miras con indiferencia?
—Tampoco.
—¿Sientes pena?
—Sí, señor... A veces, un poquito de pena nada más... Vienen los otros, y pensando todos en cosas malas, la penita se me borra... Pero otras veces la pena es grande..., y esta noche, grandísima.
—Bien. ¿Tienes madre?
—Como si no la tuviera. Mi madre es muy mala. Por robo y muerte de una criatura, hace diez años que está en el presidio de Alcalá.
—¡Anda con Dios! ¿Qué familia tienes?
—Ninguna.
—¿Y te gustaría variar de vida..., no ser criminal, no tener ningún peso sobre tu conciencia?
—Me gustaría..., pero uno no puede... Lo arrastran... Luego, la necesidad...
—No pienses en la necesidad ni hagas caso de ella. Si quieres ser bueno, basta con que digas: quiero serlo. Si abominas de tus pecados, por tremendos que estos sean, Dios te los perdonará.
—¿Está seguro de eso, señor?...
—Segurísimo.
—¿Es de verdad? ¿Y qué tengo que hacer?
—Nada.
—¿Y con nada se salva uno?
—Nada más que con arrepentirse y no volver a pecar.
—No puede ser tan fácil, no puede ser. Y penitencia..., tendré que hacer mucha.
—Nada más que soportar la desgracia, y si la justicia humana te condena, resignarte, y sufrir tu castigo.
—Pero me mandarán a presidio, y en presidio aprende uno cosas peores que las que sabe. Que me dejen libre, y seré bueno.
—En la libertad, lo mismo que en la condena, podrás ser lo que quieras. Ya ves: en la libertad has sido malísimo. ¿Por qué temes serlo en la prisión? Padeciendo se regenera el hombre. Aprende a padecer, y todo te será fácil.
—¿Me enseñará usted?
—Yo no sé qué harán de mí. Si estuvieras conmigo te enseñaría.
—Yo quiero estar con usted, señor.
—Es muy fácil. Piensa en lo que te digo, y estarás conmigo.
—¿Nada más que con pensarlo?
—Nada más. Ya ves qué fácil.
—Pues pensaré.
Cuando esto decían, penetraba por las altas rejas la luz del alba.
III
Y mientras en el departamento de hombres se desarrollaba la tumultuosa escena descrita, en el de mujeres todo era paz y silencio. Estaban solas Ándara y Beatriz con la niña, y las primeras horas las pasaron hablando del mal sesgo que iban tomando las cosas en aquella campaña mendicante; pero ambas se conformaban con la adversidad, y por ningún caso se separarían del hombre bendito que las había tomado por compañeras de su vida meritoria. Hicieron mil conjeturas de lo que pasaría. Lo que a Beatriz mayormente apenaba era tener que pasar por Móstoles, y el bochorno de que la vieran allí entre guardias civiles, como una criminal. Grande era su desprecio de toda vanidad; pero la prueba a que el Señor la sometía resultaba enormísima, y necesitaba de todo su cristiano valor y de toda su fe para salir airosa de ella. Dicho esto rompió a llorar, derramando un río de lágrimas, y la otra procuraba consolarla sin poder conseguirlo.
—Tú estás libre. Y puedes decir a los guardias que no vas a Móstoles, y quedarte, para juntarnos luego.
—No, que esto es cobardía, y contravenir lo que él tantas veces nos ha dicho. ¡Huir de las tribulaciones, nunca! Grande amargura es entrar en mi pueblo; pero mayor sería para mí que don Nazario me dijera: «Beatriz, pronto te cansas de llevar la cruz»; y es seguro que me lo diría. Y más quiero todo lo malo que me pueda pasar en Móstoles, que oírle que me diga eso. Yo acepto la vergüenza que me espera, y que Dios me la tome en cuenta y descargo de mis pecados.
—¡Tus pecados! —dijo Ándara—. Vamos, no _desageres_. Los míos son más, muchos más. Si yo me pusiera a llorarlos como tú, mis lágrimas serían tantas que podría echarme a nadar en ellas. Tiempo tiene una de llorar. ¡Yo he sido mala, pero qué mala! Mentiras y enredos, no se diga; levantar falsos testimonios, insultar, dar bofetadas y mordiscos...; luego, quitarle a otra el pañuelo, la peseta o algo de más valor...; y, por fin, los pecados de querer a tanto hombre, y del vicio maldito.
—No, Ándara —replicó Beatriz sin tratar de contener su llanto—, por más que tú quieras consolarme así, no puedes. Mis pecados son peores que los tuyos. Yo he sido mala.
—No tanto como yo. Vaya, que no consiento que te quieras hacer peor que yo, Beatriz. Mira que más malas y más perras que yo ha habido pocas, estoy por decir ninguna.
—No, no, he pecado yo más.
—¡Quia! ¡Que te limpies...! Dime: ¿tú has pegado fuego a una casa?
—No; pero eso no es nada.
—¿Pues qué has hecho tú? Bah. Querer al Pinto... ¡Valiente cosa!
—Y más, más... ¡Si una pudiera volver a nacer...!
—Haría lo mismo que ha hecho.
—¡Ah!, lo que es yo, no; yo no lo haría.
—Yo pondría más cuidado, caraifa; pero no respondo... La verdad, ahora me pesa de todas las maldades y truhanerías que hice; pero como hemos de padecer tanto, porque así nos lo dice él, como no tenemos más remedio que aguantar y sufrir las crujías que vengan, yo no lloro, que tiempo habrá de llorar.
—Pues yo sí, yo sí —dijo Beatriz inconsolable—; yo lloro por mis culpas, ¡ay!, la mar de ofensas a Dios y al prójimo. Y pienso que por mucho que llore no es bastante, no es bastante para que tantísima culpa me sea perdonada.
—¿Pues qué ha de hacer Dios más que perdonarte, si de mala que eras te has vuelto buena como los ángeles?... Yo sí tengo que juntar a Roma con Santiago para que me perdone Dios. Mira, Beatriz, en mí la maldad está metida muy adentro: cuando estábamos en el castillo, yo tenía envidia de ti, porque, a mi parecer, él te quería más que a mí. Gran pecado es ser envidiosa, ¿verdad? Pero después que nos prendieron, y cuando vi que tú, libre, venías con nosotros, y querías ser tan prisionera y tan _criminal_ como nosotros, se me quitó aquella mala idea; cree, Beatriz, que ya se me quitó, que te quiero de corazón, y que tus penas las tomaría yo para mí.
—Como yo para mí las tuyas.
—Pero no quiero que llores tanto; que las culpas feas que cometimos, yo más que tú, con estos trabajos y estas afrentas las estamos purgando. Yo no lloro..., porque mi natural es otro que el tuyo. Tú eres blanda, yo soy dura; tú no haces más que querer, querer y querer, y yo digo que bueno será el afligirse y el tragar hieles, cuando él lo dice; pero yo pienso que también debe uno defenderse de tanto pillo.
—No digas tal... El defensor es Dios. Dejar a Dios que defienda.
—Sí, que defienda. Pero Dios le ha dado a una manos, le ha dado a una boca. ¿Y para qué sirve la boca sino para decirle cuatro frescas al que no confiese que nuestro Nazarín es un santo? ¿Para qué tenemos las manos si con ellas no metemos en cintura a los que le maltratan? ¡Ah!, Beatriz, yo soy muy guerrera; es mi natural _de nacimiento_. Créelo porque yo te lo digo: la verdad con sangre entra, y para que todos crean en la bondad de él y lo confiesen por santo bendito, hay que dar algunos palos. Vengan trabajos y miserias; bueno. Pero la injusticia, y oír que dicen lo que es falso, a mí me pone como una leona. Y no es que una no sepa ser _mártira_, como la más pintada, cuando llegue el caso; pero ¿no es un dolor ver que llevan preso, entre asesinos, al que no ha hecho más _delincuencia_ que consolar al pobre, curar al enfermo, y ser en todo un ángel de Dios y un serafín de la Virgen? Pues yo te juro, que si él me dejara, había de hacer alguna muy gorda, y con poquita ayuda que yo tuviera, le pondría en libertad, y metería debajo de un zapato a guardias, jueces y carceleros, y a él le sacaría en volandas, diciendo: «Aquí está, el que sabe la verdad de esta vida y la otra, el que no pecó nunca y tiene cuerpo y alma limpios como la patena, el santo nuestro y de todo el mundo cristiano y por cristianar».
—¡Oh!, adorarle, sí; pero eso que dices de meternos en guerra, Ándara, eso no puede ser. ¿Qué valemos nosotras? Y aunque valiéramos. Ya sabes lo que reza el mandamiento: «no matar». Y no se debe matar ni a los enemigos, ni hacer daño a ninguna criatura de Dios, ni aun a las más criminales.
—Por mí, por mi defensa, yo no levanto el gallo. Ya me pueden matar a pedradas y degollarme viva: no chisto. ¡Pero por él, que es tan bueno...! Créelo, porque yo te lo digo. La gente no entiende la verdad si no hay alguien que sacuda de firme a los que tienen romas las entendederas.
—Matar, no.
—Pues que no maten ellos...
—Ándara, no seas loca.
—Beatriz, _ser_ tú muy santa; déjame a mí, que maneras de salvarse muchas tiene que haber. Dime tú: ¿hay demonios, o no hay demonios?... Quiere decirse, ¿gente mala, que persigue a los buenos, y hace todas las cosas injustas y feas que se ven en este jorobado mundo? Pues cierra contra los demonios... Hay quien los ataca con bendiciones... No me opongo a que las echen los que pueden echarlas; pero para acabar con la maldad y limpiar el mundo de ella, si bendiciones por un lado, la espada y el fuego por otro. Créeme a mí: si no hubiese gente guerrera, muy guerrera, los demonios se cogerían todo el mundo. Dime: ¿San Miguel no es ángel? Pues allá le tienes con espada. ¿Y san Pablo no es santo? Pues con espada lo _pintan_ en las esculturas. ¿Y san Fernando y otros que andan por los retablos? A lo militar van... Pues déjame a mí; yo me entiendo.
—Ándara, me asustas.
—Beatriz, tú tienes culpas, yo también. Cada una las lava como sabe y como puede, según su natural... Tú, con lágrimas; yo..., ¡qué sé yo!
Cuando esto decían, se asomó a las altas rejas la claridad del alba.
IV
En cuanto se juntaron mujeres y hombres, ya de día claro, para proseguir el triste viaje, Beatriz y su compañera corrieron a ver a Nazarín, y a informarse de cómo había pasado la noche. No hay que decir la amargura hondísima que les causó ver en su venerable faz señales de golpes, magulladuras horrorosas en brazos y piernas, y en todo él un triste decaimiento. La de Móstoles se puso lívida, y en su turbación no acertó a preguntarle quién había sido el autor de tan monstruosa barbarie. La de Polvoranca se retorcía los brazos cual si tuviera ligaduras y quisiese romperlas; apretaba los puños y rechinaba los dientes. La caravana se puso en marcha en el mismo orden que el día anterior, solo que Nazarín llevaba de la mano a la niña, y a Beatriz a su lado, y Ándara iba delante con el viejo. Este la informó de lo ocurrido la noche anterior en el departamento de hombres.
—Del principio de la cuestión no pude enterarme, porque estaba durmiendo. Cuando desperté a los gritos de aquellos brutos, vi que caían sobre el pobre sacerdote y le daban muchísimos golpes..., no exagero. Todos le pegaron menos uno, el cual salió después a la defensa de Nazarín, y se impuso a la canalla. De los dos criminales que van a retaguardia atados codo con codo, el de la derecha, el procesado por parricidio, fue quien maltrató a tu maestro, y quien le llenó de ultrajes; el de la izquierda, procesado por robar candeleros y vinajeras de las parroquias, tomó el partido del débil contra los fuertes. Se hizo después amigo del sacerdote, y este le dijo muchas cosas de religión para que se arrepintiera.
Con estas noticias, Ándara les examinó y diferenció perfectamente, fijándose en uno y otro: mala traza los dos; el malo, de cara lívida, barbas erizadas, recia musculatura, gordura enfermiza y paso perezoso; el bueno, enjuto de carnes, fisonomía melancólica, ceja corrida y barbas ralas, la mirada en el suelo, el paso decidido.
Andando, contó Nazarín el caso a Beatriz, sin darle importancia. No sentía más sino que, al recibir el primer golpe, en poco estuvo que se revolviera colérico y agresivo contra la canalla; mas tanto forcejeó sobre sí, que la bestia de la ira quedó pronto sofocada, y triunfante el espíritu cristiano. Pero entre las ocurrencias de aquella noche, ninguna tan lisonjera y grata como la bravura con que uno de los facinerosos había salido a su defensa.
—No fue el guapo que por fatuidad de valentía provoca a sus compañeros; fue más bien el pecador, a quien Dios toca en el corazón. Y después hablamos, y vi con gozo que se le clareaba el alma, y que en ella lucían los resplandores del arrepentimiento. ¡Benditos golpes que recibí, benditos ultrajes, si por ellos consigo que ese hombre sea nuestro!
Hablaron luego de la vergüenza que ella sentía de entrar en Móstoles, y de la conformidad con que la aceptaba como expiación de sus culpas. Nazarín la exhortó al desprecio de la opinión, sin lo cual nada adelantarían en aquella vida, y añadió que no había por qué ponerse a imaginar los sucesos futuros, fingiéndolos en nuestra mente favorables o adversos, porque nunca sabemos, ni aun aplicando las reglas de la lógica, lo que pasará en las horas venideras. Caminamos por la vida palpando en las tinieblas, como ciegos, y solo Dios sabe lo que nos sucederá mañana. De lo que resulta que, comúnmente, cuando pensamos ir hacia lo malo, nos sorprende el encuentro de lo bueno, y al revés. Adelante, y cúmplase mañana, como hoy, la voluntad del que todo lo gobierna.
Con estas palabras, se sintió Beatriz muy fortalecida, y ya no temió tanto la entrada en su pueblo natal. Ándara se les unió, para separarse de ellos después de charlar un poco de las fatigas del camino, y tan pronto se aproximaba a los delanteros, como a los de retaguardia. Observó que los dos criminales atados uno con otro no se hablaban, como el día anterior, ni distraían el aburrimiento del viaje con chirigotas o cantares. Caminando un ratito junto al de la izquierda, le habló, pues los guardias toleraban la conversación entre sueltos y atados, acto de caridad que en muchos casos no perjudica al buen servicio.
—Tú —le dijo—, ¿vas cansadito? Si los guardias me amarraran a mí en tu lugar, yo iría con gusto, porque tú fueras libre. Todo te lo mereces, valiente, por haberle cortado el resuello a ese trasto que va contigo. Dios te lo premiará. Arrepiéntete de corazón, y tu arrepentimiento lo mirará el Señor como si toda la plata que le robaste se la restituyeras con oro encima.
Nada le contrató el ladrón, que agobiado iba cual si llevara sobre sí un invisible peso. Después, la traviesa mujer se pasó al otro lado, junto al criminal parricida, y con mucho secreto le iba diciendo estas palabras:
—Quisiera ser culebra, una culebrona muy grande y con mucho veneno, para enroscarme en ti y ahogarte, y mandarte a los infiernos, grandísimo traidor, cobarde.
—Guardias —gritó el bandido sin fiereza, más bien con plañidera entonación—, que esta señora me está _fartando_.
—Yo no soy señora.
—Pues esta pública... Yo no _farto_ a nadie..., y ella me dice que es culebra y que quié abrazarse conmigo... No estamos para fiestas ni abrazos, compañera. Desapártese, y deje a un hombre que no pué ver mujeres a su lado, ni escritas.
Los guardias la mandaron ir hacia adelante, y a poco descansó la partida en una venta. Puestos de nuevo en marcha, antes de anochecido vieron las torres y chapiteles del gran pueblo de Móstoles, y ya cerca de él, salieron a recibirles algunos vecinos y gran enjambre de chicuelos, porque se había corrido la voz de que iba preso con la Beatriz el moro manchego de los milagros. Faltaban como unos doscientos metros para llegar a las primeras casas, cuando se aparecieron tres hombres que hablaron a los guardias, rogándoles que se detuvieran un instante para hablar dos palabritas. Desde que los vio venir, les conoció Beatriz: uno de ellos era el Pinto; el otro, su hermano Blas, y el tercero, un tío de ella. Necesitó la pobre mujer de todas las energías de su espíritu para no caerse muerta de vergüenza. No traían los tales otro objeto que enterarse de si la llevaban presa, y al saber que iba en tal compañía _por su gusto_, se asombraron, y a todo trance querían apartarla de la conducta y llevársela con ellos, para evitarle el bochorno de entrar en el pueblo en una cuerda de asesinos, ladrones y _apóstoles_. Y su asombro subió de punto cuando oyeron decir a Beatriz con animoso acento que por nada del mundo se separaría de sus compañeros en la desgracia, y que con ellos iría hasta el fin de la jornada, sin temor a los sufrimientos, ni a la cárcel, ni al patíbulo. La cólera de los tres mostolenses no puede describirse, y es de creer que la hubieran desahogado en golpes y bofetadas sobre la moza, si la presencia de los guardias no les contuviera.
—¡Infame, ruin pécora! —le dijo el Pinto lívido de coraje—. Ya me maliciaba yo que acabarías en pública, salteadora, por los caminos. Pero no pensé que llegarías a deshonrarte tanto... ¡Quítate allá, putrefacción del mundo! Ni sé cómo te miro. ¡Lo veo y no lo creo!... Tú, hecha un pingo indecente, corriendo detrás de ese estafermo, de ese charlatán asqueroso, sacamantecas, que va engañando a la gente de pueblo en pueblo con embustes, brujerías y mil gatuperios _majometanos_.
—Pinto —le contestó Beatriz gravemente, haciendo de tripas corazón, el pañuelo de la cabeza muy echado hacia adelante, para dar sombra a la cara, la mano envuelta en una de las puntas y delante de la boca—. Pinto, apártate y déjame seguir, que yo no me meto contigo, ni quiero nada contigo... Si paso vergüenza, que la pase: no es cuenta tuya. ¿A qué sales a encontrarme, si tú eres para mí como lo que ya no existe, como lo que es muerto y sepultado? Vete, y no me hables.
—¡Tunanta!...
Los guardias cortaron la cuestión, dando orden de seguir. Pero el Pinto, furioso, insistía en sus bárbaros insultos:
—¡Bribona, agradece que tu cuerpo villano va escoltado por estos caballeros, que si no, ahora mismo te dejaba en el sitio, y a ese pillo le cortaba las orejas!
Allí se quedaron los tres hombres furiosos, tocando el cielo con las manos, y la conducta de presos desfiló por la calle principal de Móstoles, hostigada de la curiosa muchedumbre que verlos quería, especialmente a Beatriz. Esta, con supremo tesón, sin arrogancia, sin flaqueza, como quien apura un cáliz muy amargo, pero en cuya amargura cree firmemente hallar la salud, arrostró el doloroso tránsito, y creyó entrar en la Gloria cuando entraba en la cárcel.
V
Malísimo alojamiento tenían los infelices presos en Móstoles (o en donde fuese, que también esta localidad no está bien determinada en las crónicas _nazaristas_), pues la llamada cárcel no merecía tal nombre más que por el horror inherente a todo local dedicado al encierro de criminales. Era una vetusta casa a la malicia, agregada al Ayuntamiento, y que por el frente daba a la calle, por detrás a un corral lleno de escombros, maderas viejas, y ortigas viciosas. Si la higiene y el decoro de la ley no existían allí, la seguridad de los presos _era un mito_, como decía la exposición de la Junta penitenciaria, pidiendo al Gobierno fondos para construir cárcel de nueva planta. La vieja, que no sabemos si existe aún, había adquirido fama por la escandalosa frecuencia con que de ella se evadían los criminales, sin necesidad de hacer escalos difíciles y peligrosos, ni de abrir subterráneos conductos. Comúnmente se escapaban por el techo, que era de una fragilidad e inconsistencia maravillosas, pues cualquiera rompía las podridas vigas, y quitaba y ponía tejas donde le daba la gana.
Desde que lo metieron en aquel infame tugurio, sintió Nazarín un frío intensísimo, como si el local fuese una nevera o helado Purgatorio, y con el frío le acometió un horroroso quebrantamiento de huesos, como si se los partieran con un hacha para hacer astillas con que encender la lumbre. Tumbose en el suelo, arropándose en su capote, y a poco ardía en calor insoportable. En aquel Purgatorio, del hielo brotaban llamas. «Esto es calentura —se dijo—, una calentura tremenda. Pero ya pasará». Nadie se acercó a preguntarle si estaba enfermo; trajéronle un plato de latón con rancho, que no quiso probar.
A Beatriz la hicieron salir por la sencilla razón de que no era presa, y naturalmente, _no tenía derecho_ a ocupar un espacio en el local correspondiente a los perseguidos de la justicia. Por más que rogó y gimió la infeliz para que lo permitieran estar allí, pintándose como criminal voluntaria y procesada por ministerio de sí misma, nada pudo conseguir. A la pena de abandonar a sus compañeros se agregaba el temor de salir por las calles mostolenses, donde seguramente encontraría caras conocidas. Solo a una persona deseaba ver, su hermana, y esta, según le dijo una vecina con quien habló a la entrada de la cárcel, se había ido a Madrid dos días antes con la niña, restablecida ya completamente. «¡Qué cosas más raras me pasan a mí! —decía—. Los criminales odian la prisión y solo desean la libertad. Yo detesto la libertad, no quiero salir a la calle, y todo mi gusto es estar presa». Por fin, el secretario del Ayuntamiento, que allí mismo vivía, se compadeció de ella, y en su casa le dio hospitalidad, con lo que se cumplieron a medias los deseos de la exaltada penitente.
Mucha pena causó a don Nazario el no ver a su lado a Beatriz; pero se consoló sabiendo que pernoctaba en el edificio próximo, y que continuarían juntos hasta el término de su _viacrucis_. Entrada la noche, se sentía muy mal el buen ermitaño andante, y de un modo tan pavoroso gravitaba sobre su alma la impresión de soledad y desamparo, que poco le faltó para echarse a llorar como un niño. Creyérase que súbitamente se le agotaba la energía, y que un desmayo femenil era el término desairado de sus cristianas aventuras. Pidió al Señor asistencia para soportar las amarguras que aún le faltaban, y las maravillosas energías resurgieron en su alma, pero acompañadas de un terrible aumento de la fiebre. Ándara se acercó a él para darle agua, que por dos o tres veces le había pedido, y hablaron breve rato con extraña confusión y desacuerdo en lo que uno y otro decían. O él no sabía explicarse, o ella no podía, en las réplicas, ajustar su pensamiento al del infeliz asceta.
—Hija mía, échate a dormir, y descansa.
—Señor, no me llame más. No duerma. Rece en voz alta para que _haiga_ ruido.